Pensar el mito de forma diferente
Por Santiago Maqueda *
Una cuestión interesante, de entre las muchas que se discutieron, es la tesis política pero también moral que entreteje Nolan en “su” versión de la Odisea: hay un riesgo grande en llevar ciertas guerras (o, para hacerlo más relevante, instancias de lucha y conflicto humano) al extremo de terminar ganando pero, pese a ello, generar el efecto contrario al que se buscaba.
El Odiseo de Nolan es consciente de que los aqueos, aunque combatieron heroicamente, vencieron haciendo trampa y bastardeando los mandamientos divinos. Incluso duda de la finalidad real de la guerra (¿reparar la injusticia del rapto, o promover intereses comerciales particulares forzando la apertura de fronteras?). Lo que para el pueblo es causa de orgullo por una gesta heroica que se cantará para siempre, para el Odiseo de Nolan es causa de vergüenza y culpa de quien se dio cuenta de que colectivamente mataron a su dios.
Con o sin éxito (el tiempo dirá), Nolan propone una actualización y reversionamiento del mito. Lo mismo hacían, a su modo, los trágicos griegos y latinos. Nolan lo relee bajo nuevas claves, algo antiheroicas, de índole política, ética y teológica. Esta perspectiva no está tan presente en la Odisea de Homero, aunque Odiseo, antes que virtuoso, es un tipo complicado y complejo: se equivoca, lleva a la muerte a su gente, ejecuta a las sirvientas. Por eso la elección en la traducción de Emily Wilson (“a complicated man”) me parece legítima, como la de ingenioso, astuto o multiforme. Pero esta lectura trágica de la guerra sí está más presente en la Ilíada: ahí incluso los que ganan pierden. Y ni hablar si a Homero se lo lee desde la Eneida (escrita unos seis siglos después): en Virgilio, los homéricos conquistadores de Troya son los bárbaros que destruyen una civilización.
Es siempre interesante esta discusión sobre la ambigüedad moral de muchas guerras, esa siempre vigente dicotomía de civilización y barbarie (los bárbaros que se civilizan; los civilizadores que se barbarizan). Es también la tragedia de quien, buscando traer orden y justicia, trae caos e injusticia: la de quien, queriendo restablecer la ley de Dios, termina matando a su propio Dios. Suena familiar con muchas situaciones viejas y contemporáneas.

Todas estas, creo, son ideas cristianas impuestas sobre el relato mítico. La ley de Zeus, tal como la presenta Nolan (tratá bien a todos porque podría ser un dios encubierto), está muy influida por el “tuve hambre y me diste de comer” de Jesús y por el “no se olviden de la hospitalidad; por ella algunos sin saberlo hospedaron a ángeles” de San Pablo. Resuena también en esa discusión la doctrina escolástica de la guerra justa y la proporcionalidad de los medios. Es también la escultura “Ángeles sin saberlo” en la Plaza de San Pedro, en que en una barcaza con refugiados de conflictos bélicos se oculta la Sagrada Familia y se ven las alas de un ángel sobresalir de la muchedumbre; ojo con aquellos a quienes se mata o se rechaza: cuando se los hiciste, me lo hiciste.
¿Volvería a ver la película? No creo, porque dudo que ello me aporte más comprensión o profundidad (a diferencia de ese ensayo filosófico y teológico que es la Interstellar de Nolan). Pero me hizo pensar el mito de forma diferente. Ya con eso me enriquece la lectura de Homero, a quien sí pienso seguir releyendo.
Una Odisea sin Odiseo
Por Manuel Ayes **
Al principio creí que pecaba de purista, convertido en ese recalcitrante sacralizador de clásicos que los considera intocables, y que mi problema era no comprender lo que esencialmente es una adaptación. Pero concluí que sí la comprendo, nada menos, a partir del genial Palimpsestos, de Gérard Genette, y de los atinados criterios de Frédéric Sabouraud y Carmen Peña-Ardid.
Partamos de una afirmación: la fidelidad, entendida como reproducción servil, jamás me ha parecido un criterio artístico serio. Una película puede apartarse radicalmente de la obra que la inspira y ser una gran pieza cinematográfica. El curioso caso de Benjamin Button es un excelente ejemplo: cuento y película difieren mucho en su trama, y son igualmente sublimes porque conservan la esencia del personaje y el sentido profundo de la historia.
El problema no consiste en que Nolan cambie a Homero ni en que se aparte de la trama, sino en qué cambia y qué queda después. La Odisea define a Odiseo por una cualidad que aparece al inicio de una de sus traducciones más famosas, «varón de multiforme ingenio», y en la que insiste la dicción formular al identificarlo como «fecundo en ardides».
Odiseo es complejo. Basta revisar sus astucias, narradas por autores griegos que contribuyeron a fijar su figura mítica: engaña a Palamedes, descifra el oráculo de Télefo, desenmascara a Aquiles en Esciros y, sobre todo, burla a Polifemo, escena trastocada de manera colosal en la película sin que el final lo justifique, pese a que es el germen del conflicto. Su complejidad como hombre, pues, no consiste en una vaga profundidad psicológica: se manifiesta en la inteligencia con que entiende el mundo y opera sobre él.

Por eso importa que Emily Wilson, en cuya edición se basa Nolan, abra su traducción inglesa con «Tell me about a complicated man». La diferencia parece pequeña, pero organiza una concepción entera del personaje. Y aquí asoma la ironía: Wilson trata la película con menos indulgencia de la que Nolan concedió a su traducción actualizada. La despacha como un parque temático de 250 millones de dólares con Homero de utilería —sus adolescentes, cuenta, se la pasaron macanudo—, y después le destartala los huesos: ese Odiseo nolaniano desfigura la lógica del mundo imaginado por Homero, un mundo que Wilson, a diferencia de Nolan, comprende y respeta.
Nolan sustituye ese núcleo por uno que tiende a repetir: el guerrero culpable y atormentado, al que cambia la mêtis por el trauma reglamentario del veterano estadounidense. Funciona dentro de su filmografía, claro. El problema es que el personaje termina siendo más Nolan que Odiseo. Y la osadía de Nolan, o más bien libertinaje, es que se atreve a corregir el mundo homérico con la moral del presente, como si necesitara dejar constancia de que él sí aprendió la lección que tres mil años de humanidad, por lo visto, no ha entendido. Homero concibe la guerra, el honor, los dioses, la hospitalidad, el matrimonio y la muerte desde valores ajenos a los nuestros. Conocerlos ayuda a entender la obra, pero compartirlos, por fortuna, no hace falta: precisamente en esa distancia reside parte de su grandeza, porque La Odisea nace de un mundo remoto y, aun así, desentraña la condición humana.
En lugar de crear un personaje nuevo para sus preocupaciones existenciales y la corrección política de la progresía, Nolan las injerta en uno de los personajes más poderosos del imaginario occidental y termina batmanizando a Odiseo, condenándolo a habitar una Ciudad Gótica de mares e islas interiores.
No creo que La Odisea sea necesariamente una mala película. Creo algo más grave: que fracasó como obra de arte porque aniquiló aquello que permitió a la obra llegar al presente. Antes que el trauma, la culpa y nuestras urgencias morales contemporáneas y muchas veces impuestas, su verdad se encarna en un hombre capaz de comprender el mundo lo bastante bien como para engañarlo y sobrevivirle. Y acaso ahí esté la medida del fracaso de la adaptación. ¿Qué puede decirse de una película que, al salir de la sala, te devuelve a la calle con una sola pregunta: «¿Y esto para qué?»?
¿Un Odiseo a la medida de nuestros tiempos?
Por Carlos Pagán Barceló ***
Creo que para el espectador aficionado a la historia de la Edad Antigua no es fácil disfrutar de La Odisea de Nolan. Soy consciente de que esto tiene inmediata refutación: el cine no está obligado a reflejar la historia con pulcritud, máxime al adaptar una obra de ficción.
Pero si los personajes se empeñan en exponer apuntes históricos, de forma totalmente innecesaria, deberemos exigir un mínimo rigor. Odiseo dice en la película que se acerca el fin de la Edad del Bronce: esto es sencillamente un disparate. Aun en el caso de que pensásemos que el comentario remite a las edades de Hesíodo, seguiría siendo anacrónico, y además debería aludir a la Edad de los Héroes.
En la película aparecen otros anacronismos similares, como las alusiones de Odiseo a conceptos modernos como «pueblos del mar» o «civilización», o la insistencia en unos remordimientos por Troya que convierten al ambiguo héroe homérico en un personaje mucho más cercano a nuestra sensibilidad. O la idea de que la guerra tuvo por causa el «control de las rutas comerciales», en palabras de la propia Helena. En fin, lo que me saca de la película es esa necesidad de que sus personajes nos expliquen el pasado con nuestra voz. Parecen diletantes del siglo XXI que han hojeado algún libro de historia.
¿Que es una reinterpretación de La Odisea en clave moderna? Perfecto, pero existen reinterpretaciones más coherentes con sus propios planteamientos, como la de los hermanos Coen en el Misisipi de O Brother! O incluso aquella versión de dibujos animados y aventuras en el espacio: Ulises 31, gratísimo recuerdo de mi infancia.

Sin embargo, esta película se llama La Odisea y reproduce a su manera la obra, aun con injertos de otras, con cierta fidelidad aparente (sólo aparente). Se pretende dar un tratamiento serio al asunto, incluso con algún guiño para los que conocen la obra original. Por ejemplo, al menos dos veces se insinúa (aunque muy de pasada) que Mentor podría ser Atenea disfrazada, tal como sucede en La Odisea. Si el guionista deja guiños como este para demostrar que ha leído la obra y que va en serio, se pone el listón lo suficientemente alto como para que podamos criticar los anacronismos y las traiciones al espíritu de Homero.
El capítulo de esas traiciones excedería del espacio reservado a esta nota, y creo que son ostensibles: Circe como azote del machismo, Calipso convertida en una suerte de psicóloga, una Helena alejada de la descripción homérica («la de los níveos brazos»), una Atenea que no es precisamente «la ojizarca», unos lestrigones de un aspecto impropio de gigantes caníbales que arrojan piedras contra los barcos, un Polifemo que apenas habla, lo que nos priva de uno de los diálogos de la obra original, etc.
Esto se agrava porque la película, al menos en mi opinión, carece de momentos memorables. La Troya de 2004 adapta sin vocación de fidelidad algo de Ilíada y otras obras, pero tiene algunas escenas inolvidables (como el duelo de Aquiles con Boagrio), e incluso, aun dentro de su falta de rigor, logra captar mucho mejor la esencia de los personajes de Homero que la película de Nolan.
En fin, creo que es una oportunidad perdida de acercarnos a la obra original. Si los personajes de la película piensan conforme a las categorías modernas, el viaje pierde interés.
Eso sí, reconozco que tiene su gracia este Agamenón, vestido como una mezcla de Batman y policía antidisturbios. Parece escapado de la otra versión de La Odisea, esa que acaban de perpetrar los productores de Sharknado.

* Santiago Maqueda (1986) nació en la provincia de San Luis, Argentina, y reside en la provincia de Buenos Aires. Es abogado y profesor universitario, y cursó estudios de grado y posgrado en Argentina y Estados Unidos. Es miembro del Taller de Corte y Corrección desde 2007. Publicó tres libros y una treintena de artículos académicos en su área de especialidad jurídica. Ha publicado también diversos ensayos y poemas en revistas y antologías (Fin, Periódico de Poesía, Sed Contra, Escrituras Indie, Crisopeia).

** Manuel Ayes Callejas (4 de agosto de 1990). Profesor, gestor educativo, abogado y escritor hondureño. En 2014 ganó el Concurso Literario Nacional «Lira de Oro» Olimpia Varela y Varela. En 2017 publicó Infortunios, su primer libro de cuentos, como ganador de la Convocatoria para Publicaciones del Sistema Editorial Universitario de la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. Ese mismo año participó en el Taller de Creación Literaria impartido por el premio Cervantes Sergio Ramírez en Masatepe, Nicaragua. En 2021 ganó los Juegos Florales de Santa Rosa de Copán en la rama de cuento. Sus textos aparecieron en diversas antologías nacionales e internacionales, entre ellas el libro de la revista uruguaya Casa País. Forma parte del Taller de Corte y Corrección del escritor argentino Marcelo di Marco, y ha publicado varios textos en Fin.

*** Carlos Pagán Barceló nació en Madrid en 1972, hijo de madre española y padre puertorriqueño. Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid, ejerce la abogacía de forma independiente, aunque presta servicios a algunas corporaciones, como el Colegio de Abogados de Madrid, el Colegio de Farmacéuticos de Guadalajara y el Colegio de Arquitectos de Madrid. Su absorbente profesión lo ha alejado de la literatura; pero, tras muchos años de abandono, ha retomado su vocación, con la escritura de una novela sobre un asunto que le apasiona: Cartago.
En su época más productiva, obtuvo algunos premios en certámenes de cuento: Ganador de los premios «Ciudad de Vinaroz» (2000), «Frida Kahlo» (2000), «Decano Pedrol» (2001), «Ciudad del Gallo» (2002), «Félix Urabayen» (novela corta, 2002) y «Círculo Cultural Blas de Otero» (2007) y posteriormente «Aula Zarco» (2017). También algunos segundos y terceros puestos, así como otros premios menores.
En el terreno de novela, obtuvo el Premio Arte Joven 1998, convocado por la Comunidad de Madrid, con «Sabes que los muertos siempre tienen razón cuando te advierten», publicada por la editorial Visor Libros.
Gracias a su participación en el TCyC (desde 2022) ha mejorado su prosa y sus conceptos literarios, de la mano de Marcelo di Marco y Nomi Pendzik. También le ha traído aparejadas otras formas de difusión de su pasión por la literatura y el cine, como el pódcast «Los Tres Moscardones», junto a Luis Moretti y Francis García Reyes, y la lectura de este cuento (también publicado en Fin) y de “Hacia el sueño de hierro”, por Luis Moretti en su canal Noches de Pluma y Tinta.
Las imágenes que ilustran esta entrada son fotogramas de la película La Odisea (Christopher Nolan, 2026) elegidos por los autores, con excepción de la que ilustra la nota de Santiago Maqueda («Ángeles sin saberlo», de Timothy Schmalz, 2019).







































