por Carlos Pagán Barceló *
556 a.C.
I
Bien lo sabías tú, Malco: no perdonan los dioses la arrogancia en los victoriosos.
Y pensar que en aquel tiempo, cuando te impusiste como tirano de Cartago, creías que únicamente pagarías con soledad tal osadía. Soledad que era mitigada con mujeres enviadas por los veteranos de tu ejército, aquellos guerreros que añoraban los tiempos de tus campañas y deseaban que no los olvidases.
En cierta ocasión, encontraste en tus aposentos a una muchacha cuya presencia no te anunciaron. Pero no recelaste de ella: los íberos que custodiaban la entrada se mantenían firmes. La muchacha aguardaba inquieta y cabizbaja. Sostenía una pequeña ánfora, que destapó y te ofreció. Te acercaste y sentiste el aroma del vino, mezclado con el perfume de su piel. Alzaste las cejas, sonreíste, negaste con suavidad. Ella se llevó el ánfora a los labios. Contaste al menos tres tragos, observando su cuello, que enseguida acariciaste. Se desprendió de una fíbula, deshizo nudos, y su túnica cayó suavemente al suelo. Bebiste del vino hasta saciarte, y arrojaste a tu espalda el ánfora. Renunciaste a preguntar su nombre: preferías someterte al juego que te ofrecía. Su mirada febril te sugería un deseo imperioso. Te sujetó la cabeza entre las manos y la atrajo hacia sí. Buscó tus labios y te obsequió un beso interminable. Su sabor te recordaba al del miedo que había irrumpido en tu boca en los momentos crudos de la batalla. Su lengua fría se movía como una serpiente. Despertaba tu ardor, a la vez que un temor recóndito. Sentiste el fuego ascendiendo y la condujiste al lecho. Debiste apartarla para separarte de sus labios. Cuando volviste a enfrentar su rostro, estaba lívido, y sus ojos perdían el fulgor. La sujetaste antes de que cayera.
—¿Quién eres?
—Ya no soy nadie, sólo la justicia de Melkart.
La muchacha murmuró más palabras, lánguidas e inaudibles, hasta su último aliento. El saco de piedras de tu cuerpo apenas pudo dar unos pasos antes de derrumbarse.
Supusiste que aquella parálisis precedía a la muerte, y la aceptaste sin resistencia. Tras inciertos instantes de caída en un abismo, oíste a tus servidores. Caminaban a tu alrededor y se inclinaban a leer en tus ojos. Tu cuerpo yacía inerte, sí, pero aún percibiste en las yemas el rugoso tacto de la piedra del suelo.

El tiempo transcurría sin orden, indeterminado: tan pronto una noche sucedía a la siguiente en un suspiro, como se eternizaba en espera de la próxima. Ahora tu casa parecía estar abierta, y el trasiego de visitas era interminable. Oías a tu alrededor voces, ásperas por el odio, que exigían tu muerte, y otras compasivas que las sosegaban. Un sirviente te alimentaba con una mixtura de leche y miel, que vertía suavemente en tu boca. Siempre paralizado, sin control de tu cuerpo, no recordabas un trato tan dulce desde que los dioses te separaron de los brazos de tu amada.
Te doliste al evocar su muerte en el parto: en su inmensa, en su cruel sabiduría, ellos se la habían llevado a cambio de que diera a la vida a tu único hijo legítimo. Pero esa es otra historia.
II
Los dioses no perdonan la arrogancia en los derrotados, y tú, Malco, lo sabías muy bien.
En aquel tiempo de tu derrota en la isla maldita —que ahora te parecía tan remoto—, ya merecías un castigo. Y los dioses enviaron a Himilcón para que te lo anunciara. Se presentó con un nutrido séquito de sirvientes y escolta, bajo el emblema del Consejo Supremo de Cartago. Él mismo interpeló al centinela que salió a su encuentro:
—Quiero ver inmediatamente al general.
Dos asistentes adecentaron el interior de tu tienda y retiraron todo aquello que sabían vedado a ojos indiscretos. Bomílcar acudió a recibirlo, lo condujo hasta ti y dijo:
—Padre, te visita el noble Himilcón.
Pugnaste por ofrecer una sonrisa, que no llegó a aparecer en tu rostro.
—Si hubiera recibido noticias de vuestra llegada —dijiste—, os habría procurado las comodidades que faltan en este campamento.
—No os preocupéis —respondió el recién llegado.
Le ofreciste uno de los dos austeros escabeles que figuraban como único ajuar. Dedicaste una fugaz mirada de reproche a tu bastardo Bomílcar, a quien prohibías llamarte “padre” delante de extraños. En cuanto Himilcón se sentó y aceptó una copa de agua fresca endulzada con miel, entonó el breve discurso que guardaba en la memoria:
—Vengo comisionado por el Consejo a comunicaros su decisión sobre la calamitosa derrota que habéis sufrido. Se ha acordado el destierro de vuestra persona y de todos los ciudadanos cartagineses del ejército. Debéis licenciar a los aliados y mercenarios. Podéis estableceros en cualquier lugar de vuestra elección, salvo Cartago y las ciudades con las que mantiene lazos de amistad o alianza.
Se libraba de un peso al decirlo, a la vez que te generaba un desconcierto, trocado en cólera, que temblaba en tu boca. Un oprobioso silencio os castigó a ambos. Lo rompiste con una voz arrastrada, que siseaba entre tus dientes:
—Desearía veros combatir a esos nurágicos salvajes. Son seres perversos, que han renunciado a la condición humana salvo para la impiedad y la traición. Carecen de toda nobleza en el combate, y se sirvieron de la maldad que exhala su tierra para tendernos una emboscada. Pero es mi voluntad regresar y purificar la isla maldita con la sangre de esa bárbara excrecencia. ¿Qué habrías hecho tú, noble amigo? ¿Por qué no vienes conmigo a enseñarme habilidades guerreras? Quisiera al menos veros empuñar un arma. Y a la caterva de viejos avarientos que han tomado esta decisión. —Te habías levantado sin darte cuenta, los puños apretados, sintiendo arder las mejillas—. ¡Prended a todos los que han venido con él!
Tus asistentes enarbolaron las espadas, y tú desenvainaste la tuya y golpeaste a Himilcón en el rostro con el plano de la hoja. Cayó de hinojos y tocándose la mejilla, incrédulo. Sus ojos habían perdido la superioridad.
—No quiero ninguna palabra —dijiste—, salvo los nombres de quienes propusieron mi destierro. Si callas, arrancaré de tu cuerpo todo aquello que ya no vas a necesitar.
Diste una orden con un gesto a un soldado que se mantenía firme a tu espalda, pero Bomílcar se adelantó: tomó unas tenazas y las colocó sobre un brasero.
—Empezaré cuando enrojezcan. Tienes tiempo para hacer memoria.
Convocaste a los restos de tu ejército delante del cuerpo crucificado de Himilcón, irreconocible por la sangre seca que lo desfiguraba, sin ojos y con apenas un aliento de vida. Les diste cuenta de la decisión del Consejo Supremo cartaginés, y escuchaste con complacida impaciencia las imprecaciones que les lanzaban tus soldados, hasta que les demandaste silencio.
—He decidido marchar a Cartago para revocar esta injusticia. Ninguno de vosotros será castigado: los cartagineses recuperaréis vuestros derechos, y a los aliados y mercenarios los recompensaré con el doble de los haberes que se les deben. Los que acompañaban a Himilcón han reconocido la justicia de mi causa y se han unido a nosotros. Salvo uno, al que he enviado con la respuesta: los ojos de este miserable dentro de un tarro de miel. ―Y señaló aquello que alguna vez había sido Himilcón.
Tus hombres acogieron esas palabras con un entusiasmo que no habías visto desde las jornadas previas a la derrota.
A buen ritmo marcharon hacia Cartago. Ninguno osó desertar, incluso se unieron nuevos reclutas. Durante el camino saquearon ávidamente las tierras de los consejeros cuyos nombres había confesado Himilcón.
Cuando llegaste a las puertas de la ciudad, salió a recibirte tu hijo. Cartalón era transportado en una litera por cuatro esclavos, investido con los ropajes que proclamaban su rango de sumo sacerdote de Melkart. Y fue extraño: te recibió displicente, con un mínimo gesto de asentimiento.
—Padre, como enviado de la ciudad te ruego que disuelvas tu ejército y no ofendas a los dioses con tu rebelde actitud. He suplicado por tu vida, y puedo prometerte que será respetada, si cumples con lo ordenado. He empeñado mi rango para favorecerte, pero no he podido obtener otra cosa.
Lo miraste con incredulidad.
—No veo a mi hijo. Cuando lo abracé por última vez, todavía vestía como un guerrero, y prometió cuidar de mi casa y de mi honra. Él carecía de todo mérito para acceder al sacerdocio. El Consejo se lo ha obsequiado con la intención de doblegar mi voluntad. Lamento que quienes te envían no puedan escucharme, pero les ofreceré un espectáculo que contestará a todas sus preguntas.
Y así lo hiciste. Fuera de las murallas de la ciudad, los cartagineses contemplaron con espanto la crucifixión de tu único hijo legítimo. Mientras tuvo aliento, el sumo sacerdote de Melkart te juró lealtad ―una renovada lealtad proferida a gritos―, prometió unirse a tu rebelión y renegó de su rango. Cuando la agonía ya sepultaba sus fuerzas, Cartalón te suplicó por su vida.

Detrás de él, montado a caballo en una erguida pose que sólo les dedicabas a tus enemigos, escuchaste sus últimos susurros. Pero, al mismo tiempo, intentabas contener las lágrimas. Rezabas a los dioses, exigiéndoles su favor a cambio de aquel sacrificio.
A tu lado, Bomílcar sentía la misma ebriedad de los momentos previos al combate, aferraba su hacha como un amuleto, y exhibía una mueca de placer. Le ordenaste con un gesto que se apartase de ti: no querías que presenciara tu conmoción.
Además, dudabas de él. De Bomílcar. Recordabas a la partera libia que te lo entregó recién nacido, jurando por la divinidad que era hijo tuyo, aunque cuando creció parecía engendrado por un bárbaro gigantesco.
Pronto el necesario holocausto de Cartalón envenenó a Cartago, que se retorcía en su podredumbre: tus partidarios alzaron la voz, el miedo acosó a tus enemigos, y todos temieron el castigo de los dioses. Tras una noche interminable en la que contemplaste, entre pesadillas, la luz rojiza de los fuegos sagrados del templo de Melkart, todas las puertas de la ciudad amanecieron abiertas: tu gente difundió la especie de que, así, tú te aplacarías.
Entraste escoltado por hombres de confianza. Te precedía la presencia imponente de Bomílcar: disfrutaba del honor que se le concedía como mejor guerrero de tu ejército, desfilando con la altivez del conquistador. Tus incondicionales te recibieron con fervor contenido, algunos acercándose para saludarte respetuosos. Ante una multitud silenciosa te proclamaste Protector de la ciudad. Prometiste defender sus tradiciones y purgarla de sus verdaderos enemigos. Ordenaste la captura de los consejeros de la lista confesada por Himilcón, que fueron desollados y crucificados públicamente.
Así empezó tu protectora tiranía. Revocaste tu destierro y el de los soldados cartagineses de tu ejército, a quienes retribuiste generosamente por su lealtad. Licenciaste a los aliados y mercenarios, bajo la promesa de convocarlos en el futuro al definitivo asalto a la isla: el escenario del primer acto de tu tragedia.
Dictaste todas las disposiciones que te proporcionaran el apoyo del pueblo. Y juraste ante los dioses que nada deberían temer los ciudadanos contrarios a ti. Para contener el descontento de los nobles, evitaste inmiscuirte en la política a cambio de que te acatasen discretamente. La Asamblea mantuvo sus atribuciones y eligió a los dos sufetes que gobernarían la ciudad. Incluso respetaste las decisiones del Tribunal de los Cien, que nunca te afectaron. Favorecías a las manos fuertes dispuestas a apoyarte, mientras proyectabas futuras campañas guerreras que a nadie interesaban, pero a las que ninguno se oponía.
Pese a la eliminación de tus rivales, sufriste dos atentados. Un intento de envenenamiento te acercó durante días al umbral de la muerte. Y, poco tiempo después, un sirviente te apuñaló antes de que lo redujesen los miembros de tu guardia. Pese a que te recuperaste, ambos ataques dejaron secuelas en tu cuerpo y tu mente, dolencias espirituales y físicas que te atormentarían desde entonces. Por lo del veneno, ordenaste el interrogatorio de los cocineros y de todos los sirvientes que podían acceder a tu comida. Sufrieron tortura hasta la muerte, pero ninguno reveló nada que condujese al culpable. La investigación del segundo intento no fue necesaria, pues el asesino falleció poco después de atacarte, asimismo envenenado.
Desde entonces, te aislaste de todo peligro. Confiaste tu protección a una guardia de mercenarios íberos que juraron no sobrevivirte. Según sus rituales, ante los dioses quedaban obligados al suicidio, en caso de que no lograsen preservarte. Nadie, salvo ellos y Bomílcar, podía acercarse a ti, bajo pena de muerte. Varios sirvientes probaban tus alimentos. La entrada de tu palacio quedó clausurada, y sólo aceptabas visitas por asuntos esenciales. Del resto se ocupaba Bomílcar: comunicaba tus resoluciones, indagaba lo que le pedías, te llevaba algunos secretos arrancados a la ciudad y otros alumbrados por su imaginación. Solía plantearte aventuradas ideas, y propuestas inverosímiles que tendían a tu coronación como rey. Tú las rechazabas todas. Le explicabas pacientemente que un acto de osadía te había otorgado el dominio de la ciudad, pero sólo la prudencia podía mantenerte en la cúspide. Tanto confiabas en la ciega devoción que Bomílcar te profesaba que le perdonabas sus abusos y aplacabas con oro las quejas de sus víctimas.
Solamente admitías una excepción a tu soledad de poderoso: las visitas de mujeres enviadas por los veteranos de tu ejército, quienes añoraban los tiempos de tus campañas y deseaban que no los olvidases.
III
Los dioses no perdonan tampoco la arrogancia en los tiranos. Y te lo enseñaron con rigor.
En aquel tiempo en el que quedaste reducido a carne inerte por obra del veneno, los íberos de tu guardia se arrodillaron ante ti y te preguntaron si tenías algo que ordenarles. Aquello era una formalidad ridícula, pues bien sabían que no podías hablar. Apenas lograste susurrar algo, pero fingieron no oírte. Invocaron a sus dioses, elevaron al incógnito cielo algunas plegarias y se marcharon. Reflexionaste acerca de una gran verdad: incluso los guerreros más fieles aprenden a quebrantar juramentos. No te extrañaba, pues tú quebrantaste muchos.
Poco después aparecieron dos hombres armados con garrotes, que te arrojaron del lecho y cubrieron tu cuerpo con golpes infligidos a una carne que ya no te pertenecía. Dijeron que actuaban en nombre del Tribunal de los Cien. Te llevaron a rastras por las calles, durante un trayecto en el que fuiste insultado, golpeado y escupido por la multitud, que se abría al paso de los guardias. Después de dejarte durante horas en el helado suelo de una mazmorra, te condujeron ante los magistrados. Te colocaron sobre una silla, ante una vociferante caterva de enemigos, sentados en unas gradas abarrotadas, porque habían invitado a numerosos miembros del Consejo. Los dos sufetes te esperaban de pie, flanqueando al sumo sacerdote de Melkart. El sucesor de tu hijo se acercó, mascullando insultos. Te golpeó en el rostro con un bastón. Caíste a los pies de los guardias, que te recogieron y te ataron a la silla.

Uno de los magistrados enunció la larga lista de tus crímenes, reiteradamente interrumpido por las voces de los demás, en una vorágine que procuraba verter la mayor ignominia sobre tu cabeza. Tu mirada perdida y tu rostro inexpresivo aumentaban su enfado. Entre las palabras se deslizaban los ruidos provenientes de fuera, que cobraron intensidad y reclamaron tu atención. Se oía un tumulto en el que reconociste las imprecaciones desesperadas de aquellos que se enfrentan a la muerte. Los mismos gritos de guerra que proferían tus soldados cuando cerraban formaciones ante lejanos enemigos, retumbaban ahora en las calles de Cartago. A medida que se elevaba el clamor del exterior y empezaban a oírse los chasquidos metálicos que anunciaban una refriega, las voces de los consejeros se iban apagando. Ojos inquietos buscaban en todas direcciones alguna certidumbre favorable. Sólo la parálisis impidió tu sonrisa, y también quizá tu carcajada. Despertaba tu cerebro, pero tu cuerpo permanecía inerte, y tus palabras morían en tu boca sin que lograras pronunciar una sola sílaba. De haber disfrutado del poder de la voz, los hubieras sometido fácilmente.
Los magistrados se disponían a huir. La llegada de nuevas noticias los contuvo. El tumulto, todavía audible, se mantenía a distancia suficiente como para no interrumpir tu enjuiciamiento.
La sentencia se dictó con rapidez, y sólo se discutió la forma de administrarte el castigo. Decidieron que serías crucificado en el mismo lugar en que tú crucificaste a tu hijo Cartalón. Antes se permitiría a los familiares de tus víctimas someterte a los vejámenes que deseasen, aunque no podrían producirte la muerte, ni adelantártela, ni tampoco servirse de arma alguna. Te alcanzaron los ecos del dolor que pretendieron inferirte, pero no podías emitir siquiera un suspiro, ni revolverte en tus ataduras, lo que decepcionó a quienes buscaban tu sufrimiento. Ignoraste la muchedumbre de injurias que vertieron sobre ti, que te importaron mucho menos que la última frase de la sentencia:
—El nombre de Malco se borrará de los archivos sagrados, y ningún ciudadano podrá ostentarlo en el futuro.
Te preguntaste si ya habías perdido la vida y recibías el consecuente castigo de los dioses, o si llevabas algún tiempo transitando por el mundo de los muertos, en un viaje iniciado en aquella isla maldita.
Las crueles garras de tus enemigos te habían arrancado los ojos. Apenas percibías luces lejanas y rojas. Pudiste oír durante el camino al cadalso las hirvientes calles de la ciudad. Tronaban voces guerreras en las que reconocías a tus soldados, cruzadas con otros gritos confusos. Los verdugos murmuraban palabras de duda y parecían desear fugarse, cosa que los guardias del Tribunal no iban a consentir.
Sentiste cada una de las maniobras de los verdugos, el tenue chasquido de tus huesos, el rumor de tus exigidos tendones. Y tu respiración se aceleraba, aunque el dolor se mantenía remoto. Después te aferró una asfixia que fue creciendo, pero la recibiste con resignaciónporque anunciaba el fin de la pesadilla que había nacido con tu derrota ante los nurágicos. El tiempo no fluía en una sola dirección, sino que se desparramaba en todas. Volvías a dirigir a tus tropas en tierras desconocidas y veías a los bárbaros nurágicos surgir de donde nadie podía esconderse. Atacaban sin miedo ni piedad, les causaban pavor a tus guerreros más veteranos y desbandaban a los más incapaces. Escuchabas las súplicas de tu hijo en la cruz, que se amargaban ante la certidumbre de la muerte. Deseabas recordar el rostro de tu esposa, pero los espectros del tiempo te lo habían arrebatado. Mil recuerdos te golpeaban, y tu corazón se rendía. El más poderoso era el beso, aquella astucia que causó tu derrota. Te dejaste llevar a los abismos con su memoria. Y llegó entonces aquella mujer que habías visto años atrás, en los brazos de tu hijo Cartalón.
Los aullidos de tus guerreros, muy cercanos, deshicieron tu ensueño. Manos rudas te descendieron de la cruz. La voz rota de Bomílcar derramaba furia en tus oídos:
—Padre, padre, ¿me oyes?
—No me llames padre.
Le oíste una carcajada, mientras acariciaba tu cabeza.
—Mañana volverás a ser el Protector de Cartago, y tus enemigos sufrirán mil veces el dolor que te han infligido. Te repondré en el trono.
—No, no, déjame —susurraste con mucho esfuerzo. Él debió acercar el oído a tus labios—. Déjame morir en paz.
El dolor se te acercaba. Era lo único que estabas recuperando. No podías mover un solo músculo, pero sufrías el estremecimiento de las heridas, la aspereza del suelo, el cuerpo caliente y sudoroso de Bomílcar, abrazándote. Los gritos a tu alrededor te alejaban del dulce sueño que tanto apetecías.
—Vivirás, padre —dijo Bomílcar—. Yo seré tus ojos, tus brazos. Seré tu voz.
El olor a vinagre de su aliento te azotó la cara, y él te estampó un beso de labios tan agrietados como pegajosos.
Tronó la voz rugiente de un compañero de armas a su espalda:
—¡Date prisa, Bomílcar! Los guardias del Tribunal vienen con refuerzos.
—Mátame —murmuraste, desde un abismo tan lejano que ni siquiera tú podías oírte.
—No, padre, no digas eso.
Bomílcar te levantó en brazos. Tú estabas inerte, sin ninguna voluntad, ni siquiera podías oponerle una mirada. Volviste a preguntarte cuándo había empezado aquella pesadilla. Y deseaste por encima de todas las cosas sumergirte en el beso de la muerte.

* Carlos Pagán Barceló nació en Madrid en 1972, hijo de madre española y padre puertorriqueño. Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid, ejerce la abogacía de forma independiente, aunque presta servicios a algunas corporaciones, como el Colegio de Abogados de Madrid, el Colegio de Farmacéuticos de Guadalajara y el Colegio de Arquitectos de Madrid. Su absorbente profesión lo ha alejado de la literatura; pero, tras muchos años de abandono, ha retomado su vocación, con la escritura de una novela sobre un asunto que le apasiona: Cartago.
En su época más productiva, obtuvo algunos premios en certámenes de cuento: Ganador de los premios «Ciudad de Vinaroz» (2000), «Frida Kahlo» (2000), «Decano Pedrol» (2001), «Ciudad del Gallo» (2002), «Félix Urabayen» (novela corta, 2002) y «Círculo Cultural Blas de Otero» (2007) y posteriormente «Aula Zarco» (2017). También algunos segundos y terceros puestos, así como otros premios menores.
En el terreno de novela, obtuvo el Premio Arte Joven 1998, convocado por la Comunidad de Madrid, con «Sabes que los muertos siempre tienen razón cuando te advierten», publicada por la editorial Visor Libros.
Gracias a su participación en el TCyC (desde 2022) ha mejorado su prosa y sus conceptos literarios, de la mano de Marcelo di Marco y Nomi Pendzik. También le ha traído aparejadas otras formas de difusión de su pasión por la literatura y el cine, como el pódcast «Los Tres Moscardones», junto a Luis Moretti y Francis García Reyes, y la lectura de este cuento y de “Hacia el sueño de hierro”, por Luis Moretti en su canal Noches de Pluma y Tinta.
Imágenes realizadas por el autor con asistencia de la IA de ChatGPT.
Nota: Malco, el protagonista de este cuento, es un personaje histórico muy poco conocido de la Cartago más arcaica. Sólo aparece en una fuente siete siglos posterior, Marco Juniano Justino, en un breve pasaje de su Epítome de las Historias Filípicas de Pompeyo Trogo (también en Orosio, pero como cita de Justino). Tanto su nombre (Mlk en fenicio significa ‘rey’), como lo arquetípico del suceso con su hijo, sugieren que podría tener un origen mítico.





