por Jaime García *

Cuando uno convive durante muchos años con la obra de Fernando Pessoa, termina sintiendo una curiosidad inevitable por el hombre que escribió esas páginas. Es una curiosidad distinta de la que despiertan otros escritores. No nace del deseo de descubrir episodios extraordinarios de su vida, sino de comprender cómo una existencia aparentemente tan discreta pudo dar origen a un universo literario de semejante amplitud. Y la primera sorpresa no tarda en aparecer.
Cuando la primavera de 1888 se acercaba lentamente a su fin, nació en Lisboa quien habría de convertirse en una de las voces más singulares de la literatura portuguesa. Las circunstancias familiares lo llevaron a Durban, en Sudáfrica, cuando aún era un niño. Allí recibió una sólida formación en lengua y cultura inglesas, experiencia que marcaría profundamente su educación y su sensibilidad. Años después regresó a Lisboa, la ciudad donde transcurriría casi toda su vida y que terminaría convirtiéndose en el escenario inseparable de buena parte de su obra.
Si sólo conociéramos esos pocos datos, difícilmente sospecharíamos la dimensión del mundo que comenzaba a formarse detrás de aquella existencia. La biografía de Pessoa parece resistirse a la idea que solemos tener de las grandes biografías. No hay en ella largos viajes, cargos públicos, aventuras memorables ni una sucesión de episodios destinados a llamar la atención de la historia. Su vida exterior fue serena, ordenada y, en muchos aspectos, casi invisible. Sin embargo, detrás de esa discreción se desarrollaba una de las aventuras intelectuales más extraordinarias que pueda ofrecer la literatura.
Para sostenerse económicamente trabajó como traductor de correspondencia comercial, redactando cartas de negocios entre el portugués, el inglés y el francés. Pero esa tarea cotidiana convivía con una intensa actividad intelectual. Colaboró con revistas y periódicos, escribió ensayos de crítica literaria y política, participó activamente en los movimientos de renovación cultural de su tiempo y fue uno de los impulsores de la revista Athena, desde la cual contribuyó a difundir nuevas ideas estéticas dentro de la literatura portuguesa.
Su relación con las lenguas fue mucho más que un instrumento de trabajo. Traducía porque habitaba naturalmente varios idiomas, y esa convivencia con distintas tradiciones literarias amplió el horizonte de su propia escritura. Entre sus traducciones ocupa un lugar especialmente significativo “El Cuervo”, de Edgar Allan Poe. No parece una elección casual. La cadencia hipnótica del poema, su arquitectura verbal, la presencia obstinada de la memoria y de la ausencia, así como el clima de inquietud que lo atraviesa, dialogan con zonas muy profundas de la sensibilidad de Pessoa. Traducir aquel poema era, en cierto modo, conversar con un escritor al que reconocía como un interlocutor privilegiado.
Mientras desarrollaba todas esas actividades, otra obra crecía silenciosamente. Cuadernos, hojas sueltas, sobres y papeles de toda clase comenzaron a poblarse de poemas, reflexiones, proyectos y fragmentos que parecían pertenecer a escritores diferentes. Quienes lo trataban conocían a un hombre reservado, de costumbres sencillas y vida metódica. Muy pocos podían imaginar que, detrás de esa apariencia, se estaba gestando una de las aventuras literarias más originales del siglo XX, sólo revelada tras su muerte, cuando fue hallado el famoso baúl que guardaba aquel prodigio.
Los hechos, por sí solos, apenas alcanzan para dibujar el contorno de una existencia. En Pessoa ocurre algo singular: muchas veces son sus libros los que terminan iluminando su biografía. Sólo después de recorrer sus poemas, sus cartas y sus páginas en prosa, aquellos acontecimientos aparentemente modestos adquieren un significado distinto. La discreción deja de parecer una ausencia de acontecimientos para convertirse en el espacio donde una imaginación excepcional encontró la libertad necesaria para crear un mundo propio.
Si la obra de Pessoa hubiese terminado allí, ya ocuparía un lugar destacado dentro de la literatura portuguesa. Pero aquello que verdaderamente la distingue comenzó a revelarse cuando su escritura dejó de pertenecer a una sola voz.
A lo largo de la historia muchos escritores recurrieron a seudónimos. Pessoa hizo algo muy distinto. No buscó ocultar su identidad bajo otros nombres, sino explorar la posibilidad de que una misma conciencia pudiera mirar el mundo desde perspectivas diferentes. Así nacieron Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos. Cada uno posee una biografía, un estilo y una manera de comprender la realidad tan definidos que el propio Pessoa llegó a describirlos como si se tratara de personas reales con las que mantenía una relación de convivencia.
No conviene entender esa pluralidad como un juego literario ni como una curiosidad biográfica. Los heterónimos nacen de una necesidad creadora. Allí donde otros escritores encuentran una única voz para expresar su experiencia, Pessoa necesitó varias. No porque ignorara quién era, sino porque intuía que una sola mirada nunca alcanzaría para abarcar toda la complejidad de la existencia.
Alberto Caeiro contempla el mundo con una sencillez que desarma cualquier artificio. Ricardo Reis encuentra en la serenidad y en la medida una forma de sabiduría. Álvaro de Campos abraza la intensidad, el entusiasmo y el desencanto con una fuerza casi desbordante. Ninguno anula a los otros. Todos amplían el territorio de la experiencia humana. Al recorrer sus obras no sentimos que un autor cambie de máscara, sino que asistimos al diálogo entre distintas maneras de habitar el mundo.
Hay, sin embargo, otra figura que ocupa un lugar diferente. Bernardo Soares no es un heterónimo pleno, sino aquello que Pessoa llamó un «semiheterónimo». La diferencia parece pequeña, pero resulta reveladora. Soares se encuentra mucho más cerca de su creador. Comparte con él la vida discreta, el trabajo cotidiano, el lento transcurrir de los días y una sensibilidad que convierte las impresiones más simples en materia de reflexión. Quizá por eso, al leerlo, la distancia entre el hombre y la obra parece reducirse hasta casi desaparecer.
También Lisboa adquiere entonces un significado nuevo. Ya no es solamente la ciudad donde Pessoa vivió, sino el escenario donde esas distintas voces encontraron su lugar. Sus calles, los cafés, las oficinas comerciales, el Tajo, la luz cambiante sobre las fachadas y los recorridos cotidianos dejaron de ser un simple paisaje para convertirse en parte de una geografía interior. La ciudad no funciona como un decorado: respira junto con quienes la habitan y termina formando parte de su pensamiento.

Entre todas las obras de Pessoa, ninguna expresa con tanta intensidad esa unión entre la ciudad y la conciencia como el Livro do Desassossego. Es un libro difícil de clasificar, y quizá esa dificultad constituya una de sus mayores virtudes. No avanza hacia un desenlace ni construye una historia en el sentido habitual del término. Está formado por fragmentos que parecen surgir de la vida cotidiana y, sin embargo, terminan abriendo un espacio de reflexión que rara vez se agota en la primera lectura.
En sus páginas no encontramos una sucesión de acontecimientos extraordinarios. Encontramos algo mucho más infrecuente: la paciente exploración de una conciencia. Cada observación, cada recuerdo, cada estado de ánimo adquiere una profundidad inesperada porque está atravesado por una mirada que no deja de interrogarse sobre el mundo y sobre sí misma. El verdadero argumento del libro no es lo que sucede, sino la manera en que la realidad es percibida.
Y es precisamente allí donde, casi sin advertirlo, la biografía comienza a ceder el lugar a otra historia: la del lector que, muchos años después, abre esas páginas y descubre que también él ha entrado en esa conversación silenciosa.
Mi encuentro con el Livro do Desassossego tuvo, desde el comienzo, una forma de lectura distinta de la que suelo mantener con otros libros. Algunos parecen pedir que recorramos sus páginas siguiendo el camino que el autor dispuso para nosotros. Otros, en cambio, aceptan ser visitados de un modo más libre, como quien vuelve una y otra vez a un mismo lugar sabiendo que nunca lo encontrará exactamente igual. El libro de Bernardo Soares pertenece, para mí, a esa segunda clase.
Con los años empecé a abrirlo al azar. No fue una decisión deliberada. Simplemente ocurrió. Descubrí que podía detenerme en cualquier página y encontrar allí un fragmento capaz de acompañar el momento que estaba viviendo. Nunca tuve la impresión de estar interrumpiendo una lectura. Al contrario: cada regreso parecía continuar una conversación que había quedado suspendida la vez anterior.
Esa forma de leer sólo me había sucedido con muy pocos libros. Pienso en Don Quijote, en Ulises, en Finnegans Wake y en algunos libros de poesía a los que vuelvo desde hace décadas. Son obras que, aun después de haber sido leídas por completo, conservan la capacidad de abrirse como si fuera la primera vez. No importa tanto el orden de las páginas como la disposición del lector. Cada encuentro inaugura una lectura nueva.
Con el paso de los años comprendí que esa experiencia decía algo sobre el libro, pero también sobre quien lo leía. Hay relecturas que modifican profundamente nuestra opinión acerca de una obra. Un libro que nos deslumbró en la juventud puede parecernos menos intenso muchos años después; otro, casi inadvertido en un primer encuentro, revela con el tiempo una riqueza inesperada. La vida cambia nuestra mirada y, con ella, cambian también los libros.
Con Pessoa me ocurre algo diferente. Mi mirada, naturalmente, ya no es la de hace treinta o cuarenta años. La experiencia, las pérdidas, las alegrías y el simple paso del tiempo han transformado mi manera de leer. Sin embargo, cada regreso al Livro do Desassossego conserva intacta la intensidad del primero. No encuentro siempre las mismas páginas ni me detengo en los mismos fragmentos. Lo que permanece es otra cosa: la certeza de que ese libro continúa teniendo algo verdadero para decirme.
Tal vez porque nunca pretende enseñar. Soares no ofrece respuestas ni construye un sistema de ideas. Observa. Duda. Se detiene en una sensación fugitiva, en una calle recorrida tantas veces, en una tarde cualquiera, en el cansancio de una jornada de trabajo o en un pensamiento que aparece sin anunciarse. Y, sin embargo, de esas pequeñas cosas nace una forma de conocimiento que difícilmente podría alcanzarse por otros caminos.
En ese sentido, el Livro do Desassossego constituye una autobiografía muy singular. No está hecha de fechas memorables ni de acontecimientos decisivos. Está hecha de conciencia. Lo que importa no es tanto lo que ocurrió como la manera en que cada experiencia fue vivida. Al terminar una página, uno conoce muy poco más sobre la vida exterior de Bernardo Soares; conoce, en cambio, mucho mejor el movimiento de un alma que intenta comprenderse mientras contempla el mundo.
Quizá por eso nunca sentí que estuviera leyendo únicamente la vida de otro. Sentí, más bien, que esas páginas me ayudaban a mirar con mayor atención la mía. No porque reflejaran exactamente mis experiencias, sino porque despertaban preguntas que también me pertenecían. Esa es, sospecho, una de las formas más discretas y profundas de la literatura: no reemplaza nuestra vida por la del autor; nos devuelve la nuestra bajo una luz diferente.
Hay escritores cuya compañía termina cuando cerramos el libro. Otros permanecen en la memoria durante algún tiempo y regresan de vez en cuando. Pessoa pertenece, para mí, a un grupo todavía más reducido. Sus páginas siguen acompañándome muchos años después de haberlas leído. A veces basta recordar una frase para que una situación cotidiana adquiera un significado imprevisto. Otras veces basta abrir el libro por cualquier lugar para sentir que la conversación continúa exactamente donde había quedado.
Y fue entonces cuando comprendí que la relación entre un lector y un escritor puede parecerse, en algunos aspectos, a una amistad. No una amistad nacida de la convivencia ni del trato personal, sino de esa confianza silenciosa que sólo el tiempo es capaz de construir. Después de muchos años de frecuentar una obra, uno deja de buscar únicamente inteligencia o belleza. Busca también una presencia.
La poesía de Pessoa abre todavía otra puerta hacia ese universo. Cada uno de sus heterónimos canta el mundo con una voz diferente, pero hay momentos en que esas voces parecen reunirse alrededor de una misma pregunta: cómo habitar la existencia con lucidez, cómo aceptar la belleza de las cosas sin intentar poseerlas, cómo reconocer que la vida continúa más allá de nosotros.
Entre todos esos momentos, hay un poema de Alberto Caeiro al que siempre regreso. En “Quando vier a primavera”, la inminencia de la propia muerte no se vive como una tragedia ni como una rebeldía contra el destino. La primavera volverá. Los árboles florecerán otra vez. Los niños seguirán jugando bajo el mismo sol. El mundo no necesitará de nuestra presencia para continuar siendo mundo. Y, lejos de producir desesperación, esa certeza se convierte en una forma de serenidad.
El poema de Caeiro fue escrito, según se dató, el 7 de marzo de 1914, en un momento muy alejado de la propia muerte de Pessoa, ocurrida a mediados de otoño de 1935.
Cada vez que vuelvo a ese poema tengo la impresión de que Caeiro no está hablando únicamente de la muerte. Está hablando, sobre todo, de la confianza. De aceptar que pertenecemos a un orden más vasto que nosotros mismos y que la belleza de la naturaleza no disminuye porque nosotros dejemos de contemplarla. Hay una humildad profunda en esa mirada, una reconciliación con el ritmo de las estaciones que termina iluminando también nuestra propia existencia.
Quizá esa aceptación explique por qué Pessoa sigue acompañándonos sin imponerse nunca. Sus libros no reclaman adhesiones. No pretenden convencernos de nada. Permanecen abiertos, esperando que cada lector encuentre en ellos la pregunta que necesita hacerse en ese momento de su vida. Por eso cada regreso es diferente y, al mismo tiempo, conserva el mismo asombro del primero.

Con los años comprendí que esa fidelidad a un libro se parece mucho a la fidelidad que existe entre los amigos. No nace del entusiasmo inicial ni de la admiración. Nace de la permanencia. De saber que, aunque pasen los años, esa voz seguirá allí cuando volvamos a buscarla.
Los amigos no sólo nos acompañan: nos ayudan a conocernos. Gracias a ellos descubrimos aspectos de nosotros mismos que permanecerían ocultos si estuviéramos solos. Ellos no nos inventan; nos revelan.
Con los grandes escritores ocurre algo semejante. No porque ocupen el lugar de nuestros amigos, sino porque la conversación que entablamos con sus libros termina formando parte de nuestra propia vida. A través de sus palabras aprendemos a nombrar emociones que apenas intuíamos, reconocemos inquietudes que creíamos exclusivamente nuestras y encontramos una compañía que no depende de la cercanía física ni del tiempo compartido.
Fernando Pessoa pertenece, para mí, a ese reducido grupo de escritores cuya obra termina convirtiéndose en una presencia. No porque responda todas las preguntas, sino porque enseña a convivir con ellas. Después de tantos años de frecuentar sus páginas, ya no siento que vuelva únicamente a un libro. Siento que regreso a una conversación que nunca quedó interrumpida.
Tal vez ésa sea la forma más silenciosa y duradera de la amistad. Una amistad que atraviesa el tiempo, que no conoce el encuentro personal y que, sin embargo, crece con cada relectura. Una amistad nacida de las palabras.
Y por eso, al terminar estas páginas, la palabra que mejor expresa lo que siento no es admiración. Es gratidão.
Me gusta conservarla en portugués porque esa lengua parece guardar un matiz que ninguna otra alcanza del todo: el reconocimiento sereno de un bien recibido, acompañado del deseo íntimo de hacerlo saber. Después de muchos años de lectura, eso es lo que experimento frente a la obra de Fernando Pessoa. Gratitud por la belleza, desde luego; pero también por la compañía. Gratitud por haber descubierto, en las páginas de un hombre al que nunca conocí, una voz que me ayudó a comprender mejor muchas cosas del mundo y, sobre todo, de mí mismo.
Desde entonces vuelvo a sus libros como se vuelve a la casa de un viejo amigo. No porque espere encontrar respuestas nuevas, sino porque allí siguen esperándome las preguntas que vale la pena no dejar de hacerse. Quizá ésa sea la forma más discreta que tiene un lector de expresar su gratitud.
Obrigado!

* Nacido en la ciudad de Buenos Aires el 24 de marzo de 1954. De formación académica en Astronomía, Física y Matemática en las universidades de La Plata y CAECE (Argentina), así como en la Federal de Minas Gerais (Brasil), su título es Doctor en Matemática Aplicada, obtenido en 1981. Es fundador y actual director del Observatorio Astronómico del Instituto Copérnico, en Rama Caída (Mendoza), localidad donde reside desde 1994. Su relación con la literatura, la música y las artes plásticas es de larga data: realizó cursos formales e informales de estas disciplinas en paralelo con sus estudios secundarios y universitarios. Si bien siempre escribió poesía y tomó fotografías, sus primeros libros publicados (en Brasil, España y Argentina) fueron técnicos, tanto ensayos como de divulgación científica. En ese ámbito, los más recientes son Estrellas y Matemática, y Conociendo el cielo austral, publicados por Editorial Kaicron en 2012 y 2014, respectivamente. En 2022, LP Editores le publicó Amalgama, un libro de fotografías y poemas en portugués y castellano, dado que a Jaime le gusta escribir en ambas lenguas. Desde entonces ha venido realizando muestras de poemas y fotografías en espacios de arte de la provincia de Mendoza. En 2025 publicó un nuevo libro de astronomía para todo público, titulado Portal al Universo. Actualmente está en imprenta otro libro de divulgación de la astronomía, titulado Guía oficial del Eclipse anular de Sol del 6 de febrero de 2027. Desde agosto de 2024 participa del Taller de Poesía, dictado por la poeta Analía Pinto, en el marco del Taller de Corte y Corrección.





