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Comunidad

por Esteban Morin*

 

Puerto Esperanza (Misiones), una mañana de agosto de 2013.
En el solitario silencio de la hora previa al amanecer, con el olor a barro frío que se cuela por debajo de la puerta, Mariela sorbe un mate cocido que le quema la punta de la lengua.
Abre la computadora portátil y recorre su blog. Aprovecha ese momento de calma chicha ―antes que el resto de la familia se levante para encarar las obligaciones del día y ella tenga que partir para la escuela―, y relee los relatos que subió hace unas semanas. Viendo los textos, surge en ella el deseo de cambiar algo, de agregar por allá o entrarle a este párrafo con la tijera. Borra una palabra y después aprieta “deshacer”, inserta un nuevo párrafo en el medio de un cuento y, aun antes de terminar de escribirlo, lo elimina. Encuentra parlamentos enteros a los que juzga horribles: los lee ahora como una lista de justificaciones. Pero con otros, ha logrado el efecto de los cuentos que la han fascinado ―aunque sea por breves trayectos― y, por un momento, sueña que se codea con los autores que admira, hasta que el ronquido de su papá en la habitación contigua la trae de regreso.
Mariela leyó bastante desde muy chica. Empezó a escribir, y a darse cuenta de que le gustaba escribir, el primer día de secundaria. Primero llevó un diario. Después escribió poesías y relatos. En cinco cuadernos, acumula cuentos, ideas sueltas, cosas que le ocurren y que se le ocurren.
Cursa cuarto año, y empezó un blog. Sus últimas invenciones, en vez de los comentarios animados del principio, despiertan silencios y caras de desconcierto.
Todavía no sale el sol. Mira la pantalla con el cursor titilando, ese rectángulo brillante es la única luz en toda la casa ―ella imagina que a esa hora es la única luz de todo el barrio, de toda la ciudad, del mundo― y lee otra vez, murmurándolos, algunos párrafos de su última entrada. Sospecha que hay algo por debajo, mucho más intenso, que ella no alcanza. Lo siente respirar y agitarse: un perro mañoso que solo se deja acariciar cuando él quiere y no cuando ella lo busca.

La profesora de Literatura había indicado Victoria entre las sombras como lectura obligatoria. En marzo, cuando presentó el libro a la clase, también comentó que su autor, Marcelo di Marco, dedica gran parte de su tiempo a entrenar escritores:
―Dirige un taller ―explicó―: un taller de corte y corrección, que lleva más de treinta años.
Mariela sonrió al comprender el juego de palabras, pero no le dio más atención al asunto hasta esta madrugada.

Hoy, cinco meses después de aquella clase, Mariela busca en Internet y da con varias notas de Di Marco. En Youtube está la presentación de Victoria entre las sombras, y encuentra un canal con el nombre del taller, que es el mismo del libro: Taller de corte y corrección.

taller

Mariela devora las tres primeras entregas del canal: son casi trece minutos y medio de monólogos del autor ―y también algunos diálogos con su productor fuera de plano―, cargados de humor y reflexiones sobre el arte de escribir y, un descubrimiento absoluto para Mariela, el oficio de corregir.
Con los consejos del maestro zumbándole en los oídos, vuelve a su último texto. Del primer párrafo, sin titubear, suprime dos adjetivos, y ve como la frase fluye cuando es leída en voz alta.
Más liviana, Mariela parte rumbo a la escuela.
A la vuelta, se sumerge de nuevo en Youtube: aprende de adjetivos, de adverbios, se ríe con las ocurrencias de un maestro que se filma a sí mismo empuñando un tomahawk y una pistola, y arenga a su audiencia a hacer guerra al adjetivo, o, mejor dicho: a no hacer la guerra al adjetivo.
En el fin de semana, estudia las tres horas y diecisiete minutos que suman los primeros veinticinco capítulos del Taller de corte y corrección en su versión digital. Pega en las paredes de su habitación papelitos con anotaciones, recordatorios de lo que fue registrando: “Con tener talento no te alcanza”, “Es necesario construir herramientas para escribir”, “Se puede aprender a corregir”, “Ubicar al lector… o desubicarlo”, “Espacio activo para cambiar de lugar, de tiempo o de punto de vista”, “Provocar sensaciones”, “¡Ojo con los verbos abstractos! Cierran el espacio al lector”, “Los cuatro momentos del cuento: situación inicial, conflicto, trama y desenlace”, “¿Prometí lo que cumplí? ¿Cumplí lo que prometí?”, “¿Mi historia termina antes o después que la historia para el lector”, “Dejar que el lector complete”, “Sin conflicto no vamos a ninguna parte”, “Paciencia”, “Poner títulos que articulen con el texto”, “Fichar los personajes”, “Sacar filo al talento”, “Primero inventar”, “después corregir”, “Menos de treinta palabras”, “Leer en voz alta”, “Separar las ideas”. Y memoriza otros consejos sobre los tipos de historias que no cuentan nada y los modelos que ayudan a llevar al lector hacia adelante.
También registra una lista de autores para ir buscando y leyendo. A algunos los conoce, son los menos. En esas poco más de tres horas y media, di Marco trae a sus clases anécdotas y textos de consagrados de todos los tiempos: Stephen King, Abelardo Castillo, Balzac, E. A. Poe, Ezra Pound, Kafka, Juan Rulfo, Novalis, Horacio Quiroga, Nomi Pendzik, Isidoro Fernández Flores, W. W. Jacobs, Chernov, Ricardo Zelarayán, Voltaire, Osvaldo Soriano, Ricardo Piglia, Anton Chejov, Ricardo Güiraldes, Oliverio Girondo, Carson McCullers, Guillermo Cabrera Infante, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Flaubert, Chateaubriand y O’Henry.
También escucha los nombres de algunos contemporáneos que surgieron del taller o tuvieron un pasaje por el mismo, autores que se entrenaron con Marcelo di Marco: Ezequiel Fernandez Etis, Daniel De Leo, Gustavo Durant, Miguel Sardegna, Alejandro Cruz Tloupakis. Esta pequeña muestra surge sin contar con los que participan en “Las naranjas”, sección en la que los alumnos diseccionan sus textos junto al maestro para sacarles el mayor jugo posible. Y todavía Mariela ha podido entrar a la sección de poesía, donde se leen composiciones de autores contemporáneos que se difunden entre los miles de suscriptores del canal.
Toda esta información, esta formación ―abierta y gratuita―, fascina a Mariela, como a los miles de seguidores de la propuesta: el aprendizaje redunda en la mejora visible de los propios textos, en la posibilidad de publicarlos y, por qué no, en ganar premios.
Y hay algo más.
Lo que a Mariela le sucede, como a mí o a vos que leés este texto ―y no siempre nos es fácil admitirlo―, es que el Taller de corte y corrección conforma un espacio de reconocimiento al proceso de creación, corrección y publicación. Los autores, editados o inéditos, traemos aquí nuestros esfuerzos y los ponemos con los de los otros. Nos leemos y probamos juntos opciones: guiamos y nos dejamos guiar, siempre bajo la sabia y generosa mirada del maestro. Y esto funciona tanto para la forma tradicional del taller presencial, como en participación con comentarios al pie de los videos o a través de la página de Facebook. En estos lugares, nos sabemos todos con la misma pasión y los mismos problemas. Somos pacientes en la sala de espera de uno de los pocos especialistas en nuestra dolencia: sufrimos ―gozosamente, claro― de pasión por la literatura. Nos leemos, nos animamos, nos corregimos y mejoramos: hacemos nuestras propias creaciones más disfrutables, disfrutamos cada vez más haciéndolas, y en todo eso, logramos difundirlas a más lectores cada día.

TCYC

 

 

esteban

*Esteban Morin (San Lorenzo, Santa Fe, 1975) es comunicador social. Se gana la vida como consultor en selección y desarrollo de recursos humanos para distintas organizaciones. Trabajó como fotógrafo, periodista, redactor y corrector. En FIN ya hemos publicado su microcuento “Fatalidad“.
La presente nota fue ganadora de una TCyC Trivia.

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  1. […] *Esteban Morin (San Lorenzo, Santa Fe, 1975) es comunicador social. Se gana la vida como consultor en selección y desarrollo de recursos humanos para distintas organizaciones. Trabajó como fotógrafo, periodista, redactor y corrector. En FIN ya hemos publicado su microcuento “Fatalidad“ y su artículo “Comunidad“. […]

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