por Santiago Maqueda
Según la RAE, espoliar o expoliar es “despojar algo o a alguien con violencia o con iniquidad”. De allí deriva también despojar, y a su vez el expolio es el botín del vencedor. Estas palabras provienen del latín exspoliare, que originalmente refería al acto de despellejar a un animal cazado. Este sentido se mantiene en otras lenguas: spolier (francés), spogliare (italiano, aunque aquí con matices de desnudez), spoliieren (alemán), spoil (inglés). En inglés, parece que data de los años 80 su uso en referencia a quien roba información sobre una película o narrativa, pero también tiene una connotación de arruinar, pudrir, destruir.
Como lectores, oyentes o espectadores, rechazamos instintivamente el expolio narrativo porque nos despoja de algo que entendemos tan esencial a la trama como la piel lo es a nosotros: nos roba la emoción de lo impredecible, el descubrimiento del asesino, la incógnita de los giros narrativos y del final, los sustos y suspensos en el cine de terror. Esto también pasa en los deportes; la emoción de ver en vivo un partido está, en buena medida, en que no sabemos quién gana ni cómo.
Pero yo creo que hay que hacer una apología: el expolio es la prueba ácida de la trama.
No hay que confundir lo sorpresivo con lo sorprendente. La aversión al expolio parte de una fragilidad de base: se funda en la idea de que, si la trama pierde lo sorpresivo, lo inesperado, lo súbito, se destruye nuestra experiencia de ella. Visto así, la integridad de nuestra experiencia de la novela, cuento, película, serie, obra musical, dependerá siempre de algo pasajero y frágil, ajeno a nuestro control total: lo sorpresivo, que una vez que se conoce, por definición, nos será irrecuperable e irreproducible. Lo sorpresivo está relacionado con la primera acepción de sorpresa: “pillar desprevenido”. Si ya estamos prevenidos, no nos pillarán nunca.

Pero a la par de lo sorpresivo está lo sorprendente: lo que sorprende o causa admiración. Está relacionado con la segunda acepción de sorpresa: conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible. Aquí no importa tanto la novedad como la profundidad. En efecto, no es lo sorpresivo sino lo sorprendente lo que es el origen de la filosofía y del arte. Es en lo sorprendente en donde puede haber lugar al ocio verdadero, que tan central es y debe ser a la experiencia humana plena. Lo sorprendente no es frágil y perecedero como lo sorpresivo, sino —tomando un concepto más financiero— antifrágil: se refuerza con cada vez que se verifica el “siniestro” (en este caso, cada vez que se mira y conoce esa trama). Lo sorprendente está fundado no en las emociones sino en las ideas que subyacen a la trama: con cada repaso y relectura la apreciación de ese giro, esa trama, ese clímax, la experiencia se retroalimenta de sentido y profundiza su significado. Cada vez que Edipo se arranca los ojos luego de saber que mató por error a su padre y de matar en consecuencia a su madre y esposa, más nos habla de la condición humana. No por muchos atardeceres que uno haya visto será menos sorprendente ese enrojecimiento paulatino del horizonte a medida que el cielo se ennegrece, causado por la rotación de la Tierra, con todo el cambio de comportamiento de plantas, animales, personas, factores climáticos y hasta sistemas eléctricos y electrónicos que conlleva. No será sorpresivo y será totalmente predecible, pero no por eso será menos sorprendente.
Quitar tensión al seguimiento de la trama, despellejarla como a un animal cazado, permite apreciarla más, conocer sus vericuetos, advertir sus recursos, entenderla mejor. Como a un animal despellejado, permite ver su carne, órganos y huesos. Permite cocinarla y alimentarse realmente de ella, con mayor relajamiento y dedicación. Si es buena, más emociona una obra —musical, audiovisual, literaria— cuantas más veces se ha visto, y no al revés. Debo haber escuchado la Chacona de Bach varios cientos de veces, y cada vez me gusta más aunque me crea que me sé cada uno de sus compases. O el clímax de la segunda sinfonía de Mahler. O siempre me emocionan Gladiador o Interestellar a pesar de que sé cómo terminan. Y todos sabemos que al final don Quijote se muere cuerdo y condenando los libros de caballerías, y no por eso nos despoja de nada en relación con la mejor obra literaria escrita. Los fanáticos de fútbol vuelven a ver partidos históricos que ya saben cómo terminan, aun memorizando cada jugada; mi padre graba los partidos de River y los ve ya conociendo el resultado de antemano.
Es que si la obra o el partido son malos, si no tienen nada para admirar, si carecen de nada sorprendente, deben necesariamente afianzarse en lo sorpresivo, que es al final del día su principal recurso: por eso digo que el expolio es la prueba ácida de la trama.
No sé si esto siempre fue así, pero creería que sí. Por dar un ejemplo fácil, los relatos de los ciclos troyano —Aquiles, Héctor, Agamenón, Electra— y tebano —Edipo, Antígona, Polinices, Etéocles— no eran sorpresivos pero sí son sorprendentes, y su lectura, relectura, reescritura y adaptaciones constantes han forjado toda nuestra narrativa y comprensión del mundo.

Quizás la preocupación por el expolio pueda ser un síntoma de la ansiedad de nuestra época. El pánico por que un factor externo nos corte el placer efímero, con su obsesión por el clímax narrativo fácil, bien pueden ser indicadores de la actitud de superficialidad y fragilidad de ese consumo de series, películas o novelas. Desde esta perspectiva, el medio es el mensaje: lo que importa es el suspenso, lo sorpresivo y no lo sorprendente, la emoción y no la idea, lo estético —experiencia subjetiva— y no lo poético —aspectos objetivos de la obra—, el resultado —el susto, lo imprevisto— y no el proceso —la trama—. Creo que esto es aplicable inclusive a géneros que, como el terror, están bastante centrados en lo sorpresivo; incluso en estos casos las grandes obras del género —pienso en El exorcista o en los cuentos de Quiroga, por dar dos ejemplos aleatorios— se aprecian mejor después de que baja la espuma de lo sorpresivo.
En definitiva, si la trama es buena, tiene que poder soportar el expolio. Más aún: quizás sólo valgan la pena y sean buen alimento las tramas que sigan siendo sorprendentes luego de despellejadas de sus elementos sorpresivos.
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Santiago Maqueda (1986) nació en la provincia de San Luis, Argentina, y reside en la provincia de Buenos Aires. Es abogado y profesor universitario, y cursó estudios de grado y posgrado en Argentina y Estados Unidos. Es miembro del Taller de Corte y Corrección desde 2007. Publicó tres libros y una treintena de artículos académicos en su área de especialidad jurídica. Ha publicado diversos ensayos y poemas en revistas y antologías (Fin, Periódico de Poesía, Sed Contra, Escrituras Indie y Crisopeya).
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Créditos: Ridley Scott (director), Gladiador, 2000.
Créditos: Foto del Monumento a Miguel Cervantes en la Plaza de España, Madrid.





