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El cuidador de los enanos

Por Fabián Sancho  *

 

Diego se encaminaba a la escuela, sudando bajo el calor de esa mañana del fin del verano. La madre se lo había dicho: Ojo con el calor, que el sol pega fuerte. Pero el calor no lo preocupaba mucho. Por lo menos el calor a él no lo odiaba ni dejaba de odiarlo. El calor no dolía. Y había otras cosas que pegaban más fuerte que el calor.

Era su primer día de séptimo grado. Recordó las veces que en esos años la madre lo había acompañado al colegio: podía contarlas con los dedos de una sola mano. Ya se había acostumbrado a la soledad. El guardapolvo blanco y las zapatillas de cuero le aumentaban el calor, y ni respirar podía.

Odiaba volver a clases: venía bancándose esa mierda desde Jardín, y sólo podía pasarlo bien cuando se alejaba de los demás. Haber nacido coloradito, bajito y andar con sobrepeso ―por decirlo suave― “le visibiliza y vulnerabiliza al chico, señora”, como decía la pelotuda del gabinete psicopedagógico. Y encima a Diego le quedaba todavía un año. Un año entero de gastadas y de piñas y escupidas. Y la perspectiva, por cómo estaban las cosas, de que en la secundaria lo pasaría mucho peor.

Lentamente, como si no quisiera llegar nunca a ese antro ―palabra que había aprendido hacía poco, espiando en un libro para grandes― que con sus puertas abiertas parecía escupir podredumbre, caminaba pisando las hojas secas que anticipaban el otoño. Recordó el momento en que la madre lo mandó a ese jardín. Antes no lo habían admitido, porque sólo tenían sala de cuatro y cinco. Por eso aquella se había decidido al principio por un jardín maternal bastante mal puesto: una casa adaptada para juntar niños de uno a cuatro años.

El primer día de su llegada a sala de cinco ya había quedado marcado para siempre: entre cuatro le pintarrajeron la cara con témpera, y eso que la seño miraba. No dijo nada la seño. Y tampoco dijo nada cuando él se quejó, y tampoco cuando, por quejarse, el más grandote le encajó en la frente un golpe de maza con el puño. Caído en el piso, de rodillas, Diego oyó las risas de todos. De todos, eh: la seño también hizo una risita, antes de llamarlo al orden al gordo de mierda. En cuanto a él, tuvo que morderse y gritar para adentro, y así se aguantó el llanto.

Cuando volvía a su casa y pasaba por el kiosco, oía a la gente reírse de él.

―¡Qué feo que es ese pibe!

―Si yo tuviera un hijo así, lo ahogo en la bañera.

―Por eso no quiero tener hijos yo.

En aquel mismo año se había inaugurado la huerta del cole. Los chicos de Jardín fueron los designados para cuidarla. A Diego le encantaba esa tarea: podía estar solo sin llamar la atención, veía crecer los tomates, las calabazas, las zanahorias, los porotos y el maíz. Le gustaba contemplar la diferencia entre las tonalidades de verde, y ver cómo brotaban los porotos del suelo. Hasta llegó a saborear esos mágicos tomates.

Y además estaba constantemente acompañado por cinco enanos de piedra, pintados con estridentes colores primarios. Los ojos de los enanos parecían seguir al detalle el trabajo de Diego. Veían cómo removía la tierra, cómo regaba las plantas, cómo retiraba las hojas secas.

Estudiando al resto, aprendió a entenderles sus conductas básicas. Sabía que, si alguno de esos hijos de puta se venía con la larga y dura regla de madera del pizarrón, esa regla iría a parar automáticamente a su cabeza: otro doloroso golpe.

También estudiaba a las docentes. Le llamaba la atención el maquillaje de base excesivo de una maestra. Y le gustaba espiar a las jardineras, que a su vez lo observaban a él desde la cancha de básquet, que ahí se juntaban a cotorrear. Por este hábito pudo escucharlas. Y decían, entre risas:

―Mirámelo al pendejito: parece que fuera un enano más.

―Es un boludito, ese no jode.

―¡Ojalá fueran todos como él!

―Eso. Tendríamos un trabajo muy pero muy fácil.

―Las cosas cada vez vienen peor en esta sociedad heteropatriarcal.

Lentamente, un paso tras otro, Diego iba llegando al cadalso. Cadalso, buena palabra. La había descubierto leyendo un cuento de un escritor francés.

Ya cerca de la entrada distinguió la vieja huerta. No quedaba prácticamente nada de la que había conocido. A treinta metros de la entrada se extendía esa franja de tierra de unos tres metros de ancho por diez de largo. No era más que una pequeña porción de tierra descuidada. No quedaba ni una sola hortaliza, solamente un rosal espinoso a medio secar, infinidad de yuyos y cardos filosos como estrellas ninja, esas de nombre tan raro. Los gatos del barrio lo habían adoptado de cagadero. El hedor del meo y de la mierda le revolvían el estómago.

¿Y los enanos, pobres?

Entre la maleza, los pobres enanos de piedra despintada, sucios y con las narices y los bonetes quebrados, que ya eran rosas y celestitos más que rojos y azules, no eran los mismos con los que él venía tratando desde Jardín.

La mañana de ese primer día de clases no se le terminaba más. Cuando sonó el timbre del recreo, los otros largaron todo, y se mandaron gritando y corriendo al patio. Pero para Diego el timbre significaba otra cosa: ese sonido chirriante y agresivo le hizo recordar años anteriores, y la garganta se le cerró de angustia.

Salió al recreo como un condenado a muerte al patio de ejecución, y enseguida aparecieron los seis hijos de puta. El más alto, el líder, le dijo:

―Dieguituuus… Dieguituuus…

Dieguitus. Así lo llamaba la abuela a Diego. La abue ya había muerto un par de años atrás, y el maldito la habrá escuchado alguna vez que ella vino a buscarlo.

Uno, el más atlético, con una musculatura digna de Tyson pero en versión adolescente, lo atenazó bien del cogote, y otro, un gordito un poco más alto que él, le pateó el culo con tanta fuerza que lo derrumbó. El líder le cruzó un puñetazo en el oído, y Diego sintió que una mano le metía tierra en la espalda. Y alguien le tiró a los ojos más tierra y hojas secas. Unos brazos lo sostenían, seguramente el pichón de Tyson, y él se dio cuenta de que los pies se le despegaban de los baldosones. Y supuso que ahora vendrían las trompadas. Los otros cinco hablaban entre ellos, se le reían. Cuando los brazos lo soltaron, aprovechó para escaparse. Pero enseguida fue interceptado por otro, un flaquito rubio de ojos muertos de tan grises:

―De acá vos no te vas. ―Alertó a los otros―. ¡Che, muchachos, qué le podemos hacer!

―Ya le tiramos tierra ―dijo el gordito―. ¡Vamos a mearlo!

El líder lo estudió desde sus alturas. Lo miraba como quien está por aplastar a un caracol de jardín, y no se decide.

―Andate, boludo ―dijo―, que ya nos estás aburriendo. Y quedate tranquilo, que ya se nos va a ocurrir alguna linda joda.

 

Diego sabía que no valía la pena contar nada: durante los años que venía pasando en el mundo, nunca lo habían escuchado ni la madre ni su padre ―quien llegaría en un par de horas, se quitaría los zapatos y se pondría a ver el aburrido noticiero, con un vaso de cerveza, antes de la cena―. Ninguno de los dos decía nada, si ni siquiera hablaban entre ellos. Meta celu nomás. Y él probaba a decirles cualquiera, y la respuesta era siempre la misma:

―¿Viste, mamá, que mañana se acaba el mundo?

―Ah, qué bueno.

―Papá, el perro de al lado mató a un hombre.

―Ah, qué bueno.

―Les puse una bomba a los bancos de mis compañeros del fondo, mami.

―Ah, qué bueno.

Podría haberles dicho que la tostada necesitaría un poco más de veneno para ratas, que también le habrían contestado: Ah, qué bueno. Al principio le hacía gracia. Pero ahora, a unos meses de cumplir doce años, la situación lo encolerizaba y lo desalentaba cada vez más.

La relación con la madre era simplemente esa. Él hablaba, y ella asentía. Ella cocinaba, y él comía. Al padre lo veía apenas a la noche: por la mañana, el viejo salía antes que él, y por la tarde volvía después de que Diego ya se había acostado. Y nada más. Eso, de lunes a viernes. Y los sábados se le hacían interminables, con esos padres que no le decían nada. En cuanto a los domingos, entendía perfectamente por qué la gente aseguraba que era el día elegido por cualquiera para tirarse por el balcón.

La única que no le contestaba estupideces era su abuela: ella le traía todos los domingos las historietas que ya formaban parte de su mundo. Sin saberlo, la abue hacía que los domingos fuesen menos terroríficos. Esas historietas eran la lectura, y le duraban todo el resto de la semana. En una revista de esas, Diego encontró una nota sobre duendes. Decía que los duendes controlan el crecimiento de los vegetales, y viven entre el resto de la humanidad. Pero muy poca gente se entera de todo eso. Ni se dan cuenta.

Ese descubrimiento le implantó una curiosidad insaciable. Lo primero que hizo fue ir a la biblioteca de la escuela y pedir el tomo de la enciclopedia que contenía la letra D. Bajo la palabra duende se explicaba el folklore de los duendes, las cosas que hacían. Pero también se mencionaba a un tal Paracelso. Buscó el ejemplar de la P, y pocas referencias encontró sobre ese Médico-Astrónomo-Astrólogo o Químico-Alquímico.

Encontraba a los gnomos de las ilustraciones muy parecidos a los enanos de piedra de la huerta, con esos gorros, esas caras gordas y barbudas. Incluso tenían hasta cierto parecido con él mismo. Durante su paso por los primeros años de la primaria llegó a ponerle nombre a esos duendes o gnomos. Ya no eran simplemente los “enanos”.

Así, con ese nuevo motor en su vida gris, los buenos momentos en la escuela se repartieron entre la huerta y la biblioteca.

Y llegó el domingo en que la abuela ya no apareció más. Mucho no le dijeron en casa, salvo aquello de que la abuela ya está en el cielo. Ya no iba a escuchar aquel dulce “Dieguitus”, ya no iba a recibir historietas ni a tener un oído que le prestase atención.

Más solo que nunca, comprendió que la búsqueda de información sobre esos temas era de él y solamente de él. Se transformó en un lector voraz de literatura ocultista y todo lo que tuviese que ver con la temática. Hasta llegó a meterse en un portal rarísimo llamado beyond.net. En la biblioteca del colegio, bien concentrado en esos asuntos, odiaba oír el maldito timbre del final del recreo. Hubo veces en que no volvió a clase, y así descubrió el placer de volverse invisible, más invisible que el Hombre Invisible.

Porque nadie se daba cuenta de que faltaba.

Igual era grandioso no sentirse parte de toda esa mierda de colegio de mierda.

Otras veces, directamente se quedaba en la huerta de los enanos. Cursando cuarto grado la huerta se cerró, quedó abandonada. Dijeron que iban a construir un vestuario para la canchita de básquet. Pero sólo fueron promesas estúpidas.

Entonces sus únicos momentos de placer en el colegio también acabaron. Pero no su investigación sobre los seres elementales: una imagen de un troll armado arcaicamente llamaba su atención, y quiso saber más. Buscó otra fuente de información, una biblioteca popular a dos cuadras de la escuela. Debía apurarse, porque la madre tenía contados los minutos que él tardaba en llegar a casa.

Una tarde visitó la nueva biblioteca, y lo atendió una vieja con cara de culo que estaba comiendo un sándwich. Y de milanesa, por el borde que se veía sobresalir del pan. Y la tipa le dijo, con la boca llena:

―¿Qué necesitás, nene?

―Buenas tardes, señora. ¿Hay algún texto de Paracelso?

―Para… ¿qué? Eso no existe.

―¿Alguna enciclopedia de magia y ocultismo? Ahí dice el cartelito, vea.

―¡Ja, ja, ja! ―A la tipa se le cayó de la boca un cacho de milanesa, y volaron también migas, y todo lo rejuntó con la mano y lo volvió a meter en el sándwich―. Dejate de joder, nene, que estoy trabajando. ¡Tomátelas!

 

Diego volvió a la biblioteca de la escuela, y seguía navegando por Internet cada vez que podía. Pasaba horas ahí, pero siempre había que volver al aula, y siempre quedaba más por saber.

Hacía unos meses, en el aula de sexto grado había sido usado como blanco de improvisados dardos hechos con lápices bien puntiagudos. Incluso alguien se atrevió a clavarle la punta del compás en la rodilla, hecho que se cambió por un “accidente”: a la madre de Diego terminaron por mentirle cualquier cosa los del colegio. Ya en quinto grado lo habían azotado con cinturones los varones, y con cuerdas para saltar sus dulces compañeritas. Y encima él debió bancarse que la maestra lo cagara a pedos por “provocar peleas en el aula”.

Como fuese, Diego había aprendido la lección: tenía que resolver sus problemas completamente solo.

 

El primer mes de clases ―las primeras semanas, mejor dicho― fue un tiempo de estudio. Pero no de estudio al estilo de aprender tales y cuales lecciones para pasar al frente. Era el estudio que el gato ejerce con el ratón. Los hijos de puta lo iban midiendo, probando, calificando. Habían crecido, se veían más grandes que cuando terminaron sexto. El líder, un repetidor que ya pasaba los trece años, mostraba una escasa barba y ya había probado sus primeros cigarrillos.

Un mediodía, cuando Diego volvía de aquella cárcel, se dijo que el día había terminado muy tranquilo.

―Porque los hijos de puta faltaron. ―Siguió caminando, sorprendido de haberse descubierto hablando solo. Una nena que pasaba lo miró, y le hizo a la chica que iba al lado el gesto de ajustarse un tornillo a la sien―. Qué loco me estoy volviendo. Me están volviendo.

Y fue como si los hubiera invocado. Como si provinieran de un conjuro de beyond.net.

Los hijos de puta.

Los hijos de puta, en la esquina. Y formando un círculo.

Ya era tarde para volver sobre sus pasos. Diego sacó huevos de donde no tenía, y avanzó.

―Tenés que tragar el humo, gil ―oyó que le decía el líder a otro de la manada―. Mirá: hacé como yo. ―Y aspiró, pero con una mueca de asco.

Y entonces Diego tuvo la desgracia de que Tyson se diera vuelta y lo descubriese:

―Qué mirás, pendejo.

Feliz, el líder se sacó el cigarrillo de la boca:

―Dieguitus… ―Sonreía como el idiota que era―. Vení que te voy a quemar.

El de ojos de muerto dijo:

―Pasame el encendedor. ―Y ya con el Bic en la mano, y prendiendo y apagando la llama, se le vino diciendo―: Perdiste, enano de mierda. ―Le acercó la llama al pelo, y se lo chamuscó. Todos rieron, y el pobre se escapó corriendo, calle adelante y sacudiéndose la cabeza. Y llegó a oír:

―¿Viste cómo se le prendió?

―¡Ja, ja, ja!

―¡Parecía el de los rulos de Los Tres Chiflados!

Y los castigos siguieron.

Y algunos días eran peores que otros.

Hasta que un lunes, después de un fin de semana en que la tierra pareció hundirse de tanta lluvia, los hijos de puta estaban esperándolo en medio del patio durante el primer recreo del día, como si ellos fueran los restos de la tormenta. El de ojos de muerto lo barrió de un patadón, y él con las manos contra el piso amortiguó la caída. Boca abajo y antes de que pudiera levantarse, una zapatilla lo aplastó. Cuando se pudo incorporar, se descubrió rodeado, acechado por los otros. El líder se acercó y bajó la cabeza para hablarle cara a cara. Apestaba ese aliento a verduras podridas.

―Te conseguimos un trabajo. Vos… ―Le hundió el dedo en el pecho―. Vos sos un enano de mierda. Así que vas a tener que cuidar a los otros enanos de mierda. Los de la huerta, ya sabés. Te vas a hacer cargo de tu familia. ―El dedo hizo que el esternón le doliera más―. Todos los días, cada vez que nosotros salgamos al recreo, te queremos ver en la huerta, al lado de los enanos. Entrá en la huerta por la canchita de básquet, que te queremos ver siempre ahí. Si vos no estás ―se palpó el bolsillo de la campera―, te hago tragar una pastilla de Gamexane. Así de simple. Es lo mejor que hay para liquidar las ratas como vos.

Y Diego supo que el tipo no estaba jodiendo: más de una vez tiraban pastillas en el aula, para obligar a los responsables a largarlos.

Yéndose, miró alrededor, y descubrió a muchos chicos, que se le reían: lo habían visto todo.

Lo que no descubrió Diego fue a algún adulto.

Igual sería bien al pedo, se dijo.

 

Volviendo a su casa, pensó que por lo menos estar en la huerta sin hacer nada implicaba no recibir más golpes.

Llegó, abrió la puerta, y se encontró con su madre y su eterna cara de cansancio. Y sin ningún gesto la madre le dijo:

―Qué boludo que sos, Diego. Otra vez no te sacaste el delantal para jugar, está todo sucio. Te dije que cuides la ropa, ya no sos un nene, ya te vas a los doce años…

Y blablablá.

Y durante la merienda lo mismo: más blablablá.

Y el blablablá era música de fondo ―insoportable música― mientras él sorbía su café con leche, acompañado de pan, manteca y dulce.

 

Al día siguente cuidó a los enanos de la huerta, con las risas del resto del grado de fondo, y nada más. Mirando con una mezcla de tristeza y cariño las ruinas de los enanos, recordó sus años de preescolar, y cómo había conocido a esos cinco duendes, gnomos o lo que fueran. Y también recordó cada uno de sus nombres.

Los limpió, y parecieron revivir al paso del cepillo y los desengrasantes. Las roturas de cada enano se cerraron como heridas cicatrizadas. Los ojos, hasta hace un tiempo muertos y opacos mostraron brillo e interés. Esos grandes ojos en sus pequeñas cabezas, ahora húmedos, seguían con alegría cada movimiento de Diego. Un viento fuerte y momentáneo les dio vida a esos inanimados seres ―al menos, en lo que él podía imaginar―: ¿acaso sonreían alegres, dejando atrás el gesto melancólico de hacía unos días?

Recogió en una bolsa de consorcio los potes vacíos, las bolsas de plástico y los envoltorios de golosinas y las cáscaras de naranja y los forros y los restos de yerba, y enterró los soretes en el lado de las plantas. Y un día, admirando su obra, creyó oír una débil risa, quizás una forma de mostrar agradecimiento de sus recuperados amigos.

Al día siguiente llevó tarros de pintura, y el color volvió a esos pequeños cuerpos. Así pasaron las semanas, y ya en pleno otoño las calles se cubrieron de hojas secas. Sus amigos de la huerta lucían como antes: brillantes, limpios, vívidos. Cada vez que Diego aparecía, ellos sonreían como si disfrutasen de su compañía y de lo bien que los cuidaba. Los bonetes brillaban como nunca a la luz del sol. Hasta la piel iba tomando una tonalidad más humana.

Un mañana gris, Diego se encontraba retocando el color en la puntera de una bota, que se había descascarado, cuando alguien le encajó un puñetazo en medio de la espalda, y al mandarse para adelante volcó el tarro de pintura. Ante las risas, se dio vuelta, y se topó con la cara del más alto de los seis:

―Ya nos aburriste, Enano. No sos más el Cuidador de Enanos. A partir de ahora, sos de nuevo nuestra bolsa de box.

Y vino la gran paliza. Había llovido, y Diego resbaló y fue a caer sobre las espinas del rosal, que se le clavaron en los brazos, ante la atenta mirada de sus amigos de piedra.

Cuando los hijos de puta se cansaron de joderlo y se fueron, trató de levantarse apoyándose en uno de los enanos. Y lo hizo con cierta facilidad, como si alguien lo hubiera ayudado a subir. Sucio y lastimado volvió a su casa, nada más que para asistir como un sonámbulo a los reproches de la madre.

Y, ya solo en su pieza, se preguntó si lo había soñado, o si de verdad había sentido en los hombros un par de manos diminutas. Esas pequeñas manos que amablemente lo habían ayudado a levantarse. Imposible darse cuenta, en medio de los golpes, de si aquello había pasado o no.

Limpio pero todavía dolorido, volvió a sus historietas. Las historietas le daban el color que su vida no tenía: apenas un televisor de tubo había en la casa.

Además de los duendes, también sentía devoción por los superhéroes de las historietas. Batman, Superman y Linterna Verde hacían justicia, y eso era lo que él necesitaba: que alguien viniera a hacer justicia. Un cuadrito de una de Flash lo inspiró: iba a fabricarse algo ―todavía no tenía muy en claro qué― que lo ayudara a defenderse de aquellos malditos. Y, como las nenas y el resto del grado podían ponerse del lado de “los otros”, Diego tenía que preparar un arma con que enfrentar a todo el grupo: una que no se quebrara y que pudiera hacer el mayor daño posible. Pensar en la justicia le dio esperanzas. Podían golpearlo unos días, posiblemente unas semanas más; pero, una vez que todo estuviese listo, el tormento acabaría.

Encontró en el desván un trozo de barral de madera ―roble, a lo mejor, por lo duro― de unos sesenta centímetros de largo, y lo bastante ancho como para efectuar un daño considerable. Probó a pegarse en la pierna, y sintió un dolor agudo: el garrote funcionaba. Le hundió clavos de varios tamaños en la parte de arriba, que días después envolvió con un cacho de alambre de púas robado de la obra de enfrente.

De vuelta el lunes, y de vuelta al colegio. Soportó golpes, insultos, humillaciones de todo tipo, pero presentía que el final se acercaba. Pero… ¿cómo entrar el garrote al colegio, sin que nadie se diera cuenta?

Una tarde le metió a la madre cualquier excusa, y a pesar del frío de junio se mandó para el colegio. Con la maza guerrera adentro de la mochi.

Fue a la huerta de los enanos, que daba a la calle, y tiró el garrote entre la maleza, bien oculto. Nadie lo había visto. Nadie, salvo sus amigos de piedra.

Aquella tarde del fin del otoño era particularmente diáfana, y con el típico frescor de la estación. Diego volvió a su casa, calculando en qué momento actuaría.

Esos seis imbéciles lo iban a pasar mal. Muy mal.

 

A la mañana siguiente, por primera vez no le dolió ir a la escuela. Llegó y ansioso se sentó en su lugar.Esta vez no le molestó el horrible timbre del recreo: al fin haría justicia de una vez por todas.

Fue el primero en salir. Corrió desde el patio a la cancha de básquet, y de la cancha de básquet a la huerta.

Entre la maleza y los cardos, bien escondido como lo había dejado él, encontró el garrote. Pero le llamó la atención lo limpio que estaba. Y, sobre todo, le llamó la atención un detalle muy loco. Recordaba perfectamente haber dejado el garrote tendido a lo largo entre los arbustos, pero ahora… ¡Pero ahora estaba parado, en posición vertical!

Al levantarlo, se le erizó la piel. Era como si el garrote fuese algo vivo. Y se dio cuenta: la energía de los enanos palpitaba en aquella madera envuelta de alambre de púas. Se lo habrían velado durante toda la noche, como los caballeros a sus armas.

Agarró la maza con las dos manos y le pareció más pesada que en su casa. Corrió hasta el alambrado que daba al patio:

―¡Eh, vengan, tarados de mierda, basuras!

Corriendo, sorprendidos por esa bravura y al mismo tiempo mostrándose felices, seguramente de haber podido provocarlo al fin, pronto llegaron hasta él aquellos seis hijos de puta.

Diego alzó la maza por encima de su cabeza, y descargó un golpe que cayó sobre el hombro del primero.

―¡¡¡Ayyy, Enano hijo de puta, qué me hiciste!!!

Tyson lo pateó en medio de la espalda, pero Diego se dio vuelta prácticamente sin mirar, y le cruzó la cara de un garrotazo, y la sangre cayó a la tierra de la huerta, al pie de los enanos inmóviles. Una lluvia de golpes y puteadas lo atacó, y Diego se dio a tirar golpes al aire, hasta que una patada en el centro del estómago le hizo perder el equilibrio y soltar todo el aire junto con su arma. El más alto le rompió la nariz de un puñetazo, y el golpe que le encajó otro en la espalda le arrancó un alarido: ¡acababa de darle con su propio garrote recubierto de púas! Cuando cayó a tierra, una zapatilla con la dureza de un adoquín le aplastó la nuca, y una lluvia de gargajos le empapó la cabeza. Sintió que uno le saltaba encima de las costillas, y otro se mandó más abajo, sobre su cintura. Las púas le desgarraban la carne, y otro le pateó la quijada con la fuerza de quien patea un penal.

Tirado en medio de la maleza, entre los enanos y los cardos, cubierto de tierra y sangre apenas llegó a oír:

―Este boludito se creyó que podía hacernos frente justamente a nosotros.

―Y yo qué digo en el cole ahora ―dijo Tyson, con la sangre de la mejilla escurriéndosele de entre los dedos―. Seguro que me van a dar puntos.

―Decí que te caíste en las espinas ―dijo el líder, señalando el rosal seco―, y nosotros nos lastimamos al ayudarte.

―¿Y quién va a creerse tremenda huevada?

―La seño ni se va a dar cuenta.

―Total, ni se mete.

―Tal cual.

―No va a pasar nada, flaco.

Y así se fueron yendo, riéndose y burlándose del herido:

―Te va a quedar una cicatriz, ñandú.

 

No bien la madre de Diego llegó a la escuela, se mandó para la Secretaría a preguntar si sabían algo del nene:

―Tendría que haber llegado a casa hace un rato largo, y no estamos tan lejos.

Las maestras dijeron no haberlo visto, pero todas aseguraron que había salido.

La madre tocó timbre en las casas de algunos compañeros, y ninguno supo decirle nada.

 

En ese atardecer de finales de otoño, nadie había advertido que ahora los enanos de piedra eran seis. Y resaltaba uno, llamativamente gordito, coloradito, más alto y más nuevo que los otros. Se perdía entre la maleza, los cardos y el rosal seco.

 

 

  * Fabián Sancho nació en el porteño barrio de Villa Luro. Cursó estudios en la carrera de Letras de la UBA y en la especialidad de Guión en el CERC (actual ENERC).

Fue columnista de cine en varios programas radiales (Mundo Rock, La tormenta, El corte, entre otros). Colaboró como corresponsal para las revistas Kinetoscopio, de Colombia, y Godard!, de Perú.

Junto a Silvia G. Romero dirige el Festival de Cine Inusual de Buenos Aires, dedicado a realizadores noveles e independientes. Se desempeña como coordinador del Centro de Documentación y Biblioteca del Museo del Cine Pablo C. Ducrós Hicken.

En Fin ya ha publicado un artículo sobre John Ford: http://fin.elaleph.com/general/john-ford-un-clasico-que-debe-verse-una-y-otra-vez

 

 

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