por Ricardo Sosa *
Y ahí estaba yo, mirándola.
Me pregunté si Alejandro había acertado en su diagnóstico.
Ella callaba, por supuesto.
Si pudiera hablar, si pudiera alzarse de ese ataúd.
Pero no. Aquella vieja estaba muerta.
Muerta y cobijada por las acolchadas paredes del cajón.
Sonreí. Contuve una sonrisa, mejor dicho: la posibilidad de que en realidad no estuviera muerta me esperanzaba.
La peste almibarada de las flores era un buen marco para celebrar aquella vida de podredumbre.
Yo me entiendo, sí.
Y no estoy loco.
Marcado por el recuerdo de aquella tortura que debí soportar por parte de ella, mi victimaria, de mi infancia no recuerdo cuándo aprendí a andar en bicicleta, ni las mascotas, ni las caras de mis abuelos. Pero sí recuerdo a esa escoria, mi maestra de segundo y tercer grado.
La recuerdo muy bien.
Demasiado bien. Cómo olvidarla.
―Orejas me decías ―dije, y callé: algunos deudos ya se acercaban a presentar sus condolencias.
Orejas me llamabas, sí. Y también Simeón, por cierto episodio. Me tenías loco, aunque yo trataba de esforzarme en el colegio. Quería al menos darle a mi padre esa alegría, que por culpa de mi querida maestra no pudo ser. Traerle buenas notas a mi padre.
Mi padre fracasado. Mi padre viudo. Mi padre, cuya personalidad consistía, precisamente, en no tener la más mínima personalidad.
La maestra sí tenía personalidad. Demasiada personalidad, digamos. Ella me tiraba de las orejas, hasta casi arrancarlas. Todavía siento ese tirón cruzando décadas en el tiempo, como un agrio hedor que me vomita a otra época. A una de esas tardes de primaria en particular.

—¿Un café, señor?
Una chica me tendió un vaso de telgopor desbordando café de velorio. Se lo acepté.
La verdad es que jamás hubiera vuelto al pueblo de no ser por la noticia que me dio mi colega Alejandro. Juntos habíamos estudiado tanatología, pero él ya había desertado y se dedicó a la ferretería de los padres: la sangre tira, y el pueblo de mierda también. En fin, quizás el destino lo hizo defeccionar de sus estudiosas estadías en la Ciudad de los Muertos para que pudiera informarme del hallazgo.
Los caminos del diablo son misteriosos.
Los años me habían arrastrado por el mundo, y ya ni recordaba los nombres de las caras en el velorio de aquella. Caras borrosas de pesadumbre.
Ser uno de los más prestigiosos tanatólogos del país convierte a los dominios de la muerte en mi hábitat natural y acogedor. Para la gente del común, el trato con cadáveres es una profesión de lo más tétrica. No los culpo, porque a veces me veo a mí mismo como una especie de vampiro necrófago.
Sí, tengo yo estas cosas raras que de vez en vez se me cruzan por la cabeza. Vampiro necrófago. Suena bien.
¿A cuántos aparentes difuntos vengo salvando de despertarse en la oscuridad acolchada? De despertar en ese agónico espacio tan estrecho donde no cabe ni una bocanada de aire. Mis rescatados de ese último y secreto destino son más numerosos de lo que puede sospechar alguien ajeno a esta realidad tan macabra como apasionante.
Recordé la llamada de Alejandro, hacía cuatro horas. El detonante de todo.
—Sabías que se murió, ¿verdad?
―¿De quién hablás, Ale?
―De tu amiga. La genia. El hada buena de tu infancia desgraciada. Se murió.
―No caigo.
Caía, sí, pero prefería que fuese Alejandro quien pronunciara ese nombre. Su nombre.
―Se murió la vieja Ruiz, enterate.
―¿Y?
―¿Cómo “y”?
―Cuándo fue.
―Anoche. Y hoy vine al velorio.
―¿Y?
Me palpitaba qué estaba a punto de decirme. Sentí una leve erección.
―Y que creo que…
―Que está en el estado.
―Exacto, Octavio. Creo que está en el estado. Lo ideal sería que vengas a ver. Si estás disponible, por supuesto.
―Por supuesto.
Por supuesto que estaba disponible. Aquella, la Ruiz, había sido ―sigue siéndolo― un pensamiento recurrente en todos estos años. Al beber un vaso de agua, al acariciar a una mascota, o al contemplar un atardecer con los ojos más límpidos que pudiera, me atormentaba la idea de que, en algún lugar del mundo, la vieja, la Ruiz, estaba haciendo lo mismo.
Mientras mi padre se pudría en ese ataúd barato, ella respiraba. Mientras ella alzaba a sus nietos, mi padre jamás pudo festejarme algún logro. Por su culpa, porque ella lo empujó al abismo. Nos empujó al abismo.
¿Soportaría yo volver a ese pueblo inmundo de calles de tierra, plagado de traumas de infancia, de llantos en armarios, de maltrato? Calculé las horas que tardaría en llegar a esa cloaca. Unas cinco con esa lluvia torrencial. Manejar rápido bajo la tormenta sería propio de un loco, pero más propio de un loco sería perderme el velorio.
De ser necesario, hubiera hecho el camino arrastrándome.
Ahora observaba con toda mi atención a la vieja ―la examinaba, más que otra cosa, aunque no en el sentido profesional del término―. Se veía rara sin lentes. Es increíble cómo la vejez hace crecer las orejas y las narices. No las recordaba tan grandes.
Le di un sorbo al café.
Y ahí estoy, cuarenta años atrás. Encerrado en el placard del segundo ”B”. Suspendidas del caño del placard, las mochilas cuelgan por encima de mí como reses en un frigorífico. Tengo las piernas cruzadas, tratando de contener las ganas terribles de ir al baño de una vez. Y mi llanto da lástima.
Me doy pena.
Me doy asco.
Por el agujero de la cerradura veo a la maestra en medio del salón. Se saca los gruesos anteojos y se pone a limpiarlos con el ruedo del delantal.
Podría jurar que acaba de sonreír.
—Me tenés harta, Simeón —me dice del otro lado de la puerta del ropero, desde el mundo de los vivos—. Pedirme permiso tantas veces es una falta de respeto, Simeón.
¿Simeón? Si yo me llamo Octavio.
No llegué a entender en aquel momento el “chiste”.
Simeón.
Cruzo aún más las piernas, ya casi se me escapa el pis.
—Sin recreo, Orejas —dice―. Así vas a aprender a no mearte tanto, Orejas Simeón.
Oigo los tacones alejándose, oigo el portazo. Oigo el silencio.
Pruebo de nuevo el picaporte, y nada.
La presión ya es mucha, empiezo a desabrocharme el cinto. Voy a pishar. Voy a pishar en un rincón del ropero, quizá con suerte esa bruja maldita no se dé cuenta.
Pero no hago a tiempo a desplazarme hacia el rincón, porque ya el líquido caliente se desliza hasta mis zapatillas y lo veo en mis pantalones como una mancha que no deja de expandirse. Así que lo dejo salir en torrente, con una mezcla de raro alivio y de terror y de angustia por todo lo que se me viene encima.
Me derrumbo en el fondo del armario, sobre la aguachenta culera del pantalón, que ya empieza a enfriarse de un ácido que me baja por las perneras y se queda ahí, pegoteándose a mis muslos y goteando hacia los tobillos, conmigo hecho un ovillo de vergüenza y asco.
Y lloro.
Lloro hasta que el pecho me duele.
Con suerte se olvidarán de mí, con suerte me explotará el corazón y me moriré. Pienso en papá. En papá velándome a cajón abierto. Culpándose por no haberse atrevido a defenderme de esa arpía. Y yo no quiero darle otro problema, ahora que mami ya no está.
Suena el timbre.
Los tacos de la maestra repican en las baldosas. Oigo el brusco giro de la llave en la cerradura del armario. Con un asco visceral ―lo exagera, sospecho―, inspecciona las manchas oscuras que crecen en mis pantalones, ahora convertidos en papeles secantes.
―Apestás, Simeón.
Me levanta de una oreja, jugando a contrastar su fuerza con mi fragilidad, y me saca al aula.
Llegan los compañeros. Y ella me exhibe como una atracción de feria ambulante. Para que se rían, para que cuchicheen, para que me señalen, para que se sientan mejores por no ser yo. Por no ser el Orejas. El Simeón. Todos ríen ante el payasito meado, se llevan a la nariz los dedos en pinza y con las palmas abiertas contra las sienes simulan tener orejas más grandes que las del Orejas Simeón.
—Ya vengo, me lo llevo a ver a la directora —le dice la maestra a mi público, y me arranca del aula. Siempre de la oreja.
Las agujas del aire helado de la mañana acribillan mis pantalones empapados y me ponen la piel de gallina. La bruja sujeta con dedos de tenaza mi oreja, prácticamente me lleva a rastras.
—Por qué no me sacó a tiempo —le pregunto entre lloriqueos.
Se detiene en seco sin soltarme.
—De esto ni una palabra a nadie, pendejo de mierda ―agita el dedo índice frente a mi cara: una larga uña que me roza la nariz―. Me imagino que no querés darle vergüenza a tu padre también. Porque tu madre no te quería, un día me contó que le dabas asco. Y tu papá se callaba. —Los ojos, agrandados por los lentes, son dos tormentas de fuego—. Nadie te va a creer, y te voy a llenar de ceros y de amonestaciones. Te voy a hacer mierda, y después te hago echar. Sólo le va a quedar mandarte a la privada. Y, como el boludo de tu padre es un pobretón muerto de hambre, va a dejar de pagar el alquiler para que vos estudies, y así van a terminar en la villa revolcándose en el barro. En tu propia meada te vas a revolcar, como ahora. ¿Entendiste?
Entendí. Y a mí me sigue dando la impresión de que no estaba mintiendo.
Y veo que no me lleva a la Dirección: tuerce por el pasillo oscuro y me lleva al baño de varones, que ya siento el olor a pis y hoy no puedo darme cuenta de si viene de las letrinas o de mí mismo. Ella entra ―entramos― como si nada, ni golpea a la puerta. Y menos mal que no hay nadie, porque mi vergüenza es tanta que se superpone al terror. Decidida, ella traba la puerta y se saca de entre el pelo algo metálico.
Un broche.
Un broche como con dientes.
—Bajate el pantalón.
Me niego.
―Bajate el pantalón, pelotudito de mierda.
El broche, los colmillos del broche, brillan bajo la luz de la bombita que cuelga de un cable del techo.
Hago que no con la cabeza. No puedo ni hablar de tan seca que tengo la garganta.
―Ni va a dolerte, pendejo.
Me encaja una cachetada y me baja el pantalón. Y me aprieta bien fuerte con el broche ahí abajo. Me dice que no grite, que nadie va a venir a salvarme. Pero no puedo evitar gritar, así que me tapa la boca con la otra mano.
Tardé en tener algo con una mujer. Aún hoy, cuando consigo apenas alcanzar el clímax, me vienen a la mente los dientes del broche cerrándose como tijeras.
Nadie observaba. Me acerqué al ataúd. Ahora era yo el que miraba desde arriba.
Sin los anteojos, las arrugas le tajeaban el cuero gastado de la cara alrededor de los ojos y la frente. Los aros de argolla eran idénticos a los que usaba mamá en ocasiones especiales. Mamá, que estaba muerta mientras la bruja le decía porquerías a un chico de siete años hecho sopa por el meo.
Mi mano bajó al ataúd como una araña que pasa del acecho a la acción. Le retorcí la oreja derecha con mis dedos de tenaza esperando que la boca infecta me aturdiera con un grito. Pero no gritó, para mi mayor dicha.
Al verificar la elasticidad de la piel y algunos microgestos en los párpados, no me quedaron dudas: la vieja estaba más viva que los deudos que ―extrañamente― la lloraban. Una catalepsia fulminante que, junto a la carencia de morgue, provocaba la tormenta perfecta. Y ahí estaba yo, en medio de esa tormenta, disfrutando la lluvia que inundaba al mundo y las ráfagas que aullaban como demonios desterrados del infierno.
Salvarla de la muerte más espantosa que pueda concebirse sería fácil: bastaría un aviso, bastarían unas palabras mías.
Pero esta vez no. Mejor ser sólo el espectador. Dejar que su ataúd resbale por su propio peso en la pendiente hacia el abismo de la tumba o al infierno del crematorio. Su muerte en la oscuridad sin aire y apestando a tierra podrida o entre las llamas implacables del horno sería un acto de justicia, para mí y para mis padres muertos.
No pude contener una sonrisa. Me incliné hacia ella, quería que sintiera mi aliento caliente a café de su propio velorio, y le murmuré:
—Soy Orejas. Y nadie va a venir a salvarte.
La maestra nos mira a través de los gruesos anteojos como si fuéramos basura desparramada en el piso.
Papá está sentado a mi lado, con la cabeza gacha. Recién sale del trabajo de la finca, y se nota: la camisa a rayas está mugrienta de tierra, al igual que la gorra blanca que restriega entre las manos. Es un insulto frente al impecable delantal de la Ruiz.
—Disculpe, maestra. —La voz de papá es débil—. Ahora que mi esposa falleció, hay días en los que se me complica veni…
—… señor, no es el primero al que se le muere la mujer —dice ella sin dudar y revoleando la muñeca, con las pulseras tintineando—. A algún conocido tiene que mandar, un colegio no es una guardería. ¿O usted no lo sabe?
Papá no dice nada. Sólo se limita a asentir. Y me toma la mano por debajo del escritorio. Me agarro a ella con fuerza, sin importarme que esté sucia y sea tan áspera. Siento un vacío en el estómago. Mami no es sólo unamujer. Es mi mamá, y me da miedo olvidarme de su cara, de su voz, de su risa.
—Es importante que el chico aprenda —siguió la bruja— y que estudie para que no sea apenas un peón. Un fracasado más, ¿vio?
Miro a papá. Tiene los ojos brillosos. La mano que agarra la mía le tiembla.
Pienso que la maestra no sabe lo que es quedarnos solos. Ni sabe de las deudas que dejó la enfermedad de mamá, ni de los turnos dobles de papá en el trabajo, ni del hambre rugiéndonos en la panza. Porque papá paga deudas, y con lo poco que sobra comemos. Papá tiene palabra, no es ningún cagón.
—Yo no soy… —consigue decir―. Eso que usted dice.
—¿Ah no?
La maestra arruga la nariz como quien huele algo podrido.
—Me rompo la espalda para que mi niño estudie.
—Debería rompérsela para educarlo. Acá no hacemos milagros con lo que traen.
—Maestra —dice papá con un tono firme que quién sabe de dónde lo sacó—, quiero pedirle que no le toque más las orejas a mi hijo.
—Señor, en mi clase yo pongo las reglas. Si su hijo no se comporta, es mi trabajo enseñarle. El chico tiene carencias y es sumamente rebelde. En el comedor está comiendo doble. Y sepa que no somos responsables de los problemas con que se venga al colegio.
—Nada justifica que llegue con las orejas rojas a casa —dijo papá, ahora con los dientes apretados—. No es un mal chico.
—Mire, don: si a usted le faltan huevos para educarlo ―me señala con el pulgar, sin mirarme, y las pulseras tintinean―, a nosotros nos sobran. Que sea la última vez que cuestione a la maestra. Y ahora retírense.
La bruja sacude la mano, y las pulseras tintinean de nuevo.
Papá duda un instante.
—Con su permiso —dice, la cabeza gacha. Se levanta, se pone la gorra y me toma de la mano. Casi sin fuerzas. Y nos vamos los dos bajo la desafiante mirada de la bruja.
A mí no me importa su opinión, ni aunque estuviera en lo cierto. Aunque papá fuera el fracasado más grande y el más pobre, no voy a dejar de quererlo nunca.
Aún no dejo de querer a mi padre.
Recuerdo tu afán por disimular las lágrimas al salir de la Dirección, papá. Esas malditas lágrimas de humillación te corroyeron el alma.
Me subiste a la parrilla de la oxidada bicicleta con la cabeza volteada, casi oculta por tu gorra. Pero yo vi tus mejillas mojadas, padre querido. Y me quedé congelado. No pude darte consuelo. Quizás una palabra de aliento habría servido un poco, pero ni sabía formularla en ese entonces. Tendría que haberte abrazado con todas mis fuerzas y no soltarte más y decirte cuánto te quería y que nada importaba porque al menos nos teníamos el uno al otro. Tendría que haberte dado las gracias porque estabas haciendo lo mejor que podías hacer. Tendría que haberte prometido que algún día, ya sin deudas, podríamos reír. Podríamos tener tiempo para idear planes y vengarnos de esa bruja.
Y pensar que pocos días después me abandonaste.
Yo te esperé todo el día, hasta que anocheció. Pero no apareciste.
Lejos de eso, te encontraron colgado de una acacia de la finca en la que tanto trabajabas.
Sin una nota de despedida, me esforcé en que al menos no se disipara de mi mejilla tu último beso de esa mañana fatal. Y también me aferré a tu gorra blanca y deshilachada en los bordes, como a un amuleto. Y con el transcurso de los años dejé de maldecirte, al entender que, cuando la vida acorrala, las palabras hieren más que si a uno le arrancaran con tenazas las orejas.
Salí del velorio de la arpía, decidido a hospedarme en el pueblo.
—No era catalepsia, Alejandro —le mentí por teléfono a mi excolega—. ¿Querés ir conmigo al cementerio? Sólo para confirmar.
—No, gracias —me dijo en tono solemne—. Ya terminé con el tema de los muertos. Ya cumplí con avisarte. Mis viejos serán los únicos que veré metidos en el cajón. Y Dios quiera que falten muchos años para eso. Deberías hacer algo parecido. Deberías borrarla de tu vida ya.
—Sí, Ale, tenés razón.

Soy obstinado. A la noche del segundo día enfilé para el cementerio, acompañado por un peón rural. Se trataba de un muchachito que no hizo preguntas: le había adelantado el equivalente a medio mes de trabajo en la finca, a cambio de su discreción.
Era una noche sin luna. El cementerio no tenía sereno, ya lo había averiguado. Fuimos al panteón familiar de los Ruiz, donde descansaban los restos de esa maldita. Bueno, “restos” es un decir.
Pedro se encajó en la frente una linterna, que arrancaba reflejos de los vidrios de los nichos y de las placas metálicas. Las lápidas proyectaban sombras siniestras en el camino. El maletín me golpeaba la pierna al ritmo de mis pasos. Las lechuzas ululaban, vigilando nuestra incursión desde lo alto de los cipreses.
Pronto llegamos al panteón, y Pedro se puso a trabajar con la cerradura. Ante el crujir de alguna rama, o el motor de un auto en la cercanía del cementerio, trataba de enfocar con la linterna.
—Tranquilo, Pedrito. No hay nadie acá.
Al entrar en el panteón, me pregunté cuál de los tres cajones sería el de ella. El haz de luz de Pedro me respondió enseguida. El ataúd de la vieja estaba en el centro, montado sobre un pedestal de granito. Conservaba encima una corona de flores, y una foto de ella que me dio un escalofrío. hasta siempre, decía en letras doradas.
Hasta nunca, me dije. Puta vieja.
Le señalé el ataúd a Pedro.
—Ese es.
Él abrió la mochila, sacó una barreta. Y se dio a palanquear.
—¿Importa si se rompe la tapa, don?
—No importa un carajo, Pedrito. Trabajá tranquilo.
Cuando sacamos la tapa, el olor a muerte me llenó los pulmones como un vapor venenoso. Pedro retrocedió y ahogó un grito al ver la expresión de la vieja: tenía los ojos abiertos, ojos ciegos mirando al techo de la bóveda, ojos que se apagaron en la oscuridad. También tenía la boca abierta en un grito mudo. Algo siniestro que creció durante décadas a la sombra de mi alma se regocijó.
—Llegamos tarde —consiguió decir Pedro a través de la mano que le cubría nariz y boca.
—Sí, pobrecita. ¿Podés salir, Pedro? Es un rato nomás. Y dejame la linterna, por favor.
Pedro disimulaba chuchos de escalofríos. Miró a la vieja y luego a mí, dudoso. Se quitó la linterna y me la depositó en la mano.
—A su servicio, don —dijo, y salió a paso rápido.
Me abroché fuerte la linterna en la frente, a lo minero, con la fantasía de que así podría calmar a mi cerebro excitado.
En silencio, observé a la vieja.
Nunca es tan placentero, ¿saben? La venganza. La bruja era patética así, suspendida en el tiempo, tan vulnerable sin ese temperamento arrollador que en otros tiempos nos había arruinado la vida a mi padre y a mí. Fotografié en mi mente esa mueca de espanto, de vampiro que despertó en una mala época. Memoricé cada brillo de esos ojos perdidos en la oscuridad, y cada arruga alrededor de esa boca abierta en un grito eterno. La raíz de mis males era ahora apenas un pedazo de carne, futura presa del olvido y la putrefacción.
Pero yo me aseguraría de recordarla para siempre.
Abrí mi maletín y extraje el bisturí. Me lucí con los cortes quirúrgicos.
Desde hace décadas conservo mi trofeo dentro de un frasco incoloro, custodiado con la más celosa devoción. Hay noches en que papá me visita, y los dos lo contemplamos en silencio. Una vez papá me preguntó qué será del frasco cuando la muerte me arrastre a mí también. Quién sabe. ¡Quién sabe! Lo único que sé es que debo tenerlo siempre cerca.
Mientras mis orejas crecen más y más al correr de los años, las de la bruja flotan en formol, suspendidas en el tiempo y en el espacio.

Ricardo Sosa nació en 1994 en Real del Padre, Mendoza. Su vínculo con la literatura comenzó en la biblioteca de su distrito, impulsado por los libros que su padre le facilitaba. Aunque su formación profesional en administración de empresas lo llevó por el camino de los números y las ventas, nunca abandonó el hábito de la lectura ni la pulsión por crear mundos propios.
Su trabajo literario ya ha trascendido las fronteras locales: uno de sus cuentos fue seleccionado en el Premio Itaú de Cuento Digital (2022). Desde fines de 2024, forma parte del Taller de Corte y Corrección, dirigido por Marcelo di Marco, donde se dedica a perfeccionar el oficio de la escritura y el riguroso, y fundamental, arte de la corrección.
Las imágenes fueron realizadas por el autor con la IA de Gemini.





