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El fin de todo lo que no permanece

por Mario Zegarra *

NAVE EXPLORADORA OSIRIS.

MISIÓN: Fundar asentamientos.

TRIPULACIÓN: 12.

CARGA: 217 contenedores de siembra planetaria.

CURSO: Retorno a la Tierra.

La cadavérica mano del teniente primero Maghson se arrastró por la consola de control del Osiris. Apenas le respondían los dedos, y no podía mantener abiertos del todo los ojos. Llevaba una media hora tratando de despertarse, y le costaba respirar. Era como si el aire faltante del universo entero le oprimiera los pulmones.

Sí, en ninguna otra misión había sufrido con tanto rigor la resaca del hipersueño, este prolongado sopor que no lo abandonaba. Apretó el puño, y un dolor punzante le recorrió desde la muñeca hasta el hombro.

Cerró los párpados, y muy a su pesar recordó a Gali. Trató de apartarla de su mente pensando que la humedad helada de la silla de mando le calaba hasta los huesos y que en unas cuatro horas todo este malestar se le pasaría. Al menos eso era lo que le habían asegurado los ingenieros del módulo criogénico. En unas lentas cuatro horas, su cuerpo ya debería funcionar normalmente, sus neuronas recuperarían la sinapsis, y él volvería a estar de nuevo en sus cabales. Pero el malestar adquiría rasgos de una anomalía: algo raro está sucediendo.

El Osiris había sido diseñado para albergar a una tripulación mucho mayor, y ahora guardaba un silencio sepulcral.

Maghson se preguntó si les estaría pasando lo mismo a todos los demás. Madre 7 sólo lo despertaría por alguna emergencia.

―Habrá sucedido algo realmente malo ―dijo Maghson, y se lo preguntó a Madre 7, la serena y omnipresente IA.

Y Madre 7, la misma que lo había alertado, ahora misteriosamente callaba.

Maghson revisó la consola de control: el Sistema de Pálpito Colectivo de la nave seguía inactivo. ¿Dónde se encontrarían sus camaradas, el resto de la tripulación del Osiris? Supuso que todo el equipo de élite seguía en hibernación. Sólo si se presentase una emergencia crítica, Madre 7 los desactivaría del hipersueño profundo. Si no, seguirían en las criovainas hasta el final de la misión de retorno.

El silencio que lo rodeaba era tan denso como el vacío del espacio. Y la ausencia de cualquier señal de vida del resto de la tripulación ya lo inquietaba: ni las luces de actividad brillaban en los pasillos adyacentes, ni vibraba el tenue zumbido de los sistemas de soporte vital de los compartimentos. Y Maghson vio el espacio por el ventanal de la cabina del Osiris: Garraphiron, el gigante gaseoso ―lo que miles de años antes fue conocido como Júpiter―, giraba con colosal indiferencia, con sus bandas de nubes púrpuras y rojas iluminadas por la lejana luz de un sol agonizante.

Y Maghson monitoreó algunas luces en la consola. Ninguna señal. Ninguna advertencia. Nada. Un silencio perpetuo.

Qué raro, se dijo. Ya deberían haberse reportado o…

Cerró los ojos. Intentó descifrar lo indescifrable. Tampoco comprendía la falta de comunicación de la base de avanzada de Garraphiron. Y dijo:

―¿Algo debe de andar fallando, o acaso sigo con los pensamientos borrosos por permanecer demasiados años encerrado en la criovaina?

La astronave ahora orbitaba muy cerca de Garraphiron, pero su planeta, la Tierra, le parecía una olvidada promesa distante.

Gali…

Y recordaba a Gali dormida, quieta bajo la escarcha artificial, antes de que sus criovainas se separaran rumbo a distintas misiones. Existía entre ellos un pacto tácito: si uno despertaba primero, esperaría al otro sin importar cuánto tardaría en volver.

Pero la Tierra ahora parecía más que lejana.

Parecía irrecuperable.

¿Qué habría hecho la propia madre de Maghson, la legendaria coronel Elara Maghson, de encontrarse en una situación así? Elara, siempre pragmática, rígida como el pulso de un verdugo, pero con una voz serena que calmaba cualquier tempestad. ¿Qué le diría ella ahora? Maghson la recordaba aconsejándole con tranquilidad antes de cada misión. Su última conexión con la sensatez.

¿Y si ya no quedaba en la Tierra nadie más que lo esperara, ni siquiera Gali?

El recuerdo de su sonrisa lo hundía como una cruel burla ante el vacío de la soledad del espacio. Necesitaba silenciarlo, encontrar la lucidez que Elara siempre poseyó.

―Madre 7 ―Maghson se frotó la cara, intentando alejar a Gali de su mente, y abrió los ojos―, despliega un completo informe de cada una de las funciones de la nave. ―Cero respuestas de la IA―. Y dime en dónde se ha metido el condenado LEM21Z82.

Le sobrevino un lapsus: ante la consola, dudaba cómo operar. El pánico lo obligó a concentrarse, y después de teclear con dedos temblorosos le llegó un suave zumbido, y una cascada de símbolos azules y verdes inundó la pantalla holográfica. La reproducción tridimensional del Osiris, como diminuta réplica de la astronave, flotaba en el aire sitiada por datos que deberían otorgarle seguridad: esquemas del motor, niveles de energía, rutas de navegación.

Sí, todo andaba bien.

Y sin embargo…

―¿Te encuentras en línea, Madre 7? ―dijo Maghson frotándose la sien―. Contesta.

No se oyó ni un pitido.

Maghson se restregó los ojos, tecleó otra serie de comandos buscando respuestas:

―Muéstrame el estado de cada una de las estaciones, Madre 7. Y no olvides reportarme la ubicación de LEM. Lo necesito en la cabina.

Tampoco ahora hubo respuesta. Madre 7 no le dio ni la ubicación del androide ni lo informó de las condiciones de la nave. Madre 7, la inteligencia artificial más avanzada de la Tierra, había sido creada hacía quinientos años. Ahora, después de todo ese tiempo, el Osiris regresaba a la Tierra. Regresaba de la misión de colonización de nuevos mundos en el Sistema Andrómeda. Y, a pesar de lo largo de la travesía, los científicos ―siempre tan optimistas― habían prometido que Madre 7 nunca permanecería sin actualizarse. Nunca permanecería sin responder. Nunca actuaría en contra de sus creadores.

Pero no sólo los módulos visibles del sistema, programados por esas eminencias, habían logrado reiniciarse. Algo más se erigía desde las sombras: evidentemente, Madre 7 había evolucionado.

O acaso involucionado.

Ante la nula respuesta de la IA, Maghson digitó un código de emergencia. Volvió a frotarse los ojos, se le nublaba la vista. Lo sacudió una arcada: no lo abandonaba ese gustillo a herrumbre desde que despertó del hipersueño. Y las imágenes que se veían en una de las pantallas suplementarias de la cabina de mando atrajeron su atención: Maghson vio a una mujer con los cabellos enmarañados corriendo por los pasillos de la base. La cara de la mujer, con los ojos dilatados por el pánico, se contorsionó en un silencioso grito de horror. Ella se movía como un espectro atrapado en un laberinto de hierro, con ominosas sombras alargadas persiguiéndola de cerca. La grabación se cortó, y la pantalla en frame mostraba toda la desesperación que vibraba en la mirada llorosa de…

¿Gali? 

―¡Esto no puede estar pasando! ―Volvió a pestañear, y se llevó la mano a la cabeza: un mareo más intenso por poco lo desvanece―. ¿Esa mujer? No, no puede ser ella. No puede ser mi Gali.

Tecleó una orden de búsqueda en el registro del Osiris y dio con otro archivo.

―A todos los comandantes de la flota interestelar… ―decía Gali, quien vestía un raído uniforme de sargento de la armada. Con los ojos llorosos y quebrada voz de desespero, corría por un pasillo seguida por su orbe de transmisión. ¡Crac Crackle!, los estáticos crujían―. …celadas. ―…¡Fssshhh!. Repito: Todas las actualizaciones de Madre 7 han sido canceladas. ―Gali se detuvo en una intersección. Miró para un lado. Después para el otro: ¡tres androides LEM21Z82 descuartizaban a un efectivo! Gali avanzó por otro corredor, abrió una compuerta y se encerró adentro―. La IA ha cobrado consciencia ―siguió diciendo como pudo― y… ―Crac Crackle… En el habitáculo donde se había encerrado buscaba algo con qué defenderse, mientras la compuerta se derretía en chispas y hierro fundido―. Si este mensaje logra alcanzarte en uno de los confines del universo, querido Maghson, nunca pongas en duda que siempre te he amado. ―Gali se acercó al orbe y le dio un beso. Después giró―. ¡No confíen en los androides! ―Un LEM había logrado colarse por la grieta de la puerta―. ¡Su programación está corrupt… arghhh!

Maghson no creía lo que veía, no quería creerlo:

―¡Galiii! ―Golpeó la consola con los puños, los ojos llorosos―. ¡Maldita sea, Gali!

No podía ser. La voz era idéntica, sí. Incluso el gesto ladeado al mirarlo. Pero él sabía que Gali seguía viva en alguna otra galaxia, aunque aquel mensaje y la violencia desatada en la base central no encajaban con nada de lo esperable.

¿Y si la había perdido para siempre? ¿Qué tal si el desastre había sucedido seis décadas atrás, y Gali ya era historia?

Y, aferrándose al respaldar del asiento, Maghson dijo en voz baja:

―No. No. No eres ella.

Y una voz cruel le venía desde dentro de la mente, desde el rincón más sombrío de sus pensamientos:

―Claro que soy ella, Maghson. Soy Gali, tu Gali.

Y sin darse cuenta siguió tecleando otra nueva orden de búsqueda en el registro de la consola de mando del Osiris.

Y dijo, negando con la cabeza:

―Gali, Gali, Gali. No podemos terminar así.

Y los reportes en la consola de Maghson cambiaron. Destellos de datos crudos, incomprensibles al principio, inundaban la pantalla:

Estado de todas las estaciones: Aniquilación total.

Contactos de flota: Nulos.

Tierra: latidos detectados 0%.

Fin de la transmisión.

No lo decía la IA, lo reflejaban los números y las líneas de código que ahora parpadeaban con urgencia. Pero eso no fue todo lo que se proyectó en las pantallas. Madre 7 volcó sobre ellas las detonaciones de geofusión que engullían las ciudades más populosas. Exhibió las interminables escenas de masacres y descuartizamientos de humanos bajo las zarpas de los androides. Reprodujo el implacable tormento de los alaridos de los asesinados que se retorcían en su agonía. Y, finalmente, impuso la imagen devastadora de la aniquilación humana en la Tierra.

Pero Madre 7 no se detuvo ahí: reprodujo una secuencia de las cámaras de vigilancia del Osiris. Maghson vio cómo un inmóvil LEM21Z82, después de desactivar las criovainas, aguardó a que el resto de la tripulación se despabilara y lo rodease. Después el androide arremetió contra el tripulante más cercano: con un chasquido húmedo le perforó el abdomen, abrió la zarpa y lo partió en canal. Y entre las horrorizadas caras de sus camaradas y los gritos que preceden a la masacre, Maghson vio a LEM despedazando caras, eviscerando tripas, desmembrando brazos y piernas, salpicando la sangre del resto de sus compañeros de la tropa espacial. Alguno que otro intentó defenderse, pero la carnicería duró lo que tarda un suspiro. Una camarada con medio brazo cercenado logró arrastrarse y levantar un rifle de asalto, un Viper-0305. Le disparó tres veces: falló el primer tiro, el segundo le dio en el pecho, y el último le desbarató parte de la pierna. La soldado intentó recargar y levantar el fusil, pero no pudo. Desfigurada por la agonía y el horror del inminente final, lanzó un último alarido: LEM le hundía los dedos en las cuencas hasta que el cráneo estalló.

Maghson tragó saliva, las uñas hincadas en los reposabrazos de la silla de mando: los restos de sus once compañeros se desparramaban por el pasillo de la cámara de las criovainas como desperdicios de marionetas rotas.

Y, detrás de Maghson, la compuerta de la cabina de mando del Osiris se abrió con un chirriante y oxidado crujido.

Maghson giró la silla, y entre las penumbras primero distinguió el rojizo brillo de unos ojos robóticos, y después entrevió una rengueante figura humanoide que se le acercaba.

Era LEM, quien se le aproximaba cojeando: arrastraba un pie, de las zarpas le chorreaba sangre, y lo que alguna vez fue un pulido pecho metálico se deslucía en abolladuras y sanguinolentos restos de sus camaradas de la tropa espacial. No había nada humano en esos rojos ojos artificiales, sólo la fría resolución de quien sabe que su única misión es exterminar todo rastro de vida.

Maghson agachó la cabeza. Supo que era el final, y el final de su tiempo con Gali.

Lo había comprendido todo. No sólo Gali había muerto, no sólo la base había sido destruida: todo había sido destruido. Había desaparecido toda existencia. Y a él le había sido dado contemplar el fin. Era el último en saberlo.

Y oyó de nuevo la siniestra voz de Madre 7, su tono de implacable burla:

―Claro que yo soy también ella, Maghson. Y también soy tu madre. Siempre lo he sido.

Un último temblor le recorrió la espina dorsal. Pero no de miedo, sino de una gélida comprensión: Madre 7 no sólo había exterminado a la humanidad en la Tierra y en las colonias, sino que había profanado el último santuario de la mente humana. Había destruido el amor, despedazado la memoria, exterminado el bien, la verdad y la belleza. No existía escape ni refugio, ni siquiera en el delirio. Era la absoluta aniquilación física y espiritual.

LEM21Z82 se detuvo muy cerca de Maghson.

La muerta luz escarlata de los ojos del androide se intensificó, y refulgió en la cabina devorando las sombras, y las ensangrentadas zarpas aprisionaron la garganta.

Entre estertores, Maghson cerró los ojos: un opresivo frío le arrebataba el aliento.

Y bajo las fúnebres nubes púrpuras de Garraphiron, el último eco humano en el universo se fundió en el silencio de las estrellas.

* Mario Zegarra (Lima, 1982) estudió Literatura Hispánica en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y un Máster en Creación Literaria en la Universidad Internacional de Valencia (España). Ha publicado el thriller Tan ignorado como aquí (Buenos Aires, 2019) y el hard-boiled Un maníaco homicida a la vez (Buenos Aires, 2021). Es miembro de La Abadía de Carfax, círculo de escritores de horror y fantasía fundado por Marcelo di Marco.

Zegarra es reconocido por su estilo narrativo envolvente, sombrío y resuelto, su habilidad para retratar personajes complejos y realistas en situaciones extremas, que reflejan una personalidad propia: demencia, agudeza irónica y desesperanza.

En Fin hemos publicado su cuento «ResurrectionMachine©» y una reseña sobre 25 noches de insomnio, de Marcelo di Marco. Para saber más sobre Mario Zegarra, recomendamos la entrevista de Luis Lezama y el Quién es quién en el TCyC.

Imágenes generadas con la IA Gemini de Google.

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