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Mi regalo

Por Marina di Marco de Grossi *

 

 

Yo era chiquito. No sólo era chiquito de edad, sino también de estatura. Apenitas más alto que una oveja adulta parada en sus cuatro patas: ¡así de chiquito era! Entonces, si una oveja se enojaba y se paraba, no en cuatro patas —como se paran las ovejas buenas que no están enojadas—, sino en dos, me sobrepasaba muchísimo en altura. Por eso, porque las ovejas de papá eran de enojarse bastante, nunca me dejaban ir, como mi hermano mayor, a trabajar al campo.

Día tras día me quedaba mirando por la ventana —parado sobre un banquito: si no, no llegaba—, mientras mi papá y mi hermano se iban a trabajar silbando. Sobre mi banquito, yo miraba por la ventana.

Mi mamá se levantaba y me traía el desayuno, y yo lo tomaba, mirando por la ventana.

Mi abuelo entraba diciendo “¡Shalom!” —que es como mi pueblo saluda: diciendo “¡Tengan paz!”—, y yo decía “¡Shalom!”, mientras miraba por la ventana.

Mi mamá hacía el almuerzo canturreando salmos, y yo la escuchaba, olfateando…, mientras miraba por la ventana.

Cuando el almuerzo estaba hecho, mi mamá me lo alcanzaba y yo, usando como mesa el alféizar, comía mi almuerzo mientras miraba por la ventana. Así pasaba la tarde y llegaba la noche, y yo veía volver del campo a mi papá y a mi hermano, los dos silbando, arreando a las ovejas, y con las canastas llenas de verdura recién cosechada.

Entonces, yo saltaba del banquito, los recibía corriendo, y trataba de empujar a las dos o tres ovejas retrasadas (y petisas) que pudiera encontrar. Pero cada vez que hacía esto, mi papá me decía: “Vos no, David: sos demasiado chiquito”. Entonces, obvio, me enojaba, me tiraba, cruzado de brazos, sobre las lonas que tendía mi mamá en torno a la mesa, y ponía cara de enfurruñado, así: (acá imagínense ustedes mi cara, cara de David chiquito de edad y chiquito de estatura, cara de David chiquito y enojado).

Y entonces, mi abuelo miraba a mi papá, miraba a mi hermano, miraba a mi mamá. Me revolvía el pelo enrulado y me decía al oído: “Vos sos como nuestro pueblo, mi querido: vos siempre estás esperando”.

Y era verdad. Porque lo que nuestro pueblo esperaba no era otra cosa que la llegada del Mesías, el Hijo de Dios, que vendría a salvarnos de todos nuestros males.

Yo nunca había entendido bien todo, pero mi abuelo, que se llamaba Simeón, me había contado que él había visto a un ángel de Dios, así como entre sueños, y que ese ángel le había dicho que el Mesías venía a salvar a todo el mundo —¡no sólo a nuestro pueblo—! Y que el Mesías no venía sólo a salvarnos de la enfermedad y del dolor, o del cansancio del trabajo, sino que venía a salvarnos del odio, de la mentira, de la avaricia, y de todos los otros pecados. Y, sobre todo, que venía a salvarnos de la muerte.

Además, el ángel le había dicho a mi abuelo que él no se iba a morir antes de ver al Mesías, el Hijo de Dios. Y como mi abuelo cada vez estaba más viejito, bueno, yo siempre pensaba: “¡En cualquier momento llega el Mesías!”. Y luego me lamentaba: “¡Y yo acá, siendo tan chiquito que el Mesías ni me va a registrar! ¡Va a ver a las ovejas enojadas antes que a mí!”.

Y, claro, este pensamiento me enojaba y me hacía tirarme, cruzado de brazos, sobre las lonas que mi mamá tendía en torno a la mesa, y ponía cara de enfurruñado, así como la que ustedes se imaginaron recién.

Fue por todo eso que, cuando pasó lo que pasó, me convertí en el chico chiquito más feliz del mundo.

¿Y qué fue lo que pasó? Una mañana, resultó ser que mi hermano, la noche anterior, había comido un pan medio viejo —de puro goloso que era—, y se empezó a sentir mal, mal, mal… ¡Esperen! ¡No dejen de leer! En serio: les prometo que todo esto tiene que ver con el Mesías.

Sigo, bueno. Pasó que justo ese día, mi papá tenía muchísimo trabajo: muchas ovejas que cuidar, muchas verduras que cosechar… Y entonces…

—¿Y si lo acompaña el chiquito David? —dijo mi abuelo.

Se me iluminó la cara, y amé a mi abuelo con todo mi ser. Ahí, mis papás empezaron que sí, que no, que sí vaya, que no vaya, que es chiquito, que las ovejas se enojan y lo patean, que pin, que pan, que pun, y, mientras, yo —en vez de sentarme a mirar por la ventana— ya había agarrado rápido el bastón de mi hermano, me había ajustado las sandalias lo más fuerte que había podido, y me había armado una capucha con mi túnica vieja. En dos minutos estaba parado junto a la puerta, vestido como un buen pastor. De este modo, cuando mis papás me vieron así, dejaron de discutir.

—Mal no me vendría la ayuda —suspiró mi papá, agarrando su propio bastón.

—Mientras cuides que las ovejas no se enojen… —añadió, resignada, mi mamá.

—¡Vaya con cuidado, chiquito! —me dijo con picardía mi abuelo.

Pasé un día increíble. Fui el mejor pastor que se pudieran imaginar. Al mediodía, con mi papá comimos como comen los pastores, queso y pan, sentados bajo un árbol. Ninguna oveja se me enojó, y todas me seguían por donde yo las guiara. Mi papá, cada vez más contento conmigo, me regaló su propio sombrero, ¡imagínense! (Y no me quedaba tan, tan grande).

Al atardecer, mi papá decidió volver a casa después de la medianoche, porque las ovejas se estaban portando tan bien que merecían pastar un monte entero —y creo que, además, lo decidió porque la estaba pasando muy bien conmigo—. A esa hora, empezó a levantar viento, pero apenas un poquito: era la noche más agradable del mundo, llena de estrellas, y arriba, en el cielo… En el cielo había una estrella que parecía como que se movía. “Bah”, pensé, “debe ser el cansancio”.

Ya estábamos por volver cuando, de repente, el viento se puso más fuerte. Tan fuerte que a mí, como soy chiquito, me tiró al piso. Mi papá corrió a levantarme, pero también se detuvo de pronto, mirando hacia arriba, más allá de la montaña, hacia el cielo.

—¿Qué pasa, papi? —atiné a decir.

Y ahí nomás él también se cayó, de la pura sorpresa: el cielo se acababa de abrir como una cortina, y entre una cortina negra estrellada y otra cortina negra estrellada se veía un mar dorado de luz, ¡y de ángeles! Y los ángeles cantaban de forma hermosa y tocaban hermosas trompetas, y uno bajó, cerca de donde estábamos nosotros, y nos dijo “¡Shalom!”. Y después, cuando, con toda sorpresa, logramos contestarle tartamudeando, él nos dijo:

—¡Hoy les ha nacido en Belén el Mesías, el Salvador del mundo! ¡Lo encontrarán en un pesebre, entre un burro y un buey, con su madre, la Virgen, y su padre San José!

—¡Gloria a Dios! —exclamó papá, e hizo el ademán de sacarse el sombrero (pero no se lo sacó, porque no lo tenía: me lo había regalado, ya les conté).

—¡Gloria a Dios! —dije yo, y me puse de pie. Cuando el Ángel vio que yo era tan chiquito, me miró con cara de ternura, y batió sus alas, como para salir volando. Con el viento que hizo, se me voló el sombrero, y el Ángel me lo alcanzó. Su sonrisa era increíblemente linda.

—¡Vayan! —dijo el Ángel—. ¡Corran! ¡Vayan a ver al Niño santo que nació en Belén! La estrella más brillante les marcará el camino. —Y, envuelto en una luz triunfal, volvió al cielo.

Entonces, la cortina del manto estrellado se cerró, y la noche pareció como cualquier otra noche. Pero ahora, nosotros sabíamos que no era así.

—¡Vamos, papá, vamos! —atiné a decir. Mi papá, con una cara de apuro y de emoción que jamás le había visto, ya empezaba a irse para el lado de la estrella.

—Momento —dijo de pronto—: ¿llevamos a las ovejas o no las llevamos?

—Tal vez si las llevamos tardemos un poquito más… —empecé a decir.

—¡Es verdad, David! ¡Hay que partir en seguida!

Ahí lo frené.

—Esperá, papi. ¿Vamos a dejar que nuestras ovejitas se pierdan de ver al Salvador del Mundo?

Mi papá me sacó el sombrero, me revolvió los rulos, suspiró, me devolvió el sombrero, y dijo, bajito:

—Tenés razón.

Entonces, nos convertimos en los pastores más rápidos y más veloces que se hayan visto en Belén. Por campos y por llanuras, por piedras y por arenas, apuramos a nuestras ovejitas, cada vez menos enojadas y más ansiosas y buenas… Se ve que se daban cuenta de lo que pasaba. Y sí, el Mesías venía a salvarnos del pecado: ¿cómo no iban a estar más buenas nuestras ovejitas, ahora que Él había nacido?

Con esta idea en la cabeza, con una llama en el corazón —y sintiéndome cada vez un poquito más alto—, llegué, por fin, con mi papá y nuestras ovejas, a un pequeño portal de Belén. Sobre él resplandecía una estrella. Yo, que soy bajito y entiendo algo sobre distancias— creo que la estrella no resplandecía más que las otras por tener más brillo: el tema era que esa estrella estaba muchísimo más cerca que las otras. Tan, tan cerca, que, si hubiera estado colgada de una higuera, mi papá la podría haber arrancado sin mucho esfuerzo. Estaba cerquísima, y era hermosa.

Pero no sé por qué me demoro tanto hablando de la estrella… Porque, si se trata de hermosura, había allí algo mucho, demasiado, infinitamente más hermoso que esa estrella tan cercana. Debe ser que me demoro porque no tengo palabras con las que describir tanta belleza. ¿Y si ustedes me ayudan a imaginarlo?

Miren que a mí no me gustan los bebés —nunca entendí a las nenas, que siempre andan babéandose y emocionándose cuando ven uno—. Pero, al verlo, caí de rodillas a sus pies —y me las lastimé con los guijarros del piso, pero no me importó—. Imaginen, si pueden, para ayudarme, unos pies muy chiquititos, rosaditos y amorosos, con perfectas uñas pequeñas. Sujeto en unos pañales muy blancos, un cuerpo rosadito perfecto, perfectamente pequeño, pero perfectamente humano, con la piel suave incluso a la vista. Unos bracitos bien redondeados, que se abrían con ganas de abrazar al mundo entero. Unos ojos que todo lo miraban, que sonreían con ternura a las ovejitas, que acariciaban con su brillo los ojos de sus hermosos padres, y que reflejaban algo superior a este mundo. Y su boca… ¡una boca chiquitísima, apenas un capullito de labios! Pero la forma de sus labios era tan, tan perfecta, que el más mínimo bostezo anunciaba lo que vendría después: primero, una risa infantil y cantarina; luego, un “mamá” sincero y profundo, y por último, una palabra de aliento y de verdad para el mundo entero.

¿Se lo imaginaron? Bueno. Ese era Jesús, el hijo de María y de José. Ese era Jesús, el hijo de Dios. Miren que me gusta mirar por la ventana, y veo amaneceres y anocheceres, y campos y sembrados… Pero nunca vi algo tan bello. Ese Niño era increíble. ¡Y venía para nosotros! Como las ovejitas, yo no había traído ninguna duda. Y aún así me sorprendió: la verdad, no esperaba que fuera tan increíblemente bello, tan increíblemente cercano, tan increíblemente chiquito.

Si se lo imaginaron todo como yo lo conté, podrán en seguida adivinar qué hice después de arrodillarme y de mirar al Niño Sagrado. Alcé la vista, murmuré “Shalom” —porque me había olvidado de saludar a los papás—, y me arranqué el sombrero.

Con cuidado, lo deposité a los pies de la cuna, y luego otros personajes de vestimentas fabulosas sumaron tres cofres muy vistosos, uno de oro, uno de incienso, y uno de mirra. Ahí, al lado de esos regalos espectaculares, estaba el mío: mi sombrero.

Miré seriamente al Niño. con esa seriedad que sólo los chicos, que sabemos lo que es jugar, podemos tener, y le dije:

—Hoy aprendí a ser grande. Porque, aun siendo chiquito de estatura y de edad, como sos vos, puedo sentir que mi corazón se hace grande, grande, cada vez más grande. Puedo sentir que mi corazón se llena de amor. Por eso te dejo mi sombrero, regalo que me hizo mi papá, y que tocó tu Ángel: para agradecerte que hayas elegido nacer en este día. En este día, en el que salí de casa, y aprendí a ser grande en amor y en fe, sin importar si el sombrero me queda grande o no. —Cuando dije esto, una lágrima me corrió por la mejilla—. Gracias, bebé y Señor, por haberte hecho chiquito por nosotros —le guiñé un ojo, y añadí—: Perdoname que le saque trabajo a tu Ángel, ¿eh? Pero… yo le aviso a mi abuelo que ya no tiene que esperar más.

No sé si escucharon la historia que cuenta lo que pasó mucho después, pero resulta que yo ya era adulto cuando, por ir a ayudar a un viejo pastor enfermo, me enfermé de lepra: una enfermedad horrible. Bueno, ahí lo fui a buscar al Mesías, y con un grupo de nueve enfermos más, le pedí que me curara. ¿Recuerdan esta historia? A pesar de que los diez nos hubimos curado, sólo yo volví a agradecerle a Jesús. Le agradecí por segunda vez en mi vida.

Lo miré a esos mismos ojos que Él tenía de Niño, y le dije: “Gracias por salvarnos”. Él entendió todo, vio todo, traspasó mi alma… Y, de entre los pliegues de su túnica, sacó algo medio abollado, y medio viejo, lo estiró y me lo dio. Yo no lo había olvidado, y Él tampoco: era mi sombrero.

 

 

Este cuento fue publicado originalmente en el blog Amafuerte.com (https://www.amafuerte.com/post/mi-regalo-un-cuento-navide%C3%B1o-para-leer-en-familia), con una reflexión posterior. También pueden leer en el Instagram de su autora, @conluznodespertada, algunas de las claves bíblicas que lo inspiraron (https://www.instagram.com/p/CX7th5IMXSG/?utm_source=ig_web_copy_link)

 

 

* Marina di Marco es licenciada en Letras por la Universidad Católica Argentina (UCA) y diplomada en Estudios Avanzados en Literatura Infantil y Juvenil por la Universidad Nacional de San Martín. Actualmente participa como profesora asistente en la cátedra de Teoría y Análisis del Discurso Literario I, en la UCA, y se desempeña como becaria doctoral cofinanciada UCA-CONICET. Ha coordinado talleres de escritura creativa y corrección de estilo en el Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco y trabajado como guía de visitas turísticas en el Teatro Colón. Difunde sus investigaciones habitualmente en congresos y revistas especializadas.

Acaba de publicar su libro de poemas Con luz no despertada (Buenos Aires: Bärenhaus, 2021), y es coordinadora de redacción de la Colección “Cuento contigo”, proyecto de la Dirección de Compromiso Social UCA, en conjunto con la Fundación Tiempo de Actuar (primer título: Carta desde Kromalandra, Sevilla: Wanceulen, julio de 2021). También se desempeña como editora para AmaFuerte.com.

 

Foto: Daniel Grad
Ilustraciones: Bradi Barth, en www.bradi-barth.org

 

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