por Gloria Acosta *
Ahora, junto a Toño y despegando en la pista, me pregunto por qué siempre cierro los ojos cuando parte un avión. Por qué siempre debo apelar al Trankimazín. Puede que la respuesta esté en mi infancia, en la primera ocasión en que acompañé a mis padres a Tenerife. Allí, las opciones de desplazamiento de isla a isla se reducen a una cuestión de tiempo y comodidad: el barco o el avión. Pero en mi casa existía una tercera variable: mi madre sufría de mareos, y el barco era una tortura.
En ese primer viaje, papá se sentó a un lado del pasillo, junto al pasajero que le había tocado en suerte, y mamá y yo ocupamos los asientos del otro lado. Recuerdo que mi padre me dijo que no dejara de mirar por la ventanilla, que las nubes eran algodón de azúcar, y que si me fijaba bien en el mar vería pasar algunos barcos.
―Y con suerte, Cande, descubrirás entre las olas a algún delfín que salta.
Le hice caso. Me senté junto a la ventanilla, y mi madre ocupó el asiento de pasillo.
―Para agarrar la mano de tu padre ―dijo.
Con los primeros movimientos del avión entendí esa necesidad suya de agarrarse a una mano siempre que hubo turbulencias, tanto en aire como en tierra. Cerró los ojos en el despegue, y ya no los abrió durante todo el vuelo. Viajó con la cabeza apoyada en el respaldo de su butaca. Y, sobre todo, viajó en silencio.
Yo la imité. Y entonces, una vez que el avión cobró altura y estabilidad, recordé las palabras de mi padre, y pegué la cara a la ventanilla.
Y no, no vi ningún delfín. Pero me fascinó la danza de las nubes trazando formas caprichosas en el mar, a veces lentas y otras alocadas.
―Tripulación, preparados para el despegue.
La frase me arranca de mis pensamientos. Cierro los ojos y apoyo la mano en el muslo de Toño, que ocupa el asiento de la ventanilla. Él no se mueve. Los dos estamos agotados. Supongo que él más que yo, aunque estos últimos días el dolor de cabeza no me ha dado respiro. Necesitaré una cura de sueño en cuanto lleguemos a casa.
Cuando se apaga la señal luminosa, Toño se desabrocha el cinturón de seguridad y comprueba que el bolso de mano sigue bien instalado bajo el asiento. Minutos después, advierto que ha repetido varias veces esa misma acción. Es de esa clase de hombres que se prodigan en comportamientos repetitivos. Estará sufriendo su toc, supongo. Le pasa cuando cierra el coche y llevamos trajinados varios metros: vuelve sobre sus pasos para asegurarse de que está echado el seguro. ¿Y cuántas veces se levanta en mitad de la noche para comprobar que la llave está pasada con dos vueltas en la cerradura?

—Toño —le digo—, debiste poner el bolso en el compartimento superior, como te sugirió la azafata.
—Estoy más tranquilo así. Lo controlo con los pies.
La azafata, una morena que conocemos de mil viajes ―llevamos tantos vuelos que las azafatas ya son como de la familia―, se acerca a Antonio, sonriendo. Y me parece estar sufriendo un déjà vu, porque sé de antemano la pregunta, nunca falla: le preguntará cómo se encuentra y si necesita algo.
―¿Cómo se encuentra, Antonio, necesita algo?
—Gracias, señorita, de momento estoy bien.
—Debiste pedirle un zumo o algo, Toño. Apenas desayunaste.
―No ando con ganas.
En cuanto a mí, me pregunto qué se han hecho de mis propias ganas. Intento sonreír, pero sé que ya se encargará el espejo de respondérmelo.
―Quizá más tarde tome un sandwich ―digo, no muy convencida―, y tú vas a pedir otro, quieras o no quieras.
La muchachita que ocupa su asiento al otro lado del pasillo, junto a una señora que parece ser su madre, no deja de mirar a mi marido. Se vuelve hacia la señora y le dice algo. La mujer asiente, y pone cara de pena.
Toño ha perdido el pelo. Al principio, cuando decidió raparse para no ver a diario sus mechones desparramados en el lavabo, no llamaba la atención: hay tantos calvos… Pero ahora que ya no tiene cejas ni pestañas, y que las ojeras hunden aún más sus ojos, la gente no disimula la lástima, y a mí me molesta esa pena por lo ajeno que no me creo. Ni la pena de los allegados, y mucho menos la pena de quienes se cruzan con nosotros. Es como si las desgracias de los demás apartaran las probabilidades de que suframos las nuestras: como le ha tocado a mi vecino, no me va a tocar a mí; algo así como ocurre con la lotería: cuestión de probabilidades.
Yo ya me he acostumbrado a que su familia le hable como si nada sucediera, evitando tratar la evidencia de que el pobre está enfermo; eso implicaría tener que sentarse a poner los asuntos en orden, ahora que hay tiempo suficiente.
A lo que no me acostumbro es a la idea de que este sea nuestro último viaje a Pamplona: el hospital de La Laguna no le llega a la suela del zapato a la Clínica Universitaria de Navarra. Pero los médicos tienen sus consignas, y ahora después de la pandemia parece que todo los desbordara. Lo saben disimular muy bien disparando sus típicas frases:
—Don Antonio, ustedes en la isla tienen un magnífico hospital.
―Los protocolos son los mismos, don Antonio, y se ahorran ustedes tener que venir mensualmente a la Península.
Y mi marido les agradece con ese abandono que arrastra desde que enfermó, sin saber nunca si lo que más lo agota es el tratamiento o el viaje.
Y claro que es más fácil para nosotros no tener que desplazarnos, pero esto me suena a desahucio, y me inquieta.

—Intenta dormir —dice Antonio como si hubiera leído mis pensamientos. Como si no supiera que soy incapaz de dormir fuera de una cama. En cambio, él cae a plomo en el sueño, y venga a roncar. Así fue después de nuestro primer encuentro como marido y mujer, y así ha seguido siendo todos estos años.
Por suerte la tos de Antonio no es tan persistente después de este último tratamiento, y yo no me atrevo a ocupar otro dormitorio dejándolo solo. Cuando una decide quedarse, debe hacerlo con todas las consecuencias. Lo merezca él o no lo merezca. Al fin y al cabo lo pasado, pasado está.
—Voy a cerrar un rato los ojos —le digo—. Es raro que me duela la cabeza, pero no sé qué me está pasando desde hace días. No quiero añadirle preocupaciones a Antonio, pero me siento hueca por dentro, y a la vez como si cargara un objeto pesado sobre mi cabeza. Calla, pero puedo imaginar lo que le gustaría decirme, y yo responderle:
—¿Cuánto hace que vengo diciéndote que te hagas un chequeo, Lala?
—No más del que pasé yo diciéndote lo mismo, y no me hiciste caso.
—Sí te hice caso, Lala.
—Tarde, ya lo ves.
De haberle dicho todo eso, yo hubiera tenido razón: aunque el tabaco le perjudicó la salud, no es menos cierto que sus responsabilidades en la empresa cargan con buena parte de la culpa. Y puede que su mala conciencia también.
Sigo entretejiendo nuestro diálogo, y me sucede algo que no puedo explicarme: es como si todo estuviera dentro de mi mente, y al mismo tiempo afuera. Como si estuviéramos hablando de verdad. ¿Qué clase de embriaguez me inunda el ánimo? ¿Estaré hablando en serio, me escuchará en serio? Acaso esta vez el Trankimazín vino un tanto recargado.
―¿Qué te dijo tu hermana esta mañana, Antonio?
—Ayer los de la Consejería de Agricultura visitaron los terrenos afectados. No sólo los nuestros, sino también los de las fincas colindantes.
—¿Darán la subvención? ¿Qué ha dicho el seguro? —Últimamente me aterra revisar las cuentas y verificar cómo el dinero merma con los tratamientos médicos y las hospitalizaciones—. Ese maldito hongo no va a dejar ni un tomate en pie.
—Arminda dice que Agroseguro va a trabajar con la Consejería. Volverán a reunirse en una semana.
—Estate tranquilo, entonces. Ahora lo importante es que recuperes fuerzas. —Esto lo he dicho sin convencimiento—. Deja que tu hermana se ocupe. Al menos de ese asunto.
Mi marido dice que mi cara es un libro abierto, y en esta ocasión también acaba de leer entre líneas.
—Nunca vas a perdonarla, ¿verdad?
No respondí. Cerré los ojos y apreté los dientes.
Toño se levanta para ir al baño, no sin antes comprobar que el bolso de mano no se ha movido de debajo del asiento. Me pareció que incluso lo acariciaba. Siempre es muy reservado para sus cosas, sus papeles, sus notas. Desde hace tiempo escribe un diario que trata de ocultar, y yo hago como que no lo sé. Supongo que querrá dármelo en el último momento, antes de…
Cuando él se aleja por el pasillo, cambio de asiento y aprovecho para mirar por la ventanilla. Abajo, las nubes son grises, casi negras. No me gustan, me dan miedo. Pero el avión las sobrevuela en calma, en ese punto exacto donde los aviones se vuelven inmutables: volamos en su interior como si nada ofreciera resistencia, ingrávidos.
Yo soy ese avión, así me siento: ingrávida. Cierro los ojos y me pienso afuera, nauta flotando entre el algodón que hoy no es de azúcar. Se hace el silencio entre las nubes. Es como si una enorme campana de vacío me retuviera dentro.
Oigo cómo la chiquilla del asiento de al lado llama a la azafata y le pide una chocolatina. Su madre abona el pedido y sonríe. En eso ve que Antonio se acerca por el pasillo, y anima a su hija a convidársela, y la nena obedece.
—¡Qué niña tan dulce! ―dice Antonio―. Gracias, preciosa. ¿Cómo te llamas?
—Anabel.
—Te agradezco el detalle, Anabel, pero el médico no me deja comer chocolate. —Toño mira a la sonriente mamá—. El azúcar no es bueno para mí; pero voy a guardarla, y cuando llegue a Tenerife se la regalaré de tu parte a mi hijo Francis.
La nena vuelve a su asiento, orgullosa, y yo ocupo de nuevo el mío. Antonio se acomoda junto a la ventanilla, apoya la cabeza en el respaldo y cierra los ojos. Le dejo descansar. También yo intento dormir, pero mi cabeza se atasca entre ideas y recuerdos que buscan salida. Hay una presión que se me agarra en el pecho, sube por el cuello y me taladra las sienes.
—¿Le has dicho a tu hijo el resultado de la última valoración médica? —le “digo” aprovechando que lo ha nombrado.
—No quiero preocuparle todavía. Está en exámenes finales, ya sabes.
—¿Y por qué iba a saberlo? No es hijo mío ese. —La conversación se deslizaba por un terreno resbaladizo, y ya sin freno le solté―: Lo sabrá la pelandusca de su madre.
—No voy a discutir contigo, Candelaria, y menos aquí.
—Tú siempre escapando por la puerta de atrás, a lo zorro. —Bajo la voz para que los pasajeros cercanos no oigan, y me le acerco al oído—. Y, como es lógico, los zorros se juntan con las zorras mientras las esposas están en casita simulando que no se enteran de nada. ―Algo dentro de mí me obligaba a vomitarlo todo. Necesitaba aflojar el dolor que me martillaba la cabeza, y con cada frase ese dolor parecía huir de mí—. Pero a tu hermanita sí que se lo contaste. Claro, necesitabas una coartada. Alguien que te cubriera el culo.
—¡Basta ya!
El grito de Toño hace girar las cabezas de la niña y de su madre, que lo observan con asombro. Él se disculpa alzando los hombros en un gesto resignado. A mí ni me miran. Por suerte, hoy el vuelo viene ligero de pasaje.
Después de un incómodo silencio, Antonio pulsa la llamada de la azafata y me pregunta si quiero comer algo. Es raro, pero no tengo hambre. Y rechazo la invitación. Él, en cambio, elige un menú de la carta y un botellín de vino. Hacía tiempo que Toño no bebía ni gota de alcohol, pero prefiero no decir nada. Le viene bien soltar tensión. Lo observo de soslayo mientras come. Lo hace despacio, en silencio, sin mirarme. Está triste, lo sé. Y siento la necesidad de abrazarlo, de decirle que el pasado pasado está, que quiero que vivamos en paz el tiempo que nos queda juntos. Decirle que lo amo. Sí, lo amo a pesar de todo. A pesar de la otra y de ese hijo al que no acepto. Lo amo, esa es la verdad. A veces pienso si mereció la pena haberme dedicado por entera a él: abandonar mi trabajo, a mis amigos, abandonarme como mujer. En la salud y la enfermedad, dijo el sacerdote en nuestra boda. Y he cumplido todos los preceptos, aunque no pudiera darle hijos. Me rompí por dentro, y no supe reconstruir los pedazos. O, mejor dicho, los reconstruí mal. Yo quería, deseaba ser madre; pero también deseaba una vida mía y sólo mía, un tiempo para mis cosas: un espacio de libertad. Y no fui ni madre ni libre. En cambio, él sí fue padre. Y cuando lo supe y quise romper con todo, llegó el diagnóstico fatal.
Lo miro: Toño ha vuelto a cerrar los ojos. Me gustaría decírselo: «Mira, Toño, creo que yo podría haber sido una gran actriz. ¿Que por qué? Pues porque he fingido mis orgasmos contigo, y tú ni te has enterado. No pongas esa cara de asombro, amor mío. Lo hice algunas veces, cuando aún éramos jóvenes. Y cómo no hacerlo cuando enfermaste. Te esforzabas tanto… Te asfixiabas, sudabas. Gatillazo, y vuelta a empezar. Pobrecito. Y yo te decía que ya, que ya me corría para que tú, amor mío, pudieras resoplar boca arriba, triunfante y feliz por ganarle al menos una partida a ese cáncer que te comía por dentro». Me gustaría decírselo, pero ya para qué.
Y sí, es verdad: de tanto olvidarme, olvidé cómo se ama. En cambio, él, en esa crisis de madurez que dicen pasar los hombres a los cuarenta, buscó fuera de casa el amor. Así lo supe porque así me lo estampó un día su hermana. Claro que fue mejor saberlo —el niño ya era un zagalote cuando me enteré—. Pero no de aquella manera, como si la culpable hubiera sido yo.
—Tú y tu necesidad de independencia —me dijo Arminda aquella noche. Para ella, la mujer debía estar en casa atendiendo a su marido cuando llegaba del trabajo—. A veces creo que tus amistades están por delante de mi hermano querido.
No acabó ahí el tema. Siguió y siguió hablando hasta que soltó lastre. Así lo llamó: lastre. Y me lo dijo. Me dijo que aquel muchachito, el mismo que venía a veces a buscar tomates o frutas a la finca, era hijo de Antonio. Me lo dijo, y se quedó tan campante. Seguramente era un secreto a voces. Yo no recuerdo qué dije, pero sí lo que no dije: algunas noches soñaba con empezar a vivir, por fin, cuando el hermano se muriera. No se lo dije porque ni siquiera me atrevía a decírmelo a mí misma. Me avergonzaba de esos pensamientos. Me avergonzaba de mi deseo de retozar también en otros brazos.
Esa fue la última vez que le dirigí la palabra a mi cuñada. Ella tampoco se atrevió a hablar conmigo nunca más.

Con los ojos así de entornados, parece ausente Toño; pero sé que no duerme. Pienso que aún no es tarde para salvarnos, para salvarme dándole lo único que me queda: mi tiempo frente al suyo y la promesa de amarle mejor; amarle hasta el final.
—Ahora que ya no tendremos que viajar más —le digo—, estaremos más tranquilos y podremos hacer planes. Y le doy un beso en la mejilla. Sonríe.
La azafata pasa con el carrito recogiendo las bandejas de los pasajeros. El avión no tardará en aterrizar, y me inquieta pensar qué voy a hacer cuando vea a mi cuñada. Hace años que nos evitamos, y no me cuesta mucho intuir que esta ocasión no será diferente. Subiré al coche y guardaré silencio hasta llegar a casa. Sí, eso es lo que haré.
El comandante nos agradece haber volado con la compañía, y nos desea buena estancia en la isla, y enseguida alerta a la tripulación para el aterrizaje. Nos ajustamos el cinturón, apoyamos las cabezas en los respaldos, y yo cierro los ojos. Vuelvo a colocar mi mano sobre su rodilla. Noto cómo sostiene con los pies el bolso para que no se desplace.
Cuando las señales luminosas avisan y el avión apaga los motores, Toño activa el iPhone, y comienzan a entrar los whatsapps. Doy por hecho que Arminda le hace saber que aguarda afuera en el coche, y por supuesto espero que al muchachito no se le haya ocurrido venir. No podré evitar que su hijo esté en el último momento, pero hoy no. Y eso lo he dejado bien claro antes del vuelo.
En camino a la terminal para recoger nuestra pequeña maleta, Toño se empeña en llevar él mismo el bolso de mano. En ese intento de demostrarse a sí mismo una fortaleza que los demás no vemos, le dejo hacer.
Ya hacia la salida le digo:
—Entraré en el coche directamente al asiento trasero, no quiero hablar con ella. Ahora no.
Antonio no dice nada.
El Renault de Arminda espera aparcado en el arcén, a escasos metros de la salida del aeropuerto. Es tacaña hasta para pagar el parking. No bien nos ve llegar, se baja del coche y corre a ayudar a Antonio con la maleta. La espío. Tiene los ojos hinchados, muy rojos. Ha debido de estar llorando. Mejor.
Cuando abraza a su querido hermanito, aprovecho para entrar y acomodarme en el asiento trasero. Los dos lloran. Toño pone a mi lado la pequeña maleta, y se acomoda en el asiento delantero con el bolso de mano sobre las rodillas.
—¡Por favor, Antonio! —le pide Arminda con cara de espanto—. Pon el bolso atrás.
—Viene precintada, no va a derramarse.
—Es igual, Antonio. Me da yuyu.
Toño obedece a su hermana, como siempre. Yo, también como siempre, callo.
El coche arranca y enfila hacia el desvío a la autopista. Estoy agotada. Apoyo la cabeza en el respaldo y cierro los ojos. Arminda habla con su hermano del alma. A mí, menos mal, me ignora olímpicamente. Diga lo que diga, yo he prometido no abrir la boca.
—¿Cómo ha ido el vuelo?
—Bien, Armi. Tranquilo. —Por el tono de voz, sé que mi marido preferiría estar en silencio, pero también sé que Arminda no parará de hablar. Es una cotorra. Pensará que así distrae a su hermano—. Todavía me parece mentira —sigue Toño en un susurro, más para sí mismo que para ella.
—No te preocupes por nada, Antoñito, que está todo organizado.
—¿Sabes, Arminda? Qué cruel es la vida. Tenía que haber sido yo. —Esto lo dice sollozando—. Fíjate que incluso me pareció venir charlando con ella, como siempre. Como si estuviera sentada a mi lado con su mano sobre mi rodilla.

* Gloria Acosta es profesora de primaria jubilada. En sus últimos veinticinco años de profesión impartió docencia de Francés en un instituto de Educación Secundaria Obligatoria. Es natural de la isla canaria de La Palma, pero vive en San Cristóbal de La Laguna (Tenerife, España).
Desde pequeña le encantaba inventar historias para entretener a sus amigas, y leer las aventuras de “Los Cinco” (Enid Blyton), los cuentos de Celia (Elena Fortún), o las colecciones de cuentos populares que sacaba de la biblioteca del pueblo.
Nunca pensó en escribir, salvo diarios o reflexiones personales, hasta que se matriculó en un curso de relato en la Escuela Literaria de Antonia Molinero, en La Laguna. A partir de ahí, participó de otros talleres literarios y se atrevió a soltar amarre colaborando con pequeños relatos en revistas digitales.
Un relato suyo, «Azul añil», ha sido publicado en una obra colectiva La alargada sombra del volcán. Relatos del Teide y su entorno (Editoral El Libro en Blanco, 2015), y otro ha sido premiado en el concurso local V Encuentro Literario AMULL 2022.
En ese mismo año, a través de internet, conoció el Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco, en el que continúa actualmente aprendiendo y creciendo, agradecida de formar parte de esta gran familia literaria.





