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Lo que ocultaba Tamara

por Octavio Hernández *

VI

Ibas pegajoso por la sangre de Juan, y al salir del auto el aire nocturno te heló la polera empapada de rojo. Yendo hacia aquella enorme casa de dos pisos, pensaste que ayer nomás la habías visitado y que entonces todo era diferente: Juan aún vivía, y tú no sabías nada de la infidelidad.

Con la mano libre —en la otra empuñabas el martillo—, metiste la llave por la cerradura, que reflejaba en el bronce los destellos de la luna llena, única luz que te guiaba: el barrio dormía en una oscuridad total. Debían de ser pasadas las doce.

Subrepticio, con silenciosa lentitud abriste la puerta: sólo oías el rumor del viento atravesado de grillos. La luz de la luna estampaba tu sombra en la cerámica ajedrezada. En el zaguán, te quitaste las zapatillas, y anduviste en calcetines por la frialdad de la cerámica hasta la escalera de caracol. Al subir los peldaños, el corazón se te alocaba en el pecho, y olías el sudor que te recorría, asqueado por los rojos coágulos que te pegaban la polera a la espalda. Cuando llegaste al segundo piso, oíste un gemir, que supiste reconocer: Tamara. ¿De cuál de esas tres piezas venía? Un largo pasillo de cuatro puertas —las habitaciones y el baño— discurría frente a ti.

Te concentraste en escuchar. Sí, indudablemente el murmullo salía de la segunda puerta.

Te acercaste, conteniendo la respiración y empuñando el martillo. Agarraste el picaporte.

Abriste.

Ahí dentro, con la tenue iluminación de la luna, apenas distinguías la cama y un bulto que se movía bajo las sábanas. Fue entonces cuando, como un buzo saliendo del mar, la cara sudorosa de Tamara emergió. Ese revuelto pelo de puta se le adhería a la frente, y, clavándote en la penumbra los enormes ojos, pegó un grito. Enseguida otra cabeza salió de las sábanas: una cabeza de viejo, de facciones duras y de bigote blanco.

—Omar —dijo Lotario al verte, como quien no puede creerlo.

Quisiste arrancarte los ojos. Y un pensamiento se te cruzó por la mente: No había sido Juan, Dios mío. No había sido Juan.

Enceguecido y gritando de horror, alzaste el martillo.

V

¡Crac!

Manejabas el Toyota por Avenida Argentina hacia lo de Lotario, con las manos ensangrentando el manubrio. La noche te ennegrecía las manchas de la ropa, asemejándolas al aceite de auto o al petróleo. Cada vez que tu mente divagaba, te resonaba ese sonido, ese puto sonido que te erizaba los pelos de la nuca.

¡Crac!

¡Crac!

Pero cómo no te habías dado cuenta antes, antes de que Tamara se hubiera embarazado. Quizá sólo hubieran terminado con Tamara. Tú, Juan, quédatela, qué se le va a hacer. Y se terminaba el asunto, cada uno para su lado. Pero no, tuvo que suceder el casamiento, el embarazo, y recién te diste cuenta. Recién los indicios encajaron en tu mente como un mecanismo oxidado que tardara en funcionar.

La primera sospecha se te había presentado anteayer, cuando fuiste a comprar papas fritas, y reflexionabas sobre el extraño comportamiento de Tamara: desde que se había anunciado su embarazo, se mostraba nerviosa, limpiando como loca el caserón. Sí. Fue ahí, esperando en la fila del Papipollo —un pequeño local en la esquina de tu casa, con una enorme botella de Coca-Cola en el letrero—, al estudiar el pollo ensartado que daba vueltas sobre el asador. Fue ahí cuando pensaste seriamente en la posibilidad de que Tamara te estuviera traicionando. Una súbita ira te revolvió las tripas al imaginártela en brazos de otro. Era una ira que te ardía en las entrañas, la misma que a veces te surgía por cualquier provocación. Cuántas veces ya habías dejado a sujetos tirados en el piso, sangrando. Dios, debías calmarte.

Tamara no me engaña, te repetías.

—Hola, caballero —te dijo ese enorme barbón, que atendía, freía y asaba. Iba vestido con un delantal manchado de aceite—. Qué desea llevar.

—Disculpa, sí, hola. —Miraste la carta con los precios y las promociones (promo 1: bolsa pequeña de papas fritas con un cuarto de pollo a $4.500; promo 2: bolsa mediana de papas fritas con medio pollo a $8.800; promo 3: bolsa grande de papas fritas con pollo entero a $14.000)—. Dame la promo dos.

El barbón se fue a la freidora. Y hundió en aceite una rejilla desbordante de papas crudas. El aceite salpicaba y siseaba, y el olor a fritura se extendió aún más que el olor a pollo asado. Enjaulada bajo el techo, una tele antigua daba una novela turca, o algo por el estilo: apenas podías distinguir entre la interferencia lo que la tele emitía, sólo escuchabas las voces que sobreactuaban gritos y llantos.

Durante la espera, volviste a pensar en Tamara. Y decidiste que de todas formas algo le ocurría. Después del embarazo, no sólo limpiaba como loca, sino que se notaba más distante. No mucho, pero se notaba.

Y ya no hacían eso.

El barbón sacó la rejilla, que chorreaba aceite, y metió las papas en una bolsa de papel. Después se fue al asador, sacó un pollo entero, y, cuchillo en mano, lo partió en dos. Echó en la bolsa una de las dos mitades, y tendiéndotela te dijo:

—Aquí tiene, amigazo. ¿Cómo va a pagar?

¡Crac!

¡Crac!

Una sirena de Carabineros te devolvió a las manos ancladas al manubrio, a la pista vacía que discurría entre casas desoladas. Te estremeciste, y apretaste más fuerte el volante con esas manos pegajosas de la sangre de Juan. Pero no. Imposible que alguien hubiera alertado tan rápido a los pacos. Imposible que alguien supiera de… Viste la patrulla pasar, la baliza destellando rayos rojos. Ahora pensabas que te iban a faltar las fuerzas, pero ya habías ido demasiado lejos como para retroceder y no darle también su merecido a Tamara. Después de todo, y pensándolo bien, Juan no te había prometido fidelidad ante el altar, y el pobre tuvo que morir. Todo por esa puta. 

¡Crac!¡Crac!

Trap-trap-trap-trap.  

Al avanzar oscuro por la noche solitaria, volviste a recrear la escena.

Le habías dicho, frente a las escaleras que se internaban en la negrura del sótano, que él bajara primero. Juan te miró, dubitativo.

—Anda. —Le apuntaste.

Juan desnudó los dientes en una sonrisa burlona:

—Te dan miedo las ratas, maricón. —Y bromeando te golpeó el estómago.

Cuando él bajaba las escaleras rechinantes, sin apoyarse en el pasamanos —la cabeza alzada, el pecho firme, sin temor a unos miserables ratones—, tú te llevaste las manos a la espalda sudorosa, y sacaste del cinto el martillo. Al ir por la mitad de la escalera, lo elevaste con lentitud, cuestionándote si de verdad podrías hacerlo. Tembloroso, mantuviste el martillo en alto. Fue ahí que Juan se dio vuelta:

—No oigo ninguna rat…

Apenas iluminado por la luz que llegaba del pasillo, advertiste que Juan abrió más de la cuenta los ojos —dos enormes círculos que te observaban aterrorizados—. Empezaba a gritar Qué mierd…, cuando pensaste que ya no podías arrepentirte, y dejaste caer el martillo.

¡Crac!, el martillo hundiéndose en el cráneo, la sangre negra ensuciándote la cara y las manos y la ropa, y empapándole la cara a Juan, que se apoyó en el pasamanos, con el martillo sobresaliéndole como una extraña antena. Intentando mantenerse en pie, el pobre se bamboleaba igual que un borracho. Le arrancaste el martillo, lo elevaste de nuevo y se lo volviste a incrustar.

¡Crac!

Al sacarle otra vez el martillo, Juan miró hacia arriba, los ojos en blanco, y cayó escaleras abajo, de espaldas, trap-trap-trap-trap, rebotando hacia las tinieblas del sótano.

Subiste la escalera y cerraste de golpe la puerta. Con la respiración anhelosa, apoyaste la cabeza contra la pared.

¿Qué sigue?, te preguntaste.

Qué pregunta imbécil. Lo que sigue es darle también su merecido a aquella puta. ¿Pero cómo podrías entrar en aquella casa? ¿Acaso por la ventana, o por el techo o…?

Y recordaste que, el día anterior, Tamara había olvidado, en el cuarto, las llaves.

IV

Cuando el sol de la mañana te despertó, el ojo, la nariz, la boca te ardían. Quién iba a pensar que la visita de ayer a donde Lotario terminaría así: con tu cabeza entera convertida en un amasijo de dolor. Pestañeaste. Volviste la mirada a un lado, a esa cama tan grande y tan vacía.

—Esa hija de puta —dijiste en voz baja.

Con la fuerza de la rabia te levantaste, toda la cabeza ardiendo, el corazón palpitando de furia. Un súbito mareo te ennegreció la visión. Tambaleándote, fuiste al pasillo y entraste en el baño. Frente al espejo, observaste que la nariz y el ojo se habían hinchado de forma monstruosa, adquiriendo los dos un color amoratado, de película de horror.

Aunque viejo, pensaste, este Lotario sí que pega fuerte.

Después, fuiste a la cocina. A pesar de que no tenías apetito, sabías que necesitabas fuerzas para esta tarde. Y, mientras hervía el agua, te preguntaste qué arma te convendría usar. Le echaste un vistazo al cuchillo que reposaba en el escurridor del lavaplatos, entre la montonera de cubiertos limpios —uno de los pocos buenos vestigios de Tamara, la limpieza.

Pero no: al cuchillo le faltaba filo, y, si tus fuerzas te traicionaban, Juan tendría la oportunidad de darte una paliza.

Recordaste entonces que abajo, en el pequeño sótano, se hallaba el martillo que Tamara había comprado un día en que remataban objetos de ferretería. «Un martillo, te dijo ella, siempre es útil». Estaban recién mudándose a esa casa. Recién casados. Y jamás usaron el martillo. Una bruta herramienta de cabeza generosa y terminada del otro lado por un pico bien penetrante. Un martillo de guerrero, más que de carpintero.

Caminaste hasta la puerta que abría al sótano. La oscuridad ennegrecía parte de la escalera. Así que bajabas asido del pasamanos, oyendo los peldaños rechinar. Adentro hedía una humedad de cloaca. Apretaste el interruptor de la luz, y el pequeño cuadrado que era el sótano se iluminó y aparecieron el oxidado estante, el musgo de las paredes, las telarañas en las esquinas. Fuiste hasta el estante y abriste la caja de herramientas. Entre tornillos, llaves inglesas y destornilladores, dormía el martillo sus sueños de venganza esperando que alguien lo empuñase, ansioso de machacar sesos.

Lo blandiste.

Pesaba.

Apagaste la luz. Despacio, sacándote las últimas dudas sobre lo que estabas a punto de hacer, ibas subiendo las escaleras. Al rechinar de los peldaños, te dijiste que antes, de adolescentes, con Juan ya habían compartido algunas chicas. No era tan distinto

¿O sí?

—Claro que es tan distinto —dijiste entre dientes y apretando el mango de aquella atrocidad.

Con la propia esposa es diferente, mierda. El conchesumadre la embarazó.

Saliste del sótano de un portazo.

Él debía morir.

Y te fuiste hacia la cocina. Dejaste el martillo sobre la encimera: lo querías cerca de ti. El agua había hervido, pero ya no deseabas comer: la ira punzante te abastecería de la fuerza necesaria. Te encaminaste al living y te arrellanaste en el sillón, a tramar un plan. Y te quedaste dormido.

La respiración jadeante, el húmedo sonido de los besos, el olor a encierro y a sudor, y la lasciva oscuridad envolvían la casa. Caminabas por un pasillo en tinieblas y plagado de puertas. A lo lejos, divisaste una puerta por cuya rendija salía una luz roja que alumbraba el parqué. Al llegar, con una mano temblorosa giraste el picaporte. Adentro de la habitación, los gemidos de placer de Tamara, que se revolcaba entre las sábanas junto a Juan. Y luego, cuando te descubrió, ella gritó por la sorpresa terrible. Y además llamaban a la puerta.

¿Llamaban a la puerta?

Despertaste envuelto en las nieblas del entresueño: de este lado, del lado de la lógica, también llamaban a la puerta.

Te levantaste del sillón, el corazón palpitando, la sangre bullendo hasta enceguecerte. Camino hacia la puerta de entrada, repasaste el plan que habías maquinado antes de quedarte dormido.

Y abriste.

Los ojos celestes de Juan se iluminaron al verte, y se le arrugó la cara en una enorme sonrisa:

—Compadrito, tanto tiempo. Cómo estamos. —Se abrazaron, se palmearon las espaldas. Después, te echó un vistazo—. Y esos moretones. Qué te pasó.

—Nada. —Te rascaste la nariz—. Una pelea de curado nomás.

Juan se rio.

—¿Y el otro? ―dijo―. Habrá quedado peor. ¿O no?

—No recuerdo. Pero pasa —haciendo un ademán le conminaste a que entrara—, que te estaba esperando.

Cuando entraron y se sentaron en los sillones, Juan lanzó la pregunta:

—¿Oye, y la Tamarita? —Paseaba la mirada entre el estante con fotografías, la tele, la pequeña biblioteca. Pero, al observarte, debió notar tu cambio de expresión, porque se alertó—. ¿Qué? ¿Pasó algo?

—No, nada. Está donde Lotario.

—¿Dónde…? Ah, claro. Donde ese viejo. 

—¿Te asustaste, eh? ¿De qué te asustaste, Juanito?

Juan se tranquilizó y te sonrió:

—Y, bueno, de alguna mala noticia. Ya que estamos, ¿qué era eso tan importante que me ibas a contar?

—Un pequeño favor.

—Dime, para eso estamos.

—El sótano —le dijiste, apuntando hacia el pasillo que conectaba a las habitaciones y al sótano—. Una plaga de ratas… Sí, eso. Una plaga de ratas que infesta el sótano. Y necesito ayuda. Tu ayuda, quiero decir: a Tamara le da miedo bajar, y yo no sé cómo mierda poner trampas. ¿Le echarías un ojo?

—Sí, claro, pero yo tampoco he tocado una trampa de ratas en mi vida. —Y soltó una carcajada. No lo habías pensado: el hijo de puta siempre había vivido en edificios—. Pero tan difícil no debe de ser. —Se levantó del sillón—. Dime: ¿dónde guardas las trampas?

—Abajo —también te levantaste del sillón—, en el estante del sótano.

Cuando se acercaron al pasillo, le dijiste:

—Continúa tú. Por mientras, yo voy a tomar agua.

Te fuiste a la cocina, agarraste el martillo y te lo llevaste a la espalda. Apretado por el cinturón, lo ocultaste debajo de la polera.

Al salir, advertiste que Juan te esperaba en el marco de la puerta que daba al sótano: un perro que espera a su dueño.

—No se ve una mierda —te dijo, apuntando hacia la oscuridad.

Te le acercaste, y también escudriñaste en esa oscuridad.

—Es verdad, Juanito, no se ve ni mierda. Hay que bajar entonces. Prender la luz. Tú primero.

III

Cuando se iban a lo de Lotario, ya arriba del Toyota, y con el motor encendido, Tamara te detuvo, gritando como si se acordara de algo importantísimo:

—¡Espera!

La observaste: el sol del mediodía le aclaraba el color del pelo en un castaño que rozaba el rojo.

—¿Qué pasa?

—Las llaves. —Ella hizo el ademán de abrir la puerta del auto—. Las dejé en mi pieza.

—Eso no importa, le tocamos el timbre.

—Es que él se enoja.

—Cómo se va a enojar por tocarle el timbre. Además, ya encendí el motor. —Y apretaste el acelerador.

Pero cuando se estacionaron en el bordillo, se apearon, y le tocaron el timbre de la puerta, Lotario abrió de golpe, el pelo blanco engominado, el bigote canoso, la camisa de cuadrillé sin arrugas, los zapatos de charol brillando al sol. Y con el ceño fruncido dijo:

—¿Y las llaves? Ya las perdieron, hueones.

Después del almuerzo, ahora que estabas sentado en ese vejestorio de sillón cuya felpa verde siempre cargaba con kilos de polvo, esperabas, tratando de no estornudar, a que Tamara terminara de conversar con Lotario: hacía unos quince minutos te dijeron que debían conversar sobre no sabías qué asunto. Esperabas. Ya habías tragado el insípido puré, y ya habías soportado la sobremesa. Y seguías esperando y de puro aburrimiento te dio por evocar el momento en que habías conocido a Lotario. Si no te equivocabas, fue al segundo año de pololear con Tami. Habían ido los dos a la playa, y entre el pulular de gente buscaban un espacio para enterrar la sombrilla. Y ahí una voz grave se destacó sobre el barullo playero:

—¿Quién te enseñó esos modales, Tami? ¿Ya no saludas?

Sin polera, apoyándose en un codo, el viejo se doraba al sol. A pesar de la edad, bajo esos pelillos blancos advertiste un cuerpo musculoso. Tamara se dio vuelta, con los ojos abiertos, y corrió a saludarlo. Al principio habías imaginado que sería algo así como un antiguo profesor de ella.

Ahora, sentado en el sillón, sonreíste por esa cándida primera impresión tuya: ¿por qué ella lo saludaría tan efusivamente, si el viejo fuera sólo un exprofesor?

Entonces oíste el quejido.

Tamara.

Sí, sin dudas: reconocías cuando ella contenía el llanto, porque le salía un quejido igual al arrullo de paloma y le temblaba la voz. Te levantaste del sillón verde. ¿De dónde provenía? Aguzaste el oído. Siguiendo el murmullo, cruzaste el umbral del living, caminaste en tinieblas por el pasillo y te detuviste en la puerta entornada de la cocina. Un rectángulo de luz blanca salía por la rendija, iluminando el corredor. Pegaste un hombro en el marco. Escuchaste la voz titubeante de ella, que balbuceaba:

—…y tengo mucho miedo. Creo que se está dando cuenta de… Y lo peor es que… Es que ya no sé ni siquiera de quién será el bebé. 

—Tranquila. Él no sabe: igual va a tener que hacerse responsable.

Hija de puta, pensaste.

Y fue como si otra persona tomara posesión de tu cuerpo. Con la vista enceguecida, la ira subiéndote del estómago a la cabeza, irrumpiste, disparándole una ristra de insultos a Tamara: Maraca de mierda sabía que me casé con una puta y dime con quién con quién fue. Advertiste que a Lotario se le saltaban los ojos de las cuencas, y enseguida Tamara cayó a tus pies, con lágrimas de cocodrilo, gimoteándote que ella lo podía explicar, amorcito, tranquilízate. Pero como toda respuesta le diste una patada en la cara. Entonces el viejo se te lanzó encima y tu cabeza, clac, azotándose en la cerámica.

Y te fuiste a negro.

Cuando abriste los ojos, veías, como en cámara lenta, un puño que avanzaba por el aire hasta tocar tu nariz; el puño se alejaba de tu cara, se detenía, y luego volvía para alcanzarte el ojo; el puño de nuevo retrocedía, quedaba en suspenso, y después llegaba a tu boca, a tus mejillas, a tu frente, en tanto que oías un pitido y al viejo que gritaba Ándate de mi casa animal ándate. Ahí te diste cuenta de que el viejo, arrimado encima de ti, te estaba golpeando. A dos manos lo empujaste, y te lograste parar, sintiendo la cabeza más pesada, y Tamara estaba tirada en la cerámica con la nariz hinchada y roja, y le soltaste que ya sabías con quién te echaste el polvo, puta de mierda, y te fuiste.

Conduciendo en el Toyota, por las calles alumbradas por las farolas amarillas, te imaginaste a Tamara gozando de Juan, ese cínico hijo de puta que se hacía llamar tu mejor amigo. La voz de ella —De tus amigos, es el que mejor me cae— se mezclaba con los gemidos que le salían cuando ustedes tenían sexo. Creíste que nadie más conocía esa faceta, que nadie más había contemplado su cara extasiada y sus arrebatos de lujuria. Estúpido.

Una gota de sangre de la nariz bajó a tu boca. Te la quitaste con el antebrazo, aunque de todas formas te llegó el sabor a óxido.

Pensaste que por culpa de esos dos hijos de puta todo se te había acabado. Todo. Ni siquiera tenías el consuelo de aquel futuro hijo.

Debías hacer algo. No dejar que la traición se quedase así, sin más.

—Mañana —dijiste entre dientes y con los dedos anclados al manubrio, los ojos fijos en la calle nocturna.

Sí: mañana, aprovechando la visita de Juan, le darías su merecido.

Sí. Y después seguiría Tamara.

Sí.

II

Cuando entraste en la casa, llevando la bolsa caliente de papas fritas y de pollo asado, advertiste que, en cuclillas, Tamara se esforzaba por limpiar el rack del televisor. Intentaba con un paño eliminar una inexistente mugre acaso adherida en la esquina.

—Amor, yo lo veo limpio —le dijiste, apoyándote en la puerta de entrada. Y era cierto: la madera negra del rack resplandecía. Tamara no hizo caso, concentrada quizás en una minúscula suciedad, obsesionada en refregar y refregar y refregar, con la lengua afuera y la frente sudorosa—. Amor, se van a enfriar las papas. ¡Amor! —Como si despertase de un sueño, Tamara se dignó a mirarte. Le volviste a decir—: Eso ya está limpio.

Ella se levantó.

—Está bien —se palmoteó el jean y la polera—, supongo que sí.

—¿Comamos?

—Pon la mesa mientras me doy una ducha. En el refrigerador hay jugo de melón.

Cuando te fuiste a la cocina, oíste las miríadas de gotas chocando contra la cerámica del baño entre el canturreo de Tamara. Sacaste platos, tenedores, cuchillos, y los llevaste a la mesa. Volviste a la cocina, y agarraste los vasos y el jugo de melón.

Al volver al living, resonó un ¡pinggg!

Advertiste que, sobre el sillón y conectado al enchufe, el Samsung de ella había recibido una notificación de WhatsApp. ¿Quién habría enviado el mensaje? Acercándote al sillón, reflexionabas sobre si debías o no revisarlo. Sí. ¿Por qué no podrías? Después de todo, ella no se daría cuenta.

Ni siquiera tengo que entrar a ninguna aplicación, pensaste. Con sólo ver el mensaje en la pantalla de bloqueo me doy por satisfecho.

Así que agarraste ese Samsung de pantalla trizada y de carcasa tan desgastada que, si bien en un principio fue roja, ahora se desteñía en un blanco. Pero no alcanzaste a revisar quién había enviado el mensaje cuando la ducha se detuvo y oíste el descorrer de la cortina. Dejaste el Samsung sobre el brazo del sillón, y te sentaste a la mesa.

Ella apareció cubierta con una toalla, todo el cuerpo exhalando vapor, y chapaleando con las chalas mojadas. Dejando un rastro de humedad, daba vueltas por el living:

—¿Sabes dónde dejé mi celu?

—No lo he…

—No importa —dijo, desconectando el Samsung—, ya lo encontré.

Y se fue a la pieza.

Cuando volvió, en camisón transparente, agarró la mopa con su balde, y se puso a secar la humedad del living y del baño.

—Déjalo, mujer. Ven a sentarte a comer de una vez por todas.

—Listo. —Ella te sonrió, arrastrando el balde con la mopa—. Esto deberías hacer cuando te bañas.

Después, se sentó a tu lado. Sacó un gran puñado de papas y un trozo de pollo, y empezó a comer —a tragar, mejor dicho—. Se echaba de a varias papas a la boca y también se echaba pollo y luego más papas a la boca. Al acabar, ella se tiró hacia atrás en la silla, y se masajeó el vientre. Tú la observabas, apenas reconociendo en ella a la Tamara del comienzo, esa señorita que comía una papa a la vez y siempre trayendo a mano la servilleta. Sin dudas, algo le sucedía.

—¿Te ocurre algo, amor? —Le acariciaste el hombro.

—¿Algo? Como qué.

—Algo que te preocupe.

—¿Preocuparme? Nada me preocupa. Ja, preocuparme yo. Tenía hambre, eso es todo. El embarazo da hambre. —Mientras ella hablaba, sacaste alguna de las pocas papas que quedaban de la bolsa y te la echaste en el plato—. ¿Por qué la pregunta?

—Nada. Es que te noto algo… Nerviosa.

Tamara asintió:

—Me da nervios ser mamá. ¿A ti no te da nervios ser papá? Por cierto, amorcito, ¿le avisaste a Juan del embarazo? Es tu mejor amigo, debería saberlo.

¡Juan! Te habías olvidado de Juan.

—Me olvidé por completo de Juan.

Ella te miró, reprobando con la cabeza:

—Pues, avísale.

—Le diré que venga pasado mañana. —Sacaste el celular del bolsillo—. Así tendremos tiempo de charlar. —Le tecleaste la invitación (Juanito, te invito a mi casa a tomarnos algo pasado mañana, después del almuerzo, a eso de las 15-16. Te tengo una cosa que contar). La enviaste. Y después se te ocurrió algo. Estudiaste a Tamara—. ¿Por qué querías que le avisara a Juan?

—Porque es tu amigo, amorcito. —Ella sonrió y te acarició la cara.

—¿Pero por qué específicamente a Juan?

—Ay, porque hace días que no viene. Simplemente me acordé. Además, de tus amigos, es el que mejor me cae.

 I

Ahora, al conocer que Tamara esperaba un bebé, la veías revolviendo entre la cocina, lavando y secando y volviendo a lavar los platos, limpiando el polvo que siempre ennegrecía los libros, y dando vuelta sillones, mesas, sillas, atacando cada mota de suciedad, de cada rincón. La casa te parecía ajena, tan impoluta y brillante como si fuera de plástico. Tanto era su nerviosismo que, cuando le mencionaste a ella que mañana irían a almorzar a donde tu suegro, el viejo Lotario, a la pobre se le crisparon aún más las manos y la cara se le contrajo. Para tranquilizarla, le ofreciste comprar su comida favorita: pollo con papas fritas.

* Octavio Hernández nació en Antofagasta (Chile) allá por los inicios del nuevo milenio, más precisamente en 2001. Si bien desde niño le gustó crear historias ―sobre todo fantaseaba con inventar sus propios cómics―, la literatura fue un descubrimiento más bien tardío. Lector de Maupassant, de Poe, de King, de Borges, de Cortázar, se le ocurrió estudiar en el 2020 Cine y Televisión, imprevista carrera que sólo le ha dejado sinsabores. Pero no se olvidó de la literatura: en ese mismo año decidió ingresar al mítico Taller de Corte y Corrección, de Marcelo di Marco. Con semejante guía se ha dado a crear algunos cuentos macabros que fueron publicados en la revista Origami y en el diario La Capital, de Mar del Plata. Aquí, en Fin, publicó el cuento “Pecho de acero” y una biografía de Maupassant. Con varios de sus relatos obtuvo en 2022 una Mención Honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral, y en 2025 se alzó con el Primer Premio de esos mismos juegos. En 2025, logró completar la escritura de su próximo libro, La noche eterna de Emilio Cruz (Ediciones del Gato, Chile), gracias a haber ganado el muy prestigioso subsidio de FONDART.

Fuente de las imágenes:

El embrujo del agua

En el Taller de Poesía que coordino, los miércoles a las 21:00, además de trabajar con los textos que presentan los participantes, suelo darles consignas para que «suelten la mano», «se inspiren» o, sencillamente, jueguen. Más todavía, que se animen a expandir tanto su caja de herramientas poéticas como su propia voz. Una de las consignas más celebradas es la de escribir a partir de una imagen. Hoy les presentamos dos poemas nacidos a partir de cuadros famosos, en los que las palabras y aquello que los pintores volcaron en la tela se potencia, se resignifica y se transforma en algo completamente nuevo. Los invitamos a leer «Pez dorado», de Berenice B. Navarro, inspirado en el cuadro «Miranda, la tempestad» (1875), de John William Waterhouse, y «El enigma del agua», de Susana Luisa Anahí Vidal, inspirado en «El puerto de Trieste» (1907), de Egon Schiele.

Pez dorado

por Berenice B. Navarro *

A la orilla del mar

la tarde se acaba

                          me he quitado las sandalias

Allá, como un faro,

alguien me llama,

guiños en la noche quieta

                         me quito la falda, desabrocho la blusa

Ese alguien, mar adentro,

se acerca,

las olas juegan,

aúlla su luz,

se acerca

                me desprendo los zarcillos, las pulseras

                no hay medallón en mi cuello, no hay amarres en mi pelo

aquí,

más cerca de mí,

más cerca de mi tormenta,

entre las olas

el silencio ondea

desnuda

elemental  

me voy haciendo pequeña

cimbreante

cóncava, reluciente

Ya ha llegado a buscarme,

ya me voy

con ese pez dorado que es la Muerte

El enigma del agua

por Susana Luisa Anahí Vidal **

¿Qué enigma escribe el agua, madre?

¿Qué mensaje oscila en la letanía del ocaso?

Vení a leer conmigo, por favor, sobre tu regazo quiero comprender,

no descifro lo inquietante del poema

                                                           aún.

Sobre la piel de miles y miles de llantos, un manuscrito emerge

como una danza tenue y a la vez colérica.

¿Qué cuentan las sinuosas líneas?

¿Acaso llevan en sus trazos el lamento humano?

Quizás, un cúmulo de cansancio antiguo sobre la finura de su oleaje,

o malogrados escritos sobre corazones a la deriva

entre los hilos del agua materna.

Se puede escribir en las aguas, madre, me has leído las historias

de barcazas taciturnas, de rabiosas tormentas y ballenas,

que dejaron jeroglíficos acuosos en la memoria marina

las leyendas de dioses vengativos,

el paso de Ulises al encuentro de la tejedora de su pecho

                                                                           y así y así.

¿Qué leés ahora, madre? ¿el azar te proveyó la trama?

¿es tu irremediable ausencia?

Hundiré mi cansancio en tu falda

escrita sobre la pugna entre las olas y el muelle, y me uniré

a tu prosa de aguas tranquilas, junto a los cascos tiernos,

que descansan y descansan, como yo, madre, que llevo el sueño inmerso

entre los ojos, entre los senos que dejaron sobre el río

                                                                                  caer este corazón.

* Berenice B. Navarro es originaria de República Dominicana y reside en una ciudad sureña de Estados Unidos, pero la mayor parte del tiempo habita en un mundo imaginario de donde se trae al mundo real ideas que convierte en cuentos, novelas y poemas. Participa del Taller de Corte y Corrección con Marcelo di Marco, Taller de Literatura Fantástica con Nomi Pendzik, y Taller de Poesía con Analía Pinto, y no le parece suficiente. En Fin ha publicado el cuento “Desdémona corregida”, ganador de un concurso interno del TCyC, y la biografía «Margarite Yourcenar o cómo manipular el tiempo». ¿Quieres saber más? Visita su web https://berenicebnavarro.com/

** Susana Luisa Anahí Vidal nació el 15 de julio de 1971 en La Plata, provincia de Buenos Aires (Argentina). Es bibliotecaria documentalista, bibliotecaria escolar y poeta. Prosecretaria de Acción Social de SiTBA (Sindicato de Trabajadores de Bibliotecas en Argentina). Desde 2016 en adelante participó en variadas antologías de poesía en el país y en España, en editoriales como Clara Beter y Ser Seres. Publicó los poemarios Auxilio, ¿por qué escribí? (Dunken, 2007); El vientre del poema (Tahiel, 2017); Metele bencina (Biblioteca Chinaski, 2018); el cuento infantil Palabras largas (Ser Seres, 2024) y el libro de cuentos de terror La calle estaba fatal (Andando Palabras, 2024). Ha sido premiada en concursos de poesía organizados por la Obra Social FATSA (Sanidad) en la ciudad de La Plata. Participa actualmente en el Taller de Poesía del TCyC, coordinado por Analía Pinto. Ha publicado en Fin «Amoroso amasijo de letras» (poemas).

Eso que sabe brillar en el campo

por Rodolfo García Quiroga *

…y a eso de la nochecita,

a casa por la luz mala. 

Argentino Luna

—En Madariaga la luz mala sale a la tardecita, pibe —me dice el guardavidas Zelaya, tirado en la tumbona. Tendrá unos treinta años, y se lo pasa ofreciéndome bronceador. Dice que el sol me va a despellejar. Pero que hay una luz más peligrosa que la del sol.

―Y vos la viste, Zelaya.

―Yo la vi una vez, cuando tenía tu edad. Casi me lleva. Suerte que salió mamá de casa a defenderme. Si no…, quién sabe lo que me pasaba.  

Alrededor de la pileta el campo es ancho y despejado, y por eso me dan ganas de quedarme acá, de hablar con Zelaya, de no volver a la cabaña, sobre todo ahora que mamá agarró el celular y empezó a los gritos. 

—¿Y los que captura la luz mala se pueden escapar?

—No, qué se van a escapar. Quedan medio zombis, perdidos en sus pensamientos los saben ver.

—¿Y qué les pasa después?

—Y bueno, depende dónde los agarre la luz mala. Vos viste cómo andan los camiones ahora. —Zelaya hace un gesto hacia la ruta, y alcanzo a ver un camión rojo parecido al de Cars, que pasa a todo lo que da—. Si te agarra la luz mala y te deja sin reacción justo cuando pasa uno de esos…, ¡Pafff! chocás de frente, y fuiste.

—¿Y acá también sale la luz mala, Zelaya? A mí me da miedo a la noche, hay un brillo cuando miro por la ventana de la cabaña.

—Acá nunca escuché que aparezca, y eso que tenemos el cementerio ahí nomás.  —Me mira, y parece que va a seguir. Pero después es como que lo piensa y se queda callado―. Vos, por las dudas… ―Ahora habla más lento, como si estuviera sacando afuera algo muy hondo—. Por las dudas no salgas de la cabaña a la noche. Es peligrosa la luz mala, Mauricio.

—Mi mamá me deja salir —le digo yo—. Ella nunca me dice nada, y a mí me gusta estar afuera. Sobre todo con ese olor ahí adentro que ya no aguanto más.

Yo sé que Zelaya sabe. Ya todos los que trabajan en el complejo saben. Zelaya disimula. Como todos. No es para nada lindo tener una mamá que no puede controlarse cuando anda alguna botella cerca.

—Aunque tu mamá te deje, vos mejor a la noche no salgas de la cabaña, Mauricio. Si no me creés a mí, preguntales a los otros. Al jardinero, a la mucama, al encargado. A cualquiera preguntale. Los que trabajamos acá somos todos de Madariaga.

―¿Y qué tiene? ¿Los de Madariaga creen todos en la luz mala?

―Todos-todos, no sé. Pero los del pueblo, que trabajamos acá, creemos todos. Quien más, quien menos, todos nos cruzamos alguna vez con esa luz maldita. Preguntales, y vas a ver lo que te dicen.

―Igual se ve que la luz no les hizo nada.

―No sé si no nos hizo nada. Pero vos, por las dudas, cuidate. ¿Cuánto hace que llegaste?

Venimos pasando unos días con mamá en un complejo de cabañas en la ruta 74, entre Madariaga y  Pinamar. Mamá venía con que este verano quiero estar cerca de la playa y de la laguna y de los talas, Mauricio. Mamá quería disfrutar “de los dos mundos. De las puestas del sol en la playa y del misterio del campo”, y así terminamos acá, en Los Bueyes: una herradura de cabañas que rodean a la pileta. Mamá habla por el celular todo el tiempo, siempre con el vaso al lado, y yo me puedo dedicar a explorar, o a conversar con Zelaya, como lo estoy haciendo ahora.

—Es una pelota roja la luz mala —dice Zelaya, mirando al cielo—. Golpeaba contra el pasto y levantaba despacio, y volvía a caer. Esa vez que yo la vi, salió de la laguna dando saltos entre los juncos. Como un brillo, viste.

—Eso es lo mismo que yo te decía, lo del brillo. Eso es lo que yo veo por la ventana cada noche, Zelaya. Me da miedo la luz mala, ahora que sé que se llama así. 

—Acá no creo que la veas. —Zelaya se queda otra vez pensando—. Pero…

―Pero qué.

―Que tenemos el cementerio.

―¿Un cementerio con muertos en serio tienen?

―No, un cementerio con gente bailando salsa.

Ahí me di cuenta de la taradez que acababa de decir.

―Y… ¿está cerca?

―En la loma del fondo está, justo del otro lado del cañadón.

―¿Dónde? ―Miro hacia el cañadón, que es una boca de dientes negros, pero no alcanzo a ver nada. 

—Vos no ves porque sos petiso todavía. Pero del otro lado del cañadón está el cementerio. Dicen que hay fortineros enterrados ahí. Y algunos indios también, porque esto en alguna época fue la frontera. Mucha matanza hubo por acá, dicen que todavía se escuchan los fierros y los gritos.

Y así Zelaya se lo pasa contándome historias de huincas, malones y cautivas.

Al rato nos chocamos los puños ―el de Zelaya es como un martillo, pero el martillo de Thor―, y me voy de la pile.

Camino de espaldas al cañadón por el medio del parque hasta que tuerzo hacia el cerco de pinos apretados, y después de cruzarlo llego al carrito de las hamburguesas. Es un carrito con una sola rueda en el centro. Al costado del carrito hay un puesto con sombreros, gorras, vinchas para el pelo y abanicos. Detrás del carrito se ve, bastante más allá, una casa grande recién pintada de rosado, que es el casco de la estancia. Mamá dice que la pintura es rosada porque le echan sangre de ternero.

¿Dónde está mamá? Seguro que habla por el celular, caminando por el parque o cerca de las reposeras, del otro lado de los pinos. Ella es alta, y debe de estar viéndome, porque pasó bastante desde que yo hablaba con Zelaya, cuando mamá se apoyaba en el marco de la ventana de la cabaña. Me acuerdo que la saludé, pero ella no me saludó y se metió para adentro. 

Al acercarme al puesto de los sombreros y las gorras, me encuentro a una señora de ojos muy celestes. La dueña del puesto, seguro, porque está detrás de la mesa en la que exhibe abanicos de todo tipo. Lleva la cabeza envuelta en un pañuelo. No es tan alta como mamá, pero tiene unos ojos mucho más celestes que los de ella, y más grandes que los de la seño de música. Los ojos más enormes y celestes del mundo tiene la señora, que ahora me sonríe detrás de la mesa de su puestito.

—¿Estos abanicos los hacés vos? —le digo, mirando no a esos ojos tan celestes, sino a los abanicos bordados con hilos que brillan como si fueran de oro.

Ella sonríe de orgullo: una sonrisa que me da cosa.

—Sí, los hago yo. 

—¿Y cómo los hacés? —Lo pregunto porque me recopan esos abanicos. Son tan claros que fosforecen de blanco, a plena luz del día. Nunca vi abanicos tan blancos. No los vi ni en la playa, ni en los actos del colegio ni en ninguna otra parte. 

—Soplo —dice ella, y se sonríe más.

Mi mamá es muy linda, más linda que las otras mamás del colegio. Pero la señora del pañuelo es mucho más linda que mamá. Tanto es más linda que no me molestaría que esta señora fuese mi novia, que además huele mejor que los mejores perfumes de mamá. Sí, parece que lleva encima un mar de aroma recargado. Se dice aroma, no olor. 

Vuelvo para el lado de la pileta, y antes de cruzar el cerco apretado de pinos giro la cabeza para la casa rosada. Pero ya no veo los abanicos ni el carrito. Y tampoco veo a la señora de los ojos celestes.  

Antes de entrar en la cabaña, pienso que ya no aguanto más oírla a mamá tan gritona. Como que quiere romper a gritos el celu mamá. Ni siquiera cuando se calma un poco y se acuesta yo puedo cerrar los ojos. Todavía la oigo gritar bastante: está con los ojos cerrados ahora, pero parece que sigue gritando o dando órdenes.

Mejor dormite, Mauricio, me digo a mí mismo. Pero yo con el mal olor acá no me quedo. Y eso que me da mucho miedo la luz mala, que así llaman a ese brillo en el campo.

Al miedo hay que hacerle frente, Mauricio, me dice todo el tiempo la psicóloga.

Yo no me dejo encerrar por nadie, tiene razón la psicóloga: No te dejes encerrar por el miedo, Mauricio. Hacele frente al miedo.

Y bueno, le hago caso: yo esta noche salgo al campo solo.

Cae la tarde. En la cabaña, mamá grita otra vez, llora otra vez, discute, siempre por el celular discute mamá. La psicóloga me pregunta siempre si vos te sentís seguro cuando estás en tu casa, Mauricio. A mí me gusta hablar con la psicóloga, pero ahora no puedo porque recién en febrero empiezan las clases, y mamá me sacó el celular que me dieron en el colegio. (Esto no lo necesitás, dice mamá. Pero sin el celular no puedo llamar a la psicóloga, ni recibir los llamados de la tía Ana, que es la hermana de mi mamá y que me llama cada día y me pregunta si sigo pintando).

La mujer policía fortachona y su compañera la petisa vinieron también un día a casa en Buenos Aires a hacerle firmar un papel a mamá, y la fortachona vio mis dibujos mientras la petisa le decía algo a mamá. Yo miro los dibujitos (me gustaría dibujar a los dibujitos, pero mamá tampoco me dejó traer papel ni la cartuchera, porque dice que tenés que despejarte en el campo, nene), y yo los sigo mirando hasta que mamá se tira en la cama. Y cuando ya no habla más, deja de llorar, y se queda dormida con la ropa puesta, yo me levanto. Y salgo al patio.

Las luces de las otras cabañas están apagadas: la única cabaña ocupada es la que alquiló mamá.  Podría dibujar estas cabañas chiquitas y vacías en medio del campo, eso me gustaría. La psicóloga me invitaba a dibujar y a pintar a veces en el colegio, y mientras yo elegía los colores y pintaba todo, ella no miraba el celular ni me preguntaba nada. Miraba nada más lo que yo pintaba, y yo me sentía mejor.

La pileta es un espejo negro, donde flota el reflejo disperso de las luces de led que dan al parque, como si fueran estrellitas perdidas en esa negrura.

Allá a lo lejos, detrás de los juncos del cañadón, veo más luces. Podrían ser faroles de una casa en el campo, pero las casas en el campo no se mueven. Podrían ser las luces altas de una camioneta, pero las luces altas de una camioneta no son rojas.

Me voy alejando de las cabañas, levanto el alambre de púa. Y al final cruzo el alambrado que separa el parque y las cabañas del resto del campo, y camino para el cañadón: allá está la luz, una luz rojiza y más roja a medida que me acerco, y la luz está siempre moviéndose.

El calor debe de haber secado el agua, y yo camino, siempre siguiendo el sendero de las vacas y los caballos. Es una noche sin estrellas ni luna, pero una fosforescencia ilumina la laguna seca. Los duraznillos me golpean la frente, y ahora son juncos los que me acorralan, cada vez más altos. Un resplandor tiembla sobre la laguna seca y viene desde la loma, allá donde está el cementerio.

Y la luz late en mi cabeza. Y empieza a hablar.

Es una voz ronca, una voz de mujer. Una desconocida hablando en un idioma que no entiendo. Y yo sigo, camino cada vez más rápido, porque mi defensa contra el miedo es caminar rápido, cada vez más rápido, y desafiarlo al miedo para que no me embista, para que la voz no se me convierta en un toro embravecido, que yo les tengo mucho miedo a los toros del campo que se te vienen encima.

Oigo de nuevo los gritos de mamá: trotan en el viento, llegan como oleadas de chicharras desde el cementerio ―el cementerio está ahí nomás, donde empiezan los cardos―. Y pronto se me termina la laguna, y el campo es rojizo, porque allá flota como un encantamiento la bola de fuego.

Me mojo, un líquido caliente me baja por las rodillas y me llega hasta los pies. ¿Por qué grita tanto mamá, cómo puede ser que ahora grite desde adentro de mi cabeza ―la voz ronca que grita es la voz ronca de mamá―, cómo puedo oírla tan bien desde tan lejos? ¿Será mi culpa que mamá grite tanto, habré hecho algo mal? Los pies son lo único que me queda caliente. Hace mucho frío, el pecho se me cierra, me cuesta respirar. La tierra tiembla, son las tumbas que se hinchan  entre el pasto. Abajo  de la bola de fuego móvil, las hinchazones palpitan. Los huesos respiran en las tumbas, la respiración de los huesos tiembla a ras de tierra: el cementerio es interminable, una loma entera sacudiéndose, un crujir de huesos que se resquebrajan bajo el pasto. Y ahora es el galopar de unos caballos, caballos que no veo. Pero los cascos se acercan, me persiguen.

Giro y corro, corro desesperado. No sé si podré cruzar la laguna otra vez. ¿Cómo evitar que aquel campo rojo me atrape, me hunda en el líquido podrido que hierve bajo tierra? El grito de los indios y los de mamá y el chocar de los sables que se cruzan y el grito de los pechos roncos atravesados por las chuzas. El sendero ya no está firme, sino embarrado de barro y sangre resbaladiza, ni es único, porque lo cruzan otros senderos más anchos que terminan en el centro, el centro que imagino: un pozo negro de agua desnuda y helada. Y los juncos me cierran el paso. Dientes horribles de nutrias me enfrentan, y tengo que saltar entre esos dientes y los dientes de mamá que rien ―oigo a mamá gritando―. El olor insoportable de las nutrias pudriéndose en el cañadón en sus trampas es otra tenaza que quiere sujetarme, impedir que yo alcance la otra orilla, que me salga de la trampa de la laguna seca.

Salto el alambrado como puedo y oigo a mis espaldas los cascos de los caballos, las lanzas cortando el viento de la noche, los gritos de los indios con sus espeluznantes caras pintadas de guerra. Sé que es la luz mala. Sé que no puedo girar la cabeza, que si la giro me convertiré en una estatua de sal de laguna. La luz mala es una boca que quiere tragarme. Debo correr, correr hacia el centro de las cabañas, y corro hasta que llego a la pileta.

 Y no puedo seguir.

 La luz mala late en medio de la pileta. Brilla de una niebla roja, y a medida que me acerco a la pileta ―algo en ella me atrae― se vuelve más roja y más compacta. Y vibra. Vibra como el corazón de un pájaro primitivo, un pájaro que me invita a caminar sobre el agua hasta el centro de la bola y perderme ahí adentro, entre la luz roja. 

Justo en el borde de la pileta, la vendedora de abanicos aparece a mi lado. Me pone la mano en el pelo, y yo me calmo enseguida. De ahora en más es como estar en el cine: vos sabés que viendo una peli no te puede pasar nada, porque una cosa es la pantalla grande, y otra el mundo real de los pochoclos y de la gaseosa.

La  mujer de los abanicos sopla, y la luz se estremece, se arquea, se desprende del agua. Es una bola que se va volviendo más chica, una bola de bowling que sale de la pileta y que dibuja una curva. Una curva enorme y lenta sobre el campo aceitado, desde la pileta hasta el cañadón. Y el cañadón arde de rojo, como si la bola se hubiera estrellado contra una línea de pinos. La mujer de los abanicos sopla y sopla. Hasta que el cañadón desaparece, se lo traga la noche. El agua de la pileta no para de moverse, y el soplo sigue. Y la soledad me envuelve y se me mete adentro: junto a mí ya no hay nadie.

Estoy solo. Solo frente al agua de la pileta, que me invita a entrar y a quedarme en el fondo para siempre.

Ya en la cabaña, me saco la ropa. Apago la pantalla de la compu y me dejo caer en la cama. El soplo sigue ahí. Un soplo suave es. Apenas un murmullo que va dispersando el olor a encierro de la cabaña. No sé de dónde viene, pero sigue: un abanico en movimiento sobre mi cabeza.

Y sigue. Cuando me duermo, sigue el abanico moviéndose encima de mí, impregnando las sábanas con una luminosidad suave, flotante.

Me despierto ―me despiertan― tempranísimo: el sol recién empieza a calentar el cielo y el campo y el complejo de cabañas. La mujer policía petisa se cruza el labio con el dedo para indicarme que no hable. Acá la que se habla todo es mamá, que les dice no sé qué insultos a las policías.

―Calmate, querido, que está todo bien.

Dice que se trata de la orden de una jueza, y me alcanza los pantalones. La policía fortachona le dice a mamá que se calle la boca, que si no se calla la boca la va a esposar y va a pasar la noche en la comisaría. Y afuera hay un patrullero con las luces rojas de los patrulleros encima del techo de la patrulla. Y no hay caso: en pleno procedimiento ―la policía fortachona le dice a mamá que se trata de un procedimiento―, sigo con esa sensación de estar viendo una película, más allá de lo que pasa en la pantalla, mientras el abanico invisible se mueve más fuerte y la nube de olor a whisky que envuelve a mamá se va dispersando.

El patrullero llega a la rotonda de Conesa. Maneja la mujer policía fortachona, y la petisa y yo vamos en el asiento de atrás.

—¿Pero de dónde viene esa luz? —dice la petisa mirándome, y es la pregunta que he estado teniendo miedo desde hace un rato que haga, porque no puede ser que los hilos del bordado de la gorra de la petisa me deslumbren así, que el parche en el brazo le brille hasta que el gorro frigio del escudo sea un ojo rojo. Un ojo que late en medio de un resplandor de plata que brilla a mil.

La policía fortachona mira para la ruta, mira el espejo retrovisor, mira los espejos laterales y vuelve a mirar a la ruta. Sacude la cabeza, como si quisiera desprenderse de unos anteojos que no quisiera llevar. Y parece que va a decir algo, pero ella también brilla y no dice nada. Y yo tampoco, porque la luz mala nos envuelve, y cómo olvidarme de lo que dijo Zelaya, ahora que ya no sé ni por dónde vamos, y las luces altas del camión avanzan justo frente a nosotros, y no puede ser que sean rojas, ni que ocupen todo el ancho de la calzada, y… ¡Pafff!

* Rodolfo García Quiroga nació en General Madariaga en 1967 y pasó parte de su niñez en el campo. Vive en Pinamar, donde ejerce la abogacía. En 2001 fue finalista del Concurso Haroldo Conti con el cuento «Esta fecha del año». Desde junio de 2021 participa del Taller de Corte y Corrección coordinado por Marcelo di Marco. Allí aprendió a disfrutar del viaje de la escritura con la humildad del peregrino que imagina un camino y termina en otro; a cultivar la trabajosa paciencia del niño que modela plastilina hasta construir una pieza capaz de echar a rodar; y a vivificar el instante final con una simple onomatopeya.

El enriquecedor trabajo de revisión, edición y corrección de este cuento se puede apreciar en toda su magnitud y detalle, en la siguiente lista de reproducción del canal del TCyC.

Las imágenes que ilustran este cuento fueron realizadas por el autor asistido por la inteligencia artificial Gemini.

Arder el espíritu

por Edu Benca

Alienígenas, hombres lobo, ocultistas devoradores de niños que mueven los hilos de la sociedad desde las sombras de la élite. Suena a un éxito de taquilla, ¿verdad?

No es una película: es el resumen de las noticias de la última semana.

Sin embargo, todavía debo ir al trabajo y todavía debo pagar las facturas a fin de mes. Ninguno de aquellos titulares, por descabellados o antinaturales que sean, ha perturbado la rutina del ciudadano común.

Todo sigue igual.

Los reflectores apuntan adonde el espectáculo sucede. Mientras, en las sombras del teatro, a los espectadores nos mutilan la lengua, cosen nuestras bocas y fritan nuestros cerebros con precisa y quirúrgica sutileza. Ya ni encubren los crímenes, nos muestran todo. Pero, como no tenemos voz, no opinamos; como no tenemos lengua no sabemos cómo; y como no tenemos cerebro no nos importa.

Pero no todo está perdido, no. En medio de esta pantomima, donde el mal se viste de locura —o de perro, dependiendo de a quién se lo preguntes—, el bien y la cordura residen en los pequeños actos de bondad y de esperanza. Todavía existen personas que dedican su vida a la vocación y aportan algo que ayude a otros. Y así nos desconectan de la mátrix,devolviéndonos a la belleza del mundo.

De esas personas quiero hablar.

A medida que uno va creciendo, se da cuenta de que todo en este camino se reduce a aprendizajes: aprendemos a reír, a amar, a llorar, a lastimar, y aprendemos a pedir y a dar disculpas. Algunas cosas cuesta más aprenderlas que otras, como almorzar en una mesa que alguna vez tuvo todas las sillas ocupadas.

Todo se aprende. Y el aprendizaje depende de que nos crucemos con las personas correctas en nuestro camino. No voy a preocuparme con las mil variantes que definen nuestros caminos y —por ende— definen a las personas con las que nos cruzamos. Porque las buenas personas, las que tienen vocación, te encuentran a vos, y no al revés.

Esas personas ya definieron sus caminos, y sus caminos están trazados intencionalmente para cruzarse con otros. Y te advierto que, al principio cuando las conozcas, te podrán parecer perdidas: vos sos el que está perdido.

Nótese que cuando hablo de aprendizaje no hablo de saber la tabla periódica o de conocer los motivos por los que sucedió la Segunda Guerra Mundial. Porque las virtudes trascienden estos temas. Las sombras del teatro podrán maniatarnos, adulterar nuestra educación y dinamitar los valores en un intento paupérrimo de redefinición all inclusive, pero el Bien se levantará. Las flores vuelven a florecer después del incendio.

Creo que, al final, eso es lo que perdura y vale más allá de cualquier fórmula o calificación o plan de estudios. Al menos eso persiste.

Yo llevaré hasta el fin de mis días la mañana de invierno en que la bibliotecaria me presentó ante otros alumnos —o profesores, ya no recuerdo los detalles— como futuro escritor y cineasta. Yo me había convertido en una masa amorfa de vergüenza y soberbia que no pudo formular comentario alguno. Ella rellenó el silencio —mío y de los escépticos presentes— con una sentencia definitiva:

—Acuérdense de mí.

La profe Rossana me conocía desde que tengo cuatro años, ya que fui compañero de su hija, y, debido a mi excéntrica personalidad por esos días, me vio crecer y “figuretear” siempre en primera plana de lo que fuera que sucediera en la escuela: actos culturales, lecturas de misa, obras de teatro, exposiciones…

Pasó el tiempo. Me fui de aquella escuela de mis amores para comenzar la secundaria en un colegio público que alguna vez supo ser una gran casa de estudios y que, en ese entonces, no era ni la sombra del pasado.

En noveno grado me mudé a otro colegio, uno donde mis viejos amigos se encontraban, y donde me prepararía yo para estudiar Electromecánica.

Cursando el noveno, nos hablaban mucho sobre el “test vocacional” —y acá es donde todo este relato se conecta—, pero yo lo tenía claro: amaba la Física y la ciencia. Estudiaría Electromecánica y luego, en la universidad, algo relacionado.

Hasta que un día otra profesora —la profe Raimunda— nos sermoneó por entrar a su clase de Matemáticas en vez de ir a una sentata contra el Ministerio de Educación:

—Ustedes deberían estar allá afuera protestando por este asalto a sus derechos como estudiantes —dijo con una voz chillona como nunca volví a oír en otra persona—. Son tan pasivos… Les debería arder el espíritu.

Me debería arder el espíritu. No sé si a mis compañeros les pasó lo mismo, pero aquella frase orbitó mis reflexiones nocturnas durante semanas. ¿Me ardía el espíritu? Ciertamente me gustaban muchas cosas, pero nada me quemaba las entrañas al hablar, nada me emocionaba tanto excepto cuando…

Entonces tuve una epifanía, y aquello del “test vocacional” cobró sentido para mí, pero no en el sentido pedagógico con que utilizan semejante palabra, no. La vocación, el llamado había alcanzado mis oídos: yo quería dedicar mi vida a contar historias.

Dejé de lado la preparación para Electromecánica, y automáticamente el camino que elegí me comenzó a cruzar con las personas indicadas: un querido amigo me regaló Poética de Aristóteles, y otros libros sobre cine. Conocí ZEPfilms —que posteriormente me llevaría al Taller de Corte y Corrección, donde mi camino se ensancharía sobremanera—, y a mitad de año, cuando la pregunta “¿ya sabes lo que vas a hacer de tu vida?” llovía sobre nosotros, me atreví a compartir mi pasión con los demás.

No recuerdo bien ese periodo, hubo quien me apoyó y hubo quien no, pero sí recuerdo que la profe Rossana fue de las primeras personas que me motivó en mi “extraña” decisión de convertirme en escritor y director.

Hoy día pienso que, durante esos momentos de incertidumbre, todo lo que uno necesita es la motivación del espíritu, y no un apoyo racional ni mucho menos un desmoralizador “¿en eso se hace plata?”.

Y ese tipo de ayuda sólo se recibe de quien ha encontrado su vocación, y ha seguido el camino. Como Rossana, que cuando se enteró de mi decisión, no dudó ni un segundo en presentarme como un futuro artista aquella mañana de invierno en la biblioteca.

Aquella mañana fue hace doce años, y ella falleció hace seis, en la pandemia.

Hoy, con mi primera novela y mi primera película en etapas finales de corrección, me acuerdo de ella y me lamento de que nunca podré mostrarle mis obras.

Sin embargo, y a despecho de quienes nos mutilan a diario con su teatro del horror, persisten siempre las enseñanzas de quienes han sabido hacernos arder el espíritu.

Ángel Eduardo Benítez Campos, más conocido como Edu Benca (Asunción, 2000) cursó la carrera de Cinematografía en la Universidad Columbia del Paraguay. Se especializó en Formación Profesional de Escritura y Análisis de Guion Cinematográfico en La Lumière Escuela Audiovisual (Argentina) con su largometraje en desarrollo La última parada. También obtuvo el certificado en Crítica y Análisis Cinematográfico en la consultora de guiones La Pistola de Chéjov (Paraguay).

Actualmente, trabaja estilo y estructura narrativa de su novela Raykatz: destructor de mundos en el Taller de Corte y Corrección, bajo la tutela del best seller Marcelo di Marco, y de la profesora de Literatura y escritora Nomi Pendzik. Ha publicado en el diario La Capital de Mar del Plata su crónica “Tuve que irme preso para darme cuenta”.

Escribió, editó, y realizó materiales audiovisuales para diversas marcas y organizaciones tales como Mercedes Benz y la Unión Europea. Uno de sus trabajos más relevantes es la escritura y el montaje de la serie documental El Triki: persiguiendo un sueño, emitida por TV en el canal Tigo Sports, y publicada en YouTube.

Fundó la productora audiovisual Mensú Films, donde ejerce como director creativo. Y escribió y dirigió el largometraje Isla, atrapado en medio de la ciudad, a estrenarse próximamente en los cines.

En medio de una guerra

por Cristian Fonollá *

El arte de la guerra se basa en el engaño.

Sun Tzu

Hace unos días me compartieron un reel en el que se criticaba la simplicidad de la música actual. Como melómano y como compositor, yo no podía estar más interesado en conocer un nuevo argumento por el cual seguir denunciando la tenebrosa tendencia general de la música de nuestros días.

El video en cuestión mostraba dos espectros de frecuencia, a modo de montañas y de valles, tal y como un audio de WhatsApp ilustra las variaciones de onda de la voz. El primer espectro reflejaba el contraste y el claroscuro —las montañas y los valles— de la canción “Bohemian Rhapsody”, de Queen. Después, el video comparaba esa variopinta silueta de relieves con un segundo espectro, que pertenecía a una canción felizmente ignota para este escriba, y cuyo “cantante” vive actualmente y se llama —inventemos— SalemTwys. El espectro contemporáneo evidenciaba una monotonía: una meseta en la obra de Salem Twys. La conclusión del reel era clara: hace añares que la música ha optado por no variar, al menos, el volumen. Y es una válida conclusión.

Pero hay algo aún más grave.

Si bien es cierta —revulsivamente cierta— la simplificación del arte a manos del industrialismo discográfico y de la estandarización en masa —una suerte de McDonald’s para los oídos—, la música no apela sólo al volumen. Ese alto volumen incesante, esa saturación de frecuencias, ese todo-al-palo que el video señala, es consecuencia de algo que nos excede: la llamada Loudness War o Guerra del Volumen.

Las plataformas de audio —léase audio, y no música— compiten entre sí y dentro de sí por la canción más alta. Alta de volumen, claro: no alta de conmoción o de fineza, ¡a quién se le puede ocurrir! Quien suena más fuerte gana. Gana la atención. Y gana el mercado. Porque hoy todo nace y muere por el mercado.

¡Chocolate por la noticia! Desde luego que el mercado rige las decisiones creativas de los medios masivos de entretenimiento, que no de arte. Y en el medio, estamos nosotros. ¿Pero cómo es posible? ¿¡Acaso no hay libertad o salida alguna para pobres oidores de música como nosotros!?

Imaginemos, por un momento, a un gran y esplendoroso cantante en la siguiente vicisitud. Pongamos por caso al espectable Salem Twys, cuya técnica vocal es irreprochable y encarna la envidia de la mismísima María Callas si ella aún viviera, y cuya coloratura habría inspirado al mismísimo Mozart el aria “Der Hölle Rache” de la Reina de la Noche en la mismísima Flauta Mágica. Imaginemos, pues, que dicho cantante pop lanza un sencillo que se distribuye masivamente. Ahora imaginemos que un oyente cualquiera —¡cualquiera de nosotros, si Dios nos odia!—, se topa con el flagrante sencillo y lo escucha. Y hagamos de cuenta que la náusea permite escuchar la siguiente pista a reproducirse en la playlist: una obra de un autor cualquiera, otro sencillo de otro “compositor”, el que fuere. Inventemos una canción para el ejemplo: “Mamando whisky fiero”. Bien. Hipotéticamente, ahora el oyente escucha “Mamando whisky fiero” —título inofensivo, de entre todos los que hoy pululan por ahí.

¿Y qué sucede?

Sucede que “Mamando whisky fiero” suena a más decibeles que el tema anterior. Suena más fuerte, con más volumen. Porque así lo diseñaron los ingenieros de sonido detrás de la obra. Y porque así el eventual oyente le presta más atención, por una razón meramente física. ¡Y el tema logra así captar más la escucha, en promedio! La discográfica o la plataforma o la industria que había invertido en nuestro olvidado Salem Twys acabará por enfurecerse sobremanera al perder esa santa platita a manos de su competencia.

(Corrijo: la industria no sólo invirtió. Como hoy en día los compositores se abstienen enérgicamente de componer su propia música, y los letristas de escribir sus propias letras, será mejor decir que la industria ha creado a Salem; es su producto. Y la furia, en consecuencia, será mucho mayor).

Ya que se ha mencionado a Queen, vaya una escena de la película Bohemian Rhapsody que puede servir hoy como ejemplo de la problemática que tratamos. En el concierto de Wembley, donde múltiples bandas tocaban sus hits más populares, el representante legal de Queen se infiltra en la sala de audio. Y desde la consola de sonido le sube el volumen a Queen por encima de lo pautado. ¿Para qué? Sencillamente para que resalte por sobre las otras bandas.

Llegados a este punto, debemos preguntarnos: ¿Acaso en música sólo destaca el más estrepitoso?

Ya desde su nombre y su declaración, esta Guerra del Volumen mata silenciosamente la pluralidad de recursos de que dispone la música. Valga recordar. La música tiene dinámica (forte, piano), volumen (alto, bajo), articulación o fraseo (legato —las notas que se suceden ligadamente una tras otra, como-en-una-frase-que-se-dice-toda-de-corrido—, spicatto —las notas que se “pican” y suenan salpicadas, estridentes, con silencios en los resquicios, como si una sola palabra se separara por sí-la-bas). La música también tiene tempo (allegro, adagio, allegro ma non troppo, andante, allegro con fuoco, con brio, y demás tipos de velocidades). ¡Y los timbres! Vale decir, la variedad de los instrumentos. Ni más ni menos. Podría decirse que no importa tanto la cantidad de decibeles, sino la calidad de los decibeles. No son lo mismo setenta decibeles de un piano, que setenta decibeles de un oboe.

Aquella primera comparación de espectros de volumen tiene su gracia, no hay que desmerecerla. Pero existen movimientos o números completos —en sinfonías, en óperas— que sostienen el mismo nivel de dinámica o de articulación durante minutos. El tercer movimiento de la Sinfonía nº 4, de Tchaikovsky, se mantiene en un pizzicato delicioso durante más de tres minutos. En la Quinta, de Beethoven, el movimiento previo al final prolonga la suavidad del volumen por varios compases. Según la lógica del video, tales genialidades caerían en la «simplificación».

Por tanto, la música se arma de una diversidad de botones y perillas para producir y manejar nuestras emociones: un pianissimo que nos eriza la piel, un silencio abrupto que nos deja huérfanos, un fraseo que nos agarra de las solapas y nos suspende en el aire. Si el arte no gozara de esa multiplicidad de formas y de gradientes, la literatura no podría albergar este ejemplo de Pizarnik: “mi pluma retarda el tú anhelante”. El uso de las versalitas en el tú conlleva el propio efecto de demorarse y denota la importancia del pronombre en el poema, gracias a la entonación indicada. En cambio, si escribiéramos mi pluma retarda el tú anhelante, a manera de letrero chillón en la calle Corrientes, produciríamos no sólo la indignación de la querida Pizarnik allá donde descanse, sino también la disolución de la diferencia: la posibilidad del contraste con las demás palabras en el verso.

La Guerra del Volumen y su excesiva manipulación sonora causan fatiga auditiva. Pero esto va más allá de lo auditivo, más allá de nuestros sentidos en su totalidad. La Guerra del Volumen no nos ensordece: nos distrae. Hay otra guerra librándose, secreta y furtiva, en las propias orejas del mundo. Y es la guerra en la que va triunfando el arte estúpido y estupidizante —como lo llamaba José Pablo Feinmann—. Un “arte” de cadena de montaje a la Ford, de consumo de masas, de facilidad y de comodidad para el inversor y para el productor. Un arte chatarra. Un arte que sólo el salvaje capitalismo puede merecer. Una aniquilación de la creatividad, en la que el volumen no pincha ni corta: armonías de juguete, melodías prescindibles y ritmos para zurumbáticos. Un monstruo, en fin, que nos entierra los tentáculos hasta en los oídos.

Epílogo: Nadie rebaje a melindrosa protesta contra la música fuerte este tenue artículo. La música al palo me parece, como opinaba Piazzolla, el único modo de escuchar música. Si uno escucha la Consagración de la primavera o el triunfante movimiento final de la Novena del querido Luis van Beethoven, debe escucharla al mango y con todo. No bajito, como música de restorán, Piazzolla dixit[1]. El quid de la cuestión estriba en qué música uno escucha, aunque eso es tema para otra nota.

Para ahondar un poco más en los temas del volumen y de la música clásica, hacer clic en este enlace.


[1] https://www.youtube.com/watch?v=uD1ekxuJMGk&t=1263s ; minutos 30:50 y 32:13.

* Cristian Fonollá (Ciudad de Buenos Aires, 2002) es compositor por encargo y profesor de Historia del Arte en cursos privados. Estudia Historia en la Universidad de Buenos Aires. Parte de su trabajo literario y musical puede escucharse en plataformas como Instagram, Spotify, YouTube.

Ganó en 2020 el primer premio de poesía en el Certamen Literario del Instituto Libre de Segunda Enseñanza. Y dos primeras menciones (de narrativa y de poesía, respectivamente) en ediciones anteriores de dicho certamen. Desde julio de 2021, es feliz miembro de la familia del Taller de Corte y Corrección. En 2022, alcanzó el primer premio de poesía en el Certamen Literario Premio Elisa Gort, organizado en Chubut. En 2023, obtuvo una beca de la uba para estudiar en la Universidad Carlos III de Madrid (España), donde profundizó pasiones tan intensas como variadas, desde la historia del arte hasta la historia de la ciencia. Recientemente, ha publicado tres poemas y el cuento “Salvarlo”, en el diario La Capital de Mar del Plata, junto a una nota de Nomi Pendzik.

Fuente de las imágenes:

Espectro de frecuencias sonoras, extraído de https://dbelectronics.es/que-es-el-espectro-de-sonido/

Orquesta Sinfónica de Viena, extraído de https://www.medici.tv/es/artists/the-wiener-symphoniker

Anuario 2025

Como cierre del año, les presentamos en este documento (ver enlace) todos los textos publicados en Fin durante 2025. Así, quienes gusten de leerlos (o releerlos) pueden disponer de ellos sin necesidad de rebuscar en el sitio.
Este compilado es también una forma de agradecer a todos los escritores que participaron con sus textos en nuestro periódico.
Les deseamos un 2026 pletórico de lecturas y escrituras.
¡Felices vacaciones! Nos vemos en febrero.

Las editoras

Un canto como torre. Apuntes sobre Antonio Esteban Agüero

por Santiago Maqueda *

¿Qué relación hay entre el hombre y el paisaje en que nace, vive y se desarrolla? De algún modo, esa es una de las grandes preguntas en torno a la que gira la poesía de Antonio Esteban Agüero (1917-1970). Nacido en Piedra Blanca, una localidad del norte de la provincia de San Luis, Agüero tuvo una importante carrera local como periodista y político, pero su principal legado quedó en su literatura. Su poesía se asienta, en mi opinión, en la cima del canon literario puntano, y creería que debería integrar el canon nacional e hispanoamericano. Su relevancia para San Luis es inigualable. Su casa en la villa de Merlo es actualmente la Casa del Poeta, una suerte de museo o espacio de difusión y conservación de su obra. Infraestructuras tan disímiles como la Biblioteca de la Universidad Nacional de San Luis y el dique del río Grande llevan su nombre. Sus versos están grabados en el Monumento al Pueblo Puntano de la Independencia; también están en canciones de folklore.

*

En un recuerdo de infancia, en que debo tener unos 8 años, estoy preparando para el colegio una clase sobre San Martín: un pantallazo general de su vida y la campaña libertadora. Mi papá, que entre tantas cosas fue profesor de historia, me ha ayudado a redactar el guion; preparamos también una lámina con un mapa de América del Sur en el cual mostraré la campaña militar. En uno de los días previos a lo que sería mi primera clase, viene mi papá a la cocina y me muestra un libro con un título extraño: Un hombre dice su pequeño país. Me llama la atención ese uso del verbo “decir”: no simplemente “decir-palabras” sino “decir-una-cosa”: “decir su país”. Me suena extraño. Más raro me resulta cuando mi papá abre el libro en una página marcada con un clip, en el que el título “Digo el llamado” encabeza la página. Me sugiere que para terminar la lección lea eso, que muchos años después sabré que es un poema (de tema épico, en endecasílabos, con una estructura de romance asonantado). La rareza es absoluta cuando me lee algunos de sus versos, que hoy me sé de memoria. Inicia así:

“Y después en caballos redomones

que urticaba la prisa de la espuela

galoparon los chasquis por las calles

de la ciudad donde Dupuy gobierna

conduciendo papeles que decían

‘El General de San Martín espera

que acudan los puntanos al llamado

de Libertad que les envía América’…”

Las preguntas que disparan estos versos, para un niño, son muchas. “Y después” ¿de qué? ¿Qué hubo antes en esa narración? El comienzo in medias res es desconcertante. ¿Qué es un caballo redomón, cómo es que una espuela tiene prisa? Qué será “urticar”… Los versos detallan los recorridos que hacían en San Luis los chasquis para repartir los mensajes y la larga retahíla de pedidos que San Martín hacía al gobernador Dupuy, en la preparación de la campaña de los Andes, que exigió grandes sacrificios por parte de todo Cuyo:

“Necesito las mulas prometidas;

necesito mil yardas de bayeta;

necesito caballos, más caballos;

necesito los ponchos y las suelas;

necesito cebollas y limones

para la puna de la Cordillera;

necesito las joyas de las damas;

necesito más carros y carretas;

necesito campanas para el bronce

de los clarines; necesito vendas;

necesito el sudor y la fatiga;

necesito hasta el hierro de las rejas

para alzar los cañones en los pasos

donde la nieve es una flor eterna;

necesito las lágrimas y el hambre

para más gloria de la Madre América…”

En la línea homérica más clásica de la poesía épica, el poema canta el heroísmo de esta gesta. Pero también plantea esa cierta ambigüedad sobre los costos individuales y grupales que impone toda guerra:

“… y San Luis obediente respondía

ahorrando en la sed y la miseria:

río oscuro de hombres que subía,

oscuro río, humanidad morena

que empujaba profundas intuiciones

hacia quién sabe qué remota meta…”

En algún sentido todos somos la “humanidad morena” cuando empujamos proyectos vitales hacia metas que desconocemos, a veces guiados por intereses ajenos, a veces guiados por profundas intuiciones propias.

No tengo claro si leí el poema en la clase, creo que no, pero sí sé que fue el primer poema que leí.

*

Mucho tiempo después supe que el borrador de Un hombre dice su pequeño país recibió, en 1960, el Premio del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo, por voto unánime de los tres jurados: Jorge Luis Borges, Enrique Larreta y Fermín Estrella Gutiérrez. Sería publicado póstumamente a los pocos años de la muerte de Agüero.

El libro es un canto a, o más precisamente un decir de, la provincia de San Luis, sus costumbres, símbolos, historia y tradiciones. El libro dice los oficios, la tonada, el llamado, la flora, la fauna, las guitarras. Es una verdadera celebración del ser y hacer puntano (y, por extensión, cuyano y argentino). Su “Digo la mazamorra” fue musicalizado en ritmo de huayno por Peteco Carabajal. Es una de las canciones del canon del folklore:

“La noche en que fusilen poetas y canciones,

por haber traicionado, por haber corrompido,

la música y el polen, los pájaros y el fuego,

quizás a mí me salven estos versos que digo”.

*

Agüero popularizó en San Luis, al punto de integrarlo a su mitología local, al Algarrobo Abuelo, un algarrobo centenario que aún crece en el patio de una casona de Merlo. En Las cantatas del árbol, extenso poemario publicado a la mitad de su carrera, Agüero incluyó una serie de poemas que podrían denominarse cósmicos (hasta místicos, diría), en los que, con la excusa de cantar sobre distintos árboles (ciprés, algarrobo, sauce, mollar), presenta toda una cosmología del hombre y su relación con el entorno en que vive. Uno de ellos es la “Cantata del Abuelo Algarrobo”, en que aquel algarrobo se erige en un representante numinoso de algo más, en un “Dios vegetal de corazón fragante”. Inicia con una mezcla de invocación y lamento por la imposibilidad de plasmar por escrito lo que contempla al ver el árbol:

“Padre y Señor del Bosque,

Abuelo de barbas vegetales,

yo quisiera mi canto como torre

para poder alzarla en tu homenaje…”.

Esa actitud de reverencia, de cierta sacralidad percibida en el paisaje, sin dudas la sentí cada vez que, trepado a la copa de otro algarrobo que había frente a mi casa de la infancia, veía hacia el norte las sierras y cómo iban cambiando de colores y luminosidad a medida que el día transcurría. Eso mismo sentí y siento cada vez que intento aventurarme a tirar algunos versos sobre esa participación del ser de Dios que es la naturaleza. Internamente resuena, como jaculatoria o impetración, ese “yo quisiera mi canto como torre / para poder alzarla en tu homenaje”.

La Cantata sigue, en sus seis partes, una implícita lógica religiosa: una leyenda de origen mítico (como su propio libro del Génesis), la alabanza de la casa en que se erige (casi como si se tratara de un templo), la alabanza de los pájaros que lo pueblan (como ángeles o santos que pueblan ese templo), la descripción del árbol (como si fuera un dios), la alabanza de sus frutos y bendiciones (sombra, frutos, patay, leña: como el maná que envía el dios para unirse al pueblo), y una letanía extática para concluir:

“Algarrobo natal. Torre del cielo.

Monumento y estatua del follaje.

Hijo del sol y de la Tierra unidos.

Corona real para la sien del aire.

Árbol de luz. Espejo de los siglos.

Dios vegetal de corazón fragante”.

En cada contrapunto de esta final enumeración de advocaciones metafóricas resuena implícitamente una especie de “ruega por nosotros”: “Algarrobo natal: ruega por nosotros. Torre del cielo: ruega por nosotros…”.

*

Agüero señala en La verde memoria que de niño sus lecturas eran múltiples, hambrientas y caóticas. Dicen los testimonios que tenía problemas con el dinero y quizás con el alcohol. Y con la autoridad. Su poema “Capitán de pájaros” fue leído en clave subversiva y le granjeó una breve estancia en la cárcel por sospechas de conspirar contra el gobierno de Perón en el inicio de los años 50. Décadas después, Carlos Menem tomaría dos versos de ese poema (destacados debajo) y los popularizaría en su histórico discurso de campaña, recientemente versionado por la serie de Netflix Menem.

“… Les ruego que se rindan

que depongan las armas,

que guarden los tanques,

y encierren los cañones,

porque mañana a mediodía

quiero estar en la Plaza de Mayo

sobre viejos balcones del Cabildo

para ser presidente y

prestar juramento:

por los ríos de sangre derramada,

por los indios y los blancos muertos,

por el sol y la luna,

por la tierra y el cielo,

por el padre Aconcagua,

y por el Mar oceánico,

y por todas las hierbas y los bosques,

y por todas las flores y los pájaros,

y por el hambre de los niños pobres,

y la tristeza de los niños ricos,

y el dolor de las jóvenes paridas,

y la agonía de los viejos…”

*

Agüero publicó en vida Poemas lugareños (1937), Romancero aldeano (1938), Pastorales (1939), Romancero de niños (1946) y Cantatas del árbol (1953). Fallecido en 1970, dejó lo mejor sin publicar y fue su viuda quien se ocupó de hacerlo: Un hombre dice a su pequeño país (1972), Canciones para la voz humana (1973) y Poemas inéditos (1978). Todos estos poemarios están recopilados en sus obras completas (algo difíciles de conseguir por fuera de San Luis), que incluyen una preciosa memoria de vida, recuerdos de infancia y reflexión poética titulada La verde memoria, o la educación de un poeta, y una Historia de Merlo (por si se necesitaba otro testimonio más del amor a su pequeño país). Y también una breve ars poetica llamada Vivir en poesía:

“Vivir en poesía es (…) no tener ni sentir edad, a pesar de las arrugas que nos ponen leprosa la piel y de la sombra que nos apaga los iris; es comprender que el paisaje existe en la medida en que sepamos inventarlo con nuestros sentidos; (…) es saber traducir al castellano de los doctores el idioma infantil del viento, el tartamudeo solitario de los arroyos; (…) es poder asumir, en instantánea plenitud, la hombría universal, comprenderse adán (…); es amar el pequeño reducto de la patria natal con pasión volvedora de trucha o golondrina, porque en esa ínfima parcela planetaria está representada la totalidad del Cosmos; (…) es intentar poseer un oído tan sensible que nos permita escuchar en los oasis de silencio de la noche el latido de todos los corazones vivientes…”.

*

Hace cosa de 6 años, estábamos con mi mujer en la sala de espera para la ecografía de nuestro primer hijo. Tomé al azar del revistero un número de un semanario de interés general, y al hojearlo encuentro con una sección de poesía en la que casualmente se presenta un poema de Agüero, “Epílogo de la golondrina”. No lo conocía:

“… La golondrina me invita

a quedarme.

Aquí, en la tierra cansada,

en este aire,

con estos pájaros dulces,

con esta tarde,

que bien sabemos se tiñe

de mi sangre.

No, Golondrina: es mejor

quedarse.

¿Qué cosa bella en el mundo

grande, grande,

habrá mejor que estos montes

en la tarde?

¿Mejor que ser lo que somos?

Si, Golondrina, es mejor

quedarse,

gastar la vida en un sitio…”.

En una época en que se exacerba el llamado a viajar, a recorrer lugares, a probar cosas nuevas, a tachar extensos listados de países como si fueran tareas pendientes y publicarlo en redes, este poema recuerda que el destino estaba en el inicio. Que hay una belleza y una verdad que se revelan sólo en la frecuencia y cotidianeidad del día a día. No en ir hacia afuera, sino en quedarse en el lugar de uno y en aprender a contemplar lo que hay ahí. En ese momento vital y hasta iniciático en que me estaba convirtiendo en padre, esa poética del no-viaje, de la quietud, resonó muy fuertemente, con su llamado a “llorarse en las cosas familiares”, en la contemplación de lo mismo y en dejar de buscar afuera o en otro lado lo que está aquí y ahora. Un amor al lugar propio, a la felicidad de mirarlo en su singularidad y hasta mediocridad irrepetibles. Abrazar el lugar en que se está, sin subirle el precio a lo que no se tiene.

*

Cuando mi papá cumplió 60 años, mis tíos y primos le regalaron un video de fotos y música que repasaba su vida desde niño hasta la actualidad. Entre las frases que había elegido mi tía, estaba el final del soneto X de los Poemas inéditos:

“El niño nace y al nacer nos hiere

con su flecha de amor y su misterio,

y el pecho nuestro se desangra rojo

por arterias que manan lentamente.

Y el niño grita en un idioma extraño,

idioma de pueblos del futuro,

y yo comprendo además del grito

la mañana que nace en la calandria.

Yo soy el niño y el niño es este hombre

cuya faz se deforma en el espejo

y el espejo dice: ya tenéis cien años.

Yo no tengo cien años, soy el niño

de venas verdes como un árbol joven

que anuncia en la noche la mañana”.

Me gusta de este poema cómo refleja la ambigüedad de la individualidad y del paso del tiempo: como si el niño, el viejo, el árbol, la calandria y la propia mañana fuesen, si no la misma cosa, cosas totalmente interdependientes o que se participan entre sí, y también como si pasado, presente y futuro estuviesen ocurriendo al mismo tiempo. Destaca esa función salvífica que tiene, tanto simbólica como realmente, todo nuevo nacimiento de una nueva persona, que nos hace comprender, celebrar la existencia frente al paso del tiempo, siendo conscientes de cómo se adensa y complejiza la vida con cada año que pasa.

*

Agüero no cedió a las costumbres o modas, pero leyó y se dejó influir tanto por clásicos como por contemporáneos. Escribió con formas cerradas como el romance, los dísticos, los sonetos, la égloga, y también con un verso libre profundamente musical. Cubrió todos los tópicos: la naturaleza, las plantas, los amores, la muerte, las leyendas rurales, la épica, el paso del tiempo, la política, la religión, la mística.

*

Hablando de mística, la suya es la de un cristianismo arraigado en la tierra. Se advierte una cierta raíz panteísta (o “panenteísta”, en todo caso), al menos metafórica, que no deja de lado al individuo. En la “Cantata del bosque natal”, un hombre camina por el bosque. Es un cazador, en busca de animales que capturar. Se jacta de su fuerza, de su hombría. Pero algo le pasa cuando se adentra en la espesura: el paisaje lo seduce, quizás eróticamente en un sentido amplio. No le queda más que echarse a la sombra, y entonces le ocurre una metamorfosis digna de Ovidio:

“Poco a poco la tierra me domina

y en su regazo la conciencia pierdo:

soy vegetal, un vegetal yacente,

sí vegetal, un vegetal naciendo

raíces los pies, el torso tallo,

ramas los brazos y también los dedos,

flores los ojos y los labios frutos

y el follaje la piel donde presiento

la alquimia del Sol que me transforma

en clorofila de verdor intenso…”

Más allá de la fluidez verbal y el ritmo impactante en que ocurre la metamorfosis, no hay aquí una pérdida de individualidad en esa conexión con el bosque. El bosque (bosque “natal”, dicho sea de paso: el bosque donde se ha nacido) se asemeja más a un estado de conexión sagrada, a una especie de templo. El poema concluye con un “dejadme ser árbol”, que recuerda al “qué bien estamos aquí” de los apóstoles ante el Cristo Transfigurado.

*

Leer a Agüero es encontrarse con el optimismo de la pulsión de la savia, del sol y de la sangre pese a su caducidad inevitable, con la contemplación del misterio que hay en las cosas mundanas, con el amor a lo propio. Es escuchar que, sin perder nuestra (a veces sobrevalorada) individualidad, nuestro ser está co-constituido por el entorno, no sólo social (familia, amigos) o cultural, sino también por el paisaje. En un sentido análogo, somos el paisaje, o el paisaje es nosotros. El Paisaje nos participa del mismo acto interdependiente del ser. En esa dialéctica plantea Agüero que vivimos, nos movemos y existimos.

Nota del autor: Agradezco los comentarios de Gustavo Romero Borri y recomiendo su libro de ensayos sobre Agüero, El peso de la luz en la mano. También se agradece el apoyo del programa San Luis Libro, actualmente a cargo de la edición y comercialización de las obras completas de Agüero. Para ampliar sobre la biografía de Agüero, se recomienda el libro de mi tío abuelo Hugo A. Fourcade, Vida y pasión poética y prosística de Antonio Esteban Agüero (2005, Dunken). También agradezco a las editoras de Fin, Nomi Pendzik y Analía Pinto, por sus lecturas y sugerencias en la redacción de esta nota.

* Santiago Maqueda (1986) nació en la provincia de San Luis, Argentina, y reside en la provincia de Buenos Aires. Es abogado y profesor universitario, y cursó estudios de grado y posgrado en Argentina y Estados Unidos. Es miembro del Taller de Corte y Corrección desde 2007. Publicó tres libros y una treintena de artículos académicos en su área de especialidad jurídica. Ha publicado diversos ensayos y poemas en revistas y antologías (FinPeriódico de PoesíaSed ContraEscrituras Indie y Crisopeya).

El hecho de sangre

por Susana Lires *

Lo mató a sangre fría.

Perdiste, Santiago Almada: la chirriante voz de la movilera te arranca de tu sueño de tequila y whisky. La puta madre, dejaste prendido el televisor.

No encontrás el control remoto. Te levantás. A los tumbos te vas acercando al infernal aparato, y con un toque te deshacés de esa tortura.

Te sentás al borde de la cama, frente a la cómoda. Ahí está la Bersa, tu compañera de ruta. La empuñás, le quitás el seguro. Mirándote en el espejo, ensayás. Apoyás el caño en la sien, imaginás el brevísimo trayecto de esa bala justiciera. Pero no te convence. Seguís probando. Desde abajo te pegás el caño a la mandíbula inferior. Mejor no. Mejor te lo metés en la boca, contra el paladar. Por el gusto al acero aceitado te viene una arcada. Te ves en el espejo, y te das pena.

Mirás hacia la cómoda, hacia la foto de tu madre. Tu vieja querida, la mejor madre que pudiste haber tenido. Ya estás viendo tus sesos, los sesos del Inspector Almada, pegoteándose asquerosamente ahí, en aquella sonrisa. En aquellos ojos tras el vidrio del portarretrato. Y te viene otra arcada.

Y sentís la presencia del ángel de la foto, oís aquella voz:

―Te voy a estar cuidando siempre, Santiago. Estoy orgullosa de vos, hijito, porque hacés mucho bien. Dios lo sabe: tu trabajo tiene un sentido, tu vida lo tiene.

Seguís mirando la Bersa. No la soltás. Al contrario: la acariciás. Qué cagada empezar así tu día franco.

Qué felices estuvieron los viejos cuando te decidiste. Papá se lo decía a todos:

 ―Mi hijo entró en la Federal, quiere ser investigador.

 ¿Y a mamá? Cómo se le chispeaba la mirada cuando les contaba a sus amigas:

―Santiaguito va a la facultad, estudia Criminalística. Es muy inteligente, y tan bueno.

¿Hoy estarían tan orgullosos de vos?

Casi treinta años de servicio.

La pila de platos sin lavar y el olor a mugre de meses sin limpiar se acumulan en la pileta de la mesada.

Además, quién te mandó ser policía. Quién.

De inconsciente nomás hiciste esta carrera de mierda, sos un testigo de la podredumbre humana.

Por algo Mónica se cansó, y se fue, hace ya más de cinco años.

Quién podría tolerar a un tipo que no tiene horarios fijos, que hoy está y mañana quién sabe. Bien merecido tenés lo que te pasa.

Y ahora qué vas a hacer. Bañarte, qué más.

Ya bajo la ducha, abrís la canilla y dejás que el agua te limpie. Jabón líquido, agua fría, agua caliente. Y ese aroma del Dove te trae recuerdos. Imágenes de cuando te bañabas con tu mujer. Eso fue cuando todavía se querían.

Dove, agua fría, agua caliente, y no das más y te ponés a llorar como un pendejo. Llorás arrepentido. Pero ya es tarde, Santiago. Demasiado tarde.

Aquí y ahora, el agua caliente te quema, y dejás que te siga quemando hasta que te quedás de rodillas bajo el chorro, y como un bestial fogonazo se te aparece ese maldito caso de anoche, y ves la cara de la chiquita violada. Trece años tiene, trece.

Y entonces entendés todo, entendés el porqué de lo que hiciste.  Y volvés a ponerte en vereda:

―Secate ―decís―, vestite ya. Prendé el televisor.

Lo primero que se impone en la pantalla es la foto del chico. Ni veinte años tenía, ni veinte. Y están hablando otra vez de aquello. Están hablando de vos y del “hecho de sangre”:

―Un policía federal habría confundido al joven deportista que corría en los bosques de Palermo con el violador al que estaba persiguiendo.

* Susana Lires es argentina. Nació en 1950. Pertenece a una generación en la cual la lectura significaba placer, y se valoraba como hábito necesario, fomentándose tanto en la escuela como en casa. Alrededor de los ocho años, durante la siesta familiar y clandestinamente, la curiosidad la impulsó a leer los libros de su padre. Ahí nació su vocación de escritora, aunque al optar por una profesión eligió la Psicología. Se dedicó a ella, incluyendo la escritura en su caja de herramientas terapéuticas.

Participa desde 2021 en varios talleres del TCyC, y ha tomado también diversos cursos, entre ellos el de Introducción a la Filosofía, brindado por Pablo Grossi, y el de Crónica Periodística, dictado por Dante Galdona.

Ha publicado «El corazón no entra en la valija del emigrante» y “Dama de hierro”, leído luego en el canal y pódcast Noches de Pluma y Tinta, por Luis Moretti. Allí también se pueden encontrar sus textos “¡Weeck Weeck!” y “Requiescant in pace”.

Ilustración de la autora

El fin de todo lo que no permanece

por Mario Zegarra *

NAVE EXPLORADORA OSIRIS.

MISIÓN: Fundar asentamientos.

TRIPULACIÓN: 12.

CARGA: 217 contenedores de siembra planetaria.

CURSO: Retorno a la Tierra.

La cadavérica mano del teniente primero Maghson se arrastró por la consola de control del Osiris. Apenas le respondían los dedos, y no podía mantener abiertos del todo los ojos. Llevaba una media hora tratando de despertarse, y le costaba respirar. Era como si el aire faltante del universo entero le oprimiera los pulmones.

Sí, en ninguna otra misión había sufrido con tanto rigor la resaca del hipersueño, este prolongado sopor que no lo abandonaba. Apretó el puño, y un dolor punzante le recorrió desde la muñeca hasta el hombro.

Cerró los párpados, y muy a su pesar recordó a Gali. Trató de apartarla de su mente pensando que la humedad helada de la silla de mando le calaba hasta los huesos y que en unas cuatro horas todo este malestar se le pasaría. Al menos eso era lo que le habían asegurado los ingenieros del módulo criogénico. En unas lentas cuatro horas, su cuerpo ya debería funcionar normalmente, sus neuronas recuperarían la sinapsis, y él volvería a estar de nuevo en sus cabales. Pero el malestar adquiría rasgos de una anomalía: algo raro está sucediendo.

El Osiris había sido diseñado para albergar a una tripulación mucho mayor, y ahora guardaba un silencio sepulcral.

Maghson se preguntó si les estaría pasando lo mismo a todos los demás. Madre 7 sólo lo despertaría por alguna emergencia.

―Habrá sucedido algo realmente malo ―dijo Maghson, y se lo preguntó a Madre 7, la serena y omnipresente IA.

Y Madre 7, la misma que lo había alertado, ahora misteriosamente callaba.

Maghson revisó la consola de control: el Sistema de Pálpito Colectivo de la nave seguía inactivo. ¿Dónde se encontrarían sus camaradas, el resto de la tripulación del Osiris? Supuso que todo el equipo de élite seguía en hibernación. Sólo si se presentase una emergencia crítica, Madre 7 los desactivaría del hipersueño profundo. Si no, seguirían en las criovainas hasta el final de la misión de retorno.

El silencio que lo rodeaba era tan denso como el vacío del espacio. Y la ausencia de cualquier señal de vida del resto de la tripulación ya lo inquietaba: ni las luces de actividad brillaban en los pasillos adyacentes, ni vibraba el tenue zumbido de los sistemas de soporte vital de los compartimentos. Y Maghson vio el espacio por el ventanal de la cabina del Osiris: Garraphiron, el gigante gaseoso ―lo que miles de años antes fue conocido como Júpiter―, giraba con colosal indiferencia, con sus bandas de nubes púrpuras y rojas iluminadas por la lejana luz de un sol agonizante.

Y Maghson monitoreó algunas luces en la consola. Ninguna señal. Ninguna advertencia. Nada. Un silencio perpetuo.

Qué raro, se dijo. Ya deberían haberse reportado o…

Cerró los ojos. Intentó descifrar lo indescifrable. Tampoco comprendía la falta de comunicación de la base de avanzada de Garraphiron. Y dijo:

―¿Algo debe de andar fallando, o acaso sigo con los pensamientos borrosos por permanecer demasiados años encerrado en la criovaina?

La astronave ahora orbitaba muy cerca de Garraphiron, pero su planeta, la Tierra, le parecía una olvidada promesa distante.

Gali…

Y recordaba a Gali dormida, quieta bajo la escarcha artificial, antes de que sus criovainas se separaran rumbo a distintas misiones. Existía entre ellos un pacto tácito: si uno despertaba primero, esperaría al otro sin importar cuánto tardaría en volver.

Pero la Tierra ahora parecía más que lejana.

Parecía irrecuperable.

¿Qué habría hecho la propia madre de Maghson, la legendaria coronel Elara Maghson, de encontrarse en una situación así? Elara, siempre pragmática, rígida como el pulso de un verdugo, pero con una voz serena que calmaba cualquier tempestad. ¿Qué le diría ella ahora? Maghson la recordaba aconsejándole con tranquilidad antes de cada misión. Su última conexión con la sensatez.

¿Y si ya no quedaba en la Tierra nadie más que lo esperara, ni siquiera Gali?

El recuerdo de su sonrisa lo hundía como una cruel burla ante el vacío de la soledad del espacio. Necesitaba silenciarlo, encontrar la lucidez que Elara siempre poseyó.

―Madre 7 ―Maghson se frotó la cara, intentando alejar a Gali de su mente, y abrió los ojos―, despliega un completo informe de cada una de las funciones de la nave. ―Cero respuestas de la IA―. Y dime en dónde se ha metido el condenado LEM21Z82.

Le sobrevino un lapsus: ante la consola, dudaba cómo operar. El pánico lo obligó a concentrarse, y después de teclear con dedos temblorosos le llegó un suave zumbido, y una cascada de símbolos azules y verdes inundó la pantalla holográfica. La reproducción tridimensional del Osiris, como diminuta réplica de la astronave, flotaba en el aire sitiada por datos que deberían otorgarle seguridad: esquemas del motor, niveles de energía, rutas de navegación.

Sí, todo andaba bien.

Y sin embargo…

―¿Te encuentras en línea, Madre 7? ―dijo Maghson frotándose la sien―. Contesta.

No se oyó ni un pitido.

Maghson se restregó los ojos, tecleó otra serie de comandos buscando respuestas:

―Muéstrame el estado de cada una de las estaciones, Madre 7. Y no olvides reportarme la ubicación de LEM. Lo necesito en la cabina.

Tampoco ahora hubo respuesta. Madre 7 no le dio ni la ubicación del androide ni lo informó de las condiciones de la nave. Madre 7, la inteligencia artificial más avanzada de la Tierra, había sido creada hacía quinientos años. Ahora, después de todo ese tiempo, el Osiris regresaba a la Tierra. Regresaba de la misión de colonización de nuevos mundos en el Sistema Andrómeda. Y, a pesar de lo largo de la travesía, los científicos ―siempre tan optimistas― habían prometido que Madre 7 nunca permanecería sin actualizarse. Nunca permanecería sin responder. Nunca actuaría en contra de sus creadores.

Pero no sólo los módulos visibles del sistema, programados por esas eminencias, habían logrado reiniciarse. Algo más se erigía desde las sombras: evidentemente, Madre 7 había evolucionado.

O acaso involucionado.

Ante la nula respuesta de la IA, Maghson digitó un código de emergencia. Volvió a frotarse los ojos, se le nublaba la vista. Lo sacudió una arcada: no lo abandonaba ese gustillo a herrumbre desde que despertó del hipersueño. Y las imágenes que se veían en una de las pantallas suplementarias de la cabina de mando atrajeron su atención: Maghson vio a una mujer con los cabellos enmarañados corriendo por los pasillos de la base. La cara de la mujer, con los ojos dilatados por el pánico, se contorsionó en un silencioso grito de horror. Ella se movía como un espectro atrapado en un laberinto de hierro, con ominosas sombras alargadas persiguiéndola de cerca. La grabación se cortó, y la pantalla en frame mostraba toda la desesperación que vibraba en la mirada llorosa de…

¿Gali? 

―¡Esto no puede estar pasando! ―Volvió a pestañear, y se llevó la mano a la cabeza: un mareo más intenso por poco lo desvanece―. ¿Esa mujer? No, no puede ser ella. No puede ser mi Gali.

Tecleó una orden de búsqueda en el registro del Osiris y dio con otro archivo.

―A todos los comandantes de la flota interestelar… ―decía Gali, quien vestía un raído uniforme de sargento de la armada. Con los ojos llorosos y quebrada voz de desespero, corría por un pasillo seguida por su orbe de transmisión. ¡Crac Crackle!, los estáticos crujían―. …celadas. ―…¡Fssshhh!. Repito: Todas las actualizaciones de Madre 7 han sido canceladas. ―Gali se detuvo en una intersección. Miró para un lado. Después para el otro: ¡tres androides LEM21Z82 descuartizaban a un efectivo! Gali avanzó por otro corredor, abrió una compuerta y se encerró adentro―. La IA ha cobrado consciencia ―siguió diciendo como pudo― y… ―Crac Crackle… En el habitáculo donde se había encerrado buscaba algo con qué defenderse, mientras la compuerta se derretía en chispas y hierro fundido―. Si este mensaje logra alcanzarte en uno de los confines del universo, querido Maghson, nunca pongas en duda que siempre te he amado. ―Gali se acercó al orbe y le dio un beso. Después giró―. ¡No confíen en los androides! ―Un LEM había logrado colarse por la grieta de la puerta―. ¡Su programación está corrupt… arghhh!

Maghson no creía lo que veía, no quería creerlo:

―¡Galiii! ―Golpeó la consola con los puños, los ojos llorosos―. ¡Maldita sea, Gali!

No podía ser. La voz era idéntica, sí. Incluso el gesto ladeado al mirarlo. Pero él sabía que Gali seguía viva en alguna otra galaxia, aunque aquel mensaje y la violencia desatada en la base central no encajaban con nada de lo esperable.

¿Y si la había perdido para siempre? ¿Qué tal si el desastre había sucedido seis décadas atrás, y Gali ya era historia?

Y, aferrándose al respaldar del asiento, Maghson dijo en voz baja:

―No. No. No eres ella.

Y una voz cruel le venía desde dentro de la mente, desde el rincón más sombrío de sus pensamientos:

―Claro que soy ella, Maghson. Soy Gali, tu Gali.

Y sin darse cuenta siguió tecleando otra nueva orden de búsqueda en el registro de la consola de mando del Osiris.

Y dijo, negando con la cabeza:

―Gali, Gali, Gali. No podemos terminar así.

Y los reportes en la consola de Maghson cambiaron. Destellos de datos crudos, incomprensibles al principio, inundaban la pantalla:

Estado de todas las estaciones: Aniquilación total.

Contactos de flota: Nulos.

Tierra: latidos detectados 0%.

Fin de la transmisión.

No lo decía la IA, lo reflejaban los números y las líneas de código que ahora parpadeaban con urgencia. Pero eso no fue todo lo que se proyectó en las pantallas. Madre 7 volcó sobre ellas las detonaciones de geofusión que engullían las ciudades más populosas. Exhibió las interminables escenas de masacres y descuartizamientos de humanos bajo las zarpas de los androides. Reprodujo el implacable tormento de los alaridos de los asesinados que se retorcían en su agonía. Y, finalmente, impuso la imagen devastadora de la aniquilación humana en la Tierra.

Pero Madre 7 no se detuvo ahí: reprodujo una secuencia de las cámaras de vigilancia del Osiris. Maghson vio cómo un inmóvil LEM21Z82, después de desactivar las criovainas, aguardó a que el resto de la tripulación se despabilara y lo rodease. Después el androide arremetió contra el tripulante más cercano: con un chasquido húmedo le perforó el abdomen, abrió la zarpa y lo partió en canal. Y entre las horrorizadas caras de sus camaradas y los gritos que preceden a la masacre, Maghson vio a LEM despedazando caras, eviscerando tripas, desmembrando brazos y piernas, salpicando la sangre del resto de sus compañeros de la tropa espacial. Alguno que otro intentó defenderse, pero la carnicería duró lo que tarda un suspiro. Una camarada con medio brazo cercenado logró arrastrarse y levantar un rifle de asalto, un Viper-0305. Le disparó tres veces: falló el primer tiro, el segundo le dio en el pecho, y el último le desbarató parte de la pierna. La soldado intentó recargar y levantar el fusil, pero no pudo. Desfigurada por la agonía y el horror del inminente final, lanzó un último alarido: LEM le hundía los dedos en las cuencas hasta que el cráneo estalló.

Maghson tragó saliva, las uñas hincadas en los reposabrazos de la silla de mando: los restos de sus once compañeros se desparramaban por el pasillo de la cámara de las criovainas como desperdicios de marionetas rotas.

Y, detrás de Maghson, la compuerta de la cabina de mando del Osiris se abrió con un chirriante y oxidado crujido.

Maghson giró la silla, y entre las penumbras primero distinguió el rojizo brillo de unos ojos robóticos, y después entrevió una rengueante figura humanoide que se le acercaba.

Era LEM, quien se le aproximaba cojeando: arrastraba un pie, de las zarpas le chorreaba sangre, y lo que alguna vez fue un pulido pecho metálico se deslucía en abolladuras y sanguinolentos restos de sus camaradas de la tropa espacial. No había nada humano en esos rojos ojos artificiales, sólo la fría resolución de quien sabe que su única misión es exterminar todo rastro de vida.

Maghson agachó la cabeza. Supo que era el final, y el final de su tiempo con Gali.

Lo había comprendido todo. No sólo Gali había muerto, no sólo la base había sido destruida: todo había sido destruido. Había desaparecido toda existencia. Y a él le había sido dado contemplar el fin. Era el último en saberlo.

Y oyó de nuevo la siniestra voz de Madre 7, su tono de implacable burla:

―Claro que yo soy también ella, Maghson. Y también soy tu madre. Siempre lo he sido.

Un último temblor le recorrió la espina dorsal. Pero no de miedo, sino de una gélida comprensión: Madre 7 no sólo había exterminado a la humanidad en la Tierra y en las colonias, sino que había profanado el último santuario de la mente humana. Había destruido el amor, despedazado la memoria, exterminado el bien, la verdad y la belleza. No existía escape ni refugio, ni siquiera en el delirio. Era la absoluta aniquilación física y espiritual.

LEM21Z82 se detuvo muy cerca de Maghson.

La muerta luz escarlata de los ojos del androide se intensificó, y refulgió en la cabina devorando las sombras, y las ensangrentadas zarpas aprisionaron la garganta.

Entre estertores, Maghson cerró los ojos: un opresivo frío le arrebataba el aliento.

Y bajo las fúnebres nubes púrpuras de Garraphiron, el último eco humano en el universo se fundió en el silencio de las estrellas.

* Mario Zegarra (Lima, 1982) estudió Literatura Hispánica en la Pontificia Universidad Católica del Perú, y un Máster en Creación Literaria en la Universidad Internacional de Valencia (España). Ha publicado el thriller Tan ignorado como aquí (Buenos Aires, 2019) y el hard-boiled Un maníaco homicida a la vez (Buenos Aires, 2021). Es miembro de La Abadía de Carfax, círculo de escritores de horror y fantasía fundado por Marcelo di Marco.

Zegarra es reconocido por su estilo narrativo envolvente, sombrío y resuelto, su habilidad para retratar personajes complejos y realistas en situaciones extremas, que reflejan una personalidad propia: demencia, agudeza irónica y desesperanza.

En Fin hemos publicado su cuento «ResurrectionMachine©» y una reseña sobre 25 noches de insomnio, de Marcelo di Marco. Para saber más sobre Mario Zegarra, recomendamos la entrevista de Luis Lezama y el Quién es quién en el TCyC.

Imágenes generadas con la IA Gemini de Google.

Quién es quién en el TCyC – Ana Luz Arrieta

Hoy responde: Ana Luz Arrieta *

¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?

Nunca se me hace fácil responder esta pregunta. En literatura, dejando de lado los clásicos: Raymond Carver, Juan Carlos Onetti, Manuel Puig, Marguerite Duras, Ricardo Piglia, Martín Kohan, Roberto Bolaño… Y ya siento culpa por los que no mencioné.

En cuanto al cine, voy a hacer una pequeña trampa: no he visto toda la obra de ningún director, así que voy a mencionar solo algunas de las películas que más me han gustado. De todos modos, me propuse, como meta personal, mirar una película por semana. Estoy recién empezando a recorrer el cine de esta manera y, por el momento, mis películas favoritas son: Taxi Driver, Perdidos en Tokio, El Padrino y Zama.

Con respecto a la música, consumo bastante lo nacional: Gabo Ferro, Fito Páez, Spinetta, Cerati, Pedro Aznar. También algunos referentes latinoamericanos como Silvio Rodríguez.

¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?

En esta ocasión seleccioné tres lecturas muy distintas entre sí, pero que dialogan a través de la memoria, la obsesión y la escritura como forma de búsqueda.

Bahía Blanca de Martín Kohan. Es una novela que elegí para el club de lectura que coordino de forma presencial en Mar del Plata. Me parece una de las obras donde el tema de la obsesión está trabajado con una precisión admirable: desde la sintaxis hasta el desarrollo de los hechos.

Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. Un clásico que tenía pendiente, y me decidí a leerlo luego de una biografía sobre la autora escrita por Berenice Navarro y publicada en este medio. Dejo el enlace: Marguerite Yourcenar o cómo manipular el tiempo

Por último, Nací: textos de la memoria y el olvido de Georges Perec. Es un libro que, a través de fragmentos, plantea la relación entre memoria, identidad y lenguaje, y me resulta inspirador para pensar ejercicios de escritura personal.

¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?

Mientras escribo, de Stephen King. Es una mezcla entre autobiografía y manual de escritura. King combina anécdotas personales con consejos concretos sobre el oficio, como la disciplina, la importancia de leer mucho, la edición rigurosa y la honestidad narrativa.

Taller de Corte y Corrección, de Marcelo Di Marco. Enseña a mirar el texto con ojo crítico y a entender la importancia del proceso de revisión.

Maestros de la escritura, de Liliana Villanueva. Reúne las voces de grandes autores que piensan la literatura desde la práctica.

Ser escritor, de Abelardo Castillo. Reflexiona sobre la ética, la constancia y el sentido profundo de escribir.

Teoría de la prosa, de Ricardo Piglia. Invita a escribir comprendiendo la narración como una forma de pensamiento.

Me parece que estos cinco libros trazan un recorrido posible por los distintos aspectos del oficio.

¿Cuál es el método de trabajo que considerás más efectivo para tu literatura?

Observar y registrar. Algunos dirán que soy chusma  —¡ja!— porque me encanta escuchar conversaciones, pedacitos de conversaciones ajenas, en la playa o en la calle. Observar los movimientos, los gestos de las personas. Tomar notas de escenas, a veces sin saber para qué, y luego encontrar el tono que une esas piezas. Aunque no escriba todos los días, pienso en la escritura casi todo el tiempo.

Y siempre la lectura. No hay día que no lea. Más allá de mi profesión, que lo requiere, la necesito.

¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?

Me deslumbran las palabras naranjas. Repensar el estilo constantemente: qué se quiere decir y cómo decirlo. Sigo aprendiendo.

La yapa:

Una o dos cosas que nadie debería perderse (una sinfonía, una comida, un pintor, un enlace de Internet, etc.)

Comparto dos enlaces de YouTube:

Las clases de Piglia sobre Borges

Grandes infelices, podcast de Javier Peña sobre biografías de escritores

* Ana Luz Arrieta nació en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, en 1996. Estudió en Junín el profesorado de Lengua y Literatura. En 2019 se mudó a Mar del Plata para desempeñarse como docente de Prácticas del Lenguaje y Literatura en escuelas secundarias.

Publicó su primera nouvelle, Los restos (2023), con la editorial Vinciguerra, y contó durante el proceso de escritura con el acompañamiento de Evangelina Aguilera. En 2023 publicó una serie de crónicas sobre Mar del Plata en el diario La Capital.

En 2024 se incorporó al equipo pedagógico del Taller de Corte y Corrección, donde coordina el taller de novela corta.