Vaya el deseo del Taller de Corte y Corrección, del Canal TCyC y de la revista FIN para todos los lectores, audiencia, amigos y fans, en esta Pascua 2017: que Cristo Resucitado, quien hace nuevas todas las cosas, promueva por el Santo Espíritu nuestra inspiración, y nos infunda fe, disciplina y perseverancia en la formación literaria y en la creación de nuestras obras. Te pedimos humildemente, Señor, que hagas fructificar el talento que nos diste. Amén.
¡Un gran abrazo para todos!
Nuestro saludo pascual
La más terrible
Por Octavio Fernández *
Se encontraba de nuevo frente al espejo que siempre lo había aterrorizado de chico. Ahora, en la casa de sus viejos, ya difuntos, todos los recuerdos resonaban como ecos. Esta había sido la casa de su felicidad.
Se sentía raro pensando en cuando él era feliz. Más le parecía que estuviese visualizando a otro, en lugar de recordarse a sí mismo de chico.
Porque eran dos personas diferentes.
Él antes, de pibe: los juguetes, las carreras por el patio, los juegos con mamá, las historias de lobos que acechan. Un nene contento.
Y él ahora, de adulto: un vago sin laburo, un enganchado a la cocaína y a las putas y a las borracheras y a las piñas a la salida del boliche.
Un tipo que ayer se gastó la guita que le quedaba. En la Bersa 380, ahora guardada en el bolsillo del sobretodo, la había gastado.
Lo derrotaba esa imagen suya de bazofia reflejada en el espejo.
En este espejo, ya el último mueble de la casa: el de las pesadillas. Este espejo antiguo. Este espejo que deformaba ―y deforma― la figura, como los de los tenebrosos parques de diversiones. De chico siempre había querido que lo tiraran, pero nunca tuvo el valor para decírselo a sus padres: oscuramente, temía que el espejo se vengase.
Este era el espejo en el que algo, una silueta, se movía por las noches. ¿Sería una ilusión generada por la oscuridad? ¿Demasiadas películas de terror? Acaso sólo era su propia imagen que se deformaba, o el viento que hacía temblar al espejo en la pared, oscilante en sus ganchos.
Sin embargo, en la quietud de las tardes era peor. Siempre que se lo cruzaba no podía evitar mirarlo. Y se quedaba ahí, hipnotizado y aterrado, como esperando que en algún momento su reflejo cometiese alguna acción autónoma. De ser así, hiciera lo que hiciese el otro, él sabía que sería algo atroz. Algo que lo haría enloquecer. Rogaba a Dios porque nunca pasara nada.
Ahora creía que morir frente a este espejo sería lo mejor, lo más lógico. Y esa muerte consolidaría el terror de la infancia con su presente decadencia.
Por eso sacó la pistola del bolsillo, ya lista, y se la llevó a la sien.
Se miró una vez más en el espejo. ¿Acaso sonreía? ¿Podría ser que la única felicidad que ahora encontraba era la de morir?
Pero él no sintió que sus labios se contrajeran.
Se dijo que debía de ser la deformidad del espejo lo que le hacía parecer que sonreía.
Qué importa, pensó, y apretó el gatillo.
El cuerpo del hombre se derrumbó, desarticulado. El reflejo dejó caer su pistola. Sonrió: se había tomado su tiempo, pero al fin logró mostrarle al otro su pesadilla más terrible.
* Octavio Fernández nació el 11 de septiembre de 1995, en Corrientes Capital, Argentina. En 2005 se mudó con su familia a Ciudad del Este, Paraguay.
A finales de 2011, a los dieciséis años, se inició con la lectura, y descubrió que quería ser escritor. En 2013 volvió a Corrientes, y en 2015 se mudó finalmente a la Ciudad de Buenos Aires, donde comenzó a estudiar cine en el Cievyc; en marzo de ese mismo año, pasó a formar parte del Taller de Corte y Corrección.
La versión de este cuento por Marcelo di Marco, en un TCYC PESADILLA: https://www.youtube.com/watch?v=-pEKwkI5z-c
In memoriam Zoltán Kodály
Por Germán Masserdotti *
La figura de Zoltán Kodály (1882-1967), junto con la de Béla Bartók (1881-1945) y otros compositores húngaros, representa “un ejemplo de convicción del sentir patriótico”, afirma Sylvia Leidemann, presidente y directora artística de Ars Hungárica. Tanto Kodály como Bartók recopilaron a comienzos del siglo XX la música folklórica húngara desde sus orígenes. “El análisis que realizaron de ella fue tan valioso que sirvió de fundamento a la musicología húngara hasta el presente”. Ellos “a través de sus obras, jerarquizaron la música folklórica húngara trabajándola de tal manera que, sin perder su esencia, pueda ser aplicada en las más variadas formas de la música erudita. Así lograron su objetivo de dar a conocer la riqueza de la música húngara al mundo”. Como observa Pola Suárez Urtubey en “Hungría eterna”: en su música, “tradición y creación se dan allí de la mano”. 
A propósito 135º aniversario del nacimiento de Kodály, Ars Hungárica (institución que difunde la cultura húngara y, en colaboración con la Embajada de Hungría, articula sus actividades con la tradición de otros pueblos en el ámbito de las artes) realizará durante 2017 una serie de conciertos y conferencias en memoria del compositor nacido el 16 de diciembre de 1882 en Kecskemét.
Kodály fue el mejor alumno bachiller de su promoción en el liceo jesuítico de Nagyszombat (Trnava), ciudad a la que sus padres se habían mudado cuando Zoltán contaba con 10 años. De esta manera lo beneficiaron con una beca para ingresar en la Universidad de Budapest. Allí estudió Filosofía y Letras y obtuvo el título de profesor de idioma húngaro, alemán y griego. Simultáneamente, había cursado en la Academia de Música, fundada en 1875 por su compatriota Franz Liszt. Su biógrafo Ladislao Kurucz observa un dato curioso: Kodály y Bartók “frecuentaron la misma Academia de Música al mismo tiempo… sin encontrarse jamás”. Lo nombraron profesor titular de composición a los 25 años y, a lo largo de su carrera, cosechó “la admiración de sus alumnos y los celos e intrigas de sus colegas profesores, que no cesaron casi nunca a lo largo de más de 20 años excepto, por supuesto, Bartók y Dohnányi”. Este último fue otro de los músicos húngaros destacados durante la primera parte del siglo XX.
Kodály se asocia a Bartók en la tarea de investigar los orígenes de música popular. El primero se ocupa preferentemente de la música húngara; el segundo más bien se aplica a encontrar las “fuentes puras” en los otros pueblos y las interrelaciones en Europa oriental.
“Hay algo común entre los dos –dice Kurucz–: un amor puro hacia la música auténticamente popular, y la absoluta convicción de que únicamente ésta puede ser la base de una alta cultura musical de Hungría”.
Su primera gran obra data de 1923: el Psalmus Hungaricus. Fue compuesto en ocasión del 50° aniversario de la unificación de Buda, Pest y Obuda: ellas formaron la actual capital de Hungría, Budapest. Gracias a su composición forjó una amistad perdurable con Arturo Toscanini, que la dirigió numerosas veces.
Otra de sus obras notables es el Háry Janos, una comedia musical de carácter bufo compuesta en 1925. En 1936, a propósito de 250° aniversario de la recuperación de Budapest en manos del Imperio otomano, Kodaly estrena el Te Deum de Budavár. En las Variaciones Pavo Real de 1939 recupera un motivo musical que tiene 1500 años de vida. Durante la Segunda Guerra termina la Missa brevis in tempore belli en los sótanos de Ópera de Budapest.
Kodály está convencido de algo: “Hay que extender las bendiciones de la música a todas las clases sociales”; además, el estudio de la música no es un deber más sino “un verdadero placer”. En uno de sus artículos sostiene que “no es importante quién es el director de la ópera porque, si es malo, cae solo; es mucho más importante quién es el profesor de música en una pequeña ciudad, porque, si es malo, durante décadas, generaciones enteras van a tener un gusto musical mediocre o decididamente malo”.
Bajo esta convicción e inspirado en su acendrado patriotismo es que formula y aplica el famoso Método Kodály para el aprendizaje de la música. El ideal propuesto a los músicos y compositores es “un hombre que sea no solamente un simple virtuoso de su instrumento –observa Kurucz– sino que conozca de la manera más profunda todos los dominios de la música”. Kodály caracterizaba al buen músico como aquél que tenía un oído bien formado, intelecto bien formado, corazón bien cultivado y manos bien ejercitadas.. El instrumento musical privilegiado es la voz humana. Las canciones utilizadas para el aprendizaje siguen un orden: en primer lugar, las del folklore nacional; en segundo lugar, las de los pueblos vecinos y, por último, las clásicas del cancionero universal. “Cada nación –afirma Kodály– tiene una gran cantidad de canciones que son especialmente adecuadas para enseñar . Si las seleccionamos correctamente, las canciones folklóricas y tradicionales serán el material más apropiado a través del cual podemos presentar y hacer conscientes nuevos elementos musicales”.
Dice Kurucz: “Si hoy Hungría puede enorgullecerse como el segundo país en el mundo por sus numerosas escuelas musicales (el primero es otro país pequeño, Austria), es consecuencia de su tenacidad, sin claudicaciones, la lucha de un hombre combatido pero respetado, infatigable, como un verdadero artista”.
Kodály fue “un luchador tranquilo pero tenaz, optimista y profundamente creyente”. Sus días en esta tierra iban llegando a su fin: murió el 6 de marzo de 1967. “Fiel a sus convicciones –dice Kurucz– comulga antes de morir en un ambiente poco proclive a manifestaciones religiosas, y en su entierro, realizado con gran pompa eclesiástica, la nación llora a su anciano pero querido hijo, cuando suenan los graves acordes del Requiem: “…De profundis… Domine…”.
* Germán Masserdotti. En dos palabras: un impresentable. Nació en Buenos Aires el 5 de enero de 1975. El resto son habladurías. Le piden un currículum vitae y entrega un prontuario. Es un tomista estricto: le pega al tinto en toda la línea (aunque prefiere el merlot por cuestiones gastrointestinales) y se formó en la escuela de Tomás de Aquino, el Doctor Común de la Iglesia. Es profesor y licenciado en Filosofía. Estudia Periodismo. Mantiene un blog: El Águila y el León. En Fin publicó “Amores burgueses y súplicas de redención” (http://fin.elaleph.com/scriptorium/amores-burgueses-y-suplicas-de-redencion).
Jornada de pesca
Por Juan Esteban Bassagaisteguy *
Rodríguez respiraba agitado. La noche le pesaba sobre los hombros, calurosa y oscura. Cielo sin luna, cubierto de nubes. Sentado en el suelo, junto al arroyo, descansaba su espalda contra el tronco de un sauce. Y la herida en su vientre no paraba de sangrar.
¿De dónde había sacado las fuerzas para llegar hasta allí? No lo sabía. Pero, con seguridad, no había sido gracias a las seis cervezas que se había tomado. ¿Del pánico? Probablemente. Molina y Silvera estaban muertos. Lagrimeó al recordarlos, y rememoró el momento en que la jornada de pesca junto al arroyo Los Huesos se transformó en su peor pesadilla.
Los tres dormían —abatidos por el alcohol—, cada uno en su carpa iglú. Y fueron unos alaridos agudos, intensos, los que despertaron a Rodríguez. Encendió la linterna, salió de la pequeña carpa, y dirigió el haz de luz hacia el agua.
Las tres líneas de pesca seguían inmóviles.
Oyó un nuevo grito, y alumbró los iglús de sus compadres. Grandes manchas rojas ensuciaban el color azul de la lona de las carpas.
Algo reptaba entre los pajonales.
Algo grande.
Algo muuuy grande, y con la velocidad de una yarará.
Temblando, alumbró el suelo. Lo último que alcanzó a ver, antes de que la linterna se le cayera, fue una cabeza sin ojos y con una enorme y anómala dentadura. Al instante, la cosa se despegó del suelo y saltó hacia él.
Sintió el impacto en el estómago y, enseguida, el roer de los dientes ahí abajo. Aulló de dolor y golpeó con sus manos a la cosa; sus dedos se hundieron en algo gelatinoso, espeso, y que olía como la bosta bovina acumulada en un feed lot. La cosa gruñó, dejó de masticar y se despegó de su cuerpo. Rodríguez huyó, a ciegas y sin mirar atrás.
Sólo se detuvo cuando sus piernas no pudieron más. Y allí estaba ahora, apoyado contra el sauce. Le dolía mucho la herida. Intentaba no imaginar el desastre que aquello —que parecía medir varios metros— había causado a sus tripas. Pero no podía dejar de hacerlo.
Cavilaba sobre eso cuando, de buenas a primeras, el olor a bosta acumulada atravesó como una daga su nariz. Y no hubo tiempo para más.
*Motivado por sus ganas de contar historias y de tranquilizar los fantasmas que habitan en su interior, Juan Esteban Bassagaisteguy (1973) comenzó a escribir cuentos durante sus años de vida universitaria.
Ha participado en concursos y selecciones literarias nacionales e internacionales, obteniendo diversos galardones.
Publicó el e-book Historias en la azotea (2013), y participó con sus relatos en los e-books Historias en La Azotea. Edición especial. Tetralogía (2015) y Los papeles perdidos de Stephen King (2015), todos editados por James Crawford Publishing. Historias suyas han aparecido también en revistas literarias de Argentina, Colombia y España.
Posee su propio sitio web, «The Juanito’s Blog», donde pueden leerse sus cuentos y microcuentos (www.thejuanitosblog.blogspot.com.ar).
Es coadministrador del blog y página de Facebook «El Edén De Los Novelistas Brutos», sitio web destinado a la divulgación de relatos de escritores noveles.
Actualmente se encuentra trabajando en la edición y corrección de trece de sus relatos, con el objetivo de que, en formato de antología, sean publicados a la brevedad.
Contador público egresado en 1997 de la UNICEN, casado y con tres hijos, reside en Rauch, provincia de Buenos Aires, donde desarrolla su actividad profesional en el ámbito independiente.
Series que marcaron época, segunda parte. Rompiendo moldes: «Twin Peaks»
Por Adrián Granatto *
El 8 de abril de 1990 dio comienzo uno de los programas que daría un giro importante a lo que era la televisión hasta ese entonces. La serie fue Twin Peaks, creada por David Lynch y Mark Frost. Lynch ya había dado muestras de su arte en la pantalla grande con El hombre elefante y Terciopelo azul. Entre medio filmó Dune, sobre la obra de Frank Herbert, que fue un tremendo fracaso. Twin Peaks fue su primera incursión en la televisión, a la que retornaría años después con Hotel Room por HBO.
La primera temporada de Twin Peaks constó de ocho episodios en los que se narraba el descubrimiento del cuerpo de Laura Palmer y la posterior investigación por parte del FBI. Como detalle de color, Lynch interpretó a Gordon Cole, un agente sordo del FBI.
La segunda temporada tuvo una debacle catastrófica, ya que la ABC obligó a Lynch a desvelar quién era el asesino de Laura Palmer en los primeros episodios. Eso, sumado a que Lynch se encontraba en plena promoción de una nueva película, Corazón Salvaje, hizo que la serie perdiera el rumbo. Los nuevos argumentos no conformaron a los seguidores y la serie perdió audiencia. Ante esto, Lynch volvió para los últimos dos episodios e hizo lo mejor posible para mejorar el entuerto, cosa que no logró totalmente, dejando varios cabos sueltos, y a la vez abriendo la puerta a una tercera temporada que nunca llegó. Así y todo, la serie se volvió de culto, y los fans siempre le siguen rogando a Lynch que la continúe, a lo que que él se niega cordialmente. Pero… 2017 nos traerá una tercera temporada de 18 capítulos. La trama –por lo que se filtró– arranca veinticinco años después de la investigación sobre el asesinato de Laura Palmer, cuando el FBI encuentra un archivo desconocido.
La serie ha dado lugar a tres libros basado en su universo: The autobiography of F.B.I. Special agent Dale Cooper: My life, My tapes, The secret diary of Laura Palmer (escrito por la misma hija de Lynch: Jennifer Lynch), y Twin Peaks: An access guide to the town, de tinte humorístico.
Próxima entrega: La verdad está ahí afuera.
* Adrián Granatto es un escritor amateur argentino. Nació el 21 de octubre de 1966. No publicó en ningún concurso importante y, sacando a su mamá, no lo conoce nadie. Escribió para varios blogs cooperativos, y fue director de la revista digital Piso Trece (2012-2013), ya desaparecida en el éter.
Comenzó a tomar clases de escritura en el Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco en septiembre de 2014… y todavía no se avivaron de echarlo.
Y, para colmo, ahora es el secretario de Redacción de FIN.
Asomándonos al balcón
Por Fabián A. Zaionz *
El viernes 25 de noviembre de 2016, acompañado por Alicia Grinbank y Alejandrina Devescovi (editora de Botella al Mar), Fabián Zaionz presentó Balcón a la mirada, su nuevo libro de poemas. Para que se vayan asomando a su poesía, les dejamos acá algunos de esos destellos:
En el museo
Entre cuadros y esculturas
cruzamos nuestras vistas
hacia el arte de la mirada.
Te invité a contemplar esa creación
sólo para susurrarle a tu silencio
te interrogué
para escuchar el movimiento de tus labios
volví a preguntar
y tuve la excusa
para tocarte.
Los pies ya no arrastraban
las dudas de lo incierto.
Al final
me regalaste la gran obra del museo:
tu palabra hecha sonrisa
y yo
agradecido del arte.
Basural
Entre tanta podredumbre
no queda espacio para el estupor
ningún dios se asoma
a este pozo del olvido.
El chico es carroña del paisaje
hurga hasta el hedor
y sólo encuentra
vestigios de recuerdos
botellas sin mensajes
un sueño de chatarra
residuos de ilusión.
Los pájaros rapiñan
el humo los envuelve
en un baile siniestro
vuelo sin destino
aquelarre de ángeles.
Copa de vino
Brindemos el bebernos la vida
hecha sangre de esta líquida criatura
atrapada en transparencia.
Brindemos el bermellón derramado
rojo aroma en la danza de la copa.
Brindemos la huella impregnada
en este sendero de oscura lava
que sólo desea morir en tu boca.
*
Fabián Zaionz nació en Buenos Aires el 12 de julio de 1960. Se formó literariamente en los talleres de Alicia Grinbank, Susana Szwarc y Marcelo di Marco. Sus libros publicados son Túneles de luz (1999, Libros de Tierra Firme) y De otro andén (2001, Último Reino). Textos suyos fueron incluidos en el libro Taller de corte y corrección, de Marcelo di Marco (Sudamericana) y en la antología de microrrelatos En frasco chico (Colihue). En julio de 2016, invitado por La Casa de la Poesía de La Habana, Cuba, participó con lectura de sus poemas.
Encuentra en la poesía su mejor forma expresiva, que acompaña con su actividad de sommelier.
Hacerse Niños
Por Pablo Grossi *
«El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres”, afirma Santo Tomás de Aquino. Esa deificación la alcanzamos desde nuestra condición de hombres, asumiendo cuanto hay de hombre en Cristo.
Por eso, en esta noche santa, nos hacemos Niños (con mayúsculas). El Señor dice: “Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos”. No solamente debemos ser niños, sino que debemos ser el Niño. Y así como Él toma nuestro lugar en el calvario, tomemos nosotros el suyo esta noche y recibamos, pues, los regalos de los Magos.
Recibamos esta noche el oro. El oro simboliza la realeza de Nuestro Señor. “La soberanía reposa sobre sus hombros”, escuchamos en la Liturgia de hoy. Nuestro Señor es Rey, y al recibirlo participamos de su realeza. Somos reyes, profetas y sacerdotes. La realeza de Cristo alcanza un triple ámbito: el espiritual, el temporal y el social. El plano espiritual es el gobierno de Cristo en los corazones: hagamos de nuestro corazón un trono para el Rey, viviendo según su Palabra y su obrar. Hagamos de nuestro corazón un trono para el Rey creciendo en la práctica de las virtudes por amor a Él y a los demás. Hagamos de nuestro corazón un trono para el Rey, finalmente, matando con ensañamiento y alevosía a todas aquellas acciones que nos aparten de Él. Recibamos el oro de la realaza y vivamos conforme a él. Cristo también es Rey en lo temporal. Para ello, desarrollemos todas las acciones humanas con los ojos puestos en el Cielo. Cristo asumió todas las dimensiones de la condición humana con su Encarnación. Impregnemos todos los aspectos de nuestra vida con la presencia de Dios. Vivamos plenamente sabiendo que la naturaleza es buena, porque fue creada por Dios, y que es el receptáculo sobre el cual actúa la gracia. Que los aspectos naturales de nuestra vida estén limpios, para que la gracia puede actuar sin ataduras. Por último, Cristo debe reinar en la sociedad.
Dice la Escritura: «Fuera de Él no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos». Danos, Señor, la valentía de seguir proclamando tu nombre públicamente. Que nunca caigamos en el estulto malminorismo. Que nuestro apostolado en el plano social siempre sea guiado por el deseo de proclamar tu mayor gloria. Que el amor a la patria, Señor de los ejércitos, sea siempre la culminación del amor al prójimo y nunca la filantropía insípida. Pero vos, Dios inescrutable, también nos dijiste que tu reino no es de este mundo. Por eso volvamos a contemplarte en el pesebre, tratando de reflejarnos nosotros allí.
Recibamos también esta noche el incienso. El incienso representa la divinidad de Nuestro Señor. Cristo es Dios. Recordemos que el Niño, plenamente humano, sigue siendo Dios. Nos decía al respecto el Padre Castellani: “Cristo quiso nacer en la mayor pobreza, quiso hacernos ese obsequio a los pobres. La piedad cristiana se enternece sobre ese rasgo y hace muy bien; pero ese rasgo no es lo esencial de este misterio: no es el misterio. El misterio inconmensurable es que Dios haya nacido. Aunque hubiese nacido en el Palatino, en local de mármoles y cuna de seda, con la guardia pretoriana rindiendo honores, y Augusto postrado ante Él, el misterio era el mismo. El Dios invisible e incorpóreo, que no cabe en el universo, tomó cuerpo y alma de hombre, y apareció entre los hombres, lleno de gracia y de verdad: ése es el misterio de la Encarnación, la suma de todos los misterios de la fe”.
Si el oro representa la plenitud de la humanidad de Cristo, el incienso representa la plenitud de su divinidad. El incienso se usaba para rendirle tributo a Dios. Recibamos el incienso. Que nuestra vida entera sea una alabanza perpetua a la grandeza divina, para participar del amor intra trinitario. Que todas nuestras acciones sean coherentes con la fe que recibimos en el Bautismo. Que antes que nuestra salvación, se nos anteponga tu glorificación, Señor. Que el amor a tu nombre mueva siempre nuestros corazones. Para eso necesitamos de tu gracia, oh buen Dios. Porque nuestra naturaleza está herida. Justamente por eso, Dios de los corazones, naciste hoy. “Dado y nacido para nosotros”, reza Santo Tomás. Recibir el incienso significa elegir libremente abrazar la vida divina en todo su esplendor. Pero para llegar a la Gloria de la Resurrección, antes hay que pasar por el calvario.
Por eso también recibimos la mirra. La mirra era usada para embalsamar a los cuerpos. Es un anticipo de la pasión del Señor. Para vivir y reinar con Él, debemos morir primero con él.
Recibir la mirra es morir día a día al hombre viejo. Recibir la mirra es desatar el combate contra todo lo que hay nosotros que está aún bajo el dominio del Demonio. Si en el plano social debemos luchar contra el mundo, en el plano personal debemos luchar contra nosotros.
Desde el pesebre, Padre Celestial, te damos gracias: gracias, Señor, por darnos todavía santos sacerdotes en medio de un mundo apóstata. Gracias, Señor, por darnos la posibilidad de elegir a dónde ir a Misa, en un mundo regado siempre por la sangre de tus mártires. Gracias, Señor, por darnos el don del arrepentimiento por nuestras faltas en un mundo que se autocomplace en su soberbia institucionalizada.
Ayúdanos, Señor, a seguir librando cada día el buen combate de la fe contra el Demonio, contra la carne, contra el mundo. Te pedimos, Señor, la perseverancia en la fe y el arrepentimiento final. Te pedimos, Niño de Belén, que al ponernos todos en tu pesebre y recibiendo el oro, el incienso y la mirra, nos hermanemos cada vez más, cumpliendo tu Palabra. Que el lazo del amor que nos une a todos hoy siga fortaleciéndose hasta nuestro último suspiro. Que la Liturgia que compartimos hoy sea una puesta en abismo de la Liturgia Celeste.
*
Pablo Grossi nació en Buenos Aires en 1986. Es maestro de nivel primario, catequista y está terminando el profesorado y la licenciatura en Filosofía en la Pontifica Universidad Católica. Desde muy chico se apasiona por los relatos de aventuras. Participa del TC&C desde el año 2012 escribiendo (y corrigiendo) cuentos. Disfruta mucho de la música y la gastronomía, con una amplia variedad de gustos en ambos campos. Su principal interés académico pasa por la apologética de la fe católica, la relación entre la ciencia y la fe, y el pensamiento medieval.
Rescate
«Rescate», una vibrante prosa poética de Paula Jansen. Con este texto, FIN, elaleph.com y el Taller de Corte y Corrección quieren desearles a sus lectores, participantes y amigos muchas felicidades para este 2017, y un nuevo comienzo que saque de lo más profundo de nosotros lo mejor que todos tenemos: la literatura.
¡Hasta el año que viene! Los esperamos siempre.
Por Paula Jansen *
Gritos, miradas de rechazo, insultos. Yo, niña que nada sabía de rencores, de desprecios. Que nada entendía de enojos, enojos que envenenan. Veneno que no mata pero intoxica. Yo, niña, indefensa frente al odio de quienes, toda una vida atrás, se habían jurado amor eterno. Peleas sin fin, que fueron quebrando mi emoción. Gritos y más gritos, las manos apretando los oídos. Pero nada lograba silenciar esos gritos. Nada frenaba el impacto de aquellas palabras. Palabras negras, frías, hirientes. Palabras-dardos que daban directo en el blanco: la ilusión. ¿Podía acaso, yo, niña, escapar de aquel frente de batalla? ¿Podía quedar indiferente frente a las barbaridades que se decían esos señores llamados padres? Yo, niña, rezaba, le suplicaba a Dios para que alguien me rescatase. Tal vez un príncipe azul, o algún dragón. ¿Por qué no un hada madrina, como en esos cuentos que solía leer, sólo cuando ellos dejaban de gritar? Sólo cuando se abría un hueco entre dardo y dardo. Y llegó mi cumpleaños, y pedí fuerte un deseo. Tan fuerte que se hizo realidad. Fui salvada. No por un príncipe ni por un dragón, ni siquiera por un hada madrina. Fui salvada por un simple regalo: un lápiz y un diario íntimo. Y mágicamente esos gritos se trasformaron en susurros, y las palabras-dardos en caricias. Ya no me cubría los oídos, ni me escondía bajo la cama. Yo, niña, ya no lloraba. Escribía.
*Paula Jansen nació en Buenos Aires. Empezó a escribir poesía siendo adolescente, y con el tiempo se volcó a la narrativa. Es licenciada en Psicología y Relaciones Públicas. Se desarrolla laboralmente en el campo de la Psicología. Su experiencia clínica se ve reflejada en sus cuentos. Participa activamente en la ONG Lusuh (Lucha Contra el Síndrome Urémico Hemolítico); ha publicado varios artículos acerca del tema. En 2014, participó en la antología Cinco mujeres y otra cosa, editada por La Letra Eme. Pertenece a La Abadía de Carfax, Círculo de Escritores de Horror y Fantasía. Actualmente escribe artículos para la revista Nuestro Country, está trabajando en una novela y publica en su página de Facebook La salida es hacia adentro. Suele confesar: “Al empezar el taller de Marcelo di Marco, me reencontré con la pasión de escribir”.




























