Fin Rotating Header Image

Crítica de crítica

por Ivan Guede Santos*

 

Hoy sábado a la mañana sucedió un imprevisto.

Me desperté alrededor de las diez y media y me quedé paveando con el iPad en la cama. Dando vueltas por Twitter, me detuve en una nota del suplemento Cultura del diario Perfil, a cargo del escritor y crítico argentino Damián Tabarovsky. La nota era más bien una crítica sobre otra nota publicada en ese mismo suplemento a cargo de Betina González. González hace una crítica sobre una novela, y Tabarovsky la cuestiona diciendo lo siguiente:

Algo de eso ocurre en un párrafo crucial de la reseña de González cuando, para justificar su valoración negativa de la novela, escribe: “El problema es que los episodios se acumulan en la vida de Roque, pero Roque sigue siempre igual, como si nunca creciera (…) No hay relato porque no hay verdadera transformación del personaje ni verdaderos conflictos que hagan avanzar la trama”. Cada una de esas frases está cargada de la más convencional ideología literaria.

Quiero resaltar esta parte: «Cada una de esas frases está cargada de la más convencional ideología literaria».

Es evidente que, para Tabarovsky, el hecho de que una historia avance es convencional y, por lo tanto, malo.

Tabarovsky refuerza entonces su adhesión a la corriente literaria, muy de moda en estos días, que prefiere novelas donde no pase absolutamente nada. Esta corriente, amante de la historias donde los personajes «son» en vez de «hacen», es por demás hiriente al sentido fundamental y primario de la literatura, que es, en definitiva, contar una historia. Tabarovsky tal vez prefiera los relatos donde un tipo se sienta en la ventana a barruntar sobre la vida y la insignificancia del ser y luego… Y luego, nada.
Quizá Tabarovsky hubiera preferido que en Moby Dick Ismael se pasara tres años arriba del Pequod observando el océano y pensando cómo sería cazar una ballena. O que nuestro amigo Raskólnikov en Crimen y castigo se pasara las 900 páginas pensando en cómo se sentiría al matar a la vieja usurera Aliona Ivánovna. O que el intrépido detective Philip Marlowe, de Chandler, se quedara en su estudio analizando la crueldad de la psiquis de los sospechosos a los que debería salir a investigar.
Esta forma de pensar la literatura no hace más que alejar al lector de los libros. Pero no estoy hablando del lector entrenado que, como yo, puede fumarse tranquilamente un Proust, autor que Tabarovsky usa como referencia de novelas famosas en las que no pasa nada (aunque tampoco estoy de acuerdo con esto: si bien los siete tomos de En busca del tiempo perdido son pensados por el narrador, la historia avanza y el personaje crece dentro de ese pensamiento). No. Me refiero a que la corriente defensora del «no pasa nada» aleja al lector medio, el que quiere sentarse a leer una novela que lo atrape, que lo haga pasar página tras página y le despierte las ganas de ir a comprar otro libro del autor que tanto lo atrapó y del cual quiere conocer más.
En definitiva, aleja al lector que compra.
Si Tabarovsky quiere que lo lean él y su selecto grupo de amigos entendidos, perfecto.
¿Yo? Yo prefiero que cualquiera pueda leerme.

 La nota de Tabarovsky en Perfil

 

yazek_yerka

Ilustración de Jacek Yerka

 

 

10583140_10204401243693758_909346632_n*Ivan Guede Santos es novelista y cuentista, y miembro del círculo de escritores «La abadía de Carfax». Ha publicado en Perfil y revistas zonales, y también en publicaciones de concursos en los que ha ganado y obtenido menciones; entre ellos, el concurso nacional de Tres de Febrero, el concurso literario de UPCN y Metrovías. Su primera novela, aun inédita, se titula Memorias del derrotero. La nota que aquí publicamos pertenece a su blog http://www.loqueivanpiensa.blogspot.com.ar.

 

 

Efemérides

 

Dibujo

 

 

 

1/ Nace Herman Melville en 1819.

3/ Muere en 1924 Joseph Conrad.

4/ En 1875 muere Hans Christian Andersen.

5/ Nace Henry René Albert Guy de Maupassant en 1850.

9/ Muere en 1962 Hermann Hesse, premio Nobel en 1946.

11/ Muere en 1937 Edith Wharton. Su obra La edad de la inocencia ganó el premio Pulitzer en 1921.

12/ En 1827 muere William Blake. En 1955, Thomas Mann.

13/ Muere en 1946 Herbert George Wells.

15/ Nace en 1771 Walter Scott.

16/ Nace en 1888 Thomas Edward Lawrence, más conocido como Lawrence de Arabia. En 1920, Charles Bukowski. Muere en 1949 Margaret Mitchell, autora del libro Lo que el viento se llevó.

18/ Nace Brian Aldiss en 1925.

19/ Muere en 1936 Federico García Lorca.

20/ Nace en 1890 Howard Philips Lovecraft. En 1901, Salvatore Quasimodo.

21/ En 1862 nace Emilio Salgari.

22/ Nace en 1920 Ray Bradbury.

25/ Muere en 1984 Truman Capote.

26/ Nace Julio Cortázar en 1914.

27/ Nace en 1929 Ira Levin. Muere en 1950 Cesare Pavese.

28/ Nace en 1749 Johann W. von Goethe. En 1814, Joseph Sheridan Le Fanu.

31/ Muere en 1867 Charles Pierre Baudelaire.

 

Destacada del mes

24/ Nace en 1899 Jorge Luis Borges

Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos… Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. (“El jardín de senderos que se bifurcan”)

 

image002

«Drawing Hands», de M.C. Escher

 

 

La calle Dublin

por Cristian Acevedo*

 

Desayunaban en silencio.
Él conservaba un regusto amargo en la boca, provocado por el recuerdo de un mal sueño. Acaso pesadillas, o angustiosos presagios. No lo recordaba bien. Una imagen, un borrón que se le antojaba como apretado en una bruma opaca y asfixiante.
Ella revolvía el café. Había desplegado las mermeladas y los quesos, y había dispuesto sobre la mesa una buena cantidad de galletitas y de rodajas de pan. Él se dejaba maravillar por el perfecto maridaje de los potes, de los individuales. Por el armonioso colorido del mantel, de las tazas y de sus platos, del refulgente y afilado cuchillo.
Ahora, sin mencionar la pesadilla ni bromear acerca del denso silencio, se demoraba en la ceremonia de ubicar la silla de cara al ventanal de la galería.
No se oían los pájaros cantar, no se oía ladrar a los perros. No se sentía vibrar los parlantes de los vecinos, que sonaban cada mañana.
Entre parpadeos, ella rebanaba pan viejo mientras susurraba alguna melodía que acababa de inventar y que duró unos segundos. Permaneció callada.
Y tanto silencio parecía coincidir, por primera vez, con el silencio de toda la calle Dublin, con el de todo Parque Chas. Quizás el universo había enmudecido y se había instalado, apacible y sereno, en el centro de la mesa, a un lado del pan y de los potes de queso.
Diez minutos más tarde, el sobresalto de dos timbres vino a desmontar y a ahuyentar aquel silencio. Un timbre más y el diario que, frágilmente enrollado, voló por encima del dintel abierto y se desplomó contra las primeras baldosas del pasillo. Arrellanado en su silla, él lo vio volar y caer. También ha visto el contorno del canillita a través del vidrio esmerilado de la puerta.
Inmediatamente después del último timbre, la calle Dublin fue invadida por el insólito ruido de los motores y del ir y venir de la gente. Como si la calle ―el universo, quizá― debiese recuperarse, urgente, de aquel desfasado y confuso silencio.
Él se levantó, enjuagó su taza y procuró que ella no se inquietara.
―Es el Clarín ―dijo, dándole la espalda.
Ella respondió con un «Sí» tímido y vació su café en la pileta. Él fue a buscar el diario.
El pedazo de cielo que se asomaba entre el pasillo y la galería era gris y prometía una tormenta de gotas pesadas. Él se sonó los huesos doloridos de la espalda. Caminaba lento.
Juntó las hojas sueltas que habían ido a parar entre los malvones y caminó hasta la puerta. Abrió el postigo, dejando que se escurriese por el pasillo una niebla espesa y húmeda. Entrecerró los párpados y miró más allá del postigo, tratando de escudriñar a través de la niebla. En medio de esa plomiza bruma, creyó estar seguro: nadie en la calle, nadie en la vereda. Nada más que un viento tibio oliendo a mar, a inmensidad, a abismo. A silencio también.
Nada en la vereda ni en la calle. Pero, más acá, sí había algo: enganchado en la cara exterior del postigo, entre la reja y el vidrio esmerilado, un papel amenazaba con soltarse. Era un papelito de diez por diez, rojo ―más rojo que los malvones rojos―, con lúgubres letras blancas.

Fade_to_black, fotografía de Andrea S

«Fade to black», fotografía de Andreas S.

Ni lo leyó, o apenas: procuraba volver pronto a su silla, entretenerse leyendo los policiales… Cuando se dio cuenta de lo que acababa de ver, dejó caer el Clarín y leyó el mensaje completo:

¿Cuándo vas a abrir los ojos?
¿No te das cuenta?
Sos el cornudo más cornudo de la cuadra.
Me das lástima, por eso este papel.
Porque me dan lástima los CORNUDOS.

Levantó el diario. Y, antes de abrir la puerta de la galería, antes de volver a ver la cara de ella, dobló aquel papel rojo y se lo guardó en el bolsillo. Se prometió que manejaría la situación, que no estallaría.
Se equivocaba: apenas la puerta se cerró a sus espaldas, y ella empezó a darse vuelta, no bien lo miró con sus ojos siempre brillosos, él ya estaba listo para un nuevo desastre.
Sacó del bolsillo el bollo rojo y se lo tiró en la cara.
―¿Qué carajo es esto?
Ella sonrió, una sonrisa nerviosa. Y se agachó a levantar el bollo de papel. Lo estiró, hizo una pausa para leerlo, volvió a sonreír, se mordió el labio y soltó el papel sobre la mesa. Y, desafortunadamente para ella ―desafortunadamente para los dos―, no quiso responder.
―¿Me vas a decir con quién me estás cuerneando ahora?
Ella se sentó, cortó una rodaja de pan viejo y, negando con la cabeza, le echó una mirada… y lo ignoró.
―¡Hija de puta! Lo saben todos. ¡Todos!
A medida que el pan duro crujía, él se acercaba a la silla de ella.
Ahora aquel mensaje cobraba todo su sentido. Si por algo el canillita ni se dejaba ver. Seguro él…
¿Cuántos? ¿Cuántos?
―¿Cuántos? ―dijo.
Ella insistía con esa sonrisa. Con esa sonrisa; y el pan, que ahora se descascaraba a cada mordida.
Y él, enceguecido, enfrascado en una sucesión de desaciertos, sacó el cuchillo que estaba incrustado de punta en el queso y dirigió la primera puñalada a la cara aún sonriente de ella. Después, cuando ya le había convertido la sonrisa en una mueca aterradora, no pudo más que terminar con todo.

Fueron muchas las puñaladas, como lo fueron los gritos y el forcejeo. También fueron muchos los arañazos, la sangre, los músculos que duelen, el queso desparramado, las lágrimas, los dientes apretados, el cansancio, el llanto, la agonía.
Como habrán sido muchos los tipos con los que ella le había sido infiel.
Se quedó un buen rato aplastado en su silla. Sin pensar. No quería coartadas, no le interesaba deshacerse del cuerpo. No le preocupaba que alguien hubiera oído los gritos, que pronto pudiera llegar la policía, que todos supieran que él había asesinado a su esposa. No le importaba: ella merecía todas y cada una de las cuchilladas. Por cuernearlo, por reírsele en la cara.
Se entregaría. Llamaría al 911 y confesaría todo. O mejor, iría personalmente.
Buscó las llaves, se acomodó el pelo y atravesó la galería y el pasillo con grandes zancadas.
Abrió la puerta y caminó hasta la calle, que estaba desierta. El viento ya se había marchado, la bruma desaparecía más allá de su puerta. No quedaban más que árboles petrificados y un cielo perfectamente gris. Los pájaros no cantaban, los perros seguían en silencio, a igual que los vecinos.
Dos cuadras y media lo separaban de la comisaría.
Aunque no fueron muchos los pasos que dio antes de saberlo, antes de detenerse. Cinco, seis… tal vez diez pasos. Y en el medio de la calle, se desplomó.
Las primeras gotas de lluvia lo golpearon con crueldad en la cabeza y en la frente ensangrentada. Eran gotas gordas y filosas. Cada gota, una punta que tajaba la piel.
Sintió que también él se moría. Que era él quien merecía la muerte. Arrodillado, deseó que le llegara la muerte ahí mismo. Pensó en el cuchillo y en la cara de ella, en el último y desfigurado gesto de ella.
Si acaso la comisaría seguía existiendo, si acaso alguna cosa permanecía en su lugar, él no llegaría. No sería capaz de recorrer esas dos cuadras y media ni ninguna cuadra, ni ningún paso más.
Todavía de rodillas, advirtió que su puerta era devorada por una bruma que serpenteaba sobre las paredes y el techo del pasillo. Cerró los ojos.
Los cerró con la ilusión de que, al abrirlos, él estaría seco y sereno, sentado de cara al ventanal de la galería, que ella cortaría pan duro, que seguiría untando queso, en silencio. Pero eso no sucedió.
Bajo ese asfixiante y estático cielo gris, él abrió los ojos una última vez. Y aquello continuaba allí, a ambos lados de la calle Dublin: de norte a sur y en ambas veredas, los frentes de todas las casas, cada una de las puertas, llevaban colgado un papel rojo de diez por diez. Un papelito rojo con lúgubres letras blancas.

 

Cristian*Cristian Acevedo (Buenos Aires, 1979) es miembro de La Abadía de Carfax. Su obra literaria ha sido reconocida en diversos certámenes: Ganador del Premio Gonzalo Rojas Pizarro de Cuento 2013, Antología de Narrativa 2013: Marañas, Finalista del Premio de Cuento Itau 2012. También ha publicado sus relatos en reconocidas revistas culturales:La Balandra, Revista Hamartia,  Maten al Mensajero, Revista Cronopio, entre otras. Actualmente vive en Tortuguitas, desde donde escribe.

Blog de Cristian 

Un genio oculto: Joe R. Lansdale

por Walter Barba*

“Joe R. Lansdale es un narrador nato, y Mucho Mojo es una historia que nació para ser contada. Este es el tipo de libro que obligaría a Agatha Christie a esconderse debajo de la cama.»

                                                               Robert Bloch

¿Quién mejor que Robert Bloch —autor de Psicosis— para presentarnos a este gran escritor?

Desde el sofocante calor de Texas, Estados Unidos, Joe Lansdale (Gladewater, Texas, 1951) deleita a sus lectores con un gran número de historias. Pero a pesar de la importante cantidad de novelas y cuentos publicados —cuarenta y tres novelas y alrededor de treinta colecciones de relatos—, solo dos han sido traducidos a nuestro idioma. Se trata de Cuando el río suena (RBA, 2012; versión en español por Claudio Molinari Dassatti), y Mucho Mojo  (Barcelona, Thassàlia, 1995; traducción de Beatriz López  Buisan).

Lansdale ha escrito una serie de libros —que por el momento llegan a once novelas— protagonizados por los personajes Hap y Leonard. Mucho Mojo es la segunda novela del universo de estos personajes.muchomojo

Hap Collins es el narrador de las historias. Hombre blanco, enamoradizo, trabajador.No aprueba el uso de armas y pasó un tiempo en la cárcel por rehusarse a luchar en la guerra de Vietnam.

Leonard Pinees el amigo gay de Hap. Negro, ex-combatiente con serios problemas de ira, no tiene inconvenientes con las armas, y no le tiembla el pulso a la hora de usar alguna.

La Texas de esta novela se ve rodeada de asesinatos, drogas en un barrio de negros, religión y pedofilia. Lansdale logra una perfecta combinación en cuanto a trama y personajes.

Como la anterior, Cuando el río suena se desarrolla en Texas, pero esta vez en  el oscuro ambiente que se vive durante la Gran Depresión.Harry Crane y su hermana encuentran el cuerpo de una mujer negra, atada, mutilada y desnuda junto al río. Este es el primero de una nebulosa serie de asesinatos que se van agravando más y más.

Lansdale es un claro ejemplo de cómo se debe escribir, cómo se debe crear y poner en acción a cada personaje. En mi caso, me hizo sentir cada párrafo como si lo estuviera viviendo en persona. Utilizando una narrativa rápida y eficaz, Lansdale ataca los puntos claves en la historia, creando fuertes imágenes y obligándonos a rendirnos ante esas páginas de puro suspenso. Por momentos me recordó al dinamismo que posee Stephen King en varias de sus novelas; y por otros —según mi gusto— lo superó.

Pero, lamentablemente, el reconocimiento de Lansdale en el mundo hispanohablante no es el que merece. Esperemos que pronto se traduzca la obra de este genio y así pueda llegar a nuestras manos.

Porque es un autor con lo necesario para mantener atento al lector en todo momento.

cuandoelriosuena

* Walter BarbaWalter Elías Ezequiel Barba (Punta alta, Buenos Aires – 1994)  Estudiante de Seguridad e Higiene ambiental. Amante del cine y asiduo lector. Entre sus autores favoritos se encuentran: Poe, Maupassant, Victor Hugo, Lansdale, Bradbury, King. Desde principios de este año es miembro del TCyC, al cual llegó a partir del Canal TallerCyC (https://www.youtube.com/user/TallerCyC).

Dos poemas

*por Juan José Capria

 

Al lobo

 

m-wolf-andrew-ferez

Wolf, de Andrew Ferez

El lobo creó las sombras
desgarrando a la noche.

Su piel es el hábito del miedo,
y sus colmillos descarnan
esos terrores
que creíamos enterrados.

Nunca retrocedió,
pues sangre que bebía
multiplicaba su maldad.

Fue la presa más buscada,
aunque ya no quedan rastros
de aquel carnicero holocausto
que nos persiguiera.

Pero no durmamos tranquilos:
el lobo ataca hasta cuando sueña,
y no les devuelve la piedad
a quienes lo defendieron.

Y mientras estas líneas lo homenajean,
el lobo que tienes adentro lee
y estrangula al poema.

 

 

 A la pantera

 

Desde las fauces de la selva,
a la hora última del sueño y de la muerte,
al amparo de árboles y espesuras
y con la luna de cómplice,
discurre la pantera.

Todo lo ven sus ojos:
la orilla de las ocultas aguas,
la trampa ilegal,
la presa al alcance de las zarpas,
el perpetuo combate final,
la sangre en el salto fatal.

Solo una vez no mató,
y eso —quizás— nunca lo sabrá.
Fue cuando el olfato le trajo
el desconocido olor de la compasión.
Fue cuando protegió
a un recién nacido abandonado
(Kipling supo la historia y nos la regaló).

Y aunque, después de aquello,
nada haya cambiado en su naturaleza,
Dios ha obsequiado a la pantera:
para alejarla de los captores,
que la ofrecen como joya única entre las bestias,
noche a noche irá oscureciéndose más.

El tiempo también es la piel de la pantera.

Black Panther. Christian Thiefaine

Black Panther, de Christian Thiefaine

 

Sin título*Juan José Capria es un escritor oriundo de Haedo pero radicado en la ciudad chaqueña de Tres Isletas. Poeta y narrador, alumno del Taller de Corte y Corrección desde diciembre de 2006. Profesor en Lengua y Literatura, da clases en escuelas secundarias. Casado, padre de dos hijos pequeños y amante de los trenes, de la fotografía, de los libros y  de la lectura. Escribe todos los días y corrige aún más, pues intenta seguir los pasos de sus maestros quienes le inculcaron —y aún le repiten— que ESCRIBIR ES CORREGIR.

El horror y la fantasía en la literatura

por Ivana Zacarías*

 

La cita era un domingo al mediodía en la Biblioteca Nacional. La excusa: el I Encuentro Internacional de Literatura Fantástica. A pesar de la lluvia, a pesar de las pastas, uno a uno fuimos acercándonos a la Sala A.R. Cortázar, acaso atraídos por aullidos de lobos y zurridos de murciélagos.10170878_1496691773884325_3368422868512542626_n

Y el eco de Carfax. Carfax convocaba, y así bien rápido supimos que nos asustaríamos, que nos divertiríamos, que reflexionaríamos. La Abadía de Carfax es un círculo de escritores de horror y fantasía, y fue fundada por Marcelo di Marco en el año 2005. Hace tan solo unos pocos meses —y luego de un escalofriante rito de iniciación— me aceptaron como miembro del grupo.

Marcelo di Marco, junto a las cofrades Nomi Pendzik y Claudia Cortalezzi, fue quien guió la reflexión sobre la creación de la literatura de horror y fantástica.

Claudia Cortalezzi se enfocó en relatar la historia de la Abadía, en particular describiendo aquel hito que fue la publicación de cada uno de los libros del grupo: hasta el momento, tres antologías; y una cuarta, que será conocida en breve. Además, y a través de su propia experiencia, Claudia habló de esa necesidad irrefrenable de darle vuelo a una historia, cueste lo que cueste, sea lo que fuese que el escritor tenga que decir… por más que ello nos obligue a poner en palabras las aberraciones más bestiales que puedan cruzarse por nuestra imaginación.

La presentación de Nomi se centró en una pregunta: ¿cómo hacer para enseñar a los adolescentes sobre este género de la literatura? Resulta extraño pensar que el sistema educativo abrace a los vampiros o los hombres lobo, si hoy los escritos acerca de lo sobrenatural son concebidos como “literatura de segunda” por aquellos que creen que lo real es más valioso. O, alternativamente, que lo fantástico o terrorífico no pueden ser verosímiles. Sin embargo, ¿qué niño no se aseguró de estar bien cubierto de noche, por miedo a que los fantasmas de sus cuentos se aparecieran? ¿Qué joven no empezó a escuchar ruidos en la habitación de al lado, mientras leía “Casa tomada”?

Foto Carfax en Biblioteca Nacional

Cerebro, corazón y coraje. Estos tres elementos necesita un buen escritor, según di Marco. Y, tras escuchar su experiencia con la novela Victoria entre las sombras, yo agregaría también “paciencia”: después de catorce años de escribir, corregir, pensar, compartir, repensar, volver a corregir y —por sobre todo— de entregarse al terror y al más allá, finalmente dibujó ese punto final que tanto nos desvela a los escritores.

Quién sabe cuál será la ilusión de aquellos que encuentran, per se, mayores dosis de esa magia y emoción en los relatos que reflejan aspectos de la vida “real”. Ojalá el horror y la fantasía fueran irreales.

No sé ustedes, amigos lectores, pero yo necesito juntar coraje para leer Drácula, porque el miedo que siento es tan verdadero que casi instintivamente necesito acariciarme el cuello, como si ello me asegurara que ningún colmillo hambriento se tentará. Cuando camino por la arena, aún espero encontrarme al Principito: ¡el día que volvió a su asteroide fue uno de los más tristes de mi vida! Y si ando por la ruta —amigos escritores, también cuídense—, tengo la precaución de disfrazarme: no vaya a ser que Misery se haya obsesionado con los personajes de mis cuentos…

descarga

Tapa de Cuentos de La Abadía de Carfax 4, en preparación.

 

 

200901_Cambridge y NY 039

*Ivana Zacarías (Munro, 1981) es miembro de La Abadía de Carfax. Estudió en Argentina y también en el exterior. Trabaja en proyectos educativos desde los ámbitos académicos y públicos.
En FIN ya hemos publicado sus cuentos «Catáfilas» y «Los últimos sesenta».

Efemérides

Dibujo

 

 

 

 

1 / En 1909 nace Juan Carlos Onetti

2 / Nace en 1877 Herman Hesse  (Premio Nobel en 1946)

3 / En 1883 nace Franz Kafka

4 / Nace en 1804 Nathaniel Hawthorne 

6 / Muere en 1962 William Faulkner 

9 / En 1884, la provincia de Buenos Aires hace entrega a la Nación de la Biblioteca Pública fundada por Mariano Moreno, que desde entonces se denomina Biblioteca Nacional

12 / Nace Pablo Neruda en 1904, Premio Nobel en 1971

13 / En 1934 nace Wole Soyinka, Premio Nobel en 1986

15 / En 1979 muere Juana de Ibarbourou

16 / Muere en 1985 Heinrinch Böll, Premio Nobel en 1972

17 / En 1932 nace Joaquín Lavado, conocido como Quino

20 / En 1304 nace Francesco Petrarca

23 / Nace en 1888 Raymond Chandler

26 / Nace en 1894 Aldous Huxley

29 / En 1957 muere Ricardo Rojas. Por ello se conmemora el Día de la Cultura Nacional.

 

Destacada del mes

24 / Nace Alejandro Dumas en 1802

«Vivid, pues, y sed dichosos, hijos queridos de mi corazón, y no olvidéis nunca que, hasta el día en que Dios quiera mostrar el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana está contenida en estas dos palabras: ¡Confiar y esperar!». (Edmundo Dantés, El Conde de Montecristo)

Ilustración de Mead Schaeffer

Ilustración de Mead Schaeffer

 

Escribir para los que no leen

por Daniel Echeverría*

 

Leí una vez, no recuerdo dónde, que un escritor americano decía lo siguiente: en la Antigüedad se veneraba la sabiduría. Ya en el siglo XX comenzó a privilegiarse el conocimiento; luego, la información. Hoy, la sociedad valora el dato.
No creo que esto ocurra porque la sabiduría o el conocimiento hayan perdido su importancia, sino porque hoy los hombres, para sus cosas, pueden arreglarse con datos.
No soy una autoridad en comunicación ni en ciencia alguna, tampoco es mi objetivo establecer algún nuevo paradigma. Soy solo un observador de este tipo de fenómenos. Pero también, en mis ratos libres, escribo. Y, como todo escritor inédito —que es casi lo mismo que decir «escritor sin acceso posible a una editorial»—, encontré en Facebook una oportunidad furtiva para difundir mis textos.

Por lo general, comparto fragmentos de una novela que escribo hace tiempo, y con eso consigo, de vez en cuando, algún “me gusta” de un amigo o, en el mejor de los casos —en esos casi me emociono—, un comentario alentador de algún desconocido. En este ejercicio fue que comencé a notar que es muy poca la gente que genera textos. Solo se difunden (postean) fotos con sentencias o frases atribuidas a celebridades. Cosas ingenuas, obvias, lugares comunes de los que los supuestos autores renegarían de inmediato. Eso es lo que se consume y propaga, por una sencilla razón: muy pocas personas leen más allá de tres o cuatro renglones.

Claro está que no soy ingenuo y sé que no es Facebook un lugar para leer de corrido Crimen y castigo, pero es una maravillosa vía de comunicación y promoción de ideas y textos. Ahora bien, aquí se plantea una paradoja. ¿Cómo hacer para que sí lo sea, si la gente que lo utiliza no lee? ¿ Cómo hacer —reitero— no para que se pueda leer Crimen y castigo, sino al menos veinticinco renglones de cualquier texto?

appsandgames-560x389

Ilustración de Matthew Lyons

La respuesta es sencilla a priori, difícil en la práctica: utilizando las herramientas básicas de la buena literatura. Escribir bien. No solo escribir bien, mejor dicho, utilizar todas las trampas, recursos, ardides que se ponen en juego para atrapar al lector de una novela. ¿Cuáles son? No pienso revelarlas tan impunemente: son los secretos del arte.

Captar la atención de un lector que no tiene tiempo, que lee Facebook como pasatiempo —como entretenimiento, a veces en un teléfono, un lector acostumbrado al estímulo de una imagen, es todo un desafío. No solo un desafío, sino que es un estupendo ejercicio.

Podrá la mayoría conformarse con datos, con frases de Cortázar o de Borges que nunca dijeron Cortázar o Borges. Podrán muchos contentarse solamente con ver fotos o con chistes malos, pero alcanzará con que alguien proponga una buena oración —una inquietante, enigmática, inteligente— para que algunos muerdan el anzuelo y sientan la necesidad de leer la oración siguiente. “Bastará con saber que soy Juan Pablo Castell, el hombre que mató a María Iribarne”. Es un ejemplo de cómo hacer para que quien haya leído esa magnífica trampa se pregunte: ¿Por qué la mató? O ¿quién es este tipo? ¿O esa mujer? Pero claro, eso ya lo hizo Ernesto Sabato; habrá que buscar nuevos recursos. Los hay, debe haberlos.

Vi hace poco un video sensacional de García Márquez que duraba 2.32 minutos. Me dirán que soy un consumidor de datos. No, responderé. Fueron varias oraciones, mucha información, conocimiento, sabiduría. Decía García Márquez que la lectura es un acto hipnótico, y que el escritor debe no solo inducir ese efecto, sino mantenerlo en quien lee. ¿Cómo? Generando una música, una cadencia hipnótica cuyo objetivo es el de evitar que el lector despierte. Esa es la fórmula. Fácil, no. Imposible, tampoco. Poco probable para un mortal: decididamente.

Hace veinte años que escribo. Esto no quiere decir nada. Todo el mundo sabe que en literatura el esfuerzo no es garantía de escribir bien. Y, como corresponde a todo gran escritor —y esto es lo único que tengo de gran escritor—, es mucho más el material que tiré a la basura que el que publiqué. Rescato, cada tanto, solo unas pocas líneas que comparto en Facebook, y que ahora están leyendo.

 

foto*Daniel Echeverría (Olivos, 1962) escribió dos novelas, algunos cuentos y un ensayo. Todo este material se halla inédito o desaparecido. Lo inédito, a la espera de revisión; el resto ya no existe: no tenía remedio. Trabaja en TCyC desde 2014.

Quién es quién en el Taller de Corte y Corrección

Hoy responde…

 

Claudia Cortalezzi

 

 

Claudia Cortalezzi

 

 

 

 

1.¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?
Aunque soy fan del fantástico, leo de todo. Aprendí mucho de los clásicos, de Víctor Hugo, Maupassant, Balzac, Tolstoi, Kafka, Poe. También de los grandes autores de habla hispana y su manejo del lenguaje.

¿Qué libros en particular? Esos que podría releer más de una vez, por placer y nada más: Los Miserables, Moby Dick, Ficciones, Final del juego, It.

2.¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?
Estoy descubriendo, de a poco —quiero hacerla durar—, la novela Anatomía hunana de Carlos Chernov.Y El agente secreto, de Conrad. Al mismo tiempo, siempre leo cuentos y más cuentos.

3.¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?
A sangre fría, de Truman Capote; Bola de sebo y otros cuentos, de Guy de Maupassant; Cuentos selectos, de Enrique Anderson Imbert; Moby Dick, de Herman Melville; El pasillo de la muerte, de Stephen King. Leer/releer a King y ver “cómo lo hace” es de gran ayuda.

4.¿Qué publicaste ya en medios electrónicos y/o en papel? 
Tengo unos cuantos cuentos publicados en antologías, en Argentina, España, Libia y Perú, y en revistas literarias como Próxima. Varios de esos y otros cuentos andan por la Web, en Axxón, LiterÁrea Fantástica, NM, BewilderingStories.
En 2010, publiqué mi primera novela, Una simple palabra, con editorial Andrómeda.
Y en 2012, antologué Cuentos de la Abadía de Carfax 3.

5.¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?
Llevo muchos años trabajando mis escritos en el TC&C. Al principio eran cuentos, ahora ando con novelas.

¿En qué me ayudó Marcelo di Marco? Es simple: él me enseñó lo que es realmente la literatura, a descubrir mis errores, a utilizar los recursos literarios. Todo lo que un gran maestro puede enseñar.

 

marcelo

 

¡Muchas gracias, Clau!

 

 

Efemérides

junio

1 / Nace en 1874 Macedonio Fernández

3 / En 1924 muere Franz Kafka

5 / Nace en 1898 Federico García Lorca

6 / En 1875 nace Thomas Mann

7 / En 1980 muere Henry Miller

11 / Nace en 1900 Leopoldo Marechal

13 / En 1874 nace Leopoldo Lugones. En 1888, Fernando Pessoa. En 1917, Augusto Roa Bastos

14 / En 1936 muere G.K. Chesterton

21 / En 1905 nace Jean Paul Sartre

24 / En 1842 nace Ambrose Bierce. En 1911, Ernesto Sábato

28 / Nace en 1867 Luigi Pirandello (Nobel de literatura, 1934). En 1937, Juan José Saer

29 / Nace en 1900 Antoine de Saint – Exupéry

 

Destacada del mes

 

16 / En 1816, en la Villa Diodati (Ginebra), Mary Shelley escribe Frankenstein.

«Yo era afectuoso y bueno; la desgracia me ha convertido en un demonio. Hazme nuevamente feliz y volveré a ser virtuoso».  Monstruo de Frankenstein

frankensteins-monster1-263x300