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Feliz vuelta a La Feliz

por Analía Pinto *

La Perla del Atlántico. La Feliz. Havanna. El Casino. El Puerto. Las películas de Olmedo y Porcel. Los lobos marinos. La playa. Sacoa. El mar. El faro. Ninguna ciudad dice “vacaciones” tanto como Mar del Plata. Y, sin embargo, todos estos lugares comunes se resignifican cuando uno vuelve a pisarla después de más treinta años.

Hasta el 2023, la última vez que había estado en Mar del Plata había sido en 1986, con el viaje de egresados de la primaria. Habíamos ido, como se estilaba entonces, a Chapadmalal, y en pos de entretener a los egresaditos, los adultos responsables (entre los que estaba, desde luego, mi padre santo) pensaron que una excursión a Mar del Plata era una buena idea. Por supuesto, lo único que nos interesaba a los egresaditos eran los fichines, es decir, Sacoa, aquella inmensa cueva desbordante de luces, ruidos, flippers y videojuegos. Tengo la impresión de que nos zambullimos por esas escaleras igual que nos zambullíamos en el mar de Chapadmalal por las mañanas. No recuerdo mucho más: quedó una foto apenas, misteriosamente recortada, con el mar de fondo.

Para ese entonces ya había ido varias veces a Mar del Plata: en mi infancia, Santa Teresita y Mar del Plata se disputaban el territorio de las vacaciones, y si bien Santa Teresita tenía lo suyo, es cierto que no podía competir nunca con la Feliz. En Mar del Plata estaba Havanna, en Santa Teresita no. En Mar del Plata existía Sacoa, en Santa Teresita apenas alguna desvaída casa de jueguitos. En Mar del Plata reinaban el puerto, la playa con acantilados, el hermoso faro que me hizo amar todos los faros del mundo, y el mar siempre era más “mar” que en cualquier otra playa. En Mar del Plata los grandes se iban al casino y volvían cuando ya estábamos dormidos con mi primo Diego; en Santa Teresita la verdad es que no había mucho que hacer fuera uno grande o chico. Hasta el olor y el sonido del mar eran más penetrantes en Mar del Plata, y eso que no siempre teníamos la suerte de estar cerca de la playa, a diferencia de Santa Teresita, donde sólo había que caminar una cuadra y media para pisar ya la arena caliente.

Pero los años pasaban y vaya uno a saber por qué no volvíamos a Mar del Plata. Tengo para mí que no era sólo por la siempre cimbreante situación económica de mi casa, sino también por algo más trascendental y profundo: todas las veces que habíamos ido de vacaciones a Mar del Plata mis padres estaban juntos, incluso cuando ya se presagiaban tormentas sobre el matrimonio. Volver a Mar del Plata sería para mi padre, pienso ahora, un momento de esos que uno prefiere evitar, porque sabe que ya no podrá hacerlo con la persona amada. Las pocas veces que pudimos enfilar de nuevo para la costa los destinos elegidos fueron otros: Mar de las Pampas una vez, cuando sólo había allí cinco o seis chalets y la casa de té La Pinocha; Villa Gesell otra vuelta, y Santa Teresita siempre. A pesar de que Mar del Plata no estaba tan lejos, cada vez que yo le decía a mi padre santo: “¡Vamos a Mardel a pasar el día!”, él me respondía: “Y pero la nafta…” (o la plata, o no sé qué), y al final nunca íbamos.

Mi padre santo se fue también de este mundo y cuando pude elegir mis propios destinos vacacionales el mar nunca estaba en el horizonte. Sí volví una vez a Santa Teresita, para encontrar todo más o menos igual; volví también a Villa Gesell para sorprenderme gratamente; conocí Aguas Verdes y Costa del Este; después la Patagonia me atrapó para siempre y fui dos veces a Puerto Madryn, pero nunca se me ocurría volver a Mar del Plata. La Feliz había quedado en el pasado, en ese pasado mítico que es la infancia y que siempre da tanto miedo visitar.

Pero entonces mi maestro, el escritor Marcelo di Marco, tuvo la prodigiosa idea de irse a vivir, como siempre había querido, a la Perla del Atlántico. Lió sus petates, arregló sus asuntos en Baires, y con Nomi Pendzik, su esposa, siempre de la mano, le dijeron adiós al búnker de Borges y Paraguay y se instalaron de lleno en donde el mar es más mar y huele más y se escucha más. Entonces no tuve ninguna duda: yo tenía que volver a Mar del Plata. Visitar a mis queridos maestros era la excusa perfecta para ello. Sabía que me iba a encontrar con algo muy distinto a lo que yo recordaba después de tantos años (más de treinta) sin pisar ese bendito suelo.

Y allá fui. Algunas cosas todavía estaban intactas. Los lobos marinos. El edificio Havanna (que, en realidad, se llama Demetrio Eliades). El Casino. El Hotel Provincial. La avenida Colón y su inolvidable bajada hacia el mar. La playa. El mar color de plata, el mar de Alfonsina. El Torreón del Monje. La rambla. La costanera (perdón, el Boulevard Marítimo). La peatonal San Martín. Todas aquellas cosas que habían visto mis ojos niños estaban ahí, de nuevo, siempre esplendorosas. Los chalets (bueno, los que aún no ha derribado la piqueta del “progreso”), el muelle de pescadores, el mar fastuoso, imponente, que nunca descansa. El puerto, los coloridos barcos pesqueros, el sol radioso.

Todo estaba ahí y ahora, además, estaba mi maestro ya como lugareño para disfrutar aún más de las bondades de una de las ciudades más bellas de nuestro país. Imposible no disfrutar, imposible no pasarla bien e imposible también no pensar cuánto le hubiera gustado a mi padre santo ver tantos lugares queridos de nuevo. Imposible también no pensar cuánto me hubiera gustado decirle yo ahora “¡Hasta Mar del Plata no paramos!”, como siempre me decía él cuando agarrábamos la ruta con cualquier destino.

* Poeta y editora. Nació en Avellaneda en 1974 y vivió en el conurbano hasta el 2010, momento en que se mudó a la ciudad de las diagonales. Estudió Letras en la Universidad Nacional de La Plata, pero abandonó porque entendió que la literatura siempre estaba —y sigue estando— fuera de esas aulas. Desde 2008 trabaja en el repositorio institucional de la UNLP, el Servicio de Difusión de la Creación Intelectual (SEDICI), catalogando recursos digitales. Ha editado y corregido numerosos libros de ficción, no ficción y académicos. Entre 2010 y 2019 dictó talleres literarios en diversos ámbitos. Organizó ciclos de lectura de poesía, cubrió obras de teatro para la agencia de noticias ANSud y participó del staff de reseñistas del sitio web Sólo Tempestad. Dispone de varios blogs de temática literaria, como Nulla die sine linea, y colaboró en revistas y boletines literarios, además de editar uno, La Granda Milito, entre 2002 y 2006. Participó activamente en la elaboración del Diccionario de Autores Argentinos, proyecto patrocinado por Petrobrás, presentado en la Feria del Libro en 2007. Publicó los libros de poemas Peaches en Regalia (Ediciones Hespérides, 2008), Pequeño manual de anatomía masculina (Peces de Ciudad, 2017) y Orozquianas (EDULP, 2018) ­­—disponible en línea con descarga gratuita, así como su libro de reseñas Fauna abisal (2016)—. Forma parte del equipo pedagógico del Taller de Corte y Corrección, donde coordina el Taller de Poesía, y es secretaria de Redacción del periódico cultural Fin, de la misma comunidad. El texto presentado en esta ocasión fue escrito para el Taller de Crónica Periodística que coordinó Dante Galdona en 2024.

Imágenes:

  • Mar del Plata, 1986 (Analía Pinto)
  • Mar del Plata, 1982 (Analía Pinto)
  • Mar del Plata, 2023 (Marcelo di Marco)

Margarite Yourcenar o cómo manipular el tiempo

Por Berenice B. Navarro

Me he ofrecido, con candidez que podría equipararse a una impostura, a redactar una biografía tuya que no puede ser más que un torpe esbozo de algo. Tú desdeñarías cualquier intento de hurgar en tu vida con la excusa de redactar una biografía, porque «detesto lo que parece ser una especie de excitación patológica por parte del público al abalanzarse sobre la vida de un escritor, como si él o ella no fuera un hombre o una mujer como todos los demás». Por eso en tu refugio de Maine, donde morirías a los 84 años, quisiste prevenir esa curiosidad morbosa, y en tu etapa final quemaste muchos de tus documentos. En tu testamento pediste que se sellara tu correspondencia durante medio siglo.

Yo digo que los datos nimios de tu biografía sólo tendrían significado si nos ayudaran a entender de qué manera lograste hacerte orfebre, artesana magnífica de la palabra, cómo se hilvanó tu pensamiento agudo, cómo se forjó tu singular voz literaria, cómo te hiciste tan grande que te elevaste a monumento de Francia y del mundo. Entonces sí, quizá sí es importante saber que tu padre era francés y tu madre belga, y que diez días después de ese 8 de junio de 1903 en que naciste, en Bruselas, una fiebre puerperal te dejaría huérfana de madre. Que tu padre entonces te llevó a su Francia natal y fue cultivándote como un exótico producto de la educación libre, de la amplitud de pensamiento y del desapego a las convenciones. Como jardín de juego te entregó la biblioteca de la mansión; como nanas de segunda fila, a sus amantes; como lenguas alternas, el latín, el inglés y el griego; como cuentos para antes de dormir, a los clásicos; y como incondicional amigo y hermano con quien afilar tu mente analítica y recorrer la dilatada casa del mundo se entregó a sí mismo.

A los dieciséis no habías pisado nunca una escuela, pero ya habías publicado un poemario (El jardín de las quimeras, 1919). Y como sabiendo que Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine de Crayencour era nombre demasiado largo para llevar en la maleta de una aventurera, tu padre te ayudó a rebautizarte, a crear el nombre con que te reconocerías a ti misma y con el que se te contaría entre los Inmortales. Crayencour, por el artificio del anagrama, se convirtió en Yourcenar. Ese padre que tantas veces estuvo «lejos, pero nunca ausente», que recorría los casinos apostando la fortuna, que gustaba escaparse continuamente a otras tierras porque «solo se está bien en otra parte», a ese padre el cáncer que lo mató (1929) le concedió una última satisfacción: leer, justo antes de morir, el borrador de tu primera novela (Alexis o el tratado del inútil combate, 1929). Ahora estabas completamente sola en un mundo que no te intimidaba, porque tu padre te había dejado una valiosa herencia. Y también dinero. Empacaste la mochila frugal del aventurero, y te fuiste a recorrer Europa, Asia menor, la Grecia amada, Estados Unidos, donde más tarde, por cuarenta años, extrañarías a Francia.

Están tus luces, tus sombras, tus contradicciones y tus contrastes. Dicen los que te conocieron que podías ser «encantadora, generosa, compasiva, atenta, tolerante y leal». Pero también «testaruda, pendenciera, vengativa, imperiosa, mezquina y mordaz». Es decir que, además de diosa literaria, podías ser humana. Algunos de tus alumnos de Literatura Francesa y Civilización en el Sarah Lawrence College de Nueva York testimoniaron que la mayor parte del tiempo no parecías estar del todo presente, y estaban convencidos de que usabas instrumentos medievales para los quehaceres de tu vida diaria. Así que estás tú, tus azares y tus amantes. Y estás tú, la escritora (poeta, prosista, ensayista, novelista, traductora). Para saber de la escritora, tomo por entero tu palabra y nada más que tu palabra.

Releo tus notas de Memorias de Adriano y reconforta a mi yo escritor saber que te enfrentaste a demonios conocidos. Que de 1924 a 1929, en la juventud de tus veinte a veinticinco años (todo se concibe en nuestra juventud; los años, después, maceran la obra), concebiste y luego empezaste a escribir unos borradores de las Memorias, que desechaste por completo, como debe de ser, como merecían serlo, según tú misma dijiste. Como hace todo creador. En 1927 reencontraste y subrayaste la frase, esa que habías leído en la correspondencia de Flaubert. Dices en tus notas que magna por necesidad debe ser la obra cuya chispa votiva sea algo como: «Cuando los dioses no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el Hombre».

Tú misma dijiste de tu biografía lo que más importa: que gran parte de tu vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a ese hombre solo y al mismo tiempo vinculado a todo. Retomas y abandonas muchas veces, entre 1934 y 1937, el proyecto de escribir la vida de Adriano. No es cosa fácil «organizar ese mundo visto y oído por un hombre». Lo mismo que quisiera hacer yo con tu biografía, y la única manera es leyéndote, recoger trazos de ti; acudir a tus notas y a tus cuentos, donde dejaste rastros de la sensibilidad, de las torturas, de las placenteras emociones, las únicas que pueden parir, moldear obras como la tuya.

«Empiezo a percibir el perfil de mi muerte», haces decir a tu Adriano, y cuentas que esa frase es la única que sobrevivió de los borradores que te tomaron tres años. Habías encontrado, al fin, el punto de vista, igual que un pintor, dijiste, frente al horizonte infinito, que mueve su caballete de derecha a izquierda. Las palabras pueden no ser exactas, siempre cabe corrección, pero el punto de vista no se equivoca.

Y más años pasaron entre paseos por Asia menor, visitas a la villa de Adriano, a los museos de Europa, abstracciones en Grecia, vaivenes entre Estados Unidos y Francia, investigaciones, acopio de información, compra de souvenirs (como el perfil de Antinoo Mondragon en el Louvre, el mapa de la Roma de Trajano), lecturas en Yale proyectadas para el libro, y donde mencionas al emperador, siempre buscando la fórmula que te permitiera salvar las distancias entre Adriano y tú. Te das cuenta de que «dos decenas de manos descarnadas» te separan de él y de su mundo. No parece mucho, pero dieciocho siglos de por medio no te dejan, dices, tocar a Adriano en su médula de hombre, tocar sus contornos y luego reproducirlo para nosotros. Sabes que hay un modo de llegar a él, hay una puerta, pero no la encuentras. Te invade el desaliento. Un desaliento largo, dices. Te hundes, confiesas, en la desesperación del escritor que no escribe (¡desesperación!). Buscaste restos griegos que te reconfortaran en tus peores momentos «de atonía». Esto es importante: saber que tuviste esos momentos. En 1941, creíste haber renunciado por completo a escribir las Memorias. En 1947, incluso quemaste los resúmenes que redactaste para las conferencias en Yale, por entenderlos ya inútiles.

Dos guerras habían sepultado por completo el mundo que dejaste atrás, en Europa. Establecida del todo en América, en 1948 recibiste desde Suiza maletas con ese mundo de tu niñez y primera juventud, que ya no existía. Quemando papeles familiares, correspondencia de muertos o vivos olvidados que ya no significaban nada en apenas diez años, te topaste con una carta que comenzaba: «Querido Marco…». ¿Cuál Marco? El papel amarillento, manuscrito a varias páginas, se dirigía a un Marco que ya no reconocías y que pudo haber sido un amante, un amigo, un lejano pariente al que le escribías y que ya habías olvidado. Pero no eras tú quien había escrito: era Adriano quien, con tu mano, le escribía a Marco Aurelio. Y en ese momento el libro volvió a ti. Y retomaste una promesa que no volviste a romper. Cueste lo que cueste, te dijiste. Acudiste nuevamente a tus principales fuentes surtidoras sobre Adriano, los volúmenes de Dion Casio y la Historia Augusta. Y entonces miraste al mundo que había girado y girado durante todos esos años desde el día de la cita de Flaubert, desde el nacimiento de la idea, y te diste cuenta de que diez años de abandono habían sido iguales, quizá más, que los dieciocho siglos entre Adriano y tú. Un mundo que había probado tu propio mundo en el fuego de hechos convulsos, trágicos, angustiosos, la enfermedad que te había estragado, el quehacer de buscar el amor o de vivirlo o de sufrirlo, de agotar las alegrías y sepultarlas. Te dijiste que tal vez todo lo sucedido había sido necesario, que esa noche del alma que el mundo había padecido, había sido necesaria para ayudarte a colmar esa distancia entre Adriano y tú, entre tu época y la suya, pero sobre todo «la que me separaba de mí misma».

Y ahora, la producción febril, la frente tocada por los dioses. Un trayecto entre Nueva York, Chicago, atravesando las montañas de Colorado, te llevó a Taos, Nuevo Mexico. Esa travesía te vio encerrada durante días entre camarotes y coches. Encerrada como en un hipogeo, dices. Yo digo que fue el encierro de la concha que gesta la perla. Escribiste en estaciones desiertas, a la espera de un tren retrasado por la nieve; escribiste sin parar, casi sin dormir, sólo un hilo de nácar hilando la perla maravillosa de las memorias de tu Adriano. No recordaste, dices, noches más ardientes ni más lúcidas que aquellas en las que escribiste sin interrupción los larguísimos pasajes desde la infancia hasta el conocimiento de Adriano. Le agregaste tres años más de investigaciones. Tres años de mantenerte constantemente en la Roma, en el Egipto que vio morir a Antinoo, en los palacios imperiales y en los campos de batalla. Quisiste desechar la frase «método de delirio», por romántica, pero la retomo yo, que no puedo ser otra cosa que romántica. Te recibiste de maga, de médium, de pitonisa de un solo muerto.

Convocaste a Adriano como Byron convocó a Saúl, porque no confiabas en tu propia voz y querías que hablara él. Y lo hiciste hablar. En mi exceso de entusiasmo podría decir que mejor, quizá, de lo que él mismo lo hizo en vida; lo hiciste hablar acerca de sí mismo y de su tiempo, de sus amores y sus dolores y sus logros; de la dimensión del hombre en la que transversalmente nos reconocemos todos. Lograste entrar en el núcleo de su mundo interior y escribiste desde ahí. Desde ahí manipulaste el tiempo. Redujiste dieciocho siglos, los diez, los veinte años a un espacio que se desplaza a través del tiempo con su mundo revelado y el intuido, desde Roma, hasta la Europa inocente de la preguerra, y una guerra y otra y su entreacto.

Y ese tiempo llega hasta mí en este mundo intangible de mundos digitales, donde nuestro imaginario, nuestras abstracciones, se han convertido en palacios laberínticos de pesadilla. Y vuelta otra vez a Roma. Y vuelta otra vez a un futuro que no se conocerá. Pero, dijiste, al fin y al cabo, el tiempo no cuenta. Y entonces despierto de esta ilusión que me ha hecho creer que podía abordar un intento de biografía tuya, porque, lo sé, lo sé, también lo habías dicho en tus notas: «mi propia existencia, si tuviera que escribirla, tendría que ser reconstruida desde afuera, penosamente, como la de otra persona, porque todo se nos escapa y todos, hasta nosotros mismos».

Berenice B. Navarro es originaria de República Dominicana y reside en una ciudad sureña de Estados Unidos, pero la mayor parte del tiempo habita en un mundo imaginario de donde se trae al mundo real ideas que convierte en cuentos, novelas y poemas. Participa del Taller de Corte y Corrección con Marcelo di Marco, Taller de Literatura Fantástica con Nomi Pendzik, y Taller de Poesía con Analía Pinto, y no le parece suficiente. En Fin ha publicado el cuento “Desdémona corregida”, ganador de un concurso interno del TCyC. ¿Quieres saber más? Visita su web https://berenicebnavarro.com/

Fuentes de las imágenes:

Yourcenar joven: https://mascultura.mx/https-mascultura-mx-marguerite_yourcenar_mayo23/

Yourcenar madura: https://www.growthinktank.org/en/portrait-marguerite-yourcenar-2/

Yourcenar academia: https://www.lavanguardia.com/hemeroteca/20171216/433588372544/marguerite-yourcenar-biografia-academia-francesa-de-las-letras.html

Herederos

por Gandy Cruz *

¿Sabes, muchacho? Casi le hago tragar la dentadura postiza al viejo Mena cuando me dijo que quería una noche con mi mujer.

―Voy a ser directo, joven ―me dijo, con esa gastada voz de los que ya no esperan nada―. Me queda poco. Desde que mi Lucila se me adelantó hace años no he tenido a nadie, y antes de morir quiero llevarme una última alegría. Para irme tranquilo. A cambio, estoy dispuesto a entregarte todo lo que tengo: esta casa… y una platita.

Me quedé mirándolo. No le entendí al vuelo. Pero fue como si el viejo hubiera carraspeado para escupirme.

―Qué carajo está diciendo, don Mena ―dije, alzando la voz―. Hable claro.

Él bajó los ojos, se frotó la nuca, respiró hondo y volvió a mirarme.

―Le estoy diciendo, joven, que estoy dispuesto a dar esta casa… y veinte mil soles… por una noche con Dorita.

El salivazo en toda la cara. De estar hablando de los meses de alquiler que le debía, pasamos derechito a la mierda.

―¡Viejo conchatumadre! ―le dije, agarrándolo de la chompa―. ¡Qué chucha crees que soy! Mi mujer no es una puta, carajo.

Y le metí un puñete. Uno seco, directo. Él cayó sentado en el sofá, medio doblado, como si se le fuera a romper el cuerpo.

―Tranquilo, hijo ―dijo tomándose la cara, acomodándose la dentadura―. Tranquilo. Déjame explicarte.

―Explicarme qué, viejo arrecho ―lo agarré de nuevo, y levanté el puño otra vez.

Él alzó las manos, cerró los ojos rindiéndose.

―Cálmate ―dijo―. No hagas algo de lo que te puedas arrepentir. Hablando se entiende la gente.

Con un pie y medio en la tumba y tan pendejo, pensé. Quién iba a imaginar, muchacho, dime tú. Quién iba a imaginar semejante propuesta de un viejito encorvado, arrugado como pasa y encima cojo.

Lo solté. Si le hubiera dado otro golpe terminaba en Lurigancho y no sería yo el que te estaría contando esto.

―Tienes veinte segundos. Habla rápido.

―Sé que están hasta el cuello ―dijo sobándose la cara―. Que tú no tienes trabajo. Que Dorita hace lo que puede. Y el niño… necesita operarse, ¿no?

No respondí. No era necesario.

―Casa y plata le cambian la vida a cualquiera. Ustedes son jóvenes. Salvan al chico, y de ahí nomás pueden empezar de cero. Te estoy ofreciendo una salida.

Y lo peor, escúchame bien: lo peor es que el viejo tenía razón. Estábamos hasta el cuello. Yo había salido de la textilería sin ningún motivo. Dora limpiaba casas y traía lo que podía, pero no alcanzaba. Le debíamos cinco meses de alquiler al viejo de mierda. Y Mateo, cada día más flaco, más pálido, necesitaba operarse.

―¿Y cuánto me queda a mí? ―siguió el viejo―. ¿Un año? ¿Seis meses? ¿Tres? ―Meneó la cabeza―. Quiero irme con un último recuerdo. Uno bueno. No pido más. Y Dorita me hace pensar tanto en mi Lucila de joven. ―Lo dijo con una dulzura podrida, me revolvió el estómago―. No tienes que responderme ahora, hijo. Piénsalo. Háblalo con ella. Esto ―recorrió la sala con los ojos― y la plata pueden ser de ustedes. Casa, dinero. Si aceptan, dejo todo a nombre de Dorita. O al tuyo, como digan.

―Además de viejo eres estúpido o qué ―le escupí las palabras―. Te he dicho que mi mujer no es una puta ni yo soy su cafiche. No tengo que pensar un carajo.

Yo lo insultaba, y él aguantaba nomás. Siguió, sin inmutarse:

―Lucila y yo no tuvimos hijos. Y la poca familia que me queda ha hecho su vida lejos. Nadie se acuerda de mí. No tengo herederos. Va a ser fácil. ―Me miró. No con lascivia, ni con maldad. Con una tristeza vieja, vencida, como si ya se hubiera despedido del mundo hace rato y sólo estuviera esperando partir―. Piénsalo, hijo. Una noche. Ustedes tienen toda la vida por delante y van a olvidarse rápido. Para mí, va a ser mi última alegría.

Me quedé de pie, respirando con dificultad, con las manos temblando. El viejo me asqueaba. Pero en ese momento, más que asco, me dio miedo. Miedo de que esa propuesta ―esa cochinada― fuera la única puerta que nos quedaba abierta.

Todavía furioso, le conté a mi mujer. Ella sólo me escuchó. No dijo ni pío.

Durante días no hablamos del asunto. Lo dejamos ahí, flotando entre nosotros como el aire apestoso que viene del mar y que uno finge que no nota.

Pasé semanas sin conseguir chamba. Salía temprano con mi carpeta y volvía más cansado de fingir que de caminar. Dora seguía limpiando casas por una miseria. Y Mateo tosía. Tosía mucho. Respiraba y parecía que tragaba arena. Su corazón se iba apagando de a pocos. No dormía casi. Y nosotros peor: despiertos toda la noche, sin saber si al día siguiente amanecería vivo.

Conseguíamos dinero como podíamos. Prestándonos de aquí y de allá. Vendíamos las pocas cosas que nos quedaban. Y después de los gastos de Mateo, apenas teníamos para comer.

El doctor fue claro. Sin piedad lo dijo:

―Necesita operarse ya. Cuanto antes.

Yo sólo pude bajar la cabeza, con los bolsillos vacíos y los ojos llenos de números imposibles. Veinte mil soles. Justo lo que el viejo nos ofrecía.

Esa noche ya no hubo cena. Apenas hervimos agua con sal para engañar al estómago. Mateo dormía quejándose. Dora estaba sentada a mi lado, con la mirada perdida. Afuera garuaba, como si Lima quisiera llorar sin que nadie se diera cuenta.

―Dile al viejo que acepto ―dijo sin mirarme. Sentí un frío en la nuca, no respondí. Me quedé con la cuchara en el aire y revolviendo el plato vacío―. Es por Mateo. No voy a ver morir a mi hijo por orgullo. Voy a hacer lo que tenga que hacer para salvarlo.

La miré. Y ya no vi a mi mujer. Vi a una madre. Vi a una leona dispuesta a todo por salvar a su cachorro. Y me odié por no ser yo quien resolviera las cosas. Por tener que verla así: fuerte cuando yo era débil.

―Una noche ―dije, con la garganta hecha piedra.

―Una noche ―repitió Dora.

No nos abrazamos. No lloramos. Nos quedamos ahí, en silencio, cada uno encerrado en su propio infierno.

Al día siguiente, hablé con el viejo Mena.

Treinta y siete años han pasado desde aquella tarde en que casi le reviento la cara al viejo Mena. Treinta y siete. Lo digo y parece broma, muchacho. Y, cuando lo pienso, creo que fue otra vida. Que ese tipo joven, atrevido, con los puños cerrados y los sueños rotos, no era yo. Luego me miro al espejo, veo estos ojos ―los mismos― y sé que sí. Era yo. Soy yo.

Nunca supe cómo fue esa noche. Ni quise saberlo tampoco. Aunque mil veces me lo imaginé. El viejo temblando de deseo, con las manos arrugadas y la piel seca. Recorriendo a Dora como quien toca lo prohibido. Encima de ella, debajo de ella, dentro de ella. Y Dora, resignada, con los ojos fijos en el techo, contando los segundos. Tragándose el asco, la humillación. Resistiendo como una mujer que se entrega pero que no se rinde.

Me miras como si hubiera sido un monstruo por permitirlo, muchacho. Pero escúchame bien. Uno no sabe lo que está dispuesto a hacer hasta que la vida le pone el cuchillo en el cuello. Hasta que te das cuenta de que la dignidad no te da de comer. Ni paga operaciones. Ni mantiene el techo donde duerme tu hijo.

Y el viejo tenía razón. Después de esa noche, nuestra suerte empezó a cambiar. Al menos un poco. Con la plata salvamos a Mateo, aunque años después un accidente nos lo quitó igual. El dolor más grande de nuestras vidas. Supongo que hay destinos ya marcados, ¿no?

Esta casa ―esta misma― pasó a nombre de mi mujer, y en tres meses el viejo se murió tal y como había dicho.

Dora dejó de limpiar casas. Yo puse el taller. Y nunca más hablamos del asunto. Ni una sola vez lo hablamos. El silencio fue nuestro nuevo idioma. Pero estuvimos juntos hasta el final, que no es poco.

¿Y sabes qué fue lo más jodido?

Que con el tiempo dejé de odiar al viejo. Al contrario. A veces me acuerdo de él con aprecio. Como de esos tipos que hacen lo que nadie quiere hacer, que ponen sobre la mesa la parte más fea del alma para que otros puedan seguir.

Y te cuento esto, muchacho, porque te veo y me recuerdo. Porque veo en tus ojos la misma desesperación que yo también tuve. Por Mateo, por mi mujer, por las deudas. Dormía cuatro horas, comía una vez al día. Y, aun así, pensaba que podía con todo. Tú y yo somos del mismo barro, dime que no.

Y esa mujer tuya… La he visto. Chamba. Bonita. Se nota que se parte el lomo por ustedes. Como lo hacía Dora. Me hace pensar mucho en mi Dora.

Por eso quise hablar contigo. Porque entiendo. Porque no vine a juzgarte. Vine a darte una opción.

Gandy Cruz (Puno, Perú, 1991) es cuentista e ingeniero civil. Graduado de la Universidad Nacional del Altiplano, vive en Lima, donde alterna planos y proyectos con madrugadas de escritura y café cargado. Se ha formado en talleres con Jorge Eslava (Perú) y Luis Lezama Bárcenas (Honduras), y afila su prosa en el mítico Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco. Comparte relatos, lecturas y obsesiones en su blog Obra en Construcción, donde cada historia se entrega con deliberada espontaneidad.

Imágenes generadas con ChatGPT (julio 2025) por el autor.

Apología del expolio

por Santiago Maqueda

Según la RAE, espoliar o expoliar es “despojar algo o a alguien con violencia o con iniquidad”. De allí deriva también despojar, y a su vez el expolio es el botín del vencedor. Estas palabras provienen del latín exspoliare, que originalmente refería al acto de despellejar a un animal cazado. Este sentido se mantiene en otras lenguas: spolier (francés), spogliare (italiano, aunque aquí con matices de desnudez), spoliieren (alemán), spoil (inglés). En inglés, parece que data de los años 80 su uso en referencia a quien roba información sobre una película o narrativa, pero también tiene una connotación de arruinar, pudrir, destruir.

Como lectores, oyentes o espectadores, rechazamos instintivamente el expolio narrativo porque nos despoja de algo que entendemos tan esencial a la trama como la piel lo es a nosotros: nos roba la emoción de lo impredecible, el descubrimiento del asesino, la incógnita de los giros narrativos y del final, los sustos y suspensos en el cine de terror. Esto también pasa en los deportes; la emoción de ver en vivo un partido está, en buena medida, en que no sabemos quién gana ni cómo. 

Pero yo creo que hay que hacer una apología: el expolio es la prueba ácida de la trama.

No hay que confundir lo sorpresivo con lo sorprendente. La aversión al expolio parte de una fragilidad de base: se funda en la idea de que, si la trama pierde lo sorpresivo, lo inesperado, lo súbito, se destruye nuestra experiencia de ella. Visto así, la integridad de nuestra experiencia de la novela, cuento, película, serie, obra musical, dependerá siempre de algo pasajero y frágil, ajeno a nuestro control total: lo sorpresivo, que una vez que se conoce, por definición, nos será irrecuperable e irreproducible. Lo sorpresivo está relacionado con la primera acepción de sorpresa: “pillar desprevenido”. Si ya estamos prevenidos, no nos pillarán nunca.

Pero a la par de lo sorpresivo está lo sorprendente: lo que sorprende o causa admiración. Está relacionado con la segunda acepción de sorpresa: conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible. Aquí no importa tanto la novedad como la profundidad. En efecto, no es lo sorpresivo sino lo sorprendente lo que es el origen de la filosofía y del arte. Es en lo sorprendente en donde puede haber lugar al ocio verdadero, que tan central es y debe ser a la experiencia humana plena. Lo sorprendente no es frágil y perecedero como lo sorpresivo, sino —tomando un concepto más financiero— antifrágil: se refuerza con cada vez que se verifica el “siniestro” (en este caso, cada vez que se mira y conoce esa trama). Lo sorprendente está fundado no en las emociones sino en las ideas que subyacen a la trama: con cada repaso y relectura la apreciación de ese giro, esa trama, ese clímax, la experiencia se retroalimenta de sentido y profundiza su significado. Cada vez que Edipo se arranca los ojos luego de saber que mató por error a su padre y de matar en consecuencia a su madre y esposa, más nos habla de la condición humana. No por muchos atardeceres que uno haya visto será menos sorprendente ese enrojecimiento paulatino del horizonte a medida que el cielo se ennegrece, causado por la rotación de la Tierra, con todo el cambio de comportamiento de plantas, animales, personas, factores climáticos y hasta sistemas eléctricos y electrónicos que conlleva. No será sorpresivo y será totalmente predecible, pero no por eso será menos sorprendente.

Quitar tensión al seguimiento de la trama, despellejarla como a un animal cazado, permite apreciarla más, conocer sus vericuetos, advertir sus recursos, entenderla mejor. Como a un animal despellejado, permite ver su carne, órganos y huesos. Permite cocinarla y alimentarse realmente de ella, con mayor relajamiento y dedicación. Si es buena, más emociona una obra —musical, audiovisual, literaria— cuantas más veces se ha visto, y no al revés. Debo haber escuchado la Chacona de Bach varios cientos de veces, y cada vez me gusta más aunque me crea que me sé cada uno de sus compases. O el clímax de la segunda sinfonía de Mahler. O siempre me emocionan Gladiador o Interestellar a pesar de que sé cómo terminan. Y todos sabemos que al final don Quijote se muere cuerdo y condenando los libros de caballerías, y no por eso nos despoja de nada en relación con la mejor obra literaria escrita. Los fanáticos de fútbol vuelven a ver partidos históricos que ya saben cómo terminan, aun memorizando cada jugada; mi padre graba los partidos de River y los ve ya conociendo el resultado de antemano.

Es que si la obra o el partido son malos, si no tienen nada para admirar, si carecen de nada sorprendente, deben necesariamente afianzarse en lo sorpresivo, que es al final del día su principal recurso: por eso digo que el expolio es la prueba ácida de la trama. 

No sé si esto siempre fue así, pero creería que sí. Por dar un ejemplo fácil, los relatos de los ciclos troyano —Aquiles, Héctor, Agamenón, Electra— y tebano —Edipo, Antígona, Polinices, Etéocles— no eran sorpresivos pero sí son sorprendentes, y su lectura, relectura, reescritura y adaptaciones constantes han forjado toda nuestra narrativa y comprensión del mundo.

Quizás la preocupación por el expolio pueda ser un síntoma de la ansiedad de nuestra época. El pánico por que un factor externo nos corte el placer efímero, con su obsesión por el clímax narrativo fácil, bien pueden ser indicadores de la actitud de superficialidad y fragilidad de ese consumo de series, películas o novelas. Desde esta perspectiva, el medio es el mensaje: lo que importa es el suspenso, lo sorpresivo y no lo sorprendente, la emoción y no la idea, lo estético —experiencia subjetiva— y no lo poético —aspectos objetivos de la obra—, el resultado —el susto, lo imprevisto— y no el proceso —la trama—. Creo que esto es aplicable inclusive a géneros que, como el terror, están bastante centrados en lo sorpresivo; incluso en estos casos las grandes obras del género —pienso en El exorcista o en los cuentos de Quiroga, por dar dos ejemplos aleatorios— se aprecian mejor después de que baja la espuma de lo sorpresivo.

En definitiva, si la trama es buena, tiene que poder soportar el expolio. Más aún: quizás sólo valgan la pena y sean buen alimento las tramas que sigan siendo sorprendentes luego de despellejadas de sus elementos sorpresivos.

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Santiago Maqueda (1986) nació en la provincia de San Luis, Argentina, y reside en la provincia de Buenos Aires. Es abogado y profesor universitario, y cursó estudios de grado y posgrado en Argentina y Estados Unidos. Es miembro del Taller de Corte y Corrección desde 2007. Publicó tres libros y una treintena de artículos académicos en su área de especialidad jurídica. Ha publicado diversos ensayos y poemas en revistas y antologías (Fin, Periódico de Poesía, Sed Contra, Escrituras Indie y Crisopeya).

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Créditos: Ridley Scott (director), Gladiador, 2000.

Créditos: Foto del Monumento a Miguel Cervantes en la Plaza de España, Madrid.

Breve semblanza de nuestro fundador

A las puertas de la aparición de un nuevo libro de Marcelo di Marco, Cuando dos o tres (poemas, Buenos Aires, Quaderna Via, colección Lumen Cordium), presentamos esta breve biografía suya.

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Autor de una veintena de libros de poesía, narrativa y ensayo, Marcelo di Marco (Buenos Aires, 1957) pertenece a ese puñado de escritores que en su vida y en su obra se atreven a refutar los dogmas del Nuevo Orden Mundial. En ese sentido, es uno de los intelectuales menos representativos de su generación.

En 1997, revolucionó internacionalmente la enseñanza de la escritura creativa con Taller de Corte & Corrección (Buenos Aires, Sudamericana). Vigente desde hace casi tres décadas, esta guía para la creación literaria entró en 2022 en la Colección Best Seller del sello debolsillo (Penguin Random House).

Director general de uno de los centros de formación de escritores más reconocidos de Iberoamérica y actual columnista del diario La Capital, de Mar del Plata (ciudad en la que reside con su esposa, Nomi Pendzik, desde 2023), Di Marco dirige TallerCyC, un canal de YouTube con más de veintiún mil suscriptores.

A comienzos de la primera década del siglo XXI, publicó notas de actualidad en la revista De Campaña, bajo el seudónimo de El Fantasma del Alcázar. Posteriormente, y hasta 2008, escribió numerosos artículos sobre cine en la revista Cabildo. Entre 2016 y 2018 acompañó a Hugo Alberto Verdera en la conducción del programa El compromiso del laico, para el canal TLV1. En 2019 condujo con Francisco Garrido el programa contrarrevolucionario La patria del alma, también por TLV1.

Políticamente incorrecto y considerado como un pionero de la narrativa de terror en Argentina (género al que en su literatura reconstruye desde sus fuertes convicciones de católico militante), su libro más reciente es el alegato provida Victoria en el infierno de las pesadillas vivientes (Buenos Aires, Bucanera, 2023), novela que contiene “burlas y desafíos a los dogmas de la corrección política, y ataques frontales a la ideología woke, al aborto y la cultura de la cancelación” (Agustín De Beitia en la entrevista “Di Marco, un escritor irreverente”, La Prensa, 24/12/23).

El espacio cultural del Colegio del Libertador, de Mar del Plata, lleva su nombre por votación prácticamente unánime del alumnado.

Para más información sobre Marcelo di Marco, visitar el siguiente enlace: https://tcyc.com.ar/marcelo-di-marco/

Fotografía: Claudio Siracusano

A pura dentellada (poemas)

Por Karina Cohen *

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Rojo

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Espero que los vampiros me traigan

un caramelo rojo

a cambio de tanta sangre que di.

Pero ni eso, ni una mugrecita,

un coágulo, un hematoma

en el plexo hundido del ser.

A cambio una puñalada

una estocada final,

pero en la sequedad que me atraviesa

el desierto es lava.

Y se viene el fuego

salvaje.

Llamo a las bestias

que entienden mi lengua

y en hordas eufóricas

salimos por las calles

a recuperar la sangre

a pura dentellada.

Salimos a destrozar sus pálidos olimpos

levantados sobre los huesos de los pobres

y los hallamos dormidos

(porque ellos siempre están así:

dormidos)

y los carneamos y los repartimos

y yo solo muerdo un caramelo de sangre.

Es lo único que necesito.

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Día de calor de agosto

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Aferrada a la última gota del Carolina Herrera en mi pañuelo subo al 26

convertido en proletario sauna alimentado a chizitos sin marca

sé que al final del camino me espera un benteveo

él no tiene nariz

por eso canta

canta feliz en este día tortuoso de sol

no sabe que esta mañana un pájaro en la escuela decidió no nacer

tal vez aturdido de niños se lanzó

desde el techo del playón

aún albúmina y cáscara sangrante

tampoco sospecha que dijimos unas palabras ante su muerte estrellada

no sabe que los niños dejan de jugar cuando mueren los pájaros

como yo que no sudo

contagiada de niñez cuando subo a la peste del 26 y soy Carolina Herrera del oeste

esperando que me mandes el beso que todo lo salva

el beso benteveo

cantante

con olor a cuello en la distancia

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Selva muda

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Qué horrores estaremos masticando

que los muebles son los ataúdes de la conciencia.

La poesía se volvió póster

o peor

un manual de instrucciones para pobres felices.

Dejame de una vez en esta selva muda

que me devoro a mí misma

con tal de no ver tanta estulticia.

La sombra del último anciano atraviesa mi casa

lleva en sus espaldas los restos

del barbijo de Dios.

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Calamar volador japonés (Todarodes pacificus)

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Preciada raba originaria,

qué corta vida te arrastra del aire a la deriva.

Cuánto camino de sal volaste,

cuánta nostalgia en tu blanda cabeza.

Un poderoso bombeo te eyecta dentro del mar de tu amada

ahí, donde todo es un brazo que sacrificás

para seguir naciendo:

esa es tu casa, no Vietnam.

Como el quebrarse de tu carne transparente,

casi pez, te veo,

en tu estela retinta no hay pensamientos:

sólo viajar, nadar y volar

y en ese colmo de felicidad

sos prisionero del hambre.

Surcar Oriente no te alcanza

ni encaramarte en la fluidez del aire.

Nada te salva, céfalopez.

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Karina Cohen nació el 2 de febrero de 1969, en Capital Federal, aunque vivió su infancia en Moreno, Gran Buenos Aires oeste. Es maestra de educación primaria, docente y directora de danza contemporánea y poeta. Entre 1990 y 1999 formó parte de la agrupación musical Los Visitantes, que editaron seis discos y realizaron presentaciones en vivo. Simultáneamente, gestó los grupos de poesía Comando Literario y Verbonautas; con este último editó Acción poética (Eudeba, 1999). Ha sido invitada a leer en diversos festivales literarios.

Desde 2002 dirige varios elencos de danza contemporánea, entre ellos Comunidad Mutante, con quienes realiza obras de danza y poética.

Participó del Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco, y actualmente trabaja en el de poesía con Analía Pinto.

Fuente de las imágenes:

La cuchara de plata

Por Diego Luzuriaga *

Antes la alimentábamos sólo con aceite, crema, tocino, casi cero carbohidratos: la tal dieta cetogénica en su más extrema versión. Manejábamos por ella la cuchara, forzándola a tragar esas horribles grasas. Hasta que, comprobando que la dieta no mejoraba las cosas, el neurólogo decidió que volviéramos a darle comida regular. Así lo hicimos, pero tuvimos que seguir manejándole la cuchara.

Había nacido con una mutación genética tan extraña y tan única que le cambió la vida. Nos cambió la vida.

Y hoy cumple años.

Mi mujer, que camina conmigo en el parque, se detiene. Se gira hacia mí. Y me dice:

—¿Y si usamos la cuchara de plata? Por qué no.

—Qué cuchara de plata. —Yo también me detengo.

—La que heredaste de tu madre. La olvidaste.

—Ah, la cuchara de mamá. Buena idea, capaz que funciona.

―Podemos intentarlo.

―Para la cena.

Hace años me llegó esa cuchara, bien envuelta en un paquete con sello postal de Ecuador.

Cuando murió mi madre, no pude viajar para el funeral. Pero me contaron mis hermanos que, después de la ceremonia, se habían ido a la antigua casa de la familia, y allí se repartieron varios objetos, uno para cada hijo. A mí me tocó esa cuchara.

Recuerdo que apenas abrí el paquete me quedé acariciándola: de niño, después de usarla le sacaba brillo con un pañuelo, porque creía que era mágica además de bella.

—Cómo pude olvidarla —digo—. No perdemos nada intentándolo, capaz que funciona.

Antes de venir al parque, Belén y yo realizamos un interesante experimento. La pusimos en su silla especial con bandeja. En la bandeja ordenamos todas las cucharas de la casa. Cucharas finas, cucharas anchas, cucharas de metal, cucharas plásticas, cucharas blancas, cucharas azules. Sonriendo, las tiró al suelo de un manotazo. Después colocó frente a ella su Teletubby de peluche rojo. Lo miró con cara seria, y entonces hizo lo de costumbre: se puso a sacudir los brazos sin parar.

—Nunca va a agarrar cuchara alguna —dije—, y menos llevarse ella misma la comida a la boca.

—No seas flojo —Belén me lanzó una mirada seca—. Hay que seguir intentando. Si nos rendimos ahora, será mucho más difícil en el futuro. Tiene que aprender a usar la cuchara por sí sola.

―Como si yo no lo supiera.

—Tiene manos, ¿no? ¿Hasta qué edad te ponía la cuchara en la boca tu mamá? Debemos probar algo distinto, especial. Ella es especial.

De regreso del parque, la hacemos sentar de nuevo en su silla con bandeja. Ponemos música, forzamos sonrisas.

—Mira qué hermosura —le digo—: tu abuela comió con esta cuchara, y yo también. Mira cómo brillan estos lindos labrados de hojitas. —Ella me mira, y enseguida gira la cabeza hacia la cuchara de plata—. Ya estás grande, tienes que servirte tú misma la comida. Hazlo por ser hoy tu cumpleaños. Esta cuchara es mágica.

La mira en silencio. No la tira al piso, parece interesada.

Mi mujer descuelga de la pared la foto de mi madre, y se la muestra:

—Hazlo por tu abuela.

Con ojos de curiosidad, mira la foto. Mi madre, sonreída y de vestido blanco, está sentada en el jardín de la antigua casa de la familia. Mi hermana y yo, de pie, sonreímos detrás de ella. La sigue mirando interesada. Esto promete. Dejamos la foto sobre la mesa y corremos a preparar huevos revueltos, que tanto le gustan. Y arroz, tomate, queso, todo mezclado y picado y humedecido, para que no se atragante.

Ponemos frente a ella el tazón plástico, lleno. Le ponemos la cuchara, con comida, en la mano. ¡La agarra!

Pero se le cae. Intentamos de nuevo, y se le cae y se le cae. En eso, con su Teletubby da un fuerte golpe al tazón y lo tumba al suelo.

Preparamos comida otra vez, y se la damos de comer en la boca nosotros mismos. Despacio. Como siempre.

Paciencia. Paciencia.

No sabemos qué pasa por su cabecita, todo sería tan fácil si hablara. O si llorara por lo menos. Nunca ha llorado en su vida. Cuidar de ella no es para los débiles de corazón ―ni para los débiles de estómago, al momento de cambiar sus pañales―. Y no hablemos de nuestra lucha diaria para darle su medicina.

Pero a veces ―sólo a veces― nos sorprende. Por ejemplo, cuando le decimos dodó, levanta los brazos, lista para dejarse cargar hasta su cuarto.

Tiene su personalidad.

—A ti te gusta la carpintería —me dice mi mujer.

―¿Y?

―Por qué no fabricas un mango anatómico para que la cuchara le calce mejor en la mano. Para que la agarre fácil.

—Okey.

Bajo a mi taller del sótano, y en poco rato instalo en la cuchara un mango de madera pintado de rojo: el mismo rojo de su Teletubby. Ergonomía pura.

Como podemos, la sentamos en su silla especial con bandeja.

—Mi espalda —digo yo, enderezándome dolorido.

—Yo no me quejo de mis rodillas.

—Un día no vamos a poder cargarla más.

Le ponemos en la mano la cuchara con mango de madera. Todo bien. Antes de traerle la comida le hacemos un show de gracias y de payasadas. Cierra los ojos con fuerza brutal. Aprieta los labios y frunce toda la cara y tensa los brazos. Y tensa las piernas, los pies, tensa todo el cuerpo. Y se sacude y se sacude, como una tabla de trampolín.

Aunque es quizá la convulsión número quinientos en su vida, la sufrimos en nuestra propia carne como si fuera la primera vez.

Dejamos que se recupere allí, en su silla. Qué más podemos hacer, sino mirarla. Qué más podemos hacer, sino fruncir nuestras frentes, como de costumbre.

Cuidadosamente la acostamos en el sofá. Nosotros, agotados, nos tendemos en la alfombra.

Ha pasado quizás una hora y media, y nos despiertan unos alaridos. Sentada en el sofá, con la cuchara vacía aún bien agarrada en la mano, da gritos de desesperación mirando hacia la mesa. Hacia su comida. Inmediatamente la subimos de vuelta a la silla y ponemos el tazón en la bandeja. Consigue meter en la boca, temblando y todo, varias cucharadas de su cena ―fría, obviamente―, y nosotros por poco no saltamos y bailamos.

Le ponemos el video de los Teletubbies. Sacamos del refrigerador la torta que preparamos anoche, cubierta con glaseado blanco. Junto a su nombre —escrito en glaseado rojo— se me ocurre colocar la cuchara de plata con asa roja.

Una por una prendemos las treinta y dos velitas rojas. Le cantamos el happy birthday y le ponemos un pedazo de pastel en la bandeja. Se lo queda mirando en silencio. Y después apunta, decididamente, al lugar vacío de la pared: la foto ahora está en la mesa. Se la mostramos de nuevo. Toma la foto y, con una delicadeza extraña, acaricia la cara sonreída de mi madre. Y la acaricia y la acaricia hasta que notamos, boquiabiertos, que tiene los ojos humedecidos.

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Diego Luzuriaga (Loja, Ecuador, 1955) se formó como compositor en Quito, París y Nueva York. En 1993 ganó la beca Guggenheim de Nueva York, y, en 2006, el Premio Eugenio Espejo de Ecuador. Además de haber escrito música de cámara y sinfónica, cantatas, la ópera Manuela y Bolívar,un sinnúmero de canciones (todo con textos del compositor), también ha publicado poesía: Sobre la felicidad (El Club de la Pelea, Quito, 2017), ¡Viva el delirio del poeta! (Ediciones de la Línea Imaginaria, Quito, 2022), y ficción: Cuentos de un músico retirado (Cactus Pink, Quito, 2018).

 Para mayor referencia visitar su sitio web.

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Ilustración: Clare Doherty. Técnica: lápiz y acuarela.

La tecnología al servicio del escritor

Por Rubén Martínez *

Hoy en día, algunas herramientas tecnológicas —como la inteligencia artificial— han sido injustamente satanizadas. Sin embargo, si echamos un vistazo a la historia de la humanidad, notaremos que siempre hemos buscado formas de simplificar nuestras tareas cotidianas. Y para lograrlo, recurrimos a objetos, sistemas y métodos que, en conjunto, conforman eso que llamamos tecnología.

Comento lo anterior porque recientemente comencé el proceso creativo de un cuento titulado “El que viene”. La recomendación del corrector de estilo fue dividir la labor en dos etapas: la primera consistía en aplicar un método llamado Tetracolori, creado por Marcelo di Marco, que implica resaltar en el escrito los verbos, sustantivos, adjetivos y otras categorías gramaticales con diferentes colores. En la segunda etapa se debía revisar el texto con base en el análisis arrojado por el Tetracolori, para sustituir, eliminar o transformar palabras que se repiten con frecuencia, y así mejorar la redacción.

En cuanto me encomendaron esa tarea, lo primero que pensé fue: ¿no habrá alguna aplicación que haga ese trabajo titánico por mí? Subrayar manualmente con distintos colores me tomaría mucho tiempo. Entonces me puse a buscar, y di con una herramienta llamada Voyant Tools.

Esta aplicación permite analizar textos de forma cuantitativa, lo que resulta de gran utilidad para identificar repeticiones, muletillas o temas poco desarrollados. Así, el escritor puede detectar áreas de oportunidad para enriquecer el vocabulario o equilibrar los temas tratados. Algunas de sus principales funciones son:

  • Permite subir el texto en diversos formatos: Word, PDF, HTML o simplemente copiando y pegando para que la herramienta lo analice.
  • Ya con el documento en la plataforma, en un apartado llamado Cirrus —parte superior derecha de la interfaz—, se genera una nube de palabras en la que los términos más usados se muestran en mayor tamaño. Al hacer clic sobre alguno< de ellos, se despliega una red de conexiones con otras palabras asociadas. Otro de los elementos de Cirrus es una lista, en orden jerárquico, que te permite ver las palabras y cuantas veces se repiten dentro del texto. 
  • Ofrece un resumen estadístico: número total de palabras, cuántas son únicas, cuántas se repiten y un indicador de densidad léxica (relación entre vocabulario único y total). Cuanto mayor sea ese índice, más variado es el léxico del texto.
  • Otro dato que incluye Voyant Tools es el índice de legibilidad (basado en la escala de Flesch), que estima la facilidad de lectura del texto. Mientras más cercano a 100, más fácil de leer resulta.

Todo esto está disponible en la herramienta. Sin embargo —y aunque no lo crean, aquí vienen los “peros”—, al momento de probarla me encontré con dos limitaciones. La primera: no se podía descargar el análisis realizado. La segunda: aunque el diagnóstico cuantitativo es útil, no me resolvía el problema original de resaltar palabras por categoría gramatical.

Triste, pero no vencido, seguí buscando. Tras una profunda zambullida digital, descubrí que Microsoft Word Online, en su versión de Microsoft 365, cuenta con una función llamada Lector Inmersivo, también disponible en Outlook, OneNote, Teams y Forms. La que yo utilicé fue OneNote. Si te interesa, puedes crear una cuenta gratuita desde este link.

Esta herramienta fue diseñada para mejorar la lectura y la escritura, y entre sus funciones destacan:

  • Lectura en voz alta: reproduce el texto y resalta las palabras mientras se leen.
  • Opciones de texto: permite modificar tamaño de fuente, espaciado, colores y fondo, para facilitar la lectura.
  • Traducción: traduce el texto completo o palabras individuales a más de cien idiomas.
  • Diccionario visual: muestra imágenes asociadas a las palabras, ideal para estudiantes o personas que aprenden un idioma.

Pero fue al encontrar la función llamada “Elementos de la oración”, en opciones de “Gramática” cuando sentí una auténtica calma. Con solo seleccionar una categoría (verbos, sustantivos, adjetivos, adverbios), el Lector Inmersivo resaltaba automáticamente las palabras correspondientes en colores. Por si fuera poco, la función permite agregar una pequeña indicación para que quien lee sepa a que hace referencia cada palabra resaltada, por ejemplo: al verbo le incluye un supraíndice con la letra “v”. Aquí les dejo una imagen:

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La única desventaja del Lector Inmersivo —compartida con Voyant Tools— es que aún no permite descargar el archivo con las marcas aplicadas. Sin embargo, no dudo que, en un futuro, esta función no solo estará disponible para descarga, sino que también podrá utilizarse desde la versión de escritorio. A pesar de las limitantes, estoy satisfecho: gracias a esta herramienta, la segunda etapa de mi trabajo será mucho más ágil. La tecnología ha hecho por mí una tarea que me habría tomado bastante tiempo.

Quiero cerrar este texto con una aclaración: las herramientas tecnológicas no sustituyen el talento ni la sensibilidad humana. Son solo instrumentos que pueden facilitar nuestro trabajo. Sé bien que podría recurrir a una IA para corregir por completo el cuento “El que viene”, pero siento que eso le arrebataría parte de su esencia, de su alma.

No critico a quienes usan la tecnología —de hecho, yo mismo lo hago—, simplemente pertenezco a una generación que aún prefiere el sabor del pan artesanal, elaborado con manos humanas, antes que uno producido por un sistema totalmente automatizado.

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*  Rubén Martínez nació en México en 1974. Cursó estudios en Economía en la Universidad Autónoma Metropolitana – Unidad Azcapotzalco(UAM-A) y un posgrado en Educación. Actualmente imparte clases en el nivel licenciatura y posgrado.

Es aficionado a la escritura, y ha desarrollado artículos académicos, contenido para pódcast, así como una columna de opinión en el periódico Síntesis. Pero, durante la pandemia, por exceso de tiempo libre, retomó la escritura de un hecho que vivió de cerca —la experiencia de una niña de seis años, que tuvo contacto con un ente que aquejaba su existencia—, de lo cual surgió la publicación independiente del libro Amanecer (2021).

Alentado por lo anterior, decidió escribir cuentos; entre ellos “El intruso”, que resultó premiado con una mención honorífica, y fue publicado en una antología por editorial Ariadna. Desde ese momento decidió prepararse en diversos cursos y talleres, y llegó de esta manera al Taller de Corte y Corrección, donde su primer cuento trabajado fue “Ojos tristes”.

Maupassant, una vida

por Octavio Hernández *

Sí, por escribir magníficos cuentos, por la influencia posterior a innumerables escritores —Tolstoi, Quiroga, D’Annunzio, Chéjov, Lovecraft—; pero, ay, escribo esta pequeña biografía sobre todo porque Maupassant aseguró —sí, lo aseguró— que su propio doble, en una noche ominosa, se le apareció y le fue dictando, sin dudas en un tono conminatorio, un cuento. Y que después aquel fantasma, aquel doble suyo, lo iba acechando cada vez más hasta el grado de enloquecerlo —Maupassant escribió en una carta demencial: «Ese fantasma era yo mismo… Ha venido a mi lado… No me ha dicho nada… Simplemente se ha encogido de hombros con desprecio… Me detesta» (1).

Fue en 1850, en el castillo de Miromesnil, Francia, cuando nació Guy de Maupassant. Pero los Maupassant no se establecieron en el castillo: no les pertenecía. Por otro lado, a pesar de que después nació Hervé, el hermano menor de Guy, la familia no tardó en romperse. Laure, la madre, no aguantó más las constantes infidelidades de Gustave de Maupassant, y los dos resolvieron separarse en buenos términos. De esta manera, ella, con los dos hijos, se alejaron de Gustave, y residieron en la localidad marítima de Étretat, en una casona de paredes de ladrillo y de vasto jardín. Ahí Guy recibió educación de la madre —la cual le incentivaba a escribir y le prodigaba lecturas, más que nada de Shakespeare— y también de un abad, que le enseñó latín. Sin embargo, a las restricciones de una vida dedicada al estudio, él prefería la aventura: navegar junto a pescadores, escalar acantilados de caliza, vagabundear por sembrados, cazar. De aquellos quehaceres, y gracias a compartir con pescadores y con campesinos, le quedaron infinitas anécdotas, que, ya en la adultez, le servirían de inspiración.

Toda esta errancia duró hasta los trece años, cuando la madre decidió que ya basta, no, su hijo no podía seguir malgastándose en aquellas holgazanerías, ella debía mandarlo a un lugar más adecuado, para que no se convirtiera en un disoluto como el padre. Resolvió, pues, enviarlo al seminario de Yvetot. Pero Guy no se podía acostumbrar a la disciplina que demandaba la vocación sacerdotal. En múltiples oportunidades intentó escaparse, sin conseguirlo. Buscó refugio en la literatura: agotó, con versos que protestaban contra su encierro y contra las costumbres de la iglesia, varios cuadernos. Felizmente para él, descubrieron sus poemas. Lo expulsaron.

Al año siguiente, la madre lo internó otra vez, aunque ahora en un liceo de Ruán. En esta época, Maupassant se acercó más a la literatura gracias a la guía de Louis de Bouilhet y de Gustave Flaubert. Pero, antes de contar su relación con estos escritores, se me recomienda —se me obliga, mejor dicho— a hacer un pequeño paréntesis. La madre de Guy, Laure, había sido muy cercana a su hermano, Alfred Le Poitevin. Alfred era un aspirante a poeta que cosechó dos grandes amistades en su infancia: Gustave Flaubert y Louis Bouilhet. Alfred murió joven, a los treinta y un años. Por la memoria de su amigo, Louis Bouilhet apadrinó en la escritura de poesía al pequeño sobrino de Alfred, Guy de Maupassant. (Maupassant ahora rememora: Bouilhet, a quien conocí primeramente de una manera un poco íntima, cerca de dos años antes de conquistar la amistad de Flaubert, a fuerza de repetirme que cien versos bastan para la reputación de un artista, me hizo comprender que el trabajo continuo y el conocimiento profundo del oficio pueden un día de lucidez provocar esta aparición de la obra corta, única y tan perfecta como somos capaces de crearla) (2). Cuando Bouilhet murió, Flaubert tomó la batuta de enseñarle el oficio de la literatura.

Después de terminar el bachillerato, ya licenciado de artes, Maupassant se fue a estudiar Derecho en París. Pero, al cumplir él los veinte años, estalló la guerra franco-prusiana. Con la alegría de interrumpir esos desagradables estudios, se alistó. De aquellas experiencias bélicas, se sirvió luego para escribir varios cuentos: «Bola de sebo» (1880), «Mademoiselle Fifí» (1882), «Dos amigos» (1883).

Al término de la guerra, en el año 1871, decidió definitivamente dejar los campos boscosos; dejar los acantilados bajo los cuales el mar se estrellaba; dejar de contemplar las gaviotas, que, como meteoritos, acribillaban las olas del Atlántico; dejar el aire puro de Normandía, para residir en París. Aquel hombrón de frente cuadrada, de complexión recia, de bigote abundante, de voz de campesino, aquel ser de espíritu hecho para la libertad de la caza y de la navegación, primero se consiguió un trabajo administrativo en el Ministerio de la Marina y después uno en el Ministerio de Instrucción Pública. Los detestaba: lo acusaron de vago, de que no servía, ¡de que redactaba mal!

A pesar de aquel trabajo de oficinista, Maupassant no desatendió el gusto por el ejercicio y el vigor físico: es conocido, por ejemplo, que disfrutaba sobremanera de navegar en el río Sena. También disfrutaba de otras banalidades: de la escritura de versos y obras dramáticas, de la comida, de las mujeres, sobre todo de las mujeres. De vez en cuando lo frecuentaba el viejo Flaubert, quien le desaconsejaba tantas veleidades, jovencito; en interés a la literatura, ¡modérate! ¡Ten cuidado! Un hombre que se erige como artista no tiene derecho a vivir como los demás (3).

Y después, en 1878, le recriminó también: «Usted se queja de que las mujeres son monótonas. El remedio es sencillo: no servirse de ellas. ¡Escúcheme, jovencito! Es necesario trabajar más. Sospecho que es usted demasiado perezoso. ¡Demasiadas putas, demasiado remar, demasiado ejercicio violento! Usted ha nacido para componer versos, ¡hágalos! Todo lo demás en usted es cosa vana» (4).

Pero Maupassant en 1877 enfermó de sífilis. Escribió en una carta «Aleluya, tengo la sífilis; por consiguiente, no tengo miedo a contraerla» (5). ¿Y cómo no contraerla? Maupassant se enorgullecía de sus dotes de donjuán, incluso se ufanaba —¿pero es necesario hablar de esto?, ¿sí?—, se ufanaba, decíamos, de intimar hasta seis veces en menos de una hora con distintas prostitutas, y se calcula que frecuentó cientos de mujeres. (Creo, jeune homme, que cerca de trois cents femmes, trescientas) (6).

En fin, sea como fuere, y lo más importante de todo, es que en ese período que va desde 1873 hasta 1880, bajo la tutela de Flaubert, Maupassant aprendió el arte literario, escribiendo ejercicios poéticos y narrativos, algunas obras de teatro y algunos pocos cuentos —entre los cuales se encuentran «La mano disecada» (1875) y «Sobre el agua» (1876)—. En La vie et l’œuvre de Guy de Maupassant (1906) de Édouard Maynial, se explica que Maupassant escribía con calma, y cuando sus amigos lo apresuraban mucho, él solía replicar:

—No hay prisa; estoy aprendiendo mi oficio.

Aunque él deseaba escapar de su trabajo administrativo y vivir de la literatura, aquello recién fue posible en 1880. En ese año, imprimió su primer libro de poemas, Des Vers. Pero realmente consiguió notoriedad con la publicación de «Bola de sebo», un cuento ambientado en la guerra franco-prusiana, que le valió la admiración de Zola, de Flaubert, y el contrato de un diario. Al cabo de meses, Maupassant consiguió recolectar ocho cuentos en un volumen, que publicó bajo el nombre de La Maison Teillier (1881). Es a partir de entonces cuando empezó el período más fértil de Maupassant: en menos de diez años, escribió cerca de trescientos cuentos y seis novelas, sin contar con los libros de viajes y las notas en periódicos. Escribió sin parar, con una disposición febril, azuzado tanto por su pasión a narrar como por la avidez de dinero. Amontonó millones de francos, los cuales dispensó en viajes, en construirse una casa de reposo en Étretat, en un globo aerostático, en un yate.

Pero bajo el éxito y la vida desenfrenada, se agazapaba el mal de la sífilis: ya desde 1880, Maupassant se quejaba con Flaubert de problemas oculares y de caída del pelo. A esto se suma que el estrés por escribir, los devaneos sexuales, el consumo de drogas —hachís, cocaína, opio, éter—, poco a poco lo iban agotando mentalmente.

Y fue que, en el transcurso de la década, su personalidad cambia: se recluye, y en la presencia de amistades se muestra nervioso, psicótico. En tanto, él se sabe perseguido por un mal irremediable, y, queriendo sanarse, asiste a médicos, lee libros de medicina, consume a montones remedios variopintos. Pero nada, no funciona ningún remedio, y ya para 1889 el mal se aguza, no puede dormir, las noches se dilatan, interminables, mientras las migrañas le atenazan la cabeza. Poco a poco la memoria le va fallando, hasta llegar a un punto en que no puede escribir: las palabras, mierda, se le olvidan. Y, pronto, en su propia habitación, una noche, se ve a sí mismo, ve a su doble, que le dicta un cuento, sin dudas, ominoso. ¡Qué horror! Algún incrédulo pensará que la locura sifilítica lo hacía alucinar, pero ¿acaso no se puede concebir que, de verdad, un doble le dictara, que un doble surgido del infierno lo volviera loco? ¿Por qué nos parece imposible que una presencia —¡un demonio!— con la misma figura de Maupassant se le hubiera aparecido a él? Maupassant dejó, como un último canto de cisne, su gran cuento «¿Quién sabe?» (1890). Esto mismo les pregunto yo: ¿quién sabe?

En 1893, a los cuarenta y un años, y tras dos infructuosos intentos de suicidio, Maupassant murió, internado en el sanatorio del Dr. Blanche.

—Entré en la vida literaria comme un météore —dice Maupassant—, la dejé como un rayo (7).

***

En aquella oscuridad en la que sólo se oye la lluvia azotándose contra la ventana de la habitación, al terminar de escribir la biografía, Octavio Hernández se echa atrás en el asiento:

—Listo.

El hombre sentado a su derecha se inclina y, achinando los ojos oscuros, acerca la cara a la pantalla del notebook. A medida que va leyendo, el hombre murmura el texto en un tosco español. Cuando acaba de leer todo, se acaricia el espeso bigote. Después, asintiendo con su enorme cabeza normanda, dice en una voz ronca de campesino:

Ma biographie est terminée.

Y desaparece.

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Referencias bibliográficas

  1. Armiño, M. (2015). Prólogo. Guy de Maupassant. En Cuentos completos de terror, locura y muerte (pp. 11-26). Valdemar.
  2. Maupassant, G. (1888). La novela. En Obras completas de Guy de Maupassant, tomo I (pp. 65-73). Aguilar.
  3. Flaubert, G. (1876). A Guy de Maupassant. Gustave Flaubert. https://flaubert.univ-rouen.fr/correspondance/correspondance/25-juillet-1876-de-gustave-flaubert-%C3%A0-guy-de-maupassant  
  4. Flaubert, G. (1942). Cartas a Maupassant. Traducción: José Manuel Ramos González.
  5. Maynial, É. (1906). La vie et l’oeuvre de Guy de Maupassant. Société du mercure de France.
  6. Douchin, J. L. (1986). La vie érotique de Guy de Maupassant. Traducción: José Manuel Ramos González.
  7.  Guy de Maupassant. (s.f). En Wikipedia. Recuperado el 19 de abril del 2025 de https://fr.wikipedia.org/wiki/Guy_de_Maupassant#Gicquel1993

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* Octavio Hernández nació en Antofagasta (Chile) allá en los inicios del siglo, un día del 2001. Si bien desde niño le gustó crear historias —sobre todo fantaseaba con inventar sus propios cómics—, la literatura fue un descubrimiento más bien tardío. Lector de Maupassant, de King, de Borges, de Cortázar, se le ocurrió estudiar en el 2020 Cine y Televisión —imprevista carrera que sólo le ha dejado sinsabores—. Pero no se olvidó de la literatura: en ese mismo año, 2020, decidió ingresar al Taller de Corte y Corrección, lo cual le significó avanzar a grandes pasos en los laberínticos senderos de la escritura. De este modo, a troche y moche, ha dado en crear unos cuantos cuentos, que espera algún día publicar. En Fin ha aparecido un cuento suyo, titulado «Pecho de acero».

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Imágenes:

Fantasmas en la nieve

por Javier Rodríguez *





La gran literatura te modifica, te transforma el alma. Y no sólo la literatura, sino también la pintura y la música y la ópera. En el cuento “Los muertos”, James Joyce (1882-1941) nos muestra todo eso y más.

Ahora, esta noche, que estoy mirando hacia fuera cómo se derrama la lluvia contra la ventana de mi cuarto, pienso en ese cuento que integra Dublineses.

No cae nieve acá, pero sí relámpagos que iluminan la oscuridad más pura de mi habitación: los truenos y las ráfagas de viento vibran en armonía con el relato. Como latidos.

Una armonía de latidos, sí. Eso es lo que sentí al releer esta mañana soleada de otoño “Los muertos”, escrito en 1907 por un James Joyce joven y genial, y publicado en 1914.

No sé muy bien qué me llevó esta mañana a sacar de la biblioteca mi ejemplar de Dublineses y a guardarlo en la mochila. Quería —necesitaba— tenerlo conmigo en el trabajo.

A eso de las dos de la tarde, cuando el sol pegaba en la vidriera y contrastaba con el paisaje de lo que Joyce me iba mostrando, no pude seguir con la relectura: sabía que poco a poco las páginas me temblarían como la última vez. Deseaba leer atentamente, incluso oír la tranquila y furiosa voz de Joyce; percibir los contrastes y otros recursos para hacernos vivir la narración bien desde adentro. Porque ahí empieza esta obra magistral de Joyce, con una certera pincelada de lo que ocurre en aquella velada de Navidad en Dublín: el antagonismo oculto de dos almas que se reconciliarán con una muerte.

O con una vida.

¿Cómo habrá creado semejante relato clásico este escritor irlandés que estaba destinado a revolucionar la novelística universal con su Ulises? ¿Por qué es tan perfecta la estructura de “Los muertos”, la justa medida de hechos que conducen a lograr tal sensación? No es casual que la cena ocurra en Navidad. Joyce urde un clima de fiesta, de valses y de cantos. Incluso el protagonista repasa solapadamente el discurso con el que disertará en la cena. “Uno siente que está escuchando la música atormentada por el pensamiento”.Estas líneas acompañan al argumento de la obra.

Nada es casual. Tampoco cuando observa el cuadro de Romeo y Julieta. Nos va colmando de significado.

Y también discuten de ópera, de tenores y de música. Nos siembra la mente, nos prepara para una revelación.

Pienso que en las páginas previas al inminente final, Joyce supo dar risa y luz y alegría y movimiento a sus personajes, para después contrastar con las últimas páginas, que son sombrías y calmas y de suma retrospección para sus dos protagonistas: Gabriel y su esposa Gretta.

Después de la cena y del baile y del canto de la tía Kate, ya se retiraban algunos invitados. Gabriel ve a alguien en el primer rellano de la escalera. Una sombra quieta, en la oscuridad. Es su esposa. ¿Qué estará haciendo ahí?

Joyce escribe: “Estaba apoyada en la baranda, prestándole atención a algo. Alguien cantaba”.

Un piano. El canto de un hombre.

¿Quién es ese hombre?

Gabriel se pregunta qué estaría esperando su esposa en la penumbra de la escalera, escuchando una música lejana. Como un símbolo.

“Si fuera pintor, la pintaría en esa actitud. Su sombrero azul caído exhibiendo el bronce de su pelo contra la oscuridad y los oscuros retazos de su pollera exhibirían las partes más claras. Si fuera pintor, llamaría “Música distante” a ese cuadro.”

Y después más trazos y más trazos para seguir contrastando con las páginas anteriores, en las que las risas y los brindis y la soltura de movimientos con las interminables voces hacen que las últimas páginas se las perciba lentas y acompasadas con el clima de afuera. Esa contraposición, esa discordancia con lo de afuera y adentro la sufrirá Gabriel. Y, al final, con una epifanía.

Después de los adioses, el matrimonio va a pasar la noche en un hotel. “Si fuera por ella, caminaría por la nieve.

Pasaría la noche con ella, y a solas.

La débil luz de la lámpara callejera entraba por un tramo de la ventana hasta la puerta.”

Ahí Joyce nos cuenta que Gabriel miró hacia la calle para tratar de calmar sus sentimientos.

¿Qué le ocurriría a su esposa? Estaba ida, enigmática. Y eso lo atraía más.

Incluso también él se sentía diferente. Hechizado. Pero no sabe muy bien por qué. ¿Por la hermosura de su esposa? ¿Lo brillante de sus ojos? No, había en ella una tranquila desesperación. Una antigua tristeza.

El lector quiere averiguarlo. El lector empatiza con él: ve todo con sus ojos, siente cada interrogante como si fuera Gabriel mismo. Joyce nos mete bien adentro del cuento con palabras y más palabras que caen en sensaciones.

Como la nieve.

Nos hace temblar, y no sólo de frío.

Sí, a esta altura de la narración nuestra alma se mete en la de Gabriel. Nos vamos convirtiendo en Gabriel.

Ella está mirando por la ventana. Y él le pregunta:

“—¿En qué estás pensando, querida mía?”.

No responde. Gabriel vuelve a preguntar.

Ella no lo oye. Está sumergida en otra época. Oyendo otras voces. Él la ve incluso más joven. Como una muchacha desprotegida. Y más hermosa que nunca.

“—Oh, estoy pensando en aquella canción, La muchacha de Aughrim.”

¿Por qué la haría llorar aquella canción?

Por un muerto. Por un muerto que tiene más vida que él mismo.

Ella le cuenta el secreto de su pasado. Gabriel piensa: “Mejor pasar rápido a otro mundo, con la gloria plena de una pasión.”

Gretta se queda dormida, entre lágrimas. Y tal vez soñando con imágenes de aquella lluvia fría de su secreto.

Pero ahora no llueve: “Es la peor nevada de hace treinta años. En los diarios dicen que nieva así en toda Irlanda”.

El ritmo de la narración es cada vez más sombrío, más lento, en relación con lo que viven y sienten y recuerdan Gabriel y Gretta.

El secreto que le ha revelado su esposahace que la noche se pueble de fantasmas en la nieve.

Pienso que en ese instante es cuando el protagonista se redime: se vuelve contemplativo, su alma ya no es la de antes. Es transformado. Es Navidad.

Y Gabriel también llora, solo.

Y vuelve a mirar por la ventana.

Y las lágrimas se le hacen más gruesas. Se da cuenta de la miseria de su propia vida. Su tenue vida. Ha sido derrotado por un muerto. “Seguramente en sus pensamientos, ella me compara con él.”

Madrugada.

La nieve no para de caer. Tampoco sus lágrimas. Quizá contempla por la ventana con la sensibilidad de su esposa. Con los ojos y el alma de su esposa.

Ella sigue durmiendo.

Intenta descubrir aquello que alguna vez la ha conmovido.

“Contempla entredormido los copos, plateados y oscuros cayendo oblicuamente contra la luz de la lámpara.”

Su alma está en paz como si se hubiese confesado. Ya no será el mismo de antes, ya no será un muerto.

Pienso que yo tampoco.

Ha dejado de llover. Es de madrugada. Sí, ya no seré el mismo de antes después de “Los muertos”, de Joyce. Yo también he sido transformado.













* Javier Rodríguez (Merlo, Buenos Aires, 1975) publicó el libro de poemas La rosa líquida (Huesos de Jibia, 2011). En la soledad de un cajón guarda una novela, una antología de cuentos y tres libros de poesía. Todos inéditos.

Se formó en el taller de Marcelo di Marco.

Las imágenes pertenecen a la película Los muertos (The dead), de John Huston (Irlanda, Reino Unido, 1987).