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Cuando la belladona florece

por Mariláu Sánchez

 

Perdida entre juguetes

 

¿Cómo fue que esta pena logró vencer
las maquinarias del tiempo
de las que nada escapa?
La mañana abre su ventana de cielo
y me susurra: Todo lo que quisiste
se ha marchado.
Todos se han ido,
¿no es verdad que vuelves a llorar,
otra vez,
con lágrimas viejas?
Hasta la última astilla de tu caballo balancín
ha devenido en helado puñal.

Sí, mientras todo se fue despojando en silencio,
mi alma coleccionó antiguos resplandores,
fotografías en el relicario de la memoria:
el caballo con perfume de pino
—aquel que una vez talló papá bajo la tarde de un verano—,
la muñeca a la que siempre le faltó un ojo,
la casa de una infancia tramada con amuletos,
alquimias y secretos del este de Europa,
un jardín en el que todavía por las noches
contemplamos con mi madre —ella desde otro cielo—
las estrellas,
la puerta tranquera por la que una vez, hace ya mucho,
entró mi primer amor.

Y volveré a casa
una y otra vez,
bajo antiguos hechizos,
a rescatar a mi caballo,
a ver cómo se vuelven a erguir los rosales,
cómo se encastran de nuevo —como piezas del Rasti—
las paredes derrumbadas.
Volveré a reconquistar aquello que amé demasiado.

¿Estaré a tiempo todavía?
Porque de algo estoy segura:
mi caballo seguirá balanceándose de soledad,
partiéndose en más astillas-puñales
hasta el infinito.
Hasta el fin del mundo.

 

02-Caballos de neptuno

“Caballos de Neptuno”, de Johnny Palacios Hidalgo. Óleo sobre lienzo, 2011.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando la belladona florece

 

Temblando entre la noche velada,
intuyo el acecho de la bestia.
¿Vendrá?
¿Vendrán los colmillos
desde el valle sombrío,
la piel ardiente que palpita?
Y el espejo me devuelve una muñeca
por siempre maldita.
Desde su eterno y negro tanatorio,
se relame entre tinieblas:
brilla una perla roja
en la palidez de las comisuras,
los ojos muerden
el aire y las lágrimas.
Espejito, espejito:
¿quién es en la tierra
de todas la más perra?

caperucita-y-el-lobo

“Caperucita y el lobo”, ilustración de Juan Pablo Ropa, 2011.

Y la noche se coagula en cristal y mercurio,
y el espejo escupe un lobo,
un vampiro,
un espectro.
La luz de la luna es
apenas una honra fúnebre,
el último llamado para el licántropo.
¿Se cumplirá la leyenda?
¿El lobo se devorará
a la más bella de las no-muertas?

Y sigo esperando desde estos jirones
de azogue y de sangre.
¡Luna, luna de cuernos de azufre,
esta noche no invoques a la bestia!

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