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Apología del expolio

por Santiago Maqueda

Según la RAE, espoliar o expoliar es “despojar algo o a alguien con violencia o con iniquidad”. De allí deriva también despojar, y a su vez el expolio es el botín del vencedor. Estas palabras provienen del latín exspoliare, que originalmente refería al acto de despellejar a un animal cazado. Este sentido se mantiene en otras lenguas: spolier (francés), spogliare (italiano, aunque aquí con matices de desnudez), spoliieren (alemán), spoil (inglés). En inglés, parece que data de los años 80 su uso en referencia a quien roba información sobre una película o narrativa, pero también tiene una connotación de arruinar, pudrir, destruir.

Como lectores, oyentes o espectadores, rechazamos instintivamente el expolio narrativo porque nos despoja de algo que entendemos tan esencial a la trama como la piel lo es a nosotros: nos roba la emoción de lo impredecible, el descubrimiento del asesino, la incógnita de los giros narrativos y del final, los sustos y suspensos en el cine de terror. Esto también pasa en los deportes; la emoción de ver en vivo un partido está, en buena medida, en que no sabemos quién gana ni cómo. 

Pero yo creo que hay que hacer una apología: el expolio es la prueba ácida de la trama.

No hay que confundir lo sorpresivo con lo sorprendente. La aversión al expolio parte de una fragilidad de base: se funda en la idea de que, si la trama pierde lo sorpresivo, lo inesperado, lo súbito, se destruye nuestra experiencia de ella. Visto así, la integridad de nuestra experiencia de la novela, cuento, película, serie, obra musical, dependerá siempre de algo pasajero y frágil, ajeno a nuestro control total: lo sorpresivo, que una vez que se conoce, por definición, nos será irrecuperable e irreproducible. Lo sorpresivo está relacionado con la primera acepción de sorpresa: “pillar desprevenido”. Si ya estamos prevenidos, no nos pillarán nunca.

Pero a la par de lo sorpresivo está lo sorprendente: lo que sorprende o causa admiración. Está relacionado con la segunda acepción de sorpresa: conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible. Aquí no importa tanto la novedad como la profundidad. En efecto, no es lo sorpresivo sino lo sorprendente lo que es el origen de la filosofía y del arte. Es en lo sorprendente en donde puede haber lugar al ocio verdadero, que tan central es y debe ser a la experiencia humana plena. Lo sorprendente no es frágil y perecedero como lo sorpresivo, sino —tomando un concepto más financiero— antifrágil: se refuerza con cada vez que se verifica el “siniestro” (en este caso, cada vez que se mira y conoce esa trama). Lo sorprendente está fundado no en las emociones sino en las ideas que subyacen a la trama: con cada repaso y relectura la apreciación de ese giro, esa trama, ese clímax, la experiencia se retroalimenta de sentido y profundiza su significado. Cada vez que Edipo se arranca los ojos luego de saber que mató por error a su padre y de matar en consecuencia a su madre y esposa, más nos habla de la condición humana. No por muchos atardeceres que uno haya visto será menos sorprendente ese enrojecimiento paulatino del horizonte a medida que el cielo se ennegrece, causado por la rotación de la Tierra, con todo el cambio de comportamiento de plantas, animales, personas, factores climáticos y hasta sistemas eléctricos y electrónicos que conlleva. No será sorpresivo y será totalmente predecible, pero no por eso será menos sorprendente.

Quitar tensión al seguimiento de la trama, despellejarla como a un animal cazado, permite apreciarla más, conocer sus vericuetos, advertir sus recursos, entenderla mejor. Como a un animal despellejado, permite ver su carne, órganos y huesos. Permite cocinarla y alimentarse realmente de ella, con mayor relajamiento y dedicación. Si es buena, más emociona una obra —musical, audiovisual, literaria— cuantas más veces se ha visto, y no al revés. Debo haber escuchado la Chacona de Bach varios cientos de veces, y cada vez me gusta más aunque me crea que me sé cada uno de sus compases. O el clímax de la segunda sinfonía de Mahler. O siempre me emocionan Gladiador o Interestellar a pesar de que sé cómo terminan. Y todos sabemos que al final don Quijote se muere cuerdo y condenando los libros de caballerías, y no por eso nos despoja de nada en relación con la mejor obra literaria escrita. Los fanáticos de fútbol vuelven a ver partidos históricos que ya saben cómo terminan, aun memorizando cada jugada; mi padre graba los partidos de River y los ve ya conociendo el resultado de antemano.

Es que si la obra o el partido son malos, si no tienen nada para admirar, si carecen de nada sorprendente, deben necesariamente afianzarse en lo sorpresivo, que es al final del día su principal recurso: por eso digo que el expolio es la prueba ácida de la trama. 

No sé si esto siempre fue así, pero creería que sí. Por dar un ejemplo fácil, los relatos de los ciclos troyano —Aquiles, Héctor, Agamenón, Electra— y tebano —Edipo, Antígona, Polinices, Etéocles— no eran sorpresivos pero sí son sorprendentes, y su lectura, relectura, reescritura y adaptaciones constantes han forjado toda nuestra narrativa y comprensión del mundo.

Quizás la preocupación por el expolio pueda ser un síntoma de la ansiedad de nuestra época. El pánico por que un factor externo nos corte el placer efímero, con su obsesión por el clímax narrativo fácil, bien pueden ser indicadores de la actitud de superficialidad y fragilidad de ese consumo de series, películas o novelas. Desde esta perspectiva, el medio es el mensaje: lo que importa es el suspenso, lo sorpresivo y no lo sorprendente, la emoción y no la idea, lo estético —experiencia subjetiva— y no lo poético —aspectos objetivos de la obra—, el resultado —el susto, lo imprevisto— y no el proceso —la trama—. Creo que esto es aplicable inclusive a géneros que, como el terror, están bastante centrados en lo sorpresivo; incluso en estos casos las grandes obras del género —pienso en El exorcista o en los cuentos de Quiroga, por dar dos ejemplos aleatorios— se aprecian mejor después de que baja la espuma de lo sorpresivo.

En definitiva, si la trama es buena, tiene que poder soportar el expolio. Más aún: quizás sólo valgan la pena y sean buen alimento las tramas que sigan siendo sorprendentes luego de despellejadas de sus elementos sorpresivos.

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Santiago Maqueda (1986) nació en la provincia de San Luis, Argentina, y reside en la provincia de Buenos Aires. Es abogado y profesor universitario, y cursó estudios de grado y posgrado en Argentina y Estados Unidos. Es miembro del Taller de Corte y Corrección desde 2007. Publicó tres libros y una treintena de artículos académicos en su área de especialidad jurídica. Ha publicado diversos ensayos y poemas en revistas y antologías (Fin, Periódico de Poesía, Sed Contra, Escrituras Indie y Crisopeya).

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Créditos: Ridley Scott (director), Gladiador, 2000.

Créditos: Foto del Monumento a Miguel Cervantes en la Plaza de España, Madrid.

Breve semblanza de nuestro fundador

A las puertas de la aparición de un nuevo libro de Marcelo di Marco, Cuando dos o tres (poemas, Buenos Aires, Quaderna Via, colección Lumen Cordium), presentamos esta breve biografía suya.

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Autor de una veintena de libros de poesía, narrativa y ensayo, Marcelo di Marco (Buenos Aires, 1957) pertenece a ese puñado de escritores que en su vida y en su obra se atreven a refutar los dogmas del Nuevo Orden Mundial. En ese sentido, es uno de los intelectuales menos representativos de su generación.

En 1997, revolucionó internacionalmente la enseñanza de la escritura creativa con Taller de Corte & Corrección (Buenos Aires, Sudamericana). Vigente desde hace casi tres décadas, esta guía para la creación literaria entró en 2022 en la Colección Best Seller del sello debolsillo (Penguin Random House).

Director general de uno de los centros de formación de escritores más reconocidos de Iberoamérica y actual columnista del diario La Capital, de Mar del Plata (ciudad en la que reside con su esposa, Nomi Pendzik, desde 2023), Di Marco dirige TallerCyC, un canal de YouTube con más de veintiún mil suscriptores.

A comienzos de la primera década del siglo XXI, publicó notas de actualidad en la revista De Campaña, bajo el seudónimo de El Fantasma del Alcázar. Posteriormente, y hasta 2008, escribió numerosos artículos sobre cine en la revista Cabildo. Entre 2016 y 2018 acompañó a Hugo Alberto Verdera en la conducción del programa El compromiso del laico, para el canal TLV1. En 2019 condujo con Francisco Garrido el programa contrarrevolucionario La patria del alma, también por TLV1.

Políticamente incorrecto y considerado como un pionero de la narrativa de terror en Argentina (género al que en su literatura reconstruye desde sus fuertes convicciones de católico militante), su libro más reciente es el alegato provida Victoria en el infierno de las pesadillas vivientes (Buenos Aires, Bucanera, 2023), novela que contiene “burlas y desafíos a los dogmas de la corrección política, y ataques frontales a la ideología woke, al aborto y la cultura de la cancelación” (Agustín De Beitia en la entrevista “Di Marco, un escritor irreverente”, La Prensa, 24/12/23).

El espacio cultural del Colegio del Libertador, de Mar del Plata, lleva su nombre por votación prácticamente unánime del alumnado.

Para más información sobre Marcelo di Marco, visitar el siguiente enlace: https://tcyc.com.ar/marcelo-di-marco/

Fotografía: Claudio Siracusano

A pura dentellada (poemas)

Por Karina Cohen *

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Rojo

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Espero que los vampiros me traigan

un caramelo rojo

a cambio de tanta sangre que di.

Pero ni eso, ni una mugrecita,

un coágulo, un hematoma

en el plexo hundido del ser.

A cambio una puñalada

una estocada final,

pero en la sequedad que me atraviesa

el desierto es lava.

Y se viene el fuego

salvaje.

Llamo a las bestias

que entienden mi lengua

y en hordas eufóricas

salimos por las calles

a recuperar la sangre

a pura dentellada.

Salimos a destrozar sus pálidos olimpos

levantados sobre los huesos de los pobres

y los hallamos dormidos

(porque ellos siempre están así:

dormidos)

y los carneamos y los repartimos

y yo solo muerdo un caramelo de sangre.

Es lo único que necesito.

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Día de calor de agosto

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Aferrada a la última gota del Carolina Herrera en mi pañuelo subo al 26

convertido en proletario sauna alimentado a chizitos sin marca

sé que al final del camino me espera un benteveo

él no tiene nariz

por eso canta

canta feliz en este día tortuoso de sol

no sabe que esta mañana un pájaro en la escuela decidió no nacer

tal vez aturdido de niños se lanzó

desde el techo del playón

aún albúmina y cáscara sangrante

tampoco sospecha que dijimos unas palabras ante su muerte estrellada

no sabe que los niños dejan de jugar cuando mueren los pájaros

como yo que no sudo

contagiada de niñez cuando subo a la peste del 26 y soy Carolina Herrera del oeste

esperando que me mandes el beso que todo lo salva

el beso benteveo

cantante

con olor a cuello en la distancia

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Selva muda

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Qué horrores estaremos masticando

que los muebles son los ataúdes de la conciencia.

La poesía se volvió póster

o peor

un manual de instrucciones para pobres felices.

Dejame de una vez en esta selva muda

que me devoro a mí misma

con tal de no ver tanta estulticia.

La sombra del último anciano atraviesa mi casa

lleva en sus espaldas los restos

del barbijo de Dios.

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Calamar volador japonés (Todarodes pacificus)

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Preciada raba originaria,

qué corta vida te arrastra del aire a la deriva.

Cuánto camino de sal volaste,

cuánta nostalgia en tu blanda cabeza.

Un poderoso bombeo te eyecta dentro del mar de tu amada

ahí, donde todo es un brazo que sacrificás

para seguir naciendo:

esa es tu casa, no Vietnam.

Como el quebrarse de tu carne transparente,

casi pez, te veo,

en tu estela retinta no hay pensamientos:

sólo viajar, nadar y volar

y en ese colmo de felicidad

sos prisionero del hambre.

Surcar Oriente no te alcanza

ni encaramarte en la fluidez del aire.

Nada te salva, céfalopez.

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Karina Cohen nació el 2 de febrero de 1969, en Capital Federal, aunque vivió su infancia en Moreno, Gran Buenos Aires oeste. Es maestra de educación primaria, docente y directora de danza contemporánea y poeta. Entre 1990 y 1999 formó parte de la agrupación musical Los Visitantes, que editaron seis discos y realizaron presentaciones en vivo. Simultáneamente, gestó los grupos de poesía Comando Literario y Verbonautas; con este último editó Acción poética (Eudeba, 1999). Ha sido invitada a leer en diversos festivales literarios.

Desde 2002 dirige varios elencos de danza contemporánea, entre ellos Comunidad Mutante, con quienes realiza obras de danza y poética.

Participó del Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco, y actualmente trabaja en el de poesía con Analía Pinto.

Fuente de las imágenes:

La cuchara de plata

Por Diego Luzuriaga *

Antes la alimentábamos sólo con aceite, crema, tocino, casi cero carbohidratos: la tal dieta cetogénica en su más extrema versión. Manejábamos por ella la cuchara, forzándola a tragar esas horribles grasas. Hasta que, comprobando que la dieta no mejoraba las cosas, el neurólogo decidió que volviéramos a darle comida regular. Así lo hicimos, pero tuvimos que seguir manejándole la cuchara.

Había nacido con una mutación genética tan extraña y tan única que le cambió la vida. Nos cambió la vida.

Y hoy cumple años.

Mi mujer, que camina conmigo en el parque, se detiene. Se gira hacia mí. Y me dice:

—¿Y si usamos la cuchara de plata? Por qué no.

—Qué cuchara de plata. —Yo también me detengo.

—La que heredaste de tu madre. La olvidaste.

—Ah, la cuchara de mamá. Buena idea, capaz que funciona.

―Podemos intentarlo.

―Para la cena.

Hace años me llegó esa cuchara, bien envuelta en un paquete con sello postal de Ecuador.

Cuando murió mi madre, no pude viajar para el funeral. Pero me contaron mis hermanos que, después de la ceremonia, se habían ido a la antigua casa de la familia, y allí se repartieron varios objetos, uno para cada hijo. A mí me tocó esa cuchara.

Recuerdo que apenas abrí el paquete me quedé acariciándola: de niño, después de usarla le sacaba brillo con un pañuelo, porque creía que era mágica además de bella.

—Cómo pude olvidarla —digo—. No perdemos nada intentándolo, capaz que funciona.

Antes de venir al parque, Belén y yo realizamos un interesante experimento. La pusimos en su silla especial con bandeja. En la bandeja ordenamos todas las cucharas de la casa. Cucharas finas, cucharas anchas, cucharas de metal, cucharas plásticas, cucharas blancas, cucharas azules. Sonriendo, las tiró al suelo de un manotazo. Después colocó frente a ella su Teletubby de peluche rojo. Lo miró con cara seria, y entonces hizo lo de costumbre: se puso a sacudir los brazos sin parar.

—Nunca va a agarrar cuchara alguna —dije—, y menos llevarse ella misma la comida a la boca.

—No seas flojo —Belén me lanzó una mirada seca—. Hay que seguir intentando. Si nos rendimos ahora, será mucho más difícil en el futuro. Tiene que aprender a usar la cuchara por sí sola.

―Como si yo no lo supiera.

—Tiene manos, ¿no? ¿Hasta qué edad te ponía la cuchara en la boca tu mamá? Debemos probar algo distinto, especial. Ella es especial.

De regreso del parque, la hacemos sentar de nuevo en su silla con bandeja. Ponemos música, forzamos sonrisas.

—Mira qué hermosura —le digo—: tu abuela comió con esta cuchara, y yo también. Mira cómo brillan estos lindos labrados de hojitas. —Ella me mira, y enseguida gira la cabeza hacia la cuchara de plata—. Ya estás grande, tienes que servirte tú misma la comida. Hazlo por ser hoy tu cumpleaños. Esta cuchara es mágica.

La mira en silencio. No la tira al piso, parece interesada.

Mi mujer descuelga de la pared la foto de mi madre, y se la muestra:

—Hazlo por tu abuela.

Con ojos de curiosidad, mira la foto. Mi madre, sonreída y de vestido blanco, está sentada en el jardín de la antigua casa de la familia. Mi hermana y yo, de pie, sonreímos detrás de ella. La sigue mirando interesada. Esto promete. Dejamos la foto sobre la mesa y corremos a preparar huevos revueltos, que tanto le gustan. Y arroz, tomate, queso, todo mezclado y picado y humedecido, para que no se atragante.

Ponemos frente a ella el tazón plástico, lleno. Le ponemos la cuchara, con comida, en la mano. ¡La agarra!

Pero se le cae. Intentamos de nuevo, y se le cae y se le cae. En eso, con su Teletubby da un fuerte golpe al tazón y lo tumba al suelo.

Preparamos comida otra vez, y se la damos de comer en la boca nosotros mismos. Despacio. Como siempre.

Paciencia. Paciencia.

No sabemos qué pasa por su cabecita, todo sería tan fácil si hablara. O si llorara por lo menos. Nunca ha llorado en su vida. Cuidar de ella no es para los débiles de corazón ―ni para los débiles de estómago, al momento de cambiar sus pañales―. Y no hablemos de nuestra lucha diaria para darle su medicina.

Pero a veces ―sólo a veces― nos sorprende. Por ejemplo, cuando le decimos dodó, levanta los brazos, lista para dejarse cargar hasta su cuarto.

Tiene su personalidad.

—A ti te gusta la carpintería —me dice mi mujer.

―¿Y?

―Por qué no fabricas un mango anatómico para que la cuchara le calce mejor en la mano. Para que la agarre fácil.

—Okey.

Bajo a mi taller del sótano, y en poco rato instalo en la cuchara un mango de madera pintado de rojo: el mismo rojo de su Teletubby. Ergonomía pura.

Como podemos, la sentamos en su silla especial con bandeja.

—Mi espalda —digo yo, enderezándome dolorido.

—Yo no me quejo de mis rodillas.

—Un día no vamos a poder cargarla más.

Le ponemos en la mano la cuchara con mango de madera. Todo bien. Antes de traerle la comida le hacemos un show de gracias y de payasadas. Cierra los ojos con fuerza brutal. Aprieta los labios y frunce toda la cara y tensa los brazos. Y tensa las piernas, los pies, tensa todo el cuerpo. Y se sacude y se sacude, como una tabla de trampolín.

Aunque es quizá la convulsión número quinientos en su vida, la sufrimos en nuestra propia carne como si fuera la primera vez.

Dejamos que se recupere allí, en su silla. Qué más podemos hacer, sino mirarla. Qué más podemos hacer, sino fruncir nuestras frentes, como de costumbre.

Cuidadosamente la acostamos en el sofá. Nosotros, agotados, nos tendemos en la alfombra.

Ha pasado quizás una hora y media, y nos despiertan unos alaridos. Sentada en el sofá, con la cuchara vacía aún bien agarrada en la mano, da gritos de desesperación mirando hacia la mesa. Hacia su comida. Inmediatamente la subimos de vuelta a la silla y ponemos el tazón en la bandeja. Consigue meter en la boca, temblando y todo, varias cucharadas de su cena ―fría, obviamente―, y nosotros por poco no saltamos y bailamos.

Le ponemos el video de los Teletubbies. Sacamos del refrigerador la torta que preparamos anoche, cubierta con glaseado blanco. Junto a su nombre —escrito en glaseado rojo— se me ocurre colocar la cuchara de plata con asa roja.

Una por una prendemos las treinta y dos velitas rojas. Le cantamos el happy birthday y le ponemos un pedazo de pastel en la bandeja. Se lo queda mirando en silencio. Y después apunta, decididamente, al lugar vacío de la pared: la foto ahora está en la mesa. Se la mostramos de nuevo. Toma la foto y, con una delicadeza extraña, acaricia la cara sonreída de mi madre. Y la acaricia y la acaricia hasta que notamos, boquiabiertos, que tiene los ojos humedecidos.

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Diego Luzuriaga (Loja, Ecuador, 1955) se formó como compositor en Quito, París y Nueva York. En 1993 ganó la beca Guggenheim de Nueva York, y, en 2006, el Premio Eugenio Espejo de Ecuador. Además de haber escrito música de cámara y sinfónica, cantatas, la ópera Manuela y Bolívar,un sinnúmero de canciones (todo con textos del compositor), también ha publicado poesía: Sobre la felicidad (El Club de la Pelea, Quito, 2017), ¡Viva el delirio del poeta! (Ediciones de la Línea Imaginaria, Quito, 2022), y ficción: Cuentos de un músico retirado (Cactus Pink, Quito, 2018).

 Para mayor referencia visitar su sitio web.

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Ilustración: Clare Doherty. Técnica: lápiz y acuarela.

La tecnología al servicio del escritor

Por Rubén Martínez *

Hoy en día, algunas herramientas tecnológicas —como la inteligencia artificial— han sido injustamente satanizadas. Sin embargo, si echamos un vistazo a la historia de la humanidad, notaremos que siempre hemos buscado formas de simplificar nuestras tareas cotidianas. Y para lograrlo, recurrimos a objetos, sistemas y métodos que, en conjunto, conforman eso que llamamos tecnología.

Comento lo anterior porque recientemente comencé el proceso creativo de un cuento titulado “El que viene”. La recomendación del corrector de estilo fue dividir la labor en dos etapas: la primera consistía en aplicar un método llamado Tetracolori, creado por Marcelo di Marco, que implica resaltar en el escrito los verbos, sustantivos, adjetivos y otras categorías gramaticales con diferentes colores. En la segunda etapa se debía revisar el texto con base en el análisis arrojado por el Tetracolori, para sustituir, eliminar o transformar palabras que se repiten con frecuencia, y así mejorar la redacción.

En cuanto me encomendaron esa tarea, lo primero que pensé fue: ¿no habrá alguna aplicación que haga ese trabajo titánico por mí? Subrayar manualmente con distintos colores me tomaría mucho tiempo. Entonces me puse a buscar, y di con una herramienta llamada Voyant Tools.

Esta aplicación permite analizar textos de forma cuantitativa, lo que resulta de gran utilidad para identificar repeticiones, muletillas o temas poco desarrollados. Así, el escritor puede detectar áreas de oportunidad para enriquecer el vocabulario o equilibrar los temas tratados. Algunas de sus principales funciones son:

  • Permite subir el texto en diversos formatos: Word, PDF, HTML o simplemente copiando y pegando para que la herramienta lo analice.
  • Ya con el documento en la plataforma, en un apartado llamado Cirrus —parte superior derecha de la interfaz—, se genera una nube de palabras en la que los términos más usados se muestran en mayor tamaño. Al hacer clic sobre alguno< de ellos, se despliega una red de conexiones con otras palabras asociadas. Otro de los elementos de Cirrus es una lista, en orden jerárquico, que te permite ver las palabras y cuantas veces se repiten dentro del texto. 
  • Ofrece un resumen estadístico: número total de palabras, cuántas son únicas, cuántas se repiten y un indicador de densidad léxica (relación entre vocabulario único y total). Cuanto mayor sea ese índice, más variado es el léxico del texto.
  • Otro dato que incluye Voyant Tools es el índice de legibilidad (basado en la escala de Flesch), que estima la facilidad de lectura del texto. Mientras más cercano a 100, más fácil de leer resulta.

Todo esto está disponible en la herramienta. Sin embargo —y aunque no lo crean, aquí vienen los “peros”—, al momento de probarla me encontré con dos limitaciones. La primera: no se podía descargar el análisis realizado. La segunda: aunque el diagnóstico cuantitativo es útil, no me resolvía el problema original de resaltar palabras por categoría gramatical.

Triste, pero no vencido, seguí buscando. Tras una profunda zambullida digital, descubrí que Microsoft Word Online, en su versión de Microsoft 365, cuenta con una función llamada Lector Inmersivo, también disponible en Outlook, OneNote, Teams y Forms. La que yo utilicé fue OneNote. Si te interesa, puedes crear una cuenta gratuita desde este link.

Esta herramienta fue diseñada para mejorar la lectura y la escritura, y entre sus funciones destacan:

  • Lectura en voz alta: reproduce el texto y resalta las palabras mientras se leen.
  • Opciones de texto: permite modificar tamaño de fuente, espaciado, colores y fondo, para facilitar la lectura.
  • Traducción: traduce el texto completo o palabras individuales a más de cien idiomas.
  • Diccionario visual: muestra imágenes asociadas a las palabras, ideal para estudiantes o personas que aprenden un idioma.

Pero fue al encontrar la función llamada “Elementos de la oración”, en opciones de “Gramática” cuando sentí una auténtica calma. Con solo seleccionar una categoría (verbos, sustantivos, adjetivos, adverbios), el Lector Inmersivo resaltaba automáticamente las palabras correspondientes en colores. Por si fuera poco, la función permite agregar una pequeña indicación para que quien lee sepa a que hace referencia cada palabra resaltada, por ejemplo: al verbo le incluye un supraíndice con la letra “v”. Aquí les dejo una imagen:

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La única desventaja del Lector Inmersivo —compartida con Voyant Tools— es que aún no permite descargar el archivo con las marcas aplicadas. Sin embargo, no dudo que, en un futuro, esta función no solo estará disponible para descarga, sino que también podrá utilizarse desde la versión de escritorio. A pesar de las limitantes, estoy satisfecho: gracias a esta herramienta, la segunda etapa de mi trabajo será mucho más ágil. La tecnología ha hecho por mí una tarea que me habría tomado bastante tiempo.

Quiero cerrar este texto con una aclaración: las herramientas tecnológicas no sustituyen el talento ni la sensibilidad humana. Son solo instrumentos que pueden facilitar nuestro trabajo. Sé bien que podría recurrir a una IA para corregir por completo el cuento “El que viene”, pero siento que eso le arrebataría parte de su esencia, de su alma.

No critico a quienes usan la tecnología —de hecho, yo mismo lo hago—, simplemente pertenezco a una generación que aún prefiere el sabor del pan artesanal, elaborado con manos humanas, antes que uno producido por un sistema totalmente automatizado.

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*  Rubén Martínez nació en México en 1974. Cursó estudios en Economía en la Universidad Autónoma Metropolitana – Unidad Azcapotzalco(UAM-A) y un posgrado en Educación. Actualmente imparte clases en el nivel licenciatura y posgrado.

Es aficionado a la escritura, y ha desarrollado artículos académicos, contenido para pódcast, así como una columna de opinión en el periódico Síntesis. Pero, durante la pandemia, por exceso de tiempo libre, retomó la escritura de un hecho que vivió de cerca —la experiencia de una niña de seis años, que tuvo contacto con un ente que aquejaba su existencia—, de lo cual surgió la publicación independiente del libro Amanecer (2021).

Alentado por lo anterior, decidió escribir cuentos; entre ellos “El intruso”, que resultó premiado con una mención honorífica, y fue publicado en una antología por editorial Ariadna. Desde ese momento decidió prepararse en diversos cursos y talleres, y llegó de esta manera al Taller de Corte y Corrección, donde su primer cuento trabajado fue “Ojos tristes”.

Maupassant, una vida

por Octavio Hernández *

Sí, por escribir magníficos cuentos, por la influencia posterior a innumerables escritores —Tolstoi, Quiroga, D’Annunzio, Chéjov, Lovecraft—; pero, ay, escribo esta pequeña biografía sobre todo porque Maupassant aseguró —sí, lo aseguró— que su propio doble, en una noche ominosa, se le apareció y le fue dictando, sin dudas en un tono conminatorio, un cuento. Y que después aquel fantasma, aquel doble suyo, lo iba acechando cada vez más hasta el grado de enloquecerlo —Maupassant escribió en una carta demencial: «Ese fantasma era yo mismo… Ha venido a mi lado… No me ha dicho nada… Simplemente se ha encogido de hombros con desprecio… Me detesta» (1).

Fue en 1850, en el castillo de Miromesnil, Francia, cuando nació Guy de Maupassant. Pero los Maupassant no se establecieron en el castillo: no les pertenecía. Por otro lado, a pesar de que después nació Hervé, el hermano menor de Guy, la familia no tardó en romperse. Laure, la madre, no aguantó más las constantes infidelidades de Gustave de Maupassant, y los dos resolvieron separarse en buenos términos. De esta manera, ella, con los dos hijos, se alejaron de Gustave, y residieron en la localidad marítima de Étretat, en una casona de paredes de ladrillo y de vasto jardín. Ahí Guy recibió educación de la madre —la cual le incentivaba a escribir y le prodigaba lecturas, más que nada de Shakespeare— y también de un abad, que le enseñó latín. Sin embargo, a las restricciones de una vida dedicada al estudio, él prefería la aventura: navegar junto a pescadores, escalar acantilados de caliza, vagabundear por sembrados, cazar. De aquellos quehaceres, y gracias a compartir con pescadores y con campesinos, le quedaron infinitas anécdotas, que, ya en la adultez, le servirían de inspiración.

Toda esta errancia duró hasta los trece años, cuando la madre decidió que ya basta, no, su hijo no podía seguir malgastándose en aquellas holgazanerías, ella debía mandarlo a un lugar más adecuado, para que no se convirtiera en un disoluto como el padre. Resolvió, pues, enviarlo al seminario de Yvetot. Pero Guy no se podía acostumbrar a la disciplina que demandaba la vocación sacerdotal. En múltiples oportunidades intentó escaparse, sin conseguirlo. Buscó refugio en la literatura: agotó, con versos que protestaban contra su encierro y contra las costumbres de la iglesia, varios cuadernos. Felizmente para él, descubrieron sus poemas. Lo expulsaron.

Al año siguiente, la madre lo internó otra vez, aunque ahora en un liceo de Ruán. En esta época, Maupassant se acercó más a la literatura gracias a la guía de Louis de Bouilhet y de Gustave Flaubert. Pero, antes de contar su relación con estos escritores, se me recomienda —se me obliga, mejor dicho— a hacer un pequeño paréntesis. La madre de Guy, Laure, había sido muy cercana a su hermano, Alfred Le Poitevin. Alfred era un aspirante a poeta que cosechó dos grandes amistades en su infancia: Gustave Flaubert y Louis Bouilhet. Alfred murió joven, a los treinta y un años. Por la memoria de su amigo, Louis Bouilhet apadrinó en la escritura de poesía al pequeño sobrino de Alfred, Guy de Maupassant. (Maupassant ahora rememora: Bouilhet, a quien conocí primeramente de una manera un poco íntima, cerca de dos años antes de conquistar la amistad de Flaubert, a fuerza de repetirme que cien versos bastan para la reputación de un artista, me hizo comprender que el trabajo continuo y el conocimiento profundo del oficio pueden un día de lucidez provocar esta aparición de la obra corta, única y tan perfecta como somos capaces de crearla) (2). Cuando Bouilhet murió, Flaubert tomó la batuta de enseñarle el oficio de la literatura.

Después de terminar el bachillerato, ya licenciado de artes, Maupassant se fue a estudiar Derecho en París. Pero, al cumplir él los veinte años, estalló la guerra franco-prusiana. Con la alegría de interrumpir esos desagradables estudios, se alistó. De aquellas experiencias bélicas, se sirvió luego para escribir varios cuentos: «Bola de sebo» (1880), «Mademoiselle Fifí» (1882), «Dos amigos» (1883).

Al término de la guerra, en el año 1871, decidió definitivamente dejar los campos boscosos; dejar los acantilados bajo los cuales el mar se estrellaba; dejar de contemplar las gaviotas, que, como meteoritos, acribillaban las olas del Atlántico; dejar el aire puro de Normandía, para residir en París. Aquel hombrón de frente cuadrada, de complexión recia, de bigote abundante, de voz de campesino, aquel ser de espíritu hecho para la libertad de la caza y de la navegación, primero se consiguió un trabajo administrativo en el Ministerio de la Marina y después uno en el Ministerio de Instrucción Pública. Los detestaba: lo acusaron de vago, de que no servía, ¡de que redactaba mal!

A pesar de aquel trabajo de oficinista, Maupassant no desatendió el gusto por el ejercicio y el vigor físico: es conocido, por ejemplo, que disfrutaba sobremanera de navegar en el río Sena. También disfrutaba de otras banalidades: de la escritura de versos y obras dramáticas, de la comida, de las mujeres, sobre todo de las mujeres. De vez en cuando lo frecuentaba el viejo Flaubert, quien le desaconsejaba tantas veleidades, jovencito; en interés a la literatura, ¡modérate! ¡Ten cuidado! Un hombre que se erige como artista no tiene derecho a vivir como los demás (3).

Y después, en 1878, le recriminó también: «Usted se queja de que las mujeres son monótonas. El remedio es sencillo: no servirse de ellas. ¡Escúcheme, jovencito! Es necesario trabajar más. Sospecho que es usted demasiado perezoso. ¡Demasiadas putas, demasiado remar, demasiado ejercicio violento! Usted ha nacido para componer versos, ¡hágalos! Todo lo demás en usted es cosa vana» (4).

Pero Maupassant en 1877 enfermó de sífilis. Escribió en una carta «Aleluya, tengo la sífilis; por consiguiente, no tengo miedo a contraerla» (5). ¿Y cómo no contraerla? Maupassant se enorgullecía de sus dotes de donjuán, incluso se ufanaba —¿pero es necesario hablar de esto?, ¿sí?—, se ufanaba, decíamos, de intimar hasta seis veces en menos de una hora con distintas prostitutas, y se calcula que frecuentó cientos de mujeres. (Creo, jeune homme, que cerca de trois cents femmes, trescientas) (6).

En fin, sea como fuere, y lo más importante de todo, es que en ese período que va desde 1873 hasta 1880, bajo la tutela de Flaubert, Maupassant aprendió el arte literario, escribiendo ejercicios poéticos y narrativos, algunas obras de teatro y algunos pocos cuentos —entre los cuales se encuentran «La mano disecada» (1875) y «Sobre el agua» (1876)—. En La vie et l’œuvre de Guy de Maupassant (1906) de Édouard Maynial, se explica que Maupassant escribía con calma, y cuando sus amigos lo apresuraban mucho, él solía replicar:

—No hay prisa; estoy aprendiendo mi oficio.

Aunque él deseaba escapar de su trabajo administrativo y vivir de la literatura, aquello recién fue posible en 1880. En ese año, imprimió su primer libro de poemas, Des Vers. Pero realmente consiguió notoriedad con la publicación de «Bola de sebo», un cuento ambientado en la guerra franco-prusiana, que le valió la admiración de Zola, de Flaubert, y el contrato de un diario. Al cabo de meses, Maupassant consiguió recolectar ocho cuentos en un volumen, que publicó bajo el nombre de La Maison Teillier (1881). Es a partir de entonces cuando empezó el período más fértil de Maupassant: en menos de diez años, escribió cerca de trescientos cuentos y seis novelas, sin contar con los libros de viajes y las notas en periódicos. Escribió sin parar, con una disposición febril, azuzado tanto por su pasión a narrar como por la avidez de dinero. Amontonó millones de francos, los cuales dispensó en viajes, en construirse una casa de reposo en Étretat, en un globo aerostático, en un yate.

Pero bajo el éxito y la vida desenfrenada, se agazapaba el mal de la sífilis: ya desde 1880, Maupassant se quejaba con Flaubert de problemas oculares y de caída del pelo. A esto se suma que el estrés por escribir, los devaneos sexuales, el consumo de drogas —hachís, cocaína, opio, éter—, poco a poco lo iban agotando mentalmente.

Y fue que, en el transcurso de la década, su personalidad cambia: se recluye, y en la presencia de amistades se muestra nervioso, psicótico. En tanto, él se sabe perseguido por un mal irremediable, y, queriendo sanarse, asiste a médicos, lee libros de medicina, consume a montones remedios variopintos. Pero nada, no funciona ningún remedio, y ya para 1889 el mal se aguza, no puede dormir, las noches se dilatan, interminables, mientras las migrañas le atenazan la cabeza. Poco a poco la memoria le va fallando, hasta llegar a un punto en que no puede escribir: las palabras, mierda, se le olvidan. Y, pronto, en su propia habitación, una noche, se ve a sí mismo, ve a su doble, que le dicta un cuento, sin dudas, ominoso. ¡Qué horror! Algún incrédulo pensará que la locura sifilítica lo hacía alucinar, pero ¿acaso no se puede concebir que, de verdad, un doble le dictara, que un doble surgido del infierno lo volviera loco? ¿Por qué nos parece imposible que una presencia —¡un demonio!— con la misma figura de Maupassant se le hubiera aparecido a él? Maupassant dejó, como un último canto de cisne, su gran cuento «¿Quién sabe?» (1890). Esto mismo les pregunto yo: ¿quién sabe?

En 1893, a los cuarenta y un años, y tras dos infructuosos intentos de suicidio, Maupassant murió, internado en el sanatorio del Dr. Blanche.

—Entré en la vida literaria comme un météore —dice Maupassant—, la dejé como un rayo (7).

***

En aquella oscuridad en la que sólo se oye la lluvia azotándose contra la ventana de la habitación, al terminar de escribir la biografía, Octavio Hernández se echa atrás en el asiento:

—Listo.

El hombre sentado a su derecha se inclina y, achinando los ojos oscuros, acerca la cara a la pantalla del notebook. A medida que va leyendo, el hombre murmura el texto en un tosco español. Cuando acaba de leer todo, se acaricia el espeso bigote. Después, asintiendo con su enorme cabeza normanda, dice en una voz ronca de campesino:

Ma biographie est terminée.

Y desaparece.

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Referencias bibliográficas

  1. Armiño, M. (2015). Prólogo. Guy de Maupassant. En Cuentos completos de terror, locura y muerte (pp. 11-26). Valdemar.
  2. Maupassant, G. (1888). La novela. En Obras completas de Guy de Maupassant, tomo I (pp. 65-73). Aguilar.
  3. Flaubert, G. (1876). A Guy de Maupassant. Gustave Flaubert. https://flaubert.univ-rouen.fr/correspondance/correspondance/25-juillet-1876-de-gustave-flaubert-%C3%A0-guy-de-maupassant  
  4. Flaubert, G. (1942). Cartas a Maupassant. Traducción: José Manuel Ramos González.
  5. Maynial, É. (1906). La vie et l’oeuvre de Guy de Maupassant. Société du mercure de France.
  6. Douchin, J. L. (1986). La vie érotique de Guy de Maupassant. Traducción: José Manuel Ramos González.
  7.  Guy de Maupassant. (s.f). En Wikipedia. Recuperado el 19 de abril del 2025 de https://fr.wikipedia.org/wiki/Guy_de_Maupassant#Gicquel1993

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* Octavio Hernández nació en Antofagasta (Chile) allá en los inicios del siglo, un día del 2001. Si bien desde niño le gustó crear historias —sobre todo fantaseaba con inventar sus propios cómics—, la literatura fue un descubrimiento más bien tardío. Lector de Maupassant, de King, de Borges, de Cortázar, se le ocurrió estudiar en el 2020 Cine y Televisión —imprevista carrera que sólo le ha dejado sinsabores—. Pero no se olvidó de la literatura: en ese mismo año, 2020, decidió ingresar al Taller de Corte y Corrección, lo cual le significó avanzar a grandes pasos en los laberínticos senderos de la escritura. De este modo, a troche y moche, ha dado en crear unos cuantos cuentos, que espera algún día publicar. En Fin ha aparecido un cuento suyo, titulado «Pecho de acero».

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Imágenes:

Fantasmas en la nieve

por Javier Rodríguez *





La gran literatura te modifica, te transforma el alma. Y no sólo la literatura, sino también la pintura y la música y la ópera. En el cuento “Los muertos”, James Joyce (1882-1941) nos muestra todo eso y más.

Ahora, esta noche, que estoy mirando hacia fuera cómo se derrama la lluvia contra la ventana de mi cuarto, pienso en ese cuento que integra Dublineses.

No cae nieve acá, pero sí relámpagos que iluminan la oscuridad más pura de mi habitación: los truenos y las ráfagas de viento vibran en armonía con el relato. Como latidos.

Una armonía de latidos, sí. Eso es lo que sentí al releer esta mañana soleada de otoño “Los muertos”, escrito en 1907 por un James Joyce joven y genial, y publicado en 1914.

No sé muy bien qué me llevó esta mañana a sacar de la biblioteca mi ejemplar de Dublineses y a guardarlo en la mochila. Quería —necesitaba— tenerlo conmigo en el trabajo.

A eso de las dos de la tarde, cuando el sol pegaba en la vidriera y contrastaba con el paisaje de lo que Joyce me iba mostrando, no pude seguir con la relectura: sabía que poco a poco las páginas me temblarían como la última vez. Deseaba leer atentamente, incluso oír la tranquila y furiosa voz de Joyce; percibir los contrastes y otros recursos para hacernos vivir la narración bien desde adentro. Porque ahí empieza esta obra magistral de Joyce, con una certera pincelada de lo que ocurre en aquella velada de Navidad en Dublín: el antagonismo oculto de dos almas que se reconciliarán con una muerte.

O con una vida.

¿Cómo habrá creado semejante relato clásico este escritor irlandés que estaba destinado a revolucionar la novelística universal con su Ulises? ¿Por qué es tan perfecta la estructura de “Los muertos”, la justa medida de hechos que conducen a lograr tal sensación? No es casual que la cena ocurra en Navidad. Joyce urde un clima de fiesta, de valses y de cantos. Incluso el protagonista repasa solapadamente el discurso con el que disertará en la cena. “Uno siente que está escuchando la música atormentada por el pensamiento”.Estas líneas acompañan al argumento de la obra.

Nada es casual. Tampoco cuando observa el cuadro de Romeo y Julieta. Nos va colmando de significado.

Y también discuten de ópera, de tenores y de música. Nos siembra la mente, nos prepara para una revelación.

Pienso que en las páginas previas al inminente final, Joyce supo dar risa y luz y alegría y movimiento a sus personajes, para después contrastar con las últimas páginas, que son sombrías y calmas y de suma retrospección para sus dos protagonistas: Gabriel y su esposa Gretta.

Después de la cena y del baile y del canto de la tía Kate, ya se retiraban algunos invitados. Gabriel ve a alguien en el primer rellano de la escalera. Una sombra quieta, en la oscuridad. Es su esposa. ¿Qué estará haciendo ahí?

Joyce escribe: “Estaba apoyada en la baranda, prestándole atención a algo. Alguien cantaba”.

Un piano. El canto de un hombre.

¿Quién es ese hombre?

Gabriel se pregunta qué estaría esperando su esposa en la penumbra de la escalera, escuchando una música lejana. Como un símbolo.

“Si fuera pintor, la pintaría en esa actitud. Su sombrero azul caído exhibiendo el bronce de su pelo contra la oscuridad y los oscuros retazos de su pollera exhibirían las partes más claras. Si fuera pintor, llamaría “Música distante” a ese cuadro.”

Y después más trazos y más trazos para seguir contrastando con las páginas anteriores, en las que las risas y los brindis y la soltura de movimientos con las interminables voces hacen que las últimas páginas se las perciba lentas y acompasadas con el clima de afuera. Esa contraposición, esa discordancia con lo de afuera y adentro la sufrirá Gabriel. Y, al final, con una epifanía.

Después de los adioses, el matrimonio va a pasar la noche en un hotel. “Si fuera por ella, caminaría por la nieve.

Pasaría la noche con ella, y a solas.

La débil luz de la lámpara callejera entraba por un tramo de la ventana hasta la puerta.”

Ahí Joyce nos cuenta que Gabriel miró hacia la calle para tratar de calmar sus sentimientos.

¿Qué le ocurriría a su esposa? Estaba ida, enigmática. Y eso lo atraía más.

Incluso también él se sentía diferente. Hechizado. Pero no sabe muy bien por qué. ¿Por la hermosura de su esposa? ¿Lo brillante de sus ojos? No, había en ella una tranquila desesperación. Una antigua tristeza.

El lector quiere averiguarlo. El lector empatiza con él: ve todo con sus ojos, siente cada interrogante como si fuera Gabriel mismo. Joyce nos mete bien adentro del cuento con palabras y más palabras que caen en sensaciones.

Como la nieve.

Nos hace temblar, y no sólo de frío.

Sí, a esta altura de la narración nuestra alma se mete en la de Gabriel. Nos vamos convirtiendo en Gabriel.

Ella está mirando por la ventana. Y él le pregunta:

“—¿En qué estás pensando, querida mía?”.

No responde. Gabriel vuelve a preguntar.

Ella no lo oye. Está sumergida en otra época. Oyendo otras voces. Él la ve incluso más joven. Como una muchacha desprotegida. Y más hermosa que nunca.

“—Oh, estoy pensando en aquella canción, La muchacha de Aughrim.”

¿Por qué la haría llorar aquella canción?

Por un muerto. Por un muerto que tiene más vida que él mismo.

Ella le cuenta el secreto de su pasado. Gabriel piensa: “Mejor pasar rápido a otro mundo, con la gloria plena de una pasión.”

Gretta se queda dormida, entre lágrimas. Y tal vez soñando con imágenes de aquella lluvia fría de su secreto.

Pero ahora no llueve: “Es la peor nevada de hace treinta años. En los diarios dicen que nieva así en toda Irlanda”.

El ritmo de la narración es cada vez más sombrío, más lento, en relación con lo que viven y sienten y recuerdan Gabriel y Gretta.

El secreto que le ha revelado su esposahace que la noche se pueble de fantasmas en la nieve.

Pienso que en ese instante es cuando el protagonista se redime: se vuelve contemplativo, su alma ya no es la de antes. Es transformado. Es Navidad.

Y Gabriel también llora, solo.

Y vuelve a mirar por la ventana.

Y las lágrimas se le hacen más gruesas. Se da cuenta de la miseria de su propia vida. Su tenue vida. Ha sido derrotado por un muerto. “Seguramente en sus pensamientos, ella me compara con él.”

Madrugada.

La nieve no para de caer. Tampoco sus lágrimas. Quizá contempla por la ventana con la sensibilidad de su esposa. Con los ojos y el alma de su esposa.

Ella sigue durmiendo.

Intenta descubrir aquello que alguna vez la ha conmovido.

“Contempla entredormido los copos, plateados y oscuros cayendo oblicuamente contra la luz de la lámpara.”

Su alma está en paz como si se hubiese confesado. Ya no será el mismo de antes, ya no será un muerto.

Pienso que yo tampoco.

Ha dejado de llover. Es de madrugada. Sí, ya no seré el mismo de antes después de “Los muertos”, de Joyce. Yo también he sido transformado.













* Javier Rodríguez (Merlo, Buenos Aires, 1975) publicó el libro de poemas La rosa líquida (Huesos de Jibia, 2011). En la soledad de un cajón guarda una novela, una antología de cuentos y tres libros de poesía. Todos inéditos.

Se formó en el taller de Marcelo di Marco.

Las imágenes pertenecen a la película Los muertos (The dead), de John Huston (Irlanda, Reino Unido, 1987).

Rebaño

por Gabriela Di Giácomo *

 

 

Es de madrugada, y yo no puedo dormirme. Y encima ayer pronosticaron que está por bajar el Zonda, ventarrón maldito: siento resecos los huesos, y la garganta como raspada por papel de lija.

Pero hay algo que me preocupa mucho más. En salto de cama me deslizo hacia el comedor, y en medio de la penumbra descorro apenas la cortina de la ventana que da al frente. Agazapada detrás del sofá, compruebo que la vecina nueva está barriendo la vereda. ¿Barrer a tan altas horas, cuando todos los vecinos ya nos hemos encerrado bajo dos vueltas de llave, y además con el viento que está por venirse? Como fuese, ella barre la vereda a tan altas horas, siempre. Que yo sepa, barre todos los días. Todas las noches, por decirlo mejor. Y desde que llegó.

Mientras ―cómo evitarlo― yo la espío.

Se calza hasta las cejas un gorro de lana, y lleva un pulóver que le pasa de los muslos. Tampoco la he visto jamás sin los guantes de goma. Y tampoco la he visto de día.

Y ahora ella se detiene, da media vuelta y clava la vista en la ventana por donde la estoy vigilando. Dios bendito… ¿Me habrá descubierto?

Bajo la cabeza y resbalo por la cuerina del sofá, como un reloj de Dalí, hasta desparramarme en el parqué. ¿Tendrá la barrendera el poder de ver a través de las cortinas? Igual yo me alejo reptando, y así llego indemne a la soledad de mi dormitorio.

Sin sacarme el deshabillé me zambullo en la cama y me oculto bajo la sábana. Hago inspiraciones profundas, como me enseñó la terapista, pero mi corazón no entiende de razones, y las pulsaciones siguen a mil. Saberla ahí afuera, olfateando mi presencia, me saca de quicio.

No hay caso, ni con un lorazepam puedo dormirme. Y no puedo dormirme por culpa de ella, con esa actitud que me dispara mil preguntas. ¿Por qué cada anochecer sale a barrer la vereda? Las veredas, debo aclarar, porque su escoba de bruja recorre la cuadra de punta a punta. ¿Y por qué barre entonces lo que no le corresponde, y sin pedir nada a cambio? Verla aparecer y desaparecer entre las sombras me da escalofríos. Levanta hasta la última hoja de morera, y escarba con un palo la mugre que se mete entre las baldosas. Y lo hace como si en eso le fuera la vida. Encima es otoño. Las hojas caen, ella las barre. Las hojas caen, ella las barre. Las hojas caen, ella las barre. ¿De qué madera estará hecha para sobrellevar una tarea tan ingrata? Ingrata y tan poco productiva, si vamos al caso: cada una de nosotras barre la vereda y el cordón; pero en una hora razonable, Dios mío, en una hora decente.

Y a todos nos perturba su costumbre, no soy la única. Yo me burlo de ella. A sus espaldas, claro está. Mis vecinos también la critican a sus espaldas:

—¡Es un mamarracho!

―Están robando mucho, y a esta inconsciente parece no importarle.

―Un día la van a robar a ella.

―O van a violarla.

―¿A violarla, a semejante bagayo?

―A ver si un día aparece con un tiro en la cabeza y todo.

—¿Por qué se mete con mi vereda?

―Que se busque una vida.

―Que se compre un perro.

El caso es que nadie se atreve a decirle nada.

¿Quién sos? ¿Estás purgando una pena, o simplemente sos la loca que nos tocó en suerte?

 

Las cuatro y cuarto de la mañana, y yo sigo en medio de mi insomnio y con los ojos clavados en las manchas de humedad del techo, sin dejar de pensar en ella. Y encima esta sequedad del ánimo me anuncia que está por bajar el Zonda. Se siente en el aire. Me pregunto cómo esta tipa puede ser tan irresponsable como para salir a barrer con este pronóstico.

No me aguanto en la cama ni un minuto más. Me levanto, enfilo otra vez para mi observatorio del comedor.

Pero… ¿qué está pasando afuera?

Desde el sofá veo que la loca no está sola.

Ahora son dos las sombras que, escoba en mano, barren al mismo tiempo y con idénticos movimientos. Volando de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, el vaivén de las escobas es una danza impecable.

¿Y quién será la que está tan loca como la loca de enfrente? Afino la mirada, y descubro de quién se trata: ¡mi vecina, mi vecina de al lado! Mi vecina, sí. Mi vecina afuera, en piyama y con un chal que le cubre apenas los hombros. ¿Será consciente de lo que está haciendo, y sobre todo a la hora en que lo hace y con quién lo hace?

Lo dudo. Sus movimientos parecen más los de una máquina que los de una persona. ¿Para quién están actuando? ¿Para mí? ¿Sabrán que yo las estoy espiando desde mi escondite?

Lo que son las cosas. Si hay alguien que criticó a la barrendera, hasta con saña, fue ella: mi “respetable” vecina. Incluso llegó a decir que iba a denunciarla, que algo iba a encontrar para poder denunciarla. Y ahora barre a su lado como si tal cosa. Mis pupilas, aunque nubladas de cansancio, no se apartan de esos movimientos controlados y precisos. Incluso no le faltan los guantes de goma, que ahora se ajusta con un chasquido que, más que oírlo, lo adivino. Hasta en eso se le parece a la loca de enfrente.

Las primeras ráfagas sacuden las ramas de la morera y me rescatan del estado de trance. Envueltas en remolinos de tierra y hojas secas, ellas dos no se inmutan.

Me descubro con la respiración alterada, y la frente cargada de sudor. La furia del viento me atemoriza, pero mucho más me atemoriza pensar hasta qué punto ha trepado mi angustia. Trato de convencerme de que estoy ante un hecho normal. De que, literalmente, hay gente para todo. Pero no le encuentro lógica a lo que estoy espiando, por más inofensiva que resulte la imagen de dos vecinas barriendo. ¿Inofensiva imagen? Si fuera tan inofensiva, ¿por qué tengo miedo? Y falta mucho para que amanezca, para que el barrio entre en movimiento y lo cotidiano me dé alguna sensación de seguridad.

Necesito serenarme. Intento respirar con calma, volver al dormitorio. Pero no hay caso. No puedo despegarme de la cortina.

Me muerdo los labios: ahora en la vereda hay tres figuras.

Cuatro. Van de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda.

Cinco, siete.

Diez. Vecinas, y también vecinos. Una muchedumbre envuelta por el Zonda. Y todos barriendo.

Casi sin que de mí dependa, mis dedos tamborilean en el apoyabrazos, siguen el ritmo de ese vaivén. Y al bajar la vista advierto que tengo las manos cubiertas por guantes de goma. Y de reojo veo una escoba contra la puerta, esperándome.

 

 

* Gabriela Di Giácomo nace en la ciudad de Mendoza en 1960, y completa sus estudios elementales y secundarios en el Colegio Nuestra Señora de la Misericordia. Posteriormente se gradúa de fonoaudióloga, y se especializa en la rehabilitación del lenguaje de personas con parálisis cerebral. Luego, obtiene su grado de Licenciada en Creatividad Educativa por la Universidad Nacional de Cuyo. Comienza a escribir en las Aulas del Tiempo Libre de esa misma universidad en 2018, y desde 2021 continúa su formación en el Taller de Corte y Corrección, bajo la coordinación de Marcelo di Marco.

Tres tipos de personas frente a la lengua

Por Manuel Ayes Callejas *

 

Todos experimentamos la lengua de manera diferente, aunque nos servimos de las mismas palabras y la misma gramática. Algunos la usan sin pensar. Otros la patrullan con rigor normativo, siempre listos para señalar errores. Y unos pocos comprenden que no es un código riguroso, sino un entramado en movimiento, moldeado por quienes la hablan y la configuran.

A partir de estas distinciones, a mi juicio existen tres categorías que resumen la relación de las personas con la lengua, para las cuales propongo los siguientes neologismos:

 

  1. Lingüilegos: no saben ni les importa

Para estas personas, la lengua es solo un medio: la usan con el único propósito de darse a entender. No distinguen entre una tilde y una respiración entrecortada, pero tampoco les inquieta. Hablarles de ortografía, sintaxis o semántica es perder el tiempo. Bostezan sin disimular, revisan sus uñas o se ensimisman en el teléfono. No porque estén ocupadas en una mejor actividad, sino porque simplemente no les importa.

No ven en la lengua un sistema que merezca ser analizado, sino un simple instrumento: mientras comunique, es suficiente. Si el otro entiende, ¿qué más da si se omiten letras, si se atropellan las reglas, si las palabras quedan inconclusas? Escriben como les salga, hablan como les salga, y no tienen intención de corregir. Creen que preocuparse por la lengua es una excentricidad, un pasatiempo de gente que no halla nada mejor que hacer.

Pero su despreocupación acarrea un precio. No cuestionan la lengua ni la exploran ni la aprovechan. Son como quien nunca ha sembrado nada, pero espera encontrar frutas en el camino. No es que no logren aprender, es que no les parece necesario.

Y, sin proponérselo, son también los que más influyen en la transformación de la lengua. Con sus negligencias, con sus deformaciones, con sus atajos, terminan moldeándola. Su descuido, irónicamente, es uno de los motores del cambio lingüístico.

 

  1. Lingüílatras: los que se interesan con espíritu reaccionario y casi policial

Estas personas no solo usan la lengua: la vigilan y la defienden con ahínco. Y eso es bueno, siempre que no se convierta en una cruzada. Viven convencidas de que el léxico es un castillo que hay que proteger del ataque de los ignorantes y las «aberraciones» del habla popular. Creen que la corrección es un deber sagrado y que cualquier error es una deshonra.

Para ellas, Real Academia Española no es solo un referente, es la última instancia. Si dicta que una palabra no existe, no existe. Si la acepta, es legítima. No entienden que la academia no inventa el léxico, sino que lo documenta cuando ya está instalado en el habla. Se aferran a reglas como si fueran leyes inmutables, sin preguntarse de dónde vienen ni por qué se alteran o anulan.

Corrigen con ímpetu, como quien disfruta de un deporte. No les importa si la idea es buena, si el texto es valioso o si el mensaje se comprende. Si hay un error, todo lo demás deja de importar. Su placer no está en el lenguaje, sino en corregir. Y sí, corregir es necesario, porque la ortografía y la gramática aportan claridad y evitan ambigüedades, pero no todo lo que condenan es una equivocación. Su hermetismo les impide distinguir entre un descuido real y una transformación natural. Ven en cada cambio una amenaza, cuando la lengua no se protege con rigidez, sino que se preserva con criterio. No necesita custodios, requiere observadores. Con humildad y estudio podrían entender que la lengua no es un museo, sino un río que fluye con su propia lógica.

 

  1. Acróglotas: los que comprenden su esencia

Estas personas saben que la lengua no es una lista de normas inmutables. Es un organismo vivo, un sistema en constante evolución, un reflejo de la historia y la sociedad. La estudian en dos dimensiones. Por un lado, la analizan en su estado actual, desentrañando sus estructuras y dinámicas internas. Por otro, la examinan a lo largo del tiempo. Y, a su vez, la entienden en su dimensión pragmática.

Saben que las palabras no tienen un significado invariable, porque cambian según la intención, el entorno y quienes las aplican. Que el lenguaje no se reduce a normas, ya que depende del uso, la transformación y la necesidad que surgen en el diario vivir. Que el sentido de una palabra no siempre está en el diccionario, sino en el diálogo cotidiano y en la forma en que los significados se intercambian con naturalidad.

No temen la aparición de neologismos léxicos o semánticos. No ven la evolución como un error ni como una amenaza, sino como lo que es: la naturaleza misma de la lengua. La respetan y la defienden más que todo de extranjerismos innecesarios e imposturas ideológicas inclusivas. Saben que el idioma no cambia por imposiciones artificiales ni presiones políticas que pretenden moldearlo a conveniencia. No confunden la adaptación natural con la adulteración artificial, ni aceptan que se fuerce la gramática para ajustarla a discursos ideológicos. Entienden que muchas palabras que hoy son «correctas» fueron errores en su momento. Que lo vulgar de ayer puede ser lo culto de mañana. Que la lengua no se anquilosa, porque está compuesta por hablantes y no por leyes inquebrantables.

Todos hemos estado más cerca de un grupo que de otro. Algunos pasan de la indiferencia a la rigidez y, con el tiempo, llegan a una comprensión más profunda. Otros nunca cruzan esa frontera.

Pero lo cierto es que la lengua no necesita ni ignorantes satisfechos ni policías. Necesita exploradores. Necesita gente que la mire con curiosidad y no con dogmas. Gente que la ame sin fanatismos, que la disfrute sin rigidez, que la viva con la certeza de que nunca se deja de aprender. Gente que la entienda como lo que realmente es: un organismo vivo, inmenso e inagotable.

 

 

 

Manuel Ayes Callejas (4 de agosto de 1990) es profesor de Letras, abogado y escritor hondureño nacido en San José, Costa Rica. En 2014 ganó el Concurso Literario Nacional “Lira de Oro” Olimpia Varela y Varela. En 2017 publicó Infortunios, su primer libro de cuentos, como ganador en la Primera Convocatoria para publicaciones del Sistema Editorial Universitario, de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. En ese mismo año participó en el Taller de Creación Literaria impartido por el premio Cervantes Sergio Ramírez en Masatepe, Nicaragua. En 2021 ganó el primer lugar en el concurso de los Juegos Florales de Santa Rosa de Copán. En 2023, la revista Casapaís, de Uruguay, publicó su cuento “Desconocida para todos” en el libro La vida oculta. Ha sido publicado en varias antologías y revistas a nivel nacional e internacional, y también obtuvo menciones honoríficas en concursos en España (por ejemplo, en el Concurso “Letras como Espadas”). Desde hace varios años, forma parte del Taller de Corte y Corrección del escritor argentino Marcelo di Marco.

 

Créditos de las imágenes:
  1. Man looking into another man’s head, de Alberto Ruggieri
  2. El vigilante, de Gálvez Blanco
  3. Libertad, de Faye Hall

Amoroso amasijo de letras

por Susana Luisa Anahí Vidal *

 

Calas

 

En la infancia

sentenciaron en mi memoria:

“las calas son flores de cementerio”.

 

En mí se amontonó la tristeza:

eran flores,

y no entendía esas palabras

(todas necias)

eran flores que emulaban el nácar lunar

con una espada de sol en el medio.

 

Te visitaba en el jardín y te susurraba:

“Yo te quiero, Cala, vos no sos flor de cementerio”.

 

Y me llevaba tu suavidad a la almohada

para que condujeras mis sueños

y la invitaras a ella

a que me amamantara en la fragilidad de tu tallo

y la pequeñez de mi cuerpo.

 

 

Pan

 

Mi mamá prepara bollitos que levarán

y crecerán como las flores.

Los cubrirá con un materno repasador

y esperará con la sonrisa del cielo,

ella esperará.

 

Mi mamá echa la leña

al horno hijo del barro,

se acerca luego

y entre sus brazos carga una fuente

con los milagros blanditos.

Los deja a merced del calor

hasta que se doran como aquellos granos

que se convirtieron en lo que soy hoy.

 

Mi mamá cosecha su pan, lo pone a enfriar

y su boca se colma de sabor: pan ensopado

en dulce mate cocido, rebanada con manteca fresca

y una lluvia de cristales de caña.

 

Mi mamá se sienta y descansa las piernas

y yo la pienso mientras escribo un poema largo,

para ella.

 

Me hubiera gustado probar ese pan con manteca

me hubiera gustado tanto

que mi mamá leyera ella misma

este amoroso amasijo de letras.

 

 

 

Lirios

 

Ahí están ellos,

los lirios

tan impunes

tan al borde de ser,

de ser la lozanía que cubre las noches

con la bruma fatal de su perfume.

 

Lo vasto de los labios

se pierde entre los pétalos maduros,

entre lo azulado del tallo,

y muerde la flor de esta letanía

que corrompe tanto con su belleza sin rival.

Tronco fino,

delineado de tardes que apagan la vergüenza

y encienden la carne de la memoria.

 

Ahí están,

celosos de nada

circundando cada letra que escribirá su nombre en latín,

mientras estos dedos de espinas

se niegan a romperse al nombrarlos,

y los ilustran con dibujos en el agua.

 

La tibieza de noviembre engorda sus hilos

y en cada piar de pájaros

vuelan esas alas violetas, azules, lilas,

y se quedan

pregonando la impunidad de las flores,

lo eterno y efímero del aroma,

y se quedan

convencidos de que son aquellos pájaros

que olvidaron el ritual del vuelo.

 

Pero no,

nos engañan los lirios

no olvidaron su pasado de navegantes entre cielos,

simulan ante nuestros ojos,

nos siguen mordiendo con su belleza

desde un jardín, desde un florero.

 

 

* Susana Luisa Anahí Vidal nació el 15 de julio de 1971 en La Plata, provincia de Buenos Aires (Argentina). Es bibliotecaria documentalista, bibliotecaria escolar y poeta. Prosecretaria de Acción Social de SiTBA (Sindicato de Trabajadores de Bibliotecas en Argentina). Desde 2016 en adelante participó en variadas antologías de poesía en el país y en España, en editoriales como Clara Beter y Ser Seres. Publicó los poemarios Auxilio, ¿por qué escribí? (Dunken, 2007); El vientre del poema (Tahiel, 2017); Metele bencina (Biblioteca Chinaski, 2018); el cuento infantil Palabras largas (Ser Seres, 2024) y el libro de cuentos de terror La calle estaba fatal (Andando Palabras, 2024). Ha sido premiada en concursos de poesía organizados por la Obra Social FATSA (Sanidad) en la ciudad de La Plata. Participa actualmente en el Taller de Poesía del TCyC, coordinado por Analía Pinto.

 

 

Imágenes: «Cala lilly», de Robert Mapplethorpe; las otras dos imágenes forman parte del dominio público.