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Saludos imprecisos: un problema de identidad

Por Julián San Miguel *

 

El milenario hábito de circunscribir la identidad de un ser humano a un nombre de pila debe de ser una de las pocas tradiciones que, seguramente por sus efectos prácticos, nunca se han puesto en tela de juicio.

A la hora de reunirnos con amigos, o de atender un llamado de trabajo, o de discutir con un familiar ―todos intercambios delimitados―, el asunto no genera discordias. En estos casos, incluso, alcanza con cualquier apodo o epíteto de ocasión. Ahora bien: la vida del ser humano es un camino de incalculables bifurcaciones. O una bifurcación incalculable de caminos, a la vez, bifurcables e imposibles de calcular. Como más guste el aderezo.

Daremos un ejemplo.

Un Gabriel que camina por la vereda, ¿debe darse vuelta si un alguien, que camina a unos cuantos metros a su espalda, grita “¡Gabriel!”? Naturalmente, podríamos asegurar que Gabriel se dará vuelta a mirar. Pero no tendrá la certeza de ser el destinatario de aquel llamado: hay muchos Gabrieles en las veredas. Decenas de miles ―¡o más!

Y la cosa puede ponerse peor: ¿qué ocurre si alguien grita “¡Gabi!”? En ese caso entrarán en juego también las decenas de miles ―o más― de Gabrielas que andan por la calle.

Podríamos pensar que el apellido viene a solucionar el problema. Alguien grita “¡Gabriel Gómez!”. Vamos, que debe de haber miles ―y más― de Gabrieles Gómez. Es verdad: podría apellidarse Mastroberardino. Sin embargo, este no es el caso ―y, de todos modos, seguro que debe de haber unos cuantos Mastroberardinos caminando veredas del mundo―. Nuestro caso es Gabriel Gómez. Y Gabriel pareciera tener un problema. Un problema de identidad: sujeto a una designación que no es exclusivamente suya, no estará seguro de cuándo sí ―y cuándo no― darse por aludido.

Otorguémosle alguna característica física a nuestro Gabriel, a ver si la situación mejora. Gabriel es calvo. Podrían entonces llamarlo “¡Gabriel Gómez, pela!”. ¿Hace falta que les diga que debe de haber muchos Gabrieles Gómez pelados? Por otra parte, gritarle “pela” a un calvo, en medio de la calle, requiere de una buena cuota de audacia: en vez de recoger un saludo de vuelta, podría recibirse una puteada, cuando no un trompazo. Pero no nos compliquemos más de lo necesario, y supongamos que el saludador es un atrevido y que Gabriel es un pelado contento. Y, aun así, para decirlo de otro modo, siendo que él es Gabriel, él es Gómez y es un jubiloso calvo, la nomenclatura no alcanza para definir su identidad. Entonces ¿para qué nos sirve la palabra?

Aquí el sagaz lector podría proponer el agregado de la no verbalidad. Si la palabra no sirve, que el gesto reemplace a la palabra. Lamento refutarlo: si de algo no hay duda es de que, ante la ausencia de verbalidad, el panorama se oscurece más todavía. Por eso puede Gabriel caminar relativamente tranquilo: no hay manera de que lo llame con un gesto alguien que está a sus espaldas. Así, exento del clásico episodio que a todos alguna vez nos ha exterminado el honor, no será víctima de una de las pesadillas que devienen de los bretes con la identidad. Y el clásico episodio al que aludimos acontece tanto en espacios públicos como en las reuniones sociales.

Me explico.

Es sabido que, cuando captamos un saludo gestual ―sonrisa, guiño, cejas levantadas, mano al aire, etcétera―, respondemos automáticamente. Y lo hacemos, inclusive, a sabiendas del riesgo que corremos de no haber sido nosotros los destinatarios del saludo. Un misterioso dispositivo emocional nos obliga a devolver el gesto. Y la situación deshonrosa se desarrolla del siguiente modo: un alguien saluda a un otro alguien, y nosotros, creyendo que el saludo se dirige hacia nuestra persona ―porque justo, justito, fuimos a quedar en medio del canal de la comunicación―, levantamos una de nuestras manos para devolver la cortesía. Al percatarnos del error, representamos alguna acción inverosímil, como atrapar una mosca en el aire o elongar los tríceps con el saco abotonado. Y siempre, pero siempre, algún oculto plateísta se regodea con nuestra involuntaria interpretación de comedia de enredos. Por supuesto que, lejos de salir airosos, quedamos ―y nos sentimos, con total razón― como unos redomados boludos. Y para colmo ni nos enteramos de quién fue el malnacido que se ha deleitado con nuestro gratuito espectáculo. Eso sí: intuimos su presencia, ya que en alguna ocasión todos hemos gozado, como furtivo público, del equívoco ajeno.

Muchas veces, sin embargo, ocurre que los espectadores sufrimos tanto o más que el protagonista. Eso se llama alipori: vergüenza ajena. Por alguna razón, nos sentimos responsables del ridículo innominado, y llegamos a desviar la mirada para que el ocasional imbécil no repare en nuestro descubrimiento. Además, nos incomodaría que nos identificaran. Como podrá verse, la cuestión se vuelve mucho más preocupante: afecta a terceros, quienes ahora no sólo se inquietan por sus esporádicas pifias, sino también por el equívoco de otros, que a su vez ―engrasando el centrípeto dispositivo de la turbación― más tarde se inquietarán por el equívoco de otros tantos además del de sí mismos. En el sinfín de la contrariedad, todo se torna más angustiante si visualizamos con detenimiento la subescena interpretada por el arrepentido mirón. Pobres, aquellos que se ven obligados a desviar la mirada frente a tan patético cuadro. Y encima, de vez en vez, deben dar explicaciones a algún tarado curioso que, de metido no más, se detiene a preguntar:

―¿Qué le ocurre?

―¿Cómo dice?

―Tiene la mirada desorbitada y le tiemblan las manos, ¿le cayó mal la comida?

―No. Sólo acabo de ser testigo de una situación patética.

―¿Dónde?

―¡Baje la mirada! No sea cosa de que el idiota se dé cuenta.

―¿Se dé cuenta de qué? ¿Cuál idiota?

―Uno que anda devolviendo saludos ajenos.

―¿Ese que nos está mirando?

―¡Dios mío, qué incomodidad! ¡Nos ha descubierto!

Claro que abandonar los saludos gestuales significaría un descomunal desafío. Entre otras cosas, porque se habilitaría así todo tipo de críticas y valoraciones acerca del lenguaje no verbal, caja de Pandora de los más imputables sentimientos humanos. Pero de todas maneras, las bifurcaciones del camino ―ya lo hemos dicho― siempre serán incalculables. ¿Cómo saber las consecuencias de tal empresa? No hay modo. Se tratará entonces de ser audaces. Y qué mejor incentivo para huir de la confusa gestualidad, que lanzarse a la aventura de encontrar una forma precisa que a todo el mundo otorgue su legítimo derecho a ser inconfundiblemente reconocido. Quizá podamos ahorrarnos mayores disgustos, concentrándonos en el paseo de Gabriel por la vereda.

Imaginemos ahora que Gabriel, vestido con un jean y una remera estampada, llega a la esquina. Alguien le grita: “¡Che, Gabriel Gómez, pelado, el del jean y la remera estampada, que está a punto de cruzar la calle!”. Ahora, si bien todo es posible y nada es indudable, sabemos que Gabriel experimentará la certeza absolutísima de haber sido señalado mediante una designación inconfundible. ¿El asunto de la identidad de Gabriel ha sido resuelto? Muchos han quedado satisfechos con el resultado ―que, si bien es un tanto barroco, resultó bastante efectivo―. Para quienes todavía temen por la improbable confusión, podemos prestarle a Gabriel unos rollers, extirparle un brazo, colocarle un barbijo violeta con el dibujo de una escolopendra, y pasarle contra la nuca una yema de huevo podrido. Pero, para Gabriel…, ¿el problema de la identidad ha sido resuelto? Ya volveremos sobre este aspecto.

 

Aquello que frustra el ansia del reconocimiento nos afecta a todos. Por eso es tan importante detenernos en minucias como estas. Se tratará, entonces, de encontrar una respuesta a este dilema social, antes de que la proliferación de perplejidades nos obligue a abandonar el espacio compartido, hasta el punto de guardarnos permanentemente en la soledad de nuestros hogares.

Esta conclusión puede parecer absurda, inverosímil y propia del anhelo de un misántropo ―¡nada más lejano de mi sentir!―. Pero si revisamos la historia de la Humanidad, veremos que, cada vez que el mundo se ha ido al demonio, ha sido por cuestiones minúsculas a las cuales no hemos prestado adecuada atención. La vida del ser humano es una suma de mínimas peripecias, incomodidades y desaciertos, que engendran en el inconsciente colectivo un disparador para el aislamiento social, el ostracismo, el odio y las malas decisiones. No deberíamos tomarnos a la ligera ningún aspecto, por pequeño que sea, que pueda conducir a sentimientos de ese tipo. Y la necesidad de ser identificados, de no pasar inadvertidos, de establecernos como seres irrepetibles, claramente ha empujado a todo tipo de actos perversos por parte de ciudadanos, gobiernos y corporaciones.

En cuanto a Gabriel, ¿ha sido resuelto o no su problema de identidad? Créaseme: yo al pelado lo conozco, y si bien no daré detalles sobre su extenso prontuario, pueden estar seguros de que, si en el medio de un paseo por la vereda, alguien lo sorprende con algún detallado alarido, estilo “Gabriel. Che, Gómez. Hey, cara de gusano. Nuca fermentada. ¡Manco, cabeza de rodilla! No cruces, y bajate de los patines”, lejos de darse vuelta, se largará a patinar con todo, espantado, procurando que su perseguidor no lo alcance nunca.

Y si notamos en la intención de aquel “Gabriel. Che, Gómez. Hey…”, razones justas para asistir al perseguidor, ¿por qué ―lejos de hacernos cargo― desviamos la mirada y seguimos nuestro camino? En fin: estos, como tantos otros conflictos ―que también definen nuestra identidad y originan variopintos quehaceres característicos de la malicia humana―, serán motivos para otra divagación. Lo mismo que la solución al problema de que Gabriel, aun sintiéndose identificado frente a la certera descripción de su persona, inexplicablemente, no se dé por aludido.

 

 

 * Julián San Miguel (Buenos aires, 1978) se formó en Actuación durante diecisiete años; sus maestros fueron Lizardo Laphitz, Agustín Alezzo, Luis Agustoni y Nora Moseinco. Desde 2014 coordina sus propios talleres. También dictó clases de Prácticas del Lenguaje durante siete años en de escuelas secundarias. Aunque se recibió de Profesor de Enseñanza Superior en Lengua y Literatura, su verdadero aprendizaje comenzó en 2017, cuando asistió a su primera clase de Taller de Corte y Corrección del maestro Marcelo di Marco.
Ha publicado en FIN su texto “Addictus” http://fin.elaleph.com/articulos/addictus.  Se encuentra concluyendo su primera novela ―de próxima publicación.

 

 

¡Hasta el año que viene!

Queridos amigos: los integrantes de Fin, elaleph.com y el Taller de Corte y Corrección nos despedimos de este raro 2020 con la «Adoración de los pastores», de Giorgione, una reflexión de Chesterton, y deseándoles a todos ustedes los más impactantes escritos y los mejores lectores para el año que comienza.

«Las divisiones del tiempo han sido dispuestas de manera que podamos sufrir un sobresalto o sorpresa cada vez que algo se reanuda. La finalidad de celebrar la llegada de un Año Nuevo no es que sea un año nuevo. Es tener nueva alma y nueva nariz, pies nuevos, nueva espina dorsal, ojos nuevos, oídos nuevos. Es mirar por un instante una tierra imposible. Es que nos resulte de todo punto asombroso que el pasto sea verde en lugar de tener un razonable color púrpura. Es que nos parezca casi incomprensible que haya árboles verticales que broten de una tierra redonda en lugar de tierras redondas que broten de árboles verticales. El fin de las frías y duras definiciones del tiempo es prácticamente el mismo que el de las duras y frías definiciones de la teología: despertar a los hombres. Si un hombre cualquiera no fuese capaz de adoptar resoluciones de año nuevo, no sería capaz de adoptar resolución alguna. Si un hombre cualquiera no fuese capaz de empezar todo de nuevo, sería incapaz de hacer nada eficaz. Si un hombre no partiera de la extraña premisa de no haber existido jamás antes, resulta indudable que jamás llegaría a existir después. Si un hombre no fuera capaz de volver a nacer, jamás entraría en el Reino de los Cielos».

G. K. Chesterton. «Uno de enero» (1904), Lectura y locura (Lunacy and Letters, 1958). Sevilla: Espuela de Plata, 2008; 264 pp.; trad. de Victoria León.

 

 

 

 

Sobre el lenguaje inclusivo

 Por Agustín Del Vecchio *

 

Aquí trato de transcribir un monólogo íntimo, un discurso a medias que repito una y otra vez a oyentes imaginarios, con la esperanza de lograr —de una vez por todas— esclarecer mi opinión acerca del lenguaje inclusivo. Una idea que forma parte de un discurso aún más grande, oculto en los programas de chimentos, las aulas universitarias y, si se tiene mala suerte, también en las cenas familiares.

No me malentiendan: no digo que el lenguaje sea algo estático y que debería permanecer inalterable siempre. Lo que digo es que sus cambios se dan, y deben darse, naturalmente. Cualquier modificación artificial —no importa si es con motivos nobles o intereses egoístas— será nefasta para el pensamiento. Porque las palabras no sólo son herramientas que nos posibilitan comunicarnos: también son los átomos que conforman lo que llamamos mundo interior. Ustedes saben a lo que me refiero: el eterno enemigo de las señoras gordas y los perros ladrando a las tres de la mañana. Un espacio nuestro y sólo nuestro, donde evaluamos las decisiones, y donde nuestras personalidades se ensamblan. Un espacio que el arte intenta exponer en galerías o cuadrados de papel, quizá inútilmente.

Lo que trato de decirles, y escúchenme bien, es que dejar el lenguaje en manos del oficialismo, o deformarlo según la ideología de moda, no es un acto rebelde: los rebeldes nunca fueron apoyados por el establishment. Porque el rebelde nace de la disidencia, y, si el lenguaje no es libre, la disidencia será tan real como un sueño.

Y no me vengan con la excusa de la libertad de expresión. Los usuarios del lenguaje inclusivo son libres de utilizarlo, sí, pero los demás no tienen la obligación de entenderlos, y mucho menos tienen la obligación de contestarles del mismo modo. Aclaro esto último porque nos lo presentan como un deber moral incuestionable, pero los sistemas morales son cuestionables, y ninguno puede imponerse.

El lenguaje, amigos míos, es libre por naturaleza. Y debe permanecer así.

 

 

  * Agustín Nicolás Del Vecchio nació el 1 de marzo de 2002. Desde muy chico se interesó por toda actividad intelectual que se le cruzara por delante, hasta hoy sigue teniendo esa obsesión. Para él, la lectura no es solo una pasión: es una necesidad, necesidad que crece a lo largo de los años. Comenzó a escribir en 2017, gracias a la recomendación de un amigo, y desde entonces trabaja muy duro para perfeccionar su estilo. Una tarea en la que es fundamental la influencia del Taller de Corte y Corrección. En la actualidad, se encuentra cursando la Licenciatura en Ciencias Físicas, mientras sigue formándose en literatura.

Agujeros negros

Por Lucho Lázara *

 

 

Recién después de que el mozo apoyó el pocillo, el tipo pudo sentarse frente a ella. La tarde caía sobre la vereda del Cafecito.

—¿Por qué volvés, Susana? —dijo, al tiempo que tanteaba algo en el bolsillo de su saco.

Ni una palabra pudo escuchar. Por su espalda serpenteó un escalofrío. Ella lo traspasaba desde lo profundo de sus ojos. Esos ojos que, con los años, habían dejado de ser sólo para él, y lo habían desafiado, entregándose a otro hombre.

—Susana, ¿qué venís a buscar?

Ni una palabra.

Él bajó la mirada. Probó un sorbo de café. En su boca un ácido helado coaguló su lengua. Lo escupió.

¿Cuánto tiempo habría pasado desde que le sirvieron el ristretto?

¿Cuánto tiempo había pasado desde que los ojos de Susana le pertenecían? ¿Diez años ya? Fue un otoño en que se había aventurado a viajar a Taco Ralo, buscando las aguas termales que aliviaran la lumbalgia. Pero nunca llegó a las termas. En una casilla extraviada, sobre un colchón de humillación, esos ojos de sol habían ofrendado su piedad ante él. Un puñado de billetes, una promesa, y aquella niña, en la que descargaría los dolores que hasta hoy lo atormentan, fue suya.

Ahora, decide levantar la mirada, y para evitar los ojos de ella estira un poco más el cuello. Reconoce el interior del local. Un LG de 50 pulgadas da cátedra a unas pocas mesas y al ventanal. En directo, la pantalla enseña el frente del edificio donde, hasta anoche, ella vivía con él. El zócalo rojo sangre tiene escrito:

SUSANA TENÍA 24 AÑOS – LE HABRÍAN ARRANCADO LOS OJOS

A lo lejos, las sirenas ya doblan por Juncal. Todavía está a tiempo de huir. No puede: los ojos de Susana, restos fríos de antiguas estrellas, comprimen su voluntad.

Ya ni siquiera parece importarle cuando el oficial lo alza del brazo, le dice su nombre y que tiene derecho a un abogado.

Desde su mano ruedan hacia la vereda dos esferas gelatinosas.

El tipo sólo siente un vacío que aspira su alma hacia la oscuridad eterna en los ojos de ella.

 

 

 * Lucho Lázara (Ciudad de Buenos Aires, 1958). De pibe lo deslumbraron la literatura y la electricidad. Sin dejar la ficción y la poesía, las encrucijadas de la vida lo llevaron a ser ingeniero electricista, recibido en la UTN.

Entre 1999 y 2002 participó del Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco, y desde junio de 2020, del TCyC de Literatura Fantástica coordinado por Nomi Pendzik. Algunos de sus autores preferidos son: Roberto Arlt, Julio Cortázar, Horacio Quiroga, Alejandra Pizarnik, Abelardo Castillo, Edgar Allan Poe, Stephen King.

Actualmente trabaja en el desarrollo de perfiles profesionales, normas de competencia y diseños curriculares para la industria de la construcción, a la par que participa de una Comunidad de oración y servicio del Movimiento de la Palabra de Dios.

John Ford: un clásico que debe verse una y otra vez

Por Fabián Sancho *

 

A comienzos de junio de 2020, HBO MAX anunció que quitaría de su catálogo el clásico Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939, Victor Fleming —y George Cukor y varios directores más sin acreditar—), “hasta que se le añada contexto histórico”. El pensamiento políticamente correcto, que también va a quitar las armas de los eternos Looney Tunes —lo que es quitarle el 85% de la gracia—, ha considerado que lo que estaba naturalizado en la época de la Guerra Civil estadounidense —contexto histórico de la original novela de Margaret Mitchell— actualmente no debe exhibirse hasta realizar una nueva edición con los comentarios pertinentes para que el público comprenda que hay cosas que no deberían haber sido. No se trata de una prohibición, sino de una suspensión hasta su lavado de cara. El pensamiento políticamente correcto trata de anular constantemente lo que puede resultar ofensivo a todo conjunto susceptible de ofenderse. Utilizo la palabra “conjunto” ya que este tipo de pensamiento no considera que el ser humano pueda ser un individuo, único y no gregario. También está el delirio mesiánico de “enseñar a todos a pensar correctamente”, obviamente desdeñando y desautorizando cualquier crítica posible.

El mundo del cine es un termómetro del resto de la sociedad. Un clásico como John Ford, director que entra en la categoría kantiana de “genio creativo” —teniendo en cuenta que el Genio genera reglas para el arte sin percatarse de ello—, es tomado por algunos sectores “biempensantes” como conservador, machista y patotero, entre otras cosas. El objetivo de esta nota es rebatir estos conceptos. Y para ello voy a basarme en una de mis películas favoritas, que es a la vez una de las más atacadas: Más corazón que odio (The searchers, 1956, John Ford).

El título con el que se estrenó en Argentina resulta más expresivo y poético que su original. La película —adorada por Scorsese— narra una historia de pioneros durante la legendaria etapa del salvaje oeste. Ethan (John Wayne) regresa a la casa de la familia de su hermana, en una intro que es una verdadera lección de cine: el personaje recortado contra el paisaje –que es en realidad una continuación de él mismo— se acerca a la finca, mientras el perro de la familia ladra y se lo espera con cariño y curiosidad. El protagonista, con un pasado que se supone turbio pero nunca se menciona, odia a los comanches y compara al “nuevo” miembro de la familia con un mestizo (Martin, interpretado por Jeffrey Hunter). Mientras sale de patrulla con el variopinto grupo de rangers, la finca es atacada, y la pequeña Debbie es secuestrada por los comanches. Es el punto de partida para la búsqueda de la cautiva —un paralelo entre la historia estadounidense y la argentina— que va a llevar el resto del metraje. Ethan y Martin emprenden la búsqueda con cierta característica de Quijote y Sancho: muchas veces las acciones del primero no son comprendidas por el segundo, mientras que otras es el segundo quien asiste al primero.

Esta obra maestra del cine tiene todos los ingredientes para agresiones gratuitas de cabezas “biempensantes”:

  1. Conservador: Ethan quiere conservar unida a la familia. La primera vez que sale utiliza su antigua capa. No quiere que el tiempo cambie, y si cambia para mal, desea volver atrás. Es un personaje con una humanidad en la que se refleja lo peor, pero también lo mejor.
  2. Machista: Ethan y Martin son los encargados de reencontrar a Debbie, la niña que con el transcurrir de los años se transforma en una joven (Natalie Wood). En un momento del viaje, Martin se casa, por un malentendido, con una mujer comanche. Este hecho está narrado de forma completamente visual, como la ilustración de una carta que se lee en off. Ya de vuelta a la narración convencional, Martin patea a la joven apache y la hace rodar por la pendiente hasta la orilla del río, con las carcajadas de Ethan de fondo.
  3. Patotero: los personajes son adeptos a juntarse, beber juntos, compartir momentos memorables. Se mueven en conjunto y su última incursión, tal como la primera —el círculo perfecto de una óptima narración— es en grupo.

Obviamente, el recorte del pensamiento políticamente correcto resulta errado en todo sentido.

La crítica contra el conservadurismo de Ford parte del desconocimiento de su obra. De la misma forma en que Ariel Dorfman podía decir su teoría basándose en lo que él creía que era el Llanero Solitario y no en cómo era el personaje en la radio o en los seriales, los críticos progres encuentran en la nostalgia de Ford un grado de conservadurismo insoportable. En primer lugar, conservar ciertas costumbres o creencias no es un rasgo negativo. En segundo lugar, la frase ”todo tiempo pasado fue mejor” adquiere una característica metafísica en todo el cine de Ford. Por ejemplo, sobre el final de Un tiro en la noche (The Man who shot Liberty Valance, 1962) un personaje dice: “Si la leyenda sobrepasa a la realidad, se publica la leyenda”. Simplemente eso: filosofía en su más puro estado. Lacónica filosofía irlandesa.

La crítica contra el machismo no toma en cuenta los personajes femeninos de Ford, que nunca son damiselas en peligro esperando su salvación: varias veces son más fuertes que sus contrapartes hombres. Los jab cruzados que el personaje de Maureen O’Hara arroja sobre el “hombre tranquilo” en la maravillosa El hombre quieto (The quiet man, 1952) es un sobrado ejemplo de las acciones de un personaje fuerte de condición femenina. Volviendo a Más corazón que odio, el personaje de Vera Miles puede castigar a Martin arrojándole agua fría mientras se baña; con ese pequeño gesto se dibuja a una joven de efervescente carácter que va a convertirse en una gran mujer. El caso de la patada a la comanche, bueno, hay algo que se llama sentido del humor, que algunas cabezas biempensantes han abandonado. Esos preclaros nunca van a comprender el chiste perfecto de una buena torta de crema aplastada en la cara.

Patoterismo: el querer unirse ante la calidez del fuego y embriagarse juntos, el moverse como grupo, el hacer frente a los peligros en conjunto no es patoterismo: es compañerismo. Y todo grupo está formado por individualidades, y estas muchas veces generan cortocircuitos en las relaciones humanas. Nuevamente Ford, pintando su micromundo, nos regala otra parte de su filosofía: lo que es en pequeño es en grande y es lo que ocurre con el mundo.

Más corazón que odio no es un filme racista. El personaje de Ethan/Wayne sí lo es, pero es constantemente corregido por eso durante el metraje, sus compañeros a cada momento lo mantienen a raya. Igualmente este personaje tiene un gran respeto por sus enemigos comanches. Eso se ve en la escena en que dispara a los ojos al cadáver de un comanche para que “no pueda entrar el paraíso”. Lo odia, sí, pero también lo respeta —y mucho— porque conoce sus creencias y trabaja con ellas para ganar otra batalla. El conocimiento implica respeto. Sobre el final cuando Scar se encuentra con Ethan, éste le dice: “Habla muy bien inglés; ¿alguien le enseñó?”; y el indio responde: “Y usted habla muy bien comanche; ¿alguien le enseñó?

No hay racismo en un filme así: son dos enemigos, cada uno con su meta, y los dos quieren llegar al final.

La última imagen, una de las más citadas en la historia del cine, nos muestra la recia figura de Ethan/Wayne recortado sobre el mismo paisaje por el que entró, perfectamente enmarcado por la abertura de una puerta, tomándose el brazo —como hacía el cowboy Harry Carey— con su otra mano. El que llegó solo se va solo. De la inmensidad ha aparecido, hacia la inmensidad regresa.

Citando a Orson Welles: “Cuando Ford trabaja bien, se siente que la película se ha movido y ha respirado un mundo real”. Y Ford siempre ha trabajado bien, desde sus filmes silentes hasta sus últimos.

El cine de Ford es sanguíneo y poderoso; cada visión y revisión genera nuevos descubrimientos. Esa sensación de inasibilidad es lo que hace la diferencia. Nunca podremos ver una película de Ford sin hacer otros descubrimientos: el guante negro de la mano del personaje de John Carradine que se ve solamente en una imagen de La diligencia (Stagecoach, 1939), la variedad de las miradas entre los personajes de Más corazón que odio, los anteojos del personaje de Wayne en La legión invencible (She wores a yellow ribbon, 1949). Todo personaje en toda obra fordiana tiene su propia espesura. Una espesura inacabable que se deja entrever en pequeños gestos.

Otro ingrediente indispensable es el humor, presente en la pelea entre Martin y Charlie —el yerno de Ford en la vida real: Ken Curtis, actor y cantante, una de las voces del grupo Sons of the Pioneers— en Más corazón que odio o, fuera del western, la pelea a piñas entre la Marina y la Fuerza Aérea de Alas de águila (The Wings of Eagles, 1957), y en prácticamente todos sus filmes. En el caso de Alas de águila, la pelea incluye un par de tortas aplastadas en la cara, un recurso siempre eficaz desde su utilización en las comedias hiperkinéticas de Mack Sennett (1880 – 1960).

La obra de John Ford vive y respira más allá de cualquier preconcepto: solamente está ahí para ser disfrutada y analizada. Igual que la búsqueda de Ethan y Martin —nombres con correlaciones épico religiosas—, la del espectador de Ford es interminable y apasionante.

El pensamiento políticamente correcto se ha llevado muchas cosas. Que no se lleve la eterna gracia de una torta de crema aplastada en la cara.

 

 

 * Fabián Sancho nació en el porteño barrio de Villa Luro. Cursó estudios en la carrera de Letras de la UBA y en la especialidad de Guión en el CERC (actual ENERC).

Fue columnista de cine en varios programas radiales (Mundo Rock, La tormenta, El corte, entre otros). Colaboró como corresponsal para las revistas Kinetoscopio, de Colombia, y Godard!, de Perú.

Junto a Silvia G. Romero dirige el Festival de Cine Inusual de Buenos Aires, dedicado a realizadores noveles e independientes. Se desempeña como coordinador del Centro de Documentación y Biblioteca del Museo del Cine Pablo C. Ducrós Hicken.

 

 

Quién es quién en el TCyC

Hoy responde…

Eliana Macías

 

 

¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?

En literatura: Agatha Christie, T. H. White (Camelot, El libro de Merlín), Valerio Massimo Manfredi, Ben Kane, Christian Cameron, Santiago Posteguillo (estos cuatro, de novela histórica griega/romana), C. S. Forester (la saga de Hornblower), Maurice Druon (saga Los reyes malditos), Richard Adams (La colina de Watership), Alejandro Dumas (Los tres mosqueteros), Bram Stoker (Drácula).

Me atrevo a agregar una categoría: historieta/manga. En ella, destaco: Bakuman (Tsugumi Ohba, Takeshi Obata), Fullmetal Alchemist (Hiromu Arakawa), Astérix (R. Goscinny, A. Uderzo), The league of extraordinary gentlemen (Alan Moore, Kevin O’Neill).

En cine, más que autores, tengo películas preferidas: la saga de Star Wars (y todo lo habido y por haber de SW), El señor de los anillos, Indiana Jones, Piratas del Caribe (las tres primeras), la saga de Marvel de Avengers, Ready Player One (la recomiendo para los frikis y los amantes de los videojuegos). Soy pochoclera, lo admito y con orgullo.

Música: The Alan Parsons Project, Gregorian, Queen, Oasis, U2, Judith Mateo, Jean-Michel Jarre, Led Zeppelin, Red Hot Chili Peppers, Peter Gabriel, Dire Straits, bandas sonoras (películas, series, videojuegos) de John Williams, Hans Zimmer, Alan Silvestri, Ludwig Goransson, Mark Mothersbaugh.

 

¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?

El último libro que terminé de leer es Hornblower en las Indias Occidentales (C. S. Forester), y estoy por empezar Guillermo Brown (biografía escrita por Guillermo A. Oyarzábal). Por cuestiones de estudio literario para mi novela, estoy analizando elementos steampunk en varias obras a la vez: El orgullo del dragón (Iria G. Parente, Selene M. Pascual), Homúnculo (James P. Blaylock), La máquina diferencial (William Gibson, Bruce Sterling), Luces del norte (Phillip Pullman).

 

¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?

Para escritura y corrección de estilo, recomiendo Atreverse a escribir y Atreverse a corregir, de Marcelo di Marco y Nomi Pendzik; Taller de corte & corrección (Marcelo di Marco); La cocina de la escritura (Daniel Cassany); Para escribir bien en español: claves para una corrección de estilo (manual de M. M. García Negroni). Pienso que quien aspire a comunicar creaciones literarias debe leer cuanta obra termine en sus manos. En mi caso, como novelista que aspira a alcanzar el público juvenil, recomiendo la saga de Harry Potter (J. K. Rowling).

 

¿Qué publicaste ya en medios electrónicos y/o en papel?

En mayo de este 2020 debuté en Wattpad, una plataforma en línea de lectura y escritura (allí soy @Eli_MacNoel), con un relato breve: Sangre nóckut (protagonizado por personajes secundarios de la novela que estoy corrigiendo en el Taller de Corte y Corrección). Actualmente estoy preparando más relatos para seguir con las publicaciones en Wattpad.

 

¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?

En contar historias pensando en el lector, releer con mirada objetiva, cortar lo que sobra, diagnosticar fallas y debilidades, y en conocer y aprender a aplicar recursos literarios para mejorar mis creaciones. Lo que aprendo en el taller también lo aplico en el ámbito laboral. ¡Mil gracias, maestro Di Marco! Aquí tiene a una padawan muy agradecida.

 

¡Muchas gracias, Eliana!

 

 

 

 

 

 

¿Qué opinás de Tolkien?

Nota publicada por Luis Lezama Bárcenas 

Siempre recuerdo la presentación del segundo volumen de 25 noches de insomnio, de Marcelo di Marco. Primero, porque es mi volumen favorito de la trilogía; pero también porque pude, en parte a la generosidad y en parte a la confianza de Marcelo, leer cada cuento desde su primera versión, algo que siempre le voy a agradecer porque considero que aquellos cuentos son y serán importantes no sólo para mí, sino para los géneros del terror, lo fantástico y el humor negro en la literatura argentina. Pero hay otra razón por la que recuerdo esa presentación: las palabras con las que Marcelo abrió ese evento. Dijo que aquel día se había reencontrado con uno de sus alumnos al que, después de saludarlo, le preguntó:

—Y, ¿cómo andás?

—Bárbaro —respondió el alumno—: vos sabés que abrieron una librería nueva cerca de casa.

Aquella respuesta, remarcó Marcelo, corroboraba lo que él siempre ha creído: “La vida de un escritor pasa por la literatura, por los libros”. Siempre pienso que mucha gente —la mayoría de la gente— ante la misma pregunta, hubiera soltado un tibio “bien, ando bien”, pero no un escritor. Y menos uno formado por Marcelo di Marco.

Y esta digresión que me permito es para que no quede duda de que ante personas con tal pasión por la literatura y con una robusta formación como lectores, toda conversación —cualquiera que sea la plataforma, e incluso en estos tiempos en los que todo parece desembocar siempre en los mismos tres o cuatro temas— puede llevarlos de una simple pregunta a una breve pero gozosa tertulia literaria. Así como sucedió el otro día, en el grupo de Whatsapp del taller de los jueves a las veintiuna, cuando Agustín del Vecchio lanzó la pregunta que titula esta nota, y Marcelo di Marco, Octavio Fernández y Santiago Maqueda opinaron al respecto.

 

Tolkien

Agustín: Marce, ¿Qué opinas de Tolkien como escritor?

 

Marcelo: No lo leí todavía. Me dicen que algunas partes son MUY discursivas (embolantes).

 

Agustín: Sí, y además no tiene una buena construcción de personajes —hablo por El señor de los anillos.

Aunque solo leí el primer libro de la trilogía, así que quizá mejore en los otros dos.

 

Octavio: Lo que tienen en contra los libros es que, a diferencia del ingenioso Jackson que se valió del montaje paralelo para saltar entre personaje y personaje, a partir del libro dos (y también en el tres), la aventura de Frodo y Sam te la tenés que fumar todo de corrido en una mitad del libro, y la de Legolas, Gimli y los demás en otra mitad.

Quizás Tolkien sea un poco como Lovecraft (como mucho, su prosa es mejor que la de H.P.): no era el mejor de los narradores, pero su imaginario y su capacidad para crear todo un panteón casi mitológico le valió su fuerza dentro de la literatura.

 

Agustín: A mi parecer, las películas solucionaron las carencias que tiene el libro.

Ilustración hecha por Tolkien.

Octavio: Aragorn es un poco menos unidimensional en las películas, sí. (Y está mejor estructurada la narración.)

 

Agustín: Por supuesto. No solo Aragorn, creo que todos los personajes, en la película, son más humanos.

Es decir, en los libros los personajes son muy fríos, y al mismo tiempo son la bondad personificada. Es algo muy extraño.

 

Santiago: Los devoré a los 14-15 años. Junto con La Ilíada, Crimen y castigo y los cuentos de Quiroga fueron mi principal influencia literaria a esa edad.

Entiendo que toda la fantasía contemporánea se deriva de Tolkien. Escribe en los años 40 con toda una mitología propia que obliga a ser más discursivo… O sea: hoy decís “elfo”, y tu lector promedio sabe qué pensar. Tolkien no podía asumir algo así.

Sus personajes son en general blancos o negros en cuanto a moralidad, etc. No tenés el claroscuro de Game of Thrones o, por qué no, de los existencialistas del siglo XIX.

 

Agustín: Claro, es más: sin esa homogeneidad moral, la historia ni funciona. Lo que yo critico no es eso, sino la falta de personalidad de los personajes. Como autor, Tolkien tiene infinidad de virtudes. Es admirable cómo podía tener presentes todos los detalles de su mitología a la hora de escribir.

 

Afiche de la tercera película de El Señor de los anillos.

 

Octavio: Claro, es así, y está perfecto: la lucha del bien contra el mal nunca dejará de ser vigente. Lo que tienen sus versiones cinematográficas no es que sean personajes grises, si no que se sienten más «palpables». Si recuerdo bien, en la película, Aragorn se cuestiona si debe o no reclamar su lugar como rey antes de mandarse con la comunidad; en el libro creo que eso no pasa. Se cuestiona más su deber, no tanto su valor moral.

 

Agustín: Exactamente.

 

Octavio: No digo que sean malos libros, por otro lado (como dije, tengo ganas de releerlos). Pero en comparación con su «versión» cinematográfica, tienen sus pro y sus contras.

 

Marce: Va a haber que leerlo, pues.

 

Me gustaría, para finalizar, destacar, además del profundo conocimiento de Octavio Fernández sobre Tolkien, la forma en la que Agustín Del Vecchio fue preguntando y desarrollando su propia pregunta, y el aporte íntimo de Santiago Maqueda, la sencillez con la que Marcelo dijo no haber leído a Tolkien. Creo que muchos escritores, sobre todo con la trayectoria de Marcelo, no se permitirían a sí mismos aceptar con tanta prontitud no haber leído a alguien, y menos frente a sus alumnos. Como si eso fuera poco, su comentario final es una demostración de que un buen maestro es aquel que sabe cuándo tomarles la palabra a sus alumnos. Y Marcelo es uno de los mejores.

 

En la cordillera

Por Mabel Sierra Karst *

 

Recostado en una camilla que los soldados se turnan para cargar a través de crestas y quebradas, sus ojos apenas se detienen en la inmensidad. Hay días en que las enfermedades le dan tregua, y puede montar su caballo. Pero al amanecer vomitó una viscosidad roja y dudosa, como la niebla que se deshacía en la nueva claridad, y su cuerpo no pudo enfrentar por sí mismo la jornada de viaje. Débil, cansado, se ahoga. De nuevo con las manos inflamadas y doloridas, hoy tampoco podrá escribir. Habrá que dejarse llevar.

Contempla el azul luminoso del cielo cordillerano y piensa que Belgrano no se equivocó al elegir los colores de la bandera. Nada en este mundo es más cristalino, más verdadero que ese cielo. El paisaje andino se balancea ante sus ojos, al paso de los pies inciertos de los soldados, y él se encierra en cavilaciones. No le preocupan las próximas batallas, no es eso. Presiente inminentes victorias. “Lo que no me deja dormir no es la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino el atravesar estos inmensos montes”, le había escrito a su amigo Tomás Guido.

El ejército debe llegar al país del otro lado de la cordillera, y la travesía se despliega sobre sendas de silencio. Las únicas voces que se escuchan son las que buscan orientación o indican una tarea. En las noches, hombres y animales se igualan en el sufrimiento que causa el frío y en la espera angustiosa por un amanecer tibio, que les quite el dolor de los huesos. Luego, en el día áspero y radiante, se inclinan bajo el sol imposible del mediodía. Los soldados apunados no llegarán. Su destino será quedarse en las alturas, innombrados. Las pasturas del suelo endurecido no alcanzan, y los caballos caen. Las mulas resisten un poco más, pero también sucumben. Han perdido tantos animales que ya no los cuentan, aunque su ausencia se arrastra junto al grupo que avanza.

Sabe que no es el héroe de esta historia. Sus hombres se juegan la vida por la causa, y cada uno ha dejado atrás familia y terruño para realizar la expedición. Están los granaderos que le son fieles hace ya algunos años; los chilenos exiliados después de la derrota en Rancagua, que vuelven para recuperar las tierras de manos de los realistas; los voluntarios de Mendoza, de San Juan y del pueblo de San Luis, que se ha quedado casi sin hombres. Y están los soldados negros, esclavos liberados para unirse al ejército de los Andes. Había librado una batalla más entre tantas otras, para convencer a las autoridades nacionales, que no querían otorgarles la emancipación. ¿Pero cómo podrían dar la vida por la libertad quienes no fueran libres?

La marcha es lenta. Deben abrir caminos y picadas. Por momentos, transitan en fila por senderos angostos al borde de precipicios que se pierden de vista en ríos salvajes. En esa soledad de las cimas agrestes, sin un alma que pueda socorrerlos con víveres, ni ofrecerles hospitalidad, la dureza de la travesía se palpa en cada ráfaga de viento que golpea los rostros curtidos por la intemperie. Ha traído a esos hombres valientes a este derrotero de muerte, pero no se permitirá el arrepentimiento. ¿Cuántos obstáculos pueden ser enfrentados, cuántas obstinaciones deben ser vencidas, cuando se tiene una certeza? No lo comprendieron. Le retacearon dinero y armamentos, no le enviaron soldados, y él tuvo que fabricar todo y abastecerse con la ayuda de la gente: damas que donaron joyas, dueños de haciendas que colaboraron, pero sobre todo, los más pobres escucharon su llamado y entregaron lo poco que tenían, para que se pudiera realizar el cruce. No, no habrá arrepentimiento.

Un soldado le acerca un chifle con agua fresca. Bebe despacio. Da las instrucciones para hacer una parada corta. Comerán charquicán, los animales beberán agua y luego continuarán sin tregua hasta que la noche los detenga.

El campamento nocturno se arma cerca de un arroyo. Se reúnen alrededor del fuego en el que se asa la carne de buey. Mientras come, recuerda la petición del Director Supremo para que combatiera a Artigas… ¿Cómo podría? Los abismos existen también fuera de la cordillera. Suspira y pide que lo lleven a su tienda. Espera que esta noche el asma lo deje dormir, aunque en realidad, él no duerme mucho. Los soldados compartirán sus mantas con los animales y alentarán la vigilia con brasas encendidas.

La marcha de tres semanas llega a su fin, y las diferentes columnas se reunirán en el destino elegido. Amaneció dolorido, pero debe comandar a los soldados. Monta con dificultad y parte al frente del ejército. Bajan por la última ladera y a lo lejos observa a los hombres que lo esperan. Van a librar una gran batalla en Chacabuco y vencerán. Luego vendrán otras victorias y algunas derrotas, pero seguirán adelante, hasta el día en que lleguen al Perú, donde los encontrará Simón Bolívar. La historia de América cambiará para siempre, y el relato de esta saga algún día será parte de libros, películas, canciones.

Hoy, sin embargo, lo importante es llegar al campamento, hablar a los soldados y preparar su espíritu para la lucha. Imagina la victoria, que se pagará con el precio de la sangre, el único posible. Dirige una vez más sus ojos al cielo límpido.

Hace una seña a sus hombres, espolea a su caballo y avanza.

 

 

  * Mabel Sierra Karst nació y vivió en su infancia y adolescencia en Villa Ballester, provincia de Buenos Aires. A lo largo de su vida también residió en Córdoba, en Brasil y actualmente en San Luis, en la zona serrana.

Es profesora de Inglés y Portugués, y licenciada en Enseñanza de las Lenguas Extranjeras. Desde que se jubiló como docente, se dedica a la fotografía y a la escritura. Le apasiona leer y estudiar temas históricos. Algunos de sus autores preferidos son: Osvaldo Bayer, Eduardo Galeano, Ernest Hemingway, Katherine Mansfield, Horacio Quiroga, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Jorge Amado, Clarice Lispector. Desde hace poco asiste al Taller de Corte y Corrección, de Marcelo di Marco.

 

El rincón que nos distancia

 Por Jairo Brenes* 

Ilustraciones por Augusto Ramírez  **

 

El rincón que nos distancia

 

La luz de la vela dibuja ausencias.

En la pared de mi habitación caminan sombras.

 

El olor en la cama desgasta la memoria.

En el sabor de la nicotina escucho tu voz

hablar de irrealidades.

 

¿Cuántas despedidas nos unen?

¿Vives a gusto en las tinieblas?

¡Son tantos los regresos que nos dividen!

 

El recuerdo de tus manos no sabe abrazar:
acaricia el olvido y estrangula la noche.

Sujeto fuerte la almohada y reemplazo tu cuerpo.

Respiro…

¡Vete de mis madrugadas!

 

 

 

 

Primeros amigos

 

Al lejano recuerdo del sur.

 

¿De quiénes son esas voces?

¿Por qué saben mi nombre?

 

Mamá, déjame ir a jugar debajo del árbol.

Ahí conocí a un amigo:

sabe volar y a veces desaparece.

 

 

¿Papá, a dónde se fue la abuela?

Cuando todos duermen,

mis amigos la traen de visita a casa:

sonríe, nos observa.

 

Hermana, vamos al río:

hay diminutas niñas.

Pueden brillar y son bonitas sus alas.En el camino de regreso,

hombrecitos de sombrero y zapatillas

me piden ir hacia donde viven.

¡Acompáñame!

Se van cuando ustedes me buscan.

Y me gusta más su mundo que el nuestro.

 

 

Un día de visita en casa

 

Por la tarde tomamos café

para hablar de cuán lejos y cerca está Dios.

 

Mi madre duerme.

La noche anuncia que nadie vendrá por ella.

Mi desvelo vigila sus sueños.

 

Percibo aroma de niñas

en épocas lejanas.

 

¿Hasta dónde crecen los momentos?

Nuevas vidas nos rodean

¡deben ser gigantes el corazón

y la memoria!

 

Sembré romero en los recuerdos.

 

El tiempo brinda por nosotros.

Ahora todo duerme y es tranquilo.

 

 

 

Vana esperanza

 

Robo del cielo su moneda de plata

para comprar la sombra de tus silencios

y hacer un quinto menguante.

 

Guardo el océano en una botella

para aumentar la sed de tus alucinaciones.

Construyo un reloj con las arenas del desierto.

Y me siento sobre la espera.

 

 

En el anaquel de la memoria

 

Historias sin páginas,

libros sin lectores.

Las estrellas ya no tienen cielo.

 

¿Hacia dónde volaron las moscas del cadáver de Don Quijote?

Las flores nacen con el sol y no presumen su belleza,

¿cómo saber amarlas en esta confusa juventud?

No quedan ni cuatro espinas para defendernos del mundo.

¿Quién pide la Guerra, quién la Paz?

¿Dónde las pasiones Romeojulietas?

 

¡Soy sobreviviente!

Aún cabalgas con triste figura y suspiras Dulcineas.

¿Y en qué se parece un cuervo a un escritorio?

Camino por baldosas amarillas hacia la Ciudad Esmeralda.

Todavía el niño rubio quiere el dibujo del cordero.

Y escucho al negrito preguntar por qué mueren las rosas.

 

 

 

*Jairo Brenes nació en San Vito de Coto Brus, Costa Rica.  En el año 2012 se traslada a la capital costarricense, San José. Comenzando un acercamiento formal con la literatura, inició su participación en el taller Miércoles de Poesía de la Casa Cultural Amón, de la Universidad Tecnológica de Costa Rica (TEC). En 2017 trabajó brevemente en el taller literario Luna Roja. En el mismo año publica su libro de relatos Delirium (Guayaba ediciones), bajo el seudónimo B. J. Jairo. En 2018 participa como antólogo en la Iniciativa del programa cultural SaludArte, publicando en el libro Miércoles de Poesía (BBB producciones) sus primeros poemas. En los últimos años ha frecuentado diversos talleres y conferencias en relación a la creación de dramaturgia y guion, mostrando un alto interés en otras disciplinas como el teatro y el cine. Actualmente trabaja en la revisión de su próximo trabajo literario.

 

 

**Augusto Ramírez nació en San Salvador, El Salvador. Ilustrador y artista visual. Estudió en el Centro Nacional de Artes de San Salvador, graduándose en Artes Visuales; cursó estudios de dibujo, ilustración, foto y periodismo. En el 2001 migró a Costa Rica para desempeñarse como diseñador e ilustrador en distintos medios impresos. Actualmente labora para la revista Perfil como editor gráfico. Ha recibo reconocimientos tanto en ilustración como diseño editorial por la Society of News Design (SND).

 

 

 

Ernest Hemingway: el fuego interno y la forja

Por Pablo Profili *

 

Tanta vida transitada, tantos textos.

Ciento veintiún años ya.

Ciento veintiún años de su nacimiento.

Ernest Hemingway.

Escribió, entre otras, Adiós a las armas (1929), Por quién doblan las campanas (1940), El viejo y el mar (1952) y París era una fiesta (póstumo, en 1964). Premio Pulitzer en 1953, en 1954 recibe el Premio Nobel de Literatura.

Vivió y recorrió intensamente medio siglo XX, y lo retrató en palabras. Amado, odiado, criticado, elogiado, no pasó indiferente.

¿Qué buscaba, qué lo empujaba?

Tal vez no haya que buscar mucho ni adelantarse en el tiempo.

Tal vez, simplemente, para Ernest Miller Hemingway —su nombre completo— todo haya comenzado ese 21 de julio de 1899, al nacer en Oak Park, un suburbio de Chicago. Ese “lugar de anchos jardines y mentes estrechas”, como lo calificaría más tarde, y que lo marcaría desde el principio.

Fue el primer varón y tercer hijo de un matrimonio, Hemingway, respetado en la zona, pero no muy unido ni al parecer muy feliz.

Su padre, el médico Clarence Edmond Hemingway, le enseñó desde los cuatro años a cazar, a acampar y a pescar en los bosques de Michigan, en una casa de campo de su propiedad, a orillas del lago Wallon. Ahí, Hemingway aprende a ubicarse hacia el norte observando en qué lado de los árboles crece musgo, y cómo su padre encuentra en el monte los rastros de un gato montés. Incluso, los nombres en latín de todas las aves de la zona. Y a veces, hasta acompaña al padre en sus recorridas médicas a un campamento de indios chipewa, que más adelante retrataría en algunos cuentos de Nick Adams.

Así nace la pasión de Hemingway por la naturaleza y la vida al aire libre en lugares remotos o aislados.

Sin embargo, esto no significó que se llevaran bien con su padre; al contrario: mantenían un vínculo más bien tirante. Tan así es, que en 1923, al mandarle Hemingway ejemplares de su libro Tres cuentos y diez poemas, el padre le responde: “Un caballero habla de venéreas sólo con su médico”. Hemingway, por su parte, lo calificó de “cobarde”, cuando su padre se suicidó en 1928, por problemas con la diabetes, una angina de pecho, y unas malas inversiones inmobiliarias en la Florida.

Tampoco fue buena la relación con su madre, Grace Ernestina Hall, maestra de música, concertista local y ex cantante de ópera. Feminista declarada y de carácter, llevaba las riendas de la pareja y de la familia. Pese a todo, de ella hereda Hemingway esa vitalidad y energía, como lo señala su biógrafo Michel S. Reynolds. Lo cual no quita que, de adulto, él llegara a declarar que la odiaba. Ya sea por haberlo vestido de bebé con ropa de nena –una costumbre habitual en la época–, o por haberlo echado de casa, tras volver él de la Primera Guerra: estaba cansada de verlo en la casa, tomando vino y sin buscar lo que ella consideraba un trabajo decente.

Sin embargo, su madre le va a inculcar a Hemingway el amor por las artes. Aunque eso haya significado insistirle para practicar violoncelo. Tanto, que lo sacó por un año de la escuela para que estudiara música y contrapunto[i], según rememora Hemingway en un reportaje que le hizo el periodista y escritor George Plimpton. “Creía que yo tenía facultades”, le dice a Plimpton, “pero yo carecía de todo talento”. Y remata: “Ese violonchelo… yo lo tocaba peor que nadie en el mundo.” De todos modos, con el tiempo, Hemingway admitiría que la técnica del contrapunto le fue útil para escribir Por quién doblan las campanas.

Recién luego de la muerte del padre, Hemingway recompondrá las relaciones con su madre y la ayudará económicamente.

Afortunadamente a todo eso, el Oak Park High School, al que asistió entre 1913 y 1917, pareció ser la válvula de escape, la vía para canalizar lo que no podía en su casa. Se destacó en los deportes: fue capitán del equipo escolar de watepolo, jugó al fútbol americano y practicó boxeo. Incluso organizaba peleas con sus compañeros.

Pero sobre todo, y aunque ya viniera educado artísticamente por su madre, pudo desarrollarse y sobresalió en las clases de inglés y por sus aficiones literarias. Lo que, a su vez, llevó a Hemingway a tomar una decisión trascendente, que lo guiará en una nueva dirección. El penúltimo año decide asistir al curso de Inglés de la profesora Fannie Biggs, quien organizaba la clase como una redacción de diario. Estricta pero entusiasta, mantendrá una relación estrecha con Hemingway, y lo recomendará a Arthur Bobbit, profesor de Historia y supervisor del Trapeze, el diario escolar.

Hemingway no está muy convencido de la idea, pero Bobbit, enterado de sus habilidades, agudeza e ingenio, insiste y lo convence de reorganizar el periódico. Así, el 2 de marzo de 1917, Ernest Hemingway debuta periodísticamente con una editorial sobre la importancia del realismo literario.

Y ya lanzado, no se detendrá: ha descubierto una pasión, algo que lo mueve. Escribe dos o tres colaboraciones por número, alternando con cuentos que escribe para el Tabula, otro diario escolar. Se obsesiona con una literatura norteamericana despojada de la influencia victoriana. Descubre al escritor satírico y periodista deportivo Ring Lardner, lo imita y firma como Ring Lardner Jr. en algunas de las notas. Y sigue empeñándose, esforzándose al máximo, aunque se trate de diarios escolares. Cada mañana dedica una hora a recortar de los diarios de Chicago, artículos de prensa, los que le parecen mejores o más destacados. Luego, dedica otra hora a estudiar las técnicas, cómo fueron escritos.

La suerte estaba echada; el destino de Hemingway, también. Por más que diga que quiere enrolarse, pelear la Primera Guerra en Europa. Desiste luego, ya está seguro: quiere ser periodista, y si puede, escritor. En julio de 1917 manifiesta su intención de trabajar en el que él consideraba el mejor diario de los Estados Unidos, el Kansas City Star.

En octubre de 1917, Hemingway ingresa en el Kansas City Star.

Ya nada será igual.

Empieza a prueba, como aprendiz, por quince dólares diarios. Lo más importante: conoce las normas de estilo[ii], ciento diez reglas de escritura periodística en una hoja clavada a un gigantesco tablero que cuelga en las paredes de la sala de redacción. Como a todos, el director del diario, William R. Nelson, le hace aprenderlas, y Hemingway las aprende. Por ejemplo: emplear frases cortas. Hacer los párrafos del comienzo breves. Las frases deben ser sencillas y claras. No usar dos palabras cuando una sea suficiente. Usar verbos para dar acción.

Otro jefe, Lionel C. Moise, lo instruye en descubrir los secretos implícitos de las cosas banales, a sugerir el mundo interior a través de las descripciones objetivas. Sobre todo, “arrodillarse ante el altar de los párrafos cortos”.

Así, y destinado a la sección Sucesos, cubre juzgados, hospitales, y la policía. Mayormente, infracciones y peleas domésticas. Pero no importa. Un redactor, Wellington, recuerda la entrega de Hemingway, su dedicación total y su avidez por juntar datos y encontrar la noticia en la calle. Y por su técnica: no llegaba a los veinte años y ya era un maestro en exponer con simplicidad los hechos simples.

Tanto esfuerzo resulta: cubre un incendio en un edificio de departamentos, y lo hace tan bien que pasa de la sección Sucesos a primera plana, como reportero estrella.

De toda esta época, recordará más tarde Ernest Hemingway lo de las reglas. “Las mejores reglas que jamás he aprendido en el oficio de escribir”, recuerda; “jamás las he olvidado”. Y también que cualquier persona con talento y “que al escribir se siente verdaderamente cerca de la cosa que está tratando de decir, no puede dejar de escribir bien si cumple con estas reglas”.

Finalmente, en abril de 1918, Hemingway renuncia a su puesto en el Kansas City Star.

Partirá hacia Italia, tras ser reclutado por la Cruz Roja, ahí, en Kansas City, y firmar un contrato para conducir ambulancias en Italia, durante la Primera Guerra.

Pero eso ya es otra crónica.

 

[i] El contrapunto (del latín punctus contra punctum, «nota contra nota») es una técnica de improvisación y composición musical que evalúa la relación existente entre dos o más voces independientes (polifonía), con la finalidad de obtener cierto equilibrio armónico.

[ii] Se les llamaba ” hojas de estilo” (“stylesheets”), y se las considera antecesoras de los manuales de estilo periodísticos. La del Kansas City Star se editó en 1914. También The New York Times y The Chicago Tribune editaron sus normas.

Se las considera las primeras reglas escritas de los medios en la historia del periodismo. Impulsaron el denominado “estilo Middle West”, de prosa sencilla, amena, y funcional con predominio de freses breves y adjetivación mínima, que intentaba diferenciarse de la prensa del Este. Un estilo periodístico con bastante de literario, y que resultó una inspiración y formación para autores como Hemingway.

 

 

 * Pablo Luis Profili (Buenos Aires, 1969) vivió su infancia y adolescencia en Río Gallegos. En la Universidad Nacional de Misiones cursó materias de la Licenciatura en Genética. Posteriormente, se muda a Buenos Aires, donde, en 1996, se recibe de Periodista en la Escuela Superior de Periodismo del Instituto Grafotécnico. Hoy en día reside en dicha ciudad.

Desde 1999 asiste, con alguna interrupción, al Taller de Corte y Corrección dictado por Marcelo di Marco.

Se declara fan de Homero, Conrad, Lovecraft, Poe, Bradbury, Hemingway, Quiroga, Graham Greene. También, del cine clásico de los años 30, 40 y 50, y de la nueva camada surgida en los 70 (Coppola, Scorcese, Spielberg, Lucas, De Palma). Y es un nostálgico incurable, además, de la música y la cultura pop de los 80.

Actualmente trabaja en una empresa de seguridad aeroportuaria en el Aeroparque Jorge Newbery.