por Javier Rodríguez *
La gran literatura te modifica, te transforma el alma. Y no sólo la literatura, sino también la pintura y la música y la ópera. En el cuento “Los muertos”, James Joyce (1882-1941) nos muestra todo eso y más.
Ahora, esta noche, que estoy mirando hacia fuera cómo se derrama la lluvia contra la ventana de mi cuarto, pienso en ese cuento que integra Dublineses.
No cae nieve acá, pero sí relámpagos que iluminan la oscuridad más pura de mi habitación: los truenos y las ráfagas de viento vibran en armonía con el relato. Como latidos.
Una armonía de latidos, sí. Eso es lo que sentí al releer esta mañana soleada de otoño “Los muertos”, escrito en 1907 por un James Joyce joven y genial, y publicado en 1914.
No sé muy bien qué me llevó esta mañana a sacar de la biblioteca mi ejemplar de Dublineses y a guardarlo en la mochila. Quería —necesitaba— tenerlo conmigo en el trabajo.

A eso de las dos de la tarde, cuando el sol pegaba en la vidriera y contrastaba con el paisaje de lo que Joyce me iba mostrando, no pude seguir con la relectura: sabía que poco a poco las páginas me temblarían como la última vez. Deseaba leer atentamente, incluso oír la tranquila y furiosa voz de Joyce; percibir los contrastes y otros recursos para hacernos vivir la narración bien desde adentro. Porque ahí empieza esta obra magistral de Joyce, con una certera pincelada de lo que ocurre en aquella velada de Navidad en Dublín: el antagonismo oculto de dos almas que se reconciliarán con una muerte.
O con una vida.
¿Cómo habrá creado semejante relato clásico este escritor irlandés que estaba destinado a revolucionar la novelística universal con su Ulises? ¿Por qué es tan perfecta la estructura de “Los muertos”, la justa medida de hechos que conducen a lograr tal sensación? No es casual que la cena ocurra en Navidad. Joyce urde un clima de fiesta, de valses y de cantos. Incluso el protagonista repasa solapadamente el discurso con el que disertará en la cena. “Uno siente que está escuchando la música atormentada por el pensamiento”.Estas líneas acompañan al argumento de la obra.
Nada es casual. Tampoco cuando observa el cuadro de Romeo y Julieta. Nos va colmando de significado.
Y también discuten de ópera, de tenores y de música. Nos siembra la mente, nos prepara para una revelación.
Pienso que en las páginas previas al inminente final, Joyce supo dar risa y luz y alegría y movimiento a sus personajes, para después contrastar con las últimas páginas, que son sombrías y calmas y de suma retrospección para sus dos protagonistas: Gabriel y su esposa Gretta.
Después de la cena y del baile y del canto de la tía Kate, ya se retiraban algunos invitados. Gabriel ve a alguien en el primer rellano de la escalera. Una sombra quieta, en la oscuridad. Es su esposa. ¿Qué estará haciendo ahí?
Joyce escribe: “Estaba apoyada en la baranda, prestándole atención a algo. Alguien cantaba”.
Un piano. El canto de un hombre.
¿Quién es ese hombre?
Gabriel se pregunta qué estaría esperando su esposa en la penumbra de la escalera, escuchando una música lejana. Como un símbolo.
“Si fuera pintor, la pintaría en esa actitud. Su sombrero azul caído exhibiendo el bronce de su pelo contra la oscuridad y los oscuros retazos de su pollera exhibirían las partes más claras. Si fuera pintor, llamaría “Música distante” a ese cuadro.”
Y después más trazos y más trazos para seguir contrastando con las páginas anteriores, en las que las risas y los brindis y la soltura de movimientos con las interminables voces hacen que las últimas páginas se las perciba lentas y acompasadas con el clima de afuera. Esa contraposición, esa discordancia con lo de afuera y adentro la sufrirá Gabriel. Y, al final, con una epifanía.

Después de los adioses, el matrimonio va a pasar la noche en un hotel. “Si fuera por ella, caminaría por la nieve.
Pasaría la noche con ella, y a solas.
La débil luz de la lámpara callejera entraba por un tramo de la ventana hasta la puerta.”
Ahí Joyce nos cuenta que Gabriel miró hacia la calle para tratar de calmar sus sentimientos.
¿Qué le ocurriría a su esposa? Estaba ida, enigmática. Y eso lo atraía más.
Incluso también él se sentía diferente. Hechizado. Pero no sabe muy bien por qué. ¿Por la hermosura de su esposa? ¿Lo brillante de sus ojos? No, había en ella una tranquila desesperación. Una antigua tristeza.
El lector quiere averiguarlo. El lector empatiza con él: ve todo con sus ojos, siente cada interrogante como si fuera Gabriel mismo. Joyce nos mete bien adentro del cuento con palabras y más palabras que caen en sensaciones.
Como la nieve.
Nos hace temblar, y no sólo de frío.
Sí, a esta altura de la narración nuestra alma se mete en la de Gabriel. Nos vamos convirtiendo en Gabriel.
Ella está mirando por la ventana. Y él le pregunta:
“—¿En qué estás pensando, querida mía?”.
No responde. Gabriel vuelve a preguntar.
Ella no lo oye. Está sumergida en otra época. Oyendo otras voces. Él la ve incluso más joven. Como una muchacha desprotegida. Y más hermosa que nunca.
“—Oh, estoy pensando en aquella canción, La muchacha de Aughrim.”
¿Por qué la haría llorar aquella canción?
Por un muerto. Por un muerto que tiene más vida que él mismo.
Ella le cuenta el secreto de su pasado. Gabriel piensa: “Mejor pasar rápido a otro mundo, con la gloria plena de una pasión.”
Gretta se queda dormida, entre lágrimas. Y tal vez soñando con imágenes de aquella lluvia fría de su secreto.
Pero ahora no llueve: “Es la peor nevada de hace treinta años. En los diarios dicen que nieva así en toda Irlanda”.
El ritmo de la narración es cada vez más sombrío, más lento, en relación con lo que viven y sienten y recuerdan Gabriel y Gretta.
El secreto que le ha revelado su esposahace que la noche se pueble de fantasmas en la nieve.
Pienso que en ese instante es cuando el protagonista se redime: se vuelve contemplativo, su alma ya no es la de antes. Es transformado. Es Navidad.
Y Gabriel también llora, solo.

Y vuelve a mirar por la ventana.
Y las lágrimas se le hacen más gruesas. Se da cuenta de la miseria de su propia vida. Su tenue vida. Ha sido derrotado por un muerto. “Seguramente en sus pensamientos, ella me compara con él.”
Madrugada.
La nieve no para de caer. Tampoco sus lágrimas. Quizá contempla por la ventana con la sensibilidad de su esposa. Con los ojos y el alma de su esposa.
Ella sigue durmiendo.
Intenta descubrir aquello que alguna vez la ha conmovido.
“Contempla entredormido los copos, plateados y oscuros cayendo oblicuamente contra la luz de la lámpara.”
Su alma está en paz como si se hubiese confesado. Ya no será el mismo de antes, ya no será un muerto.
Pienso que yo tampoco.
Ha dejado de llover. Es de madrugada. Sí, ya no seré el mismo de antes después de “Los muertos”, de Joyce. Yo también he sido transformado.

* Javier Rodríguez (Merlo, Buenos Aires, 1975) publicó el libro de poemas La rosa líquida (Huesos de Jibia, 2011). En la soledad de un cajón guarda una novela, una antología de cuentos y tres libros de poesía. Todos inéditos.
Se formó en el taller de Marcelo di Marco.
Las imágenes pertenecen a la película Los muertos (The dead), de John Huston (Irlanda, Reino Unido, 1987).





