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Preguntas sin respuestas

Por Adrián Gruzycki *

 

           Pero lo que realmente ocurrió
fue algo para lo cual ningún ser humano podía estar preparado.
 Edgar Allan Poe, “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”

 

 —¡Dale, vamos, tómalo, hazlo de una vez! ¡Sí!, ¡sí!, ¡SÍÍÍ! –estalla de alegría el doctor Mieres.

Baja enardecido desde el ático de su casa, donde tiene su laboratorio, con una botella llena de un líquido azul. Allí ha dejado a un mono con los tobillos y los brazos amarrados a una camilla, sin un corazón que lata ni pulmones que se expandan y compriman, pero con contracciones musculares en su mano, contracciones suficientes como para atrapar una banana al alcance del inmóvil rostro peludo.

Con mucha prisa, Mieres sale a la calle con el frasco, y una bolsa que tenía preparada con drogas y jeringas. En su apuro, olvida decir a su ayudante Víctor que se apronte de inmediato. Volviendo a su puerta, le grita:

—¡Víctor, te espero en una hora, con la maleta, en casa de Maciel!

 

Mieres había egresado como médico de la Universidad de Buenos Aires a fines del siglo XIX. Trabajó siempre en su consultorio particular; era conocido por ser poco amable con sus pacientes y por sus estudios científicos con los muertos. Sólo quienes no soportaban más su dolor llegaban acoquinados a su consultorio, donde el doctor realizaba sus curaciones de inmediato. Él mismo preparaba los medicamentos para calmar sus dolencias: algunas veces eran cremas, otras infusiones o raíces para comer o hervir.

Lázaro Maciel era un viejo paciente suyo. Un duro militar de alto rango, con una enfermedad terminal, causada por las heridas sufridas durante la campaña de la Conquista del Chaco. Era uno de los pocos pacientes a los que Mieres atendía con frecuencia, y con el que mantenía una relación de amistad, dado que tenían mucho en común: ambos eran antipáticos, y de principios inquebrantables.

Maciel sabía perfectamente la gravedad de su estado. Sus dolores no lo dejaban en paz.

 

 

En sus tiempos libres, con vehemente perseverancia, Mieres se había dedicado a estudiar órgano por órgano del cuerpo humano en cadáveres, lo cual le dio gran renombre como forense. Para estas investigaciones, necesitó de un ayudante. Contrató a Víctor, quien soportaba sus asperezas y lo acompañaba en la confidencia de ciertas tareas, como ir a buscar cuerpos en el cementerio de la ciudad. Todo esto lo arrastró a una escalofriante investigación, cuyos fundamentos teóricos ninguno de sus colegas quería oír: creían que era una locura imposible de lograr. Definitivamente se trataba de una locura, pero ¿sobre que era imposible…? Se equivocaban.

El doctor desarrolló un coctel farmacológico que se debía inyectar en las venas una vez muerto el individuo. El fin era activar el cuerpo sin vida, provocando en los tejidos una oxigenación momentánea, para ejercer contracciones musculares y una efímera actividad cerebral que pudiera responder ante estímulos post-mórtem. Lo que buscaba era que la persona sin vida lograra contestar a ciertas preguntas previamente formuladas. Así se obtendrían conocimientos de primera mano acerca de lo que pasa después de morir.

Algunas de las preguntas –que Mieres, con ayuda de Maciel, ya había anotado– eran:

  • ¿Existe ese gran portal de oro, resplandeciente de luz, del que muchos hablan? ¿O bien la persona permanece en el Purgatorio hasta que se le perdonen los pecados veniales?
  • ¿Estaría solo, o con alguien más? ¿Ante Dios?, ¿algún santo? ¿Algún ancestro lo esperaría?
  • ¿Vestiría la ropa con la que murió, o una túnica blanca? ¿O aparecería de alguna manera vergonzosa…?

Además de Víctor, Maciel era el único con quien el doctor compartía sus intimidades de ciencia. Mucho hablaron de la investigación, de sus experimentos, de lo que buscaba lograr con el mono, y de lo que deberían hacer juntos a la hora de la muerte del viejo militar: Mieres contaba con él para experimentar en personas.

 

Con el caminar ligero, el doctor llega a la casa de Maciel, anheloso de contar lo sucedido con el mono. El paciente se encontraba postrado en su cama.

—¡Maciel!, lo logré, estoy seguro de que va a funcionar —agitado, Mieres levanta el frasco en alto.

—Buenas tardes primero —contesta el moribundo, después de tener a su médico ya al pie de la cama.

—¿Vamos a hacerlo, Maciel?

—¿Qué cosa, doctor? —responde muy dolorido.

—Hablar en el portal, lo que le supe explicar con el mono, ¡con esto! —le muestra victoriosamente su frasco.

—Pero doctor, va a esperar que me muera primero, ¿no? ¿O tiene apuro en probar su líquido?

Maciel estaba orgulloso de formar parte de tan colosal descubrimiento sobre lo que sucede después de la muerte. Le gustaba esa idea de que su nombre quedara perpetuado en los libros. También sentía que el doctor lo acompañaba en su partida hacia lo desconocido, y así perdía un poco el miedo a la muerte. Deseaba que su hora llegara de una vez por todas: sus dolores ya eran incesantes, pero nunca pensaría en la eutanasia. Creía fehacientemente que decidir sobre su vida era lo peor que podría hacer. Sobre el suicidio, decía que su alma se reencarnaría en otro cuerpo, donde viviría exactamente la misma vida, y Maciel quería que le tocara algo muy distinto a sus largos años fuera de su casa, y anhelaba un final sin tantos sufrimientos. Sin embargo, mucho menos quería que lo asesinaran.

—Le voy a dar unos calmantes, Maciel, para que pueda dormir sin dolores por esta noche.

El doctor prepara una jeringa, extrayendo un transparente fluido de un pequeño frasco, sin etiqueta, con solo una cinta negra.

—Se lo voy agradecer –le responde su paciente­­–, siempre y cuando sea para descansar y no para otra cosa… ¿Me explico?

Imprevistamente, Víctor entra en la habitación. Mieres lo mira furioso y le ordena en voz baja que se retire: Maciel se había dado cuenta de que los dos habían ido a su casa por alguna razón. Pero los dolores ablandan su desconfianza: ya solo quiere que paren. Y suplica:

—¡Por favor, ya de una vez por todas, colóqueme ese calmante!

—Maciel, usted va a estar bien —le dice el doctor mientras lo inyecta.

En unos minutos, el dueño de casa ha muerto.

 

***

Mieres y su ayudante, enfocados a empezar de inmediato, ponen en marcha su improvisado laboratorio ante el cuerpo que se irá enfriando. El doctor acomoda sus papeles en una mesa, para tomar notas y dar lectura a las preguntas. Víctor conecta la aguja por un extremo de una cánula, y por el otro el embudo donde volcará el líquido azul. Todo está listo.

Los dos se quedan mirando: llegó el tan esperado momento. Inmediatamente el doctor introduce la aguja en la vena de Maciel. Una vez realizada la meticulosa punción, Víctor vuelca el líquido, mientras Mieres sostiene el desvanecido brazo. Tras unos minutos, el ayudante, con una mirada, anuncia que ya ha pasado todo el fluido. El doctor retira la aguja.

Se ubican al pie de la cama, como espectadores de lujo ante lo que se viene. Sus miradas recorren cada músculo del cadáver: leves contracciones quieren reavivar el cuerpo. El doctor dice:

—¡Maciel, Maciel!, ¿me escucha, Maciel?

No obtiene respuesta. De pronto, perciben un temblor en los dedos, un sutil movimiento de la cabeza. Sigue una quietud inmovilizadora, nadie siquiera pestañea.

Súbitamente, el muerto se incorpora y queda sentado en la cama con ambos pies juntos apoyados en el suelo. Los brazos pesados cuelgan de los hombros, la cabeza revolotea prendida del cuello, los ojos se abren desenfocados y miran perdidos. La boca, rígida como piedra, sin ningún gesto, y la palidez del rostro y de la piel en general, no dejan dudas de que se trata ya de un difunto.

En la habitación laten solamente dos sobresaltados corazones, a punto del infarto. Aunque esperaban que sucediera algo semejante, retroceden horrorizados.

Desde su rígida postura, Mieres repite:

—¿Me escucha, Maciel? ¡Responda!

Sentado en la cama, como tratando de dar una respuesta, Maciel gira su cabeza, sin gesticular, enmudeciendo a sus asesinos. Con un rápido movimiento de manos, abre el cajón de su mesa de luz, toma su Colt.45 y se pone torpemente de pie. Alinea los perdidos ojos en una mirada fija al doctor, que le responde con una dudosa sonrisa. Y, en menos de lo que duró esa sonrisa, interpone a la imagen del doctor el guión y el alza, y le dispara un certero tiro en la frente. De inmediato sorprende al ayudante con otro estallido, también en la frente.

Maciel se queda quieto, con los brazos colgando al costado del cuerpo. Deja caer el revólver, siempre con la misma expresión impasible. Los dos cuerpos al pie de la cama yacen inmóviles en el suelo.

Al rato, con movimientos de diabólica marioneta, se sienta otra vez en la cama, vuelve a extraviar los ojos, se recuesta de espaldas con la boca abierta, acomoda sus piernas juntas y estiradas, coloca sus brazos sobre el pecho. Y dice en un susurro:

—Doctor imbécil, le dije que espere a mi muerte. ¿Y…? ¿Ahora quién toma nota?

 

 

 * Adrián Esteban Gruzycki nació en Resistencia (provincia de Chaco, Argentina) el 11 de noviembre de 1973.

Se recibió de Bioingeniero en 2001, y trabajó en su profesión hasta el 2005 para luego dedicarse apasionadamente a la actividad ganadera. En el campo surgió su interés por escribir. Pero recién en los talleres con Nomi Pendzik se dio cuenta de que escribir un cuento implica un aprendizaje. Hoy en día, tanto la lectura como elaborar cuentos son placeres que se da en sus tiempos libres.

 

 

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