Fin Rotating Header Image

Efemérides

esto pasó Enero

 

 

 

 

2 / Nace Isaac Asimov  en 1920.

4 / En 1870 aparece el diario La Nación, fundado por B. Mitre.

En 1938 se inaugura en Buenos Aires La Casa del Teatro.

5 / Nace en 1931 Juan Goytisolo.

6 / En 1943 nace Osvaldo Soriano.

9 / Nace en 1908 Simone de Beauvoir.

En 1881 muere Dostoievski.

10 / En 1893 nace Vicente Huidobro.

13 / Nace Ricardo Güiraldes en 1886.

14 / En 1896 nace John Dos Passos.

17 / En 1600 nace Calderón de la Barca.

18 / En 1867 nace Rubén Darío.

19 / Nace en 1809 Edgar A.Poe.

22 / En 1788 nace Lord Byron.

24 / Muere en 1967 Oliverio Girondo.

25 / Nace en 1882 Virginia Woolf.

28 / En 1893 nace José Martí.

29 / Muere en 1997 Osvaldo Soriano.

 

Destacada del mes

29 / En 1860 nace Antón Chejov.

Nádeñka cede al fin, y advierto por su cara que lo hace arriesgando su vida. La acomodo en el trineo, pálida y temblorosa; la rodeo con un brazo y nos precipitamos al abismo. El trineo vuela como una bala. El aire hendido nos golpea en la cara, brama, silba en los oídos, nos sacude y pellizca furibundo, quiere arrancar nuestras cabezas. La presión del viento torna difícil la respiración. Parece que el mismo diablo nos estrecha entre sus garras y, afilando, nos arrastra al infierno. Los objetos que nos rodean se funden en una solo franja larga que corre vertiginosamente… Un instante más y llegará nuestro fin.

(«Una bromita»)

copos3

Felicidades

«Las divisiones del tiempo han sido dispuestas de manera que podamos sufrir un sobresalto o sorpresa cada vez que algo se reanuda. [La finalidad de celebrar la llegada de un Año Nuevo no es que sea un año nuevo]. Es tener nueva alma y nueva nariz, pies nuevos, nueva espina dorsal, ojos nuevos, oídos nuevos. Es mirar por un instante una tierra imposible. Es que nos resulte de todo punto asombroso que el pasto sea verde en lugar de tener un razonable color púrpura. Es que nos parezca casi incomprensible que haya árboles verticales que broten de una tierra redonda en lugar de tierras redondas que broten de árboles verticales. El fin de las frías y duras definiciones del tiempo es prácticamente el mismo que el de las duras y frías definiciones de la teología: despertar a los hombres. Si un hombre cualquiera no fuese capaz de adoptar resoluciones de año nuevo, no sería capaz de adoptar resolución alguna. Si un hombre cualquiera no fuese capaz de empezar todo de nuevo, sería incapaz de hacer nada eficaz. Si un hombre no partiera de la extraña premisa de no haber existido jamás antes, resulta indudable que jamás llegaría a existir después. Si un hombre no fuera capaz de volver a nacer, jamás entraría en el Reino de los Cielos.»

 

G. K. Chesterton. «Uno de enero» (1904).

En Lectura y locura (Lunacy and Letters, 1958).

Morris2

Fotograma del corto «Los fantásticos libros voladores de Mr. Morris Lessmore».

Con este mensaje del gran Chesterton, el equipo de FIN quiere compartir sus ansias de renovación para el 2015. Que el nuevo año nos traiga a nosotros, a nuestros lectores, y a toda la Comunidad TCyC, lo mejor que el talento de cada cual pueda darles al arte, el pensamiento y la literatura.

¡Gracias por acompañarnos!

Mi Buenos Aires perdido: una visita al Maravilloso Mundo de la Anomia

Por Pablo Laborde *

 

Buenos Aires del siglo XXI. La desconsideración por los derechos del otro y el incumplimiento de las normas es… la norma. Los desconsiderados se justifican de múltiples maneras: gatos panza arriba, ordenan sus malas acciones en grillas viciadas de subideologías y enunciados banales, que no resisten un examen profundo y sincero.

Así, el Señor (con mayúscula) del Audi tt, ese sujeto de derechos que no consigue su lugar para estacionar a la segunda vuelta manzana, dejará el autazo sobre la rampa prevista para el cruce de discapacitados.

―¿Discapacitados? Nahhh… Son las diez de la noche. Y si no, che, que me indiquen dónde estacionar.

Su Alteza podría estacionar a tres cuadras, donde sí hay lugar. Pero no:

―Acá no pasa nada… Y, por las dudas, tapé la patente con la gamuza.autos-con-gamuza

La condesa de la camioneta grandota estaciona en doble fila, en pleno barrio de Belgrano, a las cinco de la tarde. Sin siquiera poner balizas, cierra la Grand Cherokee y va en busca de su cría. Retirará a la condesita de un colegio muy distinguido donde le enseñan… ¿cómo ser un mejor ser humano? Sí, en la medida en que ser un mejor ser humano consista en mantener el estatus y, de ser posible, en superarlo. Así, cuando ella a su vez llegue a condesa, podrá estacionar en triple fila. ¡Bravo!

Gracias a una flexible ―muy flexible― regulación de la construcción, un barrio apacible de casas bajas y edificios de pocos pisos como es ―o era― Villa Urquiza devino una megalópolis infernal con quince o veinte torres por manzana. El desastre no es exclusivamente estético: los servicios no dan abasto para soportar semejante infraestructura. Por eso, el perjuicio es para todos: no sólo para los vecinos de siempre, sino también para los flamantes habitantes, que ven deteriorada su calidad de vida, padeciendo los males derivados de la acromegalia arquitectónica. Todo es perjudicial, sí, menos para las constructoras y las inmobiliarias que disfrutan sus dividendos lejos de aquella sucursal del infierno.

edificios-villa-urquiza

Con sus fulgurantes sums, piletas, metegoles, castillos inflables y peloteros, esas torres “inteligentes” constituyen, además de un ejemplo de falta de diseño y planificación, una repugnante expresión de desprecio por el espacio ajeno. Más de un constructor ―sabedor de la noción de “espacios compartidos”― habrá pensado que fundar semejante club en la planta baja de un edificio, bombardeará con ruidos molestos a medio barrio. Pero… ¿quién quiere, hoy en día, dormir la siesta? ¡Por favor, qué demodé! ¿Que alguien dispuesto a meditar, estudiar, leer, trabajar o ver la televisión se verá frustrado por los alaridos de los niños que evolucionan en la pileta mañana y noche? Y sí, los chicos son ruidosos… ¿Que a la noche el barullo de las fiestas en los sums no dejará dormir ni a un diputado? ¡Bueno, che, cuánta negatividá!

Las empresas, los grupos económicos, las grandes corporaciones, nunca priorizan el bien común por sobre la rentabilidad. Eso todos lo sabemos: basta con hacer un reclamo a cualquier prestadora de servicios para constatarlo.

Pero la diferencia podría hacerla el individuo.

Procurar que su niño grite menos.

Impedir que la dama del perrito del séptimo deje a su regalón ladrando sin parar durante horas.

Conseguir que el humo del asado del de planta baja no se lo fume la anciana del balcón de arriba, y que la anciana del balcón de arriba no le riegue la cabeza al de la planta baja cuando pasa con su traje nuevo.

Intentar que el auto de la visita del 9o b no le impida la salida al pibe del 4o a; que el pibe del 4oa no vocifere ni toque bocinazos para anunciar su llegada; que la fiesta en el sum sea menos ruidosa y que termine a una hora razonable. Y así podríamos seguirla.

Pero no, el tal individuo no hace nada de eso.

Al argentino promedio no le importan los demás argentinos.

El problema de esta conducta ―o ausencia de conducta― es que los demás somos todos; al igual que todos somos, en algún momento, los demás. Carnada en nuestro propio anzuelo, por natural traslación nos condenamos a molestar y ser molestados de manera sistemática y circular, con el consiguiente deterioro de la calidad de vida.

Sin embargo, cuando nos toca ser invadidos por el otro, nos ofuscamos ante su incivilidad; pero solemos ser bastante complacientes con los inciviles… cuando los inciviles somos nosotros.

En esta ciudad superpoblada, se requiere especialmente que se cumplan las normas de convivencia. Claro que se pueden encontrar millares de excusas para justificar no hacer lo que se debe hacer. Las publicidades de desodorante masculino y cerveza nos enseñan que las reglas están para romperse. Con un guiño canchero proponen excepciones, flexibilidad, nos muestran que todo es relativo; pero lo cierto es que las reglas fueron hechas para cumplirse, no para ser ignoradas. No todo es relativo. La justificación del incumplimiento es el recurso de la inmadurez. La picardía del niño de cuarenta y cinco años que le inventa excusas a la profesora porque no estudió la lección de… civismo. De aquel que no crece y siempre quiere sacar tajada. El vivo criollo, el ventajero. Aquel que nos envilece al son de la canción del niño malcriado, haciendo un berrinche histérico cuando no puede poseer el mundo en su totalidad.

Desde el Estado hay un supuesto cuidado por el bien común: se declama la búsqueda del bienestar de los ancianos y los discapacitados, se dice preservar los espacios públicos, se promete controlar el ruido y combatir la contaminación; incluso, se supone que el Estado es el árbitro que media ante la intolerancia y la violencia.

auto tapando rampa

Pero es maquillaje, pura cosmética y marketing.

Si una discoteca o boliche ha sobornado a quien debió sobornar, sus djs y clientes podrán atronar sin piedad al iluso vecino que procuraba, en su propia casa, dormir. Si a aquella chejoviana dama del séptimo piso se le ha antojado encerrar en el balcón a su caniche toy para que chille el día entero, al vecino de enfrente no le quedarán mucho más que dos opciones: mudarse o desempolvar la carabina del nono.

Aunque es probable que elija una tercera opción, una opción bien argenta: la resignación silenciosa. Una opción que no conduce a la paz, sino a todo lo contrario: conduce a la acumulación de un resentimiento que pronto devendrá ira. Ira que, por lo general, se descargará contra un inocente: la cajera del supermercado, el japonés de la tintorería, el otro automovilista. Y así es como sigue destejiéndose el tejido social.

Un ejemplo. En casos de ruidos molestos, desde el Estado se propone que, como primera medida, el damnificado se apersone en el domicilio del ruidoso y le exponga su queja. Esta acción es inútil y peligrosa: ¿qué clase de atención le dará al reclamo quien poco se preocupa por las molestias que pudiera ocasionarle a su vecino? Lo más probable es que minimice ese reclamo con frases inteligentísimas del tipo “Nunca nadie se quejó antes” o “Y bueno… Si lo dejo adentro, Thor me arruina la alfombra”. Y atención: cuando el damnificado vaya en pos de su derecho al descanso, puede que acabe insultado de arriba abajo, molido a palos, o hasta baleado. Y todo este dislate es promovido por un Estado que declama ser pluralista, tolerante, moderado, conciliador… y siguen los variados lugares comunes de la transmodernidad. Detrás de tanto palabrerío se oculta ese Estado, para evitar ocuparse de arbitrar situaciones complejas. La consecuencia de esta actitud abandónica es que el contrato social se disuelve, dando lugar a la ley del más fuerte. O del más imbécil. O del más loco.

¿Recuerdan a la dama del caniche, aquella para quien el enajenado ladrido de su perrito es más importante que la siesta de su vecino? Es aquella que se quejará con vehemencia de adalid cuando en épocas festivas estalle esa nefanda pirotecnia que alterará la paz del animal. Hablará de falta de consideración, de cómo se permite vender tales explosivos. Si olvida su condición de dama, incluso arriesgará sobre el oficio de la madre de los detonadores. Y si alguien le recrimina que ella, por su parte, deja solo al perro aturdiendo a todo el barrio, lanzará esta justificación: “Mi padre decía que los perros tienen sólo el ladrido para comunicarse”. Mi padre, estimada señora, decía que mi libertad termina donde comienza la del otro. Pero claro: nuestros padres son muy distintos, como también somos muy distintos usted y yo. Tan distintos, que no mantendríamos el mínimo contacto… si no fuera porque usted y yo tenemos que vivir en el mismo lugar.

Es común oír al soberano despotricar contra los políticos y la Policía: de ellos es la culpa de que la cosa esté como está. O sea, mal. Pero es una verdad a medias. Los políticos son un pequeño grupo que ocupa el lugar que ocupa por reflejo y acción de la sociedad. Los políticos nos representan: son como nosotros queremos que sean; son un promedio de lo que somos. No van a cambiar por deferencia hacia nosotros, que ya oportunamente nos condenamos al votarlos. No van a cambiar… hasta que no cambiemos primero nosotros.

Podremos quejarnos de la corruptela policial, de la complicidad política con las diversas mafias. Pero aceptamos mansamente la extorsión en lugar de denunciarla, cuando el trapito, protegido por el sistema ―y so pena de rompernos el auto y / o a nosotros mismos―, dictamina que le demos la billetera a la hora de ejercer nuestro derecho a estacionar en un sitio de por sí libre y gratuito.

Ergo, no nos va mal sólo por culpa de la política, la Policía, los legisladores, los jueces. Nos va mal también por nosotros. Sobre todo por nosotros.

No todo tiempo pasado fue mejor, pero debemos reconocer que quienes nos precedieron capitalizaron los beneficios del cumplimiento de las reglas. El respeto por el otro no es sólo una convención social: es también un mecanismo que a algún piola le puede resultar aburrido, pero que resulta muy efectivo a la hora de la convivencia.

Hoy, cualquier perdonavidas al volante se infla de vanidad por haber ganado cinco minutos al mandarse una maniobra temeraria. Ha puesto en riesgo a los demás, y a veces incluso los ha matado, pero no importa: él aducirá que se ganó cinco minutos. En realidad, no ganó cinco minutos: perdió y nos hizo perder cincuenta siglos de civilización. Su acción, aparte del potencial daño instantáneo e irreparable, tiene un efecto nocivo y exponencial: es un ejemplo al revés, que nos embrutece y nos aparta de nuestras metas esenciales.

¿No será hora de hacer un cambio?

diputados-durmiendo2

Tenemos modelos cercanos para emular. No hace falta levantar la cabeza hacia Noruega o Finlandia. Si miramos al costado, podemos ver cómo nuestros hermanos uruguayos, disfrutan y comparten desde siempre su rambla pública y gratuita, despejada del mercantilismo y el poder pervertidor de la sociedad de consumo. La cuidan y la respetan como si fuera propia, simplemente… porque les es propia: a nadie se le ocurriría tirar un papel o poner un parlante a todo lo que da. Mucho menos, cerrar kilómetros de espacio público para beneficio de manos privadas.

Aquí al lado, cruzando el río, los conductores esperan detrás de la senda peatonal a que los peatones terminen de cruzar.

Pero aquí… aquí hay que salvar el pellejo a cada paso. Aquí el que cumple la ley, las normas, las reglas básicas, está perdido. Aquí mandan la desidia, el amiguismo, el contacto, el puntero, la patota, el barra, el apriete.

Y así estamos.

Pero qué sucedería…

Si asumimos que las reglas de convivencia tienen una razón de ser y deben cumplirse sin excepción, y las cumplimos aunque el otro no lo haga.

Si levantamos de la vereda el excremento de nuestro perro; incluso en el paseo nocturno, cuando pareciera que nadie nos ve, sólo porque es lo que se debe hacer y sin esperar un premio.

Si respetamos el semáforo rojo, siempre, hasta cuando parece que no viene nadie.

Si no estacionamos en las rampas de discapacitados, en las paradas de colectivos, arriba de la vereda, en las bajadas de garajes, en doble y en triple fila.

Si mantenemos el orden de llegada, si observamos los carteles indicadores y las señales.

Si no “privatizamos” toda la vereda pública para ampliar nuestro negocio.

Si tocamos menos bocina.

Si no compramos el registro.

Si el título terciario lo conseguimos estudiando.

Si usamos las balizas y la luz de giro.

Si respetamos las velocidades.

Si dejamos de insultarnos, de agredirnos injustamente.

Si no le hacemos al otro lo que no nos gusta que nos haga.

Si los contenidos televisivos se atuvieran a una mínima regulación que priorice los valores y los códigos de ética y honor.

Si no permitimos que la publicidad nos divida entre mujeres que sólo sirven para lavar la ropa, y hombres que sólo sirven para babearse por mujeres que sólo sirven para lavar la ropa.

¿Qué sucedería si en lugar de estar pensando qué le vamos a contestar al otro para reventarlo, lo escuchásemos a conciencia tratando de entender su posición?

¿Qué sucedería?

Sucedería que acabaríamos por respetarnos.

Nos humanizaríamos.

Seríamos más inteligentes y felices.

Seríamos mejores.

Y podríamos construir otro país.

Un país que seguiría llamándose Argentina, pero que brillaría en serio.

 

Laborde *  Pablo Laborde es un actor y fotógrafo argentino que desde hace tiempo escribe en sus ratos libres y que quiere convertirse en un escritor argentino que en sus ratos libres actúa y saca fotos.
http://www.pablolaborde.com
http://www.labordefotografia.com
https://www.facebook.com/pablo.laborde2
https://www.facebook.com/LabordeFotografia

 

Yo las quiero inmortales

por Lorena Bazar*

No sé qué han visto tus ojos, Medusa

 

Ya no sos un simple claroscuro

colgado en la retina,

o un escudo de combate

arrojado a la batalla.

¿Habrán sido las serpientes

envenenando tu propia mirada?

medusa-gil-lozano-maria-jose-0-20120302074500

«Medusa», acrílico de María José Gil Lozano.

¿Qué hizo de vos tu creador?

 

Me desvelo pensando

qué furia habrán doblegado tus ojos,

que a esta altura de los siglos

no consiguen volver a cerrarse.

 

 

Yo las quiero inmortales

 

Las luciérnagas

titubean:

supernovas

muriendo a cada instante.

 

Su luz es un presente

volviéndose pasado.

Y este encanto que se frustra

a la hora del alba.

 

¿Conocerán las luciérnagas el mar?

¿Sabrán que la sal cura las heridas?

 

starry_night_by_alexruizart-d3khue9

«Starry Nigth», de Alex Ruiz.

 

 

Por pedir un deseo

 

Allí, donde el cielo es libre,

las estrellas respiran profundo:

cierran los ojos, se dejan caer

certeras, fugaces.

 

Allí, donde el cielo aún suspira,

vos y yo le rogamos al firmamento

que tan solo una de sus estrellas

se inmole. Se ofrende.

 

 

10685309_10152575397198562_1988369403_n*Nacida en Buenos Aires el 5 de noviembre de 1980, Lorena Basar es egresada de Periodismo en T.E.A. Tomó clases de escritura poética en el TCyC, de Marcelo di Marco, y en el C. C. Ricardo Rojas.
Actualmente produce obras de teatro como El Petiso Orejudo y El centroforward murió al amanecer.

 

CANIBALÍSMICO: El arte de asustar con estilo

por Adrián Granatto*

 

 

Lo malo de Canibalísmico, de Cristian Acevedo (Buenos Aires, Expreso Nova Ediciones, 2014): es un libro corto. Demasiado corto. Uno se queda con ganas de más y una sensación de vacío y tristeza al dar vuelta la última página.

El comienzo es impactante con el soberbio «Bad Boy». Tres personajes sin nombre, que se nos presentan como UNO, DOS y TRES, y un accidente de tren, es todo lo que necesita el autor para dejarnos boquiabiertos. ¡Pum! Palo y a la bolsa. Uno podría pensar que Cristian puso toda la carne al asador en este primer relato y que a partir de ahí sería todo un declive literario.

Pero no.

«Matagemelos» te hace levantar nuevamente la guardia, manteniéndote en vilo hasta la atroz conclusión.

Luego la cosa se relaja con la genial «Penélope», donde asoma el costado humorístico del autor. Una historia que me hizo soltar una carcajada con su final. Increíble.

«Déjà vu», «Pobre infeliz» y «A la salida del túnel» nos demuestran que Cristian se maneja exquisitamente en el horror. Historias simples y giros sorpresivos.

En «Aquel pibe feliz, viejo y triste», relato que también forma parte del cuarto tomo de los Cuentos de La Abadía de Carfax, seremos testigos de un particular viaje en el tiempo.

«Perdura, oscuridad» es un relato inquietante. Sólo queda decirles que nunca más verán de la misma forma los espejos de los baños.

El clímax es a todo trapo con «Final del sueño», «Bonsái» (una joyita de tan sólo dos páginas) y «La calle Dublin». En el primero, ¿un asesinato brutal o un recuerdo difuso?; en el segundo, un experto del bonsái ante uno de sus mejores trabajos; y para terminar, una pareja de Parque Chas pierde los estribos ante una nota calumniante.

Sorprende que, en tan pocas palabras, Cristian Acevedo pueda decir tanto y dejarnos con el sabor agrio del miedo.

Cada historia del libro se sostiene con el toque sobrenatural justo, lo suficiente para inquietarnos. Canibalísmico merece un lugar en la biblioteca, es un libro que pronto se volverá de culto. Acuérdense de mis palabras.

El futuro se ve promisorio para este joven artista de las letras, y uno espera con alegría su siguiente antología (con rima y todo).

 

tyct

 

 

 

Adrián Granatto* Adrián Granatto es un escritor amateur argentino, nació el 21 de octubre de 1966. No publicó en ningún concurso importante y, sacando a su mamá, no lo conoce nadie.
Escribió para varios blogs cooperativos, y fue director de la revista digital Piso Trece (2012-2013), ya desaparecida en el éter.
Comenzó a tomar clases de escritura en el Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco en septiembre de 2014… y todavía no se avivaron de echarlo.

 

Efemérides

esto pasó Diciembre

 

 

 

 

 

2 / Nace José Mármol en 1817.

4 / En 1875 nace Rainer María Rilke.

9 / Nace en 1608 John Milton.

10 / En 1830 nace Emily Dickinson.

11/ Nace Alfred de Musset en 1810. En 1907 R. Kipling obtiene el Premio Nobel.

12 / En 1821 nace Gustave Flaubert.

13 / Nace Heinrich Heine en 1797.

14 / En 1895 nace Paul Éluard.

15 / Nace en 1859 Luis Zamenhof, inventor del esperanto. En 1999, Jorge Edwards recibe el premio Cervantes.

16 / En 1902 nace Rafael Alberti. En 1928, Philip K. Dick.

20 / En 1967 muere Arturo Capdevila.

21 / Nace en 1917 H. Böll, Premio Nobel en 1972.

22 / El 1977 muere Rafael Jijena Sánchez.

23 / Nace Lucio Victorio Mansilla en 1831. En 1881, Juan Ramón Jiménez.

26 / Nace en 1904 Alejo Carpentier.

28 / En 1855 nace Juan Zorrilla de San Martín. En 1872, Pío Baroja. Y en 1932, Manuel Puig.

30 / Nace Rudyard Kipling en 1865.

31 / En 1878 nace Horacio Quiroga. En 1910, Paul Bowles. Muere Miguel de Unamuno en 1936.

 

 

 

Destacada del mes

 

3 / En 1857 nace Joseph Conrad.

 

“Todos asentimos: el financiero, el contable, el abogado, todos asentimos en aquella mesa inmaculada que, como un paño liso de aguas de color castaño, reflejaba nuestros rostros, arrugados, viejos; nuestros rostros, marcados por el esfuerzo, por las decepciones, por el éxito, por el amor; nuestros rostros cansados y que aún siguen buscando, buscando siempre, buscando con ansiedad algo más allá de la vida, algo que mientras se espera ha pasado ya, ha pasado sin que lo advirtiéramos, en un suspiro, en un relámpago… junto con la juventud, con la fuerza, con las románticas ilusiones”. (Juventud)

 

van_gogh_gachet

«Dr, Paul Gachet», óleo de Vincent Van Gogh

 

Quién es quién en el Taller de Corte y Corrección

Hoy responde…

 

 

  Picture of me 1

   Horacio Pinasco

 

 

 

 

 

1) ¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?

En literatura: Gabriel García Marquez, Jorge Luis Borges y V. S. Naipaul. Este último, a pesar de haber ganado dos Booker Price y el Premio Nobel de Literatura en el año 2001, sigue siendo un gran desconocido.

En cine soy bastante flojo. No recuerdo nunca los directores.  En cuanto a actores: Morgan Freeman, Brad Pitt y Kevin Spacey. De acá, definitivamente Ricardo Darín. También Adrián Suar.

En música: Beethoven y Mozart —nadie lo puede negar— han sido unos genios. Más actual, en general, todo el rock sinfónico: Genesis, Supertramp, E.L.O., etc. También el ska y el pop, en ambos casos, de los ochenta.

 

2) ¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?

El Jilguero, de Donna Tart. Una obra de arte.

 

3) ¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?

Más que títulos te diré que cualquiera de los de taller de Marcelo di Marco (yo leí y releo Taller de Corte y Corrección y Atreverse a Corregir); cualquiera de cuentos de Borges; cualquiera de cuentos de Cortázar; cualquiera de cuentos o novelas de Hemingway; y una perlita actual para terminar: La cena, de Herman Koch.

 

4) ¿Qué publicaste ya en medios electrónicos y/o en papel?

Nada, todavía. Tengo escritos varios cuentos cortos, algunos de los cuales han sido finalistas en premios u obtenido segundos premios, y estoy corrigiendo mi primera novela con Marcelo di Marco.

 

5) ¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?

En sacar términos de tía solterona, en ser más conciso en las frases, en ir directo al grano, en ser más cósico, y en cortar y sacar todo lo que —aunque a primera vista no parezca— sobra (iba a poner “abunda”, pero sonaba a tía solterona, jejé).

 

 

fin

 

¡Muchas gracias, Horacio!

 

De buena madera

por Sofía Passini (1971-2003)

El pasado 17 de octubre se cumplieron once años del fallecimiento de Sofía, quien, en palabras de Marcelo di Marco, «era en verdad una mexicanita excelente, muy amable y dulce. Narradora talentosa y perseverante, cada vez sacaba mejores cuentos. A mí me queda un hermoso recuerdo de Sofi, la sensación de haber trabajado juntos con toda la garra hasta el final”.
No contamos con muchos más datos biográficos, pero qué mejor descripción de ella que la escrita por un amigo suyo, José Antonio Cotrina, en el foro de elaleph:

«Sofía Passini. Asrai. Asraii.
¿Cómo describir lo indescriptible? ¿Cómo dar con las frases que retraten el milagro? ¿Cómo encontrar el verbo que conjugue a la vez la magia, la sorpresa, el sueño, el delirio de haber tenido la suerte de coincidir con Sofía, de haber estado a su lado aunque nos separara un océano?
Es imposible.
Pero una de las muchísimas cosas que aprendí con ella fue que la única dirección en la que es “sensato” avanzar es esa misma: hacia lo imposible. Avanzar siempre hacia el sueño aunque no lleguemos a soñarlo nunca, aunque no alcancemos la meta. Rumbo a lo imposible. Siempre.
Para hablar de ella podría recurrir al tópico. Podría decir que Sofía era madre, hermana, hija, amiga, sueño, sorpresa, alma, compañera… Que era la mejor. Podría decir que tenía 32 años y que era un milagro. Pero ésa no es la verdad completa, no lo es. Es imposible retratar la maravilla. No hay palabras que puedan contenerla.
Porque es Sofía…
Adoraba a su familia. Vivía rodeada de animales: gatos, perros, peces, tortugas existencialistas, camaleones… Tenía los mejores amigos del mundo, y entre ellos un grupo maravilloso de ludotequitos de los que no paraba de hablar. Le gustaba pescar para luego devolver el pez al agua, pero sólo después de ponerle nombre, “porque así puedes llamarlos cuando quieras, porque si tienen nombre saben quiénes son y además son tus amigos, porque los dejaste ir”. Era amor desmedido. Hacía magia con las matemáticas. No le gustaba ir de tiendas, pero nada de nada  (¿Y las librerías? le pregunté yo. Las librerías no son tiendas, me contestó con toda la seriedad y razón del mundo) Hacía su propio papel en el microondas. Se perdía en los libros como sólo los que los aman de verdad son capaces de hacerlo. Dibujaba sueños propios y ajenos, y redefinía el color en cada uno de ellos. Encerraba unicornios y ángeles en exlibris con su nombre y el mío. Repartía estrellas, libros y atrapasueños en sobres que cruzaban el mar y te dejaban temblando, porque dentro venían su alegría, su melancolía, su aroma… Era Sofía. Amaba la naturaleza y vivía en Tequisquiapan (Querétaro, México) el lugar donde dicen que se encuentra la Fuente de la Eterna Juventud. Era la reina del país de las búsquedas, era el sueño que soñamos los que vamos dando tropezones en los márgenes de la realidad. Conocía el secreto que hace aullar a los caracoles y convierte a la luna en una sonrisa encajada entre las ramas de un árbol. Era un hada. Conjuró la mejor tormenta, la que no terminará jamás, porque la llevo dentro. Invocó el silencio que dejan las golondrinas a su paso y descubrió con su risa lo que trataba de callar el espíritu de la escalera. Era vida. Le gustaban los suelos resbalosos para patinar en ellos, aunque esos suelos fueran de lugares serios y dignos como museos y teatros donde está mal visto patinar. Le encantaba la arquitectura. Los títeres. Las libélulas. Los dulces. Los duendes, las hadas –ella era Asrai, la mejor de todas ellas–. Las velas perfumadas. Escribir, jugar con las palabras, haciéndolas bailar para contar historias que sólo ella podía contar.  Encontró la cita adecuada para cambiar mi vida y la de muchos.  Adoraba la ópera (Puccini ¡Tosca!) Le encantaba jugar al ajedrez y si era con su abuelo, todavía más…
Pero sobre todas las cosas amaba a sus hijos: Fede y María. Dos sueños. Dos milagros que sin ella no hubieran sido posibles.
No, es tontería, es imposible describirla, aunque me pasara la vida entera escribiendo sólo lograría capturar un atisbo de su sombra, pálidos reflejos del indescriptible fulgor de una existencia mágica.
Como le dije a una persona muy cercana a ella: “Porque es Sofía. Y es sueño y risa y alegría y magia constante. Y es una ausencia habitada. Y es juego y música. Lo es todo. Y lo seguirá siendo para siempre.”
Para siempre, sí.
Porque Sofía es un hada que se convirtió en ángel”.

 

 

 

—Escuche, reverendo Flitch —dijo Mr. Monroe diluyendo un terrón de azúcar sobre la cuchara que apenas tocaba el té—. Soy un hombre razonable, pero lo que usted me pide no tiene sentido.
—Mr. Monroe, no estoy hablando de todo el terreno de la loma. Es sólo ahí, donde el arroyo termina formando el espejo de agua. No creo que sean más de cinco o seis árboles. ¿En qué podría afectarle?
—Terminemos el té. Después lo llevaré a conocer la fábrica, así podrá usted comprender mejor.
El despacho de Mr. Monroe era un lugar confortable y bien amueblado. Las paredes tenían a esa hora un cálido color durazno, reflejo del atardecer que las cortinas descorridas dejaban pasar. El enorme librero y la mayor parte de los libros, así como el escritorio de caoba, los sillones tapizados en piel y la exquisita vitrina del fondo habían sido colocados ahí por Mr. Monroe padre. La delicadeza del espacio era absolutamente discordante con la figura de Mr. Monroe hijo, quien ya rozaba los cincuenta. Alto, gordo, calvo y gris, semejaba un elefante atrapado en un reloj de cucú. Cuando se levantó, pesado, y caminó despacio hacia la vitrina, el reverendo Flitch pensó que el imaginario reloj debía estar marcando la hora en punto. Con una suavidad que le era ajena, Mr. Monroe abrió sólo una de las hojas y sacó una caja plana y larga de madera pulida. La colocó con extremo cuidado sobre el escritorio, deslizó la tapa y tomó uno de los lápices que estaba en el interior.
—Mírelo bien, reverendo, obsérvelo con atención —dijo Mr. Monroe entregándole el lápiz—. ¿Qué es lo que ve?
—Un lápiz, hijo, no es más que un lápiz. Hermoso, sí, pero no puede usted compararlo con…
—¡Un lápiz! —interrumpió furioso Mr. Monroe golpeando el escritorio con los puños—. Un lápiz nada más. ¡Es una obra maestra! Es perfecto, delicado pero fuerte, bello y práctico a la vez. ¡Práctico! ¿Entiende? En él se basa el progreso. Sus niños, que hoy juegan en mi arroyo, mañana deberán ser hombres de provecho. Claro que, para ello, habrá que educarlos. Tendrán que aprender a leer y escribir. ¿Y con qué escribirán si no se fabrican más lápices?
—Pero…
— Y no sólo eso, reverendo. ¿Tiene usted idea de cuántas familias dependen de este lugar? ¡Ciento cincuenta! Ciento cincuenta hombres mantienen aquí a sus mujeres y a sus hijos gracias a esto que usted llama lápiz, sólo lápiz. Pero eso no es todo. ¡No! No es sólo el futuro de este país. Miles de personas en Ceilán viven de las exportaciones de grafito. Transacciones que constituyen una parte medular del comercio. ¡Barcos, puertos, ciudades enteras! ¡Y todo por un simple lápiz!
Agotado, Mr. Monroe suspiró. Lanzando una de sus manazas le arrebató el lápiz al reverendo Flitch, quien lo miró desconcertado. Les había prometido a los niños salvar al menos ese pequeño pedazo de bosque. Creía que, con los argumentos correctos, toda persona podía cambiar de opinión. Pero ahora no estaba tan seguro.
—Mr. Monroe, se trata tan sólo de un pequeño jardín boscoso. Esos cedros no harán un imperio… pero sí hacen felices a nuestros niños, que juegan ahí durante el verano. Todas sus fantasías dependen de ese sitio. Cuentan, por ejemplo, que los círculos de hadas…
—¿Círculos? ¿Círculos de hadas? ¡Basta, reverendo, basta! Estamos en 1845 y usted viene a hablarme de hadas, duendes y vaya a saber qué más. Mire: ésta es mi fábrica, son mis terrenos, son mis árboles. Haré con ellos lo que me venga en gana y lo que me viene en gana es hacer lápices. Lápices verdes como gnomos, si usted quiere. Ahora, si me disculpa —señaló la puerta—, acabo de recordar algo que debo atender con urgencia. Nos veremos en otra ocasión. Gracias por su visita.

—Thoreau escribió su libro más influyente, Walden, sobre el ciclo de la vida en el lago Walden, a unas dos millas del centro de Concord, donde vivió entre 1845 y 1847. Pero su mayor y más impresionante obra es un diario que contiene unos dos millones de palabras.
Parado al frente del pizarrón, el profesor dejaba fluir uno más de sus monótonos discursos a los que nadie ponía atención. La poca luz en el salón de clases, el intenso calor y la voz gutural y monocromática que rebotaba contra las paredes mantenían a los alumnos en un estado límbico. Nadie haría preguntas, nadie interrumpiría la aburrida clase de literatura, que ni siquiera era aprovechada para hacer las tareas de otras materias.
El sonido del timbre despertó a los alumnos, que comenzaron a desperezarse mientras trataban de recobrar la conciencia y guardar los útiles.
—Les recuerdo que deberán entregar sus ensayos el martes de la próxima semana —dijo el profesor, al tiempo que recogía los libros puestos en reposo sobre el escritorio durante cuarenta y cinco minutos. Y agregó amenazante—: Señorita Jiménez, la espero en mi oficina a la hora del receso.
Gina ni lo miró. Guardó su cuaderno y comenzó a acomodar los lápices y las plumas dentro del estuche. No quería ir a clase de música, había olvidado otra vez la flauta. Aquel sería otro de esos días que parecían no terminar jamás; otro de los muchos días que, si pudiera, borraría del calendario. Inés se acercó, contenta como siempre. Gina admiraba su capacidad para esquivar cualquier situación.
—No le hagas caso, no pasará de ser otro de sus aburridos sermones. Total, saliendo nos vamos por ahí.
—Inés, yo tengo beca, las calificaciones sí me importan. Me va a reprobar, estoy segura. El tipo me odia más a mí que yo a él. Además ya conoces a mis papás, no me la voy a acabar.
—Pues invéntale algo —sugirió Inés—. Imaginación te sobra. ¿Sabes para qué te quiere ver?
—No, no tengo idea. ¿Podrías taparme en música? Te alcanzo después.
Salió corriendo, necesitaba esconderse en alguna parte: si el director la veía fuera de clase otra vez, tendría un problema aún mayor. Sentada atrás del autobús del colegio, Gina trataba de entender por qué siempre las cosas le tenían que salir mal. No había nada en ella que le pareciera distinto al resto de las personas. Era exactamente un ser humano promedio, con una familia normal, una casa como cualquiera; iba a un colegio común, hacía las tareas, y cumplía con sus deberes por las tardes. No esperaba nada extraordinario, pero tampoco encontraba ninguna razón para atraer así la mala suerte. Sacó la manzana que traía en la mochila.
—No sirvo ni para Blanca Nieves ni para bruja. Pero ahora sí voy a terminar en la hoguera, y ni siquiera sabré por qué.
Mordisqueando la manzana, esperó a que todos estuvieran en el patio para salir de su escondite. Al acercarse a los cubículos de los profesores, las manos comenzaron a sudarle; se las restregó en la falda antes de aventurarse a tocar. Nadie respondió. Temblando, abrió la puerta.
—Profesor Fernández, ¿puedo pasar?
Sin voltear a verla, el profesor le indicó con una seña que pasara. Estaba concentrado leyendo alguno de los muchos trabajos que les dejaba a los alumnos, y no parecía tener intenciones de suspender su tarea. Gina miró la pequeña oficina, en la que apenas cabían el escritorio y un archivero viejo, con paredes cubiertas de tablas empotradas, llenas de libros y papeles en absoluto desorden. Olía a humedad, a papel; pero, sobre todo, a viejo. De pronto el profesor apartó los papeles y levantó la cabeza. Tenía cara de rata, ojos de rata, y cuando se enfadaba movía la nariz como rata. Una rata blanca y arrugada, pensó Gina mientras trataba de obligar a la saliva a pasar por la garganta y retorcía las manos escondidas tras la espalda, entretenidas en deformar el sweater.
— Señorita Jiménez… ¿usted se piensa muy lista o cree que yo soy idiota? —preguntó el profesor, al tiempo que sacaba un fólder del segundo cajón del archivero.
—No, profesor.
—¿»No, profesor»? ¿Eso es lo único que se le ocurre decir? Pues le tengo malas noticias: ni usted es tan lista ni yo soy idiota. Pensó usted que podría hacer trampa durante todo el año, ¿no es cierto? Total, si el idiota no descubrió el primero, no descubrirá ninguno y yo pasaré el curso sin problemas y sin esfuerzo. ¿No es eso?
La recriminación tomó a Gina por sorpresa. No había preparado algo como sugirió Inés, porque no sabía para qué la había llamado el profesor. Pero acusarla de hacer trampa… ¿Trampa en qué? Que le dijera que sus trabajos eran mediocres, que no se esforzaba, que seguramente los hacía durante otras clases y a la carrera, sólo para entregar, vaya y pase. ¿Pero trampa? Y debía verse muy sorprendida: la rata blanca comenzó a ponerse roja y de pronto soltó una carcajada amarga.
— ¡Pero qué buena actriz es usted! ¿Hasta dónde llevará la farsa? ¿Se piensa que no leo jamás? Claro, autores poco conocidos… ¡Poco conocidos para usted, no para mí! Maupassant, señorita Jiménez, fue la peor de sus ideas.
—¿Mo…?
Gina entendía cada vez menos, la cabeza le daba vueltas, sentía que el espacio se reducía sobre ella. Ahora sí estaba temblando de verdad. A pesar de conocer el mal carácter del profesor, jamás imaginó que pudiera enfadarse de esa manera. Estaba asustada, realmente asustada, y no podía pensar en otra cosa. Él se levantó y tomó un libro pequeño de una de las tablas, después abrió el fólder que había sacado del archivero.
—Este cuento, señorita —dijo blandiendo las hojas, triunfal—, ya lo localicé también. Lo recordaba, desde luego. Me lo había entregado usted a principio de año. Siempre lo supe, pero no había dado con él. Creyó usted que con unas cuantas modificaciones, que, por cierto, perjudican a la obra original, yo no me daría cuenta. ¡Plagio! Se llama plagio lo que usted ha venido haciendo todos estos meses: robo, mentira, engaño, burla. ¡Plagio! Ande, diga que no es cierto. Quizá no sea la misma edición, pero… ¿no es éste uno de sus cuentos?
Le dio el libro abierto por la mitad. Tratando de ganar tiempo para poder acomodar las ideas, Gina comenzó a leer. Tuvo que apoyarse en una de las tablas: el profesor tenía razón; efectivamente, el cuento que estaba leyendo era casi igual al suyo. Era una pesadilla, sólo tenía que dejarla correr y rogar para que no sonara el despertador, para no recordar. Eso: leyendo dejaría que el tiempo corriera, ya no pasaría nada más. Sin embargo la rata no tenía las mismas intenciones; su papel en el sueño era mantener la pesadilla. Se paró frente a ella y le arrebató el libro.
—¡Es mi cuento! —exclamó Gina, y enseguida se arrepintió.
—No, no es su cuento. Con ciento cuarenta años de diferencia, es fácil saber quién copió a quien. Ahora, dígame, ¿qué sugiere?
—Profesor… No sé, Déjeme explicarle… mire, yo, éste…

No supo cómo logró salir de la oficina. Lo que tenía claro es que no estaba soñando. La realidad era absurda, pero real. Tan real como la amenaza de enfrentar al Consejo Académico, que seguramente la expulsaría. Entonces no podría conseguir entrar a ninguna otra escuela, obtener una nueva beca sería impensable. Imaginó con claridad los gritos del padre, los sollozos de la madre y las burlas del hermano, que no perdería la oportunidad para demostrar que la hermana intachable no era más que una extraordinaria mentirosa. Además… ¿cómo podría localizar los otros cuentos, si ni siquiera sabía cuáles eran? El profesor sólo había dicho que databan del siglo XIX, no le había dado más que un nombre y un título. ¿Cómo quería que ella entregara en una lista los nombres de los otros autores y los títulos de los otros cuatro cuentos? Se le antojaba imposible. La otra parte, lo de escribir cinco cuentos nuevos en un fin de semana, no sería difícil. Total, no los quería para un concurso, ni siquiera para obtener alguna nota. Ella no había copiado los otros. Era una coincidencia… fantástica, sí, pero nada más. ¿Y si lo intentaba? ¿Y si sucedía lo mismo?
No quería pensar. En cuanto empezaba a brotar alguna idea, Gina la empujaba al fondo: todas se asomaban horribles. Tenía miedo, quería correr y alejarse. No sabía a dónde, o de quién, o de qué.
Movida por el instinto llegó hasta la biblioteca. Parada frente a la puerta, no se atrevía a entrar. Tampoco a irse. Caminó hasta la mesa de recepción, abrazando muy fuerte su mochila. La bibliotecaria, aburrida, pasaba las páginas de una revista vieja lamiéndose el dedo índice. Era una mujer gorda y desagradable, parecía más vieja que el edificio. Tenía el mismo color ocre que las paredes. Tal vez, cuando las pintaron, ella ya estaba encaramada en aquella silla, y al no moverse debieron pasar la brocha sobre ella sin que nadie notara que se trataba de una mujer.
—Disculpe… Estoy buscando un libro. Un libro, un cuento de un escritor que…
—LITERATURA. Tercer corredor a la derecha. CUENTOS al final. Credencial.
Sacó la credencial de su mochila y la dejó sobre la mesa. Sin ver, la mujer cogió la credencial y la metió en una caja de cartón forrada con un papel de flores deslucidas y opacas. Gina se volvió para buscar en el tercer pasillo. La penumbra, a la que todavía no se acostumbraba, le pareció aterradora: era el lugar perfecto para que pasearan fantasmas. Sacudió la cabeza tratando de ahuyentar la idea. Fantasmas no. Esa era la primera de las ideas que querían brotar. Luchaba para que se mantuviera quieta.
Nada es más difícil que buscar sin saber qué es lo que se busca. Gina veía los lomos de los libros, ninguno le resultaba familiar; no había nombres que indicaran nada, no se atrevía a tocarlos. Y constantemente volteaba para asegurarse de que nadie la observaba, de que nadie caminaba junto a ella. Sólo estaba la bibliotecaria; pero la mujer continuaba en su revista, viéndola sin ver.
Tres tomos verdes y anchos la llamaron por fin. Se trataba de una antología: Los mejores cuentos fantásticos y de terror. Siglo XIX. Cargando los tres tomos se dirigió a una de las mesas, dejó su mochila en el piso y se sentó.
En las películas, las bibliotecas siempre tienen hermosos libreros, mesas pulidas con lámparas doradas y suaves alfombras de dibujos geométricos. Pero aquí la realidad era bien distinta: los metálicos libreros grises parecían haber vivido mejores días en una ferretería y clamaban ahora por un poco de pintura. Las sillas, también de metal, rechinaban sobre el piso de cemento. Las lámparas de neón, cansadas en el techo, no paraban de parpadear su luz verdosa y mortecina. Y, en las mesas rayadas, algo pegajoso invitaba a no quedarse. Pero Gina no tenía opción: si quería seguir estudiando, debía encontrar los cuentos. Y con ellos, quizás, una explicación lógica. Comenzó por revisar los índices. En el segundo tomo encontró el nombre de uno de los escritores que había apuntado el profesor Fernández en la carátula del fólder que le entregó con las copias de sus trabajos. Él había guardado los originales —obviamente no se los confiaría: ella era, para él, la más tramposa.
G-U-Y D-E M-A-U-P-A-S-S-A-N-T, «La noche» página 167.

Gina buscó la página y comenzó a leer:
Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
No lo podía creer. Sacó unas de las copias, las puso junto al libro:
Soy como el búho que ama la noche, huyo como una sombra negra que atraviesa el espacio negro, voy lanzando mi grito vibrante y violento…
No, no podía ser, pasó la página…
¡Y era igual, todo era prácticamente igual! En el libro: La ciudad dormía y nubes grandes, nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo. Y en las copias, en las malditas copias que ella había escrito: Grandes nubes negras se esparcían lentamente en el cielo mientras la ciudad dormía.
Temblando trató de buscar el final de la historia. Confundía las páginas, no podía mantener el libro abierto, lo hojeaba hacia adelante y hacia atrás. Por fin, el cuento terminaba. Gina trató de leer en voz alta. Las lágrimas apenas la dejaron ver las palabras, que en hojas diferentes se repetían como pesadillas. Ya no era el final de dos cuentos sino una extraña sentencia, una sentencia en duplicado: Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver… y que iba a morir… yo también… Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver… y que iba a morir… yo también…

Sentada frente al libro, arrugó las condenadas copias. La turbación del principio se había transformado en el terror que lo paraliza todo. No podía moverse, sólo lloraba. El libro estaba ahí, como si viniera de muy lejos, como hecho de otra sustancia donde las dimensiones se mueven distinto.
Todas las ideas que había querido mantener en silencio, saltaron, gritaron, la golpearon. ¿Por qué? Entendía cada vez menos y el miedo era cada vez mayor. Sin pensarlo, metió los pesados libros en la mochila y salió corriendo.
Hacia tiempo que había tocado para salir, la puerta del colegio estaba abierta. Gina corrió sin detenerse hasta llegar a un parque. Ahí notó que la mochila pesaba muchísimo. Le dolían las piernas, la cabeza y el estómago. Se dejó caer en una banca. El sonido del agua de la fuente, los colores de los globos con los que paseaba el globero, los árboles, los setos bien cortados, las flores y los niños pequeños que corrían y reían causaron un efecto sedante. Pudo por fin no pensar.
No supo cuánto tiempo había estado ahí sentada, sin moverse. Cuando los niños comenzaron a irse, tomó su mochila y caminó despacio. Por sí solas, las calles la llevaron hasta la puerta de su casa.

—¡Gina, dónde te habías metido! Me tenías muy preocupada. Llamé a todas tus amigas, pero ninguna supo decirme dónde ubicarte. Tu papá no tarda en llegar…
—Estoy bien, mamá —dijo Gina, y comenzó a subir las escaleras—. Sólo me duele la cabeza y me quiero ir a dormir.
—Pero Gina, no me dejes hablando sola. Merezco una explicación. ¡Regina, te estoy hablando!
De un portazo, Gina se encerró en su habitación y aventó la mochila. Apoyada contra la puerta escuchó los ruidos que venían de abajo. Su madre seguramente se habría puesto a fregar las cacerolas. Siempre era igual: cuando se enfadaba, limpiaba cualquier cosa hasta tranquilizase.
Los golpes contra la puerta la sobresaltaron. Al abrir, la sorpresa y el remordimiento aturdieron más a Gina: parada en el pasillo la madre esperaba paciente con una taza de té y un par de aspirinas.
—Gina, mañana hablaremos —parecía más preocupada que molesta —. Me debes una explicación. Y ya verás: algún día, tú tendrás hijos y te harán lo mismo.
—Sí mamá, ya lo sé. Me lo has dicho un millón de veces —tomó la taza y las pastillas, quiso sonreír, pero no pudo.
Esta vez cerró la puerta con cuidado, dejó el té sobre la mesa de noche y se acostó boca arriba en la cama. El miedo regresaba violento. Por más que trataba de no pensar, aparecían imágenes grotescas. Fantasmas transparentes flotando en la habitación se acercaban a ella y dictaban suplicantes historias atormentadas. Cuerpos muertos se levantaban y golpeaban en las ventanas extraños códigos de recuerdos impensables. No se movió, procuraba no ver ni escuchar nada. Trataba de tener una respiración sutil, tan sutil como la de los niños en sus cunas. De pronto sintió el aliento que seguramente voces perversas habían dejado escapar sobre su propia cuna cuando ella era pequeña. Las voces de seres que se divertían narrando relatos falsos para que los niños que parecían dormir tranquilos crecieran marcados, atados para siempre a las pesadillas.
No quería arriesgarse a cerrar los ojos, mucho menos a apagar la luz. No tocaría los libros, no en la noche. Música, sí, tal vez la música lograría alejar a los fantasmas. Revolvió entre los cds. No podía equivocarse: necesitaba encontrar uno que no molestara a los fantasmas, pero que tampoco les fuera a gustar tanto que decidieran instalarse todos juntos, al mismo tiempo, en su habitación. Canciones, necesitaba canciones. Canciones con letras tontas. Al fin eligió uno, lo hizo sonar. ¿Dónde estaba el conejo con el que dormía cuando era pequeña? Registró el closet hasta encontrarlo. Volvió a dejarse caer en la cama abrazándolo. No dormiría, esta vez no la tomarían desprevenida.
La luz la despertó, había olvidado cerrar las cortinas de su ventana. Salió de la habitación y bajó las escaleras. El tarado de Alberto ya estaba instalado frente a la televisión, no se movería en todo el día. En la cocina el padre leía el periódico, lanzó un gruñido a manera de saludo.
—¿Ya te sientes bien? —preguntó la madre, que se afanaba preparando el desayuno—. Ayúdame a poner la mesa.
—Ayer estuve en la biblioteca.
La madre volteó haciéndole una seña para que se callara. Era mejor guardar silencio, mantener la complicidad y la tranquilidad del sábado; después de todo, Gina había llegado antes que el padre. Para hacer girar la conversación, Gina preguntó:
— ¿Crees que existen los fantasmas, mamá?
—No preguntes tonterías y apúrate. Tú papá y yo iremos hoy a la comida anual del bufete. Te dejaré dinero para que pidan pizzas, apenas tengo tiempo para arreglarme. Y Gina, por favor, no pelees con tu hermano.
Arregló la habitación como nunca lo hacía, trataba de perder tiempo y mantenerse ocupada para no pensar y no tener que acercarse a los libros. Sin embargo, quería descubrir la verdad. Quizá hubiera una explicación tan simple que no alcanzaba a entenderla. Así pasaba siempre, las cosas más sencillas eran para ella las más difíciles. Acomodó los libros sobre el escritorio, y puso junto a ellos un fajo de hojas y el estuche de los lápices. No sabía muy bien por dónde empezar. Decidió escribir primero los cuentos, antes de leer. Lo mejor sería evitar la influencia de los relatos. Por otra parte, era de día, y ella siempre hacía las tareas en las noches. Quizá la hora fuera parte del problema.
Con los codos sobre el escritorio y la cabeza apoyada en las manos, Gina buscaba una historia. Contaría cualquier cosa en la que no sucediera nada extraordinario. Un día de campo o un cumpleaños estaría bien. Tomó un lápiz y comenzó a escribir. Las palabras salieron. Pronto el cuento fue tomando sentido.

Leyó la nueva historia y sonrió, había quedado bastante bien. Tal vez podría hacer los otros cuatro cuentos. Si los presentaba prolijamente el lunes y se inventaba una explicación absurda, de esas en las que sólo los maestros creen, quizá el profesor Fernández olvidaría la amenaza del Consejo Académico.
De cualquier manera, ella tenía que descubrir la verdadera explicación. Pero ganaría tiempo. Además, sea lo que fuese, tenía la absoluta certeza de que en el colegio no podría usar la verdad como una explicación satisfactoria. Terminarían enviándola con la psicóloga.
Gina pensó entonces en la psicóloga. A lo mejor no había fantasmas ni nada de eso. Podría ser que tuviera una doble personalidad, podría ser que una Gina leía cuentos y la otra los escribía, pero no se conocían entre ellas. Esta nueva idea la tranquilizó. Se había dejado llevar por ideas disparatadas. Entre la locura y los fantasmas, la locura es un enorme consuelo. Un manicomio no es tan mala idea, comparado con cualquier cosa del más allá.
Aún era temprano. Si se daba prisa, podría acabar los cuentos y tratar de encontrar los originales que la otra Gina leía quién sabe a qué horas. Después sólo tendría que planear la manera de explicarlo todo. Iría con la psicóloga, que la pondría bajo tratamiento. Eso sí: tendría que hacer que el profesor Fernández se tragara todas sus palabras. ¡Acusarla de tramposa, tan luego, cuando sólo estaba un poco loca! Él debía haber descubierto que Gina necesitaba ayuda, que no era como los demás. Y sus padres exigiéndole siempre tanto… Y ahora sería su hermano quien tendría que hacer la mayor parte de los deberes y ser comprensivo y paciente con ella. Sonrió: la tercera Gina acaba de aparecer; una Gina con suerte, que sería tratada siempre con respeto y temor. Por qué no.
Contenta, abrió uno de los tomos verdes. Comenzó a leer. La noche se acercaba.

Había encontrado todos los cuentos, incluyendo el nuevo que escribió esa mañana. El terror la capturó, el alivio de la locura había escapado muchas horas antes. Furiosa, aventó los libros contra la pared y arrugó todas las hojas. El viento que entraba por la ventana hizo pasar las páginas de los libros que habían caído abiertos. Sin ningún orden sacaba las cosas del closet y las arrojaba sobre los libros, quería que desaparecieran. Cuando los hubo sepultado bajo un montón de ropa, se dejó caer en un rincón. Agotada, lloró.

horla01

—Qué bueno que vienes, Inés —dijo la madre de Gina—. A ver si contigo quiere hablar. El médico ha dicho que es una depresión profunda. Si continua así, no sé que haremos. Inés, antes de que te vayas quisiera que habláramos un rato.
—Sí, señora, la busco antes de irme. ¿Gina está en su habitación?
—En todos estos días no ha querido salir de ahí. Sube. Si me necesitan, estaré aquí.

—Gina. Gina, soy yo, Inés. Abre por favor.
Inés esperó un rato en el umbral, la puerta estaba cerrada con llave. Cuando finalmente se abrió, la imagen de Gina la dejó paralizada: en medio de un profuso desorden, se veía enferma, ojerosa, apenas cubierta con una camiseta vieja. Había libros, hojas, cds y ropa tirados por todas partes. La cama estaba sin hacer, el estéreo roto; las cortinas descolgadas componían un enorme bulto en un rincón.
Gina no parecía haber notado la presencia de Inés. En silencio caminó hasta el otro lado de la habitación y se sentó sobre la cama. De pronto comenzó a llorar. Inés no sabía que hacer; decidió ponerse a recoger un poco, más por no quedarse inmóvil que por ayudar.
—Inés —dijo Gina de pronto—, esto es horrible. No sé lo que está pasando, pero tengo mucho miedo.
—Gina, ¿qué pasa? —Inés se sentó en la orilla de la cama.
—¿Puedo confiar en ti? ¿Me ayudarás? —sin esperar una respuesta, Gina se levantó, comenzó a revolver entre los montones de hojas y las apiló en el suelo. Después recogió varios libros, que colocó a un lado de los papeles—. Revísalos, Inés. Tienes que decirme qué está pasando, qué me está pasando.
Inés se acomodó para ver los papeles. Nunca le había gustado leer, pero al menos fingiría. A ver si, mientras tanto, Gina terminaba de explicarle de qué se trataba todo aquello, porque ella no entendía una palabra.
Minutos después, Gina tomó un grupo de hojas engrapadas y leyó el cuento en voz alta. Luego leyó el mismo cuento, pero esta vez de uno de los libros.
— ¿Lo notaste? ¿Viste? Mis cuentos… son sus cuentos. ¡Sus cuentos!
—Gina, no entiendo ¿Copiaste las historias? ¿Cuál es el problema? Todos copiamos, no eres la única.
Gina no contestó, sólo movió la cabeza y se quedó mirando el vacío. Trataba de encontrar la manera de explicar lo que sucedía, pero no daba con ninguna idea coherente. Se sentía cansada. El miedo se había arraigado tanto que ya no pensaba en él.
—No, no copié nada. Todo lo escribí antes de conocer los cuentos… pero todos existían. No sé, es como si alguien me obligara, como si alguien se hubiera metido dentro y me dictará las historias. ¿Me crees?
Inés no sabía si creer o no en aquel relato misterioso, pero el estado de Gina la asustaba. Quería ayudarla y no se atrevía a contradecirla. Leyó dos cuentos más. De ser verdad lo que su amiga le contaba, estaban frente al suceso más extraordinario y aterrador que jamás hubiera imaginado. Finalmente se aventuró a sugerir una teoría sobre fantasmas.
—No sé bien, pero podrían ser fantasmas que no terminaron de hacer algo y buscan ayuda. O quizá sí exista la reencarnación, o hay espíritus que no conocemos y quién sabe cómo hacen estas cosas. Quizá sean ángeles o algo peor. Tal vez, extraterrestres que siempre han venido —Inés hablaba muy rápido; como tratando de que ninguna palabra fuera realmente comprensible, como si evitara caer en algún conjuro o invocación—. ¿Qué piensas tú? ¡Di algo!
Pero Gina callaba.
Intentando mantener la cordura y el orden, Inés trató de seguir el curso de las ideas.
—¡Pues por ahí, Gina! Mira: se me ocurre que, tal vez, descartando una a una las posibilidades, al final encontraremos la verdadera. Quizá demos con alguien que conozca un caso parecido y sepa qué hacer. ¿Por qué no buscamos a uno de esos tipos raros que investigan cosas paranormales o algo así?
—¿Y dónde vamos a conseguir a alguien así? —gritó Gina, desesperada.
—¡Espera! Vayamos con calma, o no resolveremos esto. Yo creo que lo primero es ver quiénes y luego dónde.
—Está bien, prefiero eso a seguir así. Tal vez, un psíquico…
—Todas las ideas, Gina. Desde gurús hasta exorcistas, brujos, gitanas o científicos.
Convencidas de que por fin hacían algo, decidieron preparar una lista. No descartarían ninguna probabilidad hasta estar completamente seguras de la inoperancia de cualquiera de las hipótesis.
—Bien —dijo Inés, segura—. Empecemos. Anotaremos todas las ideas y después planearemos cómo abordar a los expertos, ¿de acuerdo? Préstame una hoja o un cuaderno y algo para escribir.
Gina le entregó uno de los cuadernos del colegio, junto con una caja larga y plana de madera pulida. Inés deslizó la tapa de la caja y sacó uno de los lápices verdes que estaba en el interior.
— ¡Que lindos lápices! ¿De dónde los sacaste?
—¡Inés, para lindos estamos! Los compré en Concord, en una venta de garage. Fue el año pasado, cuando fuimos a visitar a los amigos de mis papás. Bueno, ¿vamos a hacer la lista o no?
Inés se acomodó en la silla frente al escritorio. Tomó el lápiz, preparada para empezar a escribir.
—Espera —interrumpió de pronto Inés—. Se me acaba de ocurrir una idea buenísima. La voy a escribir, quizá nos sirva de algo. Si quieres, tú ve haciendo la lista y ahora que termine te ayudo a completarla. No quiero que se me escape.
Sin decir más, Inés comenzó a escribir. Gina la miraba sorprendida. Después de unos minutos se acercó para ver lo que escribía. No lo podía creer. Inés estaba redactando un cuento.
Gina pensó en aquella idea que siempre le daba vueltas: la verdad siempre está en las cosas más simples, aun cuando parezcan fantásticas. Procurando no distraer a Inés, tomó la caja de los lápices y leyó la inscripción grabada en la parte posterior:
Monroe Pencils
Limited Production
Green Collection: Circle of Fairies
24 pencils
Manufactured product by petition of Mr. Thoreau

Gina sonrió y buscó con la mirada un libro, lo encontró junto al bulto de las cortinas. Revisó el índice. Ahí estaba: «El forjador de milagros», de Fitz-James O’Brien.
Se tiró en la cama con el libro abierto. Trataría de leer el cuento completo antes de que Inés terminara de escribirlo.

Efemérides

Dibujo

 

 

 

 

 

6 / Muere en 1880 Estanislao del Campo.

7 / Nace Albert Camus en 1913.

9 / En 1817 San Martín ordena crear en Mendoza la escuela para niñas de la Santísima Trinidad.

10 / Nace en 1834 José Hernández.

11/ Nace Fedor Dostoievski en 1821.

12 / Nace en 1651 Sor Juana de la Cruz.

13 / En 1850 nace Robert Louis Stevenson.

14 / En 1983 Rafael Alberti gana el Premio Cervantes.

15 / Adolfo Bioy Casares recibe el Premio Cervantes en 1990.

16 / En 1922 nace José Saramago.

17 / En 1875 muere Hilario Ascasubi.

19 / En 1919 se estrena en el Teatro Nacional M´hijo el dotor, obra que hizo famoso a Florencio Sánchez.

21 / Nace en 1694 Voltaire.

25 / En 1562 nace Lope de Vega.

28 / Nace William Blake en 1757. En 1924 se publica La montaña mágica, de T. Mann.

 

 

Destacada del mes

 

30 / En 1835 nace Samuel Langhorne Clemens, conocido por el seudónimo de Mark Twain.

 

 

Tom_Sawyer_balsa_7

 

«Ya estaba trazando su porvenir, deslumbrante y esplendoroso. ¡Cómo llenaría su nombre el mundo y haría estremecerse a la gente! ¡Qué gloria la de hendir los mares procelosos con un rápido velero, el “Genio de la Tempestad”, con la terrible bandera flameando en el mástil! Y en el cenit de su fama aparecería de pronto en el pueblo, y entraría arrogante a la iglesia, tostado y curtido por la intemperie, con su justillo y calzas de negro terciopelo, sus grandes botas de campana, su tahalí escarlata, el cinto erizado de pistolones de arzón, el machete, tinto en sangre, al costado, el ancho sombrero con ondulante pluma, y desplegada la bandera negra ostentando la calavera y los huesos cruzados, y oiría con orgullo y deleite los cuchicheos: “¡Este es Tom Sawyer el Pirata! ¡El terrible Vengador de la América española!». (Las aventuras de Tom Sawyer)

El problema del narrador

«Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza».

Así comienza «Las ruinas circulares», cuento en el que Borges hace un uso maravilloso del narrador. Él mismo confiesa, en «Cómo nace un texto» (http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/borges4.htm), que la persona del narrador es un problema a resolver. Y, como se trata de una cuestión no menor para los escritores, todos nos lo preguntamos. La siguiente nota surgió a partir de una conversación en el Facebook del Taller de Corte y Corrección (https://www.facebook.com/groups/125237140918420/?ref=ts&fref=ts). Fue generada por una pregunta de Adrián Granatto.  La presentamos así, como conversación, para no quitarle su sabor dialógico.

 

Adrián Granatto: A ver si llegamos a una conclusión: pros y contras de escribir en primera persona.

  1. Nos quedamos sólo con la opinión del personaje principal…¿Otras?

Pablo Luis Profili: No solamente la opinión. toda la acción gira sí o sí sobre el narrador en primera persona. Lo que acontece por afuera de él, nos llega relatado de manera indirecta.

Adrián Granatto: Todas contras, hermano. Tiren una buena, por Dió…

Pablo Luis Profili: No son contras, ¡no fue mi intención! Más aún: la primera persona me gusta, da una sensación de cercanía, de intimidad con el lector, hasta te diría de confidencialidad. Pero bueno, como cualquier otro punto de vista, presenta virtudes y defectos.

Marcelo di Marco: Pros de la primera persona:
1. La acción es más verosímil cuando la escuchamos de labios del narrador de carne y hueso. Esto se da, claro, cuando el personaje es de carne y hueso y no de papel y tinta.
2. El relato, si se sostiene la voz de ese narrador, es más unificado y redondo. Más coherente y cohesivo.
3. El lenguaje dependerá del nivel de lengua del narrador, y eso ayuda al enmascaramiento que todo buen artista pretende.

Contras de la primera persona:
1. Nos perdemos al narrador omnisciente en tercera persona, con toda su batería de voces, registros y resonancias. En esto, olvidate de todo lo que aprendiste sobre el punto de vista (desde la tercera). Cero lucimiento al respecto.
2. Sólo podemos contar lo que el narrador ve o testimonia. En un momento de VELS, el narrador se desmaya durante un buen rato, pero igual me las arreglé para que se enteraran él y el lector de lo que pasó mientras duró ese hiato.
3. Se corre el riesgo de caer en la monotonía, cuando la voz, en lugar de unificada es uniforme.

Espero haber dicho mucho con poco.

Evolution-Michael-Cheval

Adrián Granatto: Justo estoy en la parte del desmayo. Sin que me tomen de chupamedias, la escena de los gemelos contando el secuestro de los próceres, y la imagen de todos ellos haciendo fila para el baño con Urquiza fumándose un pucho… Una genialidad.

Daniel Echeverria: Brillante intervención, Di Marco.

Efrain Cardozo: Una pregunta, no creo que se salga del tema. Si la historia en primera persona la narra alguien con el vocabulario muy extenso, digamos un profesor doctor y demás en la lengua, de seguro se expresará de mejor forma en su narración que de la forma que llegaría a hacerlo un adolescente; pero digamos que este adolescente escribe igual sus escritos, por así decirlo: sus últimos escritos, no con un vocabulario muy extenso. Entonces el libro ¿deja de ser libro? ¿No perdería concordancia que al libro le pongamos palabras que ese adolescente nunca llegó a aprender?

Julieta Cejas Martinez: ¡Aguante la tercera!

Pablo Luis Profili: Efrain, no me quedó muy clara tu pregunta. ¿La historia la escribiría alguien con un determinado nivel de estudios —un académico, por ejemplo? ¿O el narrador y protagonista es un académico relatando sobre un adolescente?

Efrain Cardozo: Hay ventajas en escribir en primera persona, como dijo Marcelo di Marco: “1. La acción es más verosímil cuando la escuchamos de labios del narrador de carne y hueso. Esto se da, claro, cuando el personaje es de carne y hueso y no de papel y tinta”. Pero digamos que la historia va narrada en primera persona y trata de un niño huérfano con poca educación (es sólo un ejemplo), nunca estuvo en contacto con un libro, y aun así, en sus últimos días de vida tras haber pasado calamidades, deja sus últimos escritos: “El libro”. Y en este, no utiliza palabras que nunca llegó a conocer… (¿y de ahí volvemos a la pregunta que hice arriba?)

Pablo Luis Profili: Tal como creo haber aprendido en estos años del TCYC, el lenguaje del narrador se debe adaptar al protagonista.

Efrain Cardozo: Es a ello a lo que me refiero… A mí me gusta escribir en primer persona, por el punto 1 que señaló Di Marco. Entonces… ¿ponerle al libro palabras que el protagonista nunca llegó a aprender estaría mal?

Pablo Luis Profili: Y sí, ya que el texto perdería credibilidad, verosimilitud.

Efrain Cardozo: Muchas gracias por quitarme la duda… Creo que dormiré tranquilo esta noche. Saludos y buenas noches (lo digo por que para mí es tarde).

Pablo Luis Profili: Digamos que se le vería la “costura” al texto, se notaría al narrador, o al escritor, para ser más claros, escribiendo lo que dice el protagonista. ¡Espero haberte sido útil en algo, Efraín! Un abrazo.

Efrain Cardozo: Sí, usted y todos los comentaristas de arriba; un saludo, e igualmente, un abrazo.

Cristian Acevedo: Cito a Abelardo Castillo: “Un buen cuento es una historia contada de la única manera posible”. Creo que uno debe decidir (aunque muchas veces no es algo que uno decida) cada vez, ante cada relato.

Cristian Acevedo: Del cuento breve y sus alrededores, Cortázar: “Hace muchos años, en Buenos Aires, Ana Maríafinal-del-juego Barrenechea me reprochó amistosamente un exceso en el uso de la primera persona, creo que con referencia a los relatos de Las armas secretas, aunque quizá se trataba de los de Final del juego. Cuando le señalé que había varios en tercera persona, insistió en que no era así y tuve que probárselo libro en mano. Llegamos a la hipótesis de que quizá la tercera actuaba como una primera persona disfrazada, y que por eso la memoria tendía a homogeneizar monótonamente la serie de relatos del libro.”

Analía Pinto: La primera persona tiene pros y contras, como todo… Me parece que en cuestiones de escritura no se puede ser esquemático porque todo depende de lo que se quiera hacer, de lo que se quiera contar, de lo que la historia necesita.