por Octavio Hernández *
Sí, por escribir magníficos cuentos, por la influencia posterior a innumerables escritores —Tolstoi, Quiroga, D’Annunzio, Chéjov, Lovecraft—; pero, ay, escribo esta pequeña biografía sobre todo porque Maupassant aseguró —sí, lo aseguró— que su propio doble, en una noche ominosa, se le apareció y le fue dictando, sin dudas en un tono conminatorio, un cuento. Y sé que después aquel fantasma, aquel doble suyo, lo iba acechando cada vez más hasta el grado de enloquecerlo —Maupassant escribió en una carta demencial: «Ese fantasma era yo mismo… Ha venido a mi lado… No me ha dicho nada… Simplemente se ha encogido de hombros con desprecio… Me detesta» (1).
Fue en 1850, en el castillo de Miromesnil, Francia, cuando nació Guy de Maupassant. Pero los Maupassant no se establecieron en el castillo: no les pertenecía. Por otro lado, a pesar de que después nació Hervé, el hermano menor de Guy, la familia no tardó en romperse. Laure, la madre, no aguantó más las constantes infidelidades de Gustave de Maupassant, y los dos resolvieron separarse en buenos términos. De esta manera, ella, con los dos hijos, se alejaron de Gustave, y residieron en la localidad marítima de Étretat, en una casona de paredes de ladrillo y de vasto jardín. Ahí Guy recibió educación de la madre —la cual le incentivaba a escribir y le prodigaba lecturas, más que nada de Shakespeare— y también de un abad, que le enseñó latín. Sin embargo, a las restricciones de una vida dedicada al estudio, él prefería la aventura: navegar junto a pescadores, escalar acantilados de caliza, vagabundear por sembrados, cazar. De aquellos quehaceres, y gracias a compartir con pescadores y con campesinos, le quedaron infinitas anécdotas, que, ya en la adultez, le servirían de inspiración.

Toda esta errancia duró hasta los trece años, cuando la madre decidió que ya basta, no, su hijo no podía seguir malgastándose en aquellas holgazanerías, ella debía mandarlo a un lugar más adecuado, para que no se convirtiera en un disoluto como el padre. Resolvió, pues, enviarlo al seminario de Yvetot. Pero Guy no se podía acostumbrar a la disciplina que demandaba la vocación sacerdotal. En múltiples oportunidades intentó escaparse, sin conseguirlo. Buscó refugio en la literatura: agotó, con versos que protestaban contra su encierro y contra las costumbres de la iglesia, varios cuadernos. Felizmente para él, descubrieron sus poemas. Lo expulsaron.
Al año siguiente, la madre lo internó otra vez, aunque ahora en un liceo de Ruán. En esta época, Maupassant se acercó más a la literatura gracias a la guía de Louis de Bouilhet y de Gustave Flaubert. Pero, antes de contar su relación con estos escritores, se me recomienda —se me obliga, mejor dicho— a hacer un pequeño paréntesis. La madre de Guy, Laure, había sido muy cercana a su hermano, Alfred Le Poitevin. Alfred era un aspirante a poeta que cosechó dos grandes amistades en su infancia: Gustave Flaubert y Louis Bouilhet. Alfred murió joven, a los treinta y un años. Por la memoria de su amigo, Louis Bouilhet apadrinó en la escritura de poesía al pequeño sobrino de Alfred, Guy de Maupassant. (Maupassant ahora rememora: Bouilhet, a quien conocí primeramente de una manera un poco íntima, cerca de dos años antes de conquistar la amistad de Flaubert, a fuerza de repetirme que cien versos bastan para la reputación de un artista, me hizo comprender que el trabajo continuo y el conocimiento profundo del oficio pueden un día de lucidez provocar esta aparición de la obra corta, única y tan perfecta como somos capaces de crearla) (2). Cuando Bouilhet murió, Flaubert tomó la batuta de enseñarle el oficio de la literatura.
Después de terminar el bachillerato, ya licenciado de artes, Maupassant se fue a estudiar Derecho en París. Pero, al cumplir él los veinte años, estalló la guerra franco-prusiana. Con la alegría de interrumpir esos desagradables estudios, se alistó. De aquellas experiencias bélicas, se sirvió luego para escribir varios cuentos: «Bola de sebo» (1880), «Mademoiselle Fifí» (1882), «Dos amigos» (1883).
Al término de la guerra, en el año 1871, decidió definitivamente dejar los campos boscosos; dejar los acantilados bajo los cuales el mar se estrellaba; dejar de contemplar las gaviotas, que, como meteoritos, acribillaban las olas del Atlántico; dejar el aire puro de Normandía, para residir en París. Aquel hombrón de frente cuadrada, de complexión recia, de bigote abundante, de voz de campesino, aquel ser de espíritu hecho para la libertad de la caza y de la navegación, primero se consiguió un trabajo administrativo en el Ministerio de la Marina y después uno en el Ministerio de Instrucción Pública. Los detestaba: lo acusaron de vago, de que no servía, ¡de que redactaba mal!
A pesar de aquel trabajo de oficinista, Maupassant no desatendió el gusto por el ejercicio y el vigor físico: es conocido, por ejemplo, que disfrutaba sobremanera de navegar en el río Sena. También disfrutaba de otras banalidades: de la escritura de versos y obras dramáticas, de la comida, de las mujeres, sobre todo de las mujeres. De vez en cuando lo frecuentaba el viejo Flaubert, quien le desaconsejaba tantas veleidades, jovencito; en interés a la literatura, ¡modérate! ¡Ten cuidado! Un hombre que se erige como artista no tiene derecho a vivir como los demás (3).
Y después, en 1878, le recriminó también: «Usted se queja de que las mujeres son monótonas. El remedio es sencillo: no servirse de ellas. ¡Escúcheme, jovencito! Es necesario trabajar más. Sospecho que es usted demasiado perezoso. ¡Demasiadas putas, demasiado remar, demasiado ejercicio violento! Usted ha nacido para componer versos, ¡hágalos! Todo lo demás en usted es cosa vana» (4).
Pero Maupassant en 1877 enfermó de sífilis. Escribió en una carta «Aleluya, tengo la sífilis; por consiguiente, no tengo miedo a contraerla» (5). ¿Y cómo no contraerla? Maupassant se enorgullecía de sus dotes de donjuán, incluso se ufanaba —¿pero es necesario hablar de esto?, ¿sí?—, se ufanaba, decíamos, de intimar hasta seis veces en menos de una hora con distintas prostitutas, y se calcula que frecuentó cientos de mujeres. (Creo, jeune homme, que cerca de trois cents femmes, trescientas) (6).
En fin, sea como fuere, y lo más importante de todo, es que en ese período que va desde 1873 hasta 1880, bajo la tutela de Flaubert, Maupassant aprendió el arte literario, escribiendo ejercicios poéticos y narrativos, algunas obras de teatro y algunos pocos cuentos —entre los cuales se encuentran «La mano disecada» (1875) y «Sobre el agua» (1876)—. En La vie et l’œuvre de Guy de Maupassant (1906) de Édouard Maynial, se explica que Maupassant escribía con calma, y cuando sus amigos lo apresuraban mucho, él solía replicar:
—No hay prisa; estoy aprendiendo mi oficio.
Aunque él deseaba escapar de su trabajo administrativo y vivir de la literatura, aquello recién fue posible en 1880. En ese año, imprimió su primer libro de poemas, Des Vers. Pero realmente consiguió notoriedad con la publicación de «Bola de sebo», un cuento ambientado en la guerra franco-prusiana, que le valió la admiración de Zola, de Flaubert, y el contrato de un diario. Al cabo de meses, Maupassant consiguió recolectar ocho cuentos en un volumen, que publicó bajo el nombre de La Maison Teillier (1881). Es a partir de entonces cuando empezó el período más fértil de Maupassant: en menos de diez años, escribió cerca de trescientos cuentos y seis novelas, sin contar con los libros de viajes y las notas en periódicos. Escribió sin parar, con una disposición febril, azuzado tanto por su pasión a narrar como por la avidez de dinero. Amontonó millones de francos, los cuales dispensó en viajes, en construirse una casa de reposo en Étretat, en un globo aerostático, en un yate.
Pero bajo el éxito y la vida desenfrenada, se agazapaba el mal de la sífilis: ya desde 1880, Maupassant se quejaba con Flaubert de problemas oculares y de caída del pelo. A esto se suma que el estrés por escribir, los devaneos sexuales, el consumo de drogas —hachís, cocaína, opio, éter—, poco a poco lo iban agotando mentalmente.
Y fue que, en el transcurso de la década, su personalidad cambia: se recluye, y en la presencia de amistades se muestra nervioso, psicótico. En tanto, él se sabe perseguido por un mal irremediable, y, queriendo sanarse, asiste a médicos, lee libros de medicina, consume a montones remedios variopintos. Pero nada, no funciona ningún remedio, y ya para 1889 el mal se aguza, no puede dormir, las noches se dilatan, interminables, mientras las migrañas le atenazan la cabeza. Poco a poco la memoria le va fallando, hasta llegar a un punto en que no puede escribir: las palabras, mierda, se le olvidan. Y, pronto, en su propia habitación, una noche, se ve a sí mismo, ve a su doble, que le dicta un cuento, sin dudas, ominoso. ¡Qué horror! Algún incrédulo pensará que la locura sifilítica lo hacía alucinar, pero ¿acaso no se puede concebir que, de verdad, un doble le dictara, que un doble surgido del infierno lo volviera loco? ¿Por qué nos parece imposible que una presencia —¡un demonio!— con la misma figura de Maupassant se le hubiera aparecido a él? Maupassant dejó, como un último canto de cisne, su gran cuento «¿Quién sabe?» (1890). Esto mismo les pregunto yo: ¿quién sabe?
En 1893, a los cuarenta y un años, y tras dos infructuosos intentos de suicidio, Maupassant murió, internado en el sanatorio del Dr. Blanche.
—Entré en la vida literaria comme un météore —dice Maupassant—, la dejé como un rayo (7).
***
En aquella oscuridad en la que sólo se oye la lluvia azotándose contra la ventana de la habitación, al terminar de escribir la biografía, Octavio Hernández se echa atrás en el asiento:
—Listo.
El hombre sentado a su derecha se inclina y, achinando los ojos oscuros, acerca la cara a la pantalla del notebook. A medida que va leyendo, el hombre murmura el texto en un tosco español. Cuando acaba de leer todo, se acaricia el espeso bigote. Después, asintiendo con su enorme cabeza normanda, dice en una voz ronca de campesino:
—Ma biographie est terminée.
Y desaparece.
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Referencias bibliográficas
- Armiño, M. (2015). Prólogo. Guy de Maupassant. En Cuentos completos de terror, locura y muerte (pp. 11-26). Valdemar.
- Maupassant, G. (1888). La novela. En Obras completas de Guy de Maupassant, tomo I (pp. 65-73). Aguilar.
- Flaubert, G. (1876). A Guy de Maupassant. Gustave Flaubert. https://flaubert.univ-rouen.fr/correspondance/correspondance/25-juillet-1876-de-gustave-flaubert-%C3%A0-guy-de-maupassant
- Flaubert, G. (1942). Cartas a Maupassant. Traducción: José Manuel Ramos González.
- Maynial, É. (1906). La vie et l’oeuvre de Guy de Maupassant. Société du mercure de France.
- Douchin, J. L. (1986). La vie érotique de Guy de Maupassant. Traducción: José Manuel Ramos González.
- Guy de Maupassant. (s.f). En Wikipedia. Recuperado el 19 de abril del 2025 de https://fr.wikipedia.org/wiki/Guy_de_Maupassant#Gicquel1993
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* Octavio Hernández nació en Antofagasta (Chile) allá en los inicios del siglo, un día del 2001. Si bien desde niño le gustó crear historias —sobre todo fantaseaba con inventar sus propios cómics—, la literatura fue un descubrimiento más bien tardío. Lector de Maupassant, de King, de Borges, de Cortázar, se le ocurrió estudiar en el 2020 Cine y Televisión —imprevista carrera que sólo le ha dejado sinsabores—. Pero no se olvidó de la literatura: en ese mismo año, 2020, decidió ingresar al Taller de Corte y Corrección, lo cual le significó avanzar a grandes pasos en los laberínticos senderos de la escritura. De este modo, a troche y moche, ha dado en crear unos cuantos cuentos, que espera algún día publicar. En Fin ha aparecido un cuento suyo, titulado «Pecho de acero».
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Imágenes:
- «Los acantilados de Etretat», de Claude Monet
- Guy de Maupassant: http://maupassant.free.fr/photos/benque






