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Entrevista a Cristian Acevedo

Entrevista a Cristian Acevedo *

  14996347_10210888084738879_351965327_nCristian Acevedo es una de las nuevas plumas de la literatura argentina. En sólo tres años ha publicado tres libros de cuentos –muchos de ellos premiados, lo que deja entrever la calidad de sus escritos–. Y próximamente verá la luz su primera novela, Matilde debe morir, por editorial Bärenhaus.

 

 

FIN: Supongo que vos escribís desde chico, pero ¿cuándo dijiste “Ah, esto lo vamos a agarrar más en serio”?

 Yo escribí siempre. Pero era escribir y tirar. Porque era basura lo que escribía. Y a los treinta, empecé a leer con la intención de aprender. Me acuerdo en su momento, seguía mucho a Dolina. Dolina era bastante pedagógico en la radio, iba explicando un montón de cosas, y entonces me servía como punto de partida para empezar a buscar. Siempre leí un montón, obviamente, pero empecé a leer más como escritor para ver qué podía imitar y aplicar. Y esto fue hace siete años, en la crisis de los treinta, cuando me dije “Tengo que hacer lo que me gusta”. Porque justamente la crisis de los treinta es eso: “Qué hago de acá para adelante”. O: “Qué hice de acá para atrás”.

¿Y de qué laburabas en ese momento?

De lo mismo que ahora: administrativo. Un laburo tranquilo, pero… Si me preguntabas de chiquito  qué quería ser cuando sea grande, no te iba a responder “administrativo”.

Y no. Uno de chico quiere ser bombero, policía.

Yo quería ser escritor. Entonces intenté buscarle la vuelta. Y fue en ese momento cuando caí en el taller de Marcelo di Marco.

Fue el primer taller al que vos entraste.

Fue el primer y único taller al que entré. Porque lo primero que hice fue googlear “Taller literario”. Y, por alguna razón, me apareció Analía Pinto.

A mí me pasó exactamente lo mismo.

Entonces, hablé con ella. Y me dice: “Estoy en La Plata”. Me quedaba muy lejos. Pero Analía me recomienda el taller de Marcelo. Y pasó un tiempo. Qué sé yo, no estaba muy seguro de querer ir. Estaba más frustrado que otra cosa. Lo que escribía en ese momento no iba ni para atrás ni para adelante. Eran anécdotas cortitas que no… Eran como esos juegos que hace Cortázar —y que los tienen permitidos porque los hace Cortázar—, pero mal escritos, sin fundamentos, sin… nada. Pero que yo sentía que podía hacer algo así.

Y pasó un mes, y quedamos con Marcelo para un martes. Y me rebotó el primer borrador, el segundo y el tercero de un cuento con el que yo le insistía y le insistía. De eso hace ya seis años.

Y así hasta el 2014, que publicaste Canibalísmico. Pero en ese lapso también publicaste en revistas.

El primer cuento que cerré fue para una antología, Marañas, que era “Fortaleza alemana”, que apareció cuando yo ya estaba al límite entre decir “Esto no es para mí. Y corto, porque sigo insistiendo y no tiene sentido, o…” Justo llegó este cuento que me terminó de confirmar que tenía que meterle por ese lado. Ahí fue cuando aprendí por qué ese cuento era un cuento, y por qué los otros no.

¿Y los otros ya quedaron en el olvido o los volviste a retocar?

No, ya no. Quedaron por ahí. Puede ser que haya algún parrafito que me haya servido para alguna otra cosa.

Y digamos que de ahí arrancaste de cero.

Arranqué de cero, tal cual. Busqué para atrás para ver si había algo que pudiera servir, pero no: no eran cuentos. Entonces ya era forzar: intentar llegar a un cuento, cuando en realidad llegaba a ser, con suerte, una anécdota. Podría llegar a mejorar el estilo, pero la historia en sí no contaba nada.

Creo que eso les pasa a todos alguna vez. A la primera bajada de caña mandan todo a la mierda. Se meten en un concurso, no ganan, y chau. No son persistentes.

Sí, es difícil. Me acuerdo que en el taller intentamos forzar un relato que yo había llevado. Y lo llevé una vez, y otra vez. Intenté buscarle la historia, que no la había, y la última vez Marcelo me dice “No, ya está. Esto dejalo”. Y yo estaba esperando eso: que él me dijera “dejalo”. Hacía tres o cuatro clases que estaba yendo, y pensé que tenía que forzar la historia. Y ese día estuve a punto de no volver. Pero antes de que me fuera, Marcelo me dice “Tranquilo, Cristian, que si yo tuviera un peso por cada vez que me dijeron que esto no va, tendría un montón de guita”. Porque encima era esperar una semana para ver si en la próxima le encontrábamos la vuelta.

Y bueno, escribí “Fortaleza alemana”, y a partir de ahí no paré más. Y aprendí: cuando me volvía a decir “Che, a ver: buscale la vuelta por acá”, yo lo dejaba. Porque me conozco, sé que no me sale.

Y al tiempo publicaste Canibalísmico. ¿Cómo salió eso?

Eso fue cuando ya reuní once cuentos. La idea era probar. Porque los únicos lectores que tenía eran mis conocidos y la gente del taller. Entonces, yo necesitaba probarme a ver qué pasaba.

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Surgió la posibilidad con Expreso Nova, que es una editorial pequeña, con la que hicimos una edición de 200 copias. Eso fue una autoedición. Y se llamó Canibalísmico —un nombre raro, uno de los tantos posibles—, y por ahí ni siquiera tendría que haber sido. A la mayoría hasta le cuesta pronunciarlo. Me parece que ahí erré. Si fuera ahora, le hubiera puesto otro nombre.

Pero me gustaba la idea. Originalmente eran dieciséis cuentos; y laburamos mucho con los editores para ver cuál entraba, cuál no. Yo no tenía una línea definida de los cuentos, y en un momento surgió que era algo así caníbal, que cada cuento iba comiéndose al otro, y me gustó la idea de Canibalísmico.

No había una idea general que los uniera: eran todos diferentes.

Tal cual. Y ahí aprendí el laburo del editor. Porque, aunque eran una editorial chiquita, laburaban muy bien. Se comprometieron con el libro, para encontrar los mejores cuentos y que de cada cuento quede la mejor versión. Hubo un ida y vuelta interesante. Y quedaron once cuentos. Creo que quedó bastante parejo. Por ser el primer libro, quedó bastante parejo.

Canibalísmico es increíble, Cristian. Los cuentos cierran perfecto, el clima es tremendo. Un libro del que podés sentirte orgulloso.

Pero al poco tiempo concursaste en España con la editorial Letras Cascabeleras. Y aunque no ganaste, tus cuentos llamaron la atención y te propusieron publicarlos.

 El premio era para publicar en 2014. Me escribieron: “No ganaste, pero nos gustaría publicarte en el primer trimestre del 2015”. Y lo publicaron, y se llamó Indignatarios. Una edición menor que Canibalísmico: cien ejemplares.

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Indignatarios es una mezcla entre algunos de los cuentos de Canibalísmico, y otros inéditos.

Eso pasó porque, como el concurso en que yo participé justo cayó con la época en la que estaba a punto de publicar Canibalísmico, algunos coincidieron. Son cuatro que están en Canibalísmico, y cinco inéditos.

Y publicaste también en La abadía de Carfax —antología que sólo incluye a gente del TCyC—, La balandra digital, Revista Qu, Maten al mensajero.

Publiqué bastante.

Y después llegó el tercer libro de cuentos: Sommelier de infiernos, que ahora, dentro de poquito —19 de noviembre del 2016— presentás en el Bar La Poesía –Chile 502, San Telmo–. Y en una doble presentación, porque lo hacés junto a otra autora de la editorial: Paula Irupé Salmoiraghi, con el libro El cajón de las manzanas podridas.

¿Cuánto tiempo te llevó escribir Sommelier de infiernos?

Un año, un año y algo…

Todos cuentos inéditos.

Todos inéditos, menos dos: uno, que está en Canibalísmico: “Matagemelos”.  Y el otro cuento —que yo no lo mandé para participar, pero que la editora quiso meterlo igual—: “Intrusos”, que fue publicado en digital. Cuando le mandé el archivo, le dije: “Fijate, porque te agregué uno, a ver si te gusta”. Y le gustó.

Corregidos por…

La mayoría corregidos por Marcelo di Marco.publi-tapas-sommelier-de-infiernos

Y con la novela te mandaste vos solo.

Me mandé yo solo, sí.

Marcelo lo único que hizo fue leerla cuando la terminaste, pero no te hizo ninguna corrección.

Marcelo me dio la confirmación de que, lo mismo que me había pasado a  mí cuando la escribía, le podía pasar a otro cuando la iba leyendo. Yo me sentaba a escribir, y me ponía a reír de cada ocurrencia que surgía, que me sorprendía a mí, como lector, de lo que iba escribiendo. Pero tenía esa duda: no sabía si le iba a interesar a alguien más ponerse en ese papel.

Claro, porque la novela arranca con una advertencia increíble. Y si no entrás  en el juego, te la perdés. Y tiene mucho humor, algo que me sorprendió.

Es una novela breve y con humor porque es el tipo de novela que yo, hoy por hoy, me siento seguro de poder escribir. Pero, además, es el tipo de novela que leo.

Me gusta la novela con acción: empieza, y arranca la acción. No sé, como La metamorfosis, que pasan cosas constantemente desde que empieza hasta que termina, y que tiene muy pocas reflexiones o recuerdos. Es acción pura.

Escribir algo más extenso no puedo. No puedo ni siquiera leerlo. Me cuesta mucho, me aburro enseguida. Cuando hay algún capítulo puesto de relleno para conectar uno con otro, me aburro y lo abandono.

Y con esta novela pensé que, si iba a haber algo que conectara un capítulo con otro, estaría bien que fuera un cuento.

Aparte de que está bien justificado que haya un cuento entre capítulos.

Hay una escritora que los escribe, y están los otros personajes que la escuchan mientras ella los lee. O sea, tiene sentido. Me gustaba esa idea de conectar todo con cuentos, aunque pudieras leerlos independientemente de la novela.

Stephen King lo hizo con “El cuerpo”.15032388_10210901719239733_1443231843_n

Tal cual, aunque hay miles de otros ejemplos.

¿Y cómo se te ocurrió usar la segunda persona para narrarla?

Hacía tiempo había leído Sin embargo Juan vivía, de Alberto Vanasco. Una novela muy cortita, muy poco conocida, que está escrita en futuro y en segunda persona.

Pero tenía un defecto: te enganchaba al principio, y en un momento te aburría: nada tenía sentido. También era esa la intención: era surrealismo puro. Además de un problema con el tiempo, había un problema con el espacio: los personajes estaban de golpe en un plano, y de golpe pasaban a otro. La idea era confundir, inclusive. Más vanguardista que otra cosa. Me dije: qué pena que pudiéndolo haber aprovechado —porque yo me había enganchado con la novela—, termine decepcionando de esa manera. Porque lo que empezaba como un policial, también con una muerte, y otros personajes interesantes, después terminó en…, en la nada.

 Y me gustó la idea de escribir algo que te enganche desde el principio y mantener la tensión. Para eso tuve que sacar unos cuantos capítulos. Porque, con el afán —a medida que la escribía— de agregar páginas, de darle volumen, había partes que sobraban y que no tenían sentido.

Porque está la idea loca de que una novela tiene que ser un zocotroco de trecientas o quinientas páginas. Y no es tan así.

Claro. Y después pasa que tienen mucho relleno. Y que inclusive uno, cuando lee esas novelas, ya las lee asumiendo que va a haber capítulos que son pura y exclusivamente relleno. Y uno se deja, y los lee, sabiendo que podrían no estar.

Son capítulos que no suman ni restan. Y que, aparte, te sacan de la historia.

Yo quería ciento cincuenta páginas, doscientas, doscientas cincuenta, no sé. Y escribí capítulos donde los personajes salían, entraban, volvían. Y después los terminé sacando. La novela tiene que tener la extensión que tiene que tener. Que te pide tener: cincuenta páginas, ochenta, cien.

Es que uno en el momento de creación se deja llevar. Y después se empieza a hilar más fino en la corrección.

Claro. Y después empecé a sacar.

Eso es lo que vos tenés de bueno, y que yo siempre te envidié: de agarrar el texto y decir “Esto vuela, esto también”. A mí me cuesta ho-rro-res.

Sí, trato de no apegarme mucho. Pero es algo automático y sin pensarlo. Porque el problema es cuando lo empezás a pensar. Cuando te ponés a pensar, no querés sacar nada. Porque estuviste una semana entera para escribir esas cuatro páginas, y en diez segundos volarlas. Entonces trato de no pensarlo y listo. Lo saco, lo borro, y me olvido que existió, que es la mejor forma.

 ¿Y eso lo hacés enseguida o dejás pasar un tiempo?

No, no, lo hago enseguida. Igual, siempre tengo varias versiones, por si quiero volver a ver algo que había escrito. No soy tan kamikaze como para borrarlo y perderlo. Soy bastante obsesivo con eso: guardo copias constantemente.

Estaba viendo cuándo fue que empecé a escribir Matilde debe morir, y es de junio de 2015. La escribí casi de corrido, porque no la sufrí, como me pasa algunas veces con los cuentos.

¿Y le diste derecho a la novela, o la mechaste escribiendo algunos cuentos también?

Hice cuentos, también. Porque la novela la escribí para mí. Tardé un montón de tiempo en mostrársela a alguien. A mí me había gustado tanto escribirla, que iba a ser muy frustrante que alguien me dijera “No, esto…”

Por eso, cuando se la llevé a Marce, le dije: “Esto tiene que funcionar. Como sea, tiene que funcionar”. No hubiera aceptado otra cosa. No por el tiempo que me llevó, sino porque yo sentía que era la novela que había querido escribir.

Porque ya había escrito una novelita, y quedó ahí. Pero esta necesitaba que sí, que funcionara.

Y esto ya es el empujón. Ya sabés que si querés, podés. En cualquier momento empezás a arrancar otra.

Estoy en eso. Lo que pasa es que esta me gustaba como desafío porque era en segunda persona, en futuro, la idea de que los personajes no fueran del todo los personajes, que se entrelazaran cuentos.

Entonces la próxima no puedo caer de vuelta en la misma. Estoy recién empezando, voy por las treinta páginas.

Un montón. Vos que estás acostumbrado a escribir cuentos de dos o tres páginas…

Sí, es un montón. Lo que me tiene ahora frenado es que sé lo que va a pasar en los siguientes capítulos. Ya lo tengo. Entonces es como que no necesito escribirlo por ahora, porque no tengo la urgencia. Y además, la corrección de Sommelier de infiernos y de Matilde debe morir me frenó un poco.

Para terminar: ¿alguna nota al pie de Marcelo durante la lectura?

Supe que funcionaba a medida que Marce iba leyendo. Él trataba de anticiparse, y lo sorprendía. Porque hay que sorprenderlo a Marcelo. No es un lector que lee y nada más: es un tipo especializado.

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Y ahora, damas y caballeros, tenemos el honor de entregarles el primer capítulo de

Matilde debe morir

 

Pero no se da vida en vano a un personaje.
Criaturas de mi ingenio, aquellas seis vivían una vida
que era la suya propia y ya no me pertenecía,
una vida que ya no estaba en mi poder negarles.
Luigi Pirandello,

Seis personajes en busca de un autor

 

 

advertencia

 

 

capítulo 1

La novela transcurrirá en un bar. Del bar bastará decir, por si llegara a interesarle, que existe y que está ubicado en la esquina de Charcas y Armenia. Sí: es un típico bar de Palermo. Uno de los tantos que se desparraman por la cuidad. En él, apenas usted pase al siguiente capítulo, verá que hay tres personas. Y enseguida llegará una cuarta. En realidad habrá más personas entrando y saliendo, por supuesto: se trata de un bar. Pero, las personas que podrían considerarse el motor de esta historia, aquellas que califican como personajes, serán apenas cuatro.

Uno será Valentín, el mozo. Otro, el bigotudo de la mesa 2. Y el personaje principal será la mujer que muy pronto entrará en el bar y se sentará a la mesa que da a la ventana de la calle Charcas. Más atrás, a un lado de la barra, siguiendo el pasillo que da a los baños, habrá otro personaje. Ahí es donde usted se ubicará. Caminará hasta esa mesa y se ubicará en ese personaje. No a un costado, no frente a él. Sino en él. Usted será ese que ahora se mantiene estático, aquel que sostiene un pequeño libro y que ni parpadea. Desde allí, desde aquel insulso hombre, usted atestiguará los sucesos que justificarán —o no— el desarrollo de esta novela. Pero cuidado: usted no será un mero testigo, usted participará de los acontecimientos.

De momento, aquel hombre que usted ocupará no se mueve, pero sólo de momento: sigue esperando a que usted de vuelta la hoja.

Aunque, antes de voltear la hoja (o de cerrar este libro maldito y dárselo a alguien a quien usted odie), debo advertirlo: si usted decide ubicarse en el lugar de aquel hombre, deberá asumir las consecuencias. Este y no otro es el momento de decidirlo. Si avanza una línea más, no habrá posibilidad de arrepentimientos.

La acción comenzará con un futuro apremiante y estremecedor; y si quiere enterarse de más, la responsabilidad será toda suya.

Aunque lo parezca, esto no es un juego.

Hablamos de la vida de una persona.

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* Cristian Acevedo nació en Buenos Aires en 1980. Parte de su obra literaria ha sido premiada en diversos certámenes: Segundo premio en el Concurso de Cuentos de la Fundación Victoria Ocampo, “Nelly Arrieta de Blaquier”, 2014. Primer premio en el Gonzalo Rojas Pizarro de Cuento 2013.

En 2014 publicó Canibalísmico, bajo el sello Expreso Nova Ediciones. En 2015, la editorial Letras Cascabeleras (España) publicó su segundo libro de cuentos, Indignatarios. Recientemente, tras haber resultado ganador de la Convocatoria de Narrativa 2016 de Baltasara Editora, ha presentado Sommelier de infiernos.

Además, han incluido sus relatos en diversas antologías y revistas culturales de habla hispana: La Balandra, Colectivo Cultural Manuzio, Vanity Press Magazine, Revista Almiar. A la fecha, su novela Omar Weiler merece morir permanece inédita.

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