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La noche de Swansea

por Claudio Siracusano *

Si desde entonces oigo la voz de Ellen en el viento de Cardiff, es porque hay palabras que ningún hombre debería escuchar demasiado tarde.

―Tus manos estaban hechas para la madera ―solía decirme.

Y yo, que no era un buen boxeador, al final resulté ser algo infinitamente peor que eso.

Diría que mi ruina comenzó en uno de aquellos inviernos, cuando no había encargo alguno en mi banco de ebanista y la harina debía medirse con sacramental parsimonia. Una mañana se presentó en mi taller un sujeto llamado Morgan Pike, promotor de combates y mercader de apuestas. En suma, tenía frente a mí a un conocedor de toda suerte de hombres ruines. Se atusaba los encerados bigotes, me estudiaba con el ojo de quien con la misma rapidez calcula el peso de un caballo o la desesperación de un cristiano:

―Me han dicho que usted es carpintero ―medía con la mirada mi envergadura—. Lástima. Con esas espaldas podría haber sido algo más útil.

No me ofendió, pues el hambre vuelve razonable hasta al propio orgullo. La Cardiff de entonces no era ciudad para delicados. Crecía a sacudones, entre chimeneas, astilleros, herrumbre y un humo tan espeso que las mañanas parecían haber sido ya usadas por la tarde de ayer.Ante la desesperada sorpresa de Ellen, Morgan Pike me prometía lides de puño desnudo, sin más ley que la resistencia de los huesos y la codicia de los que apostaban. No buscaba artistas del pugilato, desde luego. Buscaba hombres fuertes, anclados en su empecinamiento. Hombres capaces de recibir castigo sin caer demasiado pronto.

―Necesito bestias, bolsas de carne que nunca eviten la trituración.

Acepté.

Cuando Morgan se retiró, satisfecho, Ellen dejó la vela sobre la mesa y me miró con una congoja que, de haber tenido yo más juicio, habría temido más que la furia.

―Prefiero cenar pan duro y agua contigo, Evan, que ver cómo vuelves de esos antros con la cara destrozada. Haré sacrificios, haré lo que fuese. Volveremos a tu banco de ebanista. Tus manos aún recuerdan.

—Mis manos recuerdan, pero los clientes no.

Ella no insistió aquella noche. Se sentó cerca del fuego, con el chal sobre los hombros, y se quedó observándome como si ya me viera alejándome de ella por las calles de nuestro barrio, en las cercanías de Bute Town.

Yo no sabía entonces que, junto con las monedas, empezaría a traer a casa el aliento del aguardiente y esa falta de lucidez que convierte el cansancio en rencor, y el rencor en algo más truculento.

Desde mis primeras peleas comprendí que no era un talento del ring. Carecía de la rapidez de muñeca, del golpe astuto, del paso ligero con que ciertos irlandeses y londinenses convierten una pelea en una ciencia. Yo era lento, previsible y, como dijo una vez Pike con su crueldad jovial, tan elegante como una cómoda galesa. Pero soportaba.En aquellas peleas de puño limpio, donde la ciencia valía menos que la carnicería, esa sola virtud bastaba para hacer de un hombre un espectáculo. Había en mí una obstinación sin brillo que servía, al parecer, para entretener a la concurrencia y hacerles ganar dinero a los apostadores. Si vencía, era por agotamiento ajeno. Si perdía, al menos el médico tenía trabajo.

—Te golpean como a una bolsa de arena —decía Ellen, palabras más, palabras menos, restañándome la sangre del pómulo con agua tibia y vinagre―. No peleas: te usan. Pronto el médico dará paso al enterrador.

A veces no necesitaba hacerla callar: junto a la palangana donde me lavaba, quedaban las monedas. Monedas suficientes para un trozo de tocino, para botas nuevas en invierno, para pagar nuestro alquiler sin oír los codiciosos tacones del casero en la escalera. La dignidad, en los barrios pobres, canta con el percutir de la lluvia y el sol en los techos de zinc. Pero en el nuestro, en las cercanías de Bute Town, ni la lluvia ni el sol crean su música sobre las casas apiñadas, húmedas en los cimientos y desdichadas en los techos. Los niños corrían descalzos entre barriles vacíos y charcos de aceite. Las mujeres tendían ropa que salía del lavado tan gris como había entrado, y los hombres, ya fuesen estibadores o peones del carbón, cargaban en los rostros esas expresiones de fatiga que no son sólo del cuerpo, sino también del destino. Por las noches, cuando el viento cambiaba, se oían más las campanas de las tabernas que las de la iglesia, voz de Dios. Y más de una vez vi a caballeros tan disímiles como un marinero noruego y un herrero de Merthyr caer abrazados a una cuneta tras haberse jurado mutua muerte minutos antes.

Recuerdo con claridad una de aquellas noches en que comprendí hasta qué punto una ciudad puede envilecerse y, no obstante, conservar una riada de poesía feroz. Pike me había concertado una pelea con un herrero bretón al que llamaban Le Coq, minotauro de inhumano cuello y frente módica. Combatiríamos en un depósito de redes, detrás de los muelles, entre lámparas de aceite y barriles de alquitrán. Afuera llovía con esa llovizna minúscula de Gales que no cae: se pega. Dentro, los aficionados a la muerte ajena fumaban, gritaban y apostaban con una avidez muda, como si en cada chelín se dirimiera algo más grave que el porvenir de dos infelices.

De un revés a puño limpio Le Coq me partió el labio en el segundo asalto, y la sangre me corrió tibia y espesa hasta la barbilla, con ese gusto de hierro que vuelve salvajes a los hombres. Yo le hundí la boca en el sexto: sentí un crujir de dientes bajo mis nudillos, y vi salir entre la saliva y la sangre una espuma roja que le manchó la camisa. Desde entonces seguimos peleando medio ciegos, chorreándonos ambos sobre el aserrín, hasta que él, al levantarse del banco, trastabilló como un exhausto buey, y al desplomarse pegó la cabeza con tal fuerza contra un madero que debieron descargarle en la cara dos baldazos para que volviera en sí.

Pike me pagó bien. Esa noche, las velas de nuestra mesa iluminaron un jugoso costillar de cordero, que Ellen se las compuso para hacérmelo saber a sangre amarga.

—Maldita sea esta bazofia —dijo señalando su plato, al enterarse de los lances de la pelea.

Yo desvié la mirada hacia la mortecina lámpara que iluminaba la oscuridad de esa mirada. Pensé en el ring, en las luces que a uno se le van apagando.

Y, simplemente, actué.

Durante una huelga parcial en los talleres del hierro, la ciudad entera quedó suspendida en una turbia exasperación. Los hombres sin jornal bebían más, discutían más y necesitaban espectáculos más brutales para olvidar que el progreso se levantaba sobre sus espaldas sin agradecerles gran cosa. Pike olfateó el negocio y organizó torneos de desafíos espontáneos.

Mi combate decisivo fue contra el matarife, un pelirrojo que tenía el hábito repugnante de sonreír al recibir cada golpe. A mitad de la riña los espectadores exigieron un cambio de reglas: debimos seguir a puño limpio, a la claridad miserable de dos faroles de mano sostenidos por brazos tenebrosos. Y la escena quedó emponzoñada, reducida a tres docenas de hombres vociferando en la penumbra, el vapor del aliento mezclándose con el del aguardiente, y nosotros, dos jadeantes bestias, cazándonos dentro de un círculo de luz vacilante. Cada vez que uno alcanzaba al otro sonaba un golpe sordo de carne contra hueso, y cuando yo le abrí la ceja al matarife la sangre le cayó sobre un ojo, sobre el bigote, y al sonreír otra vez se le encendieron los dientes como si mascara un hígado crudo.

Ellen me esperaba despierta.

—No sé qué rezar ya ―dijo―. Rezo para que vuelvas con vida, y cuando vuelves rezo para que se te quite de la cabeza esta locura.

Así pasaron los últimos años de mi ya perdida juventud, los años más aciagos. Yo me juraba que aguantaría unas cuantas peleas más, sólo las suficientes para ahorrar un poco, comprar mejores herramientas, alquilar un local menos miserable y volver honestamente a la madera. Es sabido que el dinero ganado sin paz tiene esa cualidad del alcohol: engaña, convence al hombre de que mañana sabrá detenerse. Mañana, decía yo. Mañana volveré a la ebanistería. Pero al día siguiente Morgan Pike ya disponía de otro contrincante, otra bolsa, otra promesa. Mañana, siempre mañana.

Nunca me lo perdonó Ellen, y quizás hizo bien.

—¿No te basta Swansea? —dijo, y al oír ese nombre yo sentía todavía un tirón en el costado.

Se refería a la pelea con Butterbean Joe, aquella noche del Día de Muertos que ha quedado grabada en mi memoria con malsana nitidez. Swansea olía a brea, pescado y cerveza; un antiguo establo improvisado con tablas por tribuna y un crucifijo colgado torcido sobre la puerta: Cristo prefería apartar la mirada. Butterbean Joe era un gigantón de los hornos de cobre, bajo de frente y ancho de pecho, célebre por golpear al cuerpo con el mismo fervor con que otros hombres oran. Yo había vencido a dos rivales menores aquella semana, y estaba ya gastado antes de subir. Ellen me había suplicado que no fuera.

—Te matará —había dicho en el umbral—. Lo presiento. Te abrirá de pies a cabeza, y yo tendré que verte morir por unas libras que no alcanzan para comprar otra vida.

Yo me reí, porque los hombres solemos reírnos cuando la verdad ajena nos incomoda.

Butterbean me castigó desde el comienzo con una brutalidad metódica, a puño desnudo. No era la ferocidad desordenada del borracho, sino el trabajo regular y espantoso de un obrero aplicado. No boxeaba: desollaba. Cada golpe no buscaba el dolor, sino la agonía. Me abrió la boca en el tercer round, y en el cuarto me hizo sangrar por la nariz con tanta abundancia que el pecho de mi camisa quedó negro y brillante bajo la luz mala del establo. En el quinto ya me había eclipsado un ojo, y los dientes y la cara se me aflojaban a golpe de martillo. La sangre me entraba en la boca, me bajaba en coágulos por la garganta, al escupir, los veía caer oscuros y empastar el serrín. En el séptimo asalto me alcanzó tan abajo de las costillas que creí con una certeza helada que algo se me había desgarrado por dentro. Caí de rodillas y vi el suelo subir hacia mí con la lentitud de un telón, manchado aquí y allá por salivazos rojos y por el barro sanguinolento que íbamos dejando.

Recuerdo la voz de Pike, lejana como el llamado de un marinero a un náufrago en el agua. Y recuerdo, por encima de todo, la imagen de Ellen cuando desperté dos días más tarde en una cama alquilada de Swansea: tenía los ojos hinchados de tanto llorar y me tomó la mano con una delicadeza que era más terrible que cualquier reproche.

—Casi pierdes un riñón —dijo, y no levantó los ojos de mis manos. Afuera llovía sobre Swansea—. Y yo recé por días enteros para que no murieras. ¿Qué más debo hacer para persuadirte?

Nada la persuadía a ella de aceptar mi oficio; nada me persuadía a mí de abandonarlo. Esa fue la desgracia verdadera de nuestro matrimonio: no la pobreza, no las habitaciones húmedas, ni siquiera los golpes, sino la porfía de dos almas que, por más que se amaran, no lograban salvarse la una a la otra. Sin embargo, si alguien me preguntara hoy si yo amé a Ellen, diría que sí, con toda la fuerza de que es capaz un hombre honrado. La amaba cuando me remendaba la chaqueta sin quejarse. La amaba cuando, después de reprocharme mi obstinación, se quedaba despierta hasta oír mis pasos en el umbral. La amaba cuando me decía, con esa mezcla de severidad y ternura que sólo tienen ciertas mujeres galesas, esas palabras en las que ardía una fe que yo ya no podía permitirme:

—Todavía puedes volver a ser tú mismo.

Mas dejo ya esa noche de Swansea, cuya memoria aún me punza, y vuelvo a lo que siguió, pues he narrado mis miserias no para excusar aquello que sobrevino, sino para mostrar cómo un hombre puede descender sin advertir en qué peldaño dejó de ser un infortunado y pasó a ser una pesadilla oscura.

Los combates endurecen no sólo la carne y los huesos. Hay una porción del espíritu que se acostumbra al golpe, al clamor de la multitud, al resentimiento fermentado en la sangre. Y el alcohol, siempre el alcohol, que acude después como un falso médico para prometer sueño y otorgar rabia.

La noche en que el horror se desató regresaba yo de una pelea en Canton. No había sido la peor de mis contiendas, pero sí una de las más humillantes. Un joven de Bristol, rápido como una mangosta y con menos fuerza que un niño, me había hecho errar golpes hasta convertir mi torpeza en diversión pública. Perdí por puntos, si así puede llamarse al juicio vociferado de una chusma encendida. Protesté cuando Pike me pagó menos de lo prometido, pero él se encogió de hombros y me dejó con la mitad de mi orgullo y algo menos de la mitad de mis monedas.

No fui al pub.

Remarco ese detalle, en apariencia tan pequeño, porque alumbra el final. No fui al pub a aturdirme, no me encharqué la panza de cerveza roja ni dejé que el aguardiente me embotara los pensamientos. Volví sobrio, con cada agravio intacto, con cada palabra despectiva aún vibrando en los oídos. La niebla venía baja, densa, amarilla a la luz de los faroles. En la calle, apenas un perro hurgaba entre cenizas y un marinero dormía contra una pared. Mientras avanzaba hacia nuestra casa, pensé en Ellen. Pensé que volvería a reprocharme lo de Swansea, lo del riñón, lo de la ebanistería, lo de mis manos nacidas para un destino sublime. Y, cosa extraña, no sentí culpa ni ternura, sino un fastidio creciente, frío. Burocrático, diría.

Llamé una vez.

No abrió.

Llamé otra, con más fuerza.

Silencio.

Golpeé a la puerta con el puño cerrado, como quien entra en el ring todavía con la pelea adentro. Golpeé una vez y otra, con un ritmo seco y feroz que hizo temblar el dintel. Al cabo oí pasos. El pestillo cedió.

La puerta se abrió apenas.

Y apareció una cara irreconocible.

No era la cara de Ellen que yo había admirado al pie de mi banco de trabajo, ni el de la esposa que veló mi fiebre en Swansea, ni el de la criatura paciente que me rogaba volver a la madera. Era un perfil deformado, hinchado, amoratado en los pómulos, abierto en el labio, con un ojo medio cerrado bajo un hematoma negruzco. Una cara destrozada a golpes, no por la brutalidad ciega de un borracho de muelle, sino por puños certeros, profesionales, acostumbrados a dañar con exacta economía.

Ella sostuvo la puerta con una mano temblorosa.

Y con la otra, alzando apenas la vela para que yo la viera mejor, dijo en voz serena:

—Pasa.

Yo no entré.

No pude.

En un relámpago de espanto comprendí por qué sus súplicas de tantos meses me habían perseguido con un tono distinto del mero temor. Comprendí la razón de ciertos silencios, de ciertas mañanas en que ella me miraba apartando apenas la cara. El porqué de ciertas noches en que el odio a mí mismo me había parecido excesivo para provenir sólo del ring. Los golpes que uno aprende para ganarse el pan no siempre esperan al público ni al serrín ni a la campana. A veces vuelven al hogar escondidos en las manos, como perros guardianes que ya no distinguen entre amparo y enemigo.

No recuerdo si ella lloró. Creo que no. Quien había llorado durante días en Swansea parecía haberse quedado ya sin lágrimas. Sólo recuerdo la vela, la niebla entrando por la rendija de la puerta y mi sombra, enorme y trémula, proyectada contra la pared detrás de ella como la figura de un verdugo sorprendido por su propia obra.

* Claudio Siracusano nació en 1958. Estudió Ciencias Exactas en la Universidad de Buenos Aires y pasó buena parte de su vida al frente de empresas. Presidió Autoliv, líder mundial en seguridad vehicular, en Argentina, Brasil y Sudamérica, y dirigió South African Calcium Carbide en Sudáfrica. Fotógrafo desde la juventud, se formó con maestros estadounidenses e iraníes. Hoy alterna la cámara con la consultoría en estrategia empresaria. Desde comienzos de 2000 escribe en el taller de Marcelo di Marco. El diario La Capital de Mar del Plata ha publicado algunas de sus crónicas de viajes.

Las imágenes que ilustran este cuento fueron generadas con la IA Nano Banana.

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