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¿A qué juega tu hijo?

Por Marto Guagnini *

 

Los que somos apasionados de los videojuegos sabemos que muchos de ellos son verdaderas obras de arte. The Last Of Us, GTA V, Spec Ops: The Line, Catherine, Portal son solo algunos ejemplos. Quizá no te guste el estilo o la mecánica de juego, o pueden tener alguna que otra falla técnica; pero se nota cuando están bien hechos.

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En los juegos de deportes, la calidad se define por lo bien lograda que está la esencia. También ahí hay obras de arte: los últimos FIFA son excelentes. Existen juegos para celulares que son una maravilla: si la idea es buena y la realización también, la limitación técnica no resulta un problema. Pero donde más se aprecia el arte es en los juegos de PC o consola que cuentan una historia. Ahí se deben seguir las reglas de toda buena película ―o cuento, o novela―. Los personajes deben ser convincentes y atractivos, y tener motivaciones. Por lo general, siguen el camino del héroe, con la complejidad del agregado interactivo. Algunos juegos logran combinar todo esto de gran manera; estamos hablando de títulos inolvidables (BioShock, GoldenEye, Metal Gear Solid).

A la gente que no juega es muy difícil explicarle por qué un juego es bueno y otro es malo. Y, más llamativamente, es duro explicarle por qué un juego es “sólo para adultos”. Convivo con muchas personas que no juegan ―o sólo juegan al de “fútbol” o a “los de carreras”―. El otro día tuve la siguiente conversación con la madre de un preadolescente:

Ella: A mi hijo le encanta el Call of Duty.

Yo: El Call of Duty no es para chicos.

Ella: (Risas) ¿Cómo no va a ser para chicos? ¿Qué va a ser, para grandes? Si son jueguitos.

Me quedé mirándola por unos segundos. Después traté de explicarle las calificaciones de los juegos: E (Everyone: para todos), T (Teens: adolescentes), M (Mature: +18), etcétera.

Le dije que era como con las películas; si al hijo no lo dejaba ver porno, por qué sí lo dejaba jugar juegos para adultos. En fin, no logré mucho con mi perorata, porque a los pocos días me dijo que le había comprado el último God Of War.

 

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Podría ser un caso aislado, pero otro padre me dijo que le había comprado el GTA al hijo de 9, a quien después de jugar tenía que calmar porque quedaba muy exaltado. Le dije que en ese juego consumían drogas y lo hacían ver como algo divertido, y que podías matar a golpes a una prostituta para no pagarle sus servicios; y repetí mi discurso de las edades. Nadie parece comprender la verdadera dimensión del problema.

Juegos 4No siempre estoy de acuerdo con las calificaciones de las películas o de los juegos. De hecho, yo tenía once años cuando vi a un tipo bañado en ácido explotando al ser atropellado por un patrullero (Robocop), y no salí a matar gente por eso. Pero si todavía me acuerdo de la escena es porque esa imagen era fuerte para alguien tan chico, y quizás me hubiera convenido verla cuando fuera un poco mayor.

Lo que realmente me preocupa es que la gente siga creyendo que los juegos son un entretenimiento exclusivamente para niños. Los chicos siempre quieren ver películas para adultos; pero, a pesar de que el límite se ha estirado de más, ahí sí los padres suelen fijarse que los chicos no estén viendo programas inadecuados en la tele ―si mínimamente se preocupan por sus hijos, claro―. Pero con los juegos es diferente: dejan a sus hijos/nietos elegir sin censura. Y el tipo de la tienda/puestito sólo se preocupa por vender. No cumple el rol de acomodador del cine Gran Rivadavia, ese que te pedía documentos si tenías cara de 15 e ibas con un amigo a ver una sólo apta para mayores de 16.

Hay desinformación, una idea preconcebida. Los videojuegos eran para chicos en los ‘80, cuando se inventaron, porque eran algo nuevo y difícil de adoptar para un adulto. Pero los que crecimos con ellos no los abandonamos al cumplir 18. Algunos juegos no solo no son apropiados para menores por su contenido sexual o violento, sino que alcanzan niveles de complejidad que un chico no podría superar fácilmente, y eso lo frustraría. Los puzles de Catherine, por ejemplo, pueden parecer sencillos, pero a medida que avanza el juego se van tornando imposibles; eso, sin tener en cuenta la historia adulta que enmarca el juego.

El caso de “las chicas sexys” es un tema aparte: los gráficos, cada vez más realistas, pueden crear en una mente en formación un falso ideal de belleza. Y eso conllevará problemas para relacionarse con chicas reales en la vida real.

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“Pero a él le gusta” es la respuesta de esos padres; y ante eso, yo renuncio a la discusión. Está a la vista de todos en cualquier restorán, en parques y plazas, y en la calle: ponerle límites a los niños es represor y está mal. Los niños deben sentirse libres y hacer lo que tengan ganas. Aunque eso complique sus propias vidas a futuro, y también las del resto de los mortales. Si a él le gusta saltarte alrededor, hay que dejarlo. Si quiere rodar por el piso y gritar, pobrecitoesunnene.

Aunque parezca un tema menor, no lo es; debemos crear conciencia al respecto. Que los padres, más allá de su propio interés en los videojuegos, sepan que no todos son inocentes divertimentos para toda la familia. Porque la desinformación hará que después sean ellos los primeros en pedir la prohibición de ciertos títulos que “ofenden la moral”. Y eso sí que nos afecta a todos.

En conclusión, ese pensamiento de juegos = niños es algo paradójico. Cuando uno viaja en bondi o en subte, la mayoría de los pasajeros va revisando Facebook o… jugando al Candy Crush. ¡Adultos jugando! ¡Horror!

Juegos 7Aunque, pensándolo bien, no es tan paradójico: el máximo contacto de estos adultos con el bello mundo del gaming es ese: el “Candy”, un juego repetitivo y pésimo, pero altamente adictivo. Y es lógico que gente desacostumbrada a jugar se posesione con algo tan básico; en el mejor de los casos, puede servir de entrada a este universo. Pero si llevás años de experiencia, sabés perfectamente que el Candy Crush y sus imitaciones son el reggaetón de los videojuegos: sirven para recaudar toneladas de dinero, pero no son ARTE.

 

 

Marto Guagnini * Marto Guagnini nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1980. Recién se inicia en esto de escribir.
Le gustan los policiales, la ciencia ficción, el terror; y ahora también la fantasía.  Además es fanático de Stephen King.
Desde 2014 forma parte del Taller de Corte y Corrección.

 

 

 

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