por Rodolfo García Quiroga *
…y a eso de la nochecita,
a casa por la luz mala.
Argentino Luna
—En Madariaga la luz mala sale a la tardecita, pibe —me dice el guardavidas Zelaya, tirado en la tumbona. Tendrá unos treinta años, y se lo pasa ofreciéndome bronceador. Dice que el sol me va a despellejar. Pero que hay una luz más peligrosa que la del sol.
―Y vos la viste, Zelaya.
―Yo la vi una vez, cuando tenía tu edad. Casi me lleva. Suerte que salió mamá de casa a defenderme. Si no…, quién sabe lo que me pasaba.
Alrededor de la pileta el campo es ancho y despejado, y por eso me dan ganas de quedarme acá, de hablar con Zelaya, de no volver a la cabaña, sobre todo ahora que mamá agarró el celular y empezó a los gritos.
—¿Y los que captura la luz mala se pueden escapar?
—No, qué se van a escapar. Quedan medio zombis, perdidos en sus pensamientos los saben ver.
—¿Y qué les pasa después?
—Y bueno, depende dónde los agarre la luz mala. Vos viste cómo andan los camiones ahora. —Zelaya hace un gesto hacia la ruta, y alcanzo a ver un camión rojo parecido al de Cars, que pasa a todo lo que da—. Si te agarra la luz mala y te deja sin reacción justo cuando pasa uno de esos…, ¡Pafff! chocás de frente, y fuiste.
—¿Y acá también sale la luz mala, Zelaya? A mí me da miedo a la noche, hay un brillo cuando miro por la ventana de la cabaña.
—Acá nunca escuché que aparezca, y eso que tenemos el cementerio ahí nomás. —Me mira, y parece que va a seguir. Pero después es como que lo piensa y se queda callado―. Vos, por las dudas… ―Ahora habla más lento, como si estuviera sacando afuera algo muy hondo—. Por las dudas no salgas de la cabaña a la noche. Es peligrosa la luz mala, Mauricio.
—Mi mamá me deja salir —le digo yo—. Ella nunca me dice nada, y a mí me gusta estar afuera. Sobre todo con ese olor ahí adentro que ya no aguanto más.
Yo sé que Zelaya sabe. Ya todos los que trabajan en el complejo saben. Zelaya disimula. Como todos. No es para nada lindo tener una mamá que no puede controlarse cuando anda alguna botella cerca.
—Aunque tu mamá te deje, vos mejor a la noche no salgas de la cabaña, Mauricio. Si no me creés a mí, preguntales a los otros. Al jardinero, a la mucama, al encargado. A cualquiera preguntale. Los que trabajamos acá somos todos de Madariaga.
―¿Y qué tiene? ¿Los de Madariaga creen todos en la luz mala?
―Todos-todos, no sé. Pero los del pueblo, que trabajamos acá, creemos todos. Quien más, quien menos, todos nos cruzamos alguna vez con esa luz maldita. Preguntales, y vas a ver lo que te dicen.
―Igual se ve que la luz no les hizo nada.
―No sé si no nos hizo nada. Pero vos, por las dudas, cuidate. ¿Cuánto hace que llegaste?
Venimos pasando unos días con mamá en un complejo de cabañas en la ruta 74, entre Madariaga y Pinamar. Mamá venía con que este verano quiero estar cerca de la playa y de la laguna y de los talas, Mauricio. Mamá quería disfrutar “de los dos mundos. De las puestas del sol en la playa y del misterio del campo”, y así terminamos acá, en Los Bueyes: una herradura de cabañas que rodean a la pileta. Mamá habla por el celular todo el tiempo, siempre con el vaso al lado, y yo me puedo dedicar a explorar, o a conversar con Zelaya, como lo estoy haciendo ahora.

—Es una pelota roja la luz mala —dice Zelaya, mirando al cielo—. Golpeaba contra el pasto y levantaba despacio, y volvía a caer. Esa vez que yo la vi, salió de la laguna dando saltos entre los juncos. Como un brillo, viste.
—Eso es lo mismo que yo te decía, lo del brillo. Eso es lo que yo veo por la ventana cada noche, Zelaya. Me da miedo la luz mala, ahora que sé que se llama así.
—Acá no creo que la veas. —Zelaya se queda otra vez pensando—. Pero…
―Pero qué.
―Que tenemos el cementerio.
―¿Un cementerio con muertos en serio tienen?
―No, un cementerio con gente bailando salsa.
Ahí me di cuenta de la taradez que acababa de decir.
―Y… ¿está cerca?
―En la loma del fondo está, justo del otro lado del cañadón.
―¿Dónde? ―Miro hacia el cañadón, que es una boca de dientes negros, pero no alcanzo a ver nada.
—Vos no ves porque sos petiso todavía. Pero del otro lado del cañadón está el cementerio. Dicen que hay fortineros enterrados ahí. Y algunos indios también, porque esto en alguna época fue la frontera. Mucha matanza hubo por acá, dicen que todavía se escuchan los fierros y los gritos.
Y así Zelaya se lo pasa contándome historias de huincas, malones y cautivas.
Al rato nos chocamos los puños ―el de Zelaya es como un martillo, pero el martillo de Thor―, y me voy de la pile.
Camino de espaldas al cañadón por el medio del parque hasta que tuerzo hacia el cerco de pinos apretados, y después de cruzarlo llego al carrito de las hamburguesas. Es un carrito con una sola rueda en el centro. Al costado del carrito hay un puesto con sombreros, gorras, vinchas para el pelo y abanicos. Detrás del carrito se ve, bastante más allá, una casa grande recién pintada de rosado, que es el casco de la estancia. Mamá dice que la pintura es rosada porque le echan sangre de ternero.
¿Dónde está mamá? Seguro que habla por el celular, caminando por el parque o cerca de las reposeras, del otro lado de los pinos. Ella es alta, y debe de estar viéndome, porque pasó bastante desde que yo hablaba con Zelaya, cuando mamá se apoyaba en el marco de la ventana de la cabaña. Me acuerdo que la saludé, pero ella no me saludó y se metió para adentro.
Al acercarme al puesto de los sombreros y las gorras, me encuentro a una señora de ojos muy celestes. La dueña del puesto, seguro, porque está detrás de la mesa en la que exhibe abanicos de todo tipo. Lleva la cabeza envuelta en un pañuelo. No es tan alta como mamá, pero tiene unos ojos mucho más celestes que los de ella, y más grandes que los de la seño de música. Los ojos más enormes y celestes del mundo tiene la señora, que ahora me sonríe detrás de la mesa de su puestito.
—¿Estos abanicos los hacés vos? —le digo, mirando no a esos ojos tan celestes, sino a los abanicos bordados con hilos que brillan como si fueran de oro.
Ella sonríe de orgullo: una sonrisa que me da cosa.
—Sí, los hago yo.
—¿Y cómo los hacés? —Lo pregunto porque me recopan esos abanicos. Son tan claros que fosforecen de blanco, a plena luz del día. Nunca vi abanicos tan blancos. No los vi ni en la playa, ni en los actos del colegio ni en ninguna otra parte.
—Soplo —dice ella, y se sonríe más.
Mi mamá es muy linda, más linda que las otras mamás del colegio. Pero la señora del pañuelo es mucho más linda que mamá. Tanto es más linda que no me molestaría que esta señora fuese mi novia, que además huele mejor que los mejores perfumes de mamá. Sí, parece que lleva encima un mar de aroma recargado. Se dice aroma, no olor.
Vuelvo para el lado de la pileta, y antes de cruzar el cerco apretado de pinos giro la cabeza para la casa rosada. Pero ya no veo los abanicos ni el carrito. Y tampoco veo a la señora de los ojos celestes.
Antes de entrar en la cabaña, pienso que ya no aguanto más oírla a mamá tan gritona. Como que quiere romper a gritos el celu mamá. Ni siquiera cuando se calma un poco y se acuesta yo puedo cerrar los ojos. Todavía la oigo gritar bastante: está con los ojos cerrados ahora, pero parece que sigue gritando o dando órdenes.
Mejor dormite, Mauricio, me digo a mí mismo. Pero yo con el mal olor acá no me quedo. Y eso que me da mucho miedo la luz mala, que así llaman a ese brillo en el campo.
Al miedo hay que hacerle frente, Mauricio, me dice todo el tiempo la psicóloga.
Yo no me dejo encerrar por nadie, tiene razón la psicóloga: No te dejes encerrar por el miedo, Mauricio. Hacele frente al miedo.
Y bueno, le hago caso: yo esta noche salgo al campo solo.
Cae la tarde. En la cabaña, mamá grita otra vez, llora otra vez, discute, siempre por el celular discute mamá. La psicóloga me pregunta siempre si vos te sentís seguro cuando estás en tu casa, Mauricio. A mí me gusta hablar con la psicóloga, pero ahora no puedo porque recién en febrero empiezan las clases, y mamá me sacó el celular que me dieron en el colegio. (Esto no lo necesitás, dice mamá. Pero sin el celular no puedo llamar a la psicóloga, ni recibir los llamados de la tía Ana, que es la hermana de mi mamá y que me llama cada día y me pregunta si sigo pintando).
La mujer policía fortachona y su compañera la petisa vinieron también un día a casa en Buenos Aires a hacerle firmar un papel a mamá, y la fortachona vio mis dibujos mientras la petisa le decía algo a mamá. Yo miro los dibujitos (me gustaría dibujar a los dibujitos, pero mamá tampoco me dejó traer papel ni la cartuchera, porque dice que tenés que despejarte en el campo, nene), y yo los sigo mirando hasta que mamá se tira en la cama. Y cuando ya no habla más, deja de llorar, y se queda dormida con la ropa puesta, yo me levanto. Y salgo al patio.

Las luces de las otras cabañas están apagadas: la única cabaña ocupada es la que alquiló mamá. Podría dibujar estas cabañas chiquitas y vacías en medio del campo, eso me gustaría. La psicóloga me invitaba a dibujar y a pintar a veces en el colegio, y mientras yo elegía los colores y pintaba todo, ella no miraba el celular ni me preguntaba nada. Miraba nada más lo que yo pintaba, y yo me sentía mejor.
La pileta es un espejo negro, donde flota el reflejo disperso de las luces de led que dan al parque, como si fueran estrellitas perdidas en esa negrura.
Allá a lo lejos, detrás de los juncos del cañadón, veo más luces. Podrían ser faroles de una casa en el campo, pero las casas en el campo no se mueven. Podrían ser las luces altas de una camioneta, pero las luces altas de una camioneta no son rojas.
Me voy alejando de las cabañas, levanto el alambre de púa. Y al final cruzo el alambrado que separa el parque y las cabañas del resto del campo, y camino para el cañadón: allá está la luz, una luz rojiza y más roja a medida que me acerco, y la luz está siempre moviéndose.
El calor debe de haber secado el agua, y yo camino, siempre siguiendo el sendero de las vacas y los caballos. Es una noche sin estrellas ni luna, pero una fosforescencia ilumina la laguna seca. Los duraznillos me golpean la frente, y ahora son juncos los que me acorralan, cada vez más altos. Un resplandor tiembla sobre la laguna seca y viene desde la loma, allá donde está el cementerio.
Y la luz late en mi cabeza. Y empieza a hablar.
Es una voz ronca, una voz de mujer. Una desconocida hablando en un idioma que no entiendo. Y yo sigo, camino cada vez más rápido, porque mi defensa contra el miedo es caminar rápido, cada vez más rápido, y desafiarlo al miedo para que no me embista, para que la voz no se me convierta en un toro embravecido, que yo les tengo mucho miedo a los toros del campo que se te vienen encima.
Oigo de nuevo los gritos de mamá: trotan en el viento, llegan como oleadas de chicharras desde el cementerio ―el cementerio está ahí nomás, donde empiezan los cardos―. Y pronto se me termina la laguna, y el campo es rojizo, porque allá flota como un encantamiento la bola de fuego.
Me mojo, un líquido caliente me baja por las rodillas y me llega hasta los pies. ¿Por qué grita tanto mamá, cómo puede ser que ahora grite desde adentro de mi cabeza ―la voz ronca que grita es la voz ronca de mamá―, cómo puedo oírla tan bien desde tan lejos? ¿Será mi culpa que mamá grite tanto, habré hecho algo mal? Los pies son lo único que me queda caliente. Hace mucho frío, el pecho se me cierra, me cuesta respirar. La tierra tiembla, son las tumbas que se hinchan entre el pasto. Abajo de la bola de fuego móvil, las hinchazones palpitan. Los huesos respiran en las tumbas, la respiración de los huesos tiembla a ras de tierra: el cementerio es interminable, una loma entera sacudiéndose, un crujir de huesos que se resquebrajan bajo el pasto. Y ahora es el galopar de unos caballos, caballos que no veo. Pero los cascos se acercan, me persiguen.
Giro y corro, corro desesperado. No sé si podré cruzar la laguna otra vez. ¿Cómo evitar que aquel campo rojo me atrape, me hunda en el líquido podrido que hierve bajo tierra? El grito de los indios y los de mamá y el chocar de los sables que se cruzan y el grito de los pechos roncos atravesados por las chuzas. El sendero ya no está firme, sino embarrado de barro y sangre resbaladiza, ni es único, porque lo cruzan otros senderos más anchos que terminan en el centro, el centro que imagino: un pozo negro de agua desnuda y helada. Y los juncos me cierran el paso. Dientes horribles de nutrias me enfrentan, y tengo que saltar entre esos dientes y los dientes de mamá que rien ―oigo a mamá gritando―. El olor insoportable de las nutrias pudriéndose en el cañadón en sus trampas es otra tenaza que quiere sujetarme, impedir que yo alcance la otra orilla, que me salga de la trampa de la laguna seca.
Salto el alambrado como puedo y oigo a mis espaldas los cascos de los caballos, las lanzas cortando el viento de la noche, los gritos de los indios con sus espeluznantes caras pintadas de guerra. Sé que es la luz mala. Sé que no puedo girar la cabeza, que si la giro me convertiré en una estatua de sal de laguna. La luz mala es una boca que quiere tragarme. Debo correr, correr hacia el centro de las cabañas, y corro hasta que llego a la pileta.
Y no puedo seguir.
La luz mala late en medio de la pileta. Brilla de una niebla roja, y a medida que me acerco a la pileta ―algo en ella me atrae― se vuelve más roja y más compacta. Y vibra. Vibra como el corazón de un pájaro primitivo, un pájaro que me invita a caminar sobre el agua hasta el centro de la bola y perderme ahí adentro, entre la luz roja.
Justo en el borde de la pileta, la vendedora de abanicos aparece a mi lado. Me pone la mano en el pelo, y yo me calmo enseguida. De ahora en más es como estar en el cine: vos sabés que viendo una peli no te puede pasar nada, porque una cosa es la pantalla grande, y otra el mundo real de los pochoclos y de la gaseosa.
La mujer de los abanicos sopla, y la luz se estremece, se arquea, se desprende del agua. Es una bola que se va volviendo más chica, una bola de bowling que sale de la pileta y que dibuja una curva. Una curva enorme y lenta sobre el campo aceitado, desde la pileta hasta el cañadón. Y el cañadón arde de rojo, como si la bola se hubiera estrellado contra una línea de pinos. La mujer de los abanicos sopla y sopla. Hasta que el cañadón desaparece, se lo traga la noche. El agua de la pileta no para de moverse, y el soplo sigue. Y la soledad me envuelve y se me mete adentro: junto a mí ya no hay nadie.
Estoy solo. Solo frente al agua de la pileta, que me invita a entrar y a quedarme en el fondo para siempre.
Ya en la cabaña, me saco la ropa. Apago la pantalla de la compu y me dejo caer en la cama. El soplo sigue ahí. Un soplo suave es. Apenas un murmullo que va dispersando el olor a encierro de la cabaña. No sé de dónde viene, pero sigue: un abanico en movimiento sobre mi cabeza.
Y sigue. Cuando me duermo, sigue el abanico moviéndose encima de mí, impregnando las sábanas con una luminosidad suave, flotante.
Me despierto ―me despiertan― tempranísimo: el sol recién empieza a calentar el cielo y el campo y el complejo de cabañas. La mujer policía petisa se cruza el labio con el dedo para indicarme que no hable. Acá la que se habla todo es mamá, que les dice no sé qué insultos a las policías.
―Calmate, querido, que está todo bien.
Dice que se trata de la orden de una jueza, y me alcanza los pantalones. La policía fortachona le dice a mamá que se calle la boca, que si no se calla la boca la va a esposar y va a pasar la noche en la comisaría. Y afuera hay un patrullero con las luces rojas de los patrulleros encima del techo de la patrulla. Y no hay caso: en pleno procedimiento ―la policía fortachona le dice a mamá que se trata de un procedimiento―, sigo con esa sensación de estar viendo una película, más allá de lo que pasa en la pantalla, mientras el abanico invisible se mueve más fuerte y la nube de olor a whisky que envuelve a mamá se va dispersando.
El patrullero llega a la rotonda de Conesa. Maneja la mujer policía fortachona, y la petisa y yo vamos en el asiento de atrás.
—¿Pero de dónde viene esa luz? —dice la petisa mirándome, y es la pregunta que he estado teniendo miedo desde hace un rato que haga, porque no puede ser que los hilos del bordado de la gorra de la petisa me deslumbren así, que el parche en el brazo le brille hasta que el gorro frigio del escudo sea un ojo rojo. Un ojo que late en medio de un resplandor de plata que brilla a mil.
La policía fortachona mira para la ruta, mira el espejo retrovisor, mira los espejos laterales y vuelve a mirar a la ruta. Sacude la cabeza, como si quisiera desprenderse de unos anteojos que no quisiera llevar. Y parece que va a decir algo, pero ella también brilla y no dice nada. Y yo tampoco, porque la luz mala nos envuelve, y cómo olvidarme de lo que dijo Zelaya, ahora que ya no sé ni por dónde vamos, y las luces altas del camión avanzan justo frente a nosotros, y no puede ser que sean rojas, ni que ocupen todo el ancho de la calzada, y… ¡Pafff!

* Rodolfo García Quiroga nació en General Madariaga en 1967 y pasó parte de su niñez en el campo. Vive en Pinamar, donde ejerce la abogacía. En 2001 fue finalista del Concurso Haroldo Conti con el cuento «Esta fecha del año». Desde junio de 2021 participa del Taller de Corte y Corrección coordinado por Marcelo di Marco. Allí aprendió a disfrutar del viaje de la escritura con la humildad del peregrino que imagina un camino y termina en otro; a cultivar la trabajosa paciencia del niño que modela plastilina hasta construir una pieza capaz de echar a rodar; y a vivificar el instante final con una simple onomatopeya.
El enriquecedor trabajo de revisión, edición y corrección de este cuento se puede apreciar en toda su magnitud y detalle, en la siguiente lista de reproducción del canal del TCyC.
Las imágenes que ilustran este cuento fueron realizadas por el autor asistido por la inteligencia artificial Gemini.





