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Lo que me pasó con Tríptico del desamparo, la novela de Pablo Di Marco

Por Fernando Daniel Bravo *

 

El 9 de agosto de 2016 a las 19:00 me acerqué con mi primo al Museo del Libro y de la Lengua, situado delante de la Biblioteca Nacional. Mi maestro en el taller de escritura, Marcelo di Marco, presentaba sus últimos libros: La mayor astucia del demonio (cuentos) y Carmina Marina (poesía). Aunque llegamos a horario, tuvimos que quedarnos parados en un costado de la sala debido a la cantidad de público. En una tarima, sentados a una mesa, expusieron la editora de Zona Borde, el autor y un muchacho a quien yo no conocía, que arrancó diciendo: “Se supone que este sea un evento serio, pero para mí la presentación de un libro es un encuentro entre amigos”. En seguida supo generar empatía con el público y en un lenguaje entretenido, con pinceladas de humor, habló sobre la crisis actual de la literatura, del aburrimiento que sobreabunda en los textos contemporáneos, del negocio de los concursos, y sobre “tener en cuenta al lector”.

Mi primo me codeó y dijo por lo bajo:
—Qué interesante debe ser leer algo de este pibe. ¿Sabés quién es?
—Se llama Pablo Di Marco. Debe ser algo de Marcelo…, no sé.
Esa misma noche contacté a Pablo por Facebook, lo felicité por sus palabras en la presentación, y me respondió con agradecimientos.
Al comentarle esto a Javier, un amigo a quien yo envidio por tener el hábito de la lectura y una prodigiosa memoria, me respondió:
—Sí, lo conozco a Pablo Di Marco. Me interesa mucho leerlo, pero sus libros no se consiguen acá en Argentina. En especial quisiera Tríptico del Desamparo, una novela premiada en Colombia. ¿Sabés cómo conseguirla?

—¿Tiene una novela premiada?
—Tiene dos novelas premiadas.
Lo que daría yo, pensé, por ganar algún premio con mi novela Balcones: ya pasó inadvertida en los seis concursos españoles donde la presenté. Nada. Ni siquiera un e-mail con alguna palabra de aliento. Después de haber pasado por tres maestros y por tantos años de correcciones, esa novela se merece el premio de la edición: ver el papel y la tinta, y que se lea.

Al tiempo encontré un post de Pablo: “¿Precisás una segunda opinión antes de enviar tu material a una editorial o concurso? Contactame, te puedo ayudar”. Sería una cuarta opinión, me dije. Pero si no le daba una vuelta más de tuerca a esa historia, sin duda seguiría flotando así, indefinidamente, entre los tachos de basura de los concursos y mi casa.

Ahí empezamos a trabajar juntos. Aquel mes de correcciones con Pablo fue una experiencia fértil y agradable, que terminó un par de días antes de su partida para Europa.

Al tiempo apareció otro post suyo: “Tengo ejemplares de mis novelas recién llegados de España”.

—Vendí casi cincuenta libros en veinticuatro horas —me dijo con una sonrisa cuando nos juntamos en un café para darme Tríptico del desamparo y Las horas derramadas, las dos novelas premiadas que le había encargado.

—¿Por cuál empiezo? —le dije.

—¿A veces no te pasa que escribís algo y no te quedás satisfecho? ¿Y es como si quisieras volver a escribirlo? Algo así me pasa con estos dos libros.

—Y cuál es el más logrado, para vos.
—Este —dijo casi guiñándome un ojo, a la vez que señalaba Tríptico.
De entrada me impactó la portada: una Venecia fantasmal con una góndola sobreviviendo entre una tormenta negra y una inundación verdosa. Hojeé las trescientas diez páginas de papel grueso, color manteca, con letra clara, bien balanceados los espacios, los márgenes, las sangrías. Y sí, claro, es la buena calidad de los impresos en Madrid. Por algo yo había elegido los concursos españoles. Gocé tener entre mis manos el libro que tanto codiciaba Javier.

—Te vas a sorprender —agregó Pablo en el café—, porque hay una escena que también transcurre en la plaza Roma, frente al edificio de La Nación: igual que en Balcones. Serán coincidencias de los escritores… o de la literatura.

—Qué curioso —le dije—…  y hablando de coincidencias, ¿sos algo de Marcelo di Marco?

—Me hicieron tantas veces esa pregunta que la respuesta me sale de memoria. No somos familiares. Marcelo es, “apenas”, mi amigo y maestro. Y las dos cosas con mayúsculas.

Volviendo a mi casa para leer, sentía que Pablo me había tratado como si yo fuera un escritor. Igual a él. Pero yo no tenía tres novelas publicadas, ni dos premios. Él estaba varios escalones arriba. En un lugar donde yo hubiera querido estar a su edad, es decir, hace ocho años. Por el 2010, recién ahí, me decidí a escribir sin saber que una novela llevaría tantos años de trabajo. Es cierto que empecé muy tarde. Me demoré demasiado en darme cuenta de que eso —escribir— era lo mío. Pese a todas mis idas y vueltas, lo inevitable ocurre: el tiempo no se detiene. Nunca. Excepto para algunos personajes. Eso sospeché de entrada, cuando leí la carta de Irene con la que empieza Tríptico. La escribe en Buenos Aires, para Tina, su hermana residente en Venecia. Le cuenta los preparativos para trasladarse a vivir allá: la venta del departamento, de los muebles, de la bóveda, de la casa del Delta. Es que Irene va a quedar ciega de una enfermedad progresiva y aceptó el ofrecimiento de Tina para cuidarla “como cuando eran niñas y jugaban solas en casa”. Los detalles de la carta están llenos de nostalgia: “…me persigue un vacío de melancolía. Qué palabra infrecuente en una mujer de mi inverosímil edad”. ¿Inverosímil edad? Y más adelante: “¿Cuántos años han pasado, hermana? ¿Cuántos siglos? Te quiere, eternamente. Irene”. Tiempo. El Tiempo. Ahí me detuve, en la página dos, y necesité tomar notas en mi libreta, algo que me acompañó la lectura de toda la novela.

Irene Vidi es sufrida, nostálgica, humana. Y tal vez por eso, pese a sus dudas y excentricidades, me resultó entrañable. Es una mujer mayor, refinada, que tradujo al español una colección de lujo de los clásicos italianos de Ediciones Leopardi. Y también es la autora de un libro muy peculiar que es la punta del iceberg de una historia subyacente, a mi criterio, la verdadera historia que encierra esta novela.

La amistad de décadas, su amor platónico, el respeto que une a Irene con Álvaro Azcurra, el dueño de Leopardi, tiene detalles que conmueven. Don Álvaro es un personaje noble, íntegro, a quien la vejez y la soledad vuelven tan indefenso como vulnerable. Esa será una oportunidad para un rufián que surge de los suburbios más tenebrosos de la ciudad: Rafael Leone, un joven ambicioso y atractivo, experto en aprovechar debilidades ajenas en beneficio propio. Al principio fue ella, Irene, quien conoció a Rafael y a pesar de la diferencia de edad y de todas las demás diferencias, lo amó. Lo amó como se ama a una creatura. Completamente y a pesar de sus oscuridades. Irene cruza la superficie del espejo de las apariencias, y ve más allá de la basura que Rafael cree ser. Mira en el tesoro que guarda: su talento, su existencia. Y muy a pesar de sí mismo, ella confía en el niño abandonado, olvidado incluso por su propio recuerdo.

—Para eso fui enviada —le dice—, para abrirte y tenderte los caminos que en ese tiempo te hacían falta. Para eso fui enviada.

Conmueve la piedad y la confianza de ella, sabiendo lo miserable que es él. El contraste de estos dos seres eleva, sube el tenor de la historia que en estos pasajes toca la fibra más noble. Y uno se pregunta ¿cuál es mi propia misión, para qué vine a esta vida?

—¿Qué hiciste con todo lo que te fue entregado? —reitera Irene una y otra vez.

A Rafael lo salva la sinceridad consigo mismo, que es tan cruda como impiadosa, solo semejante a su ambición y a su bajeza. El racconto que él hace de toda su vida en la escena de la Plaza Roma, ya con sesenta años, los reproches que se hace, me sumergieron en los míos propios. Y me dejaron mudo, tan demolido como a él. Es que yo también —quién no— conocí a alguna Lucía, ese personaje sin brillo pero con amor de verdad, a quien él no pudo amar y dejó en el pasado. Y que después se añora en la intemperie de la soledad, como si hubiera sido ella la oportunidad que pasó, y ya no volverá, de tener un hogar.

A partir del momento en que todos descubren que Rafael es un estafador, la historia cambia su rostro, como si se pusiera una de las tantas caretas venecianas como las que Irene atesora, y sobreviene en algo fantasmal. El viaje a Venecia, el tren, la inundación, el palazzo, sus laberintos tan parecidos a esos famosos dibujos de M.C.Escher, el personaje angelical de Adina. El recorte del diario. Y ahí, en el final, surge el iceberg completo, en un remate sospechado pero a la vez inesperado y genial. En ese momento, yo como escritor, fui Irene, y dialogué con Rafael. Y me resultó conmovedor ver que toda creación es eso: un acto de amor puro, un hijo, una pasión por el libre albedrío de todas las creaturas.

Cuando cerré el libro, pensé que sí, que debía desatar de mí a todos mis apegos, darles todas las oportunidades para que sean ellos mismos, cumplir mi misión, e irme.

Tomé la novela, su hermosa portada, y decidí llevársela a Javier. No, no se la voy a prestar: se la voy a regalar. Eso pensé. Y por eso quise con más fuerza que Balcones llegue a la tinta y al papel. Para regalárselo a todo el mundo.

 

 

 

* Fernando Daniel Bravo nació en Buenos Aires; es ingeniero industrial.  Su pasión por las letras logró limar las rejas de los números y ver la libertad recién en el 2010, ya con más de cuarenta años. Desde entonces participa en el TCyC, escribió algunos cuentos y una novela titulada Balcones. Sus amores en literatura son Ray Bradbury, Boris Vian, Mario Vargas Llosa; en cine, Alan Parker; en música, Pink Floyd, Serguei Rachmaninov; en teatro: Antón Chéjov, Alejandro Casona; en óleos, Vincent Van Gogh, Rembrandt; en arquitectura, César Pelli.

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