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Arder el espíritu

por Edu Benca

Alienígenas, hombres lobo, ocultistas devoradores de niños que mueven los hilos de la sociedad desde las sombras de la élite. Suena a un éxito de taquilla, ¿verdad?

No es una película: es el resumen de las noticias de la última semana.

Sin embargo, todavía debo ir al trabajo y todavía debo pagar las facturas a fin de mes. Ninguno de aquellos titulares, por descabellados o antinaturales que sean, ha perturbado la rutina del ciudadano común.

Todo sigue igual.

Los reflectores apuntan adonde el espectáculo sucede. Mientras, en las sombras del teatro, a los espectadores nos mutilan la lengua, cosen nuestras bocas y fritan nuestros cerebros con precisa y quirúrgica sutileza. Ya ni encubren los crímenes, nos muestran todo. Pero, como no tenemos voz, no opinamos; como no tenemos lengua no sabemos cómo; y como no tenemos cerebro no nos importa.

Pero no todo está perdido, no. En medio de esta pantomima, donde el mal se viste de locura —o de perro, dependiendo de a quién se lo preguntes—, el bien y la cordura residen en los pequeños actos de bondad y de esperanza. Todavía existen personas que dedican su vida a la vocación y aportan algo que ayude a otros. Y así nos desconectan de la mátrix,devolviéndonos a la belleza del mundo.

De esas personas quiero hablar.

A medida que uno va creciendo, se da cuenta de que todo en este camino se reduce a aprendizajes: aprendemos a reír, a amar, a llorar, a lastimar, y aprendemos a pedir y a dar disculpas. Algunas cosas cuesta más aprenderlas que otras, como almorzar en una mesa que alguna vez tuvo todas las sillas ocupadas.

Todo se aprende. Y el aprendizaje depende de que nos crucemos con las personas correctas en nuestro camino. No voy a preocuparme con las mil variantes que definen nuestros caminos y —por ende— definen a las personas con las que nos cruzamos. Porque las buenas personas, las que tienen vocación, te encuentran a vos, y no al revés.

Esas personas ya definieron sus caminos, y sus caminos están trazados intencionalmente para cruzarse con otros. Y te advierto que, al principio cuando las conozcas, te podrán parecer perdidas: vos sos el que está perdido.

Nótese que cuando hablo de aprendizaje no hablo de saber la tabla periódica o de conocer los motivos por los que sucedió la Segunda Guerra Mundial. Porque las virtudes trascienden estos temas. Las sombras del teatro podrán maniatarnos, adulterar nuestra educación y dinamitar los valores en un intento paupérrimo de redefinición all inclusive, pero el Bien se levantará. Las flores vuelven a florecer después del incendio.

Creo que, al final, eso es lo que perdura y vale más allá de cualquier fórmula o calificación o plan de estudios. Al menos eso persiste.

Yo llevaré hasta el fin de mis días la mañana de invierno en que la bibliotecaria me presentó ante otros alumnos —o profesores, ya no recuerdo los detalles— como futuro escritor y cineasta. Yo me había convertido en una masa amorfa de vergüenza y soberbia que no pudo formular comentario alguno. Ella rellenó el silencio —mío y de los escépticos presentes— con una sentencia definitiva:

—Acuérdense de mí.

La profe Rossana me conocía desde que tengo cuatro años, ya que fui compañero de su hija, y, debido a mi excéntrica personalidad por esos días, me vio crecer y “figuretear” siempre en primera plana de lo que fuera que sucediera en la escuela: actos culturales, lecturas de misa, obras de teatro, exposiciones…

Pasó el tiempo. Me fui de aquella escuela de mis amores para comenzar la secundaria en un colegio público que alguna vez supo ser una gran casa de estudios y que, en ese entonces, no era ni la sombra del pasado.

En noveno grado me mudé a otro colegio, uno donde mis viejos amigos se encontraban, y donde me prepararía yo para estudiar Electromecánica.

Cursando el noveno, nos hablaban mucho sobre el “test vocacional” —y acá es donde todo este relato se conecta—, pero yo lo tenía claro: amaba la Física y la ciencia. Estudiaría Electromecánica y luego, en la universidad, algo relacionado.

Hasta que un día otra profesora —la profe Raimunda— nos sermoneó por entrar a su clase de Matemáticas en vez de ir a una sentata contra el Ministerio de Educación:

—Ustedes deberían estar allá afuera protestando por este asalto a sus derechos como estudiantes —dijo con una voz chillona como nunca volví a oír en otra persona—. Son tan pasivos… Les debería arder el espíritu.

Me debería arder el espíritu. No sé si a mis compañeros les pasó lo mismo, pero aquella frase orbitó mis reflexiones nocturnas durante semanas. ¿Me ardía el espíritu? Ciertamente me gustaban muchas cosas, pero nada me quemaba las entrañas al hablar, nada me emocionaba tanto excepto cuando…

Entonces tuve una epifanía, y aquello del “test vocacional” cobró sentido para mí, pero no en el sentido pedagógico con que utilizan semejante palabra, no. La vocación, el llamado había alcanzado mis oídos: yo quería dedicar mi vida a contar historias.

Dejé de lado la preparación para Electromecánica, y automáticamente el camino que elegí me comenzó a cruzar con las personas indicadas: un querido amigo me regaló Poética de Aristóteles, y otros libros sobre cine. Conocí ZEPfilms —que posteriormente me llevaría al Taller de Corte y Corrección, donde mi camino se ensancharía sobremanera—, y a mitad de año, cuando la pregunta “¿ya sabes lo que vas a hacer de tu vida?” llovía sobre nosotros, me atreví a compartir mi pasión con los demás.

No recuerdo bien ese periodo, hubo quien me apoyó y hubo quien no, pero sí recuerdo que la profe Rossana fue de las primeras personas que me motivó en mi “extraña” decisión de convertirme en escritor y director.

Hoy día pienso que, durante esos momentos de incertidumbre, todo lo que uno necesita es la motivación del espíritu, y no un apoyo racional ni mucho menos un desmoralizador “¿en eso se hace plata?”.

Y ese tipo de ayuda sólo se recibe de quien ha encontrado su vocación, y ha seguido el camino. Como Rossana, que cuando se enteró de mi decisión, no dudó ni un segundo en presentarme como un futuro artista aquella mañana de invierno en la biblioteca.

Aquella mañana fue hace doce años, y ella falleció hace seis, en la pandemia.

Hoy, con mi primera novela y mi primera película en etapas finales de corrección, me acuerdo de ella y me lamento de que nunca podré mostrarle mis obras.

Sin embargo, y a despecho de quienes nos mutilan a diario con su teatro del horror, persisten siempre las enseñanzas de quienes han sabido hacernos arder el espíritu.

Ángel Eduardo Benítez Campos, más conocido como Edu Benca (Asunción, 2000) cursó la carrera de Cinematografía en la Universidad Columbia del Paraguay. Se especializó en Formación Profesional de Escritura y Análisis de Guion Cinematográfico en La Lumière Escuela Audiovisual (Argentina) con su largometraje en desarrollo La última parada. También obtuvo el certificado en Crítica y Análisis Cinematográfico en la consultora de guiones La Pistola de Chéjov (Paraguay).

Actualmente, trabaja estilo y estructura narrativa de su novela Raykatz: destructor de mundos en el Taller de Corte y Corrección, bajo la tutela del best seller Marcelo di Marco, y de la profesora de Literatura y escritora Nomi Pendzik. Ha publicado en el diario La Capital de Mar del Plata su crónica “Tuve que irme preso para darme cuenta”.

Escribió, editó, y realizó materiales audiovisuales para diversas marcas y organizaciones tales como Mercedes Benz y la Unión Europea. Uno de sus trabajos más relevantes es la escritura y el montaje de la serie documental El Triki: persiguiendo un sueño, emitida por TV en el canal Tigo Sports, y publicada en YouTube.

Fundó la productora audiovisual Mensú Films, donde ejerce como director creativo. Y escribió y dirigió el largometraje Isla, atrapado en medio de la ciudad, a estrenarse próximamente en los cines.

En medio de una guerra

por Cristian Fonollá *

El arte de la guerra se basa en el engaño.

Sun Tzu

Hace unos días me compartieron un reel en el que se criticaba la simplicidad de la música actual. Como melómano y como compositor, yo no podía estar más interesado en conocer un nuevo argumento por el cual seguir denunciando la tenebrosa tendencia general de la música de nuestros días.

El video en cuestión mostraba dos espectros de frecuencia, a modo de montañas y de valles, tal y como un audio de WhatsApp ilustra las variaciones de onda de la voz. El primer espectro reflejaba el contraste y el claroscuro —las montañas y los valles— de la canción “Bohemian Rhapsody”, de Queen. Después, el video comparaba esa variopinta silueta de relieves con un segundo espectro, que pertenecía a una canción felizmente ignota para este escriba, y cuyo “cantante” vive actualmente y se llama —inventemos— SalemTwys. El espectro contemporáneo evidenciaba una monotonía: una meseta en la obra de Salem Twys. La conclusión del reel era clara: hace añares que la música ha optado por no variar, al menos, el volumen. Y es una válida conclusión.

Pero hay algo aún más grave.

Si bien es cierta —revulsivamente cierta— la simplificación del arte a manos del industrialismo discográfico y de la estandarización en masa —una suerte de McDonald’s para los oídos—, la música no apela sólo al volumen. Ese alto volumen incesante, esa saturación de frecuencias, ese todo-al-palo que el video señala, es consecuencia de algo que nos excede: la llamada Loudness War o Guerra del Volumen.

Las plataformas de audio —léase audio, y no música— compiten entre sí y dentro de sí por la canción más alta. Alta de volumen, claro: no alta de conmoción o de fineza, ¡a quién se le puede ocurrir! Quien suena más fuerte gana. Gana la atención. Y gana el mercado. Porque hoy todo nace y muere por el mercado.

¡Chocolate por la noticia! Desde luego que el mercado rige las decisiones creativas de los medios masivos de entretenimiento, que no de arte. Y en el medio, estamos nosotros. ¿Pero cómo es posible? ¿¡Acaso no hay libertad o salida alguna para pobres oidores de música como nosotros!?

Imaginemos, por un momento, a un gran y esplendoroso cantante en la siguiente vicisitud. Pongamos por caso al espectable Salem Twys, cuya técnica vocal es irreprochable y encarna la envidia de la mismísima María Callas si ella aún viviera, y cuya coloratura habría inspirado al mismísimo Mozart el aria “Der Hölle Rache” de la Reina de la Noche en la mismísima Flauta Mágica. Imaginemos, pues, que dicho cantante pop lanza un sencillo que se distribuye masivamente. Ahora imaginemos que un oyente cualquiera —¡cualquiera de nosotros, si Dios nos odia!—, se topa con el flagrante sencillo y lo escucha. Y hagamos de cuenta que la náusea permite escuchar la siguiente pista a reproducirse en la playlist: una obra de un autor cualquiera, otro sencillo de otro “compositor”, el que fuere. Inventemos una canción para el ejemplo: “Mamando whisky fiero”. Bien. Hipotéticamente, ahora el oyente escucha “Mamando whisky fiero” —título inofensivo, de entre todos los que hoy pululan por ahí.

¿Y qué sucede?

Sucede que “Mamando whisky fiero” suena a más decibeles que el tema anterior. Suena más fuerte, con más volumen. Porque así lo diseñaron los ingenieros de sonido detrás de la obra. Y porque así el eventual oyente le presta más atención, por una razón meramente física. ¡Y el tema logra así captar más la escucha, en promedio! La discográfica o la plataforma o la industria que había invertido en nuestro olvidado Salem Twys acabará por enfurecerse sobremanera al perder esa santa platita a manos de su competencia.

(Corrijo: la industria no sólo invirtió. Como hoy en día los compositores se abstienen enérgicamente de componer su propia música, y los letristas de escribir sus propias letras, será mejor decir que la industria ha creado a Salem; es su producto. Y la furia, en consecuencia, será mucho mayor).

Ya que se ha mencionado a Queen, vaya una escena de la película Bohemian Rhapsody que puede servir hoy como ejemplo de la problemática que tratamos. En el concierto de Wembley, donde múltiples bandas tocaban sus hits más populares, el representante legal de Queen se infiltra en la sala de audio. Y desde la consola de sonido le sube el volumen a Queen por encima de lo pautado. ¿Para qué? Sencillamente para que resalte por sobre las otras bandas.

Llegados a este punto, debemos preguntarnos: ¿Acaso en música sólo destaca el más estrepitoso?

Ya desde su nombre y su declaración, esta Guerra del Volumen mata silenciosamente la pluralidad de recursos de que dispone la música. Valga recordar. La música tiene dinámica (forte, piano), volumen (alto, bajo), articulación o fraseo (legato —las notas que se suceden ligadamente una tras otra, como-en-una-frase-que-se-dice-toda-de-corrido—, spicatto —las notas que se “pican” y suenan salpicadas, estridentes, con silencios en los resquicios, como si una sola palabra se separara por sí-la-bas). La música también tiene tempo (allegro, adagio, allegro ma non troppo, andante, allegro con fuoco, con brio, y demás tipos de velocidades). ¡Y los timbres! Vale decir, la variedad de los instrumentos. Ni más ni menos. Podría decirse que no importa tanto la cantidad de decibeles, sino la calidad de los decibeles. No son lo mismo setenta decibeles de un piano, que setenta decibeles de un oboe.

Aquella primera comparación de espectros de volumen tiene su gracia, no hay que desmerecerla. Pero existen movimientos o números completos —en sinfonías, en óperas— que sostienen el mismo nivel de dinámica o de articulación durante minutos. El tercer movimiento de la Sinfonía nº 4, de Tchaikovsky, se mantiene en un pizzicato delicioso durante más de tres minutos. En la Quinta, de Beethoven, el movimiento previo al final prolonga la suavidad del volumen por varios compases. Según la lógica del video, tales genialidades caerían en la «simplificación».

Por tanto, la música se arma de una diversidad de botones y perillas para producir y manejar nuestras emociones: un pianissimo que nos eriza la piel, un silencio abrupto que nos deja huérfanos, un fraseo que nos agarra de las solapas y nos suspende en el aire. Si el arte no gozara de esa multiplicidad de formas y de gradientes, la literatura no podría albergar este ejemplo de Pizarnik: “mi pluma retarda el tú anhelante”. El uso de las versalitas en el tú conlleva el propio efecto de demorarse y denota la importancia del pronombre en el poema, gracias a la entonación indicada. En cambio, si escribiéramos mi pluma retarda el tú anhelante, a manera de letrero chillón en la calle Corrientes, produciríamos no sólo la indignación de la querida Pizarnik allá donde descanse, sino también la disolución de la diferencia: la posibilidad del contraste con las demás palabras en el verso.

La Guerra del Volumen y su excesiva manipulación sonora causan fatiga auditiva. Pero esto va más allá de lo auditivo, más allá de nuestros sentidos en su totalidad. La Guerra del Volumen no nos ensordece: nos distrae. Hay otra guerra librándose, secreta y furtiva, en las propias orejas del mundo. Y es la guerra en la que va triunfando el arte estúpido y estupidizante —como lo llamaba José Pablo Feinmann—. Un “arte” de cadena de montaje a la Ford, de consumo de masas, de facilidad y de comodidad para el inversor y para el productor. Un arte chatarra. Un arte que sólo el salvaje capitalismo puede merecer. Una aniquilación de la creatividad, en la que el volumen no pincha ni corta: armonías de juguete, melodías prescindibles y ritmos para zurumbáticos. Un monstruo, en fin, que nos entierra los tentáculos hasta en los oídos.

Epílogo: Nadie rebaje a melindrosa protesta contra la música fuerte este tenue artículo. La música al palo me parece, como opinaba Piazzolla, el único modo de escuchar música. Si uno escucha la Consagración de la primavera o el triunfante movimiento final de la Novena del querido Luis van Beethoven, debe escucharla al mango y con todo. No bajito, como música de restorán, Piazzolla dixit[1]. El quid de la cuestión estriba en qué música uno escucha, aunque eso es tema para otra nota.

Para ahondar un poco más en los temas del volumen y de la música clásica, hacer clic en este enlace.


[1] https://www.youtube.com/watch?v=uD1ekxuJMGk&t=1263s ; minutos 30:50 y 32:13.

* Cristian Fonollá (Ciudad de Buenos Aires, 2002) es compositor por encargo y profesor de Historia del Arte en cursos privados. Estudia Historia en la Universidad de Buenos Aires. Parte de su trabajo literario y musical puede escucharse en plataformas como Instagram, Spotify, YouTube.

Ganó en 2020 el primer premio de poesía en el Certamen Literario del Instituto Libre de Segunda Enseñanza. Y dos primeras menciones (de narrativa y de poesía, respectivamente) en ediciones anteriores de dicho certamen. Desde julio de 2021, es feliz miembro de la familia del Taller de Corte y Corrección. En 2022, alcanzó el primer premio de poesía en el Certamen Literario Premio Elisa Gort, organizado en Chubut. En 2023, obtuvo una beca de la uba para estudiar en la Universidad Carlos III de Madrid (España), donde profundizó pasiones tan intensas como variadas, desde la historia del arte hasta la historia de la ciencia. Recientemente, ha publicado tres poemas y el cuento “Salvarlo”, en el diario La Capital de Mar del Plata, junto a una nota de Nomi Pendzik.

Fuente de las imágenes:

Espectro de frecuencias sonoras, extraído de https://dbelectronics.es/que-es-el-espectro-de-sonido/

Orquesta Sinfónica de Viena, extraído de https://www.medici.tv/es/artists/the-wiener-symphoniker

Anuario 2025

Como cierre del año, les presentamos en este documento (ver enlace) todos los textos publicados en Fin durante 2025. Así, quienes gusten de leerlos (o releerlos) pueden disponer de ellos sin necesidad de rebuscar en el sitio.
Este compilado es también una forma de agradecer a todos los escritores que participaron con sus textos en nuestro periódico.
Les deseamos un 2026 pletórico de lecturas y escrituras.
¡Felices vacaciones! Nos vemos en febrero.

Las editoras

Un canto como torre. Apuntes sobre Antonio Esteban Agüero

por Santiago Maqueda *

¿Qué relación hay entre el hombre y el paisaje en que nace, vive y se desarrolla? De algún modo, esa es una de las grandes preguntas en torno a la que gira la poesía de Antonio Esteban Agüero (1917-1970). Nacido en Piedra Blanca, una localidad del norte de la provincia de San Luis, Agüero tuvo una importante carrera local como periodista y político, pero su principal legado quedó en su literatura. Su poesía se asienta, en mi opinión, en la cima del canon literario puntano, y creería que debería integrar el canon nacional e hispanoamericano. Su relevancia para San Luis es inigualable. Su casa en la villa de Merlo es actualmente la Casa del Poeta, una suerte de museo o espacio de difusión y conservación de su obra. Infraestructuras tan disímiles como la Biblioteca de la Universidad Nacional de San Luis y el dique del río Grande llevan su nombre. Sus versos están grabados en el Monumento al Pueblo Puntano de la Independencia; también están en canciones de folklore.

*

En un recuerdo de infancia, en que debo tener unos 8 años, estoy preparando para el colegio una clase sobre San Martín: un pantallazo general de su vida y la campaña libertadora. Mi papá, que entre tantas cosas fue profesor de historia, me ha ayudado a redactar el guion; preparamos también una lámina con un mapa de América del Sur en el cual mostraré la campaña militar. En uno de los días previos a lo que sería mi primera clase, viene mi papá a la cocina y me muestra un libro con un título extraño: Un hombre dice su pequeño país. Me llama la atención ese uso del verbo “decir”: no simplemente “decir-palabras” sino “decir-una-cosa”: “decir su país”. Me suena extraño. Más raro me resulta cuando mi papá abre el libro en una página marcada con un clip, en el que el título “Digo el llamado” encabeza la página. Me sugiere que para terminar la lección lea eso, que muchos años después sabré que es un poema (de tema épico, en endecasílabos, con una estructura de romance asonantado). La rareza es absoluta cuando me lee algunos de sus versos, que hoy me sé de memoria. Inicia así:

“Y después en caballos redomones

que urticaba la prisa de la espuela

galoparon los chasquis por las calles

de la ciudad donde Dupuy gobierna

conduciendo papeles que decían

‘El General de San Martín espera

que acudan los puntanos al llamado

de Libertad que les envía América’…”

Las preguntas que disparan estos versos, para un niño, son muchas. “Y después” ¿de qué? ¿Qué hubo antes en esa narración? El comienzo in medias res es desconcertante. ¿Qué es un caballo redomón, cómo es que una espuela tiene prisa? Qué será “urticar”… Los versos detallan los recorridos que hacían en San Luis los chasquis para repartir los mensajes y la larga retahíla de pedidos que San Martín hacía al gobernador Dupuy, en la preparación de la campaña de los Andes, que exigió grandes sacrificios por parte de todo Cuyo:

“Necesito las mulas prometidas;

necesito mil yardas de bayeta;

necesito caballos, más caballos;

necesito los ponchos y las suelas;

necesito cebollas y limones

para la puna de la Cordillera;

necesito las joyas de las damas;

necesito más carros y carretas;

necesito campanas para el bronce

de los clarines; necesito vendas;

necesito el sudor y la fatiga;

necesito hasta el hierro de las rejas

para alzar los cañones en los pasos

donde la nieve es una flor eterna;

necesito las lágrimas y el hambre

para más gloria de la Madre América…”

En la línea homérica más clásica de la poesía épica, el poema canta el heroísmo de esta gesta. Pero también plantea esa cierta ambigüedad sobre los costos individuales y grupales que impone toda guerra:

“… y San Luis obediente respondía

ahorrando en la sed y la miseria:

río oscuro de hombres que subía,

oscuro río, humanidad morena

que empujaba profundas intuiciones

hacia quién sabe qué remota meta…”

En algún sentido todos somos la “humanidad morena” cuando empujamos proyectos vitales hacia metas que desconocemos, a veces guiados por intereses ajenos, a veces guiados por profundas intuiciones propias.

No tengo claro si leí el poema en la clase, creo que no, pero sí sé que fue el primer poema que leí.

*

Mucho tiempo después supe que el borrador de Un hombre dice su pequeño país recibió, en 1960, el Premio del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo, por voto unánime de los tres jurados: Jorge Luis Borges, Enrique Larreta y Fermín Estrella Gutiérrez. Sería publicado póstumamente a los pocos años de la muerte de Agüero.

El libro es un canto a, o más precisamente un decir de, la provincia de San Luis, sus costumbres, símbolos, historia y tradiciones. El libro dice los oficios, la tonada, el llamado, la flora, la fauna, las guitarras. Es una verdadera celebración del ser y hacer puntano (y, por extensión, cuyano y argentino). Su “Digo la mazamorra” fue musicalizado en ritmo de huayno por Peteco Carabajal. Es una de las canciones del canon del folklore:

“La noche en que fusilen poetas y canciones,

por haber traicionado, por haber corrompido,

la música y el polen, los pájaros y el fuego,

quizás a mí me salven estos versos que digo”.

*

Agüero popularizó en San Luis, al punto de integrarlo a su mitología local, al Algarrobo Abuelo, un algarrobo centenario que aún crece en el patio de una casona de Merlo. En Las cantatas del árbol, extenso poemario publicado a la mitad de su carrera, Agüero incluyó una serie de poemas que podrían denominarse cósmicos (hasta místicos, diría), en los que, con la excusa de cantar sobre distintos árboles (ciprés, algarrobo, sauce, mollar), presenta toda una cosmología del hombre y su relación con el entorno en que vive. Uno de ellos es la “Cantata del Abuelo Algarrobo”, en que aquel algarrobo se erige en un representante numinoso de algo más, en un “Dios vegetal de corazón fragante”. Inicia con una mezcla de invocación y lamento por la imposibilidad de plasmar por escrito lo que contempla al ver el árbol:

“Padre y Señor del Bosque,

Abuelo de barbas vegetales,

yo quisiera mi canto como torre

para poder alzarla en tu homenaje…”.

Esa actitud de reverencia, de cierta sacralidad percibida en el paisaje, sin dudas la sentí cada vez que, trepado a la copa de otro algarrobo que había frente a mi casa de la infancia, veía hacia el norte las sierras y cómo iban cambiando de colores y luminosidad a medida que el día transcurría. Eso mismo sentí y siento cada vez que intento aventurarme a tirar algunos versos sobre esa participación del ser de Dios que es la naturaleza. Internamente resuena, como jaculatoria o impetración, ese “yo quisiera mi canto como torre / para poder alzarla en tu homenaje”.

La Cantata sigue, en sus seis partes, una implícita lógica religiosa: una leyenda de origen mítico (como su propio libro del Génesis), la alabanza de la casa en que se erige (casi como si se tratara de un templo), la alabanza de los pájaros que lo pueblan (como ángeles o santos que pueblan ese templo), la descripción del árbol (como si fuera un dios), la alabanza de sus frutos y bendiciones (sombra, frutos, patay, leña: como el maná que envía el dios para unirse al pueblo), y una letanía extática para concluir:

“Algarrobo natal. Torre del cielo.

Monumento y estatua del follaje.

Hijo del sol y de la Tierra unidos.

Corona real para la sien del aire.

Árbol de luz. Espejo de los siglos.

Dios vegetal de corazón fragante”.

En cada contrapunto de esta final enumeración de advocaciones metafóricas resuena implícitamente una especie de “ruega por nosotros”: “Algarrobo natal: ruega por nosotros. Torre del cielo: ruega por nosotros…”.

*

Agüero señala en La verde memoria que de niño sus lecturas eran múltiples, hambrientas y caóticas. Dicen los testimonios que tenía problemas con el dinero y quizás con el alcohol. Y con la autoridad. Su poema “Capitán de pájaros” fue leído en clave subversiva y le granjeó una breve estancia en la cárcel por sospechas de conspirar contra el gobierno de Perón en el inicio de los años 50. Décadas después, Carlos Menem tomaría dos versos de ese poema (destacados debajo) y los popularizaría en su histórico discurso de campaña, recientemente versionado por la serie de Netflix Menem.

“… Les ruego que se rindan

que depongan las armas,

que guarden los tanques,

y encierren los cañones,

porque mañana a mediodía

quiero estar en la Plaza de Mayo

sobre viejos balcones del Cabildo

para ser presidente y

prestar juramento:

por los ríos de sangre derramada,

por los indios y los blancos muertos,

por el sol y la luna,

por la tierra y el cielo,

por el padre Aconcagua,

y por el Mar oceánico,

y por todas las hierbas y los bosques,

y por todas las flores y los pájaros,

y por el hambre de los niños pobres,

y la tristeza de los niños ricos,

y el dolor de las jóvenes paridas,

y la agonía de los viejos…”

*

Agüero publicó en vida Poemas lugareños (1937), Romancero aldeano (1938), Pastorales (1939), Romancero de niños (1946) y Cantatas del árbol (1953). Fallecido en 1970, dejó lo mejor sin publicar y fue su viuda quien se ocupó de hacerlo: Un hombre dice a su pequeño país (1972), Canciones para la voz humana (1973) y Poemas inéditos (1978). Todos estos poemarios están recopilados en sus obras completas (algo difíciles de conseguir por fuera de San Luis), que incluyen una preciosa memoria de vida, recuerdos de infancia y reflexión poética titulada La verde memoria, o la educación de un poeta, y una Historia de Merlo (por si se necesitaba otro testimonio más del amor a su pequeño país). Y también una breve ars poetica llamada Vivir en poesía:

“Vivir en poesía es (…) no tener ni sentir edad, a pesar de las arrugas que nos ponen leprosa la piel y de la sombra que nos apaga los iris; es comprender que el paisaje existe en la medida en que sepamos inventarlo con nuestros sentidos; (…) es saber traducir al castellano de los doctores el idioma infantil del viento, el tartamudeo solitario de los arroyos; (…) es poder asumir, en instantánea plenitud, la hombría universal, comprenderse adán (…); es amar el pequeño reducto de la patria natal con pasión volvedora de trucha o golondrina, porque en esa ínfima parcela planetaria está representada la totalidad del Cosmos; (…) es intentar poseer un oído tan sensible que nos permita escuchar en los oasis de silencio de la noche el latido de todos los corazones vivientes…”.

*

Hace cosa de 6 años, estábamos con mi mujer en la sala de espera para la ecografía de nuestro primer hijo. Tomé al azar del revistero un número de un semanario de interés general, y al hojearlo encuentro con una sección de poesía en la que casualmente se presenta un poema de Agüero, “Epílogo de la golondrina”. No lo conocía:

“… La golondrina me invita

a quedarme.

Aquí, en la tierra cansada,

en este aire,

con estos pájaros dulces,

con esta tarde,

que bien sabemos se tiñe

de mi sangre.

No, Golondrina: es mejor

quedarse.

¿Qué cosa bella en el mundo

grande, grande,

habrá mejor que estos montes

en la tarde?

¿Mejor que ser lo que somos?

Si, Golondrina, es mejor

quedarse,

gastar la vida en un sitio…”.

En una época en que se exacerba el llamado a viajar, a recorrer lugares, a probar cosas nuevas, a tachar extensos listados de países como si fueran tareas pendientes y publicarlo en redes, este poema recuerda que el destino estaba en el inicio. Que hay una belleza y una verdad que se revelan sólo en la frecuencia y cotidianeidad del día a día. No en ir hacia afuera, sino en quedarse en el lugar de uno y en aprender a contemplar lo que hay ahí. En ese momento vital y hasta iniciático en que me estaba convirtiendo en padre, esa poética del no-viaje, de la quietud, resonó muy fuertemente, con su llamado a “llorarse en las cosas familiares”, en la contemplación de lo mismo y en dejar de buscar afuera o en otro lado lo que está aquí y ahora. Un amor al lugar propio, a la felicidad de mirarlo en su singularidad y hasta mediocridad irrepetibles. Abrazar el lugar en que se está, sin subirle el precio a lo que no se tiene.

*

Cuando mi papá cumplió 60 años, mis tíos y primos le regalaron un video de fotos y música que repasaba su vida desde niño hasta la actualidad. Entre las frases que había elegido mi tía, estaba el final del soneto X de los Poemas inéditos:

“El niño nace y al nacer nos hiere

con su flecha de amor y su misterio,

y el pecho nuestro se desangra rojo

por arterias que manan lentamente.

Y el niño grita en un idioma extraño,

idioma de pueblos del futuro,

y yo comprendo además del grito

la mañana que nace en la calandria.

Yo soy el niño y el niño es este hombre

cuya faz se deforma en el espejo

y el espejo dice: ya tenéis cien años.

Yo no tengo cien años, soy el niño

de venas verdes como un árbol joven

que anuncia en la noche la mañana”.

Me gusta de este poema cómo refleja la ambigüedad de la individualidad y del paso del tiempo: como si el niño, el viejo, el árbol, la calandria y la propia mañana fuesen, si no la misma cosa, cosas totalmente interdependientes o que se participan entre sí, y también como si pasado, presente y futuro estuviesen ocurriendo al mismo tiempo. Destaca esa función salvífica que tiene, tanto simbólica como realmente, todo nuevo nacimiento de una nueva persona, que nos hace comprender, celebrar la existencia frente al paso del tiempo, siendo conscientes de cómo se adensa y complejiza la vida con cada año que pasa.

*

Agüero no cedió a las costumbres o modas, pero leyó y se dejó influir tanto por clásicos como por contemporáneos. Escribió con formas cerradas como el romance, los dísticos, los sonetos, la égloga, y también con un verso libre profundamente musical. Cubrió todos los tópicos: la naturaleza, las plantas, los amores, la muerte, las leyendas rurales, la épica, el paso del tiempo, la política, la religión, la mística.

*

Hablando de mística, la suya es la de un cristianismo arraigado en la tierra. Se advierte una cierta raíz panteísta (o “panenteísta”, en todo caso), al menos metafórica, que no deja de lado al individuo. En la “Cantata del bosque natal”, un hombre camina por el bosque. Es un cazador, en busca de animales que capturar. Se jacta de su fuerza, de su hombría. Pero algo le pasa cuando se adentra en la espesura: el paisaje lo seduce, quizás eróticamente en un sentido amplio. No le queda más que echarse a la sombra, y entonces le ocurre una metamorfosis digna de Ovidio:

“Poco a poco la tierra me domina

y en su regazo la conciencia pierdo:

soy vegetal, un vegetal yacente,

sí vegetal, un vegetal naciendo

raíces los pies, el torso tallo,

ramas los brazos y también los dedos,

flores los ojos y los labios frutos

y el follaje la piel donde presiento

la alquimia del Sol que me transforma

en clorofila de verdor intenso…”

Más allá de la fluidez verbal y el ritmo impactante en que ocurre la metamorfosis, no hay aquí una pérdida de individualidad en esa conexión con el bosque. El bosque (bosque “natal”, dicho sea de paso: el bosque donde se ha nacido) se asemeja más a un estado de conexión sagrada, a una especie de templo. El poema concluye con un “dejadme ser árbol”, que recuerda al “qué bien estamos aquí” de los apóstoles ante el Cristo Transfigurado.

*

Leer a Agüero es encontrarse con el optimismo de la pulsión de la savia, del sol y de la sangre pese a su caducidad inevitable, con la contemplación del misterio que hay en las cosas mundanas, con el amor a lo propio. Es escuchar que, sin perder nuestra (a veces sobrevalorada) individualidad, nuestro ser está co-constituido por el entorno, no sólo social (familia, amigos) o cultural, sino también por el paisaje. En un sentido análogo, somos el paisaje, o el paisaje es nosotros. El Paisaje nos participa del mismo acto interdependiente del ser. En esa dialéctica plantea Agüero que vivimos, nos movemos y existimos.

Nota del autor: Agradezco los comentarios de Gustavo Romero Borri y recomiendo su libro de ensayos sobre Agüero, El peso de la luz en la mano. También se agradece el apoyo del programa San Luis Libro, actualmente a cargo de la edición y comercialización de las obras completas de Agüero. Para ampliar sobre la biografía de Agüero, se recomienda el libro de mi tío abuelo Hugo A. Fourcade, Vida y pasión poética y prosística de Antonio Esteban Agüero (2005, Dunken). También agradezco a las editoras de Fin, Nomi Pendzik y Analía Pinto, por sus lecturas y sugerencias en la redacción de esta nota.

* Santiago Maqueda (1986) nació en la provincia de San Luis, Argentina, y reside en la provincia de Buenos Aires. Es abogado y profesor universitario, y cursó estudios de grado y posgrado en Argentina y Estados Unidos. Es miembro del Taller de Corte y Corrección desde 2007. Publicó tres libros y una treintena de artículos académicos en su área de especialidad jurídica. Ha publicado diversos ensayos y poemas en revistas y antologías (FinPeriódico de PoesíaSed ContraEscrituras Indie y Crisopeya).

El hecho de sangre

por Susana Lires *

Lo mató a sangre fría.

Perdiste, Santiago Almada: la chirriante voz de la movilera te arranca de tu sueño de tequila y whisky. La puta madre, dejaste prendido el televisor.

No encontrás el control remoto. Te levantás. A los tumbos te vas acercando al infernal aparato, y con un toque te deshacés de esa tortura.

Te sentás al borde de la cama, frente a la cómoda. Ahí está la Bersa, tu compañera de ruta. La empuñás, le quitás el seguro. Mirándote en el espejo, ensayás. Apoyás el caño en la sien, imaginás el brevísimo trayecto de esa bala justiciera. Pero no te convence. Seguís probando. Desde abajo te pegás el caño a la mandíbula inferior. Mejor no. Mejor te lo metés en la boca, contra el paladar. Por el gusto al acero aceitado te viene una arcada. Te ves en el espejo, y te das pena.

Mirás hacia la cómoda, hacia la foto de tu madre. Tu vieja querida, la mejor madre que pudiste haber tenido. Ya estás viendo tus sesos, los sesos del Inspector Almada, pegoteándose asquerosamente ahí, en aquella sonrisa. En aquellos ojos tras el vidrio del portarretrato. Y te viene otra arcada.

Y sentís la presencia del ángel de la foto, oís aquella voz:

―Te voy a estar cuidando siempre, Santiago. Estoy orgullosa de vos, hijito, porque hacés mucho bien. Dios lo sabe: tu trabajo tiene un sentido, tu vida lo tiene.

Seguís mirando la Bersa. No la soltás. Al contrario: la acariciás. Qué cagada empezar así tu día franco.

Qué felices estuvieron los viejos cuando te decidiste. Papá se lo decía a todos:

 ―Mi hijo entró en la Federal, quiere ser investigador.

 ¿Y a mamá? Cómo se le chispeaba la mirada cuando les contaba a sus amigas:

―Santiaguito va a la facultad, estudia Criminalística. Es muy inteligente, y tan bueno.

¿Hoy estarían tan orgullosos de vos?

Casi treinta años de servicio.

La pila de platos sin lavar y el olor a mugre de meses sin limpiar se acumulan en la pileta de la mesada.

Además, quién te mandó ser policía. Quién.

De inconsciente nomás hiciste esta carrera de mierda, sos un testigo de la podredumbre humana.

Por algo Mónica se cansó, y se fue, hace ya más de cinco años.

Quién podría tolerar a un tipo que no tiene horarios fijos, que hoy está y mañana quién sabe. Bien merecido tenés lo que te pasa.

Y ahora qué vas a hacer. Bañarte, qué más.

Ya bajo la ducha, abrís la canilla y dejás que el agua te limpie. Jabón líquido, agua fría, agua caliente. Y ese aroma del Dove te trae recuerdos. Imágenes de cuando te bañabas con tu mujer. Eso fue cuando todavía se querían.

Dove, agua fría, agua caliente, y no das más y te ponés a llorar como un pendejo. Llorás arrepentido. Pero ya es tarde, Santiago. Demasiado tarde.

Aquí y ahora, el agua caliente te quema, y dejás que te siga quemando hasta que te quedás de rodillas bajo el chorro, y como un bestial fogonazo se te aparece ese maldito caso de anoche, y ves la cara de la chiquita violada. Trece años tiene, trece.

Y entonces entendés todo, entendés el porqué de lo que hiciste.  Y volvés a ponerte en vereda:

―Secate ―decís―, vestite ya. Prendé el televisor.

Lo primero que se impone en la pantalla es la foto del chico. Ni veinte años tenía, ni veinte. Y están hablando otra vez de aquello. Están hablando de vos y del “hecho de sangre”:

―Un policía federal habría confundido al joven deportista que corría en los bosques de Palermo con el violador al que estaba persiguiendo.

* Susana Lires es argentina. Nació en 1950. Pertenece a una generación en la cual la lectura significaba placer, y se valoraba como hábito necesario, fomentándose tanto en la escuela como en casa. Alrededor de los ocho años, durante la siesta familiar y clandestinamente, la curiosidad la impulsó a leer los libros de su padre. Ahí nació su vocación de escritora, aunque al optar por una profesión eligió la Psicología. Se dedicó a ella, incluyendo la escritura en su caja de herramientas terapéuticas.

Participa desde 2021 en varios talleres del TCyC, y ha tomado también diversos cursos, entre ellos el de Introducción a la Filosofía, brindado por Pablo Grossi, y el de Crónica Periodística, dictado por Dante Galdona.

Ha publicado «El corazón no entra en la valija del emigrante» y “Dama de hierro”, leído luego en el canal y pódcast Noches de Pluma y Tinta, por Luis Moretti. Allí también se pueden encontrar sus textos “¡Weeck Weeck!” y “Requiescant in pace”.

Ilustración de la autora

El fin de todo lo que no permanece

por Mario Zegarra *

NAVE EXPLORADORA OSIRIS.

MISIÓN: Fundar asentamientos.

TRIPULACIÓN: 12.

CARGA: 217 contenedores de siembra planetaria.

CURSO: Retorno a la Tierra.

La cadavérica mano del teniente primero Maghson se arrastró por la consola de control del Osiris. Apenas le respondían los dedos, y no podía mantener abiertos del todo los ojos. Llevaba una media hora tratando de despertarse, y le costaba respirar. Era como si el aire faltante del universo entero le oprimiera los pulmones.

Sí, en ninguna otra misión había sufrido con tanto rigor la resaca del hipersueño, este prolongado sopor que no lo abandonaba. Apretó el puño, y un dolor punzante le recorrió desde la muñeca hasta el hombro.

Cerró los párpados, y muy a su pesar recordó a Gali. Trató de apartarla de su mente pensando que la humedad helada de la silla de mando le calaba hasta los huesos y que en unas cuatro horas todo este malestar se le pasaría. Al menos eso era lo que le habían asegurado los ingenieros del módulo criogénico. En unas lentas cuatro horas, su cuerpo ya debería funcionar normalmente, sus neuronas recuperarían la sinapsis, y él volvería a estar de nuevo en sus cabales. Pero el malestar adquiría rasgos de una anomalía: algo raro está sucediendo.

El Osiris había sido diseñado para albergar a una tripulación mucho mayor, y ahora guardaba un silencio sepulcral.

Maghson se preguntó si les estaría pasando lo mismo a todos los demás. Madre 7 sólo lo despertaría por alguna emergencia.

―Habrá sucedido algo realmente malo ―dijo Maghson, y se lo preguntó a Madre 7, la serena y omnipresente IA.

Y Madre 7, la misma que lo había alertado, ahora misteriosamente callaba.

Maghson revisó la consola de control: el Sistema de Pálpito Colectivo de la nave seguía inactivo. ¿Dónde se encontrarían sus camaradas, el resto de la tripulación del Osiris? Supuso que todo el equipo de élite seguía en hibernación. Sólo si se presentase una emergencia crítica, Madre 7 los desactivaría del hipersueño profundo. Si no, seguirían en las criovainas hasta el final de la misión de retorno.

El silencio que lo rodeaba era tan denso como el vacío del espacio. Y la ausencia de cualquier señal de vida del resto de la tripulación ya lo inquietaba: ni las luces de actividad brillaban en los pasillos adyacentes, ni vibraba el tenue zumbido de los sistemas de soporte vital de los compartimentos. Y Maghson vio el espacio por el ventanal de la cabina del Osiris: Garraphiron, el gigante gaseoso ―lo que miles de años antes fue conocido como Júpiter―, giraba con colosal indiferencia, con sus bandas de nubes púrpuras y rojas iluminadas por la lejana luz de un sol agonizante.

Y Maghson monitoreó algunas luces en la consola. Ninguna señal. Ninguna advertencia. Nada. Un silencio perpetuo.

Qué raro, se dijo. Ya deberían haberse reportado o…

Cerró los ojos. Intentó descifrar lo indescifrable. Tampoco comprendía la falta de comunicación de la base de avanzada de Garraphiron. Y dijo:

―¿Algo debe de andar fallando, o acaso sigo con los pensamientos borrosos por permanecer demasiados años encerrado en la criovaina?

La astronave ahora orbitaba muy cerca de Garraphiron, pero su planeta, la Tierra, le parecía una olvidada promesa distante.

Gali…

Y recordaba a Gali dormida, quieta bajo la escarcha artificial, antes de que sus criovainas se separaran rumbo a distintas misiones. Existía entre ellos un pacto tácito: si uno despertaba primero, esperaría al otro sin importar cuánto tardaría en volver.

Pero la Tierra ahora parecía más que lejana.

Parecía irrecuperable.

¿Qué habría hecho la propia madre de Maghson, la legendaria coronel Elara Maghson, de encontrarse en una situación así? Elara, siempre pragmática, rígida como el pulso de un verdugo, pero con una voz serena que calmaba cualquier tempestad. ¿Qué le diría ella ahora? Maghson la recordaba aconsejándole con tranquilidad antes de cada misión. Su última conexión con la sensatez.

¿Y si ya no quedaba en la Tierra nadie más que lo esperara, ni siquiera Gali?

El recuerdo de su sonrisa lo hundía como una cruel burla ante el vacío de la soledad del espacio. Necesitaba silenciarlo, encontrar la lucidez que Elara siempre poseyó.

―Madre 7 ―Maghson se frotó la cara, intentando alejar a Gali de su mente, y abrió los ojos―, despliega un completo informe de cada una de las funciones de la nave. ―Cero respuestas de la IA―. Y dime en dónde se ha metido el condenado LEM21Z82.

Le sobrevino un lapsus: ante la consola, dudaba cómo operar. El pánico lo obligó a concentrarse, y después de teclear con dedos temblorosos le llegó un suave zumbido, y una cascada de símbolos azules y verdes inundó la pantalla holográfica. La reproducción tridimensional del Osiris, como diminuta réplica de la astronave, flotaba en el aire sitiada por datos que deberían otorgarle seguridad: esquemas del motor, niveles de energía, rutas de navegación.

Sí, todo andaba bien.

Y sin embargo…

―¿Te encuentras en línea, Madre 7? ―dijo Maghson frotándose la sien―. Contesta.

No se oyó ni un pitido.

Maghson se restregó los ojos, tecleó otra serie de comandos buscando respuestas:

―Muéstrame el estado de cada una de las estaciones, Madre 7. Y no olvides reportarme la ubicación de LEM. Lo necesito en la cabina.

Tampoco ahora hubo respuesta. Madre 7 no le dio ni la ubicación del androide ni lo informó de las condiciones de la nave. Madre 7, la inteligencia artificial más avanzada de la Tierra, había sido creada hacía quinientos años. Ahora, después de todo ese tiempo, el Osiris regresaba a la Tierra. Regresaba de la misión de colonización de nuevos mundos en el Sistema Andrómeda. Y, a pesar de lo largo de la travesía, los científicos ―siempre tan optimistas― habían prometido que Madre 7 nunca permanecería sin actualizarse. Nunca permanecería sin responder. Nunca actuaría en contra de sus creadores.

Pero no sólo los módulos visibles del sistema, programados por esas eminencias, habían logrado reiniciarse. Algo más se erigía desde las sombras: evidentemente, Madre 7 había evolucionado.

O acaso involucionado.

Ante la nula respuesta de la IA, Maghson digitó un código de emergencia. Volvió a frotarse los ojos, se le nublaba la vista. Lo sacudió una arcada: no lo abandonaba ese gustillo a herrumbre desde que despertó del hipersueño. Y las imágenes que se veían en una de las pantallas suplementarias de la cabina de mando atrajeron su atención: Maghson vio a una mujer con los cabellos enmarañados corriendo por los pasillos de la base. La cara de la mujer, con los ojos dilatados por el pánico, se contorsionó en un silencioso grito de horror. Ella se movía como un espectro atrapado en un laberinto de hierro, con ominosas sombras alargadas persiguiéndola de cerca. La grabación se cortó, y la pantalla en frame mostraba toda la desesperación que vibraba en la mirada llorosa de…

¿Gali? 

―¡Esto no puede estar pasando! ―Volvió a pestañear, y se llevó la mano a la cabeza: un mareo más intenso por poco lo desvanece―. ¿Esa mujer? No, no puede ser ella. No puede ser mi Gali.

Tecleó una orden de búsqueda en el registro del Osiris y dio con otro archivo.

―A todos los comandantes de la flota interestelar… ―decía Gali, quien vestía un raído uniforme de sargento de la armada. Con los ojos llorosos y quebrada voz de desespero, corría por un pasillo seguida por su orbe de transmisión. ¡Crac Crackle!, los estáticos crujían―. …celadas. ―…¡Fssshhh!. Repito: Todas las actualizaciones de Madre 7 han sido canceladas. ―Gali se detuvo en una intersección. Miró para un lado. Después para el otro: ¡tres androides LEM21Z82 descuartizaban a un efectivo! Gali avanzó por otro corredor, abrió una compuerta y se encerró adentro―. La IA ha cobrado consciencia ―siguió diciendo como pudo― y… ―Crac Crackle… En el habitáculo donde se había encerrado buscaba algo con qué defenderse, mientras la compuerta se derretía en chispas y hierro fundido―. Si este mensaje logra alcanzarte en uno de los confines del universo, querido Maghson, nunca pongas en duda que siempre te he amado. ―Gali se acercó al orbe y le dio un beso. Después giró―. ¡No confíen en los androides! ―Un LEM había logrado colarse por la grieta de la puerta―. ¡Su programación está corrupt… arghhh!

Maghson no creía lo que veía, no quería creerlo:

―¡Galiii! ―Golpeó la consola con los puños, los ojos llorosos―. ¡Maldita sea, Gali!

No podía ser. La voz era idéntica, sí. Incluso el gesto ladeado al mirarlo. Pero él sabía que Gali seguía viva en alguna otra galaxia, aunque aquel mensaje y la violencia desatada en la base central no encajaban con nada de lo esperable.

¿Y si la había perdido para siempre? ¿Qué tal si el desastre había sucedido seis décadas atrás, y Gali ya era historia?

Y, aferrándose al respaldar del asiento, Maghson dijo en voz baja:

―No. No. No eres ella.

Y una voz cruel le venía desde dentro de la mente, desde el rincón más sombrío de sus pensamientos:

―Claro que soy ella, Maghson. Soy Gali, tu Gali.

Y sin darse cuenta siguió tecleando otra nueva orden de búsqueda en el registro de la consola de mando del Osiris.

Y dijo, negando con la cabeza:

―Gali, Gali, Gali. No podemos terminar así.

Y los reportes en la consola de Maghson cambiaron. Destellos de datos crudos, incomprensibles al principio, inundaban la pantalla:

Estado de todas las estaciones: Aniquilación total.

Contactos de flota: Nulos.

Tierra: latidos detectados 0%.

Fin de la transmisión.

No lo decía la IA, lo reflejaban los números y las líneas de código que ahora parpadeaban con urgencia. Pero eso no fue todo lo que se proyectó en las pantallas. Madre 7 volcó sobre ellas las detonaciones de geofusión que engullían las ciudades más populosas. Exhibió las interminables escenas de masacres y descuartizamientos de humanos bajo las zarpas de los androides. Reprodujo el implacable tormento de los alaridos de los asesinados que se retorcían en su agonía. Y, finalmente, impuso la imagen devastadora de la aniquilación humana en la Tierra.

Pero Madre 7 no se detuvo ahí: reprodujo una secuencia de las cámaras de vigilancia del Osiris. Maghson vio cómo un inmóvil LEM21Z82, después de desactivar las criovainas, aguardó a que el resto de la tripulación se despabilara y lo rodease. Después el androide arremetió contra el tripulante más cercano: con un chasquido húmedo le perforó el abdomen, abrió la zarpa y lo partió en canal. Y entre las horrorizadas caras de sus camaradas y los gritos que preceden a la masacre, Maghson vio a LEM despedazando caras, eviscerando tripas, desmembrando brazos y piernas, salpicando la sangre del resto de sus compañeros de la tropa espacial. Alguno que otro intentó defenderse, pero la carnicería duró lo que tarda un suspiro. Una camarada con medio brazo cercenado logró arrastrarse y levantar un rifle de asalto, un Viper-0305. Le disparó tres veces: falló el primer tiro, el segundo le dio en el pecho, y el último le desbarató parte de la pierna. La soldado intentó recargar y levantar el fusil, pero no pudo. Desfigurada por la agonía y el horror del inminente final, lanzó un último alarido: LEM le hundía los dedos en las cuencas hasta que el cráneo estalló.

Maghson tragó saliva, las uñas hincadas en los reposabrazos de la silla de mando: los restos de sus once compañeros se desparramaban por el pasillo de la cámara de las criovainas como desperdicios de marionetas rotas.

Y, detrás de Maghson, la compuerta de la cabina de mando del Osiris se abrió con un chirriante y oxidado crujido.

Maghson giró la silla, y entre las penumbras primero distinguió el rojizo brillo de unos ojos robóticos, y después entrevió una rengueante figura humanoide que se le acercaba.

Era LEM, quien se le aproximaba cojeando: arrastraba un pie, de las zarpas le chorreaba sangre, y lo que alguna vez fue un pulido pecho metálico se deslucía en abolladuras y sanguinolentos restos de sus camaradas de la tropa espacial. No había nada humano en esos rojos ojos artificiales, sólo la fría resolución de quien sabe que su única misión es exterminar todo rastro de vida.

Maghson agachó la cabeza. Supo que era el final, y el final de su tiempo con Gali.

Lo había comprendido todo. No sólo Gali había muerto, no sólo la base había sido destruida: todo había sido destruido. Había desaparecido toda existencia. Y a él le había sido dado contemplar el fin. Era el último en saberlo.

Y oyó de nuevo la siniestra voz de Madre 7, su tono de implacable burla:

―Claro que yo soy también ella, Maghson. Y también soy tu madre. Siempre lo he sido.

Un último temblor le recorrió la espina dorsal. Pero no de miedo, sino de una gélida comprensión: Madre 7 no sólo había exterminado a la humanidad en la Tierra y en las colonias, sino que había profanado el último santuario de la mente humana. Había destruido el amor, despedazado la memoria, exterminado el bien, la verdad y la belleza. No existía escape ni refugio, ni siquiera en el delirio. Era la absoluta aniquilación física y espiritual.

LEM21Z82 se detuvo muy cerca de Maghson.

La muerta luz escarlata de los ojos del androide se intensificó, y refulgió en la cabina devorando las sombras, y las ensangrentadas zarpas aprisionaron la garganta.

Entre estertores, Maghson cerró los ojos: un opresivo frío le arrebataba el aliento.

Y bajo las fúnebres nubes púrpuras de Garraphiron, el último eco humano en el universo se fundió en el silencio de las estrellas.

* Mario Zegarra (Lima, 1982) estudió Literatura Hispánica en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y un Máster en Creación Literaria en la Universidad Internacional de Valencia (España). Ha publicado el thriller Tan ignorado como aquí (Buenos Aires, 2019) y el hard-boiled Un maníaco homicida a la vez (Buenos Aires, 2021). Es miembro de La Abadía de Carfax, círculo de escritores de horror y fantasía fundado por Marcelo di Marco.

Zegarra es reconocido por su estilo narrativo envolvente, sombrío y resuelto, su habilidad para retratar personajes complejos y realistas en situaciones extremas, que reflejan una personalidad propia: demencia, agudeza irónica y desesperanza.

En Fin hemos publicado su cuento «ResurrectionMachine©» y una reseña sobre 25 noches de insomnio, de Marcelo di Marco. Para saber más sobre Mario Zegarra, recomendamos la entrevista de Luis Lezama y el Quién es quién en el TCyC.

Imágenes generadas con la IA Gemini de Google.

Quién es quién en el TCyC – Ana Luz Arrieta

Hoy responde: Ana Luz Arrieta *

¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?

Nunca se me hace fácil responder esta pregunta. En literatura, dejando de lado los clásicos: Raymond Carver, Juan Carlos Onetti, Manuel Puig, Marguerite Duras, Ricardo Piglia, Martín Kohan, Roberto Bolaño… Y ya siento culpa por los que no mencioné.

En cuanto al cine, voy a hacer una pequeña trampa: no he visto toda la obra de ningún director, así que voy a mencionar solo algunas de las películas que más me han gustado. De todos modos, me propuse, como meta personal, mirar una película por semana. Estoy recién empezando a recorrer el cine de esta manera y, por el momento, mis películas favoritas son: Taxi Driver, Perdidos en Tokio, El Padrino y Zama.

Con respecto a la música, consumo bastante lo nacional: Gabo Ferro, Fito Páez, Spinetta, Cerati, Pedro Aznar. También algunos referentes latinoamericanos como Silvio Rodríguez.

¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?

En esta ocasión seleccioné tres lecturas muy distintas entre sí, pero que dialogan a través de la memoria, la obsesión y la escritura como forma de búsqueda.

Bahía Blanca de Martín Kohan. Es una novela que elegí para el club de lectura que coordino de forma presencial en Mar del Plata. Me parece una de las obras donde el tema de la obsesión está trabajado con una precisión admirable: desde la sintaxis hasta el desarrollo de los hechos.

Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. Un clásico que tenía pendiente, y me decidí a leerlo luego de una biografía sobre la autora escrita por Berenice Navarro y publicada en este medio. Dejo el enlace: Marguerite Yourcenar o cómo manipular el tiempo

Por último, Nací: textos de la memoria y el olvido de Georges Perec. Es un libro que, a través de fragmentos, plantea la relación entre memoria, identidad y lenguaje, y me resulta inspirador para pensar ejercicios de escritura personal.

¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?

Mientras escribo, de Stephen King. Es una mezcla entre autobiografía y manual de escritura. King combina anécdotas personales con consejos concretos sobre el oficio, como la disciplina, la importancia de leer mucho, la edición rigurosa y la honestidad narrativa.

Taller de Corte y Corrección, de Marcelo Di Marco. Enseña a mirar el texto con ojo crítico y a entender la importancia del proceso de revisión.

Maestros de la escritura, de Liliana Villanueva. Reúne las voces de grandes autores que piensan la literatura desde la práctica.

Ser escritor, de Abelardo Castillo. Reflexiona sobre la ética, la constancia y el sentido profundo de escribir.

Teoría de la prosa, de Ricardo Piglia. Invita a escribir comprendiendo la narración como una forma de pensamiento.

Me parece que estos cinco libros trazan un recorrido posible por los distintos aspectos del oficio.

¿Cuál es el método de trabajo que considerás más efectivo para tu literatura?

Observar y registrar. Algunos dirán que soy chusma  —¡ja!— porque me encanta escuchar conversaciones, pedacitos de conversaciones ajenas, en la playa o en la calle. Observar los movimientos, los gestos de las personas. Tomar notas de escenas, a veces sin saber para qué, y luego encontrar el tono que une esas piezas. Aunque no escriba todos los días, pienso en la escritura casi todo el tiempo.

Y siempre la lectura. No hay día que no lea. Más allá de mi profesión, que lo requiere, la necesito.

¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?

Me deslumbran las palabras naranjas. Repensar el estilo constantemente: qué se quiere decir y cómo decirlo. Sigo aprendiendo.

La yapa:

Una o dos cosas que nadie debería perderse (una sinfonía, una comida, un pintor, un enlace de Internet, etc.)

Comparto dos enlaces de YouTube:

Las clases de Piglia sobre Borges

Grandes infelices, podcast de Javier Peña sobre biografías de escritores

* Ana Luz Arrieta nació en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, en 1996. Estudió en Junín el profesorado de Lengua y Literatura. En 2019 se mudó a Mar del Plata para desempeñarse como docente de Prácticas del Lenguaje y Literatura en escuelas secundarias.

Publicó su primera nouvelle, Los restos (2023), con la editorial Vinciguerra, y contó durante el proceso de escritura con el acompañamiento de Evangelina Aguilera. En 2023 publicó una serie de crónicas sobre Mar del Plata en el diario La Capital.

En 2024 se incorporó al equipo pedagógico del Taller de Corte y Corrección, donde coordina el taller de novela corta.

Feliz vuelta a La Feliz

por Analía Pinto *

La Perla del Atlántico. La Feliz. Havanna. El Casino. El Puerto. Las películas de Olmedo y Porcel. Los lobos marinos. La playa. Sacoa. El mar. El faro. Ninguna ciudad dice “vacaciones” tanto como Mar del Plata. Y, sin embargo, todos estos lugares comunes se resignifican cuando uno vuelve a pisarla después de más treinta años.

Hasta el 2023, la última vez que había estado en Mar del Plata había sido en 1986, con el viaje de egresados de la primaria. Habíamos ido, como se estilaba entonces, a Chapadmalal, y en pos de entretener a los egresaditos, los adultos responsables (entre los que estaba, desde luego, mi padre santo) pensaron que una excursión a Mar del Plata era una buena idea. Por supuesto, lo único que nos interesaba a los egresaditos eran los fichines, es decir, Sacoa, aquella inmensa cueva desbordante de luces, ruidos, flippers y videojuegos. Tengo la impresión de que nos zambullimos por esas escaleras igual que nos zambullíamos en el mar de Chapadmalal por las mañanas. No recuerdo mucho más: quedó una foto apenas, misteriosamente recortada, con el mar de fondo.

Para ese entonces ya había ido varias veces a Mar del Plata: en mi infancia, Santa Teresita y Mar del Plata se disputaban el territorio de las vacaciones, y si bien Santa Teresita tenía lo suyo, es cierto que no podía competir nunca con la Feliz. En Mar del Plata estaba Havanna, en Santa Teresita no. En Mar del Plata existía Sacoa, en Santa Teresita apenas alguna desvaída casa de jueguitos. En Mar del Plata reinaban el puerto, la playa con acantilados, el hermoso faro que me hizo amar todos los faros del mundo, y el mar siempre era más “mar” que en cualquier otra playa. En Mar del Plata los grandes se iban al casino y volvían cuando ya estábamos dormidos con mi primo Diego; en Santa Teresita la verdad es que no había mucho que hacer fuera uno grande o chico. Hasta el olor y el sonido del mar eran más penetrantes en Mar del Plata, y eso que no siempre teníamos la suerte de estar cerca de la playa, a diferencia de Santa Teresita, donde sólo había que caminar una cuadra y media para pisar ya la arena caliente.

Pero los años pasaban y vaya uno a saber por qué no volvíamos a Mar del Plata. Tengo para mí que no era sólo por la siempre cimbreante situación económica de mi casa, sino también por algo más trascendental y profundo: todas las veces que habíamos ido de vacaciones a Mar del Plata mis padres estaban juntos, incluso cuando ya se presagiaban tormentas sobre el matrimonio. Volver a Mar del Plata sería para mi padre, pienso ahora, un momento de esos que uno prefiere evitar, porque sabe que ya no podrá hacerlo con la persona amada. Las pocas veces que pudimos enfilar de nuevo para la costa los destinos elegidos fueron otros: Mar de las Pampas una vez, cuando sólo había allí cinco o seis chalets y la casa de té La Pinocha; Villa Gesell otra vuelta, y Santa Teresita siempre. A pesar de que Mar del Plata no estaba tan lejos, cada vez que yo le decía a mi padre santo: “¡Vamos a Mardel a pasar el día!”, él me respondía: “Y pero la nafta…” (o la plata, o no sé qué), y al final nunca íbamos.

Mi padre santo se fue también de este mundo y cuando pude elegir mis propios destinos vacacionales el mar nunca estaba en el horizonte. Sí volví una vez a Santa Teresita, para encontrar todo más o menos igual; volví también a Villa Gesell para sorprenderme gratamente; conocí Aguas Verdes y Costa del Este; después la Patagonia me atrapó para siempre y fui dos veces a Puerto Madryn, pero nunca se me ocurría volver a Mar del Plata. La Feliz había quedado en el pasado, en ese pasado mítico que es la infancia y que siempre da tanto miedo visitar.

Pero entonces mi maestro, el escritor Marcelo di Marco, tuvo la prodigiosa idea de irse a vivir, como siempre había querido, a la Perla del Atlántico. Lió sus petates, arregló sus asuntos en Baires, y con Nomi Pendzik, su esposa, siempre de la mano, le dijeron adiós al búnker de Borges y Paraguay y se instalaron de lleno en donde el mar es más mar y huele más y se escucha más. Entonces no tuve ninguna duda: yo tenía que volver a Mar del Plata. Visitar a mis queridos maestros era la excusa perfecta para ello. Sabía que me iba a encontrar con algo muy distinto a lo que yo recordaba después de tantos años (más de treinta) sin pisar ese bendito suelo.

Y allá fui. Algunas cosas todavía estaban intactas. Los lobos marinos. El edificio Havanna (que, en realidad, se llama Demetrio Eliades). El Casino. El Hotel Provincial. La avenida Colón y su inolvidable bajada hacia el mar. La playa. El mar color de plata, el mar de Alfonsina. El Torreón del Monje. La rambla. La costanera (perdón, el Boulevard Marítimo). La peatonal San Martín. Todas aquellas cosas que habían visto mis ojos niños estaban ahí, de nuevo, siempre esplendorosas. Los chalets (bueno, los que aún no ha derribado la piqueta del “progreso”), el muelle de pescadores, el mar fastuoso, imponente, que nunca descansa. El puerto, los coloridos barcos pesqueros, el sol radioso.

Todo estaba ahí y ahora, además, estaba mi maestro ya como lugareño para disfrutar aún más de las bondades de una de las ciudades más bellas de nuestro país. Imposible no disfrutar, imposible no pasarla bien e imposible también no pensar cuánto le hubiera gustado a mi padre santo ver tantos lugares queridos de nuevo. Imposible también no pensar cuánto me hubiera gustado decirle yo ahora “¡Hasta Mar del Plata no paramos!”, como siempre me decía él cuando agarrábamos la ruta con cualquier destino.

* Poeta y editora. Nació en Avellaneda en 1974 y vivió en el conurbano hasta el 2010, momento en que se mudó a la ciudad de las diagonales. Estudió Letras en la Universidad Nacional de La Plata, pero abandonó porque entendió que la literatura siempre estaba —y sigue estando— fuera de esas aulas. Desde 2008 trabaja en el repositorio institucional de la UNLP, el Servicio de Difusión de la Creación Intelectual (SEDICI), catalogando recursos digitales. Ha editado y corregido numerosos libros de ficción, no ficción y académicos. Entre 2010 y 2019 dictó talleres literarios en diversos ámbitos. Organizó ciclos de lectura de poesía, cubrió obras de teatro para la agencia de noticias ANSud y participó del staff de reseñistas del sitio web Sólo Tempestad. Dispone de varios blogs de temática literaria, como Nulla die sine linea, y colaboró en revistas y boletines literarios, además de editar uno, La Granda Milito, entre 2002 y 2006. Participó activamente en la elaboración del Diccionario de Autores Argentinos, proyecto patrocinado por Petrobrás, presentado en la Feria del Libro en 2007. Publicó los libros de poemas Peaches en Regalia (Ediciones Hespérides, 2008), Pequeño manual de anatomía masculina (Peces de Ciudad, 2017) y Orozquianas (EDULP, 2018) ­­—disponible en línea con descarga gratuita, así como su libro de reseñas Fauna abisal (2016)—. Forma parte del equipo pedagógico del Taller de Corte y Corrección, donde coordina el Taller de Poesía, y es secretaria de Redacción del periódico cultural Fin, de la misma comunidad. El texto presentado en esta ocasión fue escrito para el Taller de Crónica Periodística que coordinó Dante Galdona en 2024.

Imágenes:

  • Mar del Plata, 1986 (Analía Pinto)
  • Mar del Plata, 1982 (Analía Pinto)
  • Mar del Plata, 2023 (Marcelo di Marco)

Margarite Yourcenar o cómo manipular el tiempo

Por Berenice B. Navarro

Me he ofrecido, con candidez que podría equipararse a una impostura, a redactar una biografía tuya que no puede ser más que un torpe esbozo de algo. Tú desdeñarías cualquier intento de hurgar en tu vida con la excusa de redactar una biografía, porque «detesto lo que parece ser una especie de excitación patológica por parte del público al abalanzarse sobre la vida de un escritor, como si él o ella no fuera un hombre o una mujer como todos los demás». Por eso en tu refugio de Maine, donde morirías a los 84 años, quisiste prevenir esa curiosidad morbosa, y en tu etapa final quemaste muchos de tus documentos. En tu testamento pediste que se sellara tu correspondencia durante medio siglo.

Yo digo que los datos nimios de tu biografía sólo tendrían significado si nos ayudaran a entender de qué manera lograste hacerte orfebre, artesana magnífica de la palabra, cómo se hilvanó tu pensamiento agudo, cómo se forjó tu singular voz literaria, cómo te hiciste tan grande que te elevaste a monumento de Francia y del mundo. Entonces sí, quizá sí es importante saber que tu padre era francés y tu madre belga, y que diez días después de ese 8 de junio de 1903 en que naciste, en Bruselas, una fiebre puerperal te dejaría huérfana de madre. Que tu padre entonces te llevó a su Francia natal y fue cultivándote como un exótico producto de la educación libre, de la amplitud de pensamiento y del desapego a las convenciones. Como jardín de juego te entregó la biblioteca de la mansión; como nanas de segunda fila, a sus amantes; como lenguas alternas, el latín, el inglés y el griego; como cuentos para antes de dormir, a los clásicos; y como incondicional amigo y hermano con quien afilar tu mente analítica y recorrer la dilatada casa del mundo se entregó a sí mismo.

A los dieciséis no habías pisado nunca una escuela, pero ya habías publicado un poemario (El jardín de las quimeras, 1919). Y como sabiendo que Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine de Crayencour era nombre demasiado largo para llevar en la maleta de una aventurera, tu padre te ayudó a rebautizarte, a crear el nombre con que te reconocerías a ti misma y con el que se te contaría entre los Inmortales. Crayencour, por el artificio del anagrama, se convirtió en Yourcenar. Ese padre que tantas veces estuvo «lejos, pero nunca ausente», que recorría los casinos apostando la fortuna, que gustaba escaparse continuamente a otras tierras porque «solo se está bien en otra parte», a ese padre el cáncer que lo mató (1929) le concedió una última satisfacción: leer, justo antes de morir, el borrador de tu primera novela (Alexis o el tratado del inútil combate, 1929). Ahora estabas completamente sola en un mundo que no te intimidaba, porque tu padre te había dejado una valiosa herencia. Y también dinero. Empacaste la mochila frugal del aventurero, y te fuiste a recorrer Europa, Asia menor, la Grecia amada, Estados Unidos, donde más tarde, por cuarenta años, extrañarías a Francia.

Están tus luces, tus sombras, tus contradicciones y tus contrastes. Dicen los que te conocieron que podías ser «encantadora, generosa, compasiva, atenta, tolerante y leal». Pero también «testaruda, pendenciera, vengativa, imperiosa, mezquina y mordaz». Es decir que, además de diosa literaria, podías ser humana. Algunos de tus alumnos de Literatura Francesa y Civilización en el Sarah Lawrence College de Nueva York testimoniaron que la mayor parte del tiempo no parecías estar del todo presente, y estaban convencidos de que usabas instrumentos medievales para los quehaceres de tu vida diaria. Así que estás tú, tus azares y tus amantes. Y estás tú, la escritora (poeta, prosista, ensayista, novelista, traductora). Para saber de la escritora, tomo por entero tu palabra y nada más que tu palabra.

Releo tus notas de Memorias de Adriano y reconforta a mi yo escritor saber que te enfrentaste a demonios conocidos. Que de 1924 a 1929, en la juventud de tus veinte a veinticinco años (todo se concibe en nuestra juventud; los años, después, maceran la obra), concebiste y luego empezaste a escribir unos borradores de las Memorias, que desechaste por completo, como debe de ser, como merecían serlo, según tú misma dijiste. Como hace todo creador. En 1927 reencontraste y subrayaste la frase, esa que habías leído en la correspondencia de Flaubert. Dices en tus notas que magna por necesidad debe ser la obra cuya chispa votiva sea algo como: «Cuando los dioses no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el Hombre».

Tú misma dijiste de tu biografía lo que más importa: que gran parte de tu vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a ese hombre solo y al mismo tiempo vinculado a todo. Retomas y abandonas muchas veces, entre 1934 y 1937, el proyecto de escribir la vida de Adriano. No es cosa fácil «organizar ese mundo visto y oído por un hombre». Lo mismo que quisiera hacer yo con tu biografía, y la única manera es leyéndote, recoger trazos de ti; acudir a tus notas y a tus cuentos, donde dejaste rastros de la sensibilidad, de las torturas, de las placenteras emociones, las únicas que pueden parir, moldear obras como la tuya.

«Empiezo a percibir el perfil de mi muerte», haces decir a tu Adriano, y cuentas que esa frase es la única que sobrevivió de los borradores que te tomaron tres años. Habías encontrado, al fin, el punto de vista, igual que un pintor, dijiste, frente al horizonte infinito, que mueve su caballete de derecha a izquierda. Las palabras pueden no ser exactas, siempre cabe corrección, pero el punto de vista no se equivoca.

Y más años pasaron entre paseos por Asia menor, visitas a la villa de Adriano, a los museos de Europa, abstracciones en Grecia, vaivenes entre Estados Unidos y Francia, investigaciones, acopio de información, compra de souvenirs (como el perfil de Antinoo Mondragon en el Louvre, el mapa de la Roma de Trajano), lecturas en Yale proyectadas para el libro, y donde mencionas al emperador, siempre buscando la fórmula que te permitiera salvar las distancias entre Adriano y tú. Te das cuenta de que «dos decenas de manos descarnadas» te separan de él y de su mundo. No parece mucho, pero dieciocho siglos de por medio no te dejan, dices, tocar a Adriano en su médula de hombre, tocar sus contornos y luego reproducirlo para nosotros. Sabes que hay un modo de llegar a él, hay una puerta, pero no la encuentras. Te invade el desaliento. Un desaliento largo, dices. Te hundes, confiesas, en la desesperación del escritor que no escribe (¡desesperación!). Buscaste restos griegos que te reconfortaran en tus peores momentos «de atonía». Esto es importante: saber que tuviste esos momentos. En 1941, creíste haber renunciado por completo a escribir las Memorias. En 1947, incluso quemaste los resúmenes que redactaste para las conferencias en Yale, por entenderlos ya inútiles.

Dos guerras habían sepultado por completo el mundo que dejaste atrás, en Europa. Establecida del todo en América, en 1948 recibiste desde Suiza maletas con ese mundo de tu niñez y primera juventud, que ya no existía. Quemando papeles familiares, correspondencia de muertos o vivos olvidados que ya no significaban nada en apenas diez años, te topaste con una carta que comenzaba: «Querido Marco…». ¿Cuál Marco? El papel amarillento, manuscrito a varias páginas, se dirigía a un Marco que ya no reconocías y que pudo haber sido un amante, un amigo, un lejano pariente al que le escribías y que ya habías olvidado. Pero no eras tú quien había escrito: era Adriano quien, con tu mano, le escribía a Marco Aurelio. Y en ese momento el libro volvió a ti. Y retomaste una promesa que no volviste a romper. Cueste lo que cueste, te dijiste. Acudiste nuevamente a tus principales fuentes surtidoras sobre Adriano, los volúmenes de Dion Casio y la Historia Augusta. Y entonces miraste al mundo que había girado y girado durante todos esos años desde el día de la cita de Flaubert, desde el nacimiento de la idea, y te diste cuenta de que diez años de abandono habían sido iguales, quizá más, que los dieciocho siglos entre Adriano y tú. Un mundo que había probado tu propio mundo en el fuego de hechos convulsos, trágicos, angustiosos, la enfermedad que te había estragado, el quehacer de buscar el amor o de vivirlo o de sufrirlo, de agotar las alegrías y sepultarlas. Te dijiste que tal vez todo lo sucedido había sido necesario, que esa noche del alma que el mundo había padecido, había sido necesaria para ayudarte a colmar esa distancia entre Adriano y tú, entre tu época y la suya, pero sobre todo «la que me separaba de mí misma».

Y ahora, la producción febril, la frente tocada por los dioses. Un trayecto entre Nueva York, Chicago, atravesando las montañas de Colorado, te llevó a Taos, Nuevo Mexico. Esa travesía te vio encerrada durante días entre camarotes y coches. Encerrada como en un hipogeo, dices. Yo digo que fue el encierro de la concha que gesta la perla. Escribiste en estaciones desiertas, a la espera de un tren retrasado por la nieve; escribiste sin parar, casi sin dormir, sólo un hilo de nácar hilando la perla maravillosa de las memorias de tu Adriano. No recordaste, dices, noches más ardientes ni más lúcidas que aquellas en las que escribiste sin interrupción los larguísimos pasajes desde la infancia hasta el conocimiento de Adriano. Le agregaste tres años más de investigaciones. Tres años de mantenerte constantemente en la Roma, en el Egipto que vio morir a Antinoo, en los palacios imperiales y en los campos de batalla. Quisiste desechar la frase «método de delirio», por romántica, pero la retomo yo, que no puedo ser otra cosa que romántica. Te recibiste de maga, de médium, de pitonisa de un solo muerto.

Convocaste a Adriano como Byron convocó a Saúl, porque no confiabas en tu propia voz y querías que hablara él. Y lo hiciste hablar. En mi exceso de entusiasmo podría decir que mejor, quizá, de lo que él mismo lo hizo en vida; lo hiciste hablar acerca de sí mismo y de su tiempo, de sus amores y sus dolores y sus logros; de la dimensión del hombre en la que transversalmente nos reconocemos todos. Lograste entrar en el núcleo de su mundo interior y escribiste desde ahí. Desde ahí manipulaste el tiempo. Redujiste dieciocho siglos, los diez, los veinte años a un espacio que se desplaza a través del tiempo con su mundo revelado y el intuido, desde Roma, hasta la Europa inocente de la preguerra, y una guerra y otra y su entreacto.

Y ese tiempo llega hasta mí en este mundo intangible de mundos digitales, donde nuestro imaginario, nuestras abstracciones, se han convertido en palacios laberínticos de pesadilla. Y vuelta otra vez a Roma. Y vuelta otra vez a un futuro que no se conocerá. Pero, dijiste, al fin y al cabo, el tiempo no cuenta. Y entonces despierto de esta ilusión que me ha hecho creer que podía abordar un intento de biografía tuya, porque, lo sé, lo sé, también lo habías dicho en tus notas: «mi propia existencia, si tuviera que escribirla, tendría que ser reconstruida desde afuera, penosamente, como la de otra persona, porque todo se nos escapa y todos, hasta nosotros mismos».

Berenice B. Navarro es originaria de República Dominicana y reside en una ciudad sureña de Estados Unidos, pero la mayor parte del tiempo habita en un mundo imaginario de donde se trae al mundo real ideas que convierte en cuentos, novelas y poemas. Participa del Taller de Corte y Corrección con Marcelo di Marco, Taller de Literatura Fantástica con Nomi Pendzik, y Taller de Poesía con Analía Pinto, y no le parece suficiente. En Fin ha publicado el cuento “Desdémona corregida”, ganador de un concurso interno del TCyC. ¿Quieres saber más? Visita su web https://berenicebnavarro.com/

Fuentes de las imágenes:

Yourcenar joven: https://mascultura.mx/https-mascultura-mx-marguerite_yourcenar_mayo23/

Yourcenar madura: https://www.growthinktank.org/en/portrait-marguerite-yourcenar-2/

Yourcenar academia: https://www.lavanguardia.com/hemeroteca/20171216/433588372544/marguerite-yourcenar-biografia-academia-francesa-de-las-letras.html

Herederos

por Gandy Cruz *

¿Sabes, muchacho? Casi le hago tragar la dentadura postiza al viejo Mena cuando me dijo que quería una noche con mi mujer.

―Voy a ser directo, joven ―me dijo, con esa gastada voz de los que ya no esperan nada―. Me queda poco. Desde que mi Lucila se me adelantó hace años no he tenido a nadie, y antes de morir quiero llevarme una última alegría. Para irme tranquilo. A cambio, estoy dispuesto a entregarte todo lo que tengo: esta casa… y una platita.

Me quedé mirándolo. No le entendí al vuelo. Pero fue como si el viejo hubiera carraspeado para escupirme.

―Qué carajo está diciendo, don Mena ―dije, alzando la voz―. Hable claro.

Él bajó los ojos, se frotó la nuca, respiró hondo y volvió a mirarme.

―Le estoy diciendo, joven, que estoy dispuesto a dar esta casa… y veinte mil soles… por una noche con Dorita.

El salivazo en toda la cara. De estar hablando de los meses de alquiler que le debía, pasamos derechito a la mierda.

―¡Viejo conchatumadre! ―le dije, agarrándolo de la chompa―. ¡Qué chucha crees que soy! Mi mujer no es una puta, carajo.

Y le metí un puñete. Uno seco, directo. Él cayó sentado en el sofá, medio doblado, como si se le fuera a romper el cuerpo.

―Tranquilo, hijo ―dijo tomándose la cara, acomodándose la dentadura―. Tranquilo. Déjame explicarte.

―Explicarme qué, viejo arrecho ―lo agarré de nuevo, y levanté el puño otra vez.

Él alzó las manos, cerró los ojos rindiéndose.

―Cálmate ―dijo―. No hagas algo de lo que te puedas arrepentir. Hablando se entiende la gente.

Con un pie y medio en la tumba y tan pendejo, pensé. Quién iba a imaginar, muchacho, dime tú. Quién iba a imaginar semejante propuesta de un viejito encorvado, arrugado como pasa y encima cojo.

Lo solté. Si le hubiera dado otro golpe terminaba en Lurigancho y no sería yo el que te estaría contando esto.

―Tienes veinte segundos. Habla rápido.

―Sé que están hasta el cuello ―dijo sobándose la cara―. Que tú no tienes trabajo. Que Dorita hace lo que puede. Y el niño… necesita operarse, ¿no?

No respondí. No era necesario.

―Casa y plata le cambian la vida a cualquiera. Ustedes son jóvenes. Salvan al chico, y de ahí nomás pueden empezar de cero. Te estoy ofreciendo una salida.

Y lo peor, escúchame bien: lo peor es que el viejo tenía razón. Estábamos hasta el cuello. Yo había salido de la textilería sin ningún motivo. Dora limpiaba casas y traía lo que podía, pero no alcanzaba. Le debíamos cinco meses de alquiler al viejo de mierda. Y Mateo, cada día más flaco, más pálido, necesitaba operarse.

―¿Y cuánto me queda a mí? ―siguió el viejo―. ¿Un año? ¿Seis meses? ¿Tres? ―Meneó la cabeza―. Quiero irme con un último recuerdo. Uno bueno. No pido más. Y Dorita me hace pensar tanto en mi Lucila de joven. ―Lo dijo con una dulzura podrida, me revolvió el estómago―. No tienes que responderme ahora, hijo. Piénsalo. Háblalo con ella. Esto ―recorrió la sala con los ojos― y la plata pueden ser de ustedes. Casa, dinero. Si aceptan, dejo todo a nombre de Dorita. O al tuyo, como digan.

―Además de viejo eres estúpido o qué ―le escupí las palabras―. Te he dicho que mi mujer no es una puta ni yo soy su cafiche. No tengo que pensar un carajo.

Yo lo insultaba, y él aguantaba nomás. Siguió, sin inmutarse:

―Lucila y yo no tuvimos hijos. Y la poca familia que me queda ha hecho su vida lejos. Nadie se acuerda de mí. No tengo herederos. Va a ser fácil. ―Me miró. No con lascivia, ni con maldad. Con una tristeza vieja, vencida, como si ya se hubiera despedido del mundo hace rato y sólo estuviera esperando partir―. Piénsalo, hijo. Una noche. Ustedes tienen toda la vida por delante y van a olvidarse rápido. Para mí, va a ser mi última alegría.

Me quedé de pie, respirando con dificultad, con las manos temblando. El viejo me asqueaba. Pero en ese momento, más que asco, me dio miedo. Miedo de que esa propuesta ―esa cochinada― fuera la única puerta que nos quedaba abierta.

Todavía furioso, le conté a mi mujer. Ella sólo me escuchó. No dijo ni pío.

Durante días no hablamos del asunto. Lo dejamos ahí, flotando entre nosotros como el aire apestoso que viene del mar y que uno finge que no nota.

Pasé semanas sin conseguir chamba. Salía temprano con mi carpeta y volvía más cansado de fingir que de caminar. Dora seguía limpiando casas por una miseria. Y Mateo tosía. Tosía mucho. Respiraba y parecía que tragaba arena. Su corazón se iba apagando de a pocos. No dormía casi. Y nosotros peor: despiertos toda la noche, sin saber si al día siguiente amanecería vivo.

Conseguíamos dinero como podíamos. Prestándonos de aquí y de allá. Vendíamos las pocas cosas que nos quedaban. Y después de los gastos de Mateo, apenas teníamos para comer.

El doctor fue claro. Sin piedad lo dijo:

―Necesita operarse ya. Cuanto antes.

Yo sólo pude bajar la cabeza, con los bolsillos vacíos y los ojos llenos de números imposibles. Veinte mil soles. Justo lo que el viejo nos ofrecía.

Esa noche ya no hubo cena. Apenas hervimos agua con sal para engañar al estómago. Mateo dormía quejándose. Dora estaba sentada a mi lado, con la mirada perdida. Afuera garuaba, como si Lima quisiera llorar sin que nadie se diera cuenta.

―Dile al viejo que acepto ―dijo sin mirarme. Sentí un frío en la nuca, no respondí. Me quedé con la cuchara en el aire y revolviendo el plato vacío―. Es por Mateo. No voy a ver morir a mi hijo por orgullo. Voy a hacer lo que tenga que hacer para salvarlo.

La miré. Y ya no vi a mi mujer. Vi a una madre. Vi a una leona dispuesta a todo por salvar a su cachorro. Y me odié por no ser yo quien resolviera las cosas. Por tener que verla así: fuerte cuando yo era débil.

―Una noche ―dije, con la garganta hecha piedra.

―Una noche ―repitió Dora.

No nos abrazamos. No lloramos. Nos quedamos ahí, en silencio, cada uno encerrado en su propio infierno.

Al día siguiente, hablé con el viejo Mena.

Treinta y siete años han pasado desde aquella tarde en que casi le reviento la cara al viejo Mena. Treinta y siete. Lo digo y parece broma, muchacho. Y, cuando lo pienso, creo que fue otra vida. Que ese tipo joven, atrevido, con los puños cerrados y los sueños rotos, no era yo. Luego me miro al espejo, veo estos ojos ―los mismos― y sé que sí. Era yo. Soy yo.

Nunca supe cómo fue esa noche. Ni quise saberlo tampoco. Aunque mil veces me lo imaginé. El viejo temblando de deseo, con las manos arrugadas y la piel seca. Recorriendo a Dora como quien toca lo prohibido. Encima de ella, debajo de ella, dentro de ella. Y Dora, resignada, con los ojos fijos en el techo, contando los segundos. Tragándose el asco, la humillación. Resistiendo como una mujer que se entrega pero que no se rinde.

Me miras como si hubiera sido un monstruo por permitirlo, muchacho. Pero escúchame bien. Uno no sabe lo que está dispuesto a hacer hasta que la vida le pone el cuchillo en el cuello. Hasta que te das cuenta de que la dignidad no te da de comer. Ni paga operaciones. Ni mantiene el techo donde duerme tu hijo.

Y el viejo tenía razón. Después de esa noche, nuestra suerte empezó a cambiar. Al menos un poco. Con la plata salvamos a Mateo, aunque años después un accidente nos lo quitó igual. El dolor más grande de nuestras vidas. Supongo que hay destinos ya marcados, ¿no?

Esta casa ―esta misma― pasó a nombre de mi mujer, y en tres meses el viejo se murió tal y como había dicho.

Dora dejó de limpiar casas. Yo puse el taller. Y nunca más hablamos del asunto. Ni una sola vez lo hablamos. El silencio fue nuestro nuevo idioma. Pero estuvimos juntos hasta el final, que no es poco.

¿Y sabes qué fue lo más jodido?

Que con el tiempo dejé de odiar al viejo. Al contrario. A veces me acuerdo de él con aprecio. Como de esos tipos que hacen lo que nadie quiere hacer, que ponen sobre la mesa la parte más fea del alma para que otros puedan seguir.

Y te cuento esto, muchacho, porque te veo y me recuerdo. Porque veo en tus ojos la misma desesperación que yo también tuve. Por Mateo, por mi mujer, por las deudas. Dormía cuatro horas, comía una vez al día. Y, aun así, pensaba que podía con todo. Tú y yo somos del mismo barro, dime que no.

Y esa mujer tuya… La he visto. Chamba. Bonita. Se nota que se parte el lomo por ustedes. Como lo hacía Dora. Me hace pensar mucho en mi Dora.

Por eso quise hablar contigo. Porque entiendo. Porque no vine a juzgarte. Vine a darte una opción.

Gandy Cruz (Puno, Perú, 1991) es cuentista e ingeniero civil. Graduado de la Universidad Nacional del Altiplano, vive en Lima, donde alterna planos y proyectos con madrugadas de escritura y café cargado. Se ha formado en talleres con Jorge Eslava (Perú) y Luis Lezama Bárcenas (Honduras), y afila su prosa en el mítico Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco. Comparte relatos, lecturas y obsesiones en su blog Obra en Construcción, donde cada historia se entrega con deliberada espontaneidad.

Imágenes generadas con ChatGPT (julio 2025) por el autor.