por Pablo Grossi *
No fueron pocas las veces en las que, cuando contaba que estudiaba Filosofía, mis interlocutores me respondían “Ah, Filosofía y Letras”. Entonces venía la ya ensayada tarea de explicar que eran dos disciplinas diferentes, que eran dos carreras distintas, que tenían diversas aplicaciones, que se las suele confundir o unificar, etcétera. Ahora bien, estas diferencias no ensombrecen el hecho de que, en las universidades, suelen agruparse en la misma unidad académica: la Facultad de Filosofía y Letras. El tema es: ¿por qué están juntas?
Como reverendo hijo de mi tiempo, di con la brillante idea de preguntarle al ChatGPT cinco motivos para justificar el hecho de que estas carreras vayan siempre juntas —ojo: cinco motivos fundamentados con enlaces externos, muchos de ellos, papers académicos.

Encontré cosas muy interesantes. Primero, que Filosofía y Letras tienen su origen común en el glorioso reino de las Humanidades clásicas. También se señalaba que guardan entre sí afinidad epistemológica —o sea: tienen temas de estudio en común, como el fenómeno del lenguaje, la hermenéutica o la teoría de la argumentación— y afinidad metodológica —o sea: en tanto disciplinas académicas rigurosas, proceden de modo semejante—. Tercero, que ambas se desarrollaron en el ámbito universitario como reacción al llamado “profesionalismo universitario” —o sea: son de las carreras que por no asegurar un éxito laboral inmediato (“¿y con eso de qué vas a vivir?”) se levantan contra la hegemonía de, por ejemplo, Medicina-Derecho-Ingeniería— . En cuarto lugar, se alega una cuestión pragmática: suele haber razones administrativas y económicas de fondo para agruparlas. Por último (pero en conexión con el motivo esgrimido en primer lugar), que Filosofía y Letras comparten el mismo potencial para recrear la idea clásica de la formación integral.
Pero además de estos válidos motivos, yo encuentro otro: porque se complementan casi casi hasta el punto de necesitarse la una a la otra. ¿Cómo? Paso a explicar. La Filosofía consiste en la formulación de preguntas radicalmente existenciales: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿existen el bien y el mal?, ¿en qué consisten —en caso de que existan, claro—?, ¿qué es la verdad?, ¿cómo conocemos?, ¿qué es la realidad?, ¿por qué existe la existencia? Y un larguísimo etcétera.

Pero la cosa no termina acá. De hecho, la cosa no termina nunca. Porque la Filosofía pregunta, pero la Filosofía también responde —mal que les pese a los que gustan responder con fuerza que no existen las respuestas—. Y decíamos que la cosa no termina nunca, porque cada respuesta a una pregunta filosófica es fuente inagotable de nuevas preguntas. Y así camina la Filosofía, con sus dos patas: las preguntas y las respuestas. Y las Letras no se quedan atrás en esto del bipedismo. En este caso, las patas son la literatura y la lengua —la verdadera, la natural, y no los mamarrachos ideológicos— abordadas científicamente.
Desde esta perspectiva, podemos visualizar aún con más nitidez los argumentos prolijamente señalados por la IA. Pero, ¿por qué podríamos decir que Filosofía y Letras se necesitan la una a la otra? Pues bien: la Filosofía, desligada de la claridad y la belleza en la expresión —algo inherente a la literatura misma, pero también relacionado con el uso correcto del lenguaje—, termina por atentar contra sí misma. Puede resultar una experiencia cuasi traumática el leer un texto filosófico en el que la claridad brilla por su ausencia.
A su vez, la literatura, en sus múltiples expresiones, puede ser tanto disparadora de preguntas filosóficas como fuente inagotable de respuestas: un poema de Bécquer o La barca sin pescador, de Casona, pueden brindar más respuestas que un tratado entero de ética. Por otro lado, una obra literaria que, bellamente escrita, hace apología del mal moral, termina siendo algo pernicioso, dañino. Y hay más motivos para vincular a la Filosofía y a las Letras, sí. Pero creo que estos son los principales.

Y porque la Filosofía y las Letras van muy bien juntas, con Maru di Marco formamos una familia —que dicen por ahí que muy bella—. Y por el mismo motivo, desde agosto del 2024 ofrezco cursos en el marco de la comunidad del Taller de Corte y Corrección: “Introducción a la Filosofía”, en agosto del 2024; “La Filosofía de Josef Pieper: una introducción para artistas”, en julio del 2025; “Nietzsche, profeta de la posmodernidad”, en noviembre del 2025, y “¿Virtuuu qué? Razones de un anacronismo”, en marzo del 2026.
La excelente recepción que tuvieron en la comunidad me incentiva a seguir con estas propuestas. Los temas de interés son muchos, y los puntos de encuentro entre filósofos y literatos se disparan casi hasta el infinito. Es que, en el fondo, Filosofía y Letras responden en parte a una sed que hay en el alma humana. Sed de verdad. Sed de belleza.

* Pablo Ariel Grossi es maestro de grado, profesor y licenciado en Filosofía, y licenciado en Educación Religiosa. Se ha desempeñado (y lo sigue haciendo) en la docencia formal e informal, en la gestión y el asesoramiento educativo en diversos niveles y ámbitos. Es parte del equipo pedagógico del Taller de Corte y Corrección, donde brinda cursos vinculados con los temas de su especialidad. En Fin ha publicado varios artículos.





