por Edu Benca
Alienígenas, hombres lobo, ocultistas devoradores de niños que mueven los hilos de la sociedad desde las sombras de la élite. Suena a un éxito de taquilla, ¿verdad?
No es una película: es el resumen de las noticias de la última semana.
Sin embargo, todavía debo ir al trabajo y todavía debo pagar las facturas a fin de mes. Ninguno de aquellos titulares, por descabellados o antinaturales que sean, ha perturbado la rutina del ciudadano común.
Todo sigue igual.
Los reflectores apuntan adonde el espectáculo sucede. Mientras, en las sombras del teatro, a los espectadores nos mutilan la lengua, cosen nuestras bocas y fritan nuestros cerebros con precisa y quirúrgica sutileza. Ya ni encubren los crímenes, nos muestran todo. Pero, como no tenemos voz, no opinamos; como no tenemos lengua no sabemos cómo; y como no tenemos cerebro no nos importa.
Pero no todo está perdido, no. En medio de esta pantomima, donde el mal se viste de locura —o de perro, dependiendo de a quién se lo preguntes—, el bien y la cordura residen en los pequeños actos de bondad y de esperanza. Todavía existen personas que dedican su vida a la vocación y aportan algo que ayude a otros. Y así nos desconectan de la mátrix,devolviéndonos a la belleza del mundo.
De esas personas quiero hablar.

A medida que uno va creciendo, se da cuenta de que todo en este camino se reduce a aprendizajes: aprendemos a reír, a amar, a llorar, a lastimar, y aprendemos a pedir y a dar disculpas. Algunas cosas cuesta más aprenderlas que otras, como almorzar en una mesa que alguna vez tuvo todas las sillas ocupadas.
Todo se aprende. Y el aprendizaje depende de que nos crucemos con las personas correctas en nuestro camino. No voy a preocuparme con las mil variantes que definen nuestros caminos y —por ende— definen a las personas con las que nos cruzamos. Porque las buenas personas, las que tienen vocación, te encuentran a vos, y no al revés.
Esas personas ya definieron sus caminos, y sus caminos están trazados intencionalmente para cruzarse con otros. Y te advierto que, al principio cuando las conozcas, te podrán parecer perdidas: vos sos el que está perdido.
Nótese que cuando hablo de aprendizaje no hablo de saber la tabla periódica o de conocer los motivos por los que sucedió la Segunda Guerra Mundial. Porque las virtudes trascienden estos temas. Las sombras del teatro podrán maniatarnos, adulterar nuestra educación y dinamitar los valores en un intento paupérrimo de redefinición all inclusive, pero el Bien se levantará. Las flores vuelven a florecer después del incendio.
Creo que, al final, eso es lo que perdura y vale más allá de cualquier fórmula o calificación o plan de estudios. Al menos eso persiste.
Yo llevaré hasta el fin de mis días la mañana de invierno en que la bibliotecaria me presentó ante otros alumnos —o profesores, ya no recuerdo los detalles— como futuro escritor y cineasta. Yo me había convertido en una masa amorfa de vergüenza y soberbia que no pudo formular comentario alguno. Ella rellenó el silencio —mío y de los escépticos presentes— con una sentencia definitiva:
—Acuérdense de mí.
La profe Rossana me conocía desde que tengo cuatro años, ya que fui compañero de su hija, y, debido a mi excéntrica personalidad por esos días, me vio crecer y “figuretear” siempre en primera plana de lo que fuera que sucediera en la escuela: actos culturales, lecturas de misa, obras de teatro, exposiciones…

Pasó el tiempo. Me fui de aquella escuela de mis amores para comenzar la secundaria en un colegio público que alguna vez supo ser una gran casa de estudios y que, en ese entonces, no era ni la sombra del pasado.
En noveno grado me mudé a otro colegio, uno donde mis viejos amigos se encontraban, y donde me prepararía yo para estudiar Electromecánica.
Cursando el noveno, nos hablaban mucho sobre el “test vocacional” —y acá es donde todo este relato se conecta—, pero yo lo tenía claro: amaba la Física y la ciencia. Estudiaría Electromecánica y luego, en la universidad, algo relacionado.
Hasta que un día otra profesora —la profe Raimunda— nos sermoneó por entrar a su clase de Matemáticas en vez de ir a una sentata contra el Ministerio de Educación:
—Ustedes deberían estar allá afuera protestando por este asalto a sus derechos como estudiantes —dijo con una voz chillona como nunca volví a oír en otra persona—. Son tan pasivos… Les debería arder el espíritu.
Me debería arder el espíritu. No sé si a mis compañeros les pasó lo mismo, pero aquella frase orbitó mis reflexiones nocturnas durante semanas. ¿Me ardía el espíritu? Ciertamente me gustaban muchas cosas, pero nada me quemaba las entrañas al hablar, nada me emocionaba tanto excepto cuando…
Entonces tuve una epifanía, y aquello del “test vocacional” cobró sentido para mí, pero no en el sentido pedagógico con que utilizan semejante palabra, no. La vocación, el llamado había alcanzado mis oídos: yo quería dedicar mi vida a contar historias.
Dejé de lado la preparación para Electromecánica, y automáticamente el camino que elegí me comenzó a cruzar con las personas indicadas: un querido amigo me regaló Poética de Aristóteles, y otros libros sobre cine. Conocí ZEPfilms —que posteriormente me llevaría al Taller de Corte y Corrección, donde mi camino se ensancharía sobremanera—, y a mitad de año, cuando la pregunta “¿ya sabes lo que vas a hacer de tu vida?” llovía sobre nosotros, me atreví a compartir mi pasión con los demás.

No recuerdo bien ese periodo, hubo quien me apoyó y hubo quien no, pero sí recuerdo que la profe Rossana fue de las primeras personas que me motivó en mi “extraña” decisión de convertirme en escritor y director.
Hoy día pienso que, durante esos momentos de incertidumbre, todo lo que uno necesita es la motivación del espíritu, y no un apoyo racional ni mucho menos un desmoralizador “¿en eso se hace plata?”.
Y ese tipo de ayuda sólo se recibe de quien ha encontrado su vocación, y ha seguido el camino. Como Rossana, que cuando se enteró de mi decisión, no dudó ni un segundo en presentarme como un futuro artista aquella mañana de invierno en la biblioteca.
Aquella mañana fue hace doce años, y ella falleció hace seis, en la pandemia.
Hoy, con mi primera novela y mi primera película en etapas finales de corrección, me acuerdo de ella y me lamento de que nunca podré mostrarle mis obras.
Sin embargo, y a despecho de quienes nos mutilan a diario con su teatro del horror, persisten siempre las enseñanzas de quienes han sabido hacernos arder el espíritu.

Ángel Eduardo Benítez Campos, más conocido como Edu Benca (Asunción, 2000) cursó la carrera de Cinematografía en la Universidad Columbia del Paraguay. Se especializó en Formación Profesional de Escritura y Análisis de Guion Cinematográfico en La Lumière Escuela Audiovisual (Argentina) con su largometraje en desarrollo La última parada. También obtuvo el certificado en Crítica y Análisis Cinematográfico en la consultora de guiones La Pistola de Chéjov (Paraguay).
Actualmente, trabaja estilo y estructura narrativa de su novela Raykatz: destructor de mundos en el Taller de Corte y Corrección, bajo la tutela del best seller Marcelo di Marco, y de la profesora de Literatura y escritora Nomi Pendzik. Ha publicado en el diario La Capital de Mar del Plata su crónica “Tuve que irme preso para darme cuenta”.
Escribió, editó, y realizó materiales audiovisuales para diversas marcas y organizaciones tales como Mercedes Benz y la Unión Europea. Uno de sus trabajos más relevantes es la escritura y el montaje de la serie documental El Triki: persiguiendo un sueño, emitida por TV en el canal Tigo Sports, y publicada en YouTube.
Fundó la productora audiovisual Mensú Films, donde ejerce como director creativo. Y escribió y dirigió el largometraje Isla, atrapado en medio de la ciudad, a estrenarse próximamente en los cines.





