Por Diego Luzuriaga *
Antes la alimentábamos sólo con aceite, crema, tocino, casi cero carbohidratos: la tal dieta cetogénica en su más extrema versión. Manejábamos por ella la cuchara, forzándola a tragar esas horribles grasas. Hasta que, comprobando que la dieta no mejoraba las cosas, el neurólogo decidió que volviéramos a darle comida regular. Así lo hicimos, pero tuvimos que seguir manejándole la cuchara.
Había nacido con una mutación genética tan extraña y tan única que le cambió la vida. Nos cambió la vida.
Y hoy cumple años.
Mi mujer, que camina conmigo en el parque, se detiene. Se gira hacia mí. Y me dice:
—¿Y si usamos la cuchara de plata? Por qué no.
—Qué cuchara de plata. —Yo también me detengo.
—La que heredaste de tu madre. La olvidaste.
—Ah, la cuchara de mamá. Buena idea, capaz que funciona.
―Podemos intentarlo.
―Para la cena.
Hace años me llegó esa cuchara, bien envuelta en un paquete con sello postal de Ecuador.
Cuando murió mi madre, no pude viajar para el funeral. Pero me contaron mis hermanos que, después de la ceremonia, se habían ido a la antigua casa de la familia, y allí se repartieron varios objetos, uno para cada hijo. A mí me tocó esa cuchara.
Recuerdo que apenas abrí el paquete me quedé acariciándola: de niño, después de usarla le sacaba brillo con un pañuelo, porque creía que era mágica además de bella.
—Cómo pude olvidarla —digo—. No perdemos nada intentándolo, capaz que funciona.
Antes de venir al parque, Belén y yo realizamos un interesante experimento. La pusimos en su silla especial con bandeja. En la bandeja ordenamos todas las cucharas de la casa. Cucharas finas, cucharas anchas, cucharas de metal, cucharas plásticas, cucharas blancas, cucharas azules. Sonriendo, las tiró al suelo de un manotazo. Después colocó frente a ella su Teletubby de peluche rojo. Lo miró con cara seria, y entonces hizo lo de costumbre: se puso a sacudir los brazos sin parar.
—Nunca va a agarrar cuchara alguna —dije—, y menos llevarse ella misma la comida a la boca.
—No seas flojo —Belén me lanzó una mirada seca—. Hay que seguir intentando. Si nos rendimos ahora, será mucho más difícil en el futuro. Tiene que aprender a usar la cuchara por sí sola.
―Como si yo no lo supiera.
—Tiene manos, ¿no? ¿Hasta qué edad te ponía la cuchara en la boca tu mamá? Debemos probar algo distinto, especial. Ella es especial.
De regreso del parque, la hacemos sentar de nuevo en su silla con bandeja. Ponemos música, forzamos sonrisas.
—Mira qué hermosura —le digo—: tu abuela comió con esta cuchara, y yo también. Mira cómo brillan estos lindos labrados de hojitas. —Ella me mira, y enseguida gira la cabeza hacia la cuchara de plata—. Ya estás grande, tienes que servirte tú misma la comida. Hazlo por ser hoy tu cumpleaños. Esta cuchara es mágica.

La mira en silencio. No la tira al piso, parece interesada.
Mi mujer descuelga de la pared la foto de mi madre, y se la muestra:
—Hazlo por tu abuela.
Con ojos de curiosidad, mira la foto. Mi madre, sonreída y de vestido blanco, está sentada en el jardín de la antigua casa de la familia. Mi hermana y yo, de pie, sonreímos detrás de ella. La sigue mirando interesada. Esto promete. Dejamos la foto sobre la mesa y corremos a preparar huevos revueltos, que tanto le gustan. Y arroz, tomate, queso, todo mezclado y picado y humedecido, para que no se atragante.
Ponemos frente a ella el tazón plástico, lleno. Le ponemos la cuchara, con comida, en la mano. ¡La agarra!
Pero se le cae. Intentamos de nuevo, y se le cae y se le cae. En eso, con su Teletubby da un fuerte golpe al tazón y lo tumba al suelo.
Preparamos comida otra vez, y se la damos de comer en la boca nosotros mismos. Despacio. Como siempre.
Paciencia. Paciencia.
No sabemos qué pasa por su cabecita, todo sería tan fácil si hablara. O si llorara por lo menos. Nunca ha llorado en su vida. Cuidar de ella no es para los débiles de corazón ―ni para los débiles de estómago, al momento de cambiar sus pañales―. Y no hablemos de nuestra lucha diaria para darle su medicina.
Pero a veces ―sólo a veces― nos sorprende. Por ejemplo, cuando le decimos dodó, levanta los brazos, lista para dejarse cargar hasta su cuarto.
Tiene su personalidad.
—A ti te gusta la carpintería —me dice mi mujer.
―¿Y?
―Por qué no fabricas un mango anatómico para que la cuchara le calce mejor en la mano. Para que la agarre fácil.
—Okey.
Bajo a mi taller del sótano, y en poco rato instalo en la cuchara un mango de madera pintado de rojo: el mismo rojo de su Teletubby. Ergonomía pura.
Como podemos, la sentamos en su silla especial con bandeja.
—Mi espalda —digo yo, enderezándome dolorido.
—Yo no me quejo de mis rodillas.
—Un día no vamos a poder cargarla más.
Le ponemos en la mano la cuchara con mango de madera. Todo bien. Antes de traerle la comida le hacemos un show de gracias y de payasadas. Cierra los ojos con fuerza brutal. Aprieta los labios y frunce toda la cara y tensa los brazos. Y tensa las piernas, los pies, tensa todo el cuerpo. Y se sacude y se sacude, como una tabla de trampolín.
Aunque es quizá la convulsión número quinientos en su vida, la sufrimos en nuestra propia carne como si fuera la primera vez.
Dejamos que se recupere allí, en su silla. Qué más podemos hacer, sino mirarla. Qué más podemos hacer, sino fruncir nuestras frentes, como de costumbre.
Cuidadosamente la acostamos en el sofá. Nosotros, agotados, nos tendemos en la alfombra.
Ha pasado quizás una hora y media, y nos despiertan unos alaridos. Sentada en el sofá, con la cuchara vacía aún bien agarrada en la mano, da gritos de desesperación mirando hacia la mesa. Hacia su comida. Inmediatamente la subimos de vuelta a la silla y ponemos el tazón en la bandeja. Consigue meter en la boca, temblando y todo, varias cucharadas de su cena ―fría, obviamente―, y nosotros por poco no saltamos y bailamos.
Le ponemos el video de los Teletubbies. Sacamos del refrigerador la torta que preparamos anoche, cubierta con glaseado blanco. Junto a su nombre —escrito en glaseado rojo— se me ocurre colocar la cuchara de plata con asa roja.
Una por una prendemos las treinta y dos velitas rojas. Le cantamos el happy birthday y le ponemos un pedazo de pastel en la bandeja. Se lo queda mirando en silencio. Y después apunta, decididamente, al lugar vacío de la pared: la foto ahora está en la mesa. Se la mostramos de nuevo. Toma la foto y, con una delicadeza extraña, acaricia la cara sonreída de mi madre. Y la acaricia y la acaricia hasta que notamos, boquiabiertos, que tiene los ojos humedecidos.
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Diego Luzuriaga (Loja, Ecuador, 1955) se formó como compositor en Quito, París y Nueva York. En 1993 ganó la beca Guggenheim de Nueva York, y, en 2006, el Premio Eugenio Espejo de Ecuador. Además de haber escrito música de cámara y sinfónica, cantatas, la ópera Manuela y Bolívar,un sinnúmero de canciones (todo con textos del compositor), también ha publicado poesía: Sobre la felicidad (El Club de la Pelea, Quito, 2017), ¡Viva el delirio del poeta! (Ediciones de la Línea Imaginaria, Quito, 2022), y ficción: Cuentos de un músico retirado (Cactus Pink, Quito, 2018).
Para mayor referencia visitar su sitio web.
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Ilustración: Clare Doherty. Técnica: lápiz y acuarela.





