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La cuchara de plata

Por Diego Luzuriaga *

Antes la alimentábamos sólo con aceite, crema, tocino, casi cero carbohidratos: la tal dieta cetogénica en su más extrema versión. Manejábamos por ella la cuchara, forzándola a tragar esas horribles grasas. Hasta que, comprobando que la dieta no mejoraba las cosas, el neurólogo decidió que volviéramos a darle comida regular. Así lo hicimos, pero tuvimos que seguir manejándole la cuchara.

Había nacido con una mutación genética tan extraña y tan única que le cambió la vida. Nos cambió la vida.

Y hoy cumple años.

Mi mujer, que camina conmigo en el parque, se detiene. Se gira hacia mí. Y me dice:

—¿Y si usamos la cuchara de plata? Por qué no.

—Qué cuchara de plata. —Yo también me detengo.

—La que heredaste de tu madre. La olvidaste.

—Ah, la cuchara de mamá. Buena idea, capaz que funciona.

―Podemos intentarlo.

―Para la cena.

Hace años me llegó esa cuchara, bien envuelta en un paquete con sello postal de Ecuador.

Cuando murió mi madre, no pude viajar para el funeral. Pero me contaron mis hermanos que, después de la ceremonia, se habían ido a la antigua casa de la familia, y allí se repartieron varios objetos, uno para cada hijo. A mí me tocó esa cuchara.

Recuerdo que apenas abrí el paquete me quedé acariciándola: de niño, después de usarla le sacaba brillo con un pañuelo, porque creía que era mágica además de bella.

—Cómo pude olvidarla —digo—. No perdemos nada intentándolo, capaz que funciona.

Antes de venir al parque, Belén y yo realizamos un interesante experimento. La pusimos en su silla especial con bandeja. En la bandeja ordenamos todas las cucharas de la casa. Cucharas finas, cucharas anchas, cucharas de metal, cucharas plásticas, cucharas blancas, cucharas azules. Sonriendo, las tiró al suelo de un manotazo. Después colocó frente a ella su Teletubby de peluche rojo. Lo miró con cara seria, y entonces hizo lo de costumbre: se puso a sacudir los brazos sin parar.

—Nunca va a agarrar cuchara alguna —dije—, y menos llevarse ella misma la comida a la boca.

—No seas flojo —Belén me lanzó una mirada seca—. Hay que seguir intentando. Si nos rendimos ahora, será mucho más difícil en el futuro. Tiene que aprender a usar la cuchara por sí sola.

―Como si yo no lo supiera.

—Tiene manos, ¿no? ¿Hasta qué edad te ponía la cuchara en la boca tu mamá? Debemos probar algo distinto, especial. Ella es especial.

De regreso del parque, la hacemos sentar de nuevo en su silla con bandeja. Ponemos música, forzamos sonrisas.

—Mira qué hermosura —le digo—: tu abuela comió con esta cuchara, y yo también. Mira cómo brillan estos lindos labrados de hojitas. —Ella me mira, y enseguida gira la cabeza hacia la cuchara de plata—. Ya estás grande, tienes que servirte tú misma la comida. Hazlo por ser hoy tu cumpleaños. Esta cuchara es mágica.

La mira en silencio. No la tira al piso, parece interesada.

Mi mujer descuelga de la pared la foto de mi madre, y se la muestra:

—Hazlo por tu abuela.

Con ojos de curiosidad, mira la foto. Mi madre, sonreída y de vestido blanco, está sentada en el jardín de la antigua casa de la familia. Mi hermana y yo, de pie, sonreímos detrás de ella. La sigue mirando interesada. Esto promete. Dejamos la foto sobre la mesa y corremos a preparar huevos revueltos, que tanto le gustan. Y arroz, tomate, queso, todo mezclado y picado y humedecido, para que no se atragante.

Ponemos frente a ella el tazón plástico, lleno. Le ponemos la cuchara, con comida, en la mano. ¡La agarra!

Pero se le cae. Intentamos de nuevo, y se le cae y se le cae. En eso, con su Teletubby da un fuerte golpe al tazón y lo tumba al suelo.

Preparamos comida otra vez, y se la damos de comer en la boca nosotros mismos. Despacio. Como siempre.

Paciencia. Paciencia.

No sabemos qué pasa por su cabecita, todo sería tan fácil si hablara. O si llorara por lo menos. Nunca ha llorado en su vida. Cuidar de ella no es para los débiles de corazón ―ni para los débiles de estómago, al momento de cambiar sus pañales―. Y no hablemos de nuestra lucha diaria para darle su medicina.

Pero a veces ―sólo a veces― nos sorprende. Por ejemplo, cuando le decimos dodó, levanta los brazos, lista para dejarse cargar hasta su cuarto.

Tiene su personalidad.

—A ti te gusta la carpintería —me dice mi mujer.

―¿Y?

―Por qué no fabricas un mango anatómico para que la cuchara le calce mejor en la mano. Para que la agarre fácil.

—Okey.

Bajo a mi taller del sótano, y en poco rato instalo en la cuchara un mango de madera pintado de rojo: el mismo rojo de su Teletubby. Ergonomía pura.

Como podemos, la sentamos en su silla especial con bandeja.

—Mi espalda —digo yo, enderezándome dolorido.

—Yo no me quejo de mis rodillas.

—Un día no vamos a poder cargarla más.

Le ponemos en la mano la cuchara con mango de madera. Todo bien. Antes de traerle la comida le hacemos un show de gracias y de payasadas. Cierra los ojos con fuerza brutal. Aprieta los labios y frunce toda la cara y tensa los brazos. Y tensa las piernas, los pies, tensa todo el cuerpo. Y se sacude y se sacude, como una tabla de trampolín.

Aunque es quizá la convulsión número quinientos en su vida, la sufrimos en nuestra propia carne como si fuera la primera vez.

Dejamos que se recupere allí, en su silla. Qué más podemos hacer, sino mirarla. Qué más podemos hacer, sino fruncir nuestras frentes, como de costumbre.

Cuidadosamente la acostamos en el sofá. Nosotros, agotados, nos tendemos en la alfombra.

Ha pasado quizás una hora y media, y nos despiertan unos alaridos. Sentada en el sofá, con la cuchara vacía aún bien agarrada en la mano, da gritos de desesperación mirando hacia la mesa. Hacia su comida. Inmediatamente la subimos de vuelta a la silla y ponemos el tazón en la bandeja. Consigue meter en la boca, temblando y todo, varias cucharadas de su cena ―fría, obviamente―, y nosotros por poco no saltamos y bailamos.

Le ponemos el video de los Teletubbies. Sacamos del refrigerador la torta que preparamos anoche, cubierta con glaseado blanco. Junto a su nombre —escrito en glaseado rojo— se me ocurre colocar la cuchara de plata con asa roja.

Una por una prendemos las treinta y dos velitas rojas. Le cantamos el happy birthday y le ponemos un pedazo de pastel en la bandeja. Se lo queda mirando en silencio. Y después apunta, decididamente, al lugar vacío de la pared: la foto ahora está en la mesa. Se la mostramos de nuevo. Toma la foto y, con una delicadeza extraña, acaricia la cara sonreída de mi madre. Y la acaricia y la acaricia hasta que notamos, boquiabiertos, que tiene los ojos humedecidos.

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Diego Luzuriaga (Loja, Ecuador, 1955) se formó como compositor en Quito, París y Nueva York. En 1993 ganó la beca Guggenheim de Nueva York, y, en 2006, el Premio Eugenio Espejo de Ecuador. Además de haber escrito música de cámara y sinfónica, cantatas, la ópera Manuela y Bolívar,un sinnúmero de canciones (todo con textos del compositor), también ha publicado poesía: Sobre la felicidad (El Club de la Pelea, Quito, 2017), ¡Viva el delirio del poeta! (Ediciones de la Línea Imaginaria, Quito, 2022), y ficción: Cuentos de un músico retirado (Cactus Pink, Quito, 2018).

 Para mayor referencia visitar su sitio web.

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Ilustración: Clare Doherty. Técnica: lápiz y acuarela.

La tecnología al servicio del escritor

Por Rubén Martínez *

Hoy en día, algunas herramientas tecnológicas —como la inteligencia artificial— han sido injustamente satanizadas. Sin embargo, si echamos un vistazo a la historia de la humanidad, notaremos que siempre hemos buscado formas de simplificar nuestras tareas cotidianas. Y para lograrlo, recurrimos a objetos, sistemas y métodos que, en conjunto, conforman eso que llamamos tecnología.

Comento lo anterior porque recientemente comencé el proceso creativo de un cuento titulado “El que viene”. La recomendación del corrector de estilo fue dividir la labor en dos etapas: la primera consistía en aplicar un método llamado Tetracolori, creado por Marcelo di Marco, que implica resaltar en el escrito los verbos, sustantivos, adjetivos y otras categorías gramaticales con diferentes colores. En la segunda etapa se debía revisar el texto con base en el análisis arrojado por el Tetracolori, para sustituir, eliminar o transformar palabras que se repiten con frecuencia, y así mejorar la redacción.

En cuanto me encomendaron esa tarea, lo primero que pensé fue: ¿no habrá alguna aplicación que haga ese trabajo titánico por mí? Subrayar manualmente con distintos colores me tomaría mucho tiempo. Entonces me puse a buscar, y di con una herramienta llamada Voyant Tools.

Esta aplicación permite analizar textos de forma cuantitativa, lo que resulta de gran utilidad para identificar repeticiones, muletillas o temas poco desarrollados. Así, el escritor puede detectar áreas de oportunidad para enriquecer el vocabulario o equilibrar los temas tratados. Algunas de sus principales funciones son:

  • Permite subir el texto en diversos formatos: Word, PDF, HTML o simplemente copiando y pegando para que la herramienta lo analice.
  • Ya con el documento en la plataforma, en un apartado llamado Cirrus —parte superior derecha de la interfaz—, se genera una nube de palabras en la que los términos más usados se muestran en mayor tamaño. Al hacer clic sobre alguno< de ellos, se despliega una red de conexiones con otras palabras asociadas. Otro de los elementos de Cirrus es una lista, en orden jerárquico, que te permite ver las palabras y cuantas veces se repiten dentro del texto. 
  • Ofrece un resumen estadístico: número total de palabras, cuántas son únicas, cuántas se repiten y un indicador de densidad léxica (relación entre vocabulario único y total). Cuanto mayor sea ese índice, más variado es el léxico del texto.
  • Otro dato que incluye Voyant Tools es el índice de legibilidad (basado en la escala de Flesch), que estima la facilidad de lectura del texto. Mientras más cercano a 100, más fácil de leer resulta.

Todo esto está disponible en la herramienta. Sin embargo —y aunque no lo crean, aquí vienen los “peros”—, al momento de probarla me encontré con dos limitaciones. La primera: no se podía descargar el análisis realizado. La segunda: aunque el diagnóstico cuantitativo es útil, no me resolvía el problema original de resaltar palabras por categoría gramatical.

Triste, pero no vencido, seguí buscando. Tras una profunda zambullida digital, descubrí que Microsoft Word Online, en su versión de Microsoft 365, cuenta con una función llamada Lector Inmersivo, también disponible en Outlook, OneNote, Teams y Forms. La que yo utilicé fue OneNote. Si te interesa, puedes crear una cuenta gratuita desde este link.

Esta herramienta fue diseñada para mejorar la lectura y la escritura, y entre sus funciones destacan:

  • Lectura en voz alta: reproduce el texto y resalta las palabras mientras se leen.
  • Opciones de texto: permite modificar tamaño de fuente, espaciado, colores y fondo, para facilitar la lectura.
  • Traducción: traduce el texto completo o palabras individuales a más de cien idiomas.
  • Diccionario visual: muestra imágenes asociadas a las palabras, ideal para estudiantes o personas que aprenden un idioma.

Pero fue al encontrar la función llamada “Elementos de la oración”, en opciones de “Gramática” cuando sentí una auténtica calma. Con solo seleccionar una categoría (verbos, sustantivos, adjetivos, adverbios), el Lector Inmersivo resaltaba automáticamente las palabras correspondientes en colores. Por si fuera poco, la función permite agregar una pequeña indicación para que quien lee sepa a que hace referencia cada palabra resaltada, por ejemplo: al verbo le incluye un supraíndice con la letra “v”. Aquí les dejo una imagen:

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La única desventaja del Lector Inmersivo —compartida con Voyant Tools— es que aún no permite descargar el archivo con las marcas aplicadas. Sin embargo, no dudo que, en un futuro, esta función no solo estará disponible para descarga, sino que también podrá utilizarse desde la versión de escritorio. A pesar de las limitantes, estoy satisfecho: gracias a esta herramienta, la segunda etapa de mi trabajo será mucho más ágil. La tecnología ha hecho por mí una tarea que me habría tomado bastante tiempo.

Quiero cerrar este texto con una aclaración: las herramientas tecnológicas no sustituyen el talento ni la sensibilidad humana. Son solo instrumentos que pueden facilitar nuestro trabajo. Sé bien que podría recurrir a una IA para corregir por completo el cuento “El que viene”, pero siento que eso le arrebataría parte de su esencia, de su alma.

No critico a quienes usan la tecnología —de hecho, yo mismo lo hago—, simplemente pertenezco a una generación que aún prefiere el sabor del pan artesanal, elaborado con manos humanas, antes que uno producido por un sistema totalmente automatizado.

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*  Rubén Martínez nació en México en 1974. Cursó estudios en Economía en la Universidad Autónoma Metropolitana – Unidad Azcapotzalco(UAM-A) y un posgrado en Educación. Actualmente imparte clases en el nivel licenciatura y posgrado.

Es aficionado a la escritura, y ha desarrollado artículos académicos, contenido para pódcast, así como una columna de opinión en el periódico Síntesis. Pero, durante la pandemia, por exceso de tiempo libre, retomó la escritura de un hecho que vivió de cerca —la experiencia de una niña de seis años, que tuvo contacto con un ente que aquejaba su existencia—, de lo cual surgió la publicación independiente del libro Amanecer (2021).

Alentado por lo anterior, decidió escribir cuentos; entre ellos “El intruso”, que resultó premiado con una mención honorífica, y fue publicado en una antología por editorial Ariadna. Desde ese momento decidió prepararse en diversos cursos y talleres, y llegó de esta manera al Taller de Corte y Corrección, donde su primer cuento trabajado fue “Ojos tristes”.

Maupassant, una vida

por Octavio Hernández *

Sí, por escribir magníficos cuentos, por la influencia posterior a innumerables escritores —Tolstoi, Quiroga, D’Annunzio, Chéjov, Lovecraft—; pero, ay, escribo esta pequeña biografía sobre todo porque Maupassant aseguró —sí, lo aseguró— que su propio doble, en una noche ominosa, se le apareció y le fue dictando, sin dudas en un tono conminatorio, un cuento. Y que después aquel fantasma, aquel doble suyo, lo iba acechando cada vez más hasta el grado de enloquecerlo —Maupassant escribió en una carta demencial: «Ese fantasma era yo mismo… Ha venido a mi lado… No me ha dicho nada… Simplemente se ha encogido de hombros con desprecio… Me detesta» (1).

Fue en 1850, en el castillo de Miromesnil, Francia, cuando nació Guy de Maupassant. Pero los Maupassant no se establecieron en el castillo: no les pertenecía. Por otro lado, a pesar de que después nació Hervé, el hermano menor de Guy, la familia no tardó en romperse. Laure, la madre, no aguantó más las constantes infidelidades de Gustave de Maupassant, y los dos resolvieron separarse en buenos términos. De esta manera, ella, con los dos hijos, se alejaron de Gustave, y residieron en la localidad marítima de Étretat, en una casona de paredes de ladrillo y de vasto jardín. Ahí Guy recibió educación de la madre —la cual le incentivaba a escribir y le prodigaba lecturas, más que nada de Shakespeare— y también de un abad, que le enseñó latín. Sin embargo, a las restricciones de una vida dedicada al estudio, él prefería la aventura: navegar junto a pescadores, escalar acantilados de caliza, vagabundear por sembrados, cazar. De aquellos quehaceres, y gracias a compartir con pescadores y con campesinos, le quedaron infinitas anécdotas, que, ya en la adultez, le servirían de inspiración.

Toda esta errancia duró hasta los trece años, cuando la madre decidió que ya basta, no, su hijo no podía seguir malgastándose en aquellas holgazanerías, ella debía mandarlo a un lugar más adecuado, para que no se convirtiera en un disoluto como el padre. Resolvió, pues, enviarlo al seminario de Yvetot. Pero Guy no se podía acostumbrar a la disciplina que demandaba la vocación sacerdotal. En múltiples oportunidades intentó escaparse, sin conseguirlo. Buscó refugio en la literatura: agotó, con versos que protestaban contra su encierro y contra las costumbres de la iglesia, varios cuadernos. Felizmente para él, descubrieron sus poemas. Lo expulsaron.

Al año siguiente, la madre lo internó otra vez, aunque ahora en un liceo de Ruán. En esta época, Maupassant se acercó más a la literatura gracias a la guía de Louis de Bouilhet y de Gustave Flaubert. Pero, antes de contar su relación con estos escritores, se me recomienda —se me obliga, mejor dicho— a hacer un pequeño paréntesis. La madre de Guy, Laure, había sido muy cercana a su hermano, Alfred Le Poitevin. Alfred era un aspirante a poeta que cosechó dos grandes amistades en su infancia: Gustave Flaubert y Louis Bouilhet. Alfred murió joven, a los treinta y un años. Por la memoria de su amigo, Louis Bouilhet apadrinó en la escritura de poesía al pequeño sobrino de Alfred, Guy de Maupassant. (Maupassant ahora rememora: Bouilhet, a quien conocí primeramente de una manera un poco íntima, cerca de dos años antes de conquistar la amistad de Flaubert, a fuerza de repetirme que cien versos bastan para la reputación de un artista, me hizo comprender que el trabajo continuo y el conocimiento profundo del oficio pueden un día de lucidez provocar esta aparición de la obra corta, única y tan perfecta como somos capaces de crearla) (2). Cuando Bouilhet murió, Flaubert tomó la batuta de enseñarle el oficio de la literatura.

Después de terminar el bachillerato, ya licenciado de artes, Maupassant se fue a estudiar Derecho en París. Pero, al cumplir él los veinte años, estalló la guerra franco-prusiana. Con la alegría de interrumpir esos desagradables estudios, se alistó. De aquellas experiencias bélicas, se sirvió luego para escribir varios cuentos: «Bola de sebo» (1880), «Mademoiselle Fifí» (1882), «Dos amigos» (1883).

Al término de la guerra, en el año 1871, decidió definitivamente dejar los campos boscosos; dejar los acantilados bajo los cuales el mar se estrellaba; dejar de contemplar las gaviotas, que, como meteoritos, acribillaban las olas del Atlántico; dejar el aire puro de Normandía, para residir en París. Aquel hombrón de frente cuadrada, de complexión recia, de bigote abundante, de voz de campesino, aquel ser de espíritu hecho para la libertad de la caza y de la navegación, primero se consiguió un trabajo administrativo en el Ministerio de la Marina y después uno en el Ministerio de Instrucción Pública. Los detestaba: lo acusaron de vago, de que no servía, ¡de que redactaba mal!

A pesar de aquel trabajo de oficinista, Maupassant no desatendió el gusto por el ejercicio y el vigor físico: es conocido, por ejemplo, que disfrutaba sobremanera de navegar en el río Sena. También disfrutaba de otras banalidades: de la escritura de versos y obras dramáticas, de la comida, de las mujeres, sobre todo de las mujeres. De vez en cuando lo frecuentaba el viejo Flaubert, quien le desaconsejaba tantas veleidades, jovencito; en interés a la literatura, ¡modérate! ¡Ten cuidado! Un hombre que se erige como artista no tiene derecho a vivir como los demás (3).

Y después, en 1878, le recriminó también: «Usted se queja de que las mujeres son monótonas. El remedio es sencillo: no servirse de ellas. ¡Escúcheme, jovencito! Es necesario trabajar más. Sospecho que es usted demasiado perezoso. ¡Demasiadas putas, demasiado remar, demasiado ejercicio violento! Usted ha nacido para componer versos, ¡hágalos! Todo lo demás en usted es cosa vana» (4).

Pero Maupassant en 1877 enfermó de sífilis. Escribió en una carta «Aleluya, tengo la sífilis; por consiguiente, no tengo miedo a contraerla» (5). ¿Y cómo no contraerla? Maupassant se enorgullecía de sus dotes de donjuán, incluso se ufanaba —¿pero es necesario hablar de esto?, ¿sí?—, se ufanaba, decíamos, de intimar hasta seis veces en menos de una hora con distintas prostitutas, y se calcula que frecuentó cientos de mujeres. (Creo, jeune homme, que cerca de trois cents femmes, trescientas) (6).

En fin, sea como fuere, y lo más importante de todo, es que en ese período que va desde 1873 hasta 1880, bajo la tutela de Flaubert, Maupassant aprendió el arte literario, escribiendo ejercicios poéticos y narrativos, algunas obras de teatro y algunos pocos cuentos —entre los cuales se encuentran «La mano disecada» (1875) y «Sobre el agua» (1876)—. En La vie et l’œuvre de Guy de Maupassant (1906) de Édouard Maynial, se explica que Maupassant escribía con calma, y cuando sus amigos lo apresuraban mucho, él solía replicar:

—No hay prisa; estoy aprendiendo mi oficio.

Aunque él deseaba escapar de su trabajo administrativo y vivir de la literatura, aquello recién fue posible en 1880. En ese año, imprimió su primer libro de poemas, Des Vers. Pero realmente consiguió notoriedad con la publicación de «Bola de sebo», un cuento ambientado en la guerra franco-prusiana, que le valió la admiración de Zola, de Flaubert, y el contrato de un diario. Al cabo de meses, Maupassant consiguió recolectar ocho cuentos en un volumen, que publicó bajo el nombre de La Maison Teillier (1881). Es a partir de entonces cuando empezó el período más fértil de Maupassant: en menos de diez años, escribió cerca de trescientos cuentos y seis novelas, sin contar con los libros de viajes y las notas en periódicos. Escribió sin parar, con una disposición febril, azuzado tanto por su pasión a narrar como por la avidez de dinero. Amontonó millones de francos, los cuales dispensó en viajes, en construirse una casa de reposo en Étretat, en un globo aerostático, en un yate.

Pero bajo el éxito y la vida desenfrenada, se agazapaba el mal de la sífilis: ya desde 1880, Maupassant se quejaba con Flaubert de problemas oculares y de caída del pelo. A esto se suma que el estrés por escribir, los devaneos sexuales, el consumo de drogas —hachís, cocaína, opio, éter—, poco a poco lo iban agotando mentalmente.

Y fue que, en el transcurso de la década, su personalidad cambia: se recluye, y en la presencia de amistades se muestra nervioso, psicótico. En tanto, él se sabe perseguido por un mal irremediable, y, queriendo sanarse, asiste a médicos, lee libros de medicina, consume a montones remedios variopintos. Pero nada, no funciona ningún remedio, y ya para 1889 el mal se aguza, no puede dormir, las noches se dilatan, interminables, mientras las migrañas le atenazan la cabeza. Poco a poco la memoria le va fallando, hasta llegar a un punto en que no puede escribir: las palabras, mierda, se le olvidan. Y, pronto, en su propia habitación, una noche, se ve a sí mismo, ve a su doble, que le dicta un cuento, sin dudas, ominoso. ¡Qué horror! Algún incrédulo pensará que la locura sifilítica lo hacía alucinar, pero ¿acaso no se puede concebir que, de verdad, un doble le dictara, que un doble surgido del infierno lo volviera loco? ¿Por qué nos parece imposible que una presencia —¡un demonio!— con la misma figura de Maupassant se le hubiera aparecido a él? Maupassant dejó, como un último canto de cisne, su gran cuento «¿Quién sabe?» (1890). Esto mismo les pregunto yo: ¿quién sabe?

En 1893, a los cuarenta y un años, y tras dos infructuosos intentos de suicidio, Maupassant murió, internado en el sanatorio del Dr. Blanche.

—Entré en la vida literaria comme un météore —dice Maupassant—, la dejé como un rayo (7).

***

En aquella oscuridad en la que sólo se oye la lluvia azotándose contra la ventana de la habitación, al terminar de escribir la biografía, Octavio Hernández se echa atrás en el asiento:

—Listo.

El hombre sentado a su derecha se inclina y, achinando los ojos oscuros, acerca la cara a la pantalla del notebook. A medida que va leyendo, el hombre murmura el texto en un tosco español. Cuando acaba de leer todo, se acaricia el espeso bigote. Después, asintiendo con su enorme cabeza normanda, dice en una voz ronca de campesino:

Ma biographie est terminée.

Y desaparece.

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Referencias bibliográficas

  1. Armiño, M. (2015). Prólogo. Guy de Maupassant. En Cuentos completos de terror, locura y muerte (pp. 11-26). Valdemar.
  2. Maupassant, G. (1888). La novela. En Obras completas de Guy de Maupassant, tomo I (pp. 65-73). Aguilar.
  3. Flaubert, G. (1876). A Guy de Maupassant. Gustave Flaubert. https://flaubert.univ-rouen.fr/correspondance/correspondance/25-juillet-1876-de-gustave-flaubert-%C3%A0-guy-de-maupassant  
  4. Flaubert, G. (1942). Cartas a Maupassant. Traducción: José Manuel Ramos González.
  5. Maynial, É. (1906). La vie et l’oeuvre de Guy de Maupassant. Société du mercure de France.
  6. Douchin, J. L. (1986). La vie érotique de Guy de Maupassant. Traducción: José Manuel Ramos González.
  7.  Guy de Maupassant. (s.f). En Wikipedia. Recuperado el 19 de abril del 2025 de https://fr.wikipedia.org/wiki/Guy_de_Maupassant#Gicquel1993

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* Octavio Hernández nació en Antofagasta (Chile) allá en los inicios del siglo, un día del 2001. Si bien desde niño le gustó crear historias —sobre todo fantaseaba con inventar sus propios cómics—, la literatura fue un descubrimiento más bien tardío. Lector de Maupassant, de King, de Borges, de Cortázar, se le ocurrió estudiar en el 2020 Cine y Televisión —imprevista carrera que sólo le ha dejado sinsabores—. Pero no se olvidó de la literatura: en ese mismo año, 2020, decidió ingresar al Taller de Corte y Corrección, lo cual le significó avanzar a grandes pasos en los laberínticos senderos de la escritura. De este modo, a troche y moche, ha dado en crear unos cuantos cuentos, que espera algún día publicar. En Fin ha aparecido un cuento suyo, titulado «Pecho de acero».

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Imágenes:

Fantasmas en la nieve

por Javier Rodríguez *





La gran literatura te modifica, te transforma el alma. Y no sólo la literatura, sino también la pintura y la música y la ópera. En el cuento “Los muertos”, James Joyce (1882-1941) nos muestra todo eso y más.

Ahora, esta noche, que estoy mirando hacia fuera cómo se derrama la lluvia contra la ventana de mi cuarto, pienso en ese cuento que integra Dublineses.

No cae nieve acá, pero sí relámpagos que iluminan la oscuridad más pura de mi habitación: los truenos y las ráfagas de viento vibran en armonía con el relato. Como latidos.

Una armonía de latidos, sí. Eso es lo que sentí al releer esta mañana soleada de otoño “Los muertos”, escrito en 1907 por un James Joyce joven y genial, y publicado en 1914.

No sé muy bien qué me llevó esta mañana a sacar de la biblioteca mi ejemplar de Dublineses y a guardarlo en la mochila. Quería —necesitaba— tenerlo conmigo en el trabajo.

A eso de las dos de la tarde, cuando el sol pegaba en la vidriera y contrastaba con el paisaje de lo que Joyce me iba mostrando, no pude seguir con la relectura: sabía que poco a poco las páginas me temblarían como la última vez. Deseaba leer atentamente, incluso oír la tranquila y furiosa voz de Joyce; percibir los contrastes y otros recursos para hacernos vivir la narración bien desde adentro. Porque ahí empieza esta obra magistral de Joyce, con una certera pincelada de lo que ocurre en aquella velada de Navidad en Dublín: el antagonismo oculto de dos almas que se reconciliarán con una muerte.

O con una vida.

¿Cómo habrá creado semejante relato clásico este escritor irlandés que estaba destinado a revolucionar la novelística universal con su Ulises? ¿Por qué es tan perfecta la estructura de “Los muertos”, la justa medida de hechos que conducen a lograr tal sensación? No es casual que la cena ocurra en Navidad. Joyce urde un clima de fiesta, de valses y de cantos. Incluso el protagonista repasa solapadamente el discurso con el que disertará en la cena. “Uno siente que está escuchando la música atormentada por el pensamiento”.Estas líneas acompañan al argumento de la obra.

Nada es casual. Tampoco cuando observa el cuadro de Romeo y Julieta. Nos va colmando de significado.

Y también discuten de ópera, de tenores y de música. Nos siembra la mente, nos prepara para una revelación.

Pienso que en las páginas previas al inminente final, Joyce supo dar risa y luz y alegría y movimiento a sus personajes, para después contrastar con las últimas páginas, que son sombrías y calmas y de suma retrospección para sus dos protagonistas: Gabriel y su esposa Gretta.

Después de la cena y del baile y del canto de la tía Kate, ya se retiraban algunos invitados. Gabriel ve a alguien en el primer rellano de la escalera. Una sombra quieta, en la oscuridad. Es su esposa. ¿Qué estará haciendo ahí?

Joyce escribe: “Estaba apoyada en la baranda, prestándole atención a algo. Alguien cantaba”.

Un piano. El canto de un hombre.

¿Quién es ese hombre?

Gabriel se pregunta qué estaría esperando su esposa en la penumbra de la escalera, escuchando una música lejana. Como un símbolo.

“Si fuera pintor, la pintaría en esa actitud. Su sombrero azul caído exhibiendo el bronce de su pelo contra la oscuridad y los oscuros retazos de su pollera exhibirían las partes más claras. Si fuera pintor, llamaría “Música distante” a ese cuadro.”

Y después más trazos y más trazos para seguir contrastando con las páginas anteriores, en las que las risas y los brindis y la soltura de movimientos con las interminables voces hacen que las últimas páginas se las perciba lentas y acompasadas con el clima de afuera. Esa contraposición, esa discordancia con lo de afuera y adentro la sufrirá Gabriel. Y, al final, con una epifanía.

Después de los adioses, el matrimonio va a pasar la noche en un hotel. “Si fuera por ella, caminaría por la nieve.

Pasaría la noche con ella, y a solas.

La débil luz de la lámpara callejera entraba por un tramo de la ventana hasta la puerta.”

Ahí Joyce nos cuenta que Gabriel miró hacia la calle para tratar de calmar sus sentimientos.

¿Qué le ocurriría a su esposa? Estaba ida, enigmática. Y eso lo atraía más.

Incluso también él se sentía diferente. Hechizado. Pero no sabe muy bien por qué. ¿Por la hermosura de su esposa? ¿Lo brillante de sus ojos? No, había en ella una tranquila desesperación. Una antigua tristeza.

El lector quiere averiguarlo. El lector empatiza con él: ve todo con sus ojos, siente cada interrogante como si fuera Gabriel mismo. Joyce nos mete bien adentro del cuento con palabras y más palabras que caen en sensaciones.

Como la nieve.

Nos hace temblar, y no sólo de frío.

Sí, a esta altura de la narración nuestra alma se mete en la de Gabriel. Nos vamos convirtiendo en Gabriel.

Ella está mirando por la ventana. Y él le pregunta:

“—¿En qué estás pensando, querida mía?”.

No responde. Gabriel vuelve a preguntar.

Ella no lo oye. Está sumergida en otra época. Oyendo otras voces. Él la ve incluso más joven. Como una muchacha desprotegida. Y más hermosa que nunca.

“—Oh, estoy pensando en aquella canción, La muchacha de Aughrim.”

¿Por qué la haría llorar aquella canción?

Por un muerto. Por un muerto que tiene más vida que él mismo.

Ella le cuenta el secreto de su pasado. Gabriel piensa: “Mejor pasar rápido a otro mundo, con la gloria plena de una pasión.”

Gretta se queda dormida, entre lágrimas. Y tal vez soñando con imágenes de aquella lluvia fría de su secreto.

Pero ahora no llueve: “Es la peor nevada de hace treinta años. En los diarios dicen que nieva así en toda Irlanda”.

El ritmo de la narración es cada vez más sombrío, más lento, en relación con lo que viven y sienten y recuerdan Gabriel y Gretta.

El secreto que le ha revelado su esposahace que la noche se pueble de fantasmas en la nieve.

Pienso que en ese instante es cuando el protagonista se redime: se vuelve contemplativo, su alma ya no es la de antes. Es transformado. Es Navidad.

Y Gabriel también llora, solo.

Y vuelve a mirar por la ventana.

Y las lágrimas se le hacen más gruesas. Se da cuenta de la miseria de su propia vida. Su tenue vida. Ha sido derrotado por un muerto. “Seguramente en sus pensamientos, ella me compara con él.”

Madrugada.

La nieve no para de caer. Tampoco sus lágrimas. Quizá contempla por la ventana con la sensibilidad de su esposa. Con los ojos y el alma de su esposa.

Ella sigue durmiendo.

Intenta descubrir aquello que alguna vez la ha conmovido.

“Contempla entredormido los copos, plateados y oscuros cayendo oblicuamente contra la luz de la lámpara.”

Su alma está en paz como si se hubiese confesado. Ya no será el mismo de antes, ya no será un muerto.

Pienso que yo tampoco.

Ha dejado de llover. Es de madrugada. Sí, ya no seré el mismo de antes después de “Los muertos”, de Joyce. Yo también he sido transformado.













* Javier Rodríguez (Merlo, Buenos Aires, 1975) publicó el libro de poemas La rosa líquida (Huesos de Jibia, 2011). En la soledad de un cajón guarda una novela, una antología de cuentos y tres libros de poesía. Todos inéditos.

Se formó en el taller de Marcelo di Marco.

Las imágenes pertenecen a la película Los muertos (The dead), de John Huston (Irlanda, Reino Unido, 1987).

Rebaño

por Gabriela Di Giácomo *

 

 

Es de madrugada, y yo no puedo dormirme. Y encima ayer pronosticaron que está por bajar el Zonda, ventarrón maldito: siento resecos los huesos, y la garganta como raspada por papel de lija.

Pero hay algo que me preocupa mucho más. En salto de cama me deslizo hacia el comedor, y en medio de la penumbra descorro apenas la cortina de la ventana que da al frente. Agazapada detrás del sofá, compruebo que la vecina nueva está barriendo la vereda. ¿Barrer a tan altas horas, cuando todos los vecinos ya nos hemos encerrado bajo dos vueltas de llave, y además con el viento que está por venirse? Como fuese, ella barre la vereda a tan altas horas, siempre. Que yo sepa, barre todos los días. Todas las noches, por decirlo mejor. Y desde que llegó.

Mientras ―cómo evitarlo― yo la espío.

Se calza hasta las cejas un gorro de lana, y lleva un pulóver que le pasa de los muslos. Tampoco la he visto jamás sin los guantes de goma. Y tampoco la he visto de día.

Y ahora ella se detiene, da media vuelta y clava la vista en la ventana por donde la estoy vigilando. Dios bendito… ¿Me habrá descubierto?

Bajo la cabeza y resbalo por la cuerina del sofá, como un reloj de Dalí, hasta desparramarme en el parqué. ¿Tendrá la barrendera el poder de ver a través de las cortinas? Igual yo me alejo reptando, y así llego indemne a la soledad de mi dormitorio.

Sin sacarme el deshabillé me zambullo en la cama y me oculto bajo la sábana. Hago inspiraciones profundas, como me enseñó la terapista, pero mi corazón no entiende de razones, y las pulsaciones siguen a mil. Saberla ahí afuera, olfateando mi presencia, me saca de quicio.

No hay caso, ni con un lorazepam puedo dormirme. Y no puedo dormirme por culpa de ella, con esa actitud que me dispara mil preguntas. ¿Por qué cada anochecer sale a barrer la vereda? Las veredas, debo aclarar, porque su escoba de bruja recorre la cuadra de punta a punta. ¿Y por qué barre entonces lo que no le corresponde, y sin pedir nada a cambio? Verla aparecer y desaparecer entre las sombras me da escalofríos. Levanta hasta la última hoja de morera, y escarba con un palo la mugre que se mete entre las baldosas. Y lo hace como si en eso le fuera la vida. Encima es otoño. Las hojas caen, ella las barre. Las hojas caen, ella las barre. Las hojas caen, ella las barre. ¿De qué madera estará hecha para sobrellevar una tarea tan ingrata? Ingrata y tan poco productiva, si vamos al caso: cada una de nosotras barre la vereda y el cordón; pero en una hora razonable, Dios mío, en una hora decente.

Y a todos nos perturba su costumbre, no soy la única. Yo me burlo de ella. A sus espaldas, claro está. Mis vecinos también la critican a sus espaldas:

—¡Es un mamarracho!

―Están robando mucho, y a esta inconsciente parece no importarle.

―Un día la van a robar a ella.

―O van a violarla.

―¿A violarla, a semejante bagayo?

―A ver si un día aparece con un tiro en la cabeza y todo.

—¿Por qué se mete con mi vereda?

―Que se busque una vida.

―Que se compre un perro.

El caso es que nadie se atreve a decirle nada.

¿Quién sos? ¿Estás purgando una pena, o simplemente sos la loca que nos tocó en suerte?

 

Las cuatro y cuarto de la mañana, y yo sigo en medio de mi insomnio y con los ojos clavados en las manchas de humedad del techo, sin dejar de pensar en ella. Y encima esta sequedad del ánimo me anuncia que está por bajar el Zonda. Se siente en el aire. Me pregunto cómo esta tipa puede ser tan irresponsable como para salir a barrer con este pronóstico.

No me aguanto en la cama ni un minuto más. Me levanto, enfilo otra vez para mi observatorio del comedor.

Pero… ¿qué está pasando afuera?

Desde el sofá veo que la loca no está sola.

Ahora son dos las sombras que, escoba en mano, barren al mismo tiempo y con idénticos movimientos. Volando de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, el vaivén de las escobas es una danza impecable.

¿Y quién será la que está tan loca como la loca de enfrente? Afino la mirada, y descubro de quién se trata: ¡mi vecina, mi vecina de al lado! Mi vecina, sí. Mi vecina afuera, en piyama y con un chal que le cubre apenas los hombros. ¿Será consciente de lo que está haciendo, y sobre todo a la hora en que lo hace y con quién lo hace?

Lo dudo. Sus movimientos parecen más los de una máquina que los de una persona. ¿Para quién están actuando? ¿Para mí? ¿Sabrán que yo las estoy espiando desde mi escondite?

Lo que son las cosas. Si hay alguien que criticó a la barrendera, hasta con saña, fue ella: mi “respetable” vecina. Incluso llegó a decir que iba a denunciarla, que algo iba a encontrar para poder denunciarla. Y ahora barre a su lado como si tal cosa. Mis pupilas, aunque nubladas de cansancio, no se apartan de esos movimientos controlados y precisos. Incluso no le faltan los guantes de goma, que ahora se ajusta con un chasquido que, más que oírlo, lo adivino. Hasta en eso se le parece a la loca de enfrente.

Las primeras ráfagas sacuden las ramas de la morera y me rescatan del estado de trance. Envueltas en remolinos de tierra y hojas secas, ellas dos no se inmutan.

Me descubro con la respiración alterada, y la frente cargada de sudor. La furia del viento me atemoriza, pero mucho más me atemoriza pensar hasta qué punto ha trepado mi angustia. Trato de convencerme de que estoy ante un hecho normal. De que, literalmente, hay gente para todo. Pero no le encuentro lógica a lo que estoy espiando, por más inofensiva que resulte la imagen de dos vecinas barriendo. ¿Inofensiva imagen? Si fuera tan inofensiva, ¿por qué tengo miedo? Y falta mucho para que amanezca, para que el barrio entre en movimiento y lo cotidiano me dé alguna sensación de seguridad.

Necesito serenarme. Intento respirar con calma, volver al dormitorio. Pero no hay caso. No puedo despegarme de la cortina.

Me muerdo los labios: ahora en la vereda hay tres figuras.

Cuatro. Van de izquierda a derecha, y de derecha a izquierda.

Cinco, siete.

Diez. Vecinas, y también vecinos. Una muchedumbre envuelta por el Zonda. Y todos barriendo.

Casi sin que de mí dependa, mis dedos tamborilean en el apoyabrazos, siguen el ritmo de ese vaivén. Y al bajar la vista advierto que tengo las manos cubiertas por guantes de goma. Y de reojo veo una escoba contra la puerta, esperándome.

 

 

* Gabriela Di Giácomo nace en la ciudad de Mendoza en 1960, y completa sus estudios elementales y secundarios en el Colegio Nuestra Señora de la Misericordia. Posteriormente se gradúa de fonoaudióloga, y se especializa en la rehabilitación del lenguaje de personas con parálisis cerebral. Luego, obtiene su grado de Licenciada en Creatividad Educativa por la Universidad Nacional de Cuyo. Comienza a escribir en las Aulas del Tiempo Libre de esa misma universidad en 2018, y desde 2021 continúa su formación en el Taller de Corte y Corrección, bajo la coordinación de Marcelo di Marco.

Tres tipos de personas frente a la lengua

Por Manuel Ayes Callejas *

 

Todos experimentamos la lengua de manera diferente, aunque nos servimos de las mismas palabras y la misma gramática. Algunos la usan sin pensar. Otros la patrullan con rigor normativo, siempre listos para señalar errores. Y unos pocos comprenden que no es un código riguroso, sino un entramado en movimiento, moldeado por quienes la hablan y la configuran.

A partir de estas distinciones, a mi juicio existen tres categorías que resumen la relación de las personas con la lengua, para las cuales propongo los siguientes neologismos:

 

  1. Lingüilegos: no saben ni les importa

Para estas personas, la lengua es solo un medio: la usan con el único propósito de darse a entender. No distinguen entre una tilde y una respiración entrecortada, pero tampoco les inquieta. Hablarles de ortografía, sintaxis o semántica es perder el tiempo. Bostezan sin disimular, revisan sus uñas o se ensimisman en el teléfono. No porque estén ocupadas en una mejor actividad, sino porque simplemente no les importa.

No ven en la lengua un sistema que merezca ser analizado, sino un simple instrumento: mientras comunique, es suficiente. Si el otro entiende, ¿qué más da si se omiten letras, si se atropellan las reglas, si las palabras quedan inconclusas? Escriben como les salga, hablan como les salga, y no tienen intención de corregir. Creen que preocuparse por la lengua es una excentricidad, un pasatiempo de gente que no halla nada mejor que hacer.

Pero su despreocupación acarrea un precio. No cuestionan la lengua ni la exploran ni la aprovechan. Son como quien nunca ha sembrado nada, pero espera encontrar frutas en el camino. No es que no logren aprender, es que no les parece necesario.

Y, sin proponérselo, son también los que más influyen en la transformación de la lengua. Con sus negligencias, con sus deformaciones, con sus atajos, terminan moldeándola. Su descuido, irónicamente, es uno de los motores del cambio lingüístico.

 

  1. Lingüílatras: los que se interesan con espíritu reaccionario y casi policial

Estas personas no solo usan la lengua: la vigilan y la defienden con ahínco. Y eso es bueno, siempre que no se convierta en una cruzada. Viven convencidas de que el léxico es un castillo que hay que proteger del ataque de los ignorantes y las «aberraciones» del habla popular. Creen que la corrección es un deber sagrado y que cualquier error es una deshonra.

Para ellas, Real Academia Española no es solo un referente, es la última instancia. Si dicta que una palabra no existe, no existe. Si la acepta, es legítima. No entienden que la academia no inventa el léxico, sino que lo documenta cuando ya está instalado en el habla. Se aferran a reglas como si fueran leyes inmutables, sin preguntarse de dónde vienen ni por qué se alteran o anulan.

Corrigen con ímpetu, como quien disfruta de un deporte. No les importa si la idea es buena, si el texto es valioso o si el mensaje se comprende. Si hay un error, todo lo demás deja de importar. Su placer no está en el lenguaje, sino en corregir. Y sí, corregir es necesario, porque la ortografía y la gramática aportan claridad y evitan ambigüedades, pero no todo lo que condenan es una equivocación. Su hermetismo les impide distinguir entre un descuido real y una transformación natural. Ven en cada cambio una amenaza, cuando la lengua no se protege con rigidez, sino que se preserva con criterio. No necesita custodios, requiere observadores. Con humildad y estudio podrían entender que la lengua no es un museo, sino un río que fluye con su propia lógica.

 

  1. Acróglotas: los que comprenden su esencia

Estas personas saben que la lengua no es una lista de normas inmutables. Es un organismo vivo, un sistema en constante evolución, un reflejo de la historia y la sociedad. La estudian en dos dimensiones. Por un lado, la analizan en su estado actual, desentrañando sus estructuras y dinámicas internas. Por otro, la examinan a lo largo del tiempo. Y, a su vez, la entienden en su dimensión pragmática.

Saben que las palabras no tienen un significado invariable, porque cambian según la intención, el entorno y quienes las aplican. Que el lenguaje no se reduce a normas, ya que depende del uso, la transformación y la necesidad que surgen en el diario vivir. Que el sentido de una palabra no siempre está en el diccionario, sino en el diálogo cotidiano y en la forma en que los significados se intercambian con naturalidad.

No temen la aparición de neologismos léxicos o semánticos. No ven la evolución como un error ni como una amenaza, sino como lo que es: la naturaleza misma de la lengua. La respetan y la defienden más que todo de extranjerismos innecesarios e imposturas ideológicas inclusivas. Saben que el idioma no cambia por imposiciones artificiales ni presiones políticas que pretenden moldearlo a conveniencia. No confunden la adaptación natural con la adulteración artificial, ni aceptan que se fuerce la gramática para ajustarla a discursos ideológicos. Entienden que muchas palabras que hoy son «correctas» fueron errores en su momento. Que lo vulgar de ayer puede ser lo culto de mañana. Que la lengua no se anquilosa, porque está compuesta por hablantes y no por leyes inquebrantables.

Todos hemos estado más cerca de un grupo que de otro. Algunos pasan de la indiferencia a la rigidez y, con el tiempo, llegan a una comprensión más profunda. Otros nunca cruzan esa frontera.

Pero lo cierto es que la lengua no necesita ni ignorantes satisfechos ni policías. Necesita exploradores. Necesita gente que la mire con curiosidad y no con dogmas. Gente que la ame sin fanatismos, que la disfrute sin rigidez, que la viva con la certeza de que nunca se deja de aprender. Gente que la entienda como lo que realmente es: un organismo vivo, inmenso e inagotable.

 

 

 

Manuel Ayes Callejas (4 de agosto de 1990) es profesor de Letras, abogado y escritor hondureño nacido en San José, Costa Rica. En 2014 ganó el Concurso Literario Nacional “Lira de Oro” Olimpia Varela y Varela. En 2017 publicó Infortunios, su primer libro de cuentos, como ganador en la Primera Convocatoria para publicaciones del Sistema Editorial Universitario, de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. En ese mismo año participó en el Taller de Creación Literaria impartido por el premio Cervantes Sergio Ramírez en Masatepe, Nicaragua. En 2021 ganó el primer lugar en el concurso de los Juegos Florales de Santa Rosa de Copán. En 2023, la revista Casapaís, de Uruguay, publicó su cuento “Desconocida para todos” en el libro La vida oculta. Ha sido publicado en varias antologías y revistas a nivel nacional e internacional, y también obtuvo menciones honoríficas en concursos en España (por ejemplo, en el Concurso “Letras como Espadas”). Desde hace varios años, forma parte del Taller de Corte y Corrección del escritor argentino Marcelo di Marco.

 

Créditos de las imágenes:
  1. Man looking into another man’s head, de Alberto Ruggieri
  2. El vigilante, de Gálvez Blanco
  3. Libertad, de Faye Hall

Amoroso amasijo de letras

por Susana Luisa Anahí Vidal *

 

Calas

 

En la infancia

sentenciaron en mi memoria:

“las calas son flores de cementerio”.

 

En mí se amontonó la tristeza:

eran flores,

y no entendía esas palabras

(todas necias)

eran flores que emulaban el nácar lunar

con una espada de sol en el medio.

 

Te visitaba en el jardín y te susurraba:

“Yo te quiero, Cala, vos no sos flor de cementerio”.

 

Y me llevaba tu suavidad a la almohada

para que condujeras mis sueños

y la invitaras a ella

a que me amamantara en la fragilidad de tu tallo

y la pequeñez de mi cuerpo.

 

 

Pan

 

Mi mamá prepara bollitos que levarán

y crecerán como las flores.

Los cubrirá con un materno repasador

y esperará con la sonrisa del cielo,

ella esperará.

 

Mi mamá echa la leña

al horno hijo del barro,

se acerca luego

y entre sus brazos carga una fuente

con los milagros blanditos.

Los deja a merced del calor

hasta que se doran como aquellos granos

que se convirtieron en lo que soy hoy.

 

Mi mamá cosecha su pan, lo pone a enfriar

y su boca se colma de sabor: pan ensopado

en dulce mate cocido, rebanada con manteca fresca

y una lluvia de cristales de caña.

 

Mi mamá se sienta y descansa las piernas

y yo la pienso mientras escribo un poema largo,

para ella.

 

Me hubiera gustado probar ese pan con manteca

me hubiera gustado tanto

que mi mamá leyera ella misma

este amoroso amasijo de letras.

 

 

 

Lirios

 

Ahí están ellos,

los lirios

tan impunes

tan al borde de ser,

de ser la lozanía que cubre las noches

con la bruma fatal de su perfume.

 

Lo vasto de los labios

se pierde entre los pétalos maduros,

entre lo azulado del tallo,

y muerde la flor de esta letanía

que corrompe tanto con su belleza sin rival.

Tronco fino,

delineado de tardes que apagan la vergüenza

y encienden la carne de la memoria.

 

Ahí están,

celosos de nada

circundando cada letra que escribirá su nombre en latín,

mientras estos dedos de espinas

se niegan a romperse al nombrarlos,

y los ilustran con dibujos en el agua.

 

La tibieza de noviembre engorda sus hilos

y en cada piar de pájaros

vuelan esas alas violetas, azules, lilas,

y se quedan

pregonando la impunidad de las flores,

lo eterno y efímero del aroma,

y se quedan

convencidos de que son aquellos pájaros

que olvidaron el ritual del vuelo.

 

Pero no,

nos engañan los lirios

no olvidaron su pasado de navegantes entre cielos,

simulan ante nuestros ojos,

nos siguen mordiendo con su belleza

desde un jardín, desde un florero.

 

 

* Susana Luisa Anahí Vidal nació el 15 de julio de 1971 en La Plata, provincia de Buenos Aires (Argentina). Es bibliotecaria documentalista, bibliotecaria escolar y poeta. Prosecretaria de Acción Social de SiTBA (Sindicato de Trabajadores de Bibliotecas en Argentina). Desde 2016 en adelante participó en variadas antologías de poesía en el país y en España, en editoriales como Clara Beter y Ser Seres. Publicó los poemarios Auxilio, ¿por qué escribí? (Dunken, 2007); El vientre del poema (Tahiel, 2017); Metele bencina (Biblioteca Chinaski, 2018); el cuento infantil Palabras largas (Ser Seres, 2024) y el libro de cuentos de terror La calle estaba fatal (Andando Palabras, 2024). Ha sido premiada en concursos de poesía organizados por la Obra Social FATSA (Sanidad) en la ciudad de La Plata. Participa actualmente en el Taller de Poesía del TCyC, coordinado por Analía Pinto.

 

 

Imágenes: «Cala lilly», de Robert Mapplethorpe; las otras dos imágenes forman parte del dominio público.

El Pal’jondo

Por Franco Schiavoni *

 

1

 

De chico siempre me bañé bajo la ducha, jamás en bañadera: en casa, no daba la economía para tener una. Ahora, de grande, tampoco tengo. Sigo tan pobre como de pibe, y sigo viviendo en la misma casa. Cuidar a la abuela en situación terminal, hasta su muerte, me convirtió en su adjudicatario, en su propietario. Hablo de la vieja casona, por supuesto, no de mi pobre abuela desahuciada.

Hace unos otoños, después de un día de tedio absoluto, me dispuse a disfrutar una ducha caliente. Más que nada, lo que pensaba disfrutar era el rudimentario caloventor que había comprado horas atrás en una tienda del usado. En aquel otoño tan crudo, la exagerada proporción de la claraboya en el techo del baño permitía que entrara viento frío, por eso no me daban ganas de desnudarme ahí adentro. Prendí el caloventor, y enseguida me llegó a la carne el aire tibio. Giré la llave del agua de la ducha, sobre todo la del agua caliente: estiré la mano y fui probándola. La preparé para pelar pollo como decía mi abuela, me escaldaba el lomo. El cerrado vapor hizo que tanteara de memoria la jabonera.

Recuerdo que a la mitad del baño me entró champú en los ojos, un desastre.

Y después, así enceguecido, pasé para el otro lado. No quiero decir que, por algún extraño sonambulismo me encontré en el pasillo, del otro lado de la puerta. No. Quiero decir que no volví a abrir los ojos jamás ―no tanto “jamás”; por un tiempo, mejor dicho, y pronto echaré luz sobre este misterioso asunto.

Lo último que recuerdo de cuando morí fue el agudo y efímero dolor que me generó aquel extraño fenómeno eléctrico, aquella suerte de electroshock que me achicharró de pies a cabeza.

 

 

2

 

No fue buena la idea del caloventor de segunda, la puerta del baño cerrada, el agua de la flor en ebullición largando vapor: morí electrocutado.

Lo extraño fue hallarme en aquel otro mundo, ese mundo desconocido. En primera instancia ―antes de entrar en la ducha, yo me estaba muriendo de hambre―, advertí la ausencia de toda necesidad fisiológica; algo muy loco. Con eso empecé a dudar. Mejor dicho, empecé a tomar consciencia de… ¡de haber muerto!

Abrí la puerta del baño, y una nube de vapor se liberó junto conmigo hacia la cocina. Rosina se había despabilado de su enésima siesta gatuna, y, desde la rústica cuna con maderas de pallet que yo le había fabricado, me miraba fijo. Nunca la vi con esa expresión de espanto, ni siquiera cuando se nos metió en el jardín el pitbull del vecino y la corrió hasta que ella saltó al tapial. Bien entendió que su amo ya era un ente del éter, algo no físico. Y así verifiqué una creencia mía: los gatos pueden adivinar que hay muertos rondando por la casa.

Pero mi sorpresa fue aún más grande cuando miré hacia la pileta de la cocina: descubrí a un hombre mayor acodado en la piedra de la mesada, con una postura encorvada, aunque familiar. Era el hijo de mil putas de mi abuelo, más precisamente, con la bombilla en la boca y amargueando en silencio, como él decía.

El único problema era que había muerto.

Había reventado hacía décadas, cuando yo recién dejaba la primaria. Todos en casa lo vimos hacerse pomada contra los baldosones del patio, cuando aquel bendito andamio resolvió obedecer a la ley de la gravedad.

Vestía el gastado saco de lana a rombos que usó hasta morirse.  Miraba a través de la ventana que daba al patio. Estaría contemplando la desnudez del final del otoño: las últimas hojas amarillentas de la parra retorcida, las ramas sombrías de la pelada acacia. Y quizá contemplaba aún más allá, quizás escrutaba el ruinoso galpón con lo que quedaba del revoque que él mismo, hacía añares, había revocado con sus propias manos y su propia cuchara de albañil.

Y yo, en medio de mi perplejidad, lo miraba atónito. Y con bronca lo miraba. Con mucha bronca. Porque no podía creer que me estaba reencontrando con él en la muerte: siempre ejerció contra mí la tiranía más cruel, igual que mi viejo; jamás me quisieron esos dos turros.

—Qué pelotudo resultaste —me dijo, sin despegar la cara de la ventana—. No pensé que iba a ser para tanto. Soltero, con un gato, y en esta maldita casa para siempre. Encima sos más fácil de morir que un pajarito. ¿Qué fue? ¿Un arco voltaico?

A lo búho, manteniendo su postura rígida, giró hacia mí su inquisitiva mirada.

Era la cara de siempre, pero virando al morado. La piel de famélico pegada a la calavera contrastaba con las cuencas de abismo que rodeaban aquellos ojos de un marrón diarreico. Llegué a notarle, a la distancia, algunas venas que le surcaban la frente. Ese cráneo iba casi desnudo, con unos pocos pelos finos y casposos lloviéndole desde la mitad de la coronilla.

—Qué hacés, abuelito.

—Qué hacés, boludito.

Nada más nos dijimos, y yo me volví a Rosina: ya se lamía una pata, señal de su regreso a esa displicencia propia de los gatos.

—Qué manera pelotuda de morir, pendejo. Aunque de vos no me sorprende, eh.

—Qué hacés, abuelito —le repetí maquinalmente, cada vez más desconcertado ante mi reciente ingreso al nuevo mundo.

Desde la galería que conecta a la cocina (por cierto, una parte de la casa que nunca se supo bien para qué estaba, cuestión de las viejas “arquitecturas” que se construían sin arquitecto, y cuestión de la cual yo me daba cuenta recién ahora), oí un leve chirrido metálico que enseguida se fue intensificando. Sentí una estampida en el sillón: con los pelos encrespados en el lomo, Rosina saltó al respaldar, alerta.

El chirrido cesó.

Y pasó lo que yo temía: por la galería se asomó la abuela en la silla de ruedas. La vi bastante avejentada, como la última vez en el geriátrico. Aunque siempre su piel lucía tersa y fresca, ahora se le había puesto morada de tan mortecina. Por suerte, supe después, en el otro mundo no se perciben los olores.

—¿Ya te diste cuenta? —me dijo el viejo chúcaro.

—Sí. No.

—Tu abuela está igualita a cuando cagó la fruta. En edad, quiero decir. Fijate que hasta tiene el mismo vestido floreado que usó por doce años, ese que apestaba a vieja jedionda. Decí que ya no podemos oler, no se nos facilita el sentido del olfato acá. ―Meneó la cabeza y me miró torcido―. Ahora fijate bien, boludo. —El viejo señaló con el mentón a la abuela, se llevó el mate a la boca y le pegó una chupada—. No habla la marmota. Sigue presa de la demencia avanzada que la dejó prácticamente muda, como decía el tordo que la vio. Sigue colifata, ¿entendés? Quedó igual. Así que sabelo: el calvario te persigue hasta acá también. —Miró al aire, como quien trata de pescar un concepto—. Hasta este otro plano te sigue dando cana, qué me decís. Y te cuento algo: guay de los que deciden boletearse, porque siguen cargando con los tormentos, pero el doble. Menos mal que no me pegué un corchazo, como a veces pensé.

La abuela desapareció de golpe, y con ella la silla de ruedas.

—¿Por qué desapareció? —pregunté aterrorizado, como si la ducha fatal y mi condición de fantasma no fuesen ya lo suficientemente espeluznantes.

El viejo miró de reojo el rincón en que acababa de desaparecer la “jedionda”.

—Qué sé yo —dijo con una expresión hosca y pasándose las uñas marrones por la garganta, como quien rasguea una guitarra—. Supongo que quería verte y escucharte, nada más. Hablarte, seguro que no. Si quedó muda, pobrecita, ja. A nosotros, los espíritus, nos llega una especie de aviso cuando palma algún cercano, algún familiar, algún amigo. Hasta cuando palma la mina de uno te llega. Así podemos aparecernos, ¡púfate!, en donde se produjo el deceso.

―Como pasó recién.

―Como pasó recién.

Por la poca claridad que entraba en la cocina y las paredes que iban siendo tragadas entre las crecientes sombras, ya se estaba haciendo tarde. Y entonces advertí un súbito resplandor intermitente, y oí esos zap-zap típicos de los chisporroteos, y noté que una luz verde se ramificaba en zigzags atravesando el espacio. Siguiendo con la vista la ramificación, comprendí que las raíces más intensas de esa extraña luz salían por todos los enchufes de la cocina.

La gata saltó del respaldo y se mandó a mudar por una ventana entreabierta que siempre le dejo a propósito: salió como si le quemaran las patas.

Seguro, pensé, presiente todo. Ve todo.

—Qué son esas luces —le pregunté a mi abuelo, como si él fuera la voz de la experiencia en todo lo concerniente al más allá.

—¿Qué luces? —dijo, y examinó el cielorraso. Miré una por una las cuatro paredes desconchadas que me rodeaban, repasando enchufe por enchufe, y me di cuenta de que algo me llamaba hacia esa verdosa luz chisporroteante, hacia su deleitoso zumbido—. No, pibe, ya sé. Yo no veo nada. Pero entiendo que, por la condición en la que moriste (la causa, digamos), ahora empiezan a tentarte para que caigas en la trampa.

—Qué trampa —dije, alarmado por lo que decía el viejo, y al mismo tiempo seducido por el extraño relampagueo que manaba de los enchufes. Me dije que meter los dedos ahí equivaldría a gozar del más orgásmico de los orgasmos.

—Vos moriste electrocutado, pelotudo. ¿Te acordás? Pasó recién. Bueno, ahora las fuerzas malas te buscan para que cedas. Es como si te dijesen Metés los dedos en algún enchufe, y pasás derechito al otro lado.

—Pero si yo ya estoy del otro lado, viejo charlatán, ya estoy muerto. ¿Qué es el otro lado para estas fuerzas malas que decís vos?

—El Pal’jondo, pendejo. Qué va a ser.

―¿El Pal´jondo?

―El Pal’jondo vendría a ser el más allá del más allá.

―El Pal´jondo. ―Me quedé pensando, sentí que las yemas de los dedos me cosquilleaban en los labios―. ¿Se puede pasar al Pal´jondo?

―Se puede, pero no te lo recomiendo.

―Es que mis ganas son más fuertes, algo me llama. Qué digo que me llama. Me obliga.

―Vos no sabés lo que decís. El Pal´jondo es una gayola de la que no se sale ni por una del Chantecler. A mí me lo advirtió tu finado tío, ni bien me morí. Yo por todos lados veía, y veo, andamios de albañil, baldes con pastones de cal y de arena y de cemento, paredes con ladrillos sin revoque. Me quieren tentar a que me suba de nuevo al andamio a laburar. A laburarles, mejor dicho. Y si les doy bola me caigo, y me hago puré.

—Es que por una vez en la vida quiero hacer lo que se me canta —me salió en un silabeo, pero el viejo ni se percató, siguió con su rollo:

—Así me caí en vida, te acordás. De arriba de un andamio me caí. Así cagué la banana. Pero, si me “muero” otra vez, ahí nomás vienen y te pasan para el Pal´jondo. ¡Je, je, je! ―Me miró con cara de Freddy Krueger, lo único que le faltaba era el sombrero y el guante de navajas en la mano en lugar del mate―. Siempre hay un más abajo, nene, siempre podés estar peor. Por lo menos acá, en este “paraíso”, qué sé yo, vos viste: el paladar gustativo te lo conservan. Yo me estoy tomando estos amargos, ¿ves? Y están buenos. Y lo mejor es que nunca se termina el mate. —Le pegó otra chupada a la bombilla, y con un ligero movimiento de cabeza y un frunce de labios señaló la hornalla—. Te diste cuenta que pava no tengo.

Murmuré algo inentendible, la mezcolanza de palabras que me brotaban torpemente: palabras de bronca y de dolor, envejecidas en mi yo más profundo. Hasta que me salieron claritas:

—Dejame de joder, abuelo de mierda. Ya en vida la pasé como el orto, por culpa tuya y de mi viejo. Que viene a ser tu hijo. Ahora estoy muerto, y lo único que me motiva en este preciso momento es tocar esa luz, sentirla, y ver qué me produce. No me voy a volver a morir.

Me salió la rebeldía de lo más hondo. Rebeldía que nunca tuve en vida para plantarme ante esos dos opresores que eran mi abuelo y mi viejo. Rebeldía que tal vez me hubiera salvado de empequeñecerme hasta la desaparición social. Rebeldía a la que me inducía aquella relampagueante luz de jade, tan inevitable como seductora: yo debía meter los dedos en el chisporroteo del enchufe.

Aquel banquete luciferino me esperaba como una ambrosía reservada por los dioses. Ambrosía, sí, esa palabra que había leído en algún libro sobre mitología griega y que ahora se me cruzaba por la mente.

Me lancé al enchufe como se lanza un buitre a la carroña.

¿Y qué creen que pasó?

 

 

 

 

 

 

 

 

3

 

Desperté desparramado en la ducha. Reviví. En verdad, me revivieron esas fuerzas del Pal’jondo que me dijo el viejo.

Dolorido por la descarga letal, me incorporé como pude. En una de esas me caí en el agua de la lluvia ya helada, y advertí que me recorrían los brazos unos centelleos tenues de esa luz verde y cada vez más mortecina.

Miré con horror a mi alrededor. En mi confusión pensaba que podía haber despertado en ese tercer plano diabólico, pero no sucedió tal cosa: sólo me observaban los indiferentes azulejos húmedos de mi baño. Todo el vapor se disipaba, y cuando descorrí la cortina de la ducha vi que aquel caloventor del diablo que compré en el usado se había derretido.

―Esto es el Pal’jondo, por cierto —dije, cuando me vi reflejada en el espejo del botiquín la cara de electrocutado—. La vida misma. Volver a la vida.

Recordé las deudas con el banco y el salario de hambre que cobraba y la soledad interminable sin una mujer, y hasta pensé en el alimento caro que comía mi gata cuando a mí apenas me alcanzaba para fideos secos y yerba. Caí en que hasta mi propia gata me sometía y me reducía a una constante genuflexión.

Y fue que una risa tronó dentro de mi mente, una carcajada que retumbó en un eco inconfundible:

¡¡¡Boludooo!!!

 

 

 

* Franco David Schiavoni nació el 24 de septiembre de 1991 en Chacabuco, provincia de Buenos Aires (Argentina). Cuentista y poeta. Es socio fundador de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), filial Chacabuco. Participó en la antología de poesía Alguien escribe el misterio, de la editorial Dunken (2019) y en Abriendo caminos, primera antología de SADE Chacabuco (2022), entre otras. Obtuvo el tercer premio en narrativa “Leopoldo Lugones”, organizado por la Biblioteca Pública “Leopoldo Marechal” (2021), el segundo premio en el 9° concurso de narrativa “El arte de escribir historias”, organizado por la Biblioteca Municipal de Ayacucho “Manuel Vilardaga” (2022), y el segundo premio de narrativa en la 41° Fiesta Nacional del Maíz, organizada por la Dirección de Cultura de Chacabuco.
Cuenta en su haber con una producción de relatos alejados de toda corrección política, que sueña con publicar pronto. Desde el 2019 es tallerista en el Taller de Corte y Corrección.

Nosferatu: la esencia del terror

Por Agustín Del Vecchio *

 

El cine de culto jamás se ha asegurado la unánime aceptación del público ni de la crítica. Numerosas son las películas que, luego de recibir una devolución sin entusiasmo, ambivalente o directamente nefasta, han resurgido con el correr de los años como grandes clásicos a los cuales su tiempo no ha podido apreciar. Blade Runner (Ridley Scott, 1982), El club de la lucha (Fight Club, David Fincher, 1999) y Cadena perpetua (The Shawshank Redemption, Frank Darabont, 1994) son sólo algunos ejemplos. Casos tan emblemáticos demuestran fehacientemente que el dicho “el cliente siempre tiene la razón” no aplica en absoluto a la industria cinematográfica, ni al arte en general. En muchos casos, los espectadores no están preparados para cierto tipo de obras. ¿Por qué? Porque el cine de culto se define justamente por su capacidad de innovación, y es precisamente esa novedad la que lo vuelve de difícil digestión para quienes prefieren lo familiar y lo predecible. Sólo con el tiempo, y tras múltiples revisiones, lo que en su momento fue una excepción se convierte en norma, permitiendo que estas películas sean finalmente reconocidas y valoradas como merecen.

No creo ser presuntuoso cuando afirmo que Nosferatu de Robert Eggers (2024) es, y será, una película de culto. Si bien ha sido un éxito de ventas, también ha recibido críticas ambivalentes, que hacen dudar de su calidad cinematográfica. En una conversación con Marcelo di Marco ―mi maestro y asesor, al que me remito ante cualquier incertidumbre artística―, hemos propuesto varias explicaciones a esta peculiar divalencia de la crítica. A continuación reproduzco un fragmento de la charla:

 

Marcelo di Marco: Recuerdo una época muy difícil. Era 1972, y Argentina estaba al borde del colapso sociopolítico. La guerrilla ya estaba cobrando víctimas. Yo tenía 15 años y había ido con una novia que me tenía encantado a una reunión donde todos los chicos eran bolches. En un momento, llegó una pareja que venía de ver El trono de sangre de Akira Kurosawa, una adaptación japonesa del Macbeth de Shakespeare. No me lo olvido más. Estaban entusiasmados con la película, les había parecido excelente, aunque, según ellos, carecía de compromiso social. Esas fueron sus palabras exactas.

Creo que hoy vivimos algo muy parecido. La gente ha sido idiotizada por décadas de cine que no aportó absolutamente nada. Pero, de repente, se encuentran con una película que realmente contiene cine y quedan impactados, como si no pudieran sostenerlo.

 

Agustín Del Vecchio: Concuerdo completamente con lo que decís, pero además agregaría dos razones por las cuales la película pudo no haber gustado tanto. La primera es que se trata de una cinta bastante atípica. Aunque narra una historia clásica, la manera en que la cuenta y el giro que toma al final la hacen diferente a todo lo que haya visto antes.

La segunda razón es que la película enfrenta al espectador con un aspecto de sí mismo que quizás no le guste demasiado. Al principio, esto puede resultar chocante. Y creo que justamente esa es la función del cine y la literatura de terror: incomodar. Esto último me remite a la frase del profesor Von Franz en la película: “Para luchar contra el mal, primero hay que reconocerlo”. Precisamente, creo que eso es lo que hace la película: nos recuerda el mal que llevamos dentro, y por eso incomoda tanto.

 

Marcelo di Marco: Exactamente. En una época en la que muchos se preguntan quién tiene autoridad para definir qué está bien y qué está mal, esa frase de Willem Dafoe resulta verdaderamente rupturista.

 

 

¿Pero qué puede haber de novedoso en la remake de una historia tan clásica y con un monstruo tan gastado? La respuesta, querido lector, es que mucho.

Una buena remake no consiste simplemente en replicar una película clásica con mayor presupuesto y efectos visuales. No: de lo que se trata es de construir una obra novedosa con elementos ya conocidos hasta el hartazgo. Ese es el propósito de una remake y, al mismo tiempo, su mayor reto. Un reto que, por otra parte, Eggers ha logrado en cada plano y cada giro argumental. Con inteligencia supo seleccionar aquellos elementos indispensables del género y subvertir aquellos otros que, de conservarlos, hubieran convertido la cinta en una mera imitación sin mérito propio.

De estos últimos, el más relevante es el papel de la protagonista, Ellen, en quien el rol pasivo de la víctima que huye del monstruo se ve transformado por el ingenio de Eggers en un personaje que encarna simultáneamente a la víctima, al victimario y al salvador.

Ellen es una víctima de sus instintos más bajos, personalizados en el apetito que es el conde Orlok. A su vez, es la victimaria que ha derramado, por culpa de su debilidad, el mal de su pasado sobre todos sus seres queridos. Por último, es la salvadora, que debe entregarse al monstruo para liberar al mundo de su malignidad.

Y es este sacrificio, en mi opinión, la propuesta más compleja de la película: Ellen sucumbe a sus deseos más oscuros, a ese mal que, como una droga, ella misma se impuso y al que ahora no puede resistirse, todo con el fin de salvar a sus seres queridos.

No podemos calificar su sacrificio como heroico, ni como egoísta. El sacrificio heroico implica, por definición, que el héroe rechace sus propios deseos en favor del bienestar de los demás. Por el contrario, los actos egoístas se basan en sacrificar a otros para satisfacer los propios deseos. Pero el sacrificio de Ellen no puede encuadrar en ninguno de los dos. En suma: ella cedió a la tentación para salvar a los que amaba.

Como en el cuento de Frank Stockton “La dama o el tigre”, este acto deja al espectador con una pregunta insoportable que nunca terminará de acecharlo.

Si el espectador cree en la benevolencia de la naturaleza humana, elegirá creer que Ellen se sometió a Orlok únicamente por el bien ajeno. En cambio, si el espectador cree en la incapacidad del espíritu humano para evitar sucumbir ante su naturaleza animal, elegirá creer que Ellen simplemente se rindió ante ella.

¿La dama o el tigre? Ese es el dilema que Eggers ha inoculado en las mentes de sus espectadores. ¿Habría sido un éxito para una película tan poco convencional el no haber despertado ninguna controversia? Yo creo que la filmografía de Eggers es en sí misma una controversia. Ese es el pecado de salirse de lo convencional: a algunos no les vas a caer bien. Sin embargo, hay que entender que el “me gustó” o “no me gustó” es inválido en lo que refiere a la crítica de arte. Todos tenemos nuestras preferencias personales, sin embargo, no debemos dejar que esas preferencias nublen nuestro juicio e impidan evaluar la calidad de una obra artística. Esa perspectiva maniqueísta no corresponde a ninguna obra, y menos a una llena de matices como es Nosferatu.

Acaso la respuesta a la famosa pregunta de Stockton de qué había detrás de la puerta siempre fue la dama y el tigre. Una tercera posición difícil de asimilar. Y que, justamente, encarna el complejo espíritu de la película. Ese espíritu que la hace ser amada por quienes logran percibir los matices, y odiada por aquellos que no han tenido la suerte de saber apreciarlos.

 

Ficha técnica – Nosferatu (2024)

  • Título original: Nosferatu
  • Año: 2024
  • País: Estados Unidos
  • Dirección: Robert Eggers
  • Guion: Robert Eggers
  • Reparto principal: Lily-Rose Depp, Bill Skarsgård, Nicholas Hoult, Willem Dafoe, Aaron Taylor-Johnson, Emma Corrin
  • Género: Terror, Fantasía, Gótico
  • Duración: 118 minutos
  • Producción: Chris Columbus, Eleanor Columbus, Jeff Robinov, John Graham, Robert Eggers
  • Fotografía: Jarin Blaschke
  • Música: Robin Carolan, Sebastian Gainsborough
  • Distribuidora: Focus Features
  • Basada en: Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (F. W. Murnau, 1922)

 

* Agustín Nicolás Del Vecchio nació el 1° de marzo de 2002. Desde muy chico se interesó por toda actividad intelectual que se le cruzara por delante, y hasta hoy sigue teniendo esa obsesión. Para él, la lectura no es solo una pasión: es una necesidad, necesidad que crece a lo largo de los años. Comenzó a escribir en 2017, gracias a la recomendación de un amigo, y desde entonces trabaja muy duro para perfeccionar su estilo. Una tarea en la que es fundamental la influencia del Taller de Corte y Corrección. En la actualidad, se encuentra cursando la Licenciatura en Psicología en la Universidad Abierta Interamericana, mientras sigue formándose en literatura.

 

 

Quién es quién en el TCyC – Mario Zegarra

Hoy responde: Mario Zegarra *

 

¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?

Una pregunta complicada. En literatura, intentaré no expandirme demasiado, pues cuento con un largo prontuario de lector precoz, y es probable que las menciones se extiendan por muchas páginas. Pero siempre vuelvo, y releo con ojos de neófito a estos autores: Miguel de Cervantes, Edgar Allan Poe, Stephen King, Edgar Rice Burroughs, Joseph Conrad, Henry Miller, Charles Bukowski, Thomas Ligotti, William Faulkner, Gesualdo Bufalino, Charles Baudelaire, Ezra Pound, César Vallejo, Mario Vargas Llosa, Carlos López Degregori, Hermann Hesse, Arturo Pérez Reverte y Fiódor Dostoievski.

Respecto al cine, prefiero las historias intensas, con personajes extremos y un manejo absoluto del lenguaje cinematográfico. Acá menciono a Álex de la Iglesia, Quentin Tarantino, Guillermo del Toro, Walter Hill, Martin Scorsese, Robert Eggers, Alfred Hitchcock y John Ford.

En cuanto a la música, disfruto tanto de lo clásico como de lo contemporáneo. Desde el metal y el hard rock hasta el post-punk y el rock alternativo. Escucho bandas como Metallica, AC/DC, Motörhead, Led Zeppelin, Misfits, Sonic Youth, Portishead o Savages. Y de lo clásico me encantan Wagner, Mussorgsky, Mahler, Tchaikovsky y Beethoven. Últimamente, he escuchado mucha electrónica experimental, y me fascina cómo llevan la música más allá de lo convencional. Constanza Bizraelli fusiona la música electrónica y el arte sonoro en una integración profunda de elementos cosmogónicos y exploraciones sensoriales, y crea una atmósfera inmersiva que desafía la percepción.

 

¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?

Nacido para el miedo, libro de entrevistas a Thomas Ligotti (Valdemar, 2024); Oda a las polillas (Pandemonium, 2024), nouvelle de Valeria Montes Pastor; Todo el mundo sabe que tu madre es una bruja (Fiordo, 2022), novela de Rivka Galchen; y una novelita de Joseph Kessel: Belle de Jour (Argos Vergara, 1978).

 

¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?

El libro que todo escritor debe leer para mejorar su escritura es Taller de corte y corrección, de Marcelo di Marco. Después, Mientras escribo, de Stephen King; el indispensable compendio de la Gotham´s Writers Workshop de New York: Escribir ficción; Suspense, de Patricia Highsmith; y El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell, que no es necesariamente un manual de escritura, pero describe a la perfección el viaje del héroe y de los personajes aplicado a las historias de ficción.

En cuanto a las novelas necesarias para la formación del escritor menciono al Quijote; Drácula, de Bram Stoker; Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa; It, de Stephen King; y Santuario, de William Faulkner.

 

¿Cuál es el método de trabajo que considerás más efectivo para tu literatura?

Escribir todos los días, sin esperar a que llegue la inspiración, es una disciplina que me funciona muy bien. De ahí, reviso con detenimiento todo lo escrito. Lo leo y releo en voz alta para analizar detalladamente cada oración. Después paso a la reescritura, y vuelvo a leer y releer en voz alta.

 

¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?

En afinar mi capacidad crítica, lo que me permite detectar excesos y debilidades en mis textos. Ahora controlo mejor el ritmo, elijo con mayor precisión las palabras y corrijo con más eficacia.

 

La yapa: una o dos cosas que nadie debería perderse (una sinfonía, una comida, un pintor, un enlace de Internet, etc.)

Una ópera: Turandot de Giacomo Puccini. Una sinfonía: la Quinta de Gustav Mahler. Una artista plástica: Tilsa Tsuchiya. Un plato: un ceviche de conchas negras con una cerveza bien helada, de preferencia una Cuzqueña Doble Malta.

 

*  Mario Zegarra (Lima, 1982) estudió Literatura Hispánica en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y un Máster en Creación Literaria en la Universidad Internacional de Valencia (España). Ha publicado el thriller Tan ignorado como aquí (Buenos Aires, 2019) y el hard-boiled Un maníaco homicida a la vez (Buenos Aires, 2021). Es miembro de La Abadía de Carfax, círculo de escritores de horror y fantasía fundado por Marcelo di Marco.

Zegarra es reconocido por su estilo narrativo envolvente, sombrío y resuelto, y su habilidad para retratar personajes complejos y realistas en situaciones extremas, que reflejan una personalidad propia: demencia, agudeza irónica y desesperanza.