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La tristeza

por Rosiña Iglesias*

 

No es que uno deba, como el lord de Víctor Hugo, someterse a la operación Buccafissa para transformarse en Gwynplaine, el Hombre que Ríe. Esa sería la solución fácil: deformar el rostro para que ría siempre. Lo difícil es conservar la expresión feliz a todas horas, de día y de noche y en el sueño y en la vigilia, por los simples mecanismos de la voluntad y el hábito. Porque, insisto, el gobierno no obliga a estar feliz sino a parecerlo; entonces, por las dudas o para no correr riesgos, es necesario sentirse feliz de verdad. Uno se acostumbra a repetir infinitas letanías: “Soy feliz, ya me siento feliz, merezco ser feliz, vivo y viviré feliz”, etcétera. Así, con el autoconvencimiento, sobreviene la metamorfosis.

Al principio me costaba dominar la musculatura facial, sobre todo el músculo risorio, que flexiona la comisura hacia atrás para que una pueda sonreír. Tenía pánico a quedarme dormida en el subte o en el colectivo. En mi cama, me tapaba con la sábana para evitar ser sorprendida por algún sensor oculto: es notoria la astucia de los informantes para instalar cámaras en los rincones más inesperados —mi vecina descubrió una al pie del inodoro, y otra sobre el respaldo del sofá—. Parecen imperfecciones de la loza o de la tela, y hay tantas que destruyes una y te delatan veinte. Pero después de ver cómo se encarcela y tortura a los reacios, cualquiera logra suficiente control de la mente y del dolor facial como para generar constantemente pensamientos felices que produzcan expresiones no menos felices. En los primeros tiempos, cuando aún no estaba bastante extendida la red de sensores, las autoridades recurrían a las fotos delatoras que tomaban las madres, los amantes o los hijos. Así pues, todos aprendimos a no fiarnos de nadie. Tampoco de noche debes descuidarte: algún grabador puede registrar un sollozo o un suspiro profundo. Si caminas por calles solitarias, un guarda puede iluminarte con su linterna y descubrir esa lágrima que quieres ocultar.

Hace unas semanas comenzó el debate en el Congreso para extender la ley del rostro feliz al cuerpo. Se busca evitar la asombrosa proliferación de caras contentas sostenidas por hombros caídos, pechos hundidos o cuerpos contracturados. Por suerte ya han aprobado las cirugías que empalarán —literalmente— esas anatomías fofas y deprimidas introduciéndoles sostenes de siliconas, algo así como cruces que afirmarán la verticalidad de la columna y la apertura de los hombros. Habrá que ir reservando turno. Mientras tanto, todo seguirá dependiendo del esfuerzo y de la capacidad de cada cual. Sin duda, estas cirugías harán nuestras vidas más fáciles.

Ahora me divierte recordarlo. A los pocos días de empadronarme como cidefe —Ciudadana Definitivamente Feliz, lo cual da cierto estatus a pesar de que no te libra de la vigilancia—, pasé por momentos de pánico. Todo por culpa de un resfrío. Se me congestionó la cara, los ojos me lagrimeaban y no podía parar de sonarme la nariz. A pesar del malestar, sostuve los labios curvados en una mueca risueña y los ojos revoloteando como palomas a punto de levantar vuelo. Si alguien me miraba con suspicacia, yo acentuaba el revoleo para avivar las pupilas, como cuando se aventa la leña a punto de apagarse. Lograba que el ahogo semejara el rubor de la excitación, aunque los ojos seguían picándome como si se hubieran llenado de ceniza. Estuve tan concentrada en este juego que, cuando me metí en la cama y, debajo de las sábanas, quise deshacer la mueca, no pude lograrlo: se me había agarrotado la cara.

Ilustración de Andrew Ferez

Ilustración de Andrew Ferez

Ayer me di cuenta de que sufro un problema nuevo —y creo que más grave, aunque debo disimular mi inquietud—: ya no sé cómo estoy de ánimo. De tanto simular que estoy feliz, ya ni sé cuándo estoy triste y cuándo alegre. Tengo la sensación de que mi mente funciona al revés. De esa manera, mi sonrisa perpetua no sería más que el guante dado vuelta de un incurable dolor. ¿Pero cómo explicar esto, si yo misma estuve de acuerdo con el principio básico de que la felicidad se logra con voluntad… y en el referéndum voté a favor de las leyes contra la tristeza? Sé que para muchos esta preocupación que me aflige no tiene importancia, porque en el fondo a nuestro gobierno no le interesa. Si sigo sonriendo, si mis gestos son vivaces y alegres, si compro bebidas y manjares adecuados, ¿qué importa la íntima —y, según dicen, engañosa— sensación de mi ánimo? Finalmente se cumple una de las últimas leyes aprobadas: todo lo que parece, es.
Pero no sé, no estoy del todo segura.

Hoy tuve una experiencia que me reconfortó. En pleno juego amoroso con mi pareja, mirándonos las caras —sonrientes, claro—, acercamos los rostros para besarnos, y él —pude intuirlo más que verlo— cambió su risueña expresión de placer por otra de furia tan alegre que, sin resistencia mía, clavó los dientes en mis labios abiertos como rosas. Apretó, hasta que devolví el mordisco…, y así hicimos el amor, a dentelladas.

Cuando nos separamos, los dos sangrábamos y los dos sonreíamos con una magnífica expresión de felicidad. Sonreíamos, aunque a los dos nos faltaban pedazos de labio y un líquido rojo brotaba de nuestras sonrisas como de los Sagrados Corazones.

 

unnamed* Rosiña Iglesias (Sgo. de Compostela, España, 1948) es narradora, poeta y miembro del TCyC. Cursó media carrera de Letras en la UBA. Tiene algunos relatos premiados y una novela inédita. “De chica, la literatura me salvó de la desesperación en que me sumieron la emigración y la hipoacusia. De grande, me permitió transformarla en poesía”.
El presente cuento tuvo una mención en el concurso Boulevard Shopping 2009 (Claudia Piñeiro, Laura Massolo y Patricia Sacomanno integraron el jurado).

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