por Gandy Cruz *
¿Sabes, muchacho? Casi le hago tragar la dentadura postiza al viejo Mena cuando me dijo que quería una noche con mi mujer.
―Voy a ser directo, joven ―me dijo, con esa gastada voz de los que ya no esperan nada―. Me queda poco. Desde que mi Lucila se me adelantó hace años no he tenido a nadie, y antes de morir quiero llevarme una última alegría. Para irme tranquilo. A cambio, estoy dispuesto a entregarte todo lo que tengo: esta casa… y una platita.
Me quedé mirándolo. No le entendí al vuelo. Pero fue como si el viejo hubiera carraspeado para escupirme.
―Qué carajo está diciendo, don Mena ―dije, alzando la voz―. Hable claro.
Él bajó los ojos, se frotó la nuca, respiró hondo y volvió a mirarme.
―Le estoy diciendo, joven, que estoy dispuesto a dar esta casa… y veinte mil soles… por una noche con Dorita.
El salivazo en toda la cara. De estar hablando de los meses de alquiler que le debía, pasamos derechito a la mierda.
―¡Viejo conchatumadre! ―le dije, agarrándolo de la chompa―. ¡Qué chucha crees que soy! Mi mujer no es una puta, carajo.
Y le metí un puñete. Uno seco, directo. Él cayó sentado en el sofá, medio doblado, como si se le fuera a romper el cuerpo.
―Tranquilo, hijo ―dijo tomándose la cara, acomodándose la dentadura―. Tranquilo. Déjame explicarte.
―Explicarme qué, viejo arrecho ―lo agarré de nuevo, y levanté el puño otra vez.

Él alzó las manos, cerró los ojos rindiéndose.
―Cálmate ―dijo―. No hagas algo de lo que te puedas arrepentir. Hablando se entiende la gente.
Con un pie y medio en la tumba y tan pendejo, pensé. Quién iba a imaginar, muchacho, dime tú. Quién iba a imaginar semejante propuesta de un viejito encorvado, arrugado como pasa y encima cojo.
Lo solté. Si le hubiera dado otro golpe terminaba en Lurigancho y no sería yo el que te estaría contando esto.
―Tienes veinte segundos. Habla rápido.
―Sé que están hasta el cuello ―dijo sobándose la cara―. Que tú no tienes trabajo. Que Dorita hace lo que puede. Y el niño… necesita operarse, ¿no?
No respondí. No era necesario.
―Casa y plata le cambian la vida a cualquiera. Ustedes son jóvenes. Salvan al chico, y de ahí nomás pueden empezar de cero. Te estoy ofreciendo una salida.
Y lo peor, escúchame bien: lo peor es que el viejo tenía razón. Estábamos hasta el cuello. Yo había salido de la textilería sin ningún motivo. Dora limpiaba casas y traía lo que podía, pero no alcanzaba. Le debíamos cinco meses de alquiler al viejo de mierda. Y Mateo, cada día más flaco, más pálido, necesitaba operarse.
―¿Y cuánto me queda a mí? ―siguió el viejo―. ¿Un año? ¿Seis meses? ¿Tres? ―Meneó la cabeza―. Quiero irme con un último recuerdo. Uno bueno. No pido más. Y Dorita me hace pensar tanto en mi Lucila de joven. ―Lo dijo con una dulzura podrida, me revolvió el estómago―. No tienes que responderme ahora, hijo. Piénsalo. Háblalo con ella. Esto ―recorrió la sala con los ojos― y la plata pueden ser de ustedes. Casa, dinero. Si aceptan, dejo todo a nombre de Dorita. O al tuyo, como digan.
―Además de viejo eres estúpido o qué ―le escupí las palabras―. Te he dicho que mi mujer no es una puta ni yo soy su cafiche. No tengo que pensar un carajo.
Yo lo insultaba, y él aguantaba nomás. Siguió, sin inmutarse:
―Lucila y yo no tuvimos hijos. Y la poca familia que me queda ha hecho su vida lejos. Nadie se acuerda de mí. No tengo herederos. Va a ser fácil. ―Me miró. No con lascivia, ni con maldad. Con una tristeza vieja, vencida, como si ya se hubiera despedido del mundo hace rato y sólo estuviera esperando partir―. Piénsalo, hijo. Una noche. Ustedes tienen toda la vida por delante y van a olvidarse rápido. Para mí, va a ser mi última alegría.
Me quedé de pie, respirando con dificultad, con las manos temblando. El viejo me asqueaba. Pero en ese momento, más que asco, me dio miedo. Miedo de que esa propuesta ―esa cochinada― fuera la única puerta que nos quedaba abierta.

Todavía furioso, le conté a mi mujer. Ella sólo me escuchó. No dijo ni pío.
Durante días no hablamos del asunto. Lo dejamos ahí, flotando entre nosotros como el aire apestoso que viene del mar y que uno finge que no nota.
Pasé semanas sin conseguir chamba. Salía temprano con mi carpeta y volvía más cansado de fingir que de caminar. Dora seguía limpiando casas por una miseria. Y Mateo tosía. Tosía mucho. Respiraba y parecía que tragaba arena. Su corazón se iba apagando de a pocos. No dormía casi. Y nosotros peor: despiertos toda la noche, sin saber si al día siguiente amanecería vivo.
Conseguíamos dinero como podíamos. Prestándonos de aquí y de allá. Vendíamos las pocas cosas que nos quedaban. Y después de los gastos de Mateo, apenas teníamos para comer.
El doctor fue claro. Sin piedad lo dijo:
―Necesita operarse ya. Cuanto antes.
Yo sólo pude bajar la cabeza, con los bolsillos vacíos y los ojos llenos de números imposibles. Veinte mil soles. Justo lo que el viejo nos ofrecía.
Esa noche ya no hubo cena. Apenas hervimos agua con sal para engañar al estómago. Mateo dormía quejándose. Dora estaba sentada a mi lado, con la mirada perdida. Afuera garuaba, como si Lima quisiera llorar sin que nadie se diera cuenta.
―Dile al viejo que acepto ―dijo sin mirarme. Sentí un frío en la nuca, no respondí. Me quedé con la cuchara en el aire y revolviendo el plato vacío―. Es por Mateo. No voy a ver morir a mi hijo por orgullo. Voy a hacer lo que tenga que hacer para salvarlo.
La miré. Y ya no vi a mi mujer. Vi a una madre. Vi a una leona dispuesta a todo por salvar a su cachorro. Y me odié por no ser yo quien resolviera las cosas. Por tener que verla así: fuerte cuando yo era débil.
―Una noche ―dije, con la garganta hecha piedra.
―Una noche ―repitió Dora.
No nos abrazamos. No lloramos. Nos quedamos ahí, en silencio, cada uno encerrado en su propio infierno.
Al día siguiente, hablé con el viejo Mena.
Treinta y siete años han pasado desde aquella tarde en que casi le reviento la cara al viejo Mena. Treinta y siete. Lo digo y parece broma, muchacho. Y, cuando lo pienso, creo que fue otra vida. Que ese tipo joven, atrevido, con los puños cerrados y los sueños rotos, no era yo. Luego me miro al espejo, veo estos ojos ―los mismos― y sé que sí. Era yo. Soy yo.
Nunca supe cómo fue esa noche. Ni quise saberlo tampoco. Aunque mil veces me lo imaginé. El viejo temblando de deseo, con las manos arrugadas y la piel seca. Recorriendo a Dora como quien toca lo prohibido. Encima de ella, debajo de ella, dentro de ella. Y Dora, resignada, con los ojos fijos en el techo, contando los segundos. Tragándose el asco, la humillación. Resistiendo como una mujer que se entrega pero que no se rinde.
Me miras como si hubiera sido un monstruo por permitirlo, muchacho. Pero escúchame bien. Uno no sabe lo que está dispuesto a hacer hasta que la vida le pone el cuchillo en el cuello. Hasta que te das cuenta de que la dignidad no te da de comer. Ni paga operaciones. Ni mantiene el techo donde duerme tu hijo.
Y el viejo tenía razón. Después de esa noche, nuestra suerte empezó a cambiar. Al menos un poco. Con la plata salvamos a Mateo, aunque años después un accidente nos lo quitó igual. El dolor más grande de nuestras vidas. Supongo que hay destinos ya marcados, ¿no?
Esta casa ―esta misma― pasó a nombre de mi mujer, y en tres meses el viejo se murió tal y como había dicho.
Dora dejó de limpiar casas. Yo puse el taller. Y nunca más hablamos del asunto. Ni una sola vez lo hablamos. El silencio fue nuestro nuevo idioma. Pero estuvimos juntos hasta el final, que no es poco.
¿Y sabes qué fue lo más jodido?
Que con el tiempo dejé de odiar al viejo. Al contrario. A veces me acuerdo de él con aprecio. Como de esos tipos que hacen lo que nadie quiere hacer, que ponen sobre la mesa la parte más fea del alma para que otros puedan seguir.
Y te cuento esto, muchacho, porque te veo y me recuerdo. Porque veo en tus ojos la misma desesperación que yo también tuve. Por Mateo, por mi mujer, por las deudas. Dormía cuatro horas, comía una vez al día. Y, aun así, pensaba que podía con todo. Tú y yo somos del mismo barro, dime que no.
Y esa mujer tuya… La he visto. Chamba. Bonita. Se nota que se parte el lomo por ustedes. Como lo hacía Dora. Me hace pensar mucho en mi Dora.
Por eso quise hablar contigo. Porque entiendo. Porque no vine a juzgarte. Vine a darte una opción.

Gandy Cruz (Puno, Perú, 1991) es cuentista e ingeniero civil. Graduado de la Universidad Nacional del Altiplano, vive en Lima, donde alterna planos y proyectos con madrugadas de escritura y café cargado. Se ha formado en talleres con Jorge Eslava (Perú) y Luis Lezama Bárcenas (Honduras), y afila su prosa en el mítico Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco. Comparte relatos, lecturas y obsesiones en su blog Obra en Construcción, donde cada historia se entrega con deliberada espontaneidad.
Imágenes generadas con ChatGPT (julio 2025) por el autor.





