por Santiago Maqueda *
¿Qué relación hay entre el hombre y el paisaje en que nace, vive y se desarrolla? De algún modo, esa es una de las grandes preguntas en torno a la que gira la poesía de Antonio Esteban Agüero (1917-1970). Nacido en Piedra Blanca, una localidad del norte de la provincia de San Luis, Agüero tuvo una importante carrera local como periodista y político, pero su principal legado quedó en su literatura. Su poesía se asienta, en mi opinión, en la cima del canon literario puntano, y creería que debería integrar el canon nacional e hispanoamericano. Su relevancia para San Luis es inigualable. Su casa en la villa de Merlo es actualmente la Casa del Poeta, una suerte de museo o espacio de difusión y conservación de su obra. Infraestructuras tan disímiles como la Biblioteca de la Universidad Nacional de San Luis y el dique del río Grande llevan su nombre. Sus versos están grabados en el Monumento al Pueblo Puntano de la Independencia; también están en canciones de folklore.
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En un recuerdo de infancia, en que debo tener unos 8 años, estoy preparando para el colegio una clase sobre San Martín: un pantallazo general de su vida y la campaña libertadora. Mi papá, que entre tantas cosas fue profesor de historia, me ha ayudado a redactar el guion; preparamos también una lámina con un mapa de América del Sur en el cual mostraré la campaña militar. En uno de los días previos a lo que sería mi primera clase, viene mi papá a la cocina y me muestra un libro con un título extraño: Un hombre dice su pequeño país. Me llama la atención ese uso del verbo “decir”: no simplemente “decir-palabras” sino “decir-una-cosa”: “decir su país”. Me suena extraño. Más raro me resulta cuando mi papá abre el libro en una página marcada con un clip, en el que el título “Digo el llamado” encabeza la página. Me sugiere que para terminar la lección lea eso, que muchos años después sabré que es un poema (de tema épico, en endecasílabos, con una estructura de romance asonantado). La rareza es absoluta cuando me lee algunos de sus versos, que hoy me sé de memoria. Inicia así:
“Y después en caballos redomones
que urticaba la prisa de la espuela
galoparon los chasquis por las calles
de la ciudad donde Dupuy gobierna
conduciendo papeles que decían
‘El General de San Martín espera
que acudan los puntanos al llamado
de Libertad que les envía América’…”
Las preguntas que disparan estos versos, para un niño, son muchas. “Y después” ¿de qué? ¿Qué hubo antes en esa narración? El comienzo in medias res es desconcertante. ¿Qué es un caballo redomón, cómo es que una espuela tiene prisa? Qué será “urticar”… Los versos detallan los recorridos que hacían en San Luis los chasquis para repartir los mensajes y la larga retahíla de pedidos que San Martín hacía al gobernador Dupuy, en la preparación de la campaña de los Andes, que exigió grandes sacrificios por parte de todo Cuyo:
“Necesito las mulas prometidas;
necesito mil yardas de bayeta;
necesito caballos, más caballos;
necesito los ponchos y las suelas;
necesito cebollas y limones
para la puna de la Cordillera;
necesito las joyas de las damas;
necesito más carros y carretas;
necesito campanas para el bronce
de los clarines; necesito vendas;
necesito el sudor y la fatiga;
necesito hasta el hierro de las rejas
para alzar los cañones en los pasos
donde la nieve es una flor eterna;
necesito las lágrimas y el hambre
para más gloria de la Madre América…”
En la línea homérica más clásica de la poesía épica, el poema canta el heroísmo de esta gesta. Pero también plantea esa cierta ambigüedad sobre los costos individuales y grupales que impone toda guerra:
“… y San Luis obediente respondía
ahorrando en la sed y la miseria:
río oscuro de hombres que subía,
oscuro río, humanidad morena
que empujaba profundas intuiciones
hacia quién sabe qué remota meta…”
En algún sentido todos somos la “humanidad morena” cuando empujamos proyectos vitales hacia metas que desconocemos, a veces guiados por intereses ajenos, a veces guiados por profundas intuiciones propias.
No tengo claro si leí el poema en la clase, creo que no, pero sí sé que fue el primer poema que leí.
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Mucho tiempo después supe que el borrador de Un hombre dice su pequeño país recibió, en 1960, el Premio del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo, por voto unánime de los tres jurados: Jorge Luis Borges, Enrique Larreta y Fermín Estrella Gutiérrez. Sería publicado póstumamente a los pocos años de la muerte de Agüero.
El libro es un canto a, o más precisamente un decir de, la provincia de San Luis, sus costumbres, símbolos, historia y tradiciones. El libro dice los oficios, la tonada, el llamado, la flora, la fauna, las guitarras. Es una verdadera celebración del ser y hacer puntano (y, por extensión, cuyano y argentino). Su “Digo la mazamorra” fue musicalizado en ritmo de huayno por Peteco Carabajal. Es una de las canciones del canon del folklore:
“La noche en que fusilen poetas y canciones,
por haber traicionado, por haber corrompido,
la música y el polen, los pájaros y el fuego,
quizás a mí me salven estos versos que digo”.
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Agüero popularizó en San Luis, al punto de integrarlo a su mitología local, al Algarrobo Abuelo, un algarrobo centenario que aún crece en el patio de una casona de Merlo. En Las cantatas del árbol, extenso poemario publicado a la mitad de su carrera, Agüero incluyó una serie de poemas que podrían denominarse cósmicos (hasta místicos, diría), en los que, con la excusa de cantar sobre distintos árboles (ciprés, algarrobo, sauce, mollar), presenta toda una cosmología del hombre y su relación con el entorno en que vive. Uno de ellos es la “Cantata del Abuelo Algarrobo”, en que aquel algarrobo se erige en un representante numinoso de algo más, en un “Dios vegetal de corazón fragante”. Inicia con una mezcla de invocación y lamento por la imposibilidad de plasmar por escrito lo que contempla al ver el árbol:
“Padre y Señor del Bosque,
Abuelo de barbas vegetales,
yo quisiera mi canto como torre
para poder alzarla en tu homenaje…”.

Esa actitud de reverencia, de cierta sacralidad percibida en el paisaje, sin dudas la sentí cada vez que, trepado a la copa de otro algarrobo que había frente a mi casa de la infancia, veía hacia el norte las sierras y cómo iban cambiando de colores y luminosidad a medida que el día transcurría. Eso mismo sentí y siento cada vez que intento aventurarme a tirar algunos versos sobre esa participación del ser de Dios que es la naturaleza. Internamente resuena, como jaculatoria o impetración, ese “yo quisiera mi canto como torre / para poder alzarla en tu homenaje”.
La Cantata sigue, en sus seis partes, una implícita lógica religiosa: una leyenda de origen mítico (como su propio libro del Génesis), la alabanza de la casa en que se erige (casi como si se tratara de un templo), la alabanza de los pájaros que lo pueblan (como ángeles o santos que pueblan ese templo), la descripción del árbol (como si fuera un dios), la alabanza de sus frutos y bendiciones (sombra, frutos, patay, leña: como el maná que envía el dios para unirse al pueblo), y una letanía extática para concluir:
“Algarrobo natal. Torre del cielo.
Monumento y estatua del follaje.
Hijo del sol y de la Tierra unidos.
Corona real para la sien del aire.
Árbol de luz. Espejo de los siglos.
Dios vegetal de corazón fragante”.
En cada contrapunto de esta final enumeración de advocaciones metafóricas resuena implícitamente una especie de “ruega por nosotros”: “Algarrobo natal: ruega por nosotros. Torre del cielo: ruega por nosotros…”.
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Agüero señala en La verde memoria que de niño sus lecturas eran múltiples, hambrientas y caóticas. Dicen los testimonios que tenía problemas con el dinero y quizás con el alcohol. Y con la autoridad. Su poema “Capitán de pájaros” fue leído en clave subversiva y le granjeó una breve estancia en la cárcel por sospechas de conspirar contra el gobierno de Perón en el inicio de los años 50. Décadas después, Carlos Menem tomaría dos versos de ese poema (destacados debajo) y los popularizaría en su histórico discurso de campaña, recientemente versionado por la serie de Netflix Menem.
“… Les ruego que se rindan
que depongan las armas,
que guarden los tanques,
y encierren los cañones,
porque mañana a mediodía
quiero estar en la Plaza de Mayo
sobre viejos balcones del Cabildo
para ser presidente y
prestar juramento:
por los ríos de sangre derramada,
por los indios y los blancos muertos,
por el sol y la luna,
por la tierra y el cielo,
por el padre Aconcagua,
y por el Mar oceánico,
y por todas las hierbas y los bosques,
y por todas las flores y los pájaros,
y por el hambre de los niños pobres,
y la tristeza de los niños ricos,
y el dolor de las jóvenes paridas,
y la agonía de los viejos…”
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Agüero publicó en vida Poemas lugareños (1937), Romancero aldeano (1938), Pastorales (1939), Romancero de niños (1946) y Cantatas del árbol (1953). Fallecido en 1970, dejó lo mejor sin publicar y fue su viuda quien se ocupó de hacerlo: Un hombre dice a su pequeño país (1972), Canciones para la voz humana (1973) y Poemas inéditos (1978). Todos estos poemarios están recopilados en sus obras completas (algo difíciles de conseguir por fuera de San Luis), que incluyen una preciosa memoria de vida, recuerdos de infancia y reflexión poética titulada La verde memoria, o la educación de un poeta, y una Historia de Merlo (por si se necesitaba otro testimonio más del amor a su pequeño país). Y también una breve ars poetica llamada Vivir en poesía:
“Vivir en poesía es (…) no tener ni sentir edad, a pesar de las arrugas que nos ponen leprosa la piel y de la sombra que nos apaga los iris; es comprender que el paisaje existe en la medida en que sepamos inventarlo con nuestros sentidos; (…) es saber traducir al castellano de los doctores el idioma infantil del viento, el tartamudeo solitario de los arroyos; (…) es poder asumir, en instantánea plenitud, la hombría universal, comprenderse adán (…); es amar el pequeño reducto de la patria natal con pasión volvedora de trucha o golondrina, porque en esa ínfima parcela planetaria está representada la totalidad del Cosmos; (…) es intentar poseer un oído tan sensible que nos permita escuchar en los oasis de silencio de la noche el latido de todos los corazones vivientes…”.
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Hace cosa de 6 años, estábamos con mi mujer en la sala de espera para la ecografía de nuestro primer hijo. Tomé al azar del revistero un número de un semanario de interés general, y al hojearlo encuentro con una sección de poesía en la que casualmente se presenta un poema de Agüero, “Epílogo de la golondrina”. No lo conocía:
“… La golondrina me invita
a quedarme.
Aquí, en la tierra cansada,
en este aire,
con estos pájaros dulces,
con esta tarde,
que bien sabemos se tiñe
de mi sangre.
No, Golondrina: es mejor
quedarse.
¿Qué cosa bella en el mundo
grande, grande,
habrá mejor que estos montes
en la tarde?
¿Mejor que ser lo que somos?
Si, Golondrina, es mejor
quedarse,
gastar la vida en un sitio…”.
En una época en que se exacerba el llamado a viajar, a recorrer lugares, a probar cosas nuevas, a tachar extensos listados de países como si fueran tareas pendientes y publicarlo en redes, este poema recuerda que el destino estaba en el inicio. Que hay una belleza y una verdad que se revelan sólo en la frecuencia y cotidianeidad del día a día. No en ir hacia afuera, sino en quedarse en el lugar de uno y en aprender a contemplar lo que hay ahí. En ese momento vital y hasta iniciático en que me estaba convirtiendo en padre, esa poética del no-viaje, de la quietud, resonó muy fuertemente, con su llamado a “llorarse en las cosas familiares”, en la contemplación de lo mismo y en dejar de buscar afuera o en otro lado lo que está aquí y ahora. Un amor al lugar propio, a la felicidad de mirarlo en su singularidad y hasta mediocridad irrepetibles. Abrazar el lugar en que se está, sin subirle el precio a lo que no se tiene.
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Cuando mi papá cumplió 60 años, mis tíos y primos le regalaron un video de fotos y música que repasaba su vida desde niño hasta la actualidad. Entre las frases que había elegido mi tía, estaba el final del soneto X de los Poemas inéditos:
“El niño nace y al nacer nos hiere
con su flecha de amor y su misterio,
y el pecho nuestro se desangra rojo
por arterias que manan lentamente.
Y el niño grita en un idioma extraño,
idioma de pueblos del futuro,
y yo comprendo además del grito
la mañana que nace en la calandria.
Yo soy el niño y el niño es este hombre
cuya faz se deforma en el espejo
y el espejo dice: ya tenéis cien años.
Yo no tengo cien años, soy el niño
de venas verdes como un árbol joven
que anuncia en la noche la mañana”.
Me gusta de este poema cómo refleja la ambigüedad de la individualidad y del paso del tiempo: como si el niño, el viejo, el árbol, la calandria y la propia mañana fuesen, si no la misma cosa, cosas totalmente interdependientes o que se participan entre sí, y también como si pasado, presente y futuro estuviesen ocurriendo al mismo tiempo. Destaca esa función salvífica que tiene, tanto simbólica como realmente, todo nuevo nacimiento de una nueva persona, que nos hace comprender, celebrar la existencia frente al paso del tiempo, siendo conscientes de cómo se adensa y complejiza la vida con cada año que pasa.
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Agüero no cedió a las costumbres o modas, pero leyó y se dejó influir tanto por clásicos como por contemporáneos. Escribió con formas cerradas como el romance, los dísticos, los sonetos, la égloga, y también con un verso libre profundamente musical. Cubrió todos los tópicos: la naturaleza, las plantas, los amores, la muerte, las leyendas rurales, la épica, el paso del tiempo, la política, la religión, la mística.
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Hablando de mística, la suya es la de un cristianismo arraigado en la tierra. Se advierte una cierta raíz panteísta (o “panenteísta”, en todo caso), al menos metafórica, que no deja de lado al individuo. En la “Cantata del bosque natal”, un hombre camina por el bosque. Es un cazador, en busca de animales que capturar. Se jacta de su fuerza, de su hombría. Pero algo le pasa cuando se adentra en la espesura: el paisaje lo seduce, quizás eróticamente en un sentido amplio. No le queda más que echarse a la sombra, y entonces le ocurre una metamorfosis digna de Ovidio:
“Poco a poco la tierra me domina
y en su regazo la conciencia pierdo:
soy vegetal, un vegetal yacente,
sí vegetal, un vegetal naciendo
raíces los pies, el torso tallo,
ramas los brazos y también los dedos,
flores los ojos y los labios frutos
y el follaje la piel donde presiento
la alquimia del Sol que me transforma
en clorofila de verdor intenso…”
Más allá de la fluidez verbal y el ritmo impactante en que ocurre la metamorfosis, no hay aquí una pérdida de individualidad en esa conexión con el bosque. El bosque (bosque “natal”, dicho sea de paso: el bosque donde se ha nacido) se asemeja más a un estado de conexión sagrada, a una especie de templo. El poema concluye con un “dejadme ser árbol”, que recuerda al “qué bien estamos aquí” de los apóstoles ante el Cristo Transfigurado.
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Leer a Agüero es encontrarse con el optimismo de la pulsión de la savia, del sol y de la sangre pese a su caducidad inevitable, con la contemplación del misterio que hay en las cosas mundanas, con el amor a lo propio. Es escuchar que, sin perder nuestra (a veces sobrevalorada) individualidad, nuestro ser está co-constituido por el entorno, no sólo social (familia, amigos) o cultural, sino también por el paisaje. En un sentido análogo, somos el paisaje, o el paisaje es nosotros. El Paisaje nos participa del mismo acto interdependiente del ser. En esa dialéctica plantea Agüero que vivimos, nos movemos y existimos.
Nota del autor: Agradezco los comentarios de Gustavo Romero Borri y recomiendo su libro de ensayos sobre Agüero, El peso de la luz en la mano. También se agradece el apoyo del programa San Luis Libro, actualmente a cargo de la edición y comercialización de las obras completas de Agüero. Para ampliar sobre la biografía de Agüero, se recomienda el libro de mi tío abuelo Hugo A. Fourcade, Vida y pasión poética y prosística de Antonio Esteban Agüero (2005, Dunken). También agradezco a las editoras de Fin, Nomi Pendzik y Analía Pinto, por sus lecturas y sugerencias en la redacción de esta nota.

* Santiago Maqueda (1986) nació en la provincia de San Luis, Argentina, y reside en la provincia de Buenos Aires. Es abogado y profesor universitario, y cursó estudios de grado y posgrado en Argentina y Estados Unidos. Es miembro del Taller de Corte y Corrección desde 2007. Publicó tres libros y una treintena de artículos académicos en su área de especialidad jurídica. Ha publicado diversos ensayos y poemas en revistas y antologías (Fin, Periódico de Poesía, Sed Contra, Escrituras Indie y Crisopeya).





