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Única voz

por Javier Rodríguez*

 

Partir al cristal

 

Partir
es irse a uno mismo,
a un lugar.
Aquí,
donde una lágrima
hace estallar la palabra.

Partir
es volver,
siempre volver.
Aquí,
donde la sangre
encuentra su cauce.

Partir
es dolerse,
nunca llegar.
Aquí
donde el silencio
atraviesa la mirada.

Partir
es arder,
pero también contemplar.
Aquí
donde mis ojos
se parten como cristales.

 

 

Ilustración de Bob Doucette

Ilustración de Bob Doucette

 

Llama/da

 

Para saber morir
hay que saber decir,
escuchar
la palabra de fuego
en la llama de la rosa.

Para saber vivir
hay que saber desear,
escribir
la contemplación del lápiz
en el papel del cuerpo.

Para saber morir
hay que saber mirar,
resistir.

Ser testigo de la rosa.

 

 

Única voz

 

Arriba de la tierra,
entre el musgo las hojas,
papeles envoltorios abandonados,
existe el poema.
Sobre la cáscara de naranja
derramándose por un tacho de basura.
O desde una luz muerta
perdida encontrada en el patio,
existe el poema.
Debajo de nuestros pies,
nuestras suelas desoladas,
los montones de piedras,
existe el poema.
Sobre el jardín, la antesala,
el pasillo de nuestra casa,
el olor a humedad, la madera,
que se rasga en formas,
existe el poema.
Hacia la calle, cualquier camino,
la soledad de los pasos,
la estación del ferrocarril,
las flores traspasadas por vías,
existe el poema.
Existe el poema en el subterráneo,
en los afiches, las botellas
reflejando el brillo, esa luz
de faroles en el andén.
O en los boletos pasajes ya viejos,
—fechas de un ayer—,
existe el poema. Existe el poema
entre el humo del café,
las servilletas
dobladas sobre la mesa,
en los tenedores y cuchillos desordenados
contra el esplendor de la cocina.
Existe el poema
en las resquebrajadas paredes,
las gotas últimas de la canilla.
Existe el poema en la vendedora
—una nena con cara de Dios—
ofreciéndome caracolas.
Yo me las llevo,
las deslizo hacia mis oídos.
Y escucho un susurro, estos versos:

Ilustración de Margaret Keane

Ilustración de Margaret Keane

tristeza

tristeza

tristeza.

 

 

 

 

 

 

Emo*Javier Rodríguez (Buenos Aires, 1975) es miembro del Taller de corte y corrección.
Poeta y narrador, entre sus autores favoritos se encuentran Ezra Pound, Edgar A. Poe, Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Allen Ginsberg y Fernando Pessoa entre otros.
Los presentes poemas pertenecen a su libro La rosa líquida (Huesos de jibia, 2010).

 

De forenses y viejas chismosas

por Pablo Moar*

 

En ocasión de la trivia semanal del TCyC, Marcelo di Marco nos desafió a desarrollar un texto ilustrativo de la siguiente sentencia de León Surmelian: “Ni siquiera un ligero incidente puede verterse en su totalidad, y si se lo hiciera resultaría confuso e incoherente. El escritor sólo puede recrear una mínima parte de él, y en la ficción la parte representa al todo. Es un retrato simbólico, una metáfora”.
Lo que sigue a continuación es lo que volqué en el papel aquella vez, y cuyos méritos hicieron posible esta publicación.

leon

Los médicos forenses y las viejas chismosas comparten una extraordinaria capacidad de observación. Los ojos del forense recorren la piel y penetran las vísceras muertas. Toman nota de cada centímetro, registran el mínimo hematoma, se detienen en la sangre seca alrededor del orificio de bala, inspeccionan la pútrida degradación de los órganos. Por su parte, la mirada de la chismosa disecciona sin escrúpulos cada rincón del barrio, saltando del vientre sospechosamente hinchado de la jovencita del 2º B a la nueva camioneta del sucio del verdulero, pasando por esas visitas nocturnas que recibe el señor Gutiérrez.

Esta similitud en la captura de la realidad, desaparece, se derrumba al momento de comunicar al mundo aquello que ha sido observado.

El informe del médico forense calla lo que a la muerte le sobra. Un puñado de datos  (sexo, edad, peso, altura) nos introducen en materia. Luego despliega con morbosa precisión los olores que sugieren venenos, la carne desgarrada de un navajazo, la hinchazón azul del ahogado. Renglón tras renglón, va enhebrando tiempos, impactos, agonías. Nos convierte en admiradores de la muerte, y —¡oh, vergüenza!— nos deja con sed de más sangre.

La chismosa nos abruma con su verborragia. Se le atropellan sus noticias, mezcla los martes con los jueves, confunde los personajes. Es Gutiérrez quien ha sido preñado, y la del 2º B parece que anda con el verdulero. Nos escupe la misma historia una y otra vez, ora solitaria, ora envuelta en un nuevo chisme. Queremos escapar. Escapamos de ella sin haber entendido nada.

Detrás de cada historia del forense descubrimos, imaginamos una segunda historia. Las cien historias de la chismosa se desangran y terminan sin ser siquiera una.

«La Caligrafía de Roldán», uno de mis primeros cuentos, trata sobre un fraude al seguro. En los primeros borradores me comporté como la más chismosa de las viejas chismosas. Incluí cuanto detalle pude sobre el funcionamiento de una aseguradora: ida y vuelta de las pólizas, cobros, pagos, denuncias de robo, hasta un par de secretarias voluptuosas  y totalmente prescindibles (al menos, para el cuento). Creía que todo eso era necesario para que la historia se entendiera, para otorgar el mejor marco al nudo del cuento.

La verdad era diametralmente distinta: la historia se diluía, el texto rebosaba de párrafos enteros sin propósito alguno. Así presentada, lo mejor que el lector habría podido hacer era salir corriendo. En caso, claro, de no haber sido vencido por el sueño.

taller

Me concentré en elegir —cual forense— un puñado de datos para ilustrar el día a día de una empresa de seguros. Escogí, además, aquellos datos que colaboraban para entender el fraude que buscaba relatar. Volaron varias páginas. Lo que el texto adelgazó en palabras, lo ganó en precisión y potencia.

A la hora de volcar al papel nuestras historias, por pequeñas o grandes que sean, abrevemos en la parquedad del forense y huyamos de la incontinencia de la chismosa.

Siguiendo el modelo del primero, seguramente tendremos muchas posibilidades de capturar y retener al lector.  Copiando a las viejas chismosas, bueno…, a lo sumo podremos aspirar a redactar algo parecido a la guía telefónica.

 

PABLO MOAR

* Pablo Andrés Moar (Capital Federal, 1971) es miembro del Taller de Corte y Corrección, y combina la literatura con su profesión de actuario.

Se ha destacado con varios premios literarios: Primer Premio Concurso de Cuentos Consejo Profesional Ciencias Económicas, Segundo Premio Concurso Narrativa Editorial Algazul, y Mención Especial Certamen Literario de narrativa breve, organizado por la Federación de Asociaciones Gallegas de la República Argentina.

Quién es quién en el Taller de Corte y Corrección

Hoy responde…

 

foto

 

 

  Eduardo Poggi

 

 

 

 

¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?

En literatura: Salgari, London y Verne me vieron crecer; Quiroga, Conrad, Hugo y Poe acompañaron mi crecimiento. Después vinieron Chéjov, Maupassant, Arlt, Denevi, Cortázar, Bradbury, Stevenson, Kafka, Highsmith, Dahl, entre muchos otros queridos.

En cine: la sensibilidad de Eastwood, la potencia de Coppola y Scorsese. Pero no puedo dejar de mencionar a dos genios: John Ford y Alfred Hitchcock.

En música: la estructura de Beethoven, la espiritualidad de Bach, el manejo de cuerdas de Tchaikovsky, los coros de Verdi, el talento precoz de Mozart y la orquestación de Wagner. Las bandas de sonido de John Barry, John Williams y Hans Zimmer; la música no convencional de Vangelis, Enigma, Gregorian, Kítaro, Mars Lasar, Nicholas Gunn, Mike Oldfield. Y lo mejor del rock y de la música de Buenos Aires: The Beatles y Piazzola, respectivamente.

¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?

Hace meses que vengo leyendo muy salteado —en papel o electrónicamente, escapándole a las novelas—: cuentos de Kawabata, Bradbury, Castillo, Dahl, Chejov, Bierce, Shua, Asimov, Heker, Cattenazzi, Kon, Mishima, Borges, Turgueniev, Scerbanenco. Y poemas de Baudelaire, Rimbaud y Pound.

¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?

Sin duda, Taller de corte & corrección y Hacer el verso. Agrego: Zen en el arte de escribir (Ray Bradbury), Mientras escribo (Stephen King), Ser escritor (Abelardo Castillo).

¿Qué publicaste ya en medios electrónicos y/o en papel?

Papel: cuentos en las antologías de La Abadía de Carfax y en el suplemento cultural del diario Perfil.

Electrónicos: notas en FIN y Axolotl; cuentos en Axolotl, Axxón, BNTB, elaleph, Ficciones Argentinas, Literareafantástica, NM, QI.

¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?

Me ayuda en construir estructuras sólidas y en desarrollar un estilo claro y eficaz. Me brinda herramientas para evitar caer en los mismos errores.

 

 

fin

¡Muchas gracias, Eduardo!

 

La portadora

*por Adrián Lorea

 

A través de la ventanilla, Jimena ve correr las casas en paralelo a las vías. Recuerda la discusión de esa mañana; prácticamente de nuevo se oye decir:
—Lo único que te interesa está entre las paredes de este estudio, mamá. Fuera de las cámaras y los aplausos, para vos no existe nada.
Atándose el corsé, su madre le había dicho:
—No tengo que darte explicaciones, Jimena, ni pedirte disculpas por mi profesión, ¿okey?
—¡Okey! Sólo que me resulta patético que te pases la vida viviendo historias de gente irreal, olvidando que tenés una hija en el mundo real. Claro, cómo ibas a darte por enterada. Ni siquiera me pariste.
Y su madre, pintarrajeándose los labios, le había dicho:
—Qué ingrata sos.
—¿Ingrata? ¿Qué debo agradecerte? ¿Que hayas donado una célula de tu cuerpo en un laboratorio? Si supieras cuántas veces me pregunto cómo me habría criado la portadora. La portadora, como te gusta llamarla.
Y un asistente, sin proponérselo, había zanjado la discusión asomándose a la puerta del camarín.
—Zulma —dijo—, el dire te quiere en el set ahora mismo.
Y su madre, disfrazada de puta siglo diecinueve, la había dejado —una vez más— sola con sus lágrimas, sus uñas comidas, su vacío en la boca del estómago.

virus-2

La portadora, piensa Jimena. Así nomás. Como si no tuviera nombre. Como si esa mujer, hacía dieciocho años, hubiera albergado en su vientre un virus en lugar de a una persona. Hasta tenía gracia: el virus Jimena.
Se esfuerza por no pegar un puñetazo contra la ventanilla. El tipo del asiento de enfrente se habrá dado cuenta de su angustia: la mira inquieto.
El tren llega a la estación. Ya en la vereda, Jimena camina con una pregunta recurrente en la cabeza: ¿qué sentiste al entregarme?
—Y qué sentí yo —dice en voz alta.
Ella siempre había soñado con conocer a su madre de alquiler, decirle: “Nunca dejé de pensar en vos. Gracias por permitirme vivir. Gracias por parirme”. Decirle… tantas cosas. Cosas que ahora, por fin, le dirá.
Se detiene frente a un puesto de flores. Los gladiolos son bonitos. Elige el mejor ramo, le paga al florista y sigue caminando. Después, sube las escaleras del cementerio.

 

 

Adrián Lorea*Adrián Lorea (Buenos Aires, 1971) es miembro del Taller de Corte y Corrección.

Tiene varios cuentos publicados: «Día de primavera», «Un nombre apropiado» y «El fumigador» en la revista Axxón; “La visita del hermano” en el diario Perfil; y “Dhalia”, relato que integra una antología de Ediciones El Escriba.

Reportaje a Fabián Kon

Los integrantes del Taller para coordinadores de grupos de escritura «Pablo Martínez» entrevistaron a Fabián Kon* a raíz de la publicación de su libro de cuentos Emboscada, Primer Premio del concurso Fundación Victoria Ocampo 2011. Que la disfruten.

 

Marcelo di Marco: Fabián, estamos muy contentos por tu publicación, chochos de la vida, participando de tu alegría. Y nos encantaría saber cómo llegaste a esta instancia, cómo empezás a trabajar un cuento, por ejemplo.

Fabián Kon: Mi trabajo empieza a partir de una idea. Una idea puede ser una escena. Imaginarme, por ejemplo (como tengo ahora pensado), una historia protagonizada por tres personajes, tres puntos de vista que confluyen en un momento final. Entonces uno se imagina una situación, una historia; lo que hago básicamente con eso es crear un documento, ponerle un título, y guardarlo. Lo dejo descansar en una carpeta. En algún momento releo ese documento —en general estoy trabajando otros cuentos—, y trato de darle forma al relato. Para mí, la historia tiene que tener un final desde el momento uno. Me considero totalmente descalificado para escribir un cuento si no sé exactamente adónde voy, a tal punto que muchas veces empiezo el cuento escribiendo el párrafo final. Después defino las escenas, creo los personajes y arranco.

A partir de ese primer borrador, lo trabajo hasta que se redondea, hasta que es consistente: es un cuento, es una historia que incluye una paradoja, que mueve a reflexión, que tiene algún grado de atractivo o de sorpresa para el lector. Ahí empiezo realmente a desarrollar la historia. Trato en todo momento de que la historia sea intensa, que arranque con un inicio que no sea “había una vez”, que empiece con el protagonista en alguna situación que al lector le llame la atención, que lo invite a seguir leyendo. Cuando el cuento está terminado, lo primero que hago es pedirle a Marcelo que opine. Aguardo la frase categórica de Marcelo de “cuento no es” o “funciona bárbaro”. Tengo mucha ansiedad por descubrir si es —o no es— cuento.

Es muy interesante la discusión que uno puede sostener en el taller sobre qué modificaciones estructurales hacerle, o qué  condimentos agregarle. Una vez estuve días enteros con este cuaderno en la mano, con un esquema y tres finales alternativos, dándoles vueltas. Pero ninguno me convencía, intuía que debía existir un final mejor, más sorprendente, que fuera una vuelta de tuerca que le diera otra posibilidad al cuento.

Cuando el cuento ya funciona como tal, pasamos a la corrección de estilo. La parte de estilo me dio menos trabajo, la estructura del diálogo, la escenografía, construir un relato cósico, en oposición a lo ideico. No describir sentimientos, sino desarrollar imágenes y situaciones a partir de las cuales el lector deduzca los sentimientos de los personajes.

Me llevó mucho tiempo aprender lo que es un cuento. La verdad, fueron meses durísimos: escribía cosas que me parecían que no eran un cuento y después lo confirmaba en el taller, hasta que finalmente las piezas empezaron a caer en su lugar.

El cuento es una esfera, como dijo Cortázar. Esto suena bárbaro, pero hasta que a uno le hace click en la cabeza y logra construir esa esfera, se sufre y se goza. Cuando uno lo logra, no quiere decir que después escriba buenos cuentos, pero al menos ya puede empezar…

Sergio Bonomo: Vos dijiste que partís de tus cuentos a veces teniendo el final, y ahí vas para atrás. ¿Te pasó alguna vez que volvés para atrás, y mientras vas escribiendo los mismos personajes te piden que cambies el final?

FK: Sí, sí, eso puede pasar. Puede pasar que uno se replantee el final porque se le ocurre alguna idea mejor durante el cuento. Pero cuando empiezo, sé adónde voy. Ahora estoy escribiendo un cuento con el que me pasó eso: el final mostraba a una hija que encontraba a su madre muerta. No les voy a contar toda la historia, pero digamos que ese era el final. Y hoy a la mañana, que estuve escribiendo un rato, lo cambié: se me ocurrió que la hija vea sonreír a su madre muerta. Y esa sonrisa dice un montón de cosas vinculadas con todo lo anterior. Así que esa sonrisa me obligó a replantear partes de la trama.

MdM: ¿Y esa sonrisa fue totalmente imprevista? La viste sonreír en tu cabeza.

FK: La vi sonreír en mi cabeza, y cuando llegué al final me pareció que podía haber algo más en la historia, algo mágico. Y lo agregué.

SB: Pero te lo pidió el mismo retroceso: cuando avanzaste hacia ese final ahí te cambió.

FK: Sí, así es. El proceso de escritura, en mi caso, es totalmente interactivo. Lo termino y vuelvo y cambio, y voy para atrás. Me lleva muchas vueltas hasta que empiezo con «el tetra», que es la etapa final. Básicamente analizo los sustantivos y verbos, los estudio, busco sinónimos, comparo si existe una manera mejor de decirlo. El cuento está, aunque, ¿no hay otra expresión mejor? Trato de agregar imágenes poéticas, que es una de mis debilidades. ¿Puedo decir “el plumaje del amanecer”, como leímos recién en ese hermoso poema? Eso no me sale naturalmente. Debo concentrarme  en determinadas escenas para encontrar esas pinceladas.

Dolores Pereira Duarte: ¿Tenés algún tema recurrente en tus cuentos, tienen algún hilo los cuentos de este libro Emboscada?

FK: No, hilo no tienen. Son todos cuentos independientes, pero en general la trama policial es la que más desarrollo. También se incluyen algunos componentes fantásticos, pero no podría definirme como un escritor que se orienta a la literatura fantástica o de ciencia ficción. En general, se me ocurre más la temática vinculada con la miseria humana, la miseria humana en acción, en oposición con lo bueno y lo sano del hombre. En el  prólogo que escribió para mi libro, María Esther Vázquez lo menciona: “La lucha contra el sistema corrupto y viciado. Esa lucha aparece en los cuentos, idealista, en aquellos en donde el valor de la vida, la dignidad del ser humano prevalecen, y, atroces, en los que la maldad en su sentido más profundo se impone.”

Alejandra D’Atri: ¿Por qué elegiste este concurso para presentarte?

FK: Existe una página que se llama escritores.org, que es muy buena: ahí están todos los concursos. Es un laburo: hay que leerse las bases de los concursos, con paciencia. Algunos te limitan por edad, te limitan por donde vivís, por temática, hasta por extensión. No es tan fácil encontrar alguno en el que vos sentís que encajás. Al momento de participar de este concurso, yo ya estaba en la etapa en que tenía quince cuentos terminados, lo cual era coherente con las cien a ciento cincuenta hojas que se requerían.

Miguel Sardegna: Mi pregunta tiene que ver con el premio: pensar en la Fundación Victoria Tapa KON2Ocampo implica pensar en toda una época cultural de Argentina con Borges, con la revista Sur, con María Esther Vázquez, también. Quería preguntarte qué se sentía haber ganado este premio.

FK: La verdad es que nunca lo relacioné con esa época. Para mí es sólo un premio literario. Es haberme dado la satisfacción enorme de que —entre tantos libros de cuentos— elijan el mío. Especialmente porque yo no considero que mis cuentos sean (realmente no lo digo por falsa modestia) nada del otro mundo. Es el primer libro que publico. y que te lo publique una editorial a partir de un premio obtenido, resulta una enorme sorpresa. Realmente, estoy muy emocionado.

Eduardo Poggi: Mencionaste que te pone ansioso esperar el okey de «sí, es un cuento», «funciona» o «no funciona», y después viene la corrección. ¿Cuál de las dos etapas disfrutás más?

MdM: O sufrís menos.

FK: La corrección es más dinámica y llevadera. La etapa creativa es más difícil, que el cuento funcione es muy duro. Uno le pone pasión, y varias noches estás pensando cómo mierda termino este cuento, qué final le pongo, este no va, se me tiene que ocurrir otra idea. Cuando ya lo tenés, la corrección es más mecánica, en la que no te jugás tanto. La parte creativa, para mí, es mucho más difícil.

MdM: Comparado con una casa sería más o menos: qué lindas que quedaron las paredes pintadas. Y de repente, pegás un portazo, y se vienen las paredes a la mierda. Lo más importante es la estructura, después se verá. Como decía Stephen King: “A quién carajo le interesa el estilo”. Sin embargo, es la tarea que más tiempo nos lleva. Por lo menos acá en el taller, porque uno no sabe si el tallerista estuvo trabajando ese texto cinco años. No lo sabés, para vos lo presenta ahí, un cuento de seis o siete páginas. Y después empieza una tarea que dura meses, y a veces, años.

Pablo Forcinito: Dijiste que te costó adaptarte a entender qué era un cuento. Cuando estás por contar una historia (o empezar a contarla), ¿por qué considerás que hay cuento? ¿Dónde está el cuento?

FK: Para mí, hay cuento cuando hay una paradoja, cuando hay un relato que mueve a la reflexión al lector; cuando, además de moverlo a la reflexión, le presenta una situación diferente a lo que ve en lo cotidiano. Vos, Marcelo, lo citaste veinte millones de veces, pero te lo voy a robar: «Si el tipo hace saltar la banca, llega a la casa y toma champán con la mujer, eso no es un cuento». En cambio, si llega a la casa y se pega un tiro pese a haber embolsado millones de dólares, ahí tenés una historia que podría ser cuento. Hay una paradoja, una situación sorprendente: hay algo que merece ser contado.

Entonces, encontrar eso en un cuento es muy difícil, imaginarse al lector que cuando termina diga:”¡Wuau!”. A mí me gusta mucho el juego de la sorpresa, el juego de que el lector al final sienta que había otra vuelta de rosca que él no vio. Y que disfrute, no por haber sido engañado, sino gratamente sorprendido.

PF: ¿Dijiste que empezabas por una escena?

FK: Sí, en general se me ocurre una escena. Recuerdo un cuento incluido en este libro, que elaboré a partir de una situación en la que un detective modifica la escena del crimen con muy sucia intención. Se llama “Cadena de favores”. La escena es tremenda y deseaba escribirla. Lo complicado es redondearlo para se convierta en cuento.

PF: Por ahí sería lo más normal lo que pasa en la escena de un crimen con un detective argentino.

FK: Claro (risas), sería normal, en Argentina sería normal. En el cuento se desarrolla una cadena de hechos corruptos que terminan sorprendiendo.

Pablo Profili: Antes de empezar el reportaje hablabas de tu afinidad o inclinación por los libros. Esa afinidad, ¿la traías de chico o la descubriste de grande?

FK: Yo desde chico leí mucho, tuve un hermano (a quien menciono en la dedicatoria de mi libro) que me prestó en la adolescencia novelas de Herman Hesse, que se leía mucho en aquella época. Mi vieja también es una gran lectora, y yo le robaba novelas. Siempre disfruté de la literatura. Con los años sentí la inclinación por escribir. Había redactado mucho material técnico. Por mi trabajo escribí cantidades de publicaciones y artículos que terminaron siendo una carga, por la estructura lógica, secuencial y esquemática que tuve que olvidar.  Hubo un momento en mi vida que dije: “Bueno, si lo deseo, debo hacerlo”. Busqué un taller literario en Internet, llamé a una escritora (no me acuerdo el nombre), que me trató muy bien pero con mucha formalidad. Me dije que no me atraía que me traten de usted, como una directora del colegio. Le escribí a Marcelo y me contestó con buena onda: “Venite cuando quieras a presenciar un taller”. Lo hice, y me encantó el funcionamiento. Yo quería algo que me diera placer. Toda mi vida hice un montón de cosas que también me dieron placer, pero más que nada movido por la obligación, y en esto hay cero obligación, cero interés económico: esto es puro placer y puro alimento para el alma.

MdM: Esa es una linda frase para terminar el reportaje, me parece. Un aplauso para Fabián (aplausos), con todo lo que significa este libro. Fue una época de trabajo gozoso y sufrido. Cuanto más sufría más gozaba, y cuanto más gozaba más sufría.

 

hd*Fabián Kon es porteño. Se forma en el TC&C desde el año 2009. Su obra narrativa mereció premios y distinciones nacionales e internacionales, siendo las más importantes: Primer premio VII Concurso Internacional «Letras de Oro del Bicentenario» obtenido por su cuento «La bendición»; Primer premio VI edición del certamen Zenobia, organizado por la Universidad de Huelva, con el cuento «Un sabor delicioso»; y el Primer premio del Concurso de Cuentos Victoria Ocampo 2011 con su libro de cuentos Emboscada.

 

 

 

 

Conmigo

por Liliana Pérez*

 

Primer amor

 

En el cine: Verano del 42.
Allí, esa tarde,
mis manos cumplían quince años.
Gritaban en silencio
suaves huracanes,
bien cerca
respirando tus ojos.

Un mar azul anzuelo
se tragó la sala
y nos tapizó verdemar.

Arena y adolescencia se deslizaron
rodando en luces.

 

 

Edad

 

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Ilustración de John Tenniel para la primera edición de Alicia en el país de las maravillas.

Con mis anteojos de sol puestos,
sentada
recibo el viento de la tarde.
Cierro los ojos
mis dedos se posan en esa arruga:
allí mamá lee Alicia en el País de las Maravillas
allí veranea mi álbum de figuritas
mi hamaca de la siesta
los cachetes rojos
y dos trompos amarillos.

Mi piel toma el té
jardinea
viaja.
Conversa con el aire
aspira hondo.
Húmeda de calandrias
de reojo
sonríe en bajorrelieve.

Levedad del tiempo,
yo te celebro.

 

 

Conmigo

 

Los domingos
distraída entre la multitud
atravieso la avenida Corrientes
y me atisbo de costado
y hago de cuenta que no me veo
y sustancialmente me esfumo.

Los domingos
en San Telmo
alrededor del Parque Lezama
salen a mi paso jacarandás
y oigo silbar mis huellas
y entre adoquines escapo.

Los domingos
la ciudad pinta de azul recovecos
y mis tardes son espuma por donde huir.

Los domingos
en el café de Humberto Primo y Perú
me observo perdida entre mis libros.
Suelo arrimar una silla
y allí me hablo
aunque nunca me contesto.

 

94 DESENCUENTRO  60  X  40, ÓLEO CON ESPÁTULA

«Desencuentro», de Susana Vergnory. Óleo con espátula.

 

 

Lili Federal b*Liliana Pérez vive en San Telmo. Trabaja en diseño gráfico y tiene su propio emprendimiento (Arte y Arte diseños).
Se formó en la plástica, en las escuelas de Bellas Artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón. Y también en los talleres de quienes fueron sus maestros: Carlos Gorriarena y Felipe Noé.
La escritura siempre fue su asignatura pendiente, y ahora la está cumpliendo, gracias a Marcelo di Marco y al grupo de poetas de los miércoles (Ditirambo).

 

Breve biografía de Ernesto Sabato

Por Sandra Rebrij *

El 24 de junio de 1911, en la ciudad de Rojas, provincia de Buenos Aires, nació Ernesto Sabato, quien con los años se convertiría en uno de los escritores más destacados de la Argentina.

Fue el décimo de los once hijos que tuvieron Francesco Sabato y Giovanna Ferrari, un matrimonio de inmigrantes italianos. Para entonces tres de sus hermanos habían fallecido, de modo que él quedó como el séptimo hijo varón. Por tal motivo, algunos dicen que fue el ahijado del presidente [1], que en esa época era Roque Sáenz Peña, y que por eso Roque fue su segundo nombre. Otros afirman que no contó con el padrinazgo presidencial y aseguran que se llamó Roque, simplemente, porque su familia simpatizaba con el mandatario.

Su padre, arisco y violento, le causaba terror. Su madre, bondadosa pero austera y reservada, se aferró a él con desesperación, quizá porque hacía poco había perdido a Ernesto ―uno de los tres hijos fallecidos―, de quien el recién nacido heredó el nombre. Y fue tan sobreprotectora y posesiva que resultó ser muy perniciosa para él, como si los mismos brazos que lo acunaban se convirtieran de pronto en furiosas serpientes capaces de estrangularlo.

Fue un chico introvertido y tímido, que sufrió alucinaciones, pesadillas y sonambulismo durante mucho tiempo. Ya en esta época de su infancia descubrió su gusto por la pintura y la escritura.

Estudió en su pueblo hasta los doce años y luego lo enviaron a La Plata para cursar el colegio secundario. Allí se deslumbró con las matemáticas, simpatizó con el anarquismo y reafirmó su pasión por la literatura.

Siendo adolescente, empezó a relacionarse con jóvenes anarquistas y comunistas. En una reunión de esos grupos conoció a Matilde Kusminsky-Richter, su futura esposa, con quien tendría dos hijos: Jorge Federico y Mario.

En 1930, tuvo lugar el primer golpe de Estado, que se prolongó hasta 1943. Entre 1933 y 1934, Sabato fue secretario de la Federación Juvenil Comunista, razón por la que fue perseguido. Por eso decidió huir de La Plata y establecerse en Avellaneda, en donde, en ocasiones, debía cambiar de vivienda y de nombre para mantenerse a salvo de los represores.

Pocos años más tarde, comenzaron sus diferencias ideológicas con el movimiento comunista a causa de la tiranía de Stalin. En 1934, el partido, que se había percatado de sus «desviaciones», decidió enviarlo a la Unión Soviética para que ingresara en las Escuelas Leninistas, donde permanecería por dos años con el objetivo de volver a «encarrilarlo». Previamente, como parte de ese mismo itinerario, lo mandaron a Bruselas para que participara del Congreso contra el Fascismo y la Guerra. Allí comprendió que su situación era peligrosa debido a sus divergencias políticas y filosóficas, por lo que decidió huir a París, ciudad que lo encontró material y espiritualmente arruinado. Los ideales que había abrazado con tanto ahínco se desvanecieron, igual que si en sueños hubiera estado sosteniendo con fuerza un tesoro y de pronto se despertara con las manos apretadas y vacías.

Sin dinero, logró contactarse, gracias a un amigo, con el portero de una escuela, quien le permitió dormir en su cuarto. Para mitigar el crudo invierno parisino debían abrigarse no solo con mantas, sino también con periódicos.

Angustiado y sin rumbo fijo por las calles de París, entró en una librería y robó un libro de análisis matemático. Al leer sus primeras páginas, sintió que ese mundo abstracto le devolvía la paz y decidió regresar a la Argentina para continuar sus estudios.

Su vuelta no fue fácil porque tuvo que soportar los insultos y el desprecio de quienes consideraban que había traicionado al comunismo, sin comprender que su abandono se debió a las torturas y a los asesinatos cometidos por el estalinismo en nombre de los principios que decía defender.

En 1936, se casó con Matilde, previa autorización de un juez de menores, porque ella tenía tan solo diecisiete años.

En 1937, terminó su doctorado en Ciencias Físicas y Matemáticas en la Universidad Nacional de La Plata.

En 1938, gracias a Bernardo Houssay, premio Nobel de Medicina, obtuvo una beca para trabajar en Francia en el Laboratorio Curie. Y hacia allí partió con Matilde y Jorge, recién nacido. De día se sepultaba entre tubos de ensayo y electrómetros. De noche revivía entre pintores surrealistas, con quienes pasaba horas en algún bar bebiendo, conversando y creando cadáveres exquisitos. Quizás necesitaba esos momentos delirantes para equilibrar la balanza y sobrellevar el desesperanzador universo científico, ya que las tareas que realizaba en el laboratorio, lejos de apasionarlo, lo desalentaban y desilusionaban. Sentía que el mundo de las matemáticas era perfecto y hermoso, pero totalmente ajeno al mundo de los hombres. Creía que la ciencia acarrearía alienación y destrucción mediante la ingeniería genética y las bombas atómicas. La sabía culpable de una gran crisis mediante la cual la cosificación del hombre era inevitable. Por ese motivo, en los años 40, decidió renunciar a ella y dedicarse a la literatura. Así comenzaba su alejamiento, no exento de una inmensa culpa por abandonar un ámbito al que había dedicado tantos años y con el miedo y la incertidumbre de emprender un nuevo rumbo que sabía repleto de pozos y arenas movedizas. Esta determinación le causó muchos inconvenientes y varias decepciones de amigos y colegas: Houssay, al enterarse de su decisión, le quitó el saludo. El entonces director del Observatorio Astronómico de Córdoba, el doctor Enrique Gaviola, lo acusó de entregarse a la charlatanería. El profesor Guido Beck, discípulo de Albert Einstein, lamentó perderlo porque lo consideraba un físico muy competente.

Ya de regreso en Argentina, en 1942, con Matilde y Jorge, que en ese momento tenía cuatro años, se fueron a vivir a un rancho en Córdoba, sin luz ni agua corriente.

En ese lugar inhóspito enfrentó su crisis espiritual causada por la dicotomía ciencia/arte. Finalmente, enterró con nostalgia números y átomos, y floreció su primer libro, Uno y el Universo.

Aun así, por compromiso hacia quienes le habían otorgado la beca, dictó cátedra en la Universidad de La Plata. Enseñó Teoría Cuántica y Relatividad. Entre sus alumnos se encontraron Mario Bunge, quien posteriormente sería un renombrado físico y filósofo; y José Antonio Balseiro, que también se convertiría en un prestigioso físico y uno de los fundadores del célebre instituto que lleva su nombre en la ciudad de San Carlos de Bariloche.

En 1945, fue despedido de su cargo en la universidad tras firmar una petición para que se suspendieran las clases. Era en protesta por la violencia policial ejercida contra estudiantes que festejaban en las calles el fin de la Segunda Guerra Mundial. En una de estas represiones no solo hubo lesionados y detenidos, sino también muertos.

En 1948, publicó El túnel, su primera novela. Su amigo Alfredo Weiss se ofreció a pagar la edición, ya que él carecía del dinero necesario y todas las editoriales la habían rechazado. En París, Albert Camus gestionó su publicación en francés. Esto provocó que aquellas editoriales que al principio se habían negado luego se la disputaran.

En 1956, el gobierno militar de Aramburu obligó a Sabato a renunciar a la revista Mundo Argentino, de la que era director desde hacía un año, porque allí había denunciado torturas y fusilamientos de obreros peronistas en los sótanos del Congreso y en diferentes centros del país.

En 1958, bajo el mandato de Arturo Frondizi, Sabato fue director de Relaciones Culturales en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Al año siguiente renunció por discordancias con el Gobierno.

En 1961, apareció la primera edición de Sobre héroes y tumbas, considerada su obra cumbre y una de las mejores novelas argentinas.

En 1973, publicó Abaddón el exterminador, por la que en Francia obtuvo el Premio a la Mejor Novela Extranjera.

En 1976, se impuso el gobierno de facto encabezado por Videla. Sabato, al principio, lo apoyó, argumentando que un Estado de derecho no contaba con los medios para rebatir la debacle que atravesaba el país: era necesario terminar con el desorden general, el desastre económico y los crímenes tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha.

Con el Estado de hecho, sin embargo, estos crímenes no se detuvieron; muy por el contrario, se intensificaron, desencadenando actos terroristas aún peores, porque fueron amparados por el régimen totalitario. Sabato escribió varios artículos denunciando estas atrocidades. Por tal motivo sufrió amenazas, agravios y persecuciones, con lo cual más de una vez él y su familia debieron permanecer ocultos; aun así, nunca consideró la posibilidad de exiliarse. Muchos años después nos enteraríamos de que su refugio no fue otro que el sótano de su hoy emblemática casa de Santos Lugares [2].

En 1983, encabezó la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), creada por el presidente Raúl Alfonsín para indagar los trágicos acontecimientos ocurridos durante la dictadura y producir un documento que los deje asentados para que jamás vuelvan a perpetrarse. Este documento lleva el nombre de Nunca Más, también conocido como Informe Sabato.

Además de sus novelas —traducidas a más de quince idiomas—, escribió ensayos, que tratan sobre el hombre, la ciencia y la tecnología, el arte, la soledad, la muerte y la desesperanza: un mundo globalizado en el que la masificación y la pérdida de valores e identidad nos van adormeciendo, convirtiéndonos en autómatas, como si un demonio nos hipnotizara para siempre. Estos eran los temas que lo obsesionaban y sobre ellos escribía. Escribía con furia y desesperación. Escribía para resistir la existencia. Una existencia contradictoria donde se debatía entre el sentido de la vida y el absurdo.

Fue mundialmente reconocido y obtuvo gran cantidad de premios, entre los que se destaca el Premio Miguel de Cervantes, otorgado en 1984. Ese mismo año, la Municipalidad de Buenos Aires lo nombró ciudadano ilustre. Además, recibió múltiples títulos honoríficos y homenajes en todo el mundo.

La pintura, una de sus primeras pasiones, también formó parte de su vida. En 1989 expuso en el Centro Pompidou, en París, y en 1992 en el Centro Cultural de la Villa, en Madrid.

Los años 90 fueron muy duros para él: en 1995 murió su hijo Jorge Federico en un accidente automovilístico y en 1998 falleció Matilde, que desde hacía mucho tiempo estaba postrada y padecía arterioesclerosis.

Con frecuencia se preguntaba si creía o no en Dios, aunque nunca pudo responderse de manera unívoca. Perdió y recuperó la fe varias veces, como alguien que en medio del delirio fuese asaltado por raptos de lucidez, solo que ignoramos si esa lucidez se debía a haber recuperado la fe o al hecho de haberla perdido.

Así fue como transitó por diversos caminos y, aunque vio desmoronarse torres y montañas, de aquellas ruinas pudo crear su propia obra, como si un minero hubiera atravesado peligrosos volcanes y hubiese logrado extraer los diamantes más valiosos.

Autorretrato, por Ernesto Sabato

Sabato murió el 30 de abril de 2011 a los noventa y nueve años en su casa de Santos Lugares. Y nos dejó una herencia invaluable: sus ensayos, sus pinturas y sus novelas con esos personajes tan complejos como entrañables; algunos siniestros, otros bondadosos, con los que podemos reír y llorar, sentirnos identificados u odiarlos profundamente. Todos ellos se gestaron en lo más profundo del alma de este ser atormentado y frágil. Y fueron ellos quienes escribieron sus páginas. Como si una bonita casa estuviese habitada por espíritus rebeldes y, sin embargo, capaces de una creación tan humana y estremecedora como lo es toda la obra de Ernesto Sabato.

 

 

 

[1] Según la tradición, que posteriormente se convirtió en ley en Argentina, el presidente apadrina al séptimo hijo o hija, siempre que los anteriores sean del mismo sexo y los padres lo soliciten. El objetivo era contrarrestar la superstición de que podían convertirse en lobizón o bruja, ya que por tal creencia muchos de estos niños eran abandonados, entregados en adopción o incluso asesinados. Con este padrinazgo, se lograba «romper el hechizo» y se evitaba que se los perjudicase.

[2] Actualmente, la casa de Ernesto Sabato está abierta al público. Sus nietos ofrecen visitas guiadas en las que comparten sus historias, anécdotas y videos caseros. Nos muestran su biblioteca, sus pinturas, el escritorio con su máquina de escribir, el atelier donde creaba sus cuadros. También se pueden ver los jardines y la famosa estatua de Ceres. Es una experiencia que permite conocer un poco más sobre la vida de uno de los escritores más importantes y extraordinarios de la Argentina.

 

Sandra Rebrij nació en la ciudad de Buenos Aires. Se recibió de correctora literaria en el Instituto Superior de Letras «Eduardo Mallea». Actualmente, trabaja de forma independiente para distintas editoriales e imparte cursos relacionados con su profesión.

Las imágenes han sido generadas por la autora mediante Leonardo IA.

 

Dos visiones acerca de Saer

 

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Por qué no me gusta Saer

por Analía Pinto*

 

Lo que se leerá a continuación es la opinión de una escritora, poeta, tallerista y lectora voraz acerca de un escritor argentino que, para el consenso académico y algunos lectores, está sindicado como “el mejor escritor después de Borges”. Yo, Analía Verónica Pinto, discrepo.
Discrepo, en primer lugar, no porque piense que después de Borges no puede haber o no hay nada, ni mucho menos porque no reconozca la enorme influencia que Borges ejerció sobre Saer, mal que le pese a éste. Discrepo porque Saer sólo tiene la técnica, perfecta, incontrastable, fantástica, pero no tiene nada que decir. Quizás Borges tampoco tuviera mucho que decir (pensemos que para él un hombre podía ser todos los hombres, un instante de una vida definía todo su destino, existía un libro y una biblioteca infinitos, etc.), pero ese poco o mucho que tenía para decir era algo. Puede gustarnos o no. Podemos admirarlo o no. Pero es.
En cambio, Juan José Saer no se cansa de decir y, lo que es peor, tematizar que no hay nada. Por si no nos quedaba claro, hasta lo utilizó como título de una de sus novelas (Nadie nada nunca, título extraído, dicho sea de paso, del maravilloso libro de Antonio Machado, Juan de Mairena). Y en la obra que me tocó leer para una materia de la facultad, pues de otro modo hubiera
permanecido prudentemente alejada de él, La mayor (1976), esto se patentiza a cada paso. Tanto en el texto que le da título como en “A medio borrar” y en los subsiguientes “Argumentos”, la nada y su ominosa presencia lo tiñen todo. Se me podrá decir: la nada también existe, ¿por qué no hacer mención a ella? Sea. ¿Es necesario decirlo y repetirlo y tematizarlo hasta el hartazgo? ¿Hay derecho a extenuar a los lectores so pena de algún pretendido vanguardismo o “experimentación”?
Dejo ese interrogante en el aire y continúo. Lo que hace Saer es, precisamente, no sólo extenuar a los lectores sino también los procedimientos. En el texto “La mayor” descubrió que colocar una cantidad indiscriminada de comas y subordinadas en las frases enlentece de manera exasperante el relato (luego discutiré también esto, porque creo que ni siquiera haya relato sino todo lo contrario). En lugar de aplicar el procedimiento con cuentagotas, para que resalte su potencial narrativo o de efecto, este genio de las letras decide aplicarlo hasta vaciarlo de todo sentido y dejar al lector perdido en un laberinto de frases y comas que dan ganas de arrojar el libro por la ventana más cercana. ¿Y este es el mejor escritor argentino después de Borges?

Hay más. No contento con extenuar y exprimir los procedimientossaer_lamayor
(también lo hace con la repetición y con la constante dubitación acerca de todo lo que se afirma, en el mismo texto), comete, en mi opinión, otro pecado capital. Horacio Quiroga decía en su famoso decálogo: “Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes”. Pues bien, Saer hace todo lo contrario. En su afán por abolir cualquier tipo de conexión narrativa, “cuenta” las cosas que les pasan a sus personajes con la misma fría asepsia con que un forense realiza una autopsia. No hay pasión, no hay vehemencia, no hay ningún tipo de sentimiento o afecto, ni la más mínima irracionalidad; otra vez, nada. No hay nada, que es lo mismo que decir que no hay vida, precisamente lo contrario de lo que aconsejaba tan sabiamente Quiroga.
Y el señor Saer, al menos en La mayor, como esbocé antes, no tiene ningún interés en contar, por lo menos en el sentido clásico del término. Por el contrario, procura diluir la famosa tensión narración/descripción, que tan bien sabían dosificar los autores decimonónicos, eliminando toda relación de causa-efecto en los textos (especialmente en “La mayor” y “A medio borrar”), y abusando de la obsesiva descripción de lo mismo, una y otra vez, hasta colmar la paciencia del sensei más adiestrado. Como una suerte de Funes pervertido, en lugar de recordar todo como el personaje borgeano, los narradores de estos textos no pueden abstraerse de decir todo lo que perciben y de, inmediatamente, ponerlo en tela de juicio.
Esa constante puesta en duda del lenguaje y de los modos de que el lenguaje se sirve para dar cuenta de la experiencia (aun cuando sabemos que el lenguaje no puede dar cuenta cabal de la experiencia subjetiva) conduce a lo que considero es lo más deleznable de lo que aquí se deja ver de la poética saeriana: una visión completamente nihilista y negativista no ya de la literatura (de la que se postula, por esto mismo, su imposibilidad lisa y llana, así como la del conocimiento), sino de la vida misma, lo que hace que detrás de tanto palabrerío vacío e inútil, complementamente estéril, uno se encuentre con la más desaforada opresión y depresión. Es decir, con la negación de todo lo que hace que valga la pena leer, escribir y enseñar literatura.
Por si fuera poco, este panorama desolador se completa con una total, repudiable y a todas luces fatigosa falta de humor. No sólo de humor: de ironía, de sarcasmo, de mordacidad, de alguna chispa vital que justifique el esfuerzo de atravesar ese compacto mar de palabras que, como si se tratara de la mayor gracia, no lleva a ninguna parte que no sea el más espantoso tedio. En lo personal, considero que la falta de humor es imperdonable. El propio Borges sostuvo que “toda labor intelectual es humorística”. Parece que las enseñanzas del maestro hicieron tal mella en Saer que su parricidio consistió en hacer todo lo contrario de lo que aquel predicaba (y hacerlo sin ningún garbo).
Por último, uno puede comprender que los escritores quieran experimentar con este maravilloso (y a todas luces imperfecto) instrumento que es el lenguaje. De hecho, es lo que yo misma, como escritora y tallerista, busco para mí y para mis alumnos. Innovar es deseable, es bueno y nunca será condenable. Lo que es condenable, en mi opinión, es la operación ideológica que se esconde detrás de esta experimentación en particular, la burla y el solipsismo que destila una obra como La mayor: el autor, en lugar de frustrar delicadamente las expectativas del lector, como decía Borges, las frustra a cañonazos en cada palabra, en cada vuelta y revuelta de ese río proustiano, encumbrado desde determinadas revistas (Punto de Vista) y determinadas cátedras (la de Beatriz Sarlo en la UBA) sin más sustento que el snobismo de quienes hacia allí lo llevaron. El autor, en lugar de buscar un cómplice, un amigo, un compañero de ruta en el lector, le cierra a éste la puerta en la cara y se queda, solo, riéndose a carcajadas, del otro lado, muy contento con su fechoría, digamos, por no decir algo peor.
No leo libros para eso. No escribo para eso. Leo y escribo para gozar, para crecer, para ver más allá. Más allá de los textos de Saer, como dije al comienzo, no hay nada.

523776_4194360975731_515593514_n*Analía Pinto (Argentina, 1974). Escritora, poeta, editora. Actualmente cursa la licenciatura en Letras en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de La Plata, donde se desempeña en el Servicio de Difusión de la Creación Intelectual. Publicó Peaches en Regalia (2008) y dicta talleres literarios desde el 2010 en diversos ámbitos platenses.

 

 

Saer o no Saer

 por Daniel De Leo*

 

Lo primero que leí de Juan José Saer fue un libro intitulado Unidad de lugar, que incluye un cuento, según mi criterio, memorable: «Sombras sobre vidrio esmerilado». Recuerdo que me sorprendió la minuciosidad de las descripciones. Yo venía leyendo cuentos más convencionales, por así decir, y no me sentía preparado para entrar en el universo saeriano. Dos años más tarde volví a Saer. Me habían recomendado una de sus novelas: El limonero real. “La descripción obsesiva de los gestos más triviales, de las sensaciones y percepciones, de las texturas y sabores”, nos advierte el texto de la contratapa. El argumento, muy resumido, es el siguiente: Una familia de pobladores de la costa santafesina se junta para comer un cordero asado. ¿Doscientas páginas para narrar una anécdota? La cuestión es que, misteriosamente, contra todo pronóstico, la novela me terminó gustando. Transcribo un párrafo:

“La esfera de sombra se ha reducido al máximo porque es el mediodía, pero en su claridad fresca incluye la mesa larga y el sol pega y resbala sobre las ramas más altas haciendo destellar las hojas y, deslizándose por las ramas exteriores, cae vertical sobre la tierra a su alrededor. Están protegidos de la luz ardiente, como si estuviesen contemplando una lluvia de fuego desde un refugio de observación. Ahora el disco está paralelo a la tierra, piedra incandescente y lenta, y permanece un momento inmóvil antes de continuar. Es necesario que se detenga o que dé esa ilusión para logar alguna simetría en el tiempo: dividido, cortado en fragmentos comprensibles, puede verse mejor su sentido y dirección, si es que tiene sentido y dirección. Está entonces inmóvil en un cielo turbio por los destellos”.

Muchas de sus historias se concentran en una geografía precisa, Colastiné, por ejemplo, o la ciudad de Santa Fe. Las descripciones del paisaje, de los viajes de amigos que recorren calles, a pie o en auto, mientras observan el río, llegan a ser tan minuciosas que demoran la narración. El tiempo parece volverse una sustancia espesa o disecada. Esto puede sacar de quicio a más de un lector, ávido de aventuras y movimiento. Otros, en cambio, capaces de inventarnos la paciencia, centramos la atención en la escritura. Esta aparente suspensión del tiempo suele romperse cuando los personajes conversan. Los diálogos le dan dinamismo a la densidad de la prosa saeriana. Los personajes hablan de literatura, de apuestas, de mujeres. Los personajes recuerdan, discuten, toman cerveza.
Es evidente que su modo de narrar atenta contra el concepto convencional de relato. En la mayoría de los casos no hay intriga, no hay un manejo gradual y medido de las tensiones y distensiones. La repetición es un recurso que usa bastante. Vuelve sobre lo mismo una y otra vez. Esto se ve claramente en El limonero real. Cada repetición le agrega matices a lo ya dicho. Reconstruye.

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Desde hace más de una década, Juan José Saer es uno de los escritores que más admiro. ¿Por qué me gusta? Porque valoro la intensidad de su percepción poética. Su prosa me puede, ejerce un magnetismo sobre mí, de modo tal que deja de importarme lo que me está contando. A veces la narración llega a ser pura forma, textura y cadencia. Saer es lo más cercano que conozco a un intento por lograr un efecto de realismo, por representar la realidad desde el lenguaje. Desnuda y desmenuza el alma de las cosas, las describe hasta darles forma, hasta dotarlas de una dimensión real. El paisaje y cada uno de los elementos que lo componen tienen tanto peso como los personajes. Las piedras parecen más piedras cuando las describe Saer, y sus tormentas son reales. No me empalaga, no me abruma. Me provoca envidia. Y la manera de reflotar los recuerdos, de ir desentrañándolos, me resulta admirable.
Se le reprochará la falta de suspenso, de tramas cautivantes. ¿Por qué pedirle peras al olmo? Entiendo perfectamente que puede no gustar. Es, como decía un amigo, un escritor que despierta admiración y rechazo.
Pero no es cierto que el tipo no nos cuente nada. La obra de Saer es tan amplia y variada que incluye tramas que seducen, historias que nos conducen por una travesía llena de intrigas y dificultades. Las novelas El entenado y Las nubes son dos claros ejemplos. Así comienza El entenado, la historia de un grumete que, en una de las tantas expediciones españolas, llegó al Río de la Plata y convivió diez años con los indios colastiné. Estos indios practicaban en sus rituales la antropofagia:

“De esas costas vacías me quedó sobre todo la abundancia de cielo. Más de una vez me sentí diminuto bajo ese azul dilatado: en la playa amarilla, éramos como hormigas en el centro de un desierto. Y si ahora que soy un viejo paso mis días en las ciudades, es porque en ellas la vida es horizontal, porque las ciudades disimulan el cielo. Allá, de noche, en cambio, dormíamos a la intemperie, casi aplastados por las estrellas”.

Nos pasa a veces que admiramos a ciertos escritores y, sin embargo, no volvemos a ellos. Este no es el caso. Saer es un autor que suelo frecuentar. Abro uno de sus libros en una página cualquiera y me sumerjo en su escritura. Y siempre encuentro algo (una imagen, un detalle, una idea) que podría aprovechar en lo que estoy escribiendo o lo que pretendo escribir. No me refiero a copiar. El desafío consiste en transformar eso que nos llega y que pone a trabajar nuestra imaginación. Amasarlo hasta darle una impronta personal. Saer es, en definitiva, para este lector que también escribe, un estímulo.

 

dd*Daniel De Leo (Buenos Aires, 1973). Es miembro de La Abadía de Carfax, círculo de escritores de horror y fantasía. Su libro de cuentos Después de la tormenta fue premiado y publicado por la Fundación Victoria Ocampo (2010). En 2011 el Fondo Nacional de las Artes le otorgó el tercer premio del Régimen de Fomento a la Producción Literaria Nacional y Estímulo a la Industria Editorial con su libro de cuentos Barro nocturno.

Mejor no decirle nada

por Nolberto Malacalza*

 

Hombre de pocas palabras, don Justiniano.  Todos lo apreciamos mucho y creo que soy su mejor amigo, pese a que me lleva más de veinte años. Por eso entendí su pena  cuando se le fue también Rosita, la menor. El hombre dejó de conversar con la gente y empezó a saludar con una mueca, acompañada por el movimiento casi imperceptible de la mano. Desde entonces no hubo quien le sacara una respuesta que no fuese “Ajá” o “No sé, no tengo noticias”.
Su hijo varón, después de cumplir con el servicio militar, se había enganchado en el ejército. Por allá andaba el cabo Sosa, de un destino en otro. “Mejor así, después de todo”, me confió el viejo. Las malas juntas  habían sido la peor escuela para Juanju: esos muchachos mal entretenidos se lo pasaban visteando de manos, para divertirse, y a veces se agarraban en serio. Tendrían trece o catorce cuando ya todos andaban calzados. Pensaba que, de no haberse ido, Juanju habría terminado mal.
Ahora lo preocupaban las hijas. Don Sosa desconfiaba del novio de Erlinda, la mayor, un barbudo que llegaba siempre con papeles y a cualquier hora. Me confió que le advertía una y otra vez a la hija sobre los peligros del momento, que había que cuidarse hasta de hablar con desconocidos.  “Mucho no leo pero algo escucho —le decía—, y me parece que la situación está fea.  Ni sabés quién es ese hombre. No es de acá. A ver si está metido en cosas sucias y caés en la volteada”. Sin embargo, la única respuesta de Erlinda era“Y vos qué sabés”.
Con ganas de seguir descargando el entripado, también me dijo que alcanzó a ver una revista medio desparramada debajo del aparador. La levantó, leyó poco y entendió menos. “Había fotos de gente armada —me contó—; se decían cosas sobre un tal Mao y también nombraban a otro, de apellido Santucho, que había sido asesinado por los militares. Volví a poner la revista donde la había encontrado y no pregunté nada”.
Una noche le pareció que habían llamado a la ventana de Erlinda.  No estaba seguro y se quedó en la cama, escuchando. Al notar un débil ruido proveniente de la cocina, un ruido de picaporte, se levantó y alcanzó a ver que ella tenía un bolso en la mano, cerraba despacio y se iba, una vez más, con el barbudo. No volvería a verla. A veces la sueña así, como tapiada por la puerta.
Por entonces Rosita, la única hija que había quedado en la casa, parecía estar conforme viviendo con su padre. O eso  creía don Justiniano. A los trece la chica ya cocinaba, lavaba la ropa, barría el piso de ladrillos. Casi no recordaba a su mamá: no tenía tres años cuando ocurrió la desgracia. “Entonces la Rosita fue mi consuelo”, recordaba don Sosa. “Ella se reía mucho cuando mis dedos le caminaban por el bracito, le subían a la cabeza y le revolvían el pelo.”
Pasado cierto tiempo, Rosita empezó a cambiar. De eso se daban cuenta todos. Las formas de mujer, cada vez más insinuadas, parecían apagarle el candor y la alegría. De vez en cuando salía para el lado de la  estafeta  y volvía con  sobres que el viejo nunca podía ver. Ella se negaba a mostrárselos y a decirle quién se los enviaba. Han de ser cartas de Erlinda, sospechaba don Justiniano, pero Rosita respondía con un  no,  a veces seguido por algún reproche como  “Olvidate de ella, ¿querés?” o “No jodas más, papá”.
Ya se imaginaba en soledad, don Sosa. También él se daba cuenta de que la hija había cambiado, que podría levantar vuelo en cualquier momento. Solía despertar sobresaltado, sospechando la fuga. Hasta que un lunes, cerca de las nueve de la mañana, Rosita le dijo algo que le cayó como un sopapo:
—Me voy, papá. Esta porquería de tapera que tanto te gusta es toda tuya. Ah… son los recuerdos. Decime qué carajos hago yo con los recuerdos. El mundo es otra cosa, papá. Otra cosa que vos no entendés.

"Anciano en pena (En el umbral de eternidad)", Van Gogh, óleo sobre lienzo.

«Anciano en pena (En el umbral de eternidad)», Van Gogh, óleo sobre lienzo.

“No supe si pegarle o llorar”, me contó el viejo. Sin un beso, sin un gesto de cariño, Rosita había dado media vuelta y se había ido. Desde entonces don Justiniano quedó solo, hablando con el perro. Ninguna risa en la casa, ninguna voz. Extrañaba hasta los agravios de las hijas. Contemplaba el  almanaque de Molina Campos,  encendía leña fina en el brasero… El brasero y la pava fueron para él una cuerda de salvación. Lo he visto  debajo del paraíso, ensimismado, probando la temperatura del agua con el dedo, sin notar que me tenía a mí enfrente. Muchas veces lo encontré aferrado al mate, como si esa calabaza fuese la vida, mientras con la otra mano le rascaba la cabeza al perro. Decía que eso le traía recuerdos de tiempos  mejores.

En qué andarán las muchachas de don Sosa, se preguntaba la gente. Las dos eran muy lindas y no faltaban comentarios zumbones. En el vecindario nadie entendía de política, aunque desde el golpe militar las cosas parecían estar mal o, peor aún,  no se sabía cómo estaban. Habían matado a pobres vigilantes y a soldados de guardia. Más que por las chicas, don Sosa estaba preocupado por el hijo militar. Para que el hombre no entrase en la desesperación si le ocurría algo a Juanju, yo le hacía comentarios como al pasar. Le decía que los jefes militares no se quedaban atrás. Que en las ciudades grandes, la gente buscaba familiares que habían desaparecido. Algunos —se comentaba—  fueron sacados de sus casas en paños menores. ¿Las chicas? No, don Sosa, no se preocupe. Ellas se fueron por su voluntad, en busca de algo mejor. Hay que entenderlas. No, seguro que no se han olvidado de usted. Pienso que le han escrito más de una vez,  pero dicen que ahora los de Inteligencia abren las cartas y dejan llegar unas pocas. Tarjetas de navidad, esas tonterías. ¿Por qué se llevaron a esas personas? Y… vaya a saber en qué andarían. ¿Mujeres? No creo que hayan arrestado mujeres, don Justiniano. Alguna puede ser, alguna intelectual de esas que quieren poner al mundo patas arriba. ¿Qué hacen los familiares? Preguntan en las comisarías, pero siempre les dicen que no saben nada.  Los mandan a los cuarteles y allí los jefes los reciben, se disculpan por la amansadora y los invitan con café, pero lo único que hacen es tenerlos en vueltas hasta que se cansan. Menos mal, don Justiniano, que en este pobrerío nunca pasa nada…

Tiempo después, llegó a mis manos algo que lo haría sentir orgulloso. Allí estaba la foto de Juan Justiniano Sosa, ya cabo primero y ahora ascendido a sargento “por la profesionalidad y valor demostrados en defensa de los altos intereses de la patria”. Los subversivos, responsables de la muerte de un militar de alto rango, ya escapaban por la boca de un túnel. Pero el valiente suboficial había pateado la puerta y, rodando sobre sí mismo, los había ametrallado.
Lo que supe hace pocos meses, de muy buena fuente, morirá conmigo. O lo callaré hasta que muera don Sosa. Me aseguraron que  el capitán  hizo llamar a Juanju para que viese las primeras fotos de esos enemigos abatidos por él. Y que al reconocer a dos de los cadáveres, el suboficial se metió el caño del arma en la boca y apretó el gatillo.

 

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*Nolberto Malacalza ha obtenido, en los últimos once años, setenta y dos primeros premios: diez de ellos son internacionales, incluyendo el premio Platero de Poesía 2008. Publicó Otra sangre, poesía (premio publicación JUNINPAÍS 2006), y el libro de cuentos Rompecabezas, con contratapa de Marcelo di Marco. Tiene en preparación otros dos libros, uno de cada género. En su región ha obtenido distinciones por trayectoria literaria.
El presente cuento fue premiado por la Fundación Victoria Ocampo.

 

Un debut en el Colón

 por Marcelo di Marco

 

A Florencia y Marina, dieciocho años después.

 

HANSELGRETELCuando Hansel y Gretel empujaron a la maldita bruja dentro del horno, todos los chicos aplaudieron como locos. Y los aplausos resonaron junto con la orquesta en los rincones del grandioso teatro.

Yo también aplaudí, y no sólo porque me encanta que a los malos les vaya como se merecen. Simplemente, la música de Engelbert Humperdinck me había hecho olvidar de que estaba sentado en la segunda fila de la galería de nuestro querido, nuestro glorioso Teatro Colón.

Fue en 1994, y no se trataba de una tarde cualquiera. Era la primera vez que Nomi y yo llevábamos a la ópera a nuestras dos mellizas, Florencia y Marina. Quién pudiera, como ellas, entrar en el Teatro Colón a los cuatro años. Quién pudiera, como ellas, “estrenarse” en el Teatro Colón con una de las más hermosas obras que se hayan compuesto nunca.

Al mirar a mis nenas, descubrí que también ellas habían sido encantadas por Hansel y Gretel.

Y por algo más.

Quien lo probó, lo sabe: la primera ópera escuchada en vivo, tenga la edad que se tenga, marca para siempre. Traspuesto el umbral, dejados atrás los esplendores de la entrada del edificio, uno ya no es un simple “oyente”. Palpita el encuentro con el arte —un arte de siglos— sólo por caminar por los pasillos de oro y rojas colgaduras rumbo a su ubicación. Uno sabe que el tiempo se ha interrumpido, que el espíritu del teatro lo está envolviendo con su magia centenaria. Bienaventurados quienes conocieron el vértigo de ver la sala allá abajo, desde las alturas. Por algo le dicen “Paraíso”…

Después, el tacto del terciopelo de la butaca, el oscurecimiento paulatino de las luces, la entrada del director en medio de la penumbra, el saludo de los aplausos de la multitud de fieles. Y el primer acorde. Y el corazón que se abre a la dicha gracias a que un poco de cielo baja para cada uno.

Yo debuté con una ópera formidable cuyo título, siguiendo una tradición operófila, no me atrevo a consignar aquí —los que saben, saben; sólo diré que tal título contiene la palabra Forza y que la obra fue compuesta por el genial Giuseppe Verdi—. Fue en 1972. También debutaba ese día en el Colón un jovencito que prometía bastante, un tal Plácido Domingo.

Pero vuelvo a la primera vez de mis nenas, a ese susurrante final de Hansel y Gretel, después que la casa siniestra estalló en humo y fragmentos de dulce junto con la música en medio del escenario. Lentamente, las luces de la inmensa araña de la cúpula comenzaron a encenderse. Al principio, eran apenas puntitos vivos en la oscuridad. Después, el teatro mostró a plenitud de oro y luz todo su rojo brillo, sus mármoles, sus cortinados y vitrales. El coro de los niños que, liberados por Hansel y Gretel, habían surgido de entre las ruinas de la casita de chocolate, subía y subía en nuestros corazones a medida que la luz lo inundaba todo. Y cuando la orquesta hacía sonar despacito los últimos momentos sublimes, se me ocurrió que aquel era un instante único. Que le estaba dando a mi familia lo mejor que podía darle. Que vivir aún valía la pena, si se vivía en el arte y para el arte. Que ese coro conmovedor bien podría alguna vez ser cantado en perfecta armonía por todos y cada uno de los hombres del mundo.

Perdón por el exceso de candor. Sucede que todo es posible esa primera vez.

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Teatro Colón