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Quién es quién en el Taller de Corte y Corrección

Hoy responde…

 

 

 

 

Ricardo Giorno

 

 

 

1 ¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?
En literatura: Roger Zelazny (me voló la cabeza con El señor de la luz). J.R.R. Tolkien (me enseñó cómo llevar varias historias simultáneamente, ya desde antes de que yo supiera que iba a escribir). Arthur C. Clarke (me fascinan sus universos).
En cine me gustan las adaptaciones de Christopher Priest. Paul Greengrass sabe meter vértigo en historias creíbles. Clint Eastwood me venía gustando bastante, pero después de Gran Torino me hice fan.
En música, el primero es Paul McCartney. Le sigue el Flaco Spinetta. Robert Fripp (de la legendaria banda King Crimson) y Charly García están tercero y cuarto, respectivamente, en mi ranking personal.

2 ¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?
La tetralogía de CF de John Scalzi Fuerzas de defensas coloniales. Lo último de lo último en CF. En ella, el amable lector encontrará desde el desarrollo de la “Teoría de cuerdas” hasta el aprovechamiento de la fotosíntesis en el cuerpo humano.

3 ¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?
Todo lo que te caiga entre manos. Así de simple. De recomendar para formación, recomendaría a Cervantes, Borges, Casares… y la lista es larga. Yo me vi perjudicado en mi forma de escribir porque no tenía esa base de escritura hispanoamericana. Me costó salir del tono de los traductores.

4 ¿Qué publicaste ya en medios electrónicos y/o en papel?
Publiqué electrónicamente cuentos y entrevistas en Aurora Bitzine, NM, Axxon, La Idea Fija Alfa eridiani NGC 3660. En papel, en las antologías II y III de La Abadía de Carfax.

5 ¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?
En darme cuenta cada vez más de mis propios errores. En aprovechar las herramientas que nos vas dando para que mi idea se transmita lo más fielmente posible, y que el texto brille.

 

¡Muchas gracias, Ric!

 

 

 

Dos poemas

por Carmen Solís*

 

Intacta

 

Parte por parte
cuidadosamente
buscando y arrastrando
secas máscaras
voy limpiando las huellas de mi historia
de ese rostro sin fin que lleva al fondo

Voy hurgando en el polvo
en los olvidos
en los rictus del miedo
el duro escalofrío de las trabas
las sogas de la muerte

En tal profundidad
una niña me espera:
una niña sonriente
con sus cantos

Intacta

como si naciera

 

 

 

 

 

 

 

Contestación

 

Si digo poesía
algo en la mirada de los otros
en el chato optimismo de la urgencia
desalienta el intento

pero aún así
vive

Dicen que es triste
Nadie quiere escuchar un llanto
Nadie quiere saber que está llorando
y se desentiende
mirando el desarticulado paisaje de sus ojos
escuchando los ruidos metálicos del mundo

Nadie en fin
(o unos pocos)
tocan el fuego con sus dedos fríos
caen en el abismo brutal del desconsuelo
o en el rincón sutil
en que se salvan

Porque fuego no es hielo
ni el amor es muerte
aunque a veces
quedamos esperando el fuego
y la muerte se traga hasta el olvido

Y se intenta decir
de frente a lo imposible
o recibiendo mensajes del misterio
que revelan
de pronto
lo que no sabemos

Tal vez parezca triste
Pero nada hay como esta luz parida
en el silencio musical de uno

 

*Carmen Solís es cordobesa, radicada en San Rafael (Mendoza). 
Publicó dos libros: Ana y otras historias (2003) y
Cristales y Fuego (2006).
Recibió el Tercer Premio de Poesía en el Certamen Interamericano de la Fundación Avon (2006) y el Primer Premio de Poesía de la Cátedra Libre “Federico García Lorca”, de la Universidad de La Plata (2012).
Desde hace más de diez años trabaja con Marcelo di Marco en taller virtual.

 

Razones de un encierro

por Marcelo di Marco

 

Marcelo di Marco opina sobre el primer libro de Matías Orta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me recuerdo recién salido de la adolescencia aquella noche inolvidable de hace más de treinta años, parado frente al Ópera, en la avenida Corrientes. Estaba a punto de entrar a ver una película que prometía partirle la cabeza a más de uno. El público, en la vereda, se burlaba a los gritos de un tipo disfrazado con una careta blanca y una especie de overol. Yendo de una punta a la otra de la marquesina y tropezando con los carteles, ese aprendiz de asesino serial nos amenazaba desde arriba empuñando un descomunal cuchillo. Los del cine lo habían previsto todo con suma precaución: en el hall dispusieron una sala de emergencias ad hoc, incluso atendida por gente de guardapolvo, lista para socorrer a los posibles infartados y víctimas del pánico. Mediante las publicidades en los diarios, les venían recomendando a los muchachos que llevasen a la novia a ver la peli, porque seguramente podrían consolar a la pobre chica valiéndose de su arsenal de abrazos y aprietes… Se estrenaba Noche de brujas, por supuesto, y yo en aquel momento ignoraba que estaba por volverme fanático de un genio llamado John Carpenter. Porque la mejor tradición del irrepetible cine de Hollywood de 1930 y 1940 vibraba renovada en esa maravilla. Al margen de las clasificaciones y de los géneros y de la hábil mascarada montada por los empresarios, al margen de los gritos de histeria de la platea, aquello era cine en estado puro: era Lang y Ford y Hawks vueltos a la vida, era todo un amoroso homenaje al Hitchcock de Psicosis. Y, en los años siguientes, Carpenter fue consolidando su valía de director cinéfilo con un puñado de obras maestras. La niebla, Escape de Nueva York, El enigma de otro mundo y Christine me apasionaron con todo su poder, me enseñaron a mirar.

Hoy, décadas después de aquel primer deslumbramiento, tengo el privilegio y el orgullo de que sea uno de mis más conspicuos secuaces quien me revele un sinnúmero de trucos, datos, secretos y facetas insospechadas del autor de En la boca del miedo. De manera que debo agradecerle al talentoso Matías Orta por haber escrito este libro singular: gracias a su erudición, a su agudeza y a la agilidad de su ameno estilo, ahora puedo revisar con nuevos ojos la herencia de un gigante de la imagen.

 

Matías Orta

Una visita al Salón de la Indiferencia

por Martín Miguel Monedero*

 

La semana pasada —exactamente el martes 14 de agosto de 2012— fui al Congreso a hablar.

El gobierno quiere un nuevo Código Civil. El que tenemos ahora —y hasta ahora—, escrito por Dalmacio Vélez Sarsfield en 1870, resistió todos estos años sin que algún jurista lo haya querido sacar. Se lo fue adaptando, claro, pero nadie se animó a sacarlo y poner uno nuevo. Ni Borda, ni Llambías, ni ningún otro Maestro.

Cristina sí.

En la secundaria me dijeron que había tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. El primero gobernaba, el segundo hacía leyes y el tercero impartía justicia. En la facultad (primer año de Abogacía), aprendí que los jueces podían determinar si una ley estaba bien o mal —si era “constitucional” o “inconstitucional”—. Y que los jueces más grandes eran los de la Corte Suprema. Lo que ellos resolviesen sería indiscutible.

La semana pasada fui a hablar al Congreso, como decía, porque se quiere un nuevo Código Civil… pero afirman que antes necesitan escuchar la opinión de la sociedad. Abrieron una lista de oradores, y Frente Joven solicitó hablar. Sebastián —el encargado de la Mesa Política de nuestra agrupación— se me acercó y me dijo:

—Mone, ¿te animás a hablar en el Congreso?

—Sí —le respondí sin pensarlo. Después se me ocurrió preguntar sobre qué.

—Es sobre la Reforma del Código Civil.

Y me puse muy contento, porque había que ir a hablar, porque alguien tenía que ir a hablar.

—¿Me van a preguntar algo? ¿O es leer nomás?

—Y… mirá: vas a leerles a los diputados y senadores lo que preparamos. Seguro que al terminar te preguntan algo, tenés que ir preparado.

Leer a diputados y senadores, uau. Este Sebastián es un rayado total. Me manda a leer una ponencia en el Congreso como si fuera a comprar leche al chino, así de fácil.

Los chicos del FJ en el Congreso

Nos asignaron diez minutos. Mi amiga Inés escribió la ponencia, y con los papeles bajo el brazo me fui para el Congreso. Entré solo, por Irigoyen.

—¿Señor? —me preguntó la gente de Seguridad.

—Vengo porque tengo que hablar en una audiencia —dije yo, solemne, ceremonioso: sería la única vez en la vida que diría esa frase, así que disfruté el momento.

—Ah, sí, por acá —me dijo el tipo. Claro, ese día habían pasado a hablar más de veinte personas. Lo que para mí significaba un momento único, para él era un hecho más—. A la derecha están las escaleras, después doblá a la derecha de nuevo, y después en el pasillo a la izquierda hasta el fondo. Salón Azul.

Me había puesto mi corbata de la suerte. Me abroché los botones del saco. Llevaba la ponencia en mis manos, prendida con apenas un ganchito, sin carpeta ni nada. Toda subrayada y con anotaciones.

—Martín Monedero —les dije a los de Mesa de Entradas.

—¿Frente Joven? —me preguntó la mujer… y qué lindo fue escuchar eso—. Bueno, pase.

Y entré al Salón Azul.

Mi primera decepción fue la cantidad de sillas vacías. Casi dos tercios, vacías. Vi a la diputada Conti en la mesa que presidía la sesión. ¡Qué cara de víbora! Recorrí en un paneo a la gente sentada, y no reconocí a ningún otro político. Debe haber legisladores que no les sé la cara, pensé.

—Disculpame —le dije a una chica que sostenía una cámara—, ¿sabés dónde están los legisladores?

La chica me sonrió, como diciendo qué ingenuo.

—Acá hay dos —dijo—. Conti, ahí en la mesa, y Filmus en primera fila.

Daniel Filmus en primera fila.

—¿Y el resto?

—No están.

—¿Pero esto no es una audiencia para escuchar a la sociedad? ¿Cómo hacen para escuchar a la sociedad si no están cuando la sociedad habla?

Nueva sonrisa cínica.

—Lo pueden seguir desde sus despachos, por tele.

Se notaba que la gente sentada era, en su mayoría, gente que iba a hinchar por su ponente favorito. Terminaba la representante de los indígenas, y todos los indígenas se levantaban y se iban. Terminaba el abogado comercial, y sus colegas se levantaban y se iban. En fin: la sociedad escuchándose a sí misma… y levantándose y yéndose. Del gobierno, la Conti nomás, que más que escuchar te miraba mal, con odio. A todos.

Llegó la muchachada de Frente Joven, a apoyarme. Qué grandes los pibes. Se escaparon de la facultad, del laburo, de sus compromisos, para venir a escucharme diez minutos. No por mí, sino porque yo hablaba por Frente Joven. Qué extraordinario que es esto de la militancia.

—Martín Monedero, Frente Joven —dijo un burócrata por micrófono.

Y pasé a hablar.

Apenas empecé, el senador Daniel Fernando Filmus se levantó y se fue. O sea, Frente Joven, Diana Conti y algún otro perejil.

Antes de leer, me saqué las ganas de decirles la decepción que significaban ellos para todos nosotros. La decepción que es saber que quieren hacer un nuevo Código Civil en el que se convierte a los embriones en cosas, en el que los argentinos concebidos artificialmente pasarán a ser congelados, manipulados, comprados, vendidos, en el que los vientres serán alquilados. Qué decepción que el proyecto lo presente la Presidente de la Nación, lo haya escrito el Presidente de la Corte, y se plantee en un Congreso en donde el oficialismo tiene mayoría automática en ambas cámaras.

Mientras decía todo eso miraba las sillas vacías, y ahí caí en la cuenta: ¡desde un principio era obvio que no vendría nadie! Si justamente lo que no les interesa es discutir. Quieren fingir que proponen, fingir que discuten, fingir que escuchan, cuando en realidad imponen, gritan, aturden.

Eso sí: a los diez minutos, el burócrata me interrumpió con un

—¡Concluya!

Al terminar, no hubo preguntas. Claro que no, no les interesa preguntar. Por poco el burócrata grita “¡Siguiente!” cuando me bajé del atril. Así de horrendo, así de cínico fue ese día de audiencias en que se escuchaba a la sociedad.

Nos fuimos del Salón y nos sacamos fotos con los chicos, festejando la ponencia. Vino gente a felicitarnos por el testimonio, por lo juvenil de lo nuestro, por la claridad.

Y yo miraba las cortinas del Congreso, los pasillos… Miraba toda esa historia, y pensaba qué mentiras, qué mentira que es todo. Qué sucios que son estos tipos, qué ganas de mandarlos a todos a la mierda y colgar los botines.

Pero me acordé de Frente Joven. Y me fui contento, porque tengo amigos con ideales. ¿Qué sentido tiene la vida sin ellos?

 

Martín tiene 25 años y le gusta mucho alternar sus escritos como abogado con la literatura. Formó sus gustos por la lectura entre Lewis, Dumas, Hugo Wast, Chesterton, Papini, Tolkien, John Grisham, Guareschi, Juan Luis Gallardo, José María Pemán, Francisco Luis Bernárdez, Louis de Whol y Santo Tomás de Aquino.
Espera que lo que escribe sirva a los hombres para ser mejores y para conocer y querer más a Dios y al prójimo.

 

Quién es quién en el Taller de Corte y Corrección

Hoy responde…

 

 

 Cristina Conti

 

 

1. ¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?
En literatura:  Edgar Allan Poe, Flannery O´Connor, Jack London, Jorge L. Borges,  Marguerite Yourcenar, Truman Capote.
En cine: Francis Ford Coppola, Christopher Nolan, Akira Kurosawa, Wim Wenders,  Emir Kusturica.
En música: Puccini, Bach, Sting, Norah Jones, Sarah Brightman, Rod Stewart, Regina Spektor, Piazzolla.

2. ¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?
Estoy leyendo: Ese dulce mal de Patricia Highsmith, Donde van a morir los elefantes de José Donoso y Cuentos de la Abadía de Carfax.

3. ¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?
Borges, no por nada, su escritura atraviesa el espacio y el tiempo. Luego Poe: cuentos y poesías, im-pres-cin-dible. Maupassant:»La Casa Tellier» me gustó mucho. Los cuentos de Saki. El Príncipe idiota, de Dostoyevski. Cuentos de amor de locura y de muerte, de Horacio Quiroga.

4. ¿Qué publicaste ya en medios electrónicos y/o en papel?
En papel: Selección de cuentos, El Libro de los Talleres III, Editorial Dunken.
Micro relatos, AHH (Amores, Humores, Horrores), Ediciones Artilugios.
En mi blog: Desiertos urbanos.

5. ¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?
Mi participación en el Taller meayuda a corregir y a encontrar mi propio estilo. Al escuchar los relatos de mis compañeros y tus consejos, se afianzan mis deseos de contar una historia y que ésta resulte medianamente buena.

 

¡Muchas gracias, Cristina Conti!

Quién es quién en el Taller de Corte y Corrección

Hoy responde…

 

 

 Analía Pinto

 

 

1. ¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?
La lista es ingente. Para no aburrir diré que mis autores argentinos favoritos son Borges, Cortázar, Arlt, Quiroga y Walsh; mis poetas universales favoritos son Baudelaire, Dickinson y Quevedo; mis poetas argentinas favoritas son Storni, Biagioni, Orozco; amo la literatura del siglo XIX: Flaubert, Poe, Stevenson, Melville y Maupassant. Entre mis últimos descubrimientos destaco a W. G. Sebald. Mi músico favorito es Frank Zappa. En cuanto al cine… reconozco que allí me falta aprender mucho todavía.

2. ¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?
En estos momentos estoy leyendo una antología de poesía argentina y antes de ayer terminé de leer El arte de amar de E. Fromm. Por razones acádemicas, ahora estoy por leer Prosas profanas de Rubén Darío.

3. ¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?
En el primer puesto pondría todos los títulos del maestro; a continuación, Mientras escribo (S. King); Ser escritor (Abelardo Castillo); El escritor y sus fantasmas (E. Sabato); La cocina de la escritura (D. Cassany).

4. ¿Qué publicaste ya en medios electrónicos y/o en papel?
En papel he publicado un libro de poemas, Peaches en Regalia (2008), y en varias antologías de poesía. En Internet he publicado en diversas revistas como El Interpretador, Fin, Axolotl, Vozquemadura y otras, además de mis propios blogs.

5. ¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?
El TC&C me ha ayudado en dos frentes: primero, en mi propia escritura, a reconocer muletillas y otros feos gazapos. Luego, me ha ayudado a ayudar, a ser una mejor coordinadora de taller haciendo lo mismo que Marcelo hace con nuestros textos: leerlos en voz alta y luego corregir frase por frase. No falla.

 

¡Muchas gracias, Analía Pinto!

 

Hay equipo

 Le dimos toda la tarde a la de cuero. Le había tirado un caño más a un lungo que no me podía parar, me dio por festejarlo y entonces el pibe me empezó a cepillar mal y a decirme: “Ya te voy a agarrar afuera”. Mi hermano miró el reloj y amagó con irse del baldío. La pelota era de él, se la había regalado Evita, pero no la levantó. “Sigan otro rato —dijo—. Después me la alcanzan”. Me agarró del hombro y nos fuimos juntos. El otro se quedó piola, sabía que con el Zanja no se jode.

Llegamos a casa y mi hermano se cambió las zapatillas, justo cuando la vieja empezaba el mate. Tomó dos o tres, dijo “gracias” y ahí nomás amagó con irse.
—Ya te estás rajando de nuevo —le dijo mi mamá—. Acordate de mis consejos, o vas a terminar mal. No me hagás poner loca, hijo.
El Zanja no volvió. Mi colchoneta no va más, por eso aproveché y me pasé a su cama. Salía como un tufo raro de la almohada y no me importaba, total iba a dormir en lo blandito. Qué paliza le di al colchón. A las cinco pasa el rápido y mete un bochinche bárbaro, la casilla tiembla y parece que se viene en banda, pero anoche ni me di cuenta. Le pegué al ojo, de una, como hasta las ocho y media.
Va a haber bronca cuando vuelva mi hermano. La vieja se va a chivar y le va a machacar la cabeza con lo de las malas juntas y las loquitas chorras del fondo. “Decime de dónde sacaste esas zapatillas nuevas”, le va a preguntar. Y él le va a contestar: “Tranquila, vieja, todo bien”, o cualquier otro bolazo. Y es seguro que, en voz baja, ella lo va a apurar por cosas que no tengo que escuchar, cosas de grandes.

La verdad, no lo entiendo mucho al Zanja. Tiene quince, me defiende de los pesados de la villa pero no quiere saber nada con mis amigos de la escuela, los que viven en la loma. “Todos los de allá son cajetillas y cagones —dice—. No tienen huevos para pasarle finito a la locomotora, como nosotros”. Y me parece que no le gusta que yo vaya a la escuela. Ayer comenté que los problemas de la seño son refáciles y él, delante de la vieja, ni mu. Después, en un aparte, me dijo: “Si no te enseñan a manejarlos para hacer guita, los números son pura bosta”. Eso tampoco lo entendí.
Cuando viene el Torpe, conversan y fuman al lado de la vía. En la casilla no, mi mamá no lo puede ni ver. Una vez alcancé a escuchar una conversación de fierros y calibres, y también de la yuta. Parece que el grandote estuvo preso varias veces. Mi hermano, no sé. La vieja no dijo nada cuando el Zanja faltó como tres días.
Y es porfiado, no quiere entender que esos chicos son buenos. Le repito lo de la onda y que en los recreos armamos picados, nos pasamos la pelota y no interesa dónde vive cada cual ni cuánta plata tiene. Sabe que en clase me siento con un chico de buena familia, y a él no le gusta: Franquito es rubio. Y qué, si es un compañero de fierro, por eso le alcanzo algunos resultados de cuentas por abajo de la tapa del banco. El papá es veterinario y rico, y algunos ladean la jeta por eso. A mí no me molesta, si él también es bueno. Lo he visto muy poco pero es rebueno: lo dice Franco. Y la mamá es de diez. Si vamos a su casa después de algún partido en la canchita del cura, ella nos recibe a los dos con un beso y nos revisa la cabeza. Mientras Franco se baña para ir a particular, ella me pide por favor que le haga algún mandado. Quién te va a pedir algo por favor en la villa. “Y no te olvides de las facturas para la leche”, me recuerda. Siempre me agradece por los mandados y porque lo ayudo a Franquito con las cuentas. Si es fin de semana, me tira algún vuelto. Buena plata, eso no falla. Y es una fiesta la leche en lo de Franco. Además de facturas hay tostadas, manteca y dulce. A veces, hasta torta tienen. El atracón me dura hasta el otro día y el Zanja está emperrado en que todo eso no vale nada. “Se hacen los buenos porque tienen de sobra” —rezonga—. Ya te van a mostrar la hilacha…”

Hoy me levanté contento. Había dormido rebien y Franquito me había invitado a su cumple. “Van a venir todos los chicos de cuarto y algunos más —me había dicho—. Habrá para armar dos equipos. Aunque sobren, vos no me tenés que fallar”. Por eso, después del mate cocido, le ayudé a mi mamá con la limpieza de la casilla y en seguida puse agua tibia en el fuentón, me bañé y me vestí con ropa limpia. También me calcé los botines que me había dado Franco, total hoy le regalaban un par nuevo, de marca. La vieja miró si venía el tren, me dio un beso y me dijo: “Cruzá rápido”.

Conversé con dos primos de Franquito, de la Capital. Ya tienen doce y entrenan en el predio de los Rojos. Hablaban de jugadores famosos, de los de antes. Todos esos capos les enseñaban el oficio y los pibes agarraban viaje, eso se notó cuando empezamos a pelotear. El que jugaba de cuatro ensayó varios tiros libres a la posición del otro, que era nueve y la embocaba como quería. Después arrancamos con un partidito y los pusimos uno para cada lado, si no era robo. Cuando acordamos, se había hecho la hora de comer.
Eso era cosa de locos. La mesa, tapada por un montón de platos llenos de comida, ni se veía. Pusieron unas masitas saladas, de colores, cada una dentro de un papelito. No entendí lo del papelito, si lo tiraban. También papas fritas, manises, palitos y gaseosas a rolete. Yo había picado algo, y paré. No me quise atorar, tenían más cosas. El papá de Franquito se arrimó y me preguntó si quería ayudarlo con los choripanes. “Sí —le dije—, me gustaría”. Llevé fuentes a la otra mesa, abajo de esos árboles grandes de la quinta. Venían choripanes, chorizos solos, tajadas de asado y panes abiertos. De vez en cuando yo agarraba las botellas vacías, se las llevaba al papá de Franco hasta el alero del chalet y él me las cambiaba por llenas. Me comí dos choripanes, no dejé ni las migas, pero no daba más. Los chicos empezaban uno, se ponían a charlar con los porteños —que de fútbol sabían un montón— y al rato agarraban otro, o en un pan metían asado y chimichurri, le daban un par de mordidas y lo dejaban, total sobraba de todo.
Hicimos la digestión y después armamos el partido en serio. Uno de los que elegía era Franquito. Llamó primero al nueve de Buenos Aires, y el segundo fui yo. Cuando completamos once contra once, empezamos a jugar. El primer gol lo hizo el nueve, de cabeza. Al rato le tiré un centro a Franquito y la metió allá abajo, en la ratonera. Después de aquel pase al milímetro, el cuatro del Rojo me fichó y me empezó a tirar el cuerpo encima, pero en seguida le agarré la vuelta. Me di maña para esquivarlo, lo dejé pagando dos o tres veces y me pareció que la cosa no le había gustado nada.
Ya estábamos cansados y ni ahí de acordarnos de cuántos goles habíamos metido para cada lado. En eso llegó el papá de Franco, tocó pito y cantó empate. “Formo parte de la comisión de un club nuevo —dijo— y queremos empezar con fútbol. Ustedes tienen la edad justa para iniciar un buen grupo de inferiores, con vistas al futuro”. Le gustó cómo nos habíamos movido, y a los dos chicos de la Capital les pareció lo mismo. También comentó que llevaría los nombres a la reunión de comisión del martes y que todos habíamos jugado muy bien. Se fue para adentro, volvió con una caja grande y empezó a sacar camisetas rojas y pantalones cortos de tela negra, tan negra como nunca había visto. Empezamos a gritar de contentos. Él se puso a anotar cosas en una planilla y a repartir equipos con ayuda de la señora. Yo me quedé un poco atrás, no podía creer que tanta suerte me tocara a mí también. Llegó el momento en que no había más chicos sin recibir ropa y entonces ella levantó la vista, me miró como extrañada y me dijo: “¡Dale, arrimate!, ¿qué hacés ahí?”. Pero al meter la mano en la caja se puso seria, como si adentro no quedara nada. El papá de Franquito no me daba bola, se iba con la planilla y ella se avivó al toque. Lo llamó y le tiró una mirada terrible, de pregunta, y él se hizo el sota. Fueron para adentro y se escuchó que discutían. Ella volvió y me dijo: “Bueno, quedate tranquilo, ya llegarán más equipos”, y me acariciaba el pelo. Cuando apareció el papá de Franquito, ella lo siguió mirando feo, como si se hubiera armado una podrida bien gorda.
Cuando ya nos íbamos, él me dijo: “Esperá dos minutos”. Se fue para adentro y volvió con una bolsa plástica llena de comida. A ningún otro chico le habían dado nada, y eso me puso tan contento como si me hubieran entregado el equipo.
Llegué a la casilla y le di la bolsa a mi mamá. A ella le pareció genial y la abrió en seguida. Salía un olorcito… Como ya estaba muy oscuro y la comida venía un poco revuelta, prendió la lámpara a querosén y vació la bolsa sobre la mesa. Había pedazos de chorizo y de pan, restos de asado y tapitas de gaseosa. También servilletas de papel arrugadas y algunas hojas que habían caído de los árboles. Yo ya estaba separando el chorizo, el pan y la carne, cuando mi vieja hizo algo que no entendí. Metió todo en la bolsa, la enroscó en la mano y desde la puerta la revoleó a la vía. Después agarró el baldecito, cargó agua en la pava y puso unos papeles en el fondo del brasero. Cuando se dio vuelta para meter las manos en la bolsa de marlos, me pareció que lloraba.

Quién es quién en el Taller de Corte y Corrección


Hoy responde…


 

 

Adrián Lorea

 

1. ¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?
En literatura: Oscar Wilde, Ray Bradbury, Jack London, George Orwell, Julio Verne, Arthur C. Clarke, Isabel Allende.
En cine: Steven Spielberg, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Ridley Scott, Clint Eastwood, Tim Burton.
En música clásica: Beethoven y Tchaikovsky. Bandas de sonido: John Williams, Hans Zimmer, James Horner, Alan Menken. Musicales de teatro: Andrew Lloyd Webber y Ángel Mahler. Música progresiva: Vangelis, Jon Anderson.

2. ¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?
Entrevista con el vampiro, de Anne Rice, y Cuentos de la Abadía de Carfax 3, de autores varios.

3. ¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?
Taller de Corte y Corrección, de Marcelo di Marco.
Mientras escribo, de Stephen King.
Fahrenheit 451, de Ray Bradbury.
Misery, de Stephen King.
La casa de los espíritus, de Isabel Allende.

4. ¿Qué publicaste ya en medios electrónicos y/o en papel?
En la revista virtual Axxón, los relatos “Día de primavera” y “Un nombre apropiado”.
En el diario Perfil, edición impresa, el cuento “La visita del hermano”.

5. ¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?
En la construcción de estructuras narrativas funcionales, y en el desarrollo de un estilo claro, fluido y eficaz, sustentado en la aplicación de los diversos recursos literarios.

 

¡Muchas gracias, Adrián Lorea!

 

 

Seré como Lio

    Me tocó a mí, pero pudo haber sido cualquiera de los pibes de primer contrato, los recién promovidos. Ese martes, después del entrenamiento, me llamó el Tito y me dijo que quería tomar un café conmigo en la confitería del club.
Cagamos, pensé: otra vez me manda a entrenar con la Cuarta.
—Te veo bien, nene —empezó a decir—. Bien en lo físico, y mejor en lo futbolístico. Con confianza y muchas ganas. El domingo sos titular.
¡La puta si habré soñado ese momento! Otra que ir a entrenar de nuevo con las inferiores. Estuve a punto de caerme de jeta contra el piso.

Salí de la confitería y crucé el estacionamiento del club, ya vacío: los muchachos se rajan al toque después de la ducha. Solo Rodrigo me esperaba con cara de feliz cumpleaños. Me abrazó sin decir agua va.
—¡Grande, Nachito, grande! —el guacho no me largaba—. Tito me contó que debutás el domingo.
—Gracias, Rodri. No sé qué decir…
—¡Y no digas nada, boludo! Disfrutá a full este momento, y el domingo a la noche salimos a tomar unas birras.

Mi vieja me volvió loco toda la semana con la comida: que hoy te toca pastas, que esta noche te hago una tortillita de espinaca como a vos te gusta, que tenés que desayunar cereales, que llevate una bananita; por el potasio, ¿viste? ¡Una tortura!
Mi viejo se portaba raro. Nunca un abrazo, una palabra de aliento, ni hablar de un beso. Nunca. Pero ahora yo lo notaba distinto. Sonreía y hablaba más que de costumbre… y también chupaba más que de costumbre. “Para festejar, che”, decía, y se bajaba la botella de Toro Viejo. Entera se la bajaba.
Si Dios me ayuda, pensé, pronto le voy a comprar, aunque más no sea, un Valmont. ¡Pobre!
En cuanto a Romina, ni bola me dio. Apenas una frasecita en facebook: Nacho en primera el domingo. Re groso!!!!!!!! Y varias de las chetas de sus amigas, dale contestar boludeces en su muro. Y también escribiendo en el mío. Pichones de botineras, le mandé a Romina. ¡Andá, forro!, fue la respuesta de mi hermanita.

Andrés ni me hablaba. Solo me miraba emocionado antes de apagar la luz de la pieza, y sonreía como Claudio María Domínguez, el muy pelotudo. Le prometí la camiseta que usaría el día del debut. ¡Pobre!

 ¡Cómo me costó dormir esa semana! Adrenalina a full, me decían los muchachos más experimentados.

 Y llegó el jueves y la práctica de futbol. Y la rompí. ¡Hasta un gol hice! Y eso que voy de carrilero por derecha.
Carrilero. Mi viejo se calienta mal cuando digo carrilero. ¡Insái derecho!, me dice. ¡Qué carrilero ni qué ocho cuartos! Y yo ni se qué carajo quiere decir insái o insider como leí por ahí que se le decía al ocho hace mil años.
Después del entrenamiento, nos quedamos con Rodri imaginando mi partido del domingo. Con Rodri siempre nos decimos la posta: ya desde Infantiles nos venimos marcando las cagadas. Él es cuatro, así que los dos jugamos por la misma banda. Nos conocemos de memoria.
No me acuerdo cuánto nos habremos demorado en el vestuario, pero por la cara de culo de Brítez, el utilero, debe haber sido más de una hora.
—La seguimos mañana, Rodri. Mi vieja ya me debe estar esperando con la comida.
Lo dejé juntando sus cosas y salí del vestuario pensando en tomar un taxi, porque en bondi iba a llegar a cualquier hora.
En el pasillo me crucé con Bernardi, el vice del club. Venía con un tipo a quien nunca había visto en mi vida. Un periodista, pensé.
—¿Conocés al señor? —mandó Bernardi.
—No.
—Raro que no lo conozcas… —dijo, y noté que mi “No” le había caído como un planchazo en los huevos—. Es uno de los principales representantes de jugadores del país.
Me quedé duro. No era un periodista. Era un capo. Y me estaba esperando a mí.
Y tiró Bernardi, con la vocecita del Padre Farinello:
—Vos debutabas el domingo, ¿no?
Yo ni pude contestar. Hice que sí con la cabeza.
—Bueno, querido, solo te pedimos que cambies de representante. Así de simple.
—No entiendo…
—Ponés una firmita acá, ¿ves? Eso es todo.
Un hijo de puta. Mejor dicho: ¡dos hijos de puta! Y encima la iban de buenitos.
¡Minga que lo iba a cagar a Alfredo! Fue mi primer representante. Y el único que me bancó desde el vamos. Por supuesto que no firmé un carajo.
En casa no conté nada. Me la banqué solo.

A la mañana siguiente, lo agarré al Tito antes de empezar el entrenamiento.
—¿Voy a jugar el domingo, no?
—No sé, pibe, no sé. Hoy doy la lista de los concentrados.
—Pe… pero, usted me dijo que el domingo jugaba seguro.
—Sí, sí. Pero vos sabés cómo son las cosas en este club.
Se hizo bien el boludo.

Pasó más de un año ya, y acá estoy: entrenando con los pibes de la Cuarta. De nuevo.
Ni para hacer de sparring en las prácticas me llaman. Y, en casa, papá sigue dándole al Toro, Andrés esperando la camiseta del debut, y Romina y sus amigas boludeando con el Facebook.
Solamente la vieja parece ni haberse enterado de que no voy a debutar en primera por un tiempo largo. La pobre me sigue persiguiendo con las pastas. “Por los hidratos de carbono, ¿viste”.

Ray Bradbury, in memóriam

«¿Somos cenizas agitadas por los estornudos de los ángeles de piedra de las sepulturas, con las alas rotas?», se preguntaba un fantasma en De la ceniza volverás (Emecé, 2001).  Hoy, a dos meses de la muerte de Bradbury, homenajeamos al escritor que supo imprimirle al fantástico una lírica singular y estremecedora.

 

Corría el año 1996, y yo corría como una pelota de fútbol que no encuentra el “10” capaz de ponerla al piso. Corría y corría y a mi lado pasaban las cosas que habían llenado mi vida, y se me alejaban sin que me diera cuenta de su irremisible pérdida. Pero llegó el 19 de Mayo y en un ir y venir de páginas pletóricas de imaginación y poesía, Laurel y Hardy volvieron del más allá y subieron trabajosamente un piano escaleras arriba, para escuchar que todavía los querían, y que habían llenado de magia la vida de mucha gente. Entonces, recorriendo las páginas, me fui dando cuenta de lo que amaba y lamentando todo lo que había dejado atrás. Llegué muy lejos; al tiempo en que descubrí, en la gran biblioteca de mis amigos Rosas que la conquista del planeta verde estaba llena de poesía y premoniciones. Y más atrás, donde Douglas Spalding se extasiaba en su mundo circundante, en una niñez que en algo se parecía a la mía y a todas las infancias del mundo. Leía “Más rápido que la vista”, y me encontraba conmigo mismo, y con los libros que mis años iban quemando, como si me llamase Montag y tuviese “el número 451 bordado en la manga de color de carbón”. Volvía a ser yo, y regresaba al tiempo en que los bomberos apagaban el fuego en vez de encenderlo para quemar “…el miércoles a Whitman, el viernes a Faulkner; quemarlos hasta convertirlos en cenizas…”

Me enteré de su muerte unos días después , y quise decirle gracias a ese maestro que siempre soñé conocer, al hombre de pelo blanco y sonrisa bonachona que fue mi hilo conector con la literatura, cuando pude haberme divorciado de su magia; al que habló de un mundo que se nos vino encima y que sólo parecía una ocurrencia fantástica de la más imaginativa de las mentes; al que “Fueiserá”; al que no hay que buscar en un camposanto, al que acertó y desacertó cuando dijo:  “Sólo estaremos aquí una vez y no volveremos más”. Porque tal vez, quién sabe, estuvo sólo una vez, pero volverá cada vez que la sensibilidad y la poesía aleteen en las páginas de la vida, cada vez que los libros, con sus existencias multiplicadas hasta el infinito, triunfen sobre todos los fuegos que los acechan.

Voy a pensar que no se ha muerto, y que me espera para escuchar mis “gracias”, sonriente, mientras contempla las maravillas inefables de su planeta rojo.