La Odisea, un gusto generacional
Por Agustín Del Vecchio *
Es indudable que La Odisea de Nolan ha tocado alguna fibra sensible en las nuevas generaciones. Lo que algunos conocedores juzgan como redundancias en el guión, viéndolo desde la perspectiva de un público que en su mayoría no conoce la obra original ―salvo alguna referencia de la cultura pop―, han terminado siendo apoyos necesarios hacia el sentido de la trama.
Algo semejante ocurre con sus anacronismos. Salvo algún que otro puritano de la historia, a pocos pareció importarles las armaduras negras en plena edad de bronce y otras licencias semejantes. En cambio, el público aplaudió la imponencia de Agamenón, capaz de robarse la película con apenas unos minutos en pantalla. Tampoco parece haber importado demasiado la fidelidad estricta a Homero. Después de todo, buena parte de quienes vieron La Odisea no conocen la Odisea. La película funciona, precisamente, como una puerta de entrada: una forma de acercar un relato antiguo a un público que ya no posee las claves culturales necesarias para habitarlo directamente.

Decir esto último no le quita valor. No se trata de una papilla masticada para los ignorantes. Se trata, más bien, de acercarse a Homero, si es que eso posible, en una época en la que Homero se ha perdido. Esta aparece condensada en la omnipotente ley de Zeus, la cual no se consigna en “no matarás a los invitados a tu casa”, sino que es mucho más que eso: es la síntesis de la ley universal que en algún momento de la historia se ha perdido. Una ley que nos igualaba como hombres embarcados al mismo destino, que nos separaba de los animales y llenaba nuestra existencia con algo más grande que nosotros mismos.
En ese sentido, la película es el lamento de las nuevas generaciones ante la pérdida de aquella ley. La nostalgia de la posmodernidad hacia un pasado que jamás conoció. Y contar una historia clásica desde una sensibilidad posmoderna quizá no pueda hacerse de otra manera que bajo la forma de un epitafio: como un lamento por aquello que ya no volverá.
No considero particularmente importante señalar errores por el simple placer de señalarlos. Una crítica sólo adquiere verdadero sentido cuando permite al espectador volver a una obra con una mirada distinta, acaso más atenta. Enumerar defectos para defenestrar una película es tan fácil como innecesario: el silencio es la mejor de las diatribas.
Otra cosa muy distinta es preguntarse cómo una obra podría haber sido mejor y utilizar sus defectos para comprender aquello que no terminó de funcionar. Eso me resulta mucho más enriquecedor.
En ese sentido, pienso que La Odisea podría haber tenido más éxito en sus propósitos si Nolan no la hubiese pensado como escenas fragmentadas ―mirada profundamente condicionada por una época de reels―, cada una construida para producir un impacto aislado, sino como un todo capaz de generar una unidad de efecto. Hay imágenes y secuencias poderosísimas que permanecen en la memoria del espectador, pero que no han logrado integrarse entre sí.
Algunas subtramas tampoco parecen lo suficientemente desarrolladas como para producir el interés que, supongo, estaban destinadas a despertar.
Por otro lado, hay una notoria falta de suspenso ―aunque reconozco que puede ser desafiante crear suspenso en una obra que tiene cientos de años―. Las escenas diseñadas para la sorpresa no alcanzan la intensidad necesaria para provocar un verdadero impacto.
Finalizo diciendo que la película me ha parecido una propuesta memorable. Quedará como un registro de cómo nuestra generación concebía el pasado: con extrañeza, nostalgia y con el deseo de regresar a un lugar que acaso nunca conocimos y que, sin embargo, sentimos haber perdido para siempre.
Oppenheimer regresa a Ítaca
Por Francis García Reyes **
Las discusiones sobre La Odisea de Nolan se centran en las reinterpretaciones —o deformaciones— que el director infligió al poema homérico, además de su curioso o incluso grotesco casting. Todo esto es cierto, pero también lo son los problemas intrínsecos de la película.
Más allá de su relación con el material original, La Odisea es mediocre y peca de los peores manierismos de Nolan: diálogos burdamente expositivos; vanos experimentos con el tiempo; reciclaje de actores fetiche que desentonan con los personajes, y una estética desajustada (armaduras a lo Batman).
La extraña mezcla no se queda sólo en lo visual. Aquí se intenta recuperar el tono de las películas de sandalias, pero también “deconstruir” el mito e imponerle un realismo seco…
Algunos desaciertos específicos:
Insisten en sacarnos una lágrima fácil usando al pobre Argos, abandonado y envejecido. Los pretendientes los patean a él y a su cuidador, y lo echan de la casa, y está enfermito, y cuando Odiseo regresa no le puede parar mucha bola, y le menea la cola y se muere y… La ternura degrada en cursilería.
Los personajes sueltan sus parlamentos como lo que son: parlamentos escritos. Aunque sí se sueltan con naturalidad expresiones tan helénicas como fuck off. Ni Tarantino se atrevió a tanto.
El paroxismo de lo absurdo se alcanza cuando Odiseo afirma: “Ha terminado la Edad del Bronce”. Piensen en Colón diciendo “Me voy a descubrir América, los espero allí”.
Hay diálogos de ambición shakespeariana que derivan en penuria expositiva. Telémaco reconoce a Odiseo, uno lo entiende por la actuación de Tom Holland. Igual, el personaje pregunta: “¿Eres mi papá?”. Un subrayado para la generación TikTok.

Y, por supuesto, pancartas de actualidad, dejando claro qué “causas” hay que apoyar y qué partido votar.
Nolan convierte a Odiseo en un soldado traumado por la guerra. Es Oppenheimer, con caballo en lugar de bomba. El director dijo que descubrió las semejanzas al terminar La Odisea, aunque sí buscó desde el vamos una deconstrucción del héroe.
Estos cambios no encajan con el poema ni con su protagonista. El Odiseo de Homero es astuto, supera las circunstancias y actúa con iniciativa. El de Nolan no resuelve los problemas: carga con ellos. La hybris del Odiseo clásico es la soberbia. Hybris, no pecado. Nolan impone al mundo griego antiguo el filtro de un cristianismo protestante, aséptico, limpio de Cristo y de toda trascendencia. Y ese rechazo a la trascendencia llega hasta tal punto que ni los dioses griegos se salvan: casi todos son borrados de la historia. Sólo permanece Atenea, reducida a una especie de alucinación muda, quizás un trauma de Odiseo. Es un cristianismo laico, pop, moralista: fácil de comprar para las élites nihilistas de Hollywood.
Por eso no resulta contradictorio que este Odiseo se la pase llorando por haber acabado con una guerra de años y luego saquee los poblados por los que pasa o masacre a los pretendientes a lo Jason Bourne. Es la hipocresía moralista que destila Hollywood, un manjar para el hombre-masa.
Lo irónico es que Nolan basó su versión en una muy creativa traducción de Emily Wilson, feminista radical. Wilson se quejó de la película y dijo que era una traición al mito.
Uno se pregunta si el director, indiferente al sentido real del poema homérico, no podría haber usado cualquier otra historia para tratar los temas que le preocupaban. Pienso en un Popeye con los antebrazos deformados por la guerra. O Astérix y Obélix encarnando la memoria fragmentada de los galos. Podría haber elegido cualquier historia.
Pero eligió los cimientos de Occidente. Eligió La Odisea.
La Odisea con minúsculas
Por Edu Benca ***
Nos encontramos ante una película excelente, si olvidamos que está basada en la Odisea, de Homero. Tengo la certeza de que quedará impresa en las mentes de las nuevas generaciones cinéfilas, siempre y cuando sea su primer acercamiento a los olímpicos y a los héroes. Pero si —como fue mi caso— la ves con las esperanzas de presenciar la más grande épica jamás contada, habrás perdido tu tiempo.
Me detengo rápidamente en los actores: Matt Damon es más un francotirador norteamericano con estrés postraumático que el divino laertíada Odiseo, Anne Hathaway es una histérica en vez de ser la prudente Penélope, Menelao es un hustler del Bronx, y Telémaco es Spiderman con túnica y sandalias. El resto es intrascendente. Pudieron haber elegido a cualquier otro elenco y no hubiera cambiado nada, lo cual es malo, pero no es culpa de los actores sino del director. El cine se compone del montaje, el guion y la puesta en escena. O sea, del director y su equipo de producción. Un actor desconocido, uno conocido, uno que hizo malos trabajos o uno que hizo puras obras maestras, tan sólo se proyectará en función de aquel que lo dirige y de aquel que lo edita. Nadie puede salvar una película únicamente con su actuación: para eso está el teatro.
¿Entonces qué hace a una buena película? En literatura existe una buena manera de abordar qué hace a un buen libro: la unidad de efecto de Edgar Allan Poe. Una obra es buena o es mala en su totalidad. Si sólo destaca por un aspecto, el espectador despierta del trance, y se rompe el pacto. Todos los elementos deben cooperar con el objetivo de lograr una pieza maestra en conjunto.
¿Es esta una buena pieza? ¿Es la Odisea?

Antes de responderme eso, me pregunto si es una odisea con letras minúsculas: en la película, el paso del tiempo y los kilómetros recorridos no pesan. Veinte años. Semanas de viajes en altamar, años en distintas islas enfrentando diferentes peligros. Nada.
Por momentos me sentí en Gotham más que en Troya durante el saqueo a la ciudad. Y lo mejor de las casi tres horas de película es sin duda el cíclope. Nótese que digo “cíclope” y no Polifemo, como debería, ya que nunca nos cuentan su historia. Reducen al hijo de Aquel que sacude la tierra a un simple gigante come-hombres que pastorea ovejas en una isla. Ni hablar de Circe, Calipso, Alcínoo, Agamenón, Anticlea, Atenea.
Los mortales actúan con miedo y no con hospitalidad. Como si la xenía fuera una imposición y no un acuerdo.
Es inevitable sentir cómo modifican al héroe y al relato para que encajen con la visión sesgada de nuestro tiempo. Olvidan que la simbología es atemporal. Si limitas o encasillas a personajes complejos para resaltar un aspecto específico en función del mensaje, se pierde la profundidad, y la interpretación se disuelve.
Pero fiel o no, no importa.
Que una versión fiel sea mejor que una “infiel” es sólo el arte imponiéndose una vez más. ¿O por qué piensas que, de antemano, ya están adaptando una obra a la máxima expresión del arte que es el cine? Debe ser porque fue exageradamente buena entre el mar de obras que se publican.
Al final de todo, las malas obras son tan necesarias como las buenas obras, y las obras intermedias lo son aún más. Como dice Stephen King en Danza macabra: uno no puede apreciar la crema a menos que haya bebido un montón de leche, y quizá ni siquiera sea posible apreciar la leche si nunca ha bebido un trago de leche amarga.

* Agustín Nicolás Del Vecchio nació el 1° de marzo de 2002. Desde muy chico se interesó por toda actividad intelectual que se le cruzara por delante, y hasta hoy sigue teniendo esa obsesión. Para él, la lectura no es solo una pasión: es una necesidad, necesidad que crece a lo largo de los años. Comenzó a escribir en 2017, gracias a la recomendación de un amigo, y desde entonces trabaja muy duro para perfeccionar su estilo. Una tarea en la que es fundamental la influencia del Taller de Corte y Corrección. En la actualidad, se encuentra cursando la Licenciatura en Psicología en la Universidad Abierta Interamericana, mientras sigue formándose en literatura.

** Ángel Eduardo Benítez Campos, más conocido como Edu Benca (Asunción, 2000) cursó la carrera de Cinematografía en la Universidad Columbia del Paraguay. Se especializó en Formación Profesional de Escritura y Análisis de Guion Cinematográfico en la escuela audiovisual La Lumière (Argentina) con su largometraje en desarrollo La última parada. Certificado en Crítica y Análisis Cinematográfico en la consultora de guiones La Pistola de Chéjov (Paraguay).
Es el primer paraguayo en trabajar estilo y estructura narrativa en el Taller de Corte y Corrección (Argentina), en su novela Raykatz: destructor de mundos, bajo la tutela del best seller Marcelo di Marco, y de la profesora de Literatura y escritora Nomi Pendzik. Publicado en el diario La Capital de Mar del Plata con su crónica Tuve que irme preso para darme cuenta.
Escribió, editó, y realizó materiales audiovisuales para muchas marcas y organizaciones tales como Mercedes Benz y la Unión Europea. Uno de sus trabajos más relevantes es la escritura y el montaje de la serie documental El Triki: persiguiendo un sueño, emitida por TV en el canal Tigo Sports, y publicada en YouTube. Fundó la productora audiovisual Mensú Films, donde ejerce como director creativo. Y escribió y dirigió el largometraje Isla, atrapado en medio de la ciudad, a estrenarse próximamente en los cines.

*** Francis Savier García Reyes
(Santo Domingo, República Dominicana, 1989)
Francis García Reyes, escritor y licenciado por la Universidad Complutense de Madrid en Lenguas Modernas y sus Literaturas. Viajero, marcialista y aficionado al cine, la historia y la escalada. Pero, por encima de todo, apasionado de los pequeños y grandes misterios del mundo. De esa pasión le nace el interés por la literatura, entendida como una de las formas más privilegiadas de explorar el sentido de lo humano.
Trabajó como traductor de alemán para el blog Erasmusu y ha colaborado con la revista digital Fin y con el diario La Capital de Mar del Plata. En este último medio se publicó asimismo un artículo de Nomi Pendzik dedicado al análisis de uno de los capítulos de Tito Roque, novela inédita que García Reyes se encuentra corrigiendo con Marcelo Di Marco. En paralelo, trabaja en la redacción de su segunda novela.
Su formación literaria se ha desarrollado en distintos grupos del Taller de Corte y Corrección, del que actualmente administra el podcast en iVoox.
En la actualidad compagina la escritura con sus estudios de Informática en la Technische Hochschule de Mannheim, en Alemania.
Las imágenes que ilustran esta entrada son fotogramas de la película La Odisea (Christopher Nolan, 2026) elegidos por los autores.





