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¿Lo vieron pasar? El revoloteo que deja la memoria de una abuela

Reseña del libro El colibrí del malvón rojo, de Laura Etcheverry

por Sofi Urrutigoity *

El colibrí del malvón rojo, de la poeta argentina Laura Etcheverry, publicado en noviembre de 2025, me llega directamente desde Lincoln, provincia de Buenos Aires, por Halley Ediciones, y la ilustración de la portada se le agradece a Liliana Beatriz Ganduglia. Si buscan un momento de lectura agradable, placenterísimo, cuyas delicias transformen en poesía la cotidianeidad y nos bañen de frescura, no duden dos veces en leer El colibrí del malvón rojo, ¡ya! Merece todas las luces y muchos calurosos aplausos para la autora, quien sabe invadir de trascendencia aquello que en este poemario recuerda y comparte como experiencia universal de todos quienes amamos la vida de familia.

El libro se abre con un prólogo tan breve y conciso como excelente, por parte de Marina di Marco. “Qué hermoso es saber que aún existen libros como este que habla (…) con el ser amado que ya no está”, un libro que, coincidiendo con la interpretación del prólogo, entreteje intimidad y trascendencia e ilumina la realidad con ojos de contemplación. ¿De qué manera? Con pequeñas resurrecciones. “¡Estemos atentos!”, continúa la prologuista, a fin de ir tras la búsqueda de estas breves epifanías acaecidas en la cocina de una casa.

El poemario está dedicado “A mi abuela Victoria”. Luego lo atraviesa un colibrí de palabras y ensueños, al punto que hasta sus alas se vuelven caligrama y lo vemos volar poema a poema, así como vuelan la memoria y la figura de una abuela que es la de todos los lectores: “Pero ese vuelo, tan corto, / llega al cielo”.

“Te nombro en voz alta, abuela, / y se me viene a la voz / tanto de vos, tanto”, inicia la obra. Este primer susurro irá creciendo con la virtud de quien escribe un poemario estructuralmente impecable. Podríamos leerlo, de hecho, como un único y gran poema extenso, puesto que la presentación temática que un poema abre es amplificada con el poema siguiente. Además, el yo lírico utiliza recursos y técnicas propias de la escritura narrativa para escenificar la semblanza moral de la abuela, lo que podría simbolizarse con un pájaro. Es decir, no sólo es la semblanza universal de una abuela, sino también la emotividad de todo aquel que pierde y duela un ser querido.

El colibrí del malvón rojo nos enfrenta a imágenes cotidianas con un decir simple, cuya significación poética es estrujada hasta volverse entramado de imágenes rutinarias y dulces: lo que inicia como un vuelo de colibrí, el símbolo protagónico, evoluciona a un banco de mosaicos de la entrada de una casa, a la pasta rellena de los domingos, unas estampitas, las fotos de familia, la muñeca Dulcinea de una niña…

Colibrí, hijo del cielo, moneda de plata, abanico del viento, revoloteo de los ángeles, galaxia con pico, origen de la vida, son algunos de los epítetos que Laura Etcheverry encuentra para hablar de la pérdida, del dolor más sórdido de la muerte de nuestros muertos. Este colibrí tan singular es una verdadera ave intercesora que salva a los hombres y aboga por nosotros ante los dioses, como creían los indios hopi de Arizona. También es el pájaro en que un alma de guerrero se transforma, para los aztecas, o —según la investigación de la misma poeta— un mensajero entre los mayas.

Es de aplaudir la labor de revisión de la literatura que Laura ha hecho para tramar su propio picaflor. Es por esto que el hilvanado de cada símbolo y detalle poético que el yo lírico nos presenta construye a la abuela del género humano: adusta, épica, un heroico paradigma de todas las idealizaciones que guardamos de nuestros difuntos, una abuela que no necesita ser descripta físicamente porque cada uno la ve como a la propia. De hecho, recién a la mitad del libro, Laura —o mejor dicho, el yo lírico— ofrece unas pinceladas de cómo Victoria se vestía, cómo lucía, qué rasgos físicos recuerda su nieta en su corazón.  

Pero ¿cómo lograr este gran desafío de describir a una abuela única y a la vez universal? Muy simple. Uno de los poemas nos responde: “siempre hiciste tanto con tan poco”. Igual que la autora, que necesita solamente unos pocos símbolos, que trabaja y retrabaja, los mira, los da vuelta, los estruja, los vuelve a trabajar, y nos los devuelve con un libro hermoso, con una poesía de estilo simple y profundo. Luego, esta heroicidad encuentra su punto de declive pero, como es tan duro expresarlo, el yo lírico con que Laura se disfraza compone un poema de entierro sin decirnos directamente que lo es. De pronto, nos topamos con su abuelo en luto: “Gente en la casa, / abrazos en voz baja. / Febrero frío. // Sereno y serio, / va el abuelo de traje, / y lo saludan”.

¿Qué más decir sobre este único picaflor o “tucusito, / zunzún,/ zunzuncito,/ zumbador? Colibrí, cabecita de rubí,/ colibrí tijereta, cola de raqueta”? El libro abre paso a otro modo de componer poesía, con los metros clásicos, las canciones, afín a una niña que canta a su abuela. El lector hasta se endulzará con un soneto. Sólo esta estructura clásica, este modo de composición solemne podrá poner palabras y presentarnos la enfermedad en un ser excepcional. A su vez, tampoco este colibrí duda en pasearse por el tópico literario de Borges y Mujica Lainez de la Buenos Aires mítica, donde también lo veremos batir sus alas y brillar.

Colibrí, picaflor, con tu revoloteo por las flores, nos dejaste una lección muy clara: tomar y dar. Servir a los demás, volverse alimento. El ave es el único símbolo del poema que articula los dos planos del libro, el pasado y el presente. Ergo, el colibrí no sólo es la abuela Victoria, y a la vez la abuela de todos nosotros, sino que da un paso más de osadía o de virtud de composición poética, al ser una representación de la misma poesía, con una función de sublimar la expresividad del yo y dotar de eternidad cualquier experiencia estética, buena o verdadera, que es lo mismo.

De hecho, se refuerza esta idea con la descripción al detalle del pájaro una vez que ya se había descripto a la abuela. Además, uno de los poemas del libro tratará sobre el retrato de la estampita de la abuela, al modo de una auténtica écfrasis clásica de la poesía grecolatina; e incluso, este libro, en su totalidad, bien podría ser considerado como su estampa completa.

Así como el colibrí “recuerda cada flor, / y vuelve a ella cuando desborda otra vez de néctar (…), Yo anoto en este cuaderno / lo que quiero contar”, leemos en el final del poemario. Por lo que podemos interpretar El colibrí del malvón rojo como un libro sin fin, pues tampoco terminan la memoria ni la literatura.

En definitiva, esta reseña es una invitación a estar atentos, como advertía la prologuista. En sus casas, cómodamente dispuestos a la lectura, ya instalados en sus sillones… ¿lo vieron?, ¿lo vieron pasar? No se pierdan el revoloteo que deja la memoria de una abuela en una poeta actual y formidable.

* Sofía Urrutigoity nació en Mendoza con frutas en las manos (1995). Estudió la carrera de Letras y la Diplomatura en Corrección y Edición de Textos en la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional de Cuyo. Fue becaria “Friends of Fulbright” en Alabama University (2018). En Sevilla, le cantó al azahar y finalizó sus estudios de Máster en Escritura Creativa (US, 2021). Ha trabajado como docente en los niveles medio y superior, y como autogestora de talleres literarios en Mendoza, Chicago y París. En 2022 fue poeta finalista con mención de honor en el festival Poesía en Abril, de Chicago, organizado por DePaul University, cuya antología se presentó en París (2026). Ha publicado Un cielo de papel bajo mi cama (Mendoza, 2022) y Matrioshka (Murcia, 2023), libro premiado en el Premio de Poesía Mística San Juan de la Cruz (2022). Actualmente, es madre, escritora y, como doctoranda de la Universidad de Sevilla, se especializa en estudios de poesía española actual, y la hace palpitar entre hilos de música y familia.

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