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Entre Escila y Nolan, con la cera en los oídos I (tres visiones de La Odisea)

La Odisea, un gusto generacional

Por Agustín Del Vecchio *

Es indudable que La Odisea de Nolan ha tocado alguna fibra sensible en las nuevas generaciones. Lo que algunos conocedores juzgan como redundancias en el guión, viéndolo desde la perspectiva de un público que en su mayoría no conoce la obra original ―salvo alguna referencia de la cultura pop―, han terminado siendo apoyos necesarios hacia el sentido de la trama.

Algo semejante ocurre con sus anacronismos. Salvo algún que otro puritano de la historia, a pocos pareció importarles las armaduras negras en plena edad de bronce y otras licencias semejantes. En cambio, el público aplaudió la imponencia de Agamenón, capaz de robarse la  película con apenas unos minutos en pantalla. Tampoco parece haber importado demasiado la fidelidad estricta a Homero. Después de todo, buena parte de quienes vieron La Odisea no conocen la Odisea. La película funciona, precisamente, como una puerta de entrada: una forma de acercar un relato antiguo a un público que ya no posee las claves culturales necesarias para habitarlo directamente.

Decir esto último no le quita valor. No se trata de una papilla masticada para los ignorantes. Se trata, más bien, de acercarse a Homero, si es que eso posible, en una época en la que Homero se ha perdido. Esta aparece condensada en la omnipotente ley de Zeus, la cual no se consigna en “no matarás a los invitados a tu casa”, sino que es mucho más que eso: es la síntesis de la ley universal que en algún momento de la historia se ha perdido. Una ley que nos igualaba como hombres embarcados al mismo destino, que nos separaba de los animales y llenaba nuestra existencia con algo más grande que nosotros mismos.

En ese sentido, la película es el lamento de las nuevas generaciones ante la pérdida de aquella ley. La nostalgia de la posmodernidad hacia un pasado que jamás conoció. Y contar una historia clásica desde una sensibilidad posmoderna quizá no pueda hacerse de otra manera que bajo la forma de un epitafio: como un lamento por aquello que ya no volverá.

No considero particularmente importante señalar errores por el simple placer de señalarlos. Una crítica sólo adquiere verdadero sentido cuando permite al espectador volver a una obra con una mirada distinta, acaso más atenta. Enumerar defectos para defenestrar una película es tan fácil como innecesario: el silencio es la mejor de las diatribas.

Otra cosa muy distinta es preguntarse cómo una obra podría haber sido mejor y utilizar sus defectos para comprender aquello que no terminó de funcionar. Eso me resulta mucho más enriquecedor.

En ese sentido, pienso que La Odisea podría haber tenido más éxito en sus propósitos si Nolan no la hubiese pensado como escenas fragmentadas ―mirada profundamente condicionada por una época de reels―, cada una construida para producir un impacto aislado, sino como un todo capaz de generar una unidad de efecto. Hay imágenes y secuencias poderosísimas que permanecen en la memoria del espectador, pero que no han logrado integrarse entre sí.

Algunas subtramas tampoco parecen lo suficientemente desarrolladas como para producir el interés que, supongo, estaban destinadas a despertar.

Por otro lado, hay una notoria falta de suspenso ―aunque reconozco que puede ser desafiante crear suspenso en una obra que tiene cientos de años―. Las escenas diseñadas para la sorpresa no alcanzan la intensidad necesaria para provocar un verdadero impacto.

Finalizo diciendo que la película me ha parecido una propuesta memorable. Quedará como un registro de cómo nuestra generación concebía el pasado: con extrañeza, nostalgia y con el deseo de regresar a un lugar que acaso nunca conocimos y que, sin embargo, sentimos haber perdido para siempre.

Oppenheimer regresa a Ítaca

Por Francis García Reyes **

Las discusiones sobre La Odisea de Nolan se centran en las reinterpretaciones —o deformaciones— que el director infligió al poema homérico, además de su curioso o incluso grotesco casting. Todo esto es cierto, pero también lo son los problemas intrínsecos de la película.

Más allá de su relación con el material original, La Odisea es mediocre y peca de los peores manierismos de Nolan: diálogos burdamente expositivos; vanos experimentos con el tiempo; reciclaje de actores fetiche que desentonan con los personajes, y una estética desajustada (armaduras a lo Batman).

La extraña mezcla no se queda sólo en lo visual. Aquí se intenta recuperar el tono de las películas de sandalias, pero también “deconstruir” el mito e imponerle un realismo seco…

Algunos desaciertos específicos:

Insisten en sacarnos una lágrima fácil usando al pobre Argos, abandonado y envejecido. Los pretendientes los patean a él y a su cuidador, y lo echan de la casa, y está enfermito, y cuando Odiseo regresa no le puede parar mucha bola, y le menea la cola y se muere y… La ternura degrada en cursilería.

Los personajes sueltan sus parlamentos como lo que son: parlamentos escritos. Aunque sí se sueltan con naturalidad expresiones tan helénicas como fuck off. Ni Tarantino se atrevió a tanto.

El paroxismo de lo absurdo se alcanza cuando Odiseo afirma: “Ha terminado la Edad del Bronce”. Piensen en Colón diciendo “Me voy a descubrir América, los espero allí”.

Hay diálogos de ambición shakespeariana que derivan en penuria expositiva. Telémaco reconoce a Odiseo, uno lo entiende por la actuación de Tom Holland. Igual, el personaje pregunta: “¿Eres mi papá?”. Un subrayado para la generación TikTok.

Y, por supuesto, pancartas de actualidad, dejando claro qué “causas” hay que apoyar y qué partido votar.

Nolan convierte a Odiseo en un soldado traumado por la guerra. Es Oppenheimer, con caballo en lugar de bomba. El director dijo que descubrió las semejanzas al terminar La Odisea, aunque sí buscó desde el vamos una deconstrucción del héroe.

Estos cambios no encajan con el poema ni con su protagonista. El Odiseo de Homero es astuto, supera las circunstancias y actúa con iniciativa. El de Nolan no resuelve los problemas: carga con ellos. La hybris del Odiseo clásico es la soberbia. Hybris, no pecado. Nolan impone al mundo griego antiguo el filtro de un cristianismo protestante, aséptico, limpio de Cristo y de toda trascendencia. Y ese rechazo a la trascendencia llega hasta tal punto que ni los dioses griegos se salvan: casi todos son borrados de la historia. Sólo permanece Atenea, reducida a una especie de alucinación muda, quizás un trauma de Odiseo. Es un cristianismo laico, pop, moralista: fácil de comprar para las élites nihilistas de Hollywood.

Por eso no resulta contradictorio que este Odiseo se la pase llorando por haber acabado con una guerra de años y luego saquee los poblados por los que pasa o masacre a los pretendientes a lo Jason Bourne. Es la hipocresía moralista que destila Hollywood, un manjar para el hombre-masa.

Lo irónico es que Nolan basó su versión en una muy creativa traducción de Emily Wilson, feminista radical. Wilson se quejó de la película y dijo que era una traición al mito.

Uno se pregunta si el director, indiferente al sentido real del poema homérico, no podría haber usado cualquier otra historia para tratar los temas que le preocupaban. Pienso en un Popeye con los antebrazos deformados por la guerra. O Astérix y Obélix encarnando la memoria fragmentada de los galos. Podría haber elegido cualquier historia.

Pero eligió los cimientos de Occidente. Eligió La Odisea.

La Odisea con minúsculas

Por Edu Benca ***

Nos encontramos ante una película excelente, si olvidamos que está basada en la Odisea, de Homero. Tengo la certeza de que quedará impresa en las mentes de las nuevas generaciones cinéfilas, siempre y cuando sea su primer acercamiento a los olímpicos y a los héroes. Pero si —como fue mi caso— la ves con las esperanzas de presenciar la más grande épica jamás contada, habrás perdido tu tiempo.

Me detengo rápidamente en los actores: Matt Damon es más un francotirador norteamericano con estrés postraumático que el divino laertíada Odiseo, Anne Hathaway es una histérica en vez de ser la prudente Penélope, Menelao es un hustler del Bronx, y Telémaco es Spiderman con túnica y sandalias. El resto es intrascendente. Pudieron haber elegido a cualquier otro elenco y no hubiera cambiado nada, lo cual es malo, pero no es culpa de los actores sino del director. El cine se compone del montaje, el guion y la puesta en escena. O sea, del director y su equipo de producción. Un actor desconocido, uno conocido, uno que hizo malos trabajos o uno que hizo puras obras maestras, tan sólo se proyectará en función de aquel que lo dirige y de aquel que lo edita. Nadie puede salvar una película únicamente con su actuación: para eso está el teatro.

¿Entonces qué hace a una buena película? En literatura existe una buena manera de abordar qué hace a un buen libro: la unidad de efecto de Edgar Allan Poe. Una obra es buena o es mala en su totalidad. Si sólo destaca por un aspecto, el espectador despierta del trance, y se rompe el pacto. Todos los elementos deben cooperar con el objetivo de lograr una pieza maestra en conjunto.

¿Es esta una buena pieza? ¿Es la Odisea?

Antes de responderme eso, me pregunto si es una odisea con letras minúsculas: en la película, el paso del tiempo y los kilómetros recorridos no pesan. Veinte años. Semanas de viajes en altamar, años en distintas islas enfrentando diferentes peligros. Nada.

Por momentos me sentí en Gotham más que en Troya durante el saqueo a la ciudad. Y lo mejor de las casi tres horas de película es sin duda el cíclope. Nótese que digo “cíclope” y no Polifemo, como debería, ya que nunca nos cuentan su historia. Reducen al hijo de Aquel que sacude la tierra a un simple gigante come-hombres que pastorea ovejas en una isla. Ni hablar de Circe, Calipso, Alcínoo, Agamenón, Anticlea, Atenea.

Los mortales actúan con miedo y no con hospitalidad. Como si la xenía fuera una imposición y no un acuerdo.

Es inevitable sentir cómo modifican al héroe y al relato para que encajen con la visión sesgada de nuestro tiempo. Olvidan que la simbología es atemporal. Si limitas o encasillas a personajes complejos para resaltar un aspecto específico en función del mensaje, se pierde la profundidad, y la interpretación se disuelve.

Pero fiel o no, no importa.

Que una versión fiel sea mejor que una “infiel” es sólo el arte imponiéndose una vez más. ¿O por qué piensas que, de antemano, ya están adaptando una obra a la máxima expresión del arte que es el cine? Debe ser porque fue exageradamente buena entre el mar de obras que se publican.

Al final de todo, las malas obras son tan necesarias como las buenas obras, y las obras intermedias lo son aún más. Como dice Stephen King en Danza macabra: uno no puede apreciar la crema a menos que haya bebido un montón de leche, y quizá ni siquiera sea posible apreciar la leche si nunca ha bebido un trago de leche amarga.

* Agustín Nicolás Del Vecchio nació el 1° de marzo de 2002. Desde muy chico se interesó por toda actividad intelectual que se le cruzara por delante, y hasta hoy sigue teniendo esa obsesión. Para él, la lectura no es solo una pasión: es una necesidad, necesidad que crece a lo largo de los años. Comenzó a escribir en 2017, gracias a la recomendación de un amigo, y desde entonces trabaja muy duro para perfeccionar su estilo. Una tarea en la que es fundamental la influencia del Taller de Corte y Corrección. En la actualidad, se encuentra cursando la Licenciatura en Psicología en la Universidad Abierta Interamericana, mientras sigue formándose en literatura.

** Ángel Eduardo Benítez Campos, más conocido como Edu Benca (Asunción, 2000) cursó la carrera de Cinematografía en la Universidad Columbia del Paraguay. Se especializó en Formación Profesional de Escritura y Análisis de Guion Cinematográfico en la escuela audiovisual La Lumière (Argentina) con su largometraje en desarrollo La última parada. Certificado en Crítica y Análisis Cinematográfico en la consultora de guiones La Pistola de Chéjov (Paraguay).

Es el primer paraguayo en trabajar estilo y estructura narrativa en el Taller de Corte y Corrección (Argentina), en su novela Raykatz: destructor de mundos, bajo la tutela del best seller Marcelo di Marco, y de la profesora de Literatura y escritora Nomi Pendzik. Publicado en el diario La Capital de Mar del Plata con su crónica Tuve que irme preso para darme cuenta.

Escribió, editó, y realizó materiales audiovisuales para muchas marcas y organizaciones tales como Mercedes Benz y la Unión Europea. Uno de sus trabajos más relevantes es la escritura y el montaje de la serie documental El Triki: persiguiendo un sueño, emitida por TV en el canal Tigo Sports, y publicada en YouTube. Fundó la productora audiovisual Mensú Films, donde ejerce como director creativo. Y escribió y dirigió el largometraje Isla, atrapado en medio de la ciudad, a estrenarse próximamente en los cines.

*** Francis Savier García Reyes

(Santo Domingo, República Dominicana, 1989)

Francis García Reyes, escritor y licenciado por la Universidad Complutense de Madrid en Lenguas Modernas y sus Literaturas. Viajero, marcialista y aficionado al cine, la historia y la escalada. Pero, por encima de todo, apasionado de los pequeños y grandes misterios del mundo. De esa pasión le nace el interés por la literatura, entendida como una de las formas más privilegiadas de explorar el sentido de lo humano.

Trabajó como traductor de alemán para el blog Erasmusu y ha colaborado con la revista digital Fin y con el diario La Capital de Mar del Plata. En este último medio se publicó asimismo un artículo de Nomi Pendzik dedicado al análisis de uno de los capítulos de Tito Roque, novela inédita que García Reyes se encuentra corrigiendo con Marcelo Di Marco. En paralelo, trabaja en la redacción de su segunda novela.

Su formación literaria se ha desarrollado en distintos grupos del Taller de Corte y Corrección, del que actualmente administra el podcast en iVoox.

En la actualidad compagina la escritura con sus estudios de Informática en la Technische Hochschule de Mannheim, en Alemania.

Las imágenes que ilustran esta entrada son fotogramas de la película La Odisea (Christopher Nolan, 2026) elegidos por los autores.

Ópera prima

por Cristian Rondoletto *

Los talleres con el maestro Marcelo di Marco no sólo ofrecen la posibilidad de trabajar textos, aprender técnicas narrativas o llevarse excelentes recomendaciones de cine y libros: a veces, te llevan a experiencias epifánicas. Lo comprobé en uno de los encuentros de los sábados.

Todo comenzó cuando me conecté a Teams esa mañana y me encontré a solas con el Máster. Entre charlas personales, surgió su imposibilidad de viajar a Buenos Aires para ver la ópera y, en un gesto de enorme generosidad, me ofreció su entrada al Teatro Colón para ver Otello, la obra maestra de Verdi. Los minutos pasaron, sólo se sumó mi compañero Francisco Huarte Petite y, a falta de textos para corregir, Marcelo nos deleitó con una clase magistral sobre el mundo de la ópera. Siguiendo una versión de 1978 en YouTube (bajo la conducción de James Levine y la dirección de Franco Zeffirelli, protagonizada por Jon Vickers en el papel de Otello, Renata Scotto como Desdémona y Cornell MacNeil dando vida a Yago), nos introdujo al universo de tenores y barítonos, dúos y arias. Fue el prólogo perfecto para lo que viviría el martes 25 de agosto, día de la última función.

Esas noches previas apenas pude dormir.

Ser espectador de Otello fue un estreno por partida doble: jamás había pisado el Colón por dentro. Durante años sólo lo contemplé desde afuera, en mis épocas de empleado público, cuando los oficios judiciales me hacían pasear por la zona. Hasta esa noche, mi único ingreso a la gran sala había sido imaginario, gracias a la tinta vertida por Thomas Harris en aquel capítulo final de Hannibal, cuando el atónito celador Barney descubre al doctor Lecter disfrutando de la ópera en uno de sus palcos.

Además de todas aquellas emociones internas, esa noche conocí en persona a Francisco, otro invitado de honor de los Di Marco, quien esa velada se convirtió en el compañero de tertulia ideal.

Si tuviera que elegir una palabra para describir al ensamble de los músicos transmitiendo el pulso dramático y la magnificencia de la sala, diría “mágico”: el Teatro se fundió en mí por fuerza de un solo golpe de efecto. Entrar allí fue transportarse no a otra época, sino a otra dimensión; un espacio donde el telón se levanta para despegarte por completo de la realidad. Y con Otello, fui testigo de las viles maquinaciones de Yago, me emocioné con la inocencia de Desdémona y sentí vibrar mi corazón con cada aria.

Recordé entonces las palabras del Máster de que todo eso que mis ojos contemplaban se lo debemos a la literatura. Contemplar ese despliegue teatral y musical me confirmó la crudeza (la cruel belleza) de la tragedia y me llevó a experimentar lo mismo que puede lograr un excelente libro: la anulación del tiempo, no como escape, sino como inmersión profunda en el arte. Y no hay nada más bello que dejarse caer bajo ese hechizo.

Como diría mi amigo y mentor Marcelo di Marco: “¡Vayan al Colón, muchachos!”. A él y a su esposa Nomi les debo esta vivencia que ni toda la mala literatura del mundo podrá borrar de mi retina. Y a riesgo de sonar reiterativo, me atrevo a agregar: “¡Vengan al Taller de Corte y Corrección, gente!”. No sólo porque se enseña lo que todo buen taller debería transmitir, sino porque allí se cultiva la apreciación de los verdaderos valores artísticos. Un escritor es, al fin y al cabo, alguien que pone su acervo mental y espiritual al servicio de sus creaciones. Entender eso nos acerca un poco más a una expresión genuina del espíritu, que es como una buena ópera.

Y si alguien se quedó con ganas de más, acá va el enlace de YouTube a esa versión del 78.

Ficha técnica de la función del martes 25 de agosto de 2026 en el Teatro Colón (Buenos Aires):

Otello, de Giuseppe Verdi (1813-1901)

Ópera en cuatro actos. Libreto en italiano de Arrigo Boito (1842-1918), basado en The Tragedy of Othello, the Moor of Venice (c. 1603) de William Shakespeare.

Dirección de escena: Fabio Sparvoli

Diseño de escenografía: Nicolás Boni

Dirección musical: Alejo Pérez

Orquesta y coro estables del Teatro Colón

Otello: Gregory Kunde (tenor)

Desdémona: Maria Agresta (soprano)

Iago: Daniel Luis de Vicente (barítono)

* Cristian Rondoletto nació en Ramos Mejía, Buenos Aires, en 1987. Es escritor y se declara asiduo lector desde la adolescencia. Integra el Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco desde el año 2022. En la actualidad, asiste a los talleres virtuales y también forma parte del equipo pedagógico, asesorando y brindando a los autores las herramientas necesarias para que sus textos reflejen la ética y la forma de trabajar que promueve el TCyC.

Comparte consejos de escritura en su perfil de Instagram @rondeaux_letto.

Un poeta suelto en la boca del silencio

por Emiliano Orlando *

TALISMÁN

Creo en la palabra como modo de vida,

en la palabra creo situaciones y armonías,

la palabra es todo para quien todo calla,

la palabra es experiencia de vida vivida

Creo en el potencial

en la potencia

y en las potencialidades de la palabra

y en lo más fundamental de su mágica semiótica

Creo en el que crea a través del Nombre:

el que el nombre te ha dado

ha signado tu esencia y tu destino

el invisible regalo de ser nombrado

Tu nombre encripta la clave más arcana,

tu nombre es la única llave que abre

el verdadero cofre de todas las palabras,

de todos los cuentos y todas las historias,

de todas las nostalgias y las duras memorias,

de plegarias sinceras o el mayor abracadabra

La palabra vale por quien la usa

y por quien la esculpe en sílabas hasta derrotarse

y abandonarse en su sombra

y aún así la honra

Este poder universal no reside en tu nombre,

sino en su significado

más allá de su significante

y sus insignificancias

Hoy te regalo este hermetismo,

hipnótica hermenéutica,

en tu caprichoso destino de cruzarte conmigo

tu nombre es el sello

y tu espíritu, el significado del Nombre

Dale todo el significado a tu vida

todo cuanto te sea posible

y todo te será posible

Sé la maravilla que quieras ser

o sucumbí bajo el placer más pasajero

pero nunca olvides que seas quien seas

y vayas a donde vayas

vas con tu nombre que subraya el de Dios

que está escrito en vos

y cree en vos

y crea en vos

Esta es la sencilla alegría de saber quién sos,

hijo de Dios,

ahora que descubriste esto,

¿adónde irás?

¿en qué destino se convertirá tu capricho?

Celebralo,

pero no te distraigas

pues quedan abiertas para siempre

las puertas de todo lo que es posible

a través de una sola palabra

Y que refleje el Nombre a través del tuyo

en cada pasión

en cada guerra

y verás la palabra manifestada

y verás la palabra predestinada

la rima ahora potenciada

la métrica pausada

ofrendada

meditada

dada

…y verás a Dios.

LA ÚLTIMA SONRISA

Lo que yo veo
no tiene sombra,
pero a veces me acaricia el hombro
antes de dormir.

No avisa
no espera
no tiene tiempo.
Inopinadamente aparece,
como el polvo sobre los muebles de una casa,
o el rocío que surge después de la cruenta noche.

No tiene ojos,
pero me vigila,
a veces desde el revés del espejo,
o desde una puerta entreabierta.

Flota entre los calendarios añosos que olvidé arrancar:
¿Cuál es su nombre?
¿A qué se debe su esquiva mirada?
¿Cuál es la herida que abrió su nombre al irse?

También veo a otros que llegan justo después de irse,
que vinieron y se van sin decir nada,
que partieron sin despedida ni honor
sólo para regresar
con la última sonrisa
y el primer adiós para siempre.

Pocas veces hablaron.
No con palabras,
sino con sucesos:
un retrato que se cayó
una canción que sonaba en el fondo de mis miserias,
una pregunta a la que nunca me animé,
pero ellos sí.

¿Qué es la vida?


Una sala de espera
donde las despedidas
se confunden con los reencuentros.

SOY

Yo soy todo aquello que podría no haber sido jamás

(pero es)

Un verso incompleto en un jirón de servilleta

(pero escrito)

Una fuente sin agua ni pájaros ni un mísero deseo

(pero en pie)

Acaso una última chispa después de vientos atroces

(y después fuego)

Soy el cero de una larga suma infinitesimalmente nula

(pero infinita)

Un ciego que busca el amanecer a tientas

el que puede ver más allá de lo que los ojos dicen

(y callan)

Sé tanto pero tanto sobre silencios

que escribo

Y si te digo que escribo sólo con las manos

te miento

Si alguna vez coincide la dura casualidad de cruzarte conmigo

abrazame

Sólo soy un poeta

suelto en la boca del silencio

* Emiliano José Francisco Orlando nació el 6 de junio de 1987 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y vive en Villa Madero, provincia de Buenos Aires. Para él, la escritura es una forma de búsqueda: una manera de interrogar el mundo, de seguir una huella y de encontrar, en la palabra, una llave. Hace más de diez años que participa del Taller de Corte y Corrección, y lo considera fundamental para trabajar sus textos y afinar su voz.

Actualmente está escribiendo una novela de misterio religioso ambientada en Egipto. La historia sigue a un sacerdote católico que viaja allí por una casualidad aparente, aunque guiado por una convicción íntima y profunda. En ese recorrido descubre un código olvidado y halla una respuesta capaz de desvelar uno de los mayores misterios de la historia de la humanidad. Desde 2025 integra el Taller de Poesía, coordinado por Analía Pinto, y allí canaliza otras vertientes de su literatura.

Todas las imágenes fueron generadas por el autor con la IA Gemini.

Algodón de azúcar

por Gloria Acosta *

Ahora, junto a Toño y despegando en la pista, me pregunto por qué siempre cierro los ojos cuando parte un avión. Por qué siempre debo apelar al Trankimazín. Puede que la respuesta esté en mi infancia, en la primera ocasión en que acompañé a mis padres a Tenerife. Allí, las opciones de desplazamiento de isla a isla se reducen a una cuestión de tiempo y comodidad: el barco o el avión. Pero en mi casa existía una tercera variable: mi madre sufría de mareos, y el barco era una tortura.

En ese primer viaje, papá se sentó a un lado del pasillo, junto al pasajero que le había tocado en suerte, y mamá y yo ocupamos los asientos del otro lado. Recuerdo que mi padre me dijo que no dejara de mirar por la ventanilla, que las nubes eran algodón de azúcar, y que si me fijaba bien en el mar vería pasar algunos barcos.

―Y con suerte, Cande, descubrirás entre las olas a algún delfín que salta.

Le hice caso. Me senté junto a la ventanilla, y mi madre ocupó el asiento de pasillo.

―Para agarrar la mano de tu padre ―dijo.

Con los primeros movimientos del avión entendí esa necesidad suya de agarrarse a una mano siempre que hubo turbulencias, tanto en aire como en tierra. Cerró los ojos en el despegue, y ya no los abrió durante todo el vuelo. Viajó con la cabeza apoyada en el respaldo de su butaca. Y, sobre todo, viajó en silencio.

Yo la imité. Y entonces, una vez que el avión cobró altura y estabilidad, recordé las palabras de mi padre, y pegué la cara a la ventanilla.

Y no, no vi ningún delfín. Pero me fascinó la danza de las nubes trazando formas caprichosas en el mar, a veces lentas y otras alocadas. 

―Tripulación, preparados para el despegue.

La frase me arranca de mis pensamientos. Cierro los ojos y apoyo la mano en el muslo de Toño, que ocupa el asiento de la ventanilla. Él no se mueve. Los dos estamos agotados. Supongo que él más que yo, aunque estos últimos días el dolor de cabeza no me ha dado respiro. Necesitaré una cura de sueño en cuanto lleguemos a casa.

Cuando se apaga la señal luminosa, Toño se desabrocha el cinturón de seguridad y comprueba que el bolso de mano sigue bien instalado bajo el asiento. Minutos después, advierto que ha repetido varias veces esa misma acción. Es de esa clase de hombres que se prodigan en comportamientos repetitivos. Estará sufriendo su toc, supongo. Le pasa cuando cierra el coche y llevamos trajinados varios metros: vuelve sobre sus pasos para asegurarse de que está echado el seguro. ¿Y cuántas veces se levanta en mitad de la noche para comprobar que la llave está pasada con dos vueltas en la cerradura?

—Toño —le digo—, debiste poner el bolso en el compartimento superior, como te sugirió la azafata.

—Estoy más tranquilo así. Lo controlo con los pies.

La azafata, una morena que conocemos de mil viajes ―llevamos tantos vuelos que las azafatas ya son como de la familia―, se acerca a Antonio, sonriendo. Y me parece estar sufriendo un déjà vu, porque sé de antemano la pregunta, nunca falla: le preguntará cómo se encuentra y si necesita algo.

―¿Cómo se encuentra, Antonio, necesita algo?

—Gracias, señorita, de momento estoy bien. 

—Debiste pedirle un zumo o algo, Toño. Apenas desayunaste.

―No ando con ganas.

En cuanto a mí, me pregunto qué se han hecho de mis propias ganas. Intento sonreír, pero sé que ya se encargará el espejo de respondérmelo.

―Quizá más tarde tome un sandwich ―digo, no muy convencida―, y tú vas a pedir otro, quieras o no quieras.

 La muchachita que ocupa su asiento al otro lado del pasillo, junto a una señora que parece ser su madre, no deja de mirar a mi marido. Se vuelve hacia la señora y le dice algo. La mujer asiente, y pone cara de pena.

Toño ha perdido el pelo. Al principio, cuando decidió raparse para no ver a diario sus mechones desparramados en el lavabo, no llamaba la atención: hay tantos calvos… Pero ahora que ya no tiene cejas ni pestañas, y que las ojeras hunden aún más sus ojos, la gente no disimula la lástima, y a mí me molesta esa pena por lo ajeno que no me creo. Ni la pena de los allegados, y mucho menos la pena de quienes se cruzan con nosotros. Es como si las desgracias de los demás apartaran las probabilidades de que suframos las nuestras: como le ha tocado a mi vecino, no me va a tocar a mí; algo así como ocurre con la lotería: cuestión de probabilidades.

Yo ya me he acostumbrado a que su familia le hable como si nada sucediera, evitando tratar la evidencia de que el pobre está enfermo; eso implicaría tener que sentarse a poner los asuntos en orden, ahora que hay tiempo suficiente.

A lo que no me acostumbro es a la idea de que este sea nuestro último viaje a Pamplona: el hospital de La Laguna no le llega a la suela del zapato a la Clínica Universitaria de Navarra. Pero los médicos tienen sus consignas, y ahora después de la pandemia parece que todo los desbordara. Lo saben disimular muy bien disparando sus típicas frases:

—Don Antonio, ustedes en la isla tienen un magnífico hospital.

―Los protocolos son los mismos, don Antonio, y se ahorran ustedes tener que venir mensualmente a la Península.

Y mi marido les agradece con ese abandono que arrastra desde que enfermó, sin saber nunca si lo que más lo agota es el tratamiento o el viaje.

Y claro que es más fácil para nosotros no tener que desplazarnos, pero esto me suena a desahucio, y me inquieta.

—Intenta dormir —dice Antonio como si hubiera leído mis pensamientos. Como si no supiera que soy incapaz de dormir fuera de una cama. En cambio, él cae a plomo en el sueño, y venga a roncar. Así fue después de nuestro primer encuentro como marido y mujer, y así ha seguido siendo todos estos años. 

 Por suerte la tos de Antonio no es tan persistente después de este último tratamiento, y yo no me atrevo a ocupar otro dormitorio dejándolo solo. Cuando una decide quedarse, debe hacerlo con todas las consecuencias. Lo merezca él o no lo merezca. Al fin y al cabo lo pasado, pasado está. 

—Voy a cerrar un rato los ojos —le digo—. Es raro que me duela la cabeza, pero no sé qué me está pasando desde hace días. No quiero añadirle preocupaciones a Antonio, pero me siento hueca por dentro, y a la vez como si cargara un objeto pesado sobre mi cabeza. Calla, pero puedo imaginar lo que le gustaría decirme, y yo responderle:

—¿Cuánto hace que vengo diciéndote que te hagas un chequeo, Lala?

—No más del que pasé yo diciéndote lo mismo, y no me hiciste caso.

—Sí te hice caso, Lala.

—Tarde, ya lo ves.

De haberle dicho todo eso, yo hubiera tenido razón: aunque el tabaco le perjudicó la salud, no es menos cierto que sus responsabilidades en la empresa cargan con buena parte de la culpa. Y puede que su mala conciencia también.

Sigo entretejiendo nuestro diálogo, y me sucede algo que no puedo explicarme: es como si todo estuviera dentro de mi mente, y al mismo tiempo afuera. Como si estuviéramos hablando de verdad. ¿Qué clase de embriaguez me inunda el ánimo? ¿Estaré hablando en serio, me escuchará en serio? Acaso esta vez el Trankimazín vino un tanto recargado.

―¿Qué te dijo tu hermana esta mañana, Antonio?

—Ayer los de la Consejería de Agricultura visitaron los terrenos afectados. No sólo los nuestros, sino también los de las fincas colindantes.

—¿Darán la subvención? ¿Qué ha dicho el seguro? —Últimamente me aterra revisar las cuentas y verificar cómo el dinero merma con los tratamientos médicos y las hospitalizaciones—. Ese maldito hongo no va a dejar ni un tomate en pie. 

—Arminda dice que Agroseguro va a trabajar con la Consejería. Volverán a reunirse en una semana.

—Estate tranquilo, entonces. Ahora lo importante es que recuperes fuerzas. —Esto lo he dicho sin convencimiento—. Deja que tu hermana se ocupe. Al menos de ese asunto.

Mi marido dice que mi cara es un libro abierto, y en esta ocasión también acaba de leer entre líneas.

—Nunca vas a perdonarla, ¿verdad?

No respondí. Cerré los ojos y apreté los dientes.

Toño se levanta para ir al baño, no sin antes comprobar que el bolso de mano no se ha movido de debajo del asiento. Me pareció que incluso lo acariciaba. Siempre es muy reservado para sus cosas, sus papeles, sus notas. Desde hace tiempo escribe un diario que trata de ocultar, y yo hago como que no lo sé. Supongo que querrá dármelo en el último momento, antes de…

Cuando él se aleja por el pasillo, cambio de asiento y aprovecho para mirar por la ventanilla. Abajo, las nubes son grises, casi negras. No me gustan, me dan miedo. Pero el avión las sobrevuela en calma, en ese punto exacto donde los aviones se vuelven inmutables: volamos en su interior como si nada ofreciera resistencia, ingrávidos.

Yo soy ese avión, así me siento: ingrávida. Cierro los ojos y me pienso afuera, nauta flotando entre el algodón que hoy no es de azúcar. Se hace el silencio entre las nubes. Es como si una enorme campana de vacío me retuviera dentro. 

Oigo cómo la chiquilla del asiento de al lado llama a la azafata y le pide una chocolatina. Su madre abona el pedido y sonríe. En eso ve que Antonio se acerca por el pasillo, y anima a su hija a convidársela, y la nena obedece.

—¡Qué niña tan dulce! ―dice Antonio―. Gracias, preciosa. ¿Cómo te llamas?

—Anabel.

—Te agradezco el detalle, Anabel, pero el médico no me deja comer chocolate. —Toño mira a la sonriente mamá—. El azúcar no es bueno para mí; pero voy a guardarla, y cuando llegue a Tenerife se la regalaré de tu parte a mi hijo Francis.

La nena vuelve a su asiento, orgullosa, y yo ocupo de nuevo el mío. Antonio se acomoda junto a la ventanilla, apoya la cabeza en el respaldo y cierra los ojos. Le dejo descansar. También yo intento dormir, pero mi cabeza se atasca entre ideas y recuerdos que buscan salida. Hay una presión que se me agarra en el pecho, sube por el cuello y me taladra las sienes.

—¿Le has dicho a tu hijo el resultado de la última valoración médica? —le “digo” aprovechando que lo ha nombrado.

—No quiero preocuparle todavía. Está en exámenes finales, ya sabes.

—¿Y por qué iba a saberlo? No es hijo mío ese. —La conversación se deslizaba por un terreno resbaladizo, y ya sin freno le solté―: Lo sabrá la pelandusca de su madre.

—No voy a discutir contigo, Candelaria, y menos aquí.

—Tú siempre escapando por la puerta de atrás, a lo zorro. —Bajo la voz para que los pasajeros cercanos no oigan, y me le acerco al oído—. Y, como es lógico, los zorros se juntan con las zorras mientras las esposas están en casita simulando que no se enteran de nada. ―Algo dentro de mí me obligaba a vomitarlo todo. Necesitaba aflojar el dolor que me martillaba la cabeza, y con cada frase ese dolor parecía huir de mí—. Pero a tu hermanita sí que se lo contaste. Claro, necesitabas una coartada. Alguien que te cubriera el culo.

—¡Basta ya!

El grito de Toño hace girar las cabezas de la niña y de su madre, que lo observan con asombro. Él se disculpa alzando los hombros en un gesto resignado. A mí ni me miran. Por suerte, hoy el vuelo viene ligero de pasaje.

Después de un incómodo silencio, Antonio pulsa la llamada de la azafata y me pregunta si quiero comer algo. Es raro, pero no tengo hambre. Y rechazo la invitación. Él, en cambio, elige un menú de la carta y un botellín de vino. Hacía tiempo que Toño no bebía ni gota de alcohol, pero prefiero no decir nada. Le viene bien soltar tensión. Lo observo de soslayo mientras come. Lo hace despacio, en silencio, sin mirarme. Está triste, lo sé. Y siento la necesidad de abrazarlo, de decirle que el pasado pasado está, que quiero que vivamos en paz el tiempo que nos queda juntos. Decirle que lo amo. Sí, lo amo a pesar de todo. A pesar de la otra y de ese hijo al que no acepto. Lo amo, esa es la verdad. A veces pienso si mereció la pena haberme dedicado por entera a él: abandonar mi trabajo, a mis amigos, abandonarme como mujer. En la salud y la enfermedad, dijo el sacerdote en nuestra boda. Y he cumplido todos los preceptos, aunque no pudiera darle hijos. Me rompí por dentro, y no supe reconstruir los pedazos. O, mejor dicho, los reconstruí mal. Yo quería, deseaba ser madre; pero también deseaba una vida mía y sólo mía, un tiempo para mis cosas: un espacio de libertad. Y no fui ni madre ni libre. En cambio, él sí fue padre. Y cuando lo supe y quise romper con todo, llegó el diagnóstico fatal. 

Lo miro: Toño ha vuelto a cerrar los ojos. Me gustaría decírselo: «Mira, Toño, creo que yo podría haber sido una gran actriz. ¿Que por qué? Pues porque he fingido mis orgasmos contigo, y tú ni te has enterado. No pongas esa cara de asombro, amor mío. Lo hice algunas veces, cuando aún éramos jóvenes. Y cómo no hacerlo cuando enfermaste. Te esforzabas tanto… Te asfixiabas, sudabas. Gatillazo, y vuelta a empezar. Pobrecito. Y yo te decía que ya, que ya me corría para que tú, amor mío, pudieras resoplar boca arriba, triunfante y feliz por ganarle al menos una partida a ese cáncer que te comía por dentro». Me gustaría decírselo, pero ya para qué.

Y sí, es verdad: de tanto olvidarme, olvidé cómo se ama. En cambio, él, en esa crisis de madurez que dicen pasar los hombres a los cuarenta, buscó fuera de casa el amor. Así lo supe porque así me lo estampó un día su hermana. Claro que fue mejor saberlo —el niño ya era un zagalote cuando me enteré—. Pero no de aquella manera, como si la culpable hubiera sido yo.

—Tú y tu necesidad de independencia —me dijo Arminda aquella noche. Para ella, la mujer debía estar en casa atendiendo a su marido cuando llegaba del trabajo—. A veces creo que tus amistades están por delante de mi hermano querido.

No acabó ahí el tema. Siguió y siguió hablando hasta que soltó lastre. Así lo llamó: lastre. Y me lo dijo. Me dijo que aquel muchachito, el mismo que venía a veces a buscar tomates o frutas a la finca, era hijo de Antonio. Me lo dijo, y se quedó tan campante. Seguramente era un secreto a voces. Yo no recuerdo qué dije, pero sí lo que no dije: algunas noches soñaba con empezar a vivir, por fin, cuando el hermano se muriera. No se lo dije porque ni siquiera me atrevía a decírmelo a mí misma. Me avergonzaba de esos pensamientos. Me avergonzaba de mi deseo de retozar también en otros brazos.

Esa fue la última vez que le dirigí la palabra a mi cuñada. Ella tampoco se atrevió a hablar conmigo nunca más.

Con los ojos así de entornados, parece ausente Toño; pero sé que no duerme. Pienso que aún no es tarde para salvarnos, para salvarme dándole lo único que me queda: mi tiempo frente al suyo y la promesa de amarle mejor; amarle hasta el final.

—Ahora que ya no tendremos que viajar más —le digo—, estaremos más tranquilos y podremos hacer planes. Y le doy un beso en la mejilla. Sonríe.

La azafata pasa con el carrito recogiendo las bandejas de los pasajeros. El avión no tardará en aterrizar, y me inquieta pensar qué voy a hacer cuando vea a mi cuñada. Hace años que nos evitamos, y no me cuesta mucho intuir que esta ocasión no será diferente. Subiré al coche y guardaré silencio hasta llegar a casa. Sí, eso es lo que haré.

El comandante nos agradece haber volado con la compañía, y nos desea buena estancia en la isla, y enseguida alerta a la tripulación para el aterrizaje. Nos ajustamos el cinturón, apoyamos las cabezas en los respaldos, y yo cierro los ojos. Vuelvo a colocar mi mano sobre su rodilla. Noto cómo sostiene con los pies el bolso para que no se desplace.

Cuando las señales luminosas avisan y el avión apaga los motores, Toño activa el iPhone, y comienzan a entrar los whatsapps. Doy por hecho que Arminda le hace saber que aguarda afuera en el coche, y por supuesto espero que al muchachito no se le haya ocurrido venir. No podré evitar que su hijo esté en el último momento, pero hoy no. Y eso lo he dejado bien claro antes del vuelo. 

En camino a la terminal para recoger nuestra pequeña maleta, Toño se empeña en llevar él mismo el bolso de mano. En ese intento de demostrarse a sí mismo una fortaleza que los demás no vemos, le dejo hacer. 

Ya hacia la salida le digo:

—Entraré en el coche directamente al asiento trasero, no quiero hablar con ella. Ahora no. 

Antonio no dice nada.

El Renault de Arminda espera aparcado en el arcén, a escasos metros de la salida del aeropuerto. Es tacaña hasta para pagar el parking. No bien nos ve llegar, se baja del coche y corre a ayudar a Antonio con la maleta. La espío. Tiene los ojos hinchados, muy rojos. Ha debido de estar llorando. Mejor.

Cuando abraza a su querido hermanito, aprovecho para entrar y acomodarme en el asiento trasero. Los dos lloran. Toño pone a mi lado la pequeña maleta, y se acomoda en el asiento delantero con el bolso de mano sobre las rodillas.

—¡Por favor, Antonio! —le pide Arminda con cara de espanto—. Pon el bolso atrás.

—Viene precintada, no va a derramarse.

—Es igual, Antonio. Me da yuyu.

Toño obedece a su hermana, como siempre. Yo, también como siempre, callo. 

El coche arranca y enfila hacia el desvío a la autopista. Estoy agotada. Apoyo la cabeza en el respaldo y cierro los ojos. Arminda habla con su hermano del alma. A mí, menos mal, me ignora olímpicamente. Diga lo que diga, yo he prometido no abrir la boca. 

—¿Cómo ha ido el vuelo?

—Bien, Armi. Tranquilo. —Por el tono de voz, sé que mi marido preferiría estar en silencio, pero también sé que Arminda no parará de hablar. Es una cotorra. Pensará que así distrae a su hermano—. Todavía me parece mentira —sigue Toño en un susurro, más para sí mismo que para ella.

—No te preocupes por nada, Antoñito, que está todo organizado.

—¿Sabes, Arminda? Qué cruel es la vida. Tenía que haber sido yo. —Esto lo dice sollozando—. Fíjate que incluso me pareció venir charlando con ella, como siempre. Como si estuviera sentada a mi lado con su mano sobre mi rodilla.

* Gloria Acosta es profesora de primaria jubilada. En sus últimos veinticinco años de profesión impartió docencia de Francés en un instituto de Educación Secundaria Obligatoria. Es natural de la isla canaria de La Palma, pero vive en San Cristóbal de La Laguna (Tenerife, España).
Desde pequeña le encantaba inventar historias para entretener a sus amigas, y leer las aventuras de “Los Cinco” (Enid Blyton), los cuentos de Celia (Elena Fortún), o las colecciones de cuentos populares que sacaba de la biblioteca del pueblo.
Nunca pensó en escribir, salvo diarios o reflexiones personales, hasta que se matriculó en un curso de relato en la Escuela Literaria de Antonia Molinero, en La Laguna. A partir de ahí, participó de otros talleres literarios y se atrevió a soltar amarre colaborando con pequeños relatos en revistas digitales.
Un relato suyo, «Azul añil», ha sido publicado en una obra colectiva La alargada sombra del volcán. Relatos del Teide y su entorno (Editoral El Libro en Blanco, 2015), y otro ha sido premiado en el concurso local V Encuentro Literario AMULL 2022.
En ese mismo año, a través de internet, conoció el Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco, en el que continúa actualmente aprendiendo y creciendo, agradecida de formar parte de esta gran familia literaria.

Fernando Pessoa o La amistad de un lector

por Jaime García *

Cuando uno convive durante muchos años con la obra de Fernando Pessoa, termina sintiendo una curiosidad inevitable por el hombre que escribió esas páginas. Es una curiosidad distinta de la que despiertan otros escritores. No nace del deseo de descubrir episodios extraordinarios de su vida, sino de comprender cómo una existencia aparentemente tan discreta pudo dar origen a un universo literario de semejante amplitud. Y la primera sorpresa no tarda en aparecer.

Cuando la primavera de 1888 se acercaba lentamente a su fin, nació en Lisboa quien habría de convertirse en una de las voces más singulares de la literatura portuguesa. Las circunstancias familiares lo llevaron a Durban, en Sudáfrica, cuando aún era un niño. Allí recibió una sólida formación en lengua y cultura inglesas, experiencia que marcaría profundamente su educación y su sensibilidad. Años después regresó a Lisboa, la ciudad donde transcurriría casi toda su vida y que terminaría convirtiéndose en el escenario inseparable de buena parte de su obra.

Si sólo conociéramos esos pocos datos, difícilmente sospecharíamos la dimensión del mundo que comenzaba a formarse detrás de aquella existencia. La biografía de Pessoa parece resistirse a la idea que solemos tener de las grandes biografías. No hay en ella largos viajes, cargos públicos, aventuras memorables ni una sucesión de episodios destinados a llamar la atención de la historia. Su vida exterior fue serena, ordenada y, en muchos aspectos, casi invisible. Sin embargo, detrás de esa discreción se desarrollaba una de las aventuras intelectuales más extraordinarias que pueda ofrecer la literatura.

Para sostenerse económicamente trabajó como traductor de correspondencia comercial, redactando cartas de negocios entre el portugués, el inglés y el francés. Pero esa tarea cotidiana convivía con una intensa actividad intelectual. Colaboró con revistas y periódicos, escribió ensayos de crítica literaria y política, participó activamente en los movimientos de renovación cultural de su tiempo y fue uno de los impulsores de la revista Athena, desde la cual contribuyó a difundir nuevas ideas estéticas dentro de la literatura portuguesa.

Su relación con las lenguas fue mucho más que un instrumento de trabajo. Traducía porque habitaba naturalmente varios idiomas, y esa convivencia con distintas tradiciones literarias amplió el horizonte de su propia escritura. Entre sus traducciones ocupa un lugar especialmente significativo “El Cuervo”, de Edgar Allan Poe. No parece una elección casual. La cadencia hipnótica del poema, su arquitectura verbal, la presencia obstinada de la memoria y de la ausencia, así como el clima de inquietud que lo atraviesa, dialogan con zonas muy profundas de la sensibilidad de Pessoa. Traducir aquel poema era, en cierto modo, conversar con un escritor al que reconocía como un interlocutor privilegiado.

Mientras desarrollaba todas esas actividades, otra obra crecía silenciosamente. Cuadernos, hojas sueltas, sobres y papeles de toda clase comenzaron a poblarse de poemas, reflexiones, proyectos y fragmentos que parecían pertenecer a escritores diferentes. Quienes lo trataban conocían a un hombre reservado, de costumbres sencillas y vida metódica. Muy pocos podían imaginar que, detrás de esa apariencia, se estaba gestando una de las aventuras literarias más originales del siglo XX, sólo revelada tras su muerte, cuando fue hallado el famoso baúl que guardaba aquel prodigio.

Los hechos, por sí solos, apenas alcanzan para dibujar el contorno de una existencia. En Pessoa ocurre algo singular: muchas veces son sus libros los que terminan iluminando su biografía. Sólo después de recorrer sus poemas, sus cartas y sus páginas en prosa, aquellos acontecimientos aparentemente modestos adquieren un significado distinto. La discreción deja de parecer una ausencia de acontecimientos para convertirse en el espacio donde una imaginación excepcional encontró la libertad necesaria para crear un mundo propio.

Si la obra de Pessoa hubiese terminado allí, ya ocuparía un lugar destacado dentro de la literatura portuguesa. Pero aquello que verdaderamente la distingue comenzó a revelarse cuando su escritura dejó de pertenecer a una sola voz.

A lo largo de la historia muchos escritores recurrieron a seudónimos. Pessoa hizo algo muy distinto. No buscó ocultar su identidad bajo otros nombres, sino explorar la posibilidad de que una misma conciencia pudiera mirar el mundo desde perspectivas diferentes. Así nacieron Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos. Cada uno posee una biografía, un estilo y una manera de comprender la realidad tan definidos que el propio Pessoa llegó a describirlos como si se tratara de personas reales con las que mantenía una relación de convivencia.

No conviene entender esa pluralidad como un juego literario ni como una curiosidad biográfica. Los heterónimos nacen de una necesidad creadora. Allí donde otros escritores encuentran una única voz para expresar su experiencia, Pessoa necesitó varias. No porque ignorara quién era, sino porque intuía que una sola mirada nunca alcanzaría para abarcar toda la complejidad de la existencia.

Alberto Caeiro contempla el mundo con una sencillez que desarma cualquier artificio. Ricardo Reis encuentra en la serenidad y en la medida una forma de sabiduría. Álvaro de Campos abraza la intensidad, el entusiasmo y el desencanto con una fuerza casi desbordante. Ninguno anula a los otros. Todos amplían el territorio de la experiencia humana. Al recorrer sus obras no sentimos que un autor cambie de máscara, sino que asistimos al diálogo entre distintas maneras de habitar el mundo.

Hay, sin embargo, otra figura que ocupa un lugar diferente. Bernardo Soares no es un heterónimo pleno, sino aquello que Pessoa llamó un «semiheterónimo». La diferencia parece pequeña, pero resulta reveladora. Soares se encuentra mucho más cerca de su creador. Comparte con él la vida discreta, el trabajo cotidiano, el lento transcurrir de los días y una sensibilidad que convierte las impresiones más simples en materia de reflexión. Quizá por eso, al leerlo, la distancia entre el hombre y la obra parece reducirse hasta casi desaparecer.

También Lisboa adquiere entonces un significado nuevo. Ya no es solamente la ciudad donde Pessoa vivió, sino el escenario donde esas distintas voces encontraron su lugar. Sus calles, los cafés, las oficinas comerciales, el Tajo, la luz cambiante sobre las fachadas y los recorridos cotidianos dejaron de ser un simple paisaje para convertirse en parte de una geografía interior. La ciudad no funciona como un decorado: respira junto con quienes la habitan y termina formando parte de su pensamiento.

Entre todas las obras de Pessoa, ninguna expresa con tanta intensidad esa unión entre la ciudad y la conciencia como el Livro do Desassossego. Es un libro difícil de clasificar, y quizá esa dificultad constituya una de sus mayores virtudes. No avanza hacia un desenlace ni construye una historia en el sentido habitual del término. Está formado por fragmentos que parecen surgir de la vida cotidiana y, sin embargo, terminan abriendo un espacio de reflexión que rara vez se agota en la primera lectura.

En sus páginas no encontramos una sucesión de acontecimientos extraordinarios. Encontramos algo mucho más infrecuente: la paciente exploración de una conciencia. Cada observación, cada recuerdo, cada estado de ánimo adquiere una profundidad inesperada porque está atravesado por una mirada que no deja de interrogarse sobre el mundo y sobre sí misma. El verdadero argumento del libro no es lo que sucede, sino la manera en que la realidad es percibida.

Y es precisamente allí donde, casi sin advertirlo, la biografía comienza a ceder el lugar a otra historia: la del lector que, muchos años después, abre esas páginas y descubre que también él ha entrado en esa conversación silenciosa.

Mi encuentro con el Livro do Desassossego tuvo, desde el comienzo, una forma de lectura distinta de la que suelo mantener con otros libros. Algunos parecen pedir que recorramos sus páginas siguiendo el camino que el autor dispuso para nosotros. Otros, en cambio, aceptan ser visitados de un modo más libre, como quien vuelve una y otra vez a un mismo lugar sabiendo que nunca lo encontrará exactamente igual. El libro de Bernardo Soares pertenece, para mí, a esa segunda clase.

Con los años empecé a abrirlo al azar. No fue una decisión deliberada. Simplemente ocurrió. Descubrí que podía detenerme en cualquier página y encontrar allí un fragmento capaz de acompañar el momento que estaba viviendo. Nunca tuve la impresión de estar interrumpiendo una lectura. Al contrario: cada regreso parecía continuar una conversación que había quedado suspendida la vez anterior.

Esa forma de leer sólo me había sucedido con muy pocos libros. Pienso en Don Quijote, en Ulises, en Finnegans Wake y en algunos libros de poesía a los que vuelvo desde hace décadas. Son obras que, aun después de haber sido leídas por completo, conservan la capacidad de abrirse como si fuera la primera vez. No importa tanto el orden de las páginas como la disposición del lector. Cada encuentro inaugura una lectura nueva.

Con el paso de los años comprendí que esa experiencia decía algo sobre el libro, pero también sobre quien lo leía. Hay relecturas que modifican profundamente nuestra opinión acerca de una obra. Un libro que nos deslumbró en la juventud puede parecernos menos intenso muchos años después; otro, casi inadvertido en un primer encuentro, revela con el tiempo una riqueza inesperada. La vida cambia nuestra mirada y, con ella, cambian también los libros.

Con Pessoa me ocurre algo diferente. Mi mirada, naturalmente, ya no es la de hace treinta o cuarenta años. La experiencia, las pérdidas, las alegrías y el simple paso del tiempo han transformado mi manera de leer. Sin embargo, cada regreso al Livro do Desassossego conserva intacta la intensidad del primero. No encuentro siempre las mismas páginas ni me detengo en los mismos fragmentos. Lo que permanece es otra cosa: la certeza de que ese libro continúa teniendo algo verdadero para decirme.

Tal vez porque nunca pretende enseñar. Soares no ofrece respuestas ni construye un sistema de ideas. Observa. Duda. Se detiene en una sensación fugitiva, en una calle recorrida tantas veces, en una tarde cualquiera, en el cansancio de una jornada de trabajo o en un pensamiento que aparece sin anunciarse. Y, sin embargo, de esas pequeñas cosas nace una forma de conocimiento que difícilmente podría alcanzarse por otros caminos.

En ese sentido, el Livro do Desassossego constituye una autobiografía muy singular. No está hecha de fechas memorables ni de acontecimientos decisivos. Está hecha de conciencia. Lo que importa no es tanto lo que ocurrió como la manera en que cada experiencia fue vivida. Al terminar una página, uno conoce muy poco más sobre la vida exterior de Bernardo Soares; conoce, en cambio, mucho mejor el movimiento de un alma que intenta comprenderse mientras contempla el mundo.

Quizá por eso nunca sentí que estuviera leyendo únicamente la vida de otro. Sentí, más bien, que esas páginas me ayudaban a mirar con mayor atención la mía. No porque reflejaran exactamente mis experiencias, sino porque despertaban preguntas que también me pertenecían. Esa es, sospecho, una de las formas más discretas y profundas de la literatura: no reemplaza nuestra vida por la del autor; nos devuelve la nuestra bajo una luz diferente.

Hay escritores cuya compañía termina cuando cerramos el libro. Otros permanecen en la memoria durante algún tiempo y regresan de vez en cuando. Pessoa pertenece, para mí, a un grupo todavía más reducido. Sus páginas siguen acompañándome muchos años después de haberlas leído. A veces basta recordar una frase para que una situación cotidiana adquiera un significado imprevisto. Otras veces basta abrir el libro por cualquier lugar para sentir que la conversación continúa exactamente donde había quedado.

Y fue entonces cuando comprendí que la relación entre un lector y un escritor puede parecerse, en algunos aspectos, a una amistad. No una amistad nacida de la convivencia ni del trato personal, sino de esa confianza silenciosa que sólo el tiempo es capaz de construir. Después de muchos años de frecuentar una obra, uno deja de buscar únicamente inteligencia o belleza. Busca también una presencia.

La poesía de Pessoa abre todavía otra puerta hacia ese universo. Cada uno de sus heterónimos canta el mundo con una voz diferente, pero hay momentos en que esas voces parecen reunirse alrededor de una misma pregunta: cómo habitar la existencia con lucidez, cómo aceptar la belleza de las cosas sin intentar poseerlas, cómo reconocer que la vida continúa más allá de nosotros.

Entre todos esos momentos, hay un poema de Alberto Caeiro al que siempre regreso. En “Quando vier a primavera”, la inminencia de la propia muerte no se vive como una tragedia ni como una rebeldía contra el destino. La primavera volverá. Los árboles florecerán otra vez. Los niños seguirán jugando bajo el mismo sol. El mundo no necesitará de nuestra presencia para continuar siendo mundo. Y, lejos de producir desesperación, esa certeza se convierte en una forma de serenidad.

El poema de Caeiro fue escrito, según se dató, el 7 de marzo de 1914, en un momento muy alejado de la propia muerte de Pessoa, ocurrida a mediados de otoño de 1935.     

Cada vez que vuelvo a ese poema tengo la impresión de que Caeiro no está hablando únicamente de la muerte. Está hablando, sobre todo, de la confianza. De aceptar que pertenecemos a un orden más vasto que nosotros mismos y que la belleza de la naturaleza no disminuye porque nosotros dejemos de contemplarla. Hay una humildad profunda en esa mirada, una reconciliación con el ritmo de las estaciones que termina iluminando también nuestra propia existencia.

Quizá esa aceptación explique por qué Pessoa sigue acompañándonos sin imponerse nunca. Sus libros no reclaman adhesiones. No pretenden convencernos de nada. Permanecen abiertos, esperando que cada lector encuentre en ellos la pregunta que necesita hacerse en ese momento de su vida. Por eso cada regreso es diferente y, al mismo tiempo, conserva el mismo asombro del primero.

Con los años comprendí que esa fidelidad a un libro se parece mucho a la fidelidad que existe entre los amigos. No nace del entusiasmo inicial ni de la admiración. Nace de la permanencia. De saber que, aunque pasen los años, esa voz seguirá allí cuando volvamos a buscarla.

Los amigos no sólo nos acompañan: nos ayudan a conocernos. Gracias a ellos descubrimos aspectos de nosotros mismos que permanecerían ocultos si estuviéramos solos. Ellos no nos inventan; nos revelan.

Con los grandes escritores ocurre algo semejante. No porque ocupen el lugar de nuestros amigos, sino porque la conversación que entablamos con sus libros termina formando parte de nuestra propia vida. A través de sus palabras aprendemos a nombrar emociones que apenas intuíamos, reconocemos inquietudes que creíamos exclusivamente nuestras y encontramos una compañía que no depende de la cercanía física ni del tiempo compartido.

Fernando Pessoa pertenece, para mí, a ese reducido grupo de escritores cuya obra termina convirtiéndose en una presencia. No porque responda todas las preguntas, sino porque enseña a convivir con ellas. Después de tantos años de frecuentar sus páginas, ya no siento que vuelva únicamente a un libro. Siento que regreso a una conversación que nunca quedó interrumpida.

Tal vez ésa sea la forma más silenciosa y duradera de la amistad. Una amistad que atraviesa el tiempo, que no conoce el encuentro personal y que, sin embargo, crece con cada relectura. Una amistad nacida de las palabras.

Y por eso, al terminar estas páginas, la palabra que mejor expresa lo que siento no es admiración. Es gratidão.

Me gusta conservarla en portugués porque esa lengua parece guardar un matiz que ninguna otra alcanza del todo: el reconocimiento sereno de un bien recibido, acompañado del deseo íntimo de hacerlo saber. Después de muchos años de lectura, eso es lo que experimento frente a la obra de Fernando Pessoa. Gratitud por la belleza, desde luego; pero también por la compañía. Gratitud por haber descubierto, en las páginas de un hombre al que nunca conocí, una voz que me ayudó a comprender mejor muchas cosas del mundo y, sobre todo, de mí mismo.

Desde entonces vuelvo a sus libros como se vuelve a la casa de un viejo amigo. No porque espere encontrar respuestas nuevas, sino porque allí siguen esperándome las preguntas que vale la pena no dejar de hacerse. Quizá ésa sea la forma más discreta que tiene un lector de expresar su gratitud.

Obrigado!

* Nacido en la ciudad de Buenos Aires el 24 de marzo de 1954. De formación académica en Astronomía, Física y Matemática en las universidades de La Plata y CAECE (Argentina), así como en la Federal de Minas Gerais (Brasil), su título es Doctor en Matemática Aplicada, obtenido en 1981. Es fundador y actual director del Observatorio Astronómico del Instituto Copérnico, en Rama Caída (Mendoza), localidad donde reside desde 1994. Su relación con la literatura, la música y las artes plásticas es de larga data: realizó cursos formales e informales de estas disciplinas en paralelo con sus estudios secundarios y universitarios. Si bien siempre escribió poesía y tomó fotografías, sus primeros libros publicados (en Brasil, España y Argentina) fueron técnicos, tanto ensayos como de divulgación científica. En ese ámbito, los más recientes son Estrellas y Matemática, y Conociendo el cielo austral, publicados por Editorial Kaicron en 2012 y 2014, respectivamente. En 2022, LP Editores le publicó Amalgama, un libro de fotografías y poemas en portugués y castellano, dado que a Jaime le gusta escribir en ambas lenguas. Desde entonces ha venido realizando muestras de poemas y fotografías en espacios de arte de la provincia de Mendoza. En 2025 publicó un nuevo libro de astronomía para todo público, titulado Portal al Universo. Actualmente está en imprenta otro libro de divulgación de la astronomía, titulado Guía oficial del Eclipse anular de Sol del 6 de febrero de 2027. Desde agosto de 2024 participa del Taller de Poesía, dictado por la poeta Analía Pinto, en el marco del Taller de Corte y Corrección.

¿Lo vieron pasar? El revoloteo que deja la memoria de una abuela

Reseña del libro El colibrí del malvón rojo, de Laura Etcheverry

por Sofi Urrutigoity *

El colibrí del malvón rojo, de la poeta argentina Laura Etcheverry, publicado en noviembre de 2025, me llega directamente desde Lincoln, provincia de Buenos Aires, por Halley Ediciones, y la ilustración de la portada se le agradece a Liliana Beatriz Ganduglia. Si buscan un momento de lectura agradable, placenterísimo, cuyas delicias transformen en poesía la cotidianeidad y nos bañen de frescura, no duden dos veces en leer El colibrí del malvón rojo, ¡ya! Merece todas las luces y muchos calurosos aplausos para la autora, quien sabe invadir de trascendencia aquello que en este poemario recuerda y comparte como experiencia universal de todos quienes amamos la vida de familia.

El libro se abre con un prólogo tan breve y conciso como excelente, por parte de Marina di Marco. “Qué hermoso es saber que aún existen libros como este que habla (…) con el ser amado que ya no está”, un libro que, coincidiendo con la interpretación del prólogo, entreteje intimidad y trascendencia e ilumina la realidad con ojos de contemplación. ¿De qué manera? Con pequeñas resurrecciones. “¡Estemos atentos!”, continúa la prologuista, a fin de ir tras la búsqueda de estas breves epifanías acaecidas en la cocina de una casa.

El poemario está dedicado “A mi abuela Victoria”. Luego lo atraviesa un colibrí de palabras y ensueños, al punto que hasta sus alas se vuelven caligrama y lo vemos volar poema a poema, así como vuelan la memoria y la figura de una abuela que es la de todos los lectores: “Pero ese vuelo, tan corto, / llega al cielo”.

“Te nombro en voz alta, abuela, / y se me viene a la voz / tanto de vos, tanto”, inicia la obra. Este primer susurro irá creciendo con la virtud de quien escribe un poemario estructuralmente impecable. Podríamos leerlo, de hecho, como un único y gran poema extenso, puesto que la presentación temática que un poema abre es amplificada con el poema siguiente. Además, el yo lírico utiliza recursos y técnicas propias de la escritura narrativa para escenificar la semblanza moral de la abuela, lo que podría simbolizarse con un pájaro. Es decir, no sólo es la semblanza universal de una abuela, sino también la emotividad de todo aquel que pierde y duela un ser querido.

El colibrí del malvón rojo nos enfrenta a imágenes cotidianas con un decir simple, cuya significación poética es estrujada hasta volverse entramado de imágenes rutinarias y dulces: lo que inicia como un vuelo de colibrí, el símbolo protagónico, evoluciona a un banco de mosaicos de la entrada de una casa, a la pasta rellena de los domingos, unas estampitas, las fotos de familia, la muñeca Dulcinea de una niña…

Colibrí, hijo del cielo, moneda de plata, abanico del viento, revoloteo de los ángeles, galaxia con pico, origen de la vida, son algunos de los epítetos que Laura Etcheverry encuentra para hablar de la pérdida, del dolor más sórdido de la muerte de nuestros muertos. Este colibrí tan singular es una verdadera ave intercesora que salva a los hombres y aboga por nosotros ante los dioses, como creían los indios hopi de Arizona. También es el pájaro en que un alma de guerrero se transforma, para los aztecas, o —según la investigación de la misma poeta— un mensajero entre los mayas.

Es de aplaudir la labor de revisión de la literatura que Laura ha hecho para tramar su propio picaflor. Es por esto que el hilvanado de cada símbolo y detalle poético que el yo lírico nos presenta construye a la abuela del género humano: adusta, épica, un heroico paradigma de todas las idealizaciones que guardamos de nuestros difuntos, una abuela que no necesita ser descripta físicamente porque cada uno la ve como a la propia. De hecho, recién a la mitad del libro, Laura —o mejor dicho, el yo lírico— ofrece unas pinceladas de cómo Victoria se vestía, cómo lucía, qué rasgos físicos recuerda su nieta en su corazón.  

Pero ¿cómo lograr este gran desafío de describir a una abuela única y a la vez universal? Muy simple. Uno de los poemas nos responde: “siempre hiciste tanto con tan poco”. Igual que la autora, que necesita solamente unos pocos símbolos, que trabaja y retrabaja, los mira, los da vuelta, los estruja, los vuelve a trabajar, y nos los devuelve con un libro hermoso, con una poesía de estilo simple y profundo. Luego, esta heroicidad encuentra su punto de declive pero, como es tan duro expresarlo, el yo lírico con que Laura se disfraza compone un poema de entierro sin decirnos directamente que lo es. De pronto, nos topamos con su abuelo en luto: “Gente en la casa, / abrazos en voz baja. / Febrero frío. // Sereno y serio, / va el abuelo de traje, / y lo saludan”.

¿Qué más decir sobre este único picaflor o “tucusito, / zunzún,/ zunzuncito,/ zumbador? Colibrí, cabecita de rubí,/ colibrí tijereta, cola de raqueta”? El libro abre paso a otro modo de componer poesía, con los metros clásicos, las canciones, afín a una niña que canta a su abuela. El lector hasta se endulzará con un soneto. Sólo esta estructura clásica, este modo de composición solemne podrá poner palabras y presentarnos la enfermedad en un ser excepcional. A su vez, tampoco este colibrí duda en pasearse por el tópico literario de Borges y Mujica Lainez de la Buenos Aires mítica, donde también lo veremos batir sus alas y brillar.

Colibrí, picaflor, con tu revoloteo por las flores, nos dejaste una lección muy clara: tomar y dar. Servir a los demás, volverse alimento. El ave es el único símbolo del poema que articula los dos planos del libro, el pasado y el presente. Ergo, el colibrí no sólo es la abuela Victoria, y a la vez la abuela de todos nosotros, sino que da un paso más de osadía o de virtud de composición poética, al ser una representación de la misma poesía, con una función de sublimar la expresividad del yo y dotar de eternidad cualquier experiencia estética, buena o verdadera, que es lo mismo.

De hecho, se refuerza esta idea con la descripción al detalle del pájaro una vez que ya se había descripto a la abuela. Además, uno de los poemas del libro tratará sobre el retrato de la estampita de la abuela, al modo de una auténtica écfrasis clásica de la poesía grecolatina; e incluso, este libro, en su totalidad, bien podría ser considerado como su estampa completa.

Así como el colibrí “recuerda cada flor, / y vuelve a ella cuando desborda otra vez de néctar (…), Yo anoto en este cuaderno / lo que quiero contar”, leemos en el final del poemario. Por lo que podemos interpretar El colibrí del malvón rojo como un libro sin fin, pues tampoco terminan la memoria ni la literatura.

En definitiva, esta reseña es una invitación a estar atentos, como advertía la prologuista. En sus casas, cómodamente dispuestos a la lectura, ya instalados en sus sillones… ¿lo vieron?, ¿lo vieron pasar? No se pierdan el revoloteo que deja la memoria de una abuela en una poeta actual y formidable.

* Sofía Urrutigoity nació en Mendoza con frutas en las manos (1995). Estudió la carrera de Letras y la Diplomatura en Corrección y Edición de Textos en la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional de Cuyo. Fue becaria “Friends of Fulbright” en Alabama University (2018). En Sevilla, le cantó al azahar y finalizó sus estudios de Máster en Escritura Creativa (US, 2021). Ha trabajado como docente en los niveles medio y superior, y como autogestora de talleres literarios en Mendoza, Chicago y París. En 2022 fue poeta finalista con mención de honor en el festival Poesía en Abril, de Chicago, organizado por DePaul University, cuya antología se presentó en París (2026). Ha publicado Un cielo de papel bajo mi cama (Mendoza, 2022) y Matrioshka (Murcia, 2023), libro premiado en el Premio de Poesía Mística San Juan de la Cruz (2022). Actualmente, es madre, escritora y, como doctoranda de la Universidad de Sevilla, se especializa en estudios de poesía española actual, y la hace palpitar entre hilos de música y familia.

Quién es quién en el TCyC – Dante Galdona

Hoy responde: Dante Galdona *

¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?

Literatura: Arlt, Borges, Cortázar: el ABC de la literatura argentina. Además de aquellos en los que coincidimos casi todos los escritores, de los argentinos siempre nombro a Humberto Constantini cuando me hacen esta pregunta. Es un cuentista subvalorado, a mi entender. “Háblenme de Funes”, “Aquí llamando”, “El 42 y las lentejuelas” y “El cielo entre los durmientes” son obras que rozan lo más alto de la técnica y provocan emociones difícilmente alcanzables. Recomiendo mucho su lectura. Puedo agregar a Marechal, Bioy, ciertas obras de Sabato, Conti. Entre los internacionales tengo a Hemingway como un ineludible y a Murakami como la esperanza viva de la ficción. Carver, un punto central entre los cuentistas; Rulfo, el padre del realismo mágico; Céline…, no dejemos de leer a Céline. Me olvido de muchos.

Cine: Las películas de Charlie Kaufman me provocan sensaciones al punto de repensar la vida de cero a cien. Lars von Trier, con Dogville (2003), sobre todo, me cambió la manera de ver cine. Alex de la Iglesia es inevitable, su forma tan humana de reírse junto al público supera a otro grande como Tarantino. Recomiendo que nadie se pierda la experiencia de ver las películas de Miyazaki con sus hijos, uno siente que hay un hilo que conecta ambas almas. Estoy seguro de olvidarme de muchos otros que me marcaron.

Música: entre los argentinos pido de rodillas que escuchemos todo lo que hizo el Indio Solari, leamos sus letras y nos liberemos de ciertos prejuicios fomentados por la crítica y la opinión pública. Martín Kohan dice que Borges fundó una literatura. Yo digo que Solari fundó una poesía. Las letras de Solari no siempre expresan lo que los críticos dicen. A eso se suma que la música está en perfecto tempo con el concepto. El embate emocional es doble: desde la música y desde la palabra.

Piazzolla debe ser el más internacional de los argentinos, reinventó el tango y lo llevó a un nivel superlativo, no entiendo cómo pudo ser tan criticado un músico así.

Siempre me emocionó José Larralde, la capacidad de hacer tanto sólo con la voz y la guitarra. El ejemplo claro de que menos es más.

El Cuarteto de Nos y sus referencias borgianas me hacen creer que la música y la literatura tienen algo más en común que la mera conjunción de sonido y lírica. Los redescubrí gracias a Eloísa, mi hija, dueña de un oído musical envidiable. También gracias a ella estoy disfrutando a Wos, siento que ese pibe nos va a regalar una explosión en nuestra música.

Pink Floyd es inagotable, nunca me canso de escuchar a Pink Floyd.

¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?

Estoy en un momento hermoso. Ya no tengo obligación laboral de leer libros de agenda y puedo volver a lo que me enamoró de la literatura: los clásicos. Empecé un pendiente: La guerra y la paz; y pienso seguir por ese lado, todo lo que pueda ponerme al día con los rusos. También estoy con el I Ching, préstamo de Marcelo di Marco.

¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?

Sin dudas, Taller de Corte y Corrección. No lo digo ahora, que el máster es mi amigo y una especie de padre. Lo dije cuando salió la primera edición, cuando yo no conocía a Marcelo y no me imaginaba que algún día fuera a conocerlo. Lo sostuve durante todos estos años. Recuerdo aquellos días en que lo descubrí. Andaba como loco entre el mundillo literario de la época con el libro, como si fuera una biblia, al casi grito de “acá está nuestra solución” para terminar de deambular entre talleres literarios con buenas intenciones pero con escasa pedagogía. En esa época había sólo dos talleres en Mar del Plata que valían la pena: Daniel Boggio en narrativa y Marcela Predieri en poesía. Pero las posibilidades de entrar eran intermitentes. Con Taller de Corte y Corrección tenías el taller que querías en tus manos todo el tiempo. Muchos años después, llegó a la redacción donde yo editaba el suplemento literario una hermosa sorpresa: un ejemplar de la nueva edición de TCyC y una carta de puño y letra de quien hasta ese momento había sido mi maestro en ausencia física. La carta decía, con la humildad de los grandes, que se acababa de mudar a Mar del Plata y algo así como que se ponía a disposición… ¡él a disposición del suplemento! Por unos segundos pensé que era una broma. No lo fue. “Maestro, escriba lo que quiera para nosotros”, le dije. Y ahí está mi orgullo aún vigente, la columna de Pukkas y el Tío Marce, Con tener talento no te alcanza.

Otros libros importantes: Ser escritor, de Abelardo Castillo; Mientras escribo, de King; los “trucs” de Quiroga; Zen en el arte de escribir, de Bradbury; las entrevistas de The Paris Review a escritores, donde recomiendo poner tanta atención en las preguntas como en las respuestas, algunos de esos reportajes son máster clases de periodismo cultural; y los Atreverse…, de Marcelo di Marco y Nomi Pendzik. Todos los ensayos de Piglia y, además, Respiración artificial, que si bien es una novela también es una reflexión sobre la literatura y el arte de escribir. Los capítulos prescindibles de Rayuela pueden ayudar mucho a un escritor también.

¿Cuál es el método de trabajo que considerás más efectivo para tu literatura?

Aunque me esfuerzo mucho para que no me pase, no puedo organizarme para escribir cuando se trata de mis textos. Lo hago cuando es inevitable. Quizá sea un defecto de la profesión, en la que los tiempos siempre están empujándote al precipicio. Es un gran error, una lástima. Lucho un montón contra eso, pero no lo puedo evitar. Si no me corre una fecha de entrega no puedo sentarme a escribir. Ahora, bajo esa presión, todo se acomoda y los textos fluyen. Lo único que hago más o menos constantemente es escribir ideas que me asaltan por la noche, en sueños o en el pasaje entre sueño y vigilia. Algunas de esas ideas luego se transforman en cuentos. Soy de la idea de que sentarse a escribir es uno de los últimos pasos del escritor. Antes de eso está la rumiante idea dando vueltas e invadiendo toda la vida de un escritor, este proceso puede durar días o años. Cuando me siento a escribir, el texto ya fue gestado. Otro consejo que puedo dar es estar dispuesto a detenerse en cualquier momento a observar la vida cotidiana: una conversación en la calle, el reflejo de una luz sobre un vidrio, el color de una flor y cómo se comporta con el viento, una línea de la calle que forme algún dibujo… esas cosas que están ahí pero nadie las ve. El trabajo de un escritor es ver lo que nadie ve y contarlo. Recomiendo tomarse horas para estas cosas, aunque se corra el riesgo de parecer un psicótico cuando uno se detiene a analizar una gota que cae sobre un perro, o un perro que cae sobre un jubilado, o un jubilado que cae sobre la vereda de un banco, o un banco… no, los bancos no caen, pero los ejemplos van por ahí.

¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?

En la precisión de la corrección. El método de Di Marco es infalible cuando se trata de corregir textos. Sin corrección no hay obra, por más que uno sea el mejor escritor del mundo. Me ayuda mucho entender cómo piensan otros escritores mientras escriben y cuáles son los caminos intelectuales que los llevan a las elecciones que hacen. Entender por qué escribió lo que escribió tiene un doble beneficio: ayuda a que ese texto se escriba mejor, de la única manera posible, y a entenderse a uno mismo cuando escribe. No siempre uno se entiende, diría que la mayoría de las veces uno no se entiende aunque no sepa que no se entiende.

La yapa:

Una o dos cosas que nadie debería perderse (una sinfonía, una comida, un pintor, un enlace de Internet, etc.)

Los ñoquis de papa de mi mamá. Lamento que la mayoría de los lectores pueda sentir impotencia, pero no hay mejor sabor en este mundo. Me encantaría escribir como cocina mi mamá.

* Dante Galdona nació en 1978. Trabajó en prensa escrita, es escritor, corrector y editor. Autor de la novela La conversión del señor Tramayo (2025), publicada por editorial Bucanera.

Ganó varios premios de cuento y poesía y fue editor de la revista literaria marplatense El Brote. En 2006 entró en la redacción del diario La Capital de Mar del Plata como corrector de pruebas y estilo, oficio al que se le sumaron las tareas de redactor, columnista y editor del suplemento literario. Creó varias columnas, entre las que se destacan una dedicada a los premios Nobel de Literatura y “La gente anda leyendo”, una serie de crónicas sobre la lectura en las calles de Mar del Plata. También cubrió eventos culturales y literarios, entrevistas a escritores, y críticas y reseñas sobre novedades editoriales.

En la actualidad forma parte del equipo pedagógico del Taller de Corte y Corrección.

Dos tragos, la misma sed

por Pablo Grossi *

No fueron pocas las veces en las que, cuando contaba que estudiaba Filosofía, mis interlocutores me respondían “Ah, Filosofía y Letras”.  Entonces venía la ya ensayada tarea de explicar que eran dos disciplinas diferentes, que eran dos carreras distintas, que tenían diversas aplicaciones, que se las suele confundir o unificar, etcétera. Ahora bien, estas diferencias no ensombrecen el hecho de que, en las universidades, suelen agruparse en la misma unidad académica: la Facultad de Filosofía y Letras. El tema es: ¿por qué están juntas?

Como reverendo hijo de mi tiempo, di con la brillante idea de preguntarle al ChatGPT cinco motivos para justificar el hecho de que estas carreras vayan siempre juntas —ojo: cinco motivos fundamentados con enlaces externos, muchos de ellos, papers académicos.

Encontré cosas muy interesantes. Primero, que Filosofía y Letras tienen su origen común en el glorioso reino de las Humanidades clásicas. También se señalaba que guardan entre sí afinidad epistemológica —o sea: tienen temas de estudio en común, como el fenómeno del lenguaje, la hermenéutica o la teoría de la argumentación— y afinidad metodológica —o sea: en tanto disciplinas académicas rigurosas, proceden de modo semejante—. Tercero, que ambas se desarrollaron en el ámbito universitario como reacción al llamado “profesionalismo universitario” —o sea: son de las carreras que por no asegurar un éxito laboral inmediato (“¿y con eso de qué vas a vivir?”) se levantan contra la hegemonía de, por ejemplo, Medicina-Derecho-Ingeniería— . En cuarto lugar, se alega una cuestión pragmática: suele haber razones administrativas y económicas de fondo para agruparlas. Por último (pero en conexión con el motivo esgrimido en primer lugar), que Filosofía y Letras comparten el mismo potencial para recrear la idea clásica de la formación integral.

Pero además de estos válidos motivos, yo encuentro otro: porque se complementan casi casi hasta el punto de necesitarse la una a la otra. ¿Cómo? Paso a explicar. La Filosofía consiste en la formulación de preguntas radicalmente existenciales: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿existen el bien y el mal?, ¿en qué consisten —en caso de que existan, claro—?, ¿qué es la verdad?, ¿cómo conocemos?, ¿qué es la realidad?, ¿por qué existe la existencia? Y un larguísimo etcétera.

Pero la cosa no termina acá. De hecho, la cosa no termina nunca. Porque la Filosofía pregunta, pero la Filosofía también responde —mal que les pese a los que gustan responder con fuerza que no existen las respuestas—. Y decíamos que la cosa no termina nunca, porque cada respuesta a una pregunta filosófica es fuente inagotable de nuevas preguntas. Y así camina la Filosofía, con sus dos patas: las preguntas y las respuestas. Y las Letras no se quedan atrás en esto del bipedismo. En este caso, las patas son la literatura y la lengua —la verdadera, la natural, y no los mamarrachos ideológicos— abordadas científicamente.

Desde esta perspectiva, podemos visualizar aún con más nitidez los argumentos prolijamente señalados por la IA. Pero, ¿por qué podríamos decir que Filosofía y Letras se necesitan la una a la otra? Pues bien: la Filosofía, desligada de la claridad y la belleza en la expresión —algo inherente a la literatura misma, pero también relacionado con el uso correcto del lenguaje—, termina por atentar contra sí misma. Puede resultar una experiencia cuasi traumática el leer un texto filosófico en el que la claridad brilla por su ausencia.

A su vez, la literatura, en sus múltiples expresiones, puede ser tanto disparadora de preguntas filosóficas como fuente inagotable de respuestas: un poema de Bécquer o La barca sin pescador, de Casona, pueden brindar más respuestas que un tratado entero de ética. Por otro lado, una obra literaria que, bellamente escrita, hace apología del mal moral, termina siendo algo pernicioso, dañino. Y hay más motivos para vincular a la Filosofía y a las Letras, sí. Pero creo que estos son los principales.

Y porque la Filosofía y las Letras van muy bien juntas, con Maru di Marco formamos una familia —que dicen por ahí que muy bella—. Y por el mismo motivo, desde agosto del 2024 ofrezco cursos en el marco de la comunidad del Taller de Corte y Corrección: “Introducción a la Filosofía”, en agosto del 2024; “La Filosofía de Josef Pieper: una introducción para artistas”, en julio del 2025; “Nietzsche, profeta de la posmodernidad”, en noviembre del 2025, y “¿Virtuuu qué? Razones de un anacronismo”, en marzo del 2026.

La excelente recepción que tuvieron en la comunidad me incentiva a seguir con estas propuestas. Los temas de interés son muchos, y los puntos de encuentro entre filósofos y literatos se disparan casi hasta el infinito. Es que, en el fondo, Filosofía y Letras responden en parte a una sed que hay en el alma humana. Sed de verdad. Sed de belleza.

* Pablo Ariel Grossi es maestro de grado, profesor y licenciado en Filosofía, y licenciado en Educación Religiosa. Se ha desempeñado (y lo sigue haciendo) en la docencia formal e informal, en la gestión y el asesoramiento educativo en diversos niveles y ámbitos. Es parte del equipo pedagógico del Taller de Corte y Corrección, donde brinda cursos vinculados con los temas de su especialidad. En Fin ha publicado varios artículos.

El nombre maldito

por Carlos Pagán Barceló *

556 a.C.

I

Bien lo sabías tú, Malco: no perdonan los dioses la arrogancia en los victoriosos.

Y pensar que en aquel tiempo, cuando te impusiste como tirano de Cartago, creías que únicamente pagarías con soledad tal osadía. Soledad que era mitigada con mujeres enviadas por los veteranos de tu ejército, aquellos guerreros que añoraban los tiempos de tus campañas y deseaban que no los olvidases.

En cierta ocasión, encontraste en tus aposentos a una muchacha cuya presencia no te anunciaron. Pero no recelaste de ella: los íberos que custodiaban la entrada se mantenían firmes. La muchacha aguardaba inquieta y cabizbaja. Sostenía una pequeña ánfora, que destapó y te ofreció. Te acercaste y sentiste el aroma del vino, mezclado con el perfume de su piel. Alzaste las cejas, sonreíste, negaste con suavidad. Ella se llevó el ánfora a los labios. Contaste al menos tres tragos, observando su cuello, que enseguida acariciaste. Se desprendió de una fíbula, deshizo nudos, y su túnica cayó suavemente al suelo. Bebiste del vino hasta saciarte, y arrojaste a tu espalda el ánfora. Renunciaste a preguntar su nombre: preferías someterte al juego que te ofrecía. Su mirada febril te sugería un deseo imperioso. Te sujetó la cabeza entre las manos y la atrajo hacia sí. Buscó tus labios y te obsequió un beso interminable. Su sabor te recordaba al del miedo que había irrumpido en tu boca en los momentos crudos de la batalla. Su lengua fría se movía como una serpiente. Despertaba tu ardor, a la vez que un temor recóndito. Sentiste el fuego ascendiendo y la condujiste al lecho. Debiste apartarla para separarte de sus labios. Cuando volviste a enfrentar su rostro, estaba lívido, y sus ojos perdían el fulgor. La sujetaste antes de que cayera.

—¿Quién eres?

—Ya no soy nadie, sólo la justicia de Melkart.

La muchacha murmuró más palabras, lánguidas e inaudibles, hasta su último aliento. El saco de piedras de tu cuerpo apenas pudo dar unos pasos antes de derrumbarse.

Supusiste que aquella parálisis precedía a la muerte, y la aceptaste sin resistencia. Tras inciertos instantes de caída en un abismo, oíste a tus servidores. Caminaban a tu alrededor y se inclinaban a leer en tus ojos. Tu cuerpo yacía inerte, sí, pero aún percibiste en las yemas el rugoso tacto de la piedra del suelo.

El tiempo transcurría sin orden, indeterminado: tan pronto una noche sucedía a la siguiente en un suspiro, como se eternizaba en espera de la próxima. Ahora tu casa parecía estar abierta, y el trasiego de visitas era interminable. Oías a tu alrededor voces, ásperas por el odio, que exigían tu muerte, y otras compasivas que las sosegaban. Un sirviente te alimentaba con una mixtura de leche y miel, que vertía suavemente en tu boca. Siempre paralizado, sin control de tu cuerpo, no recordabas un trato tan dulce desde que los dioses te separaron de los brazos de tu amada.

Te doliste al evocar su muerte en el parto: en su inmensa, en su cruel sabiduría, ellos se la habían llevado a cambio de que diera a la vida a tu único hijo legítimo. Pero esa es otra historia.

II

Los dioses no perdonan la arrogancia en los derrotados, y tú, Malco, lo sabías muy bien.

En aquel tiempo de tu derrota en la isla maldita —que ahora te parecía tan remoto—, ya merecías un castigo. Y los dioses enviaron a Himilcón para que te lo anunciara. Se presentó con un nutrido séquito de sirvientes y escolta, bajo el emblema del Consejo Supremo de Cartago. Él mismo interpeló al centinela que salió a su encuentro:

—Quiero ver inmediatamente al general.

Dos asistentes adecentaron el interior de tu tienda y retiraron todo aquello que sabían vedado a ojos indiscretos. Bomílcar acudió a recibirlo, lo condujo hasta ti y dijo:

—Padre, te visita el noble Himilcón.

Pugnaste por ofrecer una sonrisa, que no llegó a aparecer en tu rostro.

—Si hubiera recibido noticias de vuestra llegada —dijiste—, os habría procurado las comodidades que faltan en este campamento.

—No os preocupéis —respondió el recién llegado.

Le ofreciste uno de los dos austeros escabeles que figuraban como único ajuar. Dedicaste una fugaz mirada de reproche a tu bastardo Bomílcar, a quien prohibías llamarte “padre” delante de extraños. En cuanto Himilcón se sentó y aceptó una copa de agua fresca endulzada con miel, entonó el breve discurso que guardaba en la memoria:

—Vengo comisionado por el Consejo a comunicaros su decisión sobre la calamitosa derrota que habéis sufrido. Se ha acordado el destierro de vuestra persona y de todos los ciudadanos cartagineses del ejército. Debéis licenciar a los aliados y mercenarios. Podéis estableceros en cualquier lugar de vuestra elección, salvo Cartago y las ciudades con las que mantiene lazos de amistad o alianza.

Se libraba de un peso al decirlo, a la vez que te generaba un desconcierto, trocado en cólera, que temblaba en tu boca. Un oprobioso silencio os castigó a ambos. Lo rompiste con una voz arrastrada, que siseaba entre tus dientes:

—Desearía veros combatir a esos nurágicos salvajes. Son seres perversos, que han renunciado a la condición humana salvo para la impiedad y la traición. Carecen de toda nobleza en el combate, y se sirvieron de la maldad que exhala su tierra para tendernos una emboscada. Pero es mi voluntad regresar y purificar la isla maldita con la sangre de esa bárbara excrecencia. ¿Qué habrías hecho tú, noble amigo? ¿Por qué no vienes conmigo a enseñarme habilidades guerreras? Quisiera al menos veros empuñar un arma. Y a la caterva de viejos avarientos que han tomado esta decisión. —Te habías levantado sin darte cuenta, los puños apretados, sintiendo arder las mejillas—. ¡Prended a todos los que han venido con él!

Tus asistentes enarbolaron las espadas, y tú desenvainaste la tuya y golpeaste a Himilcón en el rostro con el plano de la hoja. Cayó de hinojos y tocándose la mejilla, incrédulo. Sus ojos habían perdido la superioridad.

—No quiero ninguna palabra —dijiste—, salvo los nombres de quienes propusieron mi destierro. Si callas, arrancaré de tu cuerpo todo aquello que ya no vas a necesitar.

Diste una orden con un gesto a un soldado que se mantenía firme a tu espalda, pero Bomílcar se adelantó: tomó unas tenazas y las colocó sobre un brasero.

—Empezaré cuando enrojezcan. Tienes tiempo para hacer memoria.

Convocaste a los restos de tu ejército delante del cuerpo crucificado de Himilcón, irreconocible por la sangre seca que lo desfiguraba, sin ojos y con apenas un aliento de vida. Les diste cuenta de la decisión del Consejo Supremo cartaginés, y escuchaste con complacida impaciencia las imprecaciones que les lanzaban tus soldados, hasta que les demandaste silencio.

—He decidido marchar a Cartago para revocar esta injusticia. Ninguno de vosotros será castigado: los cartagineses recuperaréis vuestros derechos, y a los aliados y mercenarios los recompensaré con el doble de los haberes que se les deben. Los que acompañaban a Himilcón han reconocido la justicia de mi causa y se han unido a nosotros. Salvo uno, al que he enviado con la respuesta: los ojos de este miserable dentro de un tarro de miel. ―Y señaló aquello que alguna vez había sido Himilcón.

Tus hombres acogieron esas palabras con un entusiasmo que no habías visto desde las jornadas previas a la derrota.

A buen ritmo marcharon hacia Cartago. Ninguno osó desertar, incluso se unieron nuevos reclutas. Durante el camino saquearon ávidamente las tierras de los consejeros cuyos nombres había confesado Himilcón.

Cuando llegaste a las puertas de la ciudad, salió a recibirte tu hijo. Cartalón era transportado en una litera por cuatro esclavos, investido con los ropajes que proclamaban su rango de sumo sacerdote de Melkart. Y fue extraño: te recibió displicente, con un mínimo gesto de asentimiento.

—Padre, como enviado de la ciudad te ruego que disuelvas tu ejército y no ofendas a los dioses con tu rebelde actitud. He suplicado por tu vida, y puedo prometerte que será respetada, si cumples con lo ordenado. He empeñado mi rango para favorecerte, pero no he podido obtener otra cosa.

Lo miraste con incredulidad.

—No veo a mi hijo. Cuando lo abracé por última vez, todavía vestía como un guerrero, y prometió cuidar de mi casa y de mi honra. Él carecía de todo mérito para acceder al sacerdocio. El Consejo se lo ha obsequiado con la intención de doblegar mi voluntad. Lamento que quienes te envían no puedan escucharme, pero les ofreceré un espectáculo que contestará a todas sus preguntas.

Y así lo hiciste. Fuera de las murallas de la ciudad, los cartagineses contemplaron con espanto la crucifixión de tu único hijo legítimo. Mientras tuvo aliento, el sumo sacerdote de Melkart te juró lealtad ―una renovada lealtad proferida a gritos―, prometió unirse a tu rebelión y renegó de su rango. Cuando la agonía ya sepultaba sus fuerzas, Cartalón te suplicó por su vida.

Detrás de él, montado a caballo en una erguida pose que sólo les dedicabas a tus enemigos, escuchaste sus últimos susurros. Pero, al mismo tiempo, intentabas contener las lágrimas. Rezabas a los dioses, exigiéndoles su favor a cambio de aquel sacrificio.

A tu lado, Bomílcar sentía la misma ebriedad de los momentos previos al combate, aferraba su hacha como un amuleto, y exhibía una mueca de placer. Le ordenaste con un gesto que se apartase de ti: no querías que presenciara tu conmoción.

Además, dudabas de él. De Bomílcar. Recordabas a la partera libia que te lo entregó recién nacido, jurando por la divinidad que era hijo tuyo, aunque cuando creció parecía engendrado por un bárbaro gigantesco.

Pronto el necesario holocausto de Cartalón envenenó a Cartago, que se retorcía en su podredumbre: tus partidarios alzaron la voz, el miedo acosó a tus enemigos, y todos temieron el castigo de los dioses. Tras una noche interminable en la que contemplaste, entre pesadillas, la luz rojiza de los fuegos sagrados del templo de Melkart, todas las puertas de la ciudad amanecieron abiertas: tu gente difundió la especie de que, así, tú te aplacarías.

Entraste escoltado por hombres de confianza. Te precedía la presencia imponente de Bomílcar: disfrutaba del honor que se le concedía como mejor guerrero de tu ejército, desfilando con la altivez del conquistador. Tus incondicionales te recibieron con fervor contenido, algunos acercándose para saludarte respetuosos. Ante una multitud silenciosa te proclamaste Protector de la ciudad. Prometiste defender sus tradiciones y purgarla de sus verdaderos enemigos. Ordenaste la captura de los consejeros de la lista confesada por Himilcón, que fueron desollados y crucificados públicamente.

Así empezó tu protectora tiranía. Revocaste tu destierro y el de los soldados cartagineses de tu ejército, a quienes retribuiste generosamente por su lealtad. Licenciaste a los aliados y mercenarios, bajo la promesa de convocarlos en el futuro al definitivo asalto a la isla: el escenario del primer acto de tu tragedia.

Dictaste todas las disposiciones que te proporcionaran el apoyo del pueblo. Y juraste ante los dioses que nada deberían temer los ciudadanos contrarios a ti. Para contener el descontento de los nobles, evitaste inmiscuirte en la política a cambio de que te acatasen discretamente. La Asamblea mantuvo sus atribuciones y eligió a los dos sufetes que gobernarían la ciudad. Incluso respetaste las decisiones del Tribunal de los Cien, que nunca te afectaron. Favorecías a las manos fuertes dispuestas a apoyarte, mientras proyectabas futuras campañas guerreras que a nadie interesaban, pero a las que ninguno se oponía.

Pese a la eliminación de tus rivales, sufriste dos atentados. Un intento de envenenamiento te acercó durante días al umbral de la muerte. Y, poco tiempo después, un sirviente te apuñaló antes de que lo redujesen los miembros de tu guardia. Pese a que te recuperaste, ambos ataques dejaron secuelas en tu cuerpo y tu mente, dolencias espirituales y físicas que te atormentarían desde entonces. Por lo del veneno, ordenaste el interrogatorio de los cocineros y de todos los sirvientes que podían acceder a tu comida. Sufrieron tortura hasta la muerte, pero ninguno reveló nada que condujese al culpable. La investigación del segundo intento no fue necesaria, pues el asesino falleció poco después de atacarte, asimismo envenenado.

Desde entonces, te aislaste de todo peligro. Confiaste tu protección a una guardia de mercenarios íberos que juraron no sobrevivirte. Según sus rituales, ante los dioses quedaban obligados al suicidio, en caso de que no lograsen preservarte. Nadie, salvo ellos y Bomílcar, podía acercarse a ti, bajo pena de muerte. Varios sirvientes probaban tus alimentos. La entrada de tu palacio quedó clausurada, y sólo aceptabas visitas por asuntos esenciales. Del resto se ocupaba Bomílcar: comunicaba tus resoluciones, indagaba lo que le pedías, te llevaba algunos secretos arrancados a la ciudad y otros alumbrados por su imaginación. Solía plantearte aventuradas ideas, y propuestas inverosímiles que tendían a tu coronación como rey. Tú las rechazabas todas. Le explicabas pacientemente que un acto de osadía te había otorgado el dominio de la ciudad, pero sólo la prudencia podía mantenerte en la cúspide. Tanto confiabas en la ciega devoción que Bomílcar te profesaba que le perdonabas sus abusos y aplacabas con oro las quejas de sus víctimas.

Solamente admitías una excepción a tu soledad de poderoso: las visitas de mujeres enviadas por los veteranos de tu ejército, quienes añoraban los tiempos de tus campañas y deseaban que no los olvidases.

III

Los dioses no perdonan tampoco la arrogancia en los tiranos. Y te lo enseñaron con rigor.

En aquel tiempo en el que quedaste reducido a carne inerte por obra del veneno, los íberos de tu guardia se arrodillaron ante ti y te preguntaron si tenías algo que ordenarles. Aquello era una formalidad ridícula, pues bien sabían que no podías hablar. Apenas lograste susurrar algo, pero fingieron no oírte. Invocaron a sus dioses, elevaron al incógnito cielo algunas plegarias y se marcharon. Reflexionaste acerca de una gran verdad: incluso los guerreros más fieles aprenden a quebrantar juramentos. No te extrañaba, pues tú quebrantaste muchos.

Poco después aparecieron dos hombres armados con garrotes, que te arrojaron del lecho y cubrieron tu cuerpo con golpes infligidos a una carne que ya no te pertenecía. Dijeron que actuaban en nombre del Tribunal de los Cien. Te llevaron a rastras por las calles, durante un trayecto en el que fuiste insultado, golpeado y escupido por la multitud, que se abría al paso de los guardias. Después de dejarte durante horas en el helado suelo de una mazmorra, te condujeron ante los magistrados. Te colocaron sobre una silla, ante una vociferante caterva de enemigos, sentados en unas gradas abarrotadas, porque habían invitado a numerosos miembros del Consejo. Los dos sufetes te esperaban de pie, flanqueando al sumo sacerdote de Melkart. El sucesor de tu hijo se acercó, mascullando insultos. Te golpeó en el rostro con un bastón. Caíste a los pies de los guardias, que te recogieron y te ataron a la silla.

Uno de los magistrados enunció la larga lista de tus crímenes, reiteradamente interrumpido por las voces de los demás, en una vorágine que procuraba verter la mayor ignominia sobre tu cabeza. Tu mirada perdida y tu rostro inexpresivo aumentaban su enfado. Entre las palabras se deslizaban los ruidos provenientes de fuera, que cobraron intensidad y reclamaron tu atención. Se oía un tumulto en el que reconociste las imprecaciones desesperadas de aquellos que se enfrentan a la muerte. Los mismos gritos de guerra que proferían tus soldados cuando cerraban formaciones ante lejanos enemigos, retumbaban ahora en las calles de Cartago. A medida que se elevaba el clamor del exterior y empezaban a oírse los chasquidos metálicos que anunciaban una refriega, las voces de los consejeros se iban apagando. Ojos inquietos buscaban en todas direcciones alguna certidumbre favorable. Sólo la parálisis impidió tu sonrisa, y también quizá tu carcajada. Despertaba tu cerebro, pero tu cuerpo permanecía inerte, y tus palabras morían en tu boca sin que lograras pronunciar una sola sílaba. De haber disfrutado del poder de la voz, los hubieras sometido fácilmente.

Los magistrados se disponían a huir. La llegada de nuevas noticias los contuvo. El tumulto, todavía audible, se mantenía a distancia suficiente como para no interrumpir tu enjuiciamiento.

La sentencia se dictó con rapidez, y sólo se discutió la forma de administrarte el castigo. Decidieron que serías crucificado en el mismo lugar en que tú crucificaste a tu hijo Cartalón. Antes se permitiría a los familiares de tus víctimas someterte a los vejámenes que deseasen, aunque no podrían producirte la muerte, ni adelantártela, ni tampoco servirse de arma alguna. Te alcanzaron los ecos del dolor que pretendieron inferirte, pero no podías emitir siquiera un suspiro, ni revolverte en tus ataduras, lo que decepcionó a quienes buscaban tu sufrimiento. Ignoraste la muchedumbre de injurias que vertieron sobre ti, que te importaron mucho menos que la última frase de la sentencia:

—El nombre de Malco se borrará de los archivos sagrados, y ningún ciudadano podrá ostentarlo en el futuro.

Te preguntaste si ya habías perdido la vida y recibías el consecuente castigo de los dioses, o si llevabas algún tiempo transitando por el mundo de los muertos, en un viaje iniciado en aquella isla maldita.

Las crueles garras de tus enemigos te habían arrancado los ojos. Apenas percibías luces lejanas y rojas. Pudiste oír durante el camino al cadalso las hirvientes calles de la ciudad. Tronaban voces guerreras en las que reconocías a tus soldados, cruzadas con otros gritos confusos. Los verdugos murmuraban palabras de duda y parecían desear fugarse, cosa que los guardias del Tribunal no iban a consentir.

Sentiste cada una de las maniobras de los verdugos, el tenue chasquido de tus huesos, el rumor de tus exigidos tendones. Y tu respiración se aceleraba, aunque el dolor se mantenía remoto. Después te aferró una asfixia que fue creciendo, pero la recibiste con resignaciónporque anunciaba el fin de la pesadilla que había nacido con tu derrota ante los nurágicos. El tiempo no fluía en una sola dirección, sino que se desparramaba en todas. Volvías a dirigir a tus tropas en tierras desconocidas y veías a los bárbaros nurágicos surgir de donde nadie podía esconderse. Atacaban sin miedo ni piedad, les causaban pavor a tus guerreros más veteranos y desbandaban a los más incapaces. Escuchabas las súplicas de tu hijo en la cruz, que se amargaban ante la certidumbre de la muerte. Deseabas recordar el rostro de tu esposa, pero los espectros del tiempo te lo habían arrebatado. Mil recuerdos te golpeaban, y tu corazón se rendía. El más poderoso era el beso, aquella astucia que causó tu derrota. Te dejaste llevar a los abismos con su memoria. Y llegó entonces aquella mujer que habías visto años atrás, en los brazos de tu hijo Cartalón.

Los aullidos de tus guerreros, muy cercanos, deshicieron tu ensueño. Manos rudas te descendieron de la cruz. La voz rota de Bomílcar derramaba furia en tus oídos:

—Padre, padre, ¿me oyes?

—No me llames padre.

Le oíste una carcajada, mientras acariciaba tu cabeza.

—Mañana volverás a ser el Protector de Cartago, y tus enemigos sufrirán mil veces el dolor que te han infligido. Te repondré en el trono.

—No, no, déjame —susurraste con mucho esfuerzo. Él debió acercar el oído a tus labios—. Déjame morir en paz.

El dolor se te acercaba. Era lo único que estabas recuperando. No podías mover un solo músculo, pero sufrías el estremecimiento de las heridas, la aspereza del suelo, el cuerpo caliente y sudoroso de Bomílcar, abrazándote. Los gritos a tu alrededor te alejaban del dulce sueño que tanto apetecías.

—Vivirás, padre —dijo Bomílcar—. Yo seré tus ojos, tus brazos. Seré tu voz.

El olor a vinagre de su aliento te azotó la cara, y él te estampó un beso de labios tan agrietados como pegajosos.

Tronó la voz rugiente de un compañero de armas a su espalda:

—¡Date prisa, Bomílcar! Los guardias del Tribunal vienen con refuerzos.

—Mátame —murmuraste, desde un abismo tan lejano que ni siquiera tú podías oírte.

—No, padre, no digas eso.

Bomílcar te levantó en brazos. Tú estabas inerte, sin ninguna voluntad, ni siquiera podías oponerle una mirada. Volviste a preguntarte cuándo había empezado aquella pesadilla. Y deseaste por encima de todas las cosas sumergirte en el beso de la muerte.

* Carlos Pagán Barceló nació en Madrid en 1972, hijo de madre española y padre puertorriqueño. Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid, ejerce la abogacía de forma independiente, aunque presta servicios a algunas corporaciones, como el Colegio de Abogados de Madrid, el Colegio de Farmacéuticos de Guadalajara y el Colegio de Arquitectos de Madrid. Su absorbente profesión lo ha alejado de la literatura; pero, tras muchos años de abandono, ha retomado su vocación, con la escritura de una novela sobre un asunto que le apasiona: Cartago.

En su época más productiva, obtuvo algunos premios en certámenes de cuento: Ganador de los premios «Ciudad de Vinaroz» (2000), «Frida Kahlo» (2000), «Decano Pedrol» (2001), «Ciudad del Gallo» (2002), «Félix Urabayen» (novela corta, 2002) y «Círculo Cultural Blas de Otero» (2007) y posteriormente «Aula Zarco» (2017). También algunos segundos y terceros puestos, así como otros premios menores.

En el terreno de novela, obtuvo el Premio Arte Joven 1998, convocado por la Comunidad de Madrid, con «Sabes que los muertos siempre tienen razón cuando te advierten», publicada por la editorial Visor Libros.

Gracias a su participación en el TCyC (desde 2022) ha mejorado su prosa y sus conceptos literarios, de la mano de Marcelo di Marco y Nomi Pendzik. También le ha traído aparejadas otras formas de difusión de su pasión por la literatura y el cine, como el pódcast «Los Tres Moscardones», junto a Luis Moretti y Francis García Reyes, y la lectura de este cuento y de “Hacia el sueño de hierro”, por Luis Moretti en su canal Noches de Pluma y Tinta.

Imágenes realizadas por el autor con asistencia de la IA de ChatGPT.

Nota: Malco, el protagonista de este cuento, es un personaje histórico muy poco conocido de la Cartago más arcaica. Sólo aparece en una fuente siete siglos posterior, Marco Juniano Justino, en un breve pasaje de su Epítome de las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo (también en Orosio, pero como cita de Justino). Tanto su nombre (Mlk en fenicio significa ‘rey’), como lo arquetípico del suceso con su hijo, sugieren que podría tener un origen mítico.

Del barro al oro, en alas de la no ficción

por Nomi Pendzik

Con apenas algunos trazos negros contrastando en la blancura del papel, la magia de la literatura puede emocionarnos o hacernos conocer mundos inaccesibles. Incluso puede cambiar nuestra visión de la vida, de nosotros mismos o de nuestra historia.

Eso es lo que logra el panameño Didier Rodríguez Robles con su relato, aún inédito, “O-fu-jung”. Veamos cómo.

A mediados del siglo XIX ocurrió en Panamá, durante la construcción del ferrocarril, uno de los hechos más pavorosos ­­y menos conocidos de la historia de América —a España la historiografía oficial le achaca miles de iniquidades en dicho continente; pero vean esta, y después me cuentan—. Por falta de mano de obra local, la Panama Railroad Company (EE. UU.) importó trabajadores de China: esperanzadas gentes que huían de las malas condiciones de vida en su propia tierra, y que al llegar a Panamá descubrían las condiciones terribles que les esperaban en tierra ajena. Entre el clima inhóspito, los peligros y enfermedades de la selva, la incomunicación, la semiesclavitud, la soledad y el racismo, muchos sucumbieron. Primero, al opio, y después a una depresión irremediable: no se conocen cifras exactas, pero se calcula que, en un mes, se suicidaron alrededor de mil desdichados chinos.

El doctor Alonso Roy, destacado médico e historiador panameño, cita textualmente al Ingeniero Jefe de los trabajos del ferrocarril, George Totten: “…nunca olvidaré la escena que mis ojos encontraron esa mañana. Más de un centenar de chinos colgaban de los árboles, sus anchos pantalones moviéndose al soplo de una ardiente brisa. Algunos se habían ahorcado con pedazos de soga y gruesos bejucos. La mayoría, sin embargo, usó su propio cabello, dando vueltas a sus largas trenzas, y amarrando sus extremos a la rama de un árbol”.

Totten es un testigo de los hechos, los consigna desde afuera: espantado, sí —el literario “soplo de una ardiente brisa” suma horror—, pero es un mero espectador.

Con este material verídico trabaja Didier Rodríguez Robles su cuento “O-fu-jung”. Se basa en un hecho históricamente comprobable, y esto incluye al relato dentro de una interesante categoría: la de las narraciones de no ficción, en la línea trazada por Rodolfo Walsh con Operación masacre, o Truman Capote en A sangre fría, por poner sólo dos ejemplos renombrados.

La no ficción toma como materia narrativa hechos reales, pero los cuenta utilizando técnicas propias de la ficción literaria: diálogos creíbles, vocabulario preciso y sugestivo, imágenes sensoriales, metáforas. El autor organiza los elementos caóticos, disformes, de la realidad, los circunscribe en un comienzo y un desenlace, les da tensión dramática. Crea un artefacto estético que les confiere a esos hechos una hondura ―épica o intimista― de la que carecían en la realidad.

Y uno de los recursos más ricos a los que acude Didier es la individualización: no es lo mismo saber que algo horrible les ha sucedido a tantos chinos, que sentir lo que le ocurre a Lao Xim, el protagonista de “O-fu-jung”. Didier no necesita incluir el testimonio de Totten, como haría obligatoriamente un cronista: elige contar desde adentro.

El narrador omnisciente, testigo privilegiado pero invisible, nos sitúa dentro de la interioridad de Xim: sabemos qué piensa, qué siente, olemos lo que él huele y nos duelen las heridas que él sufre. Nuestra visión del mundo se transforma cuando nos preocupamos por alguien que hasta ahora era apenas un número en un libro de historia. Y el relato —que, sin declamar ni extraer conclusiones, nos muestra lo que le sucede al personaje— resulta un contundente alegato contra cualquier forma de segregación y esclavitud. Aquí los recursos de la ficción colaboran para recrear en nuestra mente el hecho que la realidad proporcionó; pero la noticia nos llega trascendida, alumbrada por una nueva luz. Como dice el profesor Eduardo Jordá, el autor de textos basados en hechos verídicos es “una especie de alquimista que convierte el barro de la vida diaria en el oro de la buena literatura.”

* * *

Tres fragmentos de “O-fu-jung”, de Didier Rodríguez Robles *

Hacía sólo dos lunas que Xim había oído hablar, por primera vez, de un sitio ignoto llamado Panamá, y tal nombre evocaba para él misteriosas resonancias.

Deambulaba por los muelles buscando trabajo, cualquier trabajo. Debía alimentar a su esposa Jia y a Lee, su hijito de cinco años y medio, el único que le quedaba con vida.

Miles de hambrientos… No: decenas de miles de hambrientos muertos vivos pululaban por las calles, ocupados en el mismo asunto. A veces algunos de esos despojos humanos encontraban algo, pero debían trabajar dieciocho horas y, por pago, apenas recibían una escudilla de arroz con hierbas.

Aunque Xim se topara con algo así, sabía que no sería suficiente para su familia.

Una luna atrás había enterrado a su segundo hijo. Yu tenía dos semanas de nacido cuando se los arrebató Yan Wang, el dios de la muerte. La falta de comida hizo que a Jia se le secaran las tetas, y el bebé sólo aguantó día y medio.

La misma noche del día en que murió, esperaron a que oscureciera, y dejaron la casa. Caminaron cerca de doce li, cargando el cuerpecito frío y rígido, y se adentraron en un bosque de cipreses, bien negro bajo la noche. Temían que, si algún desesperado los descubría sepultándolo, vendría después por el bebé. El hambre volvía locos a muchos, y Xim sabía de episodios escalofriantes. Si no encontraba trabajo, pronto moriría también Lee.

En los días siguientes al entierro, y por varias semanas, casi no vio ni perros ni gatos en las calles, y hasta las ratas empezaron a escasear. Y, cuando lograbas atrapar alguno de esos escurridizos bichos, tenías que cuidarte: en cualquier esquina, esqueléticos espectros eran capaces de arrebatarte tus presas a filo de cuchillo.

Una mañana, en la última callejuela del puerto, Xim estaba a punto de cazar un gato con su lazo corredizo, cuando sintió un clamor cercano.

Salió del callejón y vio a unos treinta desharrapados rodeando a un hombre subido en un cajón. El hombre, un manchú, les hablaba de un país ―un país tan bárbaro como lejano― en donde había trabajo. Afirmaba que allí se ganaba mucho dinero, tanto que un chino cualquiera podía llegar a convertirse en un chino rico.

―¿Cuánto pagan? ―gritó uno de la muchedumbre.

―¿Dónde queda Panamá? ―dijo un anciano.

―¿Puedo llevar a mi familia? ―preguntó alguien que estaba a su lado.

Y tantos alzaron las manos, ofreciendo sus servicios, que quienes reclutaban se dieron el lujo de escoger. Sólo los más fuertes, los más jóvenes y sanos fueron aceptados.

(…)

A mediados del Año del Buey algunas cosas cambiaron, y él recordó lejanamente lo conversado en la tienda de Cho: terminaron por reemplazar al capataz Kane, y les daban un día libre a la semana; también les concedieron dejar de trabajar una hora antes del crepúsculo.

La comida también mejoró: recibían pescado salado tres veces a la semana, y algunos vegetales.

Dos meses antes del fin de año, Liau amaneció muerto en su litera.

Se había enfermado semana y media atrás, sus ojos y piel se pusieron de un profundo amarillo ceniciento, y vomitaba sangre. En la madrugada estuvo discutiendo y agitando las manos, luchando con los fantasmas que la fiebre hacía aparecer en su cabeza.

Xim lo lloró como se llora a un hermano.

Ahora sentía que sólo el opio le daba paz.

No sólo a él. Eran más de ciento veinte en la barraca, y casi todos, al llegar del campo, sacaban sus pipas y fumaban.

El o-fu-jung era mágico: el cansancio se diluía, desaparecía el miedo a shë y a hu, y olvidaban a la familia que habían perdido para siempre.

Seis semanas después del nuevo año, ocurrió lo que él no creía posible. Antes de salir al campo, el nuevo capataz los reunió en la mañana, y Chen les tradujo:

―Dice que no más opio.

Al asombrado silencio siguió un estallido de protestas y preguntas.

(…)

Al otro día, a media mañana, cinco se amarraron piedras grandes a la cintura y se lanzaron al río Obispo. En la tarde, uno, frente de los ayudantes del capataz, sostuvo un machete con la punta hacia su estómago y se lanzó de bruces.

Oscurecía cuando unos gritos sacaron a todos de las barracas: uno de los más jóvenes colgaba de un enorme corotú; había envuelto la coleta alrededor de su cuello, había amarrado el extremo a una rama y se había dejado caer.

Se quedaron allí observando al muchacho, que se balanceaba con la brisa. A la luz crepuscular podían distinguir el brillo de los ojos que se abrían al vacío, y oían el zumbido de las moscas que sobrevolaban la lengua azul de tan negra.

Caminando como sonámbulo, uno de los espectadores fue hasta el corotú de donde colgaba su compañero.

Xim comprendió su intención. Otros dos también se alejaron del grupo, y fueron por una escalera para ayudarse a subir a un guayacán que estaba un poco más allá.

Xim vio cómo subían de a poco al guayacán. Se quedó mirando la escalera y se acercó. Él mismo puso la mano en uno de los peldaños, luego un pie.

Y trepó.

En la penumbra vio que otros hacían lo mismo.

Ninguna estrella se veía en el cielo, y la noche se incendió con el croar de las ranas y la intermitencia de las luciérnagas.

Xim cerró los ojos y recordó a Lee, agarrado de la mano de Jia, cuando ellos dos lo despidieron en el muelle.

Desde la espesura vino un incesante ulular de búhos:

―Esas son voces de nuestros muertos ―aseguraban los viejos de la aldea en donde él había crecido.

Xim dio una vuelta con la coleta alrededor del cuello, y después la amarró a la rama. Apretó el nudo lo más fuerte que pudo.

Temblaba, y espasmos de dolor le apuñalaban las tripas.

Miró hacia abajo, y volvieron en confuso torbellino los recuerdos de su lejana tierra y los recuerdos de todos aquellos a quienes había amado y los recuerdos de todos aquellos a quienes no volvería a ver jamás.

* Didier Rodríguez Robles vive en la ciudad de Panamá con su esposa y sus dos hijos. Es ingeniero electromecánico de profesión y ha trabajado en la industria manufacturera y en la construcción. Desde muy pequeño leía con voracidad cualquier libro que tuviera a su alcance, esa pasión por la literatura le ha acompañado toda la vida. Hace cinco años ingresó al Taller de Corte y Corrección, dirigido por el maestro Marcelo di Marco. Y bajo el auspicio del maestro Di Marco ha escrito un libro de cuentos, todavía inédito.

Texto originalmente publicado en el diario La Capital de Mar del Plata, el 29 de abril de 2024.

Fuente de la imagen: https://bayanodigital.com/presencia-china-durante-la-construccion-del-ferrocarril-y-el-canal/