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Lo que ocultaba Tamara

por Octavio Hernández *

VI

Ibas pegajoso por la sangre de Juan, y al salir del auto el aire nocturno te heló la polera empapada de rojo. Yendo hacia aquella enorme casa de dos pisos, pensaste que ayer nomás la habías visitado y que entonces todo era diferente: Juan aún vivía, y tú no sabías nada de la infidelidad.

Con la mano libre —en la otra empuñabas el martillo—, metiste la llave por la cerradura, que reflejaba en el bronce los destellos de la luna llena, única luz que te guiaba: el barrio dormía en una oscuridad total. Debían de ser pasadas las doce.

Subrepticio, con silenciosa lentitud abriste la puerta: sólo oías el rumor del viento atravesado de grillos. La luz de la luna estampaba tu sombra en la cerámica ajedrezada. En el zaguán, te quitaste las zapatillas, y anduviste en calcetines por la frialdad de la cerámica hasta la escalera de caracol. Al subir los peldaños, el corazón se te alocaba en el pecho, y olías el sudor que te recorría, asqueado por los rojos coágulos que te pegaban la polera a la espalda. Cuando llegaste al segundo piso, oíste un gemir, que supiste reconocer: Tamara. ¿De cuál de esas tres piezas venía? Un largo pasillo de cuatro puertas —las habitaciones y el baño— discurría frente a ti.

Te concentraste en escuchar. Sí, indudablemente el murmullo salía de la segunda puerta.

Te acercaste, conteniendo la respiración y empuñando el martillo. Agarraste el picaporte.

Abriste.

Ahí dentro, con la tenue iluminación de la luna, apenas distinguías la cama y un bulto que se movía bajo las sábanas. Fue entonces cuando, como un buzo saliendo del mar, la cara sudorosa de Tamara emergió. Ese revuelto pelo de puta se le adhería a la frente, y, clavándote en la penumbra los enormes ojos, pegó un grito. Enseguida otra cabeza salió de las sábanas: una cabeza de viejo, de facciones duras y de bigote blanco.

—Omar —dijo Lotario al verte, como quien no puede creerlo.

Quisiste arrancarte los ojos. Y un pensamiento se te cruzó por la mente: No había sido Juan, Dios mío. No había sido Juan.

Enceguecido y gritando de horror, alzaste el martillo.

V

¡Crac!

Manejabas el Toyota por Avenida Argentina hacia lo de Lotario, con las manos ensangrentando el manubrio. La noche te ennegrecía las manchas de la ropa, asemejándolas al aceite de auto o al petróleo. Cada vez que tu mente divagaba, te resonaba ese sonido, ese puto sonido que te erizaba los pelos de la nuca.

¡Crac!

¡Crac!

Pero cómo no te habías dado cuenta antes, antes de que Tamara se hubiera embarazado. Quizá sólo hubieran terminado con Tamara. Tú, Juan, quédatela, qué se le va a hacer. Y se terminaba el asunto, cada uno para su lado. Pero no, tuvo que suceder el casamiento, el embarazo, y recién te diste cuenta. Recién los indicios encajaron en tu mente como un mecanismo oxidado que tardara en funcionar.

La primera sospecha se te había presentado anteayer, cuando fuiste a comprar papas fritas, y reflexionabas sobre el extraño comportamiento de Tamara: desde que se había anunciado su embarazo, se mostraba nerviosa, limpiando como loca el caserón. Sí. Fue ahí, esperando en la fila del Papipollo —un pequeño local en la esquina de tu casa, con una enorme botella de Coca-Cola en el letrero—, al estudiar el pollo ensartado que daba vueltas sobre el asador. Fue ahí cuando pensaste seriamente en la posibilidad de que Tamara te estuviera traicionando. Una súbita ira te revolvió las tripas al imaginártela en brazos de otro. Era una ira que te ardía en las entrañas, la misma que a veces te surgía por cualquier provocación. Cuántas veces ya habías dejado a sujetos tirados en el piso, sangrando. Dios, debías calmarte.

Tamara no me engaña, te repetías.

—Hola, caballero —te dijo ese enorme barbón, que atendía, freía y asaba. Iba vestido con un delantal manchado de aceite—. Qué desea llevar.

—Disculpa, sí, hola. —Miraste la carta con los precios y las promociones (promo 1: bolsa pequeña de papas fritas con un cuarto de pollo a $4.500; promo 2: bolsa mediana de papas fritas con medio pollo a $8.800; promo 3: bolsa grande de papas fritas con pollo entero a $14.000)—. Dame la promo dos.

El barbón se fue a la freidora. Y hundió en aceite una rejilla desbordante de papas crudas. El aceite salpicaba y siseaba, y el olor a fritura se extendió aún más que el olor a pollo asado. Enjaulada bajo el techo, una tele antigua daba una novela turca, o algo por el estilo: apenas podías distinguir entre la interferencia lo que la tele emitía, sólo escuchabas las voces que sobreactuaban gritos y llantos.

Durante la espera, volviste a pensar en Tamara. Y decidiste que de todas formas algo le ocurría. Después del embarazo, no sólo limpiaba como loca, sino que se notaba más distante. No mucho, pero se notaba.

Y ya no hacían eso.

El barbón sacó la rejilla, que chorreaba aceite, y metió las papas en una bolsa de papel. Después se fue al asador, sacó un pollo entero, y, cuchillo en mano, lo partió en dos. Echó en la bolsa una de las dos mitades, y tendiéndotela te dijo:

—Aquí tiene, amigazo. ¿Cómo va a pagar?

¡Crac!

¡Crac!

Una sirena de Carabineros te devolvió a las manos ancladas al manubrio, a la pista vacía que discurría entre casas desoladas. Te estremeciste, y apretaste más fuerte el volante con esas manos pegajosas de la sangre de Juan. Pero no. Imposible que alguien hubiera alertado tan rápido a los pacos. Imposible que alguien supiera de… Viste la patrulla pasar, la baliza destellando rayos rojos. Ahora pensabas que te iban a faltar las fuerzas, pero ya habías ido demasiado lejos como para retroceder y no darle también su merecido a Tamara. Después de todo, y pensándolo bien, Juan no te había prometido fidelidad ante el altar, y el pobre tuvo que morir. Todo por esa puta. 

¡Crac!¡Crac!

Trap-trap-trap-trap.  

Al avanzar oscuro por la noche solitaria, volviste a recrear la escena.

Le habías dicho, frente a las escaleras que se internaban en la negrura del sótano, que él bajara primero. Juan te miró, dubitativo.

—Anda. —Le apuntaste.

Juan desnudó los dientes en una sonrisa burlona:

—Te dan miedo las ratas, maricón. —Y bromeando te golpeó el estómago.

Cuando él bajaba las escaleras rechinantes, sin apoyarse en el pasamanos —la cabeza alzada, el pecho firme, sin temor a unos miserables ratones—, tú te llevaste las manos a la espalda sudorosa, y sacaste del cinto el martillo. Al ir por la mitad de la escalera, lo elevaste con lentitud, cuestionándote si de verdad podrías hacerlo. Tembloroso, mantuviste el martillo en alto. Fue ahí que Juan se dio vuelta:

—No oigo ninguna rat…

Apenas iluminado por la luz que llegaba del pasillo, advertiste que Juan abrió más de la cuenta los ojos —dos enormes círculos que te observaban aterrorizados—. Empezaba a gritar Qué mierd…, cuando pensaste que ya no podías arrepentirte, y dejaste caer el martillo.

¡Crac!, el martillo hundiéndose en el cráneo, la sangre negra ensuciándote la cara y las manos y la ropa, y empapándole la cara a Juan, que se apoyó en el pasamanos, con el martillo sobresaliéndole como una extraña antena. Intentando mantenerse en pie, el pobre se bamboleaba igual que un borracho. Le arrancaste el martillo, lo elevaste de nuevo y se lo volviste a incrustar.

¡Crac!

Al sacarle otra vez el martillo, Juan miró hacia arriba, los ojos en blanco, y cayó escaleras abajo, de espaldas, trap-trap-trap-trap, rebotando hacia las tinieblas del sótano.

Subiste la escalera y cerraste de golpe la puerta. Con la respiración anhelosa, apoyaste la cabeza contra la pared.

¿Qué sigue?, te preguntaste.

Qué pregunta imbécil. Lo que sigue es darle también su merecido a aquella puta. ¿Pero cómo podrías entrar en aquella casa? ¿Acaso por la ventana, o por el techo o…?

Y recordaste que, el día anterior, Tamara había olvidado, en el cuarto, las llaves.

IV

Cuando el sol de la mañana te despertó, el ojo, la nariz, la boca te ardían. Quién iba a pensar que la visita de ayer a donde Lotario terminaría así: con tu cabeza entera convertida en un amasijo de dolor. Pestañeaste. Volviste la mirada a un lado, a esa cama tan grande y tan vacía.

—Esa hija de puta —dijiste en voz baja.

Con la fuerza de la rabia te levantaste, toda la cabeza ardiendo, el corazón palpitando de furia. Un súbito mareo te ennegreció la visión. Tambaleándote, fuiste al pasillo y entraste en el baño. Frente al espejo, observaste que la nariz y el ojo se habían hinchado de forma monstruosa, adquiriendo los dos un color amoratado, de película de horror.

Aunque viejo, pensaste, este Lotario sí que pega fuerte.

Después, fuiste a la cocina. A pesar de que no tenías apetito, sabías que necesitabas fuerzas para esta tarde. Y, mientras hervía el agua, te preguntaste qué arma te convendría usar. Le echaste un vistazo al cuchillo que reposaba en el escurridor del lavaplatos, entre la montonera de cubiertos limpios —uno de los pocos buenos vestigios de Tamara, la limpieza.

Pero no: al cuchillo le faltaba filo, y, si tus fuerzas te traicionaban, Juan tendría la oportunidad de darte una paliza.

Recordaste entonces que abajo, en el pequeño sótano, se hallaba el martillo que Tamara había comprado un día en que remataban objetos de ferretería. «Un martillo, te dijo ella, siempre es útil». Estaban recién mudándose a esa casa. Recién casados. Y jamás usaron el martillo. Una bruta herramienta de cabeza generosa y terminada del otro lado por un pico bien penetrante. Un martillo de guerrero, más que de carpintero.

Caminaste hasta la puerta que abría al sótano. La oscuridad ennegrecía parte de la escalera. Así que bajabas asido del pasamanos, oyendo los peldaños rechinar. Adentro hedía una humedad de cloaca. Apretaste el interruptor de la luz, y el pequeño cuadrado que era el sótano se iluminó y aparecieron el oxidado estante, el musgo de las paredes, las telarañas en las esquinas. Fuiste hasta el estante y abriste la caja de herramientas. Entre tornillos, llaves inglesas y destornilladores, dormía el martillo sus sueños de venganza esperando que alguien lo empuñase, ansioso de machacar sesos.

Lo blandiste.

Pesaba.

Apagaste la luz. Despacio, sacándote las últimas dudas sobre lo que estabas a punto de hacer, ibas subiendo las escaleras. Al rechinar de los peldaños, te dijiste que antes, de adolescentes, con Juan ya habían compartido algunas chicas. No era tan distinto

¿O sí?

—Claro que es tan distinto —dijiste entre dientes y apretando el mango de aquella atrocidad.

Con la propia esposa es diferente, mierda. El conchesumadre la embarazó.

Saliste del sótano de un portazo.

Él debía morir.

Y te fuiste hacia la cocina. Dejaste el martillo sobre la encimera: lo querías cerca de ti. El agua había hervido, pero ya no deseabas comer: la ira punzante te abastecería de la fuerza necesaria. Te encaminaste al living y te arrellanaste en el sillón, a tramar un plan. Y te quedaste dormido.

La respiración jadeante, el húmedo sonido de los besos, el olor a encierro y a sudor, y la lasciva oscuridad envolvían la casa. Caminabas por un pasillo en tinieblas y plagado de puertas. A lo lejos, divisaste una puerta por cuya rendija salía una luz roja que alumbraba el parqué. Al llegar, con una mano temblorosa giraste el picaporte. Adentro de la habitación, los gemidos de placer de Tamara, que se revolcaba entre las sábanas junto a Juan. Y luego, cuando te descubrió, ella gritó por la sorpresa terrible. Y además llamaban a la puerta.

¿Llamaban a la puerta?

Despertaste envuelto en las nieblas del entresueño: de este lado, del lado de la lógica, también llamaban a la puerta.

Te levantaste del sillón, el corazón palpitando, la sangre bullendo hasta enceguecerte. Camino hacia la puerta de entrada, repasaste el plan que habías maquinado antes de quedarte dormido.

Y abriste.

Los ojos celestes de Juan se iluminaron al verte, y se le arrugó la cara en una enorme sonrisa:

—Compadrito, tanto tiempo. Cómo estamos. —Se abrazaron, se palmearon las espaldas. Después, te echó un vistazo—. Y esos moretones. Qué te pasó.

—Nada. —Te rascaste la nariz—. Una pelea de curado nomás.

Juan se rio.

—¿Y el otro? ―dijo―. Habrá quedado peor. ¿O no?

—No recuerdo. Pero pasa —haciendo un ademán le conminaste a que entrara—, que te estaba esperando.

Cuando entraron y se sentaron en los sillones, Juan lanzó la pregunta:

—¿Oye, y la Tamarita? —Paseaba la mirada entre el estante con fotografías, la tele, la pequeña biblioteca. Pero, al observarte, debió notar tu cambio de expresión, porque se alertó—. ¿Qué? ¿Pasó algo?

—No, nada. Está donde Lotario.

—¿Dónde…? Ah, claro. Donde ese viejo. 

—¿Te asustaste, eh? ¿De qué te asustaste, Juanito?

Juan se tranquilizó y te sonrió:

—Y, bueno, de alguna mala noticia. Ya que estamos, ¿qué era eso tan importante que me ibas a contar?

—Un pequeño favor.

—Dime, para eso estamos.

—El sótano —le dijiste, apuntando hacia el pasillo que conectaba a las habitaciones y al sótano—. Una plaga de ratas… Sí, eso. Una plaga de ratas que infesta el sótano. Y necesito ayuda. Tu ayuda, quiero decir: a Tamara le da miedo bajar, y yo no sé cómo mierda poner trampas. ¿Le echarías un ojo?

—Sí, claro, pero yo tampoco he tocado una trampa de ratas en mi vida. —Y soltó una carcajada. No lo habías pensado: el hijo de puta siempre había vivido en edificios—. Pero tan difícil no debe de ser. —Se levantó del sillón—. Dime: ¿dónde guardas las trampas?

—Abajo —también te levantaste del sillón—, en el estante del sótano.

Cuando se acercaron al pasillo, le dijiste:

—Continúa tú. Por mientras, yo voy a tomar agua.

Te fuiste a la cocina, agarraste el martillo y te lo llevaste a la espalda. Apretado por el cinturón, lo ocultaste debajo de la polera.

Al salir, advertiste que Juan te esperaba en el marco de la puerta que daba al sótano: un perro que espera a su dueño.

—No se ve una mierda —te dijo, apuntando hacia la oscuridad.

Te le acercaste, y también escudriñaste en esa oscuridad.

—Es verdad, Juanito, no se ve ni mierda. Hay que bajar entonces. Prender la luz. Tú primero.

III

Cuando se iban a lo de Lotario, ya arriba del Toyota, y con el motor encendido, Tamara te detuvo, gritando como si se acordara de algo importantísimo:

—¡Espera!

La observaste: el sol del mediodía le aclaraba el color del pelo en un castaño que rozaba el rojo.

—¿Qué pasa?

—Las llaves. —Ella hizo el ademán de abrir la puerta del auto—. Las dejé en mi pieza.

—Eso no importa, le tocamos el timbre.

—Es que él se enoja.

—Cómo se va a enojar por tocarle el timbre. Además, ya encendí el motor. —Y apretaste el acelerador.

Pero cuando se estacionaron en el bordillo, se apearon, y le tocaron el timbre de la puerta, Lotario abrió de golpe, el pelo blanco engominado, el bigote canoso, la camisa de cuadrillé sin arrugas, los zapatos de charol brillando al sol. Y con el ceño fruncido dijo:

—¿Y las llaves? Ya las perdieron, hueones.

Después del almuerzo, ahora que estabas sentado en ese vejestorio de sillón cuya felpa verde siempre cargaba con kilos de polvo, esperabas, tratando de no estornudar, a que Tamara terminara de conversar con Lotario: hacía unos quince minutos te dijeron que debían conversar sobre no sabías qué asunto. Esperabas. Ya habías tragado el insípido puré, y ya habías soportado la sobremesa. Y seguías esperando y de puro aburrimiento te dio por evocar el momento en que habías conocido a Lotario. Si no te equivocabas, fue al segundo año de pololear con Tami. Habían ido los dos a la playa, y entre el pulular de gente buscaban un espacio para enterrar la sombrilla. Y ahí una voz grave se destacó sobre el barullo playero:

—¿Quién te enseñó esos modales, Tami? ¿Ya no saludas?

Sin polera, apoyándose en un codo, el viejo se doraba al sol. A pesar de la edad, bajo esos pelillos blancos advertiste un cuerpo musculoso. Tamara se dio vuelta, con los ojos abiertos, y corrió a saludarlo. Al principio habías imaginado que sería algo así como un antiguo profesor de ella.

Ahora, sentado en el sillón, sonreíste por esa cándida primera impresión tuya: ¿por qué ella lo saludaría tan efusivamente, si el viejo fuera sólo un exprofesor?

Entonces oíste el quejido.

Tamara.

Sí, sin dudas: reconocías cuando ella contenía el llanto, porque le salía un quejido igual al arrullo de paloma y le temblaba la voz. Te levantaste del sillón verde. ¿De dónde provenía? Aguzaste el oído. Siguiendo el murmullo, cruzaste el umbral del living, caminaste en tinieblas por el pasillo y te detuviste en la puerta entornada de la cocina. Un rectángulo de luz blanca salía por la rendija, iluminando el corredor. Pegaste un hombro en el marco. Escuchaste la voz titubeante de ella, que balbuceaba:

—…y tengo mucho miedo. Creo que se está dando cuenta de… Y lo peor es que… Es que ya no sé ni siquiera de quién será el bebé. 

—Tranquila. Él no sabe: igual va a tener que hacerse responsable.

Hija de puta, pensaste.

Y fue como si otra persona tomara posesión de tu cuerpo. Con la vista enceguecida, la ira subiéndote del estómago a la cabeza, irrumpiste, disparándole una ristra de insultos a Tamara: Maraca de mierda sabía que me casé con una puta y dime con quién con quién fue. Advertiste que a Lotario se le saltaban los ojos de las cuencas, y enseguida Tamara cayó a tus pies, con lágrimas de cocodrilo, gimoteándote que ella lo podía explicar, amorcito, tranquilízate. Pero como toda respuesta le diste una patada en la cara. Entonces el viejo se te lanzó encima y tu cabeza, clac, azotándose en la cerámica.

Y te fuiste a negro.

Cuando abriste los ojos, veías, como en cámara lenta, un puño que avanzaba por el aire hasta tocar tu nariz; el puño se alejaba de tu cara, se detenía, y luego volvía para alcanzarte el ojo; el puño de nuevo retrocedía, quedaba en suspenso, y después llegaba a tu boca, a tus mejillas, a tu frente, en tanto que oías un pitido y al viejo que gritaba Ándate de mi casa animal ándate. Ahí te diste cuenta de que el viejo, arrimado encima de ti, te estaba golpeando. A dos manos lo empujaste, y te lograste parar, sintiendo la cabeza más pesada, y Tamara estaba tirada en la cerámica con la nariz hinchada y roja, y le soltaste que ya sabías con quién te echaste el polvo, puta de mierda, y te fuiste.

Conduciendo en el Toyota, por las calles alumbradas por las farolas amarillas, te imaginaste a Tamara gozando de Juan, ese cínico hijo de puta que se hacía llamar tu mejor amigo. La voz de ella —De tus amigos, es el que mejor me cae— se mezclaba con los gemidos que le salían cuando ustedes tenían sexo. Creíste que nadie más conocía esa faceta, que nadie más había contemplado su cara extasiada y sus arrebatos de lujuria. Estúpido.

Una gota de sangre de la nariz bajó a tu boca. Te la quitaste con el antebrazo, aunque de todas formas te llegó el sabor a óxido.

Pensaste que por culpa de esos dos hijos de puta todo se te había acabado. Todo. Ni siquiera tenías el consuelo de aquel futuro hijo.

Debías hacer algo. No dejar que la traición se quedase así, sin más.

—Mañana —dijiste entre dientes y con los dedos anclados al manubrio, los ojos fijos en la calle nocturna.

Sí: mañana, aprovechando la visita de Juan, le darías su merecido.

Sí. Y después seguiría Tamara.

Sí.

II

Cuando entraste en la casa, llevando la bolsa caliente de papas fritas y de pollo asado, advertiste que, en cuclillas, Tamara se esforzaba por limpiar el rack del televisor. Intentaba con un paño eliminar una inexistente mugre acaso adherida en la esquina.

—Amor, yo lo veo limpio —le dijiste, apoyándote en la puerta de entrada. Y era cierto: la madera negra del rack resplandecía. Tamara no hizo caso, concentrada quizás en una minúscula suciedad, obsesionada en refregar y refregar y refregar, con la lengua afuera y la frente sudorosa—. Amor, se van a enfriar las papas. ¡Amor! —Como si despertase de un sueño, Tamara se dignó a mirarte. Le volviste a decir—: Eso ya está limpio.

Ella se levantó.

—Está bien —se palmoteó el jean y la polera—, supongo que sí.

—¿Comamos?

—Pon la mesa mientras me doy una ducha. En el refrigerador hay jugo de melón.

Cuando te fuiste a la cocina, oíste las miríadas de gotas chocando contra la cerámica del baño entre el canturreo de Tamara. Sacaste platos, tenedores, cuchillos, y los llevaste a la mesa. Volviste a la cocina, y agarraste los vasos y el jugo de melón.

Al volver al living, resonó un ¡pinggg!

Advertiste que, sobre el sillón y conectado al enchufe, el Samsung de ella había recibido una notificación de WhatsApp. ¿Quién habría enviado el mensaje? Acercándote al sillón, reflexionabas sobre si debías o no revisarlo. Sí. ¿Por qué no podrías? Después de todo, ella no se daría cuenta.

Ni siquiera tengo que entrar a ninguna aplicación, pensaste. Con sólo ver el mensaje en la pantalla de bloqueo me doy por satisfecho.

Así que agarraste ese Samsung de pantalla trizada y de carcasa tan desgastada que, si bien en un principio fue roja, ahora se desteñía en un blanco. Pero no alcanzaste a revisar quién había enviado el mensaje cuando la ducha se detuvo y oíste el descorrer de la cortina. Dejaste el Samsung sobre el brazo del sillón, y te sentaste a la mesa.

Ella apareció cubierta con una toalla, todo el cuerpo exhalando vapor, y chapaleando con las chalas mojadas. Dejando un rastro de humedad, daba vueltas por el living:

—¿Sabes dónde dejé mi celu?

—No lo he…

—No importa —dijo, desconectando el Samsung—, ya lo encontré.

Y se fue a la pieza.

Cuando volvió, en camisón transparente, agarró la mopa con su balde, y se puso a secar la humedad del living y del baño.

—Déjalo, mujer. Ven a sentarte a comer de una vez por todas.

—Listo. —Ella te sonrió, arrastrando el balde con la mopa—. Esto deberías hacer cuando te bañas.

Después, se sentó a tu lado. Sacó un gran puñado de papas y un trozo de pollo, y empezó a comer —a tragar, mejor dicho—. Se echaba de a varias papas a la boca y también se echaba pollo y luego más papas a la boca. Al acabar, ella se tiró hacia atrás en la silla, y se masajeó el vientre. Tú la observabas, apenas reconociendo en ella a la Tamara del comienzo, esa señorita que comía una papa a la vez y siempre trayendo a mano la servilleta. Sin dudas, algo le sucedía.

—¿Te ocurre algo, amor? —Le acariciaste el hombro.

—¿Algo? Como qué.

—Algo que te preocupe.

—¿Preocuparme? Nada me preocupa. Ja, preocuparme yo. Tenía hambre, eso es todo. El embarazo da hambre. —Mientras ella hablaba, sacaste alguna de las pocas papas que quedaban de la bolsa y te la echaste en el plato—. ¿Por qué la pregunta?

—Nada. Es que te noto algo… Nerviosa.

Tamara asintió:

—Me da nervios ser mamá. ¿A ti no te da nervios ser papá? Por cierto, amorcito, ¿le avisaste a Juan del embarazo? Es tu mejor amigo, debería saberlo.

¡Juan! Te habías olvidado de Juan.

—Me olvidé por completo de Juan.

Ella te miró, reprobando con la cabeza:

—Pues, avísale.

—Le diré que venga pasado mañana. —Sacaste el celular del bolsillo—. Así tendremos tiempo de charlar. —Le tecleaste la invitación (Juanito, te invito a mi casa a tomarnos algo pasado mañana, después del almuerzo, a eso de las 15-16. Te tengo una cosa que contar). La enviaste. Y después se te ocurrió algo. Estudiaste a Tamara—. ¿Por qué querías que le avisara a Juan?

—Porque es tu amigo, amorcito. —Ella sonrió y te acarició la cara.

—¿Pero por qué específicamente a Juan?

—Ay, porque hace días que no viene. Simplemente me acordé. Además, de tus amigos, es el que mejor me cae.

 I

Ahora, al conocer que Tamara esperaba un bebé, la veías revolviendo entre la cocina, lavando y secando y volviendo a lavar los platos, limpiando el polvo que siempre ennegrecía los libros, y dando vuelta sillones, mesas, sillas, atacando cada mota de suciedad, de cada rincón. La casa te parecía ajena, tan impoluta y brillante como si fuera de plástico. Tanto era su nerviosismo que, cuando le mencionaste a ella que mañana irían a almorzar a donde tu suegro, el viejo Lotario, a la pobre se le crisparon aún más las manos y la cara se le contrajo. Para tranquilizarla, le ofreciste comprar su comida favorita: pollo con papas fritas.

* Octavio Hernández nació en Antofagasta (Chile) allá por los inicios del nuevo milenio, más precisamente en 2001. Si bien desde niño le gustó crear historias ―sobre todo fantaseaba con inventar sus propios cómics―, la literatura fue un descubrimiento más bien tardío. Lector de Maupassant, de Poe, de King, de Borges, de Cortázar, se le ocurrió estudiar en el 2020 Cine y Televisión, imprevista carrera que sólo le ha dejado sinsabores. Pero no se olvidó de la literatura: en ese mismo año decidió ingresar al mítico Taller de Corte y Corrección, de Marcelo di Marco. Con semejante guía se ha dado a crear algunos cuentos macabros que fueron publicados en la revista Origami y en el diario La Capital, de Mar del Plata. Aquí, en Fin, publicó el cuento “Pecho de acero” y una biografía de Maupassant. Con varios de sus relatos obtuvo en 2022 una Mención Honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral, y en 2025 se alzó con el Primer Premio de esos mismos juegos. En 2025, logró completar la escritura de su próximo libro, La noche eterna de Emilio Cruz (Ediciones del Gato, Chile), gracias a haber ganado el muy prestigioso subsidio de FONDART.

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