por Cristian Fonollá *
El arte de la guerra se basa en el engaño.
Sun Tzu
Hace unos días me compartieron un reel en el que se criticaba la simplicidad de la música actual. Como melómano y como compositor, yo no podía estar más interesado en conocer un nuevo argumento por el cual seguir denunciando la tenebrosa tendencia general de la música de nuestros días.
El video en cuestión mostraba dos espectros de frecuencia, a modo de montañas y de valles, tal y como un audio de WhatsApp ilustra las variaciones de onda de la voz. El primer espectro reflejaba el contraste y el claroscuro —las montañas y los valles— de la canción “Bohemian Rhapsody”, de Queen. Después, el video comparaba esa variopinta silueta de relieves con un segundo espectro, que pertenecía a una canción felizmente ignota para este escriba, y cuyo “cantante” vive actualmente y se llama —inventemos— SalemTwys. El espectro contemporáneo evidenciaba una monotonía: una meseta en la obra de Salem Twys. La conclusión del reel era clara: hace añares que la música ha optado por no variar, al menos, el volumen. Y es una válida conclusión.
Pero hay algo aún más grave.
Si bien es cierta —revulsivamente cierta— la simplificación del arte a manos del industrialismo discográfico y de la estandarización en masa —una suerte de McDonald’s para los oídos—, la música no apela sólo al volumen. Ese alto volumen incesante, esa saturación de frecuencias, ese todo-al-palo que el video señala, es consecuencia de algo que nos excede: la llamada Loudness War o Guerra del Volumen.

Las plataformas de audio —léase audio, y no música— compiten entre sí y dentro de sí por la canción más alta. Alta de volumen, claro: no alta de conmoción o de fineza, ¡a quién se le puede ocurrir! Quien suena más fuerte gana. Gana la atención. Y gana el mercado. Porque hoy todo nace y muere por el mercado.
¡Chocolate por la noticia! Desde luego que el mercado rige las decisiones creativas de los medios masivos de entretenimiento, que no de arte. Y en el medio, estamos nosotros. ¿Pero cómo es posible? ¿¡Acaso no hay libertad o salida alguna para pobres oidores de música como nosotros!?
Imaginemos, por un momento, a un gran y esplendoroso cantante en la siguiente vicisitud. Pongamos por caso al espectable Salem Twys, cuya técnica vocal es irreprochable y encarna la envidia de la mismísima María Callas si ella aún viviera, y cuya coloratura habría inspirado al mismísimo Mozart el aria “Der Hölle Rache” de la Reina de la Noche en la mismísima Flauta Mágica. Imaginemos, pues, que dicho cantante pop lanza un sencillo que se distribuye masivamente. Ahora imaginemos que un oyente cualquiera —¡cualquiera de nosotros, si Dios nos odia!—, se topa con el flagrante sencillo y lo escucha. Y hagamos de cuenta que la náusea permite escuchar la siguiente pista a reproducirse en la playlist: una obra de un autor cualquiera, otro sencillo de otro “compositor”, el que fuere. Inventemos una canción para el ejemplo: “Mamando whisky fiero”. Bien. Hipotéticamente, ahora el oyente escucha “Mamando whisky fiero” —título inofensivo, de entre todos los que hoy pululan por ahí.
¿Y qué sucede?
Sucede que “Mamando whisky fiero” suena a más decibeles que el tema anterior. Suena más fuerte, con más volumen. Porque así lo diseñaron los ingenieros de sonido detrás de la obra. Y porque así el eventual oyente le presta más atención, por una razón meramente física. ¡Y el tema logra así captar más la escucha, en promedio! La discográfica o la plataforma o la industria que había invertido en nuestro olvidado Salem Twys acabará por enfurecerse sobremanera al perder esa santa platita a manos de su competencia.
(Corrijo: la industria no sólo invirtió. Como hoy en día los compositores se abstienen enérgicamente de componer su propia música, y los letristas de escribir sus propias letras, será mejor decir que la industria ha creado a Salem; es su producto. Y la furia, en consecuencia, será mucho mayor).
Ya que se ha mencionado a Queen, vaya una escena de la película Bohemian Rhapsody que puede servir hoy como ejemplo de la problemática que tratamos. En el concierto de Wembley, donde múltiples bandas tocaban sus hits más populares, el representante legal de Queen se infiltra en la sala de audio. Y desde la consola de sonido le sube el volumen a Queen por encima de lo pautado. ¿Para qué? Sencillamente para que resalte por sobre las otras bandas.
Llegados a este punto, debemos preguntarnos: ¿Acaso en música sólo destaca el más estrepitoso?
Ya desde su nombre y su declaración, esta Guerra del Volumen mata silenciosamente la pluralidad de recursos de que dispone la música. Valga recordar. La música tiene dinámica (forte, piano), volumen (alto, bajo), articulación o fraseo (legato —las notas que se suceden ligadamente una tras otra, como-en-una-frase-que-se-dice-toda-de-corrido—, spicatto —las notas que se “pican” y suenan salpicadas, estridentes, con silencios en los resquicios, como si una sola palabra se separara por sí-la-bas). La música también tiene tempo (allegro, adagio, allegro ma non troppo, andante, allegro con fuoco, con brio, y demás tipos de velocidades). ¡Y los timbres! Vale decir, la variedad de los instrumentos. Ni más ni menos. Podría decirse que no importa tanto la cantidad de decibeles, sino la calidad de los decibeles. No son lo mismo setenta decibeles de un piano, que setenta decibeles de un oboe.
Aquella primera comparación de espectros de volumen tiene su gracia, no hay que desmerecerla. Pero existen movimientos o números completos —en sinfonías, en óperas— que sostienen el mismo nivel de dinámica o de articulación durante minutos. El tercer movimiento de la Sinfonía nº 4, de Tchaikovsky, se mantiene en un pizzicato delicioso durante más de tres minutos. En la Quinta, de Beethoven, el movimiento previo al final prolonga la suavidad del volumen por varios compases. Según la lógica del video, tales genialidades caerían en la «simplificación».

Por tanto, la música se arma de una diversidad de botones y perillas para producir y manejar nuestras emociones: un pianissimo que nos eriza la piel, un silencio abrupto que nos deja huérfanos, un fraseo que nos agarra de las solapas y nos suspende en el aire. Si el arte no gozara de esa multiplicidad de formas y de gradientes, la literatura no podría albergar este ejemplo de Pizarnik: “mi pluma retarda el tú anhelante”. El uso de las versalitas en el tú conlleva el propio efecto de demorarse y denota la importancia del pronombre en el poema, gracias a la entonación indicada. En cambio, si escribiéramos mi pluma retarda el tú anhelante, a manera de letrero chillón en la calle Corrientes, produciríamos no sólo la indignación de la querida Pizarnik allá donde descanse, sino también la disolución de la diferencia: la posibilidad del contraste con las demás palabras en el verso.
La Guerra del Volumen y su excesiva manipulación sonora causan fatiga auditiva. Pero esto va más allá de lo auditivo, más allá de nuestros sentidos en su totalidad. La Guerra del Volumen no nos ensordece: nos distrae. Hay otra guerra librándose, secreta y furtiva, en las propias orejas del mundo. Y es la guerra en la que va triunfando el arte estúpido y estupidizante —como lo llamaba José Pablo Feinmann—. Un “arte” de cadena de montaje a la Ford, de consumo de masas, de facilidad y de comodidad para el inversor y para el productor. Un arte chatarra. Un arte que sólo el salvaje capitalismo puede merecer. Una aniquilación de la creatividad, en la que el volumen no pincha ni corta: armonías de juguete, melodías prescindibles y ritmos para zurumbáticos. Un monstruo, en fin, que nos entierra los tentáculos hasta en los oídos.
Epílogo: Nadie rebaje a melindrosa protesta contra la música fuerte este tenue artículo. La música al palo me parece, como opinaba Piazzolla, el único modo de escuchar música. Si uno escucha la Consagración de la primavera o el triunfante movimiento final de la Novena del querido Luis van Beethoven, debe escucharla al mango y con todo. No bajito, como música de restorán, Piazzolla dixit[1]. El quid de la cuestión estriba en qué música uno escucha, aunque eso es tema para otra nota.
Para ahondar un poco más en los temas del volumen y de la música clásica, hacer clic en este enlace.
[1] https://www.youtube.com/watch?v=uD1ekxuJMGk&t=1263s ; minutos 30:50 y 32:13.

* Cristian Fonollá (Ciudad de Buenos Aires, 2002) es compositor por encargo y profesor de Historia del Arte en cursos privados. Estudia Historia en la Universidad de Buenos Aires. Parte de su trabajo literario y musical puede escucharse en plataformas como Instagram, Spotify, YouTube.
Ganó en 2020 el primer premio de poesía en el Certamen Literario del Instituto Libre de Segunda Enseñanza. Y dos primeras menciones (de narrativa y de poesía, respectivamente) en ediciones anteriores de dicho certamen. Desde julio de 2021, es feliz miembro de la familia del Taller de Corte y Corrección. En 2022, alcanzó el primer premio de poesía en el Certamen Literario Premio Elisa Gort, organizado en Chubut. En 2023, obtuvo una beca de la uba para estudiar en la Universidad Carlos III de Madrid (España), donde profundizó pasiones tan intensas como variadas, desde la historia del arte hasta la historia de la ciencia. Recientemente, ha publicado tres poemas y el cuento “Salvarlo”, en el diario La Capital de Mar del Plata, junto a una nota de Nomi Pendzik.
Fuente de las imágenes:
Espectro de frecuencias sonoras, extraído de https://dbelectronics.es/que-es-el-espectro-de-sonido/
Orquesta Sinfónica de Viena, extraído de https://www.medici.tv/es/artists/the-wiener-symphoniker





