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Margarite Yourcenar o cómo manipular el tiempo

Por Berenice B. Navarro

Me he ofrecido, con candidez que podría equipararse a una impostura, a redactar una biografía tuya que no puede ser más que un torpe esbozo de algo. Tú desdeñarías cualquier intento de hurgar en tu vida con la excusa de redactar una biografía, porque «detesto lo que parece ser una especie de excitación patológica por parte del público al abalanzarse sobre la vida de un escritor, como si él o ella no fuera un hombre o una mujer como todos los demás». Por eso en tu refugio de Maine, donde morirías a los 84 años, quisiste prevenir esa curiosidad morbosa, y en tu etapa final quemaste muchos de tus documentos. En tu testamento pediste que se sellara tu correspondencia durante medio siglo.

Yo digo que los datos nimios de tu biografía sólo tendrían significado si nos ayudaran a entender de qué manera lograste hacerte orfebre, artesana magnífica de la palabra, cómo se hilvanó tu pensamiento agudo, cómo se forjó tu singular voz literaria, cómo te hiciste tan grande que te elevaste a monumento de Francia y del mundo. Entonces sí, quizá sí es importante saber que tu padre era francés y tu madre belga, y que diez días después de ese 8 de junio de 1903 en que naciste, en Bruselas, una fiebre puerperal te dejaría huérfana de madre. Que tu padre entonces te llevó a su Francia natal y fue cultivándote como un exótico producto de la educación libre, de la amplitud de pensamiento y del desapego a las convenciones. Como jardín de juego te entregó la biblioteca de la mansión; como nanas de segunda fila, a sus amantes; como lenguas alternas, el latín, el inglés y el griego; como cuentos para antes de dormir, a los clásicos; y como incondicional amigo y hermano con quien afilar tu mente analítica y recorrer la dilatada casa del mundo se entregó a sí mismo.

A los dieciséis no habías pisado nunca una escuela, pero ya habías publicado un poemario (El jardín de las quimeras, 1919). Y como sabiendo que Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislaine de Crayencour era nombre demasiado largo para llevar en la maleta de una aventurera, tu padre te ayudó a rebautizarte, a crear el nombre con que te reconocerías a ti misma y con el que se te contaría entre los Inmortales. Crayencour, por el artificio del anagrama, se convirtió en Yourcenar. Ese padre que tantas veces estuvo «lejos, pero nunca ausente», que recorría los casinos apostando la fortuna, que gustaba escaparse continuamente a otras tierras porque «solo se está bien en otra parte», a ese padre el cáncer que lo mató (1929) le concedió una última satisfacción: leer, justo antes de morir, el borrador de tu primera novela (Alexis o el tratado del inútil combate, 1929). Ahora estabas completamente sola en un mundo que no te intimidaba, porque tu padre te había dejado una valiosa herencia. Y también dinero. Empacaste la mochila frugal del aventurero, y te fuiste a recorrer Europa, Asia menor, la Grecia amada, Estados Unidos, donde más tarde, por cuarenta años, extrañarías a Francia.

Están tus luces, tus sombras, tus contradicciones y tus contrastes. Dicen los que te conocieron que podías ser «encantadora, generosa, compasiva, atenta, tolerante y leal». Pero también «testaruda, pendenciera, vengativa, imperiosa, mezquina y mordaz». Es decir que, además de diosa literaria, podías ser humana. Algunos de tus alumnos de Literatura Francesa y Civilización en el Sarah Lawrence College de Nueva York testimoniaron que la mayor parte del tiempo no parecías estar del todo presente, y estaban convencidos de que usabas instrumentos medievales para los quehaceres de tu vida diaria. Así que estás tú, tus azares y tus amantes. Y estás tú, la escritora (poeta, prosista, ensayista, novelista, traductora). Para saber de la escritora, tomo por entero tu palabra y nada más que tu palabra.

Releo tus notas de Memorias de Adriano y reconforta a mi yo escritor saber que te enfrentaste a demonios conocidos. Que de 1924 a 1929, en la juventud de tus veinte a veinticinco años (todo se concibe en nuestra juventud; los años, después, maceran la obra), concebiste y luego empezaste a escribir unos borradores de las Memorias, que desechaste por completo, como debe de ser, como merecían serlo, según tú misma dijiste. Como hace todo creador. En 1927 reencontraste y subrayaste la frase, esa que habías leído en la correspondencia de Flaubert. Dices en tus notas que magna por necesidad debe ser la obra cuya chispa votiva sea algo como: «Cuando los dioses no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que solo estuvo el Hombre».

Tú misma dijiste de tu biografía lo que más importa: que gran parte de tu vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a ese hombre solo y al mismo tiempo vinculado a todo. Retomas y abandonas muchas veces, entre 1934 y 1937, el proyecto de escribir la vida de Adriano. No es cosa fácil «organizar ese mundo visto y oído por un hombre». Lo mismo que quisiera hacer yo con tu biografía, y la única manera es leyéndote, recoger trazos de ti; acudir a tus notas y a tus cuentos, donde dejaste rastros de la sensibilidad, de las torturas, de las placenteras emociones, las únicas que pueden parir, moldear obras como la tuya.

«Empiezo a percibir el perfil de mi muerte», haces decir a tu Adriano, y cuentas que esa frase es la única que sobrevivió de los borradores que te tomaron tres años. Habías encontrado, al fin, el punto de vista, igual que un pintor, dijiste, frente al horizonte infinito, que mueve su caballete de derecha a izquierda. Las palabras pueden no ser exactas, siempre cabe corrección, pero el punto de vista no se equivoca.

Y más años pasaron entre paseos por Asia menor, visitas a la villa de Adriano, a los museos de Europa, abstracciones en Grecia, vaivenes entre Estados Unidos y Francia, investigaciones, acopio de información, compra de souvenirs (como el perfil de Antinoo Mondragon en el Louvre, el mapa de la Roma de Trajano), lecturas en Yale proyectadas para el libro, y donde mencionas al emperador, siempre buscando la fórmula que te permitiera salvar las distancias entre Adriano y tú. Te das cuenta de que «dos decenas de manos descarnadas» te separan de él y de su mundo. No parece mucho, pero dieciocho siglos de por medio no te dejan, dices, tocar a Adriano en su médula de hombre, tocar sus contornos y luego reproducirlo para nosotros. Sabes que hay un modo de llegar a él, hay una puerta, pero no la encuentras. Te invade el desaliento. Un desaliento largo, dices. Te hundes, confiesas, en la desesperación del escritor que no escribe (¡desesperación!). Buscaste restos griegos que te reconfortaran en tus peores momentos «de atonía». Esto es importante: saber que tuviste esos momentos. En 1941, creíste haber renunciado por completo a escribir las Memorias. En 1947, incluso quemaste los resúmenes que redactaste para las conferencias en Yale, por entenderlos ya inútiles.

Dos guerras habían sepultado por completo el mundo que dejaste atrás, en Europa. Establecida del todo en América, en 1948 recibiste desde Suiza maletas con ese mundo de tu niñez y primera juventud, que ya no existía. Quemando papeles familiares, correspondencia de muertos o vivos olvidados que ya no significaban nada en apenas diez años, te topaste con una carta que comenzaba: «Querido Marco…». ¿Cuál Marco? El papel amarillento, manuscrito a varias páginas, se dirigía a un Marco que ya no reconocías y que pudo haber sido un amante, un amigo, un lejano pariente al que le escribías y que ya habías olvidado. Pero no eras tú quien había escrito: era Adriano quien, con tu mano, le escribía a Marco Aurelio. Y en ese momento el libro volvió a ti. Y retomaste una promesa que no volviste a romper. Cueste lo que cueste, te dijiste. Acudiste nuevamente a tus principales fuentes surtidoras sobre Adriano, los volúmenes de Dion Casio y la Historia Augusta. Y entonces miraste al mundo que había girado y girado durante todos esos años desde el día de la cita de Flaubert, desde el nacimiento de la idea, y te diste cuenta de que diez años de abandono habían sido iguales, quizá más, que los dieciocho siglos entre Adriano y tú. Un mundo que había probado tu propio mundo en el fuego de hechos convulsos, trágicos, angustiosos, la enfermedad que te había estragado, el quehacer de buscar el amor o de vivirlo o de sufrirlo, de agotar las alegrías y sepultarlas. Te dijiste que tal vez todo lo sucedido había sido necesario, que esa noche del alma que el mundo había padecido, había sido necesaria para ayudarte a colmar esa distancia entre Adriano y tú, entre tu época y la suya, pero sobre todo «la que me separaba de mí misma».

Y ahora, la producción febril, la frente tocada por los dioses. Un trayecto entre Nueva York, Chicago, atravesando las montañas de Colorado, te llevó a Taos, Nuevo Mexico. Esa travesía te vio encerrada durante días entre camarotes y coches. Encerrada como en un hipogeo, dices. Yo digo que fue el encierro de la concha que gesta la perla. Escribiste en estaciones desiertas, a la espera de un tren retrasado por la nieve; escribiste sin parar, casi sin dormir, sólo un hilo de nácar hilando la perla maravillosa de las memorias de tu Adriano. No recordaste, dices, noches más ardientes ni más lúcidas que aquellas en las que escribiste sin interrupción los larguísimos pasajes desde la infancia hasta el conocimiento de Adriano. Le agregaste tres años más de investigaciones. Tres años de mantenerte constantemente en la Roma, en el Egipto que vio morir a Antinoo, en los palacios imperiales y en los campos de batalla. Quisiste desechar la frase «método de delirio», por romántica, pero la retomo yo, que no puedo ser otra cosa que romántica. Te recibiste de maga, de médium, de pitonisa de un solo muerto.

Convocaste a Adriano como Byron convocó a Saúl, porque no confiabas en tu propia voz y querías que hablara él. Y lo hiciste hablar. En mi exceso de entusiasmo podría decir que mejor, quizá, de lo que él mismo lo hizo en vida; lo hiciste hablar acerca de sí mismo y de su tiempo, de sus amores y sus dolores y sus logros; de la dimensión del hombre en la que transversalmente nos reconocemos todos. Lograste entrar en el núcleo de su mundo interior y escribiste desde ahí. Desde ahí manipulaste el tiempo. Redujiste dieciocho siglos, los diez, los veinte años a un espacio que se desplaza a través del tiempo con su mundo revelado y el intuido, desde Roma, hasta la Europa inocente de la preguerra, y una guerra y otra y su entreacto.

Y ese tiempo llega hasta mí en este mundo intangible de mundos digitales, donde nuestro imaginario, nuestras abstracciones, se han convertido en palacios laberínticos de pesadilla. Y vuelta otra vez a Roma. Y vuelta otra vez a un futuro que no se conocerá. Pero, dijiste, al fin y al cabo, el tiempo no cuenta. Y entonces despierto de esta ilusión que me ha hecho creer que podía abordar un intento de biografía tuya, porque, lo sé, lo sé, también lo habías dicho en tus notas: «mi propia existencia, si tuviera que escribirla, tendría que ser reconstruida desde afuera, penosamente, como la de otra persona, porque todo se nos escapa y todos, hasta nosotros mismos».

Berenice B. Navarro es originaria de República Dominicana y reside en una ciudad sureña de Estados Unidos, pero la mayor parte del tiempo habita en un mundo imaginario de donde se trae al mundo real ideas que convierte en cuentos, novelas y poemas. Participa del Taller de Corte y Corrección con Marcelo di Marco, Taller de Literatura Fantástica con Nomi Pendzik, y Taller de Poesía con Analía Pinto, y no le parece suficiente. En Fin ha publicado el cuento “Desdémona corregida”, ganador de un concurso interno del TCyC. ¿Quieres saber más? Visita su web https://berenicebnavarro.com/

Fuentes de las imágenes:

Yourcenar joven: https://mascultura.mx/https-mascultura-mx-marguerite_yourcenar_mayo23/

Yourcenar madura: https://www.growthinktank.org/en/portrait-marguerite-yourcenar-2/

Yourcenar academia: https://www.lavanguardia.com/hemeroteca/20171216/433588372544/marguerite-yourcenar-biografia-academia-francesa-de-las-letras.html

One Comment

  1. […] Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. Un clásico que tenía pendiente, y me decidí a leerlo luego de una biografía sobre la autora escrita por Berenice Navarro y publicada en este medio. Dejo el enlace: Marguerite Yourcenar o cómo manipular el tiempo […]

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