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Ernest Hemingway: el fuego interno y la forja

Por Pablo Profili *

 

Tanta vida transitada, tantos textos.

Ciento veintiún años ya.

Ciento veintiún años de su nacimiento.

Ernest Hemingway.

Escribió, entre otras, Adiós a las armas (1929), Por quién doblan las campanas (1940), El viejo y el mar (1952) y París era una fiesta (póstumo, en 1964). Premio Pulitzer en 1953, en 1954 recibe el Premio Nobel de Literatura.

Vivió y recorrió intensamente medio siglo XX, y lo retrató en palabras. Amado, odiado, criticado, elogiado, no pasó indiferente.

¿Qué buscaba, qué lo empujaba?

Tal vez no haya que buscar mucho ni adelantarse en el tiempo.

Tal vez, simplemente, para Ernest Miller Hemingway —su nombre completo— todo haya comenzado ese 21 de julio de 1899, al nacer en Oak Park, un suburbio de Chicago. Ese “lugar de anchos jardines y mentes estrechas”, como lo calificaría más tarde, y que lo marcaría desde el principio.

Fue el primer varón y tercer hijo de un matrimonio, Hemingway, respetado en la zona, pero no muy unido ni al parecer muy feliz.

Su padre, el médico Clarence Edmond Hemingway, le enseñó desde los cuatro años a cazar, a acampar y a pescar en los bosques de Michigan, en una casa de campo de su propiedad, a orillas del lago Wallon. Ahí, Hemingway aprende a ubicarse hacia el norte observando en qué lado de los árboles crece musgo, y cómo su padre encuentra en el monte los rastros de un gato montés. Incluso, los nombres en latín de todas las aves de la zona. Y a veces, hasta acompaña al padre en sus recorridas médicas a un campamento de indios chipewa, que más adelante retrataría en algunos cuentos de Nick Adams.

Así nace la pasión de Hemingway por la naturaleza y la vida al aire libre en lugares remotos o aislados.

Sin embargo, esto no significó que se llevaran bien con su padre; al contrario: mantenían un vínculo más bien tirante. Tan así es, que en 1923, al mandarle Hemingway ejemplares de su libro Tres cuentos y diez poemas, el padre le responde: “Un caballero habla de venéreas sólo con su médico”. Hemingway, por su parte, lo calificó de “cobarde”, cuando su padre se suicidó en 1928, por problemas con la diabetes, una angina de pecho, y unas malas inversiones inmobiliarias en la Florida.

Tampoco fue buena la relación con su madre, Grace Ernestina Hall, maestra de música, concertista local y ex cantante de ópera. Feminista declarada y de carácter, llevaba las riendas de la pareja y de la familia. Pese a todo, de ella hereda Hemingway esa vitalidad y energía, como lo señala su biógrafo Michel S. Reynolds. Lo cual no quita que, de adulto, él llegara a declarar que la odiaba. Ya sea por haberlo vestido de bebé con ropa de nena –una costumbre habitual en la época–, o por haberlo echado de casa, tras volver él de la Primera Guerra: estaba cansada de verlo en la casa, tomando vino y sin buscar lo que ella consideraba un trabajo decente.

Sin embargo, su madre le va a inculcar a Hemingway el amor por las artes. Aunque eso haya significado insistirle para practicar violoncelo. Tanto, que lo sacó por un año de la escuela para que estudiara música y contrapunto[i], según rememora Hemingway en un reportaje que le hizo el periodista y escritor George Plimpton. “Creía que yo tenía facultades”, le dice a Plimpton, “pero yo carecía de todo talento”. Y remata: “Ese violonchelo… yo lo tocaba peor que nadie en el mundo.” De todos modos, con el tiempo, Hemingway admitiría que la técnica del contrapunto le fue útil para escribir Por quién doblan las campanas.

Recién luego de la muerte del padre, Hemingway recompondrá las relaciones con su madre y la ayudará económicamente.

Afortunadamente a todo eso, el Oak Park High School, al que asistió entre 1913 y 1917, pareció ser la válvula de escape, la vía para canalizar lo que no podía en su casa. Se destacó en los deportes: fue capitán del equipo escolar de watepolo, jugó al fútbol americano y practicó boxeo. Incluso organizaba peleas con sus compañeros.

Pero sobre todo, y aunque ya viniera educado artísticamente por su madre, pudo desarrollarse y sobresalió en las clases de inglés y por sus aficiones literarias. Lo que, a su vez, llevó a Hemingway a tomar una decisión trascendente, que lo guiará en una nueva dirección. El penúltimo año decide asistir al curso de Inglés de la profesora Fannie Biggs, quien organizaba la clase como una redacción de diario. Estricta pero entusiasta, mantendrá una relación estrecha con Hemingway, y lo recomendará a Arthur Bobbit, profesor de Historia y supervisor del Trapeze, el diario escolar.

Hemingway no está muy convencido de la idea, pero Bobbit, enterado de sus habilidades, agudeza e ingenio, insiste y lo convence de reorganizar el periódico. Así, el 2 de marzo de 1917, Ernest Hemingway debuta periodísticamente con una editorial sobre la importancia del realismo literario.

Y ya lanzado, no se detendrá: ha descubierto una pasión, algo que lo mueve. Escribe dos o tres colaboraciones por número, alternando con cuentos que escribe para el Tabula, otro diario escolar. Se obsesiona con una literatura norteamericana despojada de la influencia victoriana. Descubre al escritor satírico y periodista deportivo Ring Lardner, lo imita y firma como Ring Lardner Jr. en algunas de las notas. Y sigue empeñándose, esforzándose al máximo, aunque se trate de diarios escolares. Cada mañana dedica una hora a recortar de los diarios de Chicago, artículos de prensa, los que le parecen mejores o más destacados. Luego, dedica otra hora a estudiar las técnicas, cómo fueron escritos.

La suerte estaba echada; el destino de Hemingway, también. Por más que diga que quiere enrolarse, pelear la Primera Guerra en Europa. Desiste luego, ya está seguro: quiere ser periodista, y si puede, escritor. En julio de 1917 manifiesta su intención de trabajar en el que él consideraba el mejor diario de los Estados Unidos, el Kansas City Star.

En octubre de 1917, Hemingway ingresa en el Kansas City Star.

Ya nada será igual.

Empieza a prueba, como aprendiz, por quince dólares diarios. Lo más importante: conoce las normas de estilo[ii], ciento diez reglas de escritura periodística en una hoja clavada a un gigantesco tablero que cuelga en las paredes de la sala de redacción. Como a todos, el director del diario, William R. Nelson, le hace aprenderlas, y Hemingway las aprende. Por ejemplo: emplear frases cortas. Hacer los párrafos del comienzo breves. Las frases deben ser sencillas y claras. No usar dos palabras cuando una sea suficiente. Usar verbos para dar acción.

Otro jefe, Lionel C. Moise, lo instruye en descubrir los secretos implícitos de las cosas banales, a sugerir el mundo interior a través de las descripciones objetivas. Sobre todo, “arrodillarse ante el altar de los párrafos cortos”.

Así, y destinado a la sección Sucesos, cubre juzgados, hospitales, y la policía. Mayormente, infracciones y peleas domésticas. Pero no importa. Un redactor, Wellington, recuerda la entrega de Hemingway, su dedicación total y su avidez por juntar datos y encontrar la noticia en la calle. Y por su técnica: no llegaba a los veinte años y ya era un maestro en exponer con simplicidad los hechos simples.

Tanto esfuerzo resulta: cubre un incendio en un edificio de departamentos, y lo hace tan bien que pasa de la sección Sucesos a primera plana, como reportero estrella.

De toda esta época, recordará más tarde Ernest Hemingway lo de las reglas. “Las mejores reglas que jamás he aprendido en el oficio de escribir”, recuerda; “jamás las he olvidado”. Y también que cualquier persona con talento y “que al escribir se siente verdaderamente cerca de la cosa que está tratando de decir, no puede dejar de escribir bien si cumple con estas reglas”.

Finalmente, en abril de 1918, Hemingway renuncia a su puesto en el Kansas City Star.

Partirá hacia Italia, tras ser reclutado por la Cruz Roja, ahí, en Kansas City, y firmar un contrato para conducir ambulancias en Italia, durante la Primera Guerra.

Pero eso ya es otra crónica.

 

[i] El contrapunto (del latín punctus contra punctum, «nota contra nota») es una técnica de improvisación y composición musical que evalúa la relación existente entre dos o más voces independientes (polifonía), con la finalidad de obtener cierto equilibrio armónico.

[ii] Se les llamaba ” hojas de estilo” (“stylesheets”), y se las considera antecesoras de los manuales de estilo periodísticos. La del Kansas City Star se editó en 1914. También The New York Times y The Chicago Tribune editaron sus normas.

Se las considera las primeras reglas escritas de los medios en la historia del periodismo. Impulsaron el denominado “estilo Middle West”, de prosa sencilla, amena, y funcional con predominio de freses breves y adjetivación mínima, que intentaba diferenciarse de la prensa del Este. Un estilo periodístico con bastante de literario, y que resultó una inspiración y formación para autores como Hemingway.

 

 

 * Pablo Luis Profili (Buenos Aires, 1969) vivió su infancia y adolescencia en Río Gallegos. En la Universidad Nacional de Misiones cursó materias de la Licenciatura en Genética. Posteriormente, se muda a Buenos Aires, donde, en 1996, se recibe de Periodista en la Escuela Superior de Periodismo del Instituto Grafotécnico. Hoy en día reside en dicha ciudad.

Desde 1999 asiste, con alguna interrupción, al Taller de Corte y Corrección dictado por Marcelo di Marco.

Se declara fan de Homero, Conrad, Lovecraft, Poe, Bradbury, Hemingway, Quiroga, Graham Greene. También, del cine clásico de los años 30, 40 y 50, y de la nueva camada surgida en los 70 (Coppola, Scorcese, Spielberg, Lucas, De Palma). Y es un nostálgico incurable, además, de la música y la cultura pop de los 80.

Actualmente trabaja en una empresa de seguridad aeroportuaria en el Aeroparque Jorge Newbery.

 

 

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