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“El coso”, o cómo responder a un desafío

Hace un tiempo, Marcelo di Marco lanzó en el grupo de Facebook del Taller de corte y corrección (https://www.facebook.com/groups/125237140918420/) una consigna de escritura. Y lo que van a leer a continuación son los tres mejores relatos surgidos a partir de ella. El desafío era:

Inspirarse en la imagen para escribir un relato de no más de 200 palabras, y que contenga la expresión “ni se te ocurra”.

 

 

El coso

Por Juan Manuel Martín *

 

 

El corazón les golpeaba el pecho. Entraron a los tumbos y dejaron las mochilas. Juan sostenía el “coso” que habían encontrado en medio de la penumbra del bosque. Lo encontraron ahí, en medio de las plantas pero separado del resto de la naturaleza, fuera de contexto, conteniendo vaya a saber qué cosa. No era una piedra, no era un fruto, no sabían qué era aquello.
—Vamos a abrirlo —dijo Juan, con esa mirada que ella conocía.
—Ni se te ocurra —le espetó Diana. En sus ojos había terror.
Juan no aguantaba. Dio vueltas alrededor de la mesa intentando convencer a Diana, mientras de tanto en tanto miraba eso que descansaba allí, tan ajeno como en el suelo del bosque. No hubo caso, y el sueño les ganó en el sofá.
Las voces empezaron como un murmullo casi imperceptible, casi sonidos del oído apretado contra el almohadón del sofá. Casi un sueño alfa. Casi.
Después vinieron las caras calcinadas desde siempre en ese abismo llameante. Y las manos como garras estirándose, clamando hacia la salida del precipicio ardiente que los tragaba eternamente sin terminar de consumirlos.
Medio dormido, Juan caminó a la cocina, y tomando un cuchillo, abrió el Infierno.

 

* Juan Manuel Martín nació en Zona Oeste del GBA; vocación de arquitecto de formación técnica. Creyente e irónico desde muy chico, le interesa prácticamente todo lo que lo ayude a entender el porqué de lo que sucede y hacia dónde vamos, aunque también tiene pasatiempos aparentemente irrelevantes. Autodidacta en muchas cosas (lo cual no quiere decir que las haga bien), lector de cuanto artículo se le cruza en la búsqueda de comprender la realidad desde la confidencia de las bambalinas. Nada es como parece a simple vista y, como en los cuentos, siempre hay algo oculto buscando ser descubierto. Tiene gustos sencillos: el tiempo y la libertad son lujos tan escasos como baratos que constituyen su ideal de éxito.

 

 

La manito sabrosa

Por Juan Bautista Petrini *

 

—Atendeme pibito: que ni se te ocurra.

Saqué rápido las manos, bajando la cabeza. Papito se volvió hacia la mesada agarrando los tentáculos del Mielurki sobre el mármol. Papito sabía lo que hacía: cuando lo encontramos en el jardín le había pegado un mazazo. Y también estaba eso enfrente mío, eso que encontramos al lado del Mielurki tentacular. Papá lo había dejado con mucho cuidado. No sé por qué, si ni se movía. Me quedé mirando su interior, esa gelatina con semillitas verdes, qué raro, una fruta dura pero con gelatina adentro… No me resistí más y fui acercando la mano. Papito seguía dándome la espalda, agarrando de cualquier parte al atontado monstruito.

Toco lentamente la cáscara dura y tibia de la frutita. Después la gelatina: estaba fresca, y con el calor que hacía no se me ocurrió nada mejor: meto la mano. Con una fuerza tremenda la cáscara me la encierra y arranco a gritar.

Papá se da vuelta, empieza a gritarme mientras el monstruo va desintegrando mi mano y avanza por el antebrazo. Ahí nomás papá agarra el machete.

La madera de la mesa todavía sigue marcada por el corte, como la tabla de los asados.

 

 * Juan Bautista Petrini nació en el año 2000 en Buenos Aires. Está finalizando sus estudios del Bachillerato; escribe poemas y cuentos. Fue influenciado en su adolescencia por la escritura de Isaac Asimov, Roberto Arlt, E. Allan Poe, Miguel de Unamuno, por la poesía de G. Adolfo Bécquer y de Antonio Machado; y en su infancia, por Sandokán, de Emilio Salgari, los policiales negros para adolescentes, los policiales clásicos, la Odisea y muchos mitos griegos.

 

 

 

Vudú

 

Por Alejandro Baravalle *

—No es indispensable que sean muñecos —le dijo a Ana—. Basta con hechizar un objeto cualquiera, y asociarlo al objetivo.
Él miraba por el balcón. A sus espaldas, ella curioseaba los objetos de “trabajo”.
—Incluso se pueden usar para el bien, por eso asocié una de estas cosas conmigo mismo. ¿Adivinás cuál? —volteó para mirarla, y lo sacudió un miedo helado—: No, pará, ni se te ocurra…
Ana apoyó sobre la mesa aquella fruta exótica, ahora abierta de par en par. Para irse, debió atravesar un reguero de tripas y órganos. Igual, la contentaba haberse sacado otro gil de encima.

 

 

 * A Alejandro Baravalle lo engendraron en Lanús, un domingo de 1981. Desde su niñez ha venerado los libros, con una negligente predilección por el terror fantástico que incluye también al cine. Ha publicado en revistas online, entre ellas la mítica Axxón. Un cuento suyo forma parte de Sangre Fría, antología editada por Pelos de Punta en marzo de 2016. En noviembre de ese mismo año, la editorial Letras Cascabeleras lanzó en España un libro con tres de sus cuentos: Utopía (y otros encierros oscuros). Es miembro de La Abadía de Carfax.

 

 

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