por Analía Pinto *
La Perla del Atlántico. La Feliz. Havanna. El Casino. El Puerto. Las películas de Olmedo y Porcel. Los lobos marinos. La playa. Sacoa. El mar. El faro. Ninguna ciudad dice “vacaciones” tanto como Mar del Plata. Y, sin embargo, todos estos lugares comunes se resignifican cuando uno vuelve a pisarla después de más treinta años.
Hasta el 2023, la última vez que había estado en Mar del Plata había sido en 1986, con el viaje de egresados de la primaria. Habíamos ido, como se estilaba entonces, a Chapadmalal, y en pos de entretener a los egresaditos, los adultos responsables (entre los que estaba, desde luego, mi padre santo) pensaron que una excursión a Mar del Plata era una buena idea. Por supuesto, lo único que nos interesaba a los egresaditos eran los fichines, es decir, Sacoa, aquella inmensa cueva desbordante de luces, ruidos, flippers y videojuegos. Tengo la impresión de que nos zambullimos por esas escaleras igual que nos zambullíamos en el mar de Chapadmalal por las mañanas. No recuerdo mucho más: quedó una foto apenas, misteriosamente recortada, con el mar de fondo.

Para ese entonces ya había ido varias veces a Mar del Plata: en mi infancia, Santa Teresita y Mar del Plata se disputaban el territorio de las vacaciones, y si bien Santa Teresita tenía lo suyo, es cierto que no podía competir nunca con la Feliz. En Mar del Plata estaba Havanna, en Santa Teresita no. En Mar del Plata existía Sacoa, en Santa Teresita apenas alguna desvaída casa de jueguitos. En Mar del Plata reinaban el puerto, la playa con acantilados, el hermoso faro que me hizo amar todos los faros del mundo, y el mar siempre era más “mar” que en cualquier otra playa. En Mar del Plata los grandes se iban al casino y volvían cuando ya estábamos dormidos con mi primo Diego; en Santa Teresita la verdad es que no había mucho que hacer fuera uno grande o chico. Hasta el olor y el sonido del mar eran más penetrantes en Mar del Plata, y eso que no siempre teníamos la suerte de estar cerca de la playa, a diferencia de Santa Teresita, donde sólo había que caminar una cuadra y media para pisar ya la arena caliente.
Pero los años pasaban y vaya uno a saber por qué no volvíamos a Mar del Plata. Tengo para mí que no era sólo por la siempre cimbreante situación económica de mi casa, sino también por algo más trascendental y profundo: todas las veces que habíamos ido de vacaciones a Mar del Plata mis padres estaban juntos, incluso cuando ya se presagiaban tormentas sobre el matrimonio. Volver a Mar del Plata sería para mi padre, pienso ahora, un momento de esos que uno prefiere evitar, porque sabe que ya no podrá hacerlo con la persona amada. Las pocas veces que pudimos enfilar de nuevo para la costa los destinos elegidos fueron otros: Mar de las Pampas una vez, cuando sólo había allí cinco o seis chalets y la casa de té La Pinocha; Villa Gesell otra vuelta, y Santa Teresita siempre. A pesar de que Mar del Plata no estaba tan lejos, cada vez que yo le decía a mi padre santo: “¡Vamos a Mardel a pasar el día!”, él me respondía: “Y pero la nafta…” (o la plata, o no sé qué), y al final nunca íbamos.

Mi padre santo se fue también de este mundo y cuando pude elegir mis propios destinos vacacionales el mar nunca estaba en el horizonte. Sí volví una vez a Santa Teresita, para encontrar todo más o menos igual; volví también a Villa Gesell para sorprenderme gratamente; conocí Aguas Verdes y Costa del Este; después la Patagonia me atrapó para siempre y fui dos veces a Puerto Madryn, pero nunca se me ocurría volver a Mar del Plata. La Feliz había quedado en el pasado, en ese pasado mítico que es la infancia y que siempre da tanto miedo visitar.
Pero entonces mi maestro, el escritor Marcelo di Marco, tuvo la prodigiosa idea de irse a vivir, como siempre había querido, a la Perla del Atlántico. Lió sus petates, arregló sus asuntos en Baires, y con Nomi Pendzik, su esposa, siempre de la mano, le dijeron adiós al búnker de Borges y Paraguay y se instalaron de lleno en donde el mar es más mar y huele más y se escucha más. Entonces no tuve ninguna duda: yo tenía que volver a Mar del Plata. Visitar a mis queridos maestros era la excusa perfecta para ello. Sabía que me iba a encontrar con algo muy distinto a lo que yo recordaba después de tantos años (más de treinta) sin pisar ese bendito suelo.
Y allá fui. Algunas cosas todavía estaban intactas. Los lobos marinos. El edificio Havanna (que, en realidad, se llama Demetrio Eliades). El Casino. El Hotel Provincial. La avenida Colón y su inolvidable bajada hacia el mar. La playa. El mar color de plata, el mar de Alfonsina. El Torreón del Monje. La rambla. La costanera (perdón, el Boulevard Marítimo). La peatonal San Martín. Todas aquellas cosas que habían visto mis ojos niños estaban ahí, de nuevo, siempre esplendorosas. Los chalets (bueno, los que aún no ha derribado la piqueta del “progreso”), el muelle de pescadores, el mar fastuoso, imponente, que nunca descansa. El puerto, los coloridos barcos pesqueros, el sol radioso.

Todo estaba ahí y ahora, además, estaba mi maestro ya como lugareño para disfrutar aún más de las bondades de una de las ciudades más bellas de nuestro país. Imposible no disfrutar, imposible no pasarla bien e imposible también no pensar cuánto le hubiera gustado a mi padre santo ver tantos lugares queridos de nuevo. Imposible también no pensar cuánto me hubiera gustado decirle yo ahora “¡Hasta Mar del Plata no paramos!”, como siempre me decía él cuando agarrábamos la ruta con cualquier destino.

* Poeta y editora. Nació en Avellaneda en 1974 y vivió en el conurbano hasta el 2010, momento en que se mudó a la ciudad de las diagonales. Estudió Letras en la Universidad Nacional de La Plata, pero abandonó porque entendió que la literatura siempre estaba —y sigue estando— fuera de esas aulas. Desde 2008 trabaja en el repositorio institucional de la UNLP, el Servicio de Difusión de la Creación Intelectual (SEDICI), catalogando recursos digitales. Ha editado y corregido numerosos libros de ficción, no ficción y académicos. Entre 2010 y 2019 dictó talleres literarios en diversos ámbitos. Organizó ciclos de lectura de poesía, cubrió obras de teatro para la agencia de noticias ANSud y participó del staff de reseñistas del sitio web Sólo Tempestad. Dispone de varios blogs de temática literaria, como Nulla die sine linea, y colaboró en revistas y boletines literarios, además de editar uno, La Granda Milito, entre 2002 y 2006. Participó activamente en la elaboración del Diccionario de Autores Argentinos, proyecto patrocinado por Petrobrás, presentado en la Feria del Libro en 2007. Publicó los libros de poemas Peaches en Regalia (Ediciones Hespérides, 2008), Pequeño manual de anatomía masculina (Peces de Ciudad, 2017) y Orozquianas (EDULP, 2018) —disponible en línea con descarga gratuita, así como su libro de reseñas Fauna abisal (2016)—. Forma parte del equipo pedagógico del Taller de Corte y Corrección, donde coordina el Taller de Poesía, y es secretaria de Redacción del periódico cultural Fin, de la misma comunidad. El texto presentado en esta ocasión fue escrito para el Taller de Crónica Periodística que coordinó Dante Galdona en 2024.
Imágenes:
- Mar del Plata, 1986 (Analía Pinto)
- Mar del Plata, 1982 (Analía Pinto)
- Mar del Plata, 2023 (Marcelo di Marco)





