por Susana Lires *
―Lo mató a sangre fría.
Perdiste, Santiago Almada: la chirriante voz de la movilera te arranca de tu sueño de tequila y whisky. La puta madre, dejaste prendido el televisor.
No encontrás el control remoto. Te levantás. A los tumbos te vas acercando al infernal aparato, y con un toque te deshacés de esa tortura.
Te sentás al borde de la cama, frente a la cómoda. Ahí está la Bersa, tu compañera de ruta. La empuñás, le quitás el seguro. Mirándote en el espejo, ensayás. Apoyás el caño en la sien, imaginás el brevísimo trayecto de esa bala justiciera. Pero no te convence. Seguís probando. Desde abajo te pegás el caño a la mandíbula inferior. Mejor no. Mejor te lo metés en la boca, contra el paladar. Por el gusto al acero aceitado te viene una arcada. Te ves en el espejo, y te das pena.
Mirás hacia la cómoda, hacia la foto de tu madre. Tu vieja querida, la mejor madre que pudiste haber tenido. Ya estás viendo tus sesos, los sesos del Inspector Almada, pegoteándose asquerosamente ahí, en aquella sonrisa. En aquellos ojos tras el vidrio del portarretrato. Y te viene otra arcada.
Y sentís la presencia del ángel de la foto, oís aquella voz:
―Te voy a estar cuidando siempre, Santiago. Estoy orgullosa de vos, hijito, porque hacés mucho bien. Dios lo sabe: tu trabajo tiene un sentido, tu vida lo tiene.
Seguís mirando la Bersa. No la soltás. Al contrario: la acariciás. Qué cagada empezar así tu día franco.

Qué felices estuvieron los viejos cuando te decidiste. Papá se lo decía a todos:
―Mi hijo entró en la Federal, quiere ser investigador.
¿Y a mamá? Cómo se le chispeaba la mirada cuando les contaba a sus amigas:
―Santiaguito va a la facultad, estudia Criminalística. Es muy inteligente, y tan bueno.
¿Hoy estarían tan orgullosos de vos?
Casi treinta años de servicio.
La pila de platos sin lavar y el olor a mugre de meses sin limpiar se acumulan en la pileta de la mesada.
Además, quién te mandó ser policía. Quién.
De inconsciente nomás hiciste esta carrera de mierda, sos un testigo de la podredumbre humana.
Por algo Mónica se cansó, y se fue, hace ya más de cinco años.
Quién podría tolerar a un tipo que no tiene horarios fijos, que hoy está y mañana quién sabe. Bien merecido tenés lo que te pasa.
Y ahora qué vas a hacer. Bañarte, qué más.
Ya bajo la ducha, abrís la canilla y dejás que el agua te limpie. Jabón líquido, agua fría, agua caliente. Y ese aroma del Dove te trae recuerdos. Imágenes de cuando te bañabas con tu mujer. Eso fue cuando todavía se querían.
Dove, agua fría, agua caliente, y no das más y te ponés a llorar como un pendejo. Llorás arrepentido. Pero ya es tarde, Santiago. Demasiado tarde.
Aquí y ahora, el agua caliente te quema, y dejás que te siga quemando hasta que te quedás de rodillas bajo el chorro, y como un bestial fogonazo se te aparece ese maldito caso de anoche, y ves la cara de la chiquita violada. Trece años tiene, trece.
Y entonces entendés todo, entendés el porqué de lo que hiciste. Y volvés a ponerte en vereda:
―Secate ―decís―, vestite ya. Prendé el televisor.
Lo primero que se impone en la pantalla es la foto del chico. Ni veinte años tenía, ni veinte. Y están hablando otra vez de aquello. Están hablando de vos y del “hecho de sangre”:
―Un policía federal habría confundido al joven deportista que corría en los bosques de Palermo con el violador al que estaba persiguiendo.

* Susana Lires es argentina. Nació en 1950. Pertenece a una generación en la cual la lectura significaba placer, y se valoraba como hábito necesario, fomentándose tanto en la escuela como en casa. Alrededor de los ocho años, durante la siesta familiar y clandestinamente, la curiosidad la impulsó a leer los libros de su padre. Ahí nació su vocación de escritora, aunque al optar por una profesión eligió la Psicología. Se dedicó a ella, incluyendo la escritura en su caja de herramientas terapéuticas.
Participa desde 2021 en varios talleres del TCyC, y ha tomado también diversos cursos, entre ellos el de Introducción a la Filosofía, brindado por Pablo Grossi, y el de Crónica Periodística, dictado por Dante Galdona.
Ha publicado «El corazón no entra en la valija del emigrante» y “Dama de hierro”, leído luego en el canal y pódcast Noches de Pluma y Tinta, por Luis Moretti. Allí también se pueden encontrar sus textos “¡Weeck Weeck!” y “Requiescant in pace”.
Ilustración de la autora





