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Malbec y la demografía aplicada a la política

Pequeñas delicias de la subcultura dirigencial

El asado a punto. La ensalada, la apropiada, la mixta: lechuga, tomate y cebolla. Y el malbec que fluía, abundante, por la larga mesa.
Y debo aclarar que lo que comparto aquí con ustedes no es un relato de ficción, de los que escribimos en el taller de Di Marco. Les contaré una anécdota real que ocurrió un sábado al mediodía en un club de barrio. Compartíamos un asado con alrededor de quince comensales, la mayoría de ellos veteranos y experimentados hombres de la vernácula política argentina, esa política que supimos conseguir.
Aunque mi caso es bien diferente: soy un simple ciudadano con la única experiencia de votar (y quejarme, posteriormente). Sin embargo, en esa reunión de muchachos, recibí una sintética —aunque contundente— lección de política argentina.
A los postres, y con el efecto del tinto exaltando el ánimo de los interlocutores, arrancó una discusión sobre futuras elecciones legislativas, proyectos de reformas de la Constitución y reelecciones indefinidas. No me animé a intervenir, acaso algo pudoroso por mi falta de experiencia en la materia. Al rato, le formulé a Toribio, un ex concejal o ex diputado o ex algo, sentado a mi derecha, una tímida pregunta:
—Decime, todos hablan de cómo ganar elecciones, de cómo juntar más y más votos. Pero… ¿y el proyecto de país? ¿Y el futuro de nuestros hijos?
Toribio me miró algo sorprendido. Giró la silla en mi dirección, en señal de que su respuesta podría ser extensa.
—A ver, querido —dijo—. Vos, por lo poco que te conozco, debés ser profesional.
—Soy contador.
—Bien —continuó—. Y debés vivir en zona norte, o en algún barrio bueno de la Capital.
Asentí.
—Debés tener dos hijos, seguramente, o menos.
—Exacto, tengo dos hijas—. Y me pregunté cómo ese tipo podía haber intuido esa información. Me resultaba divertido y enigmático descubrir adónde quería llegar.
—Tus hijas —continuó con aire profético— van a casarse cerca de los treinta. Seguramente tendrán uno o dos hijos. Es decir, que habrás procreado una familia de dos hijos más cuatro nietos, en algo así como sesenta años.
Algo confundido, volví a asentir con la cabeza.
—Bueno, querido —y puso su mano en mi hombro—. La gente como vos, es exactamente la gente que no nos interesa. Nos chupa un huevo lo que opinen, sabés.
Confieso que en ese momento de la conversación dudé. Lo de “nos chupa un huevo” hubiera sido una indudable agresión en otro contexto. Pero Toribio me hablaba con buena onda, hasta podría decirse que con aprecio, con la confianza que se deparaban con los demás muchachos.
—La gente, el pueblo para el que trabajamos —continuó—, son padres o madres a los diecisiete, y tienen de cuatro a seis pibes, entendés. Y esos pibes van a tener cinco o seis pibes más, en menos de veinte años. ¿Sabés cuantos votos son esos para las próximas elecciones? Ahí ponemos nuestro esfuerzo, nuestros planes de subsidios, planes de viviendas, los actos políticos. La gente como vos —hizo un gesto de desprecio— son quejosos, inconformables. Y a la hora de los bifes, no juntan ni el veinte por ciento del electorado.
Puse mi mejor cara de pelotudo y volví a asentir. Toribio me palmeó el hombro y volvió a girar su silla para engancharse en la conversación general. Y yo me mantuve callado, atónito: había recibido la mejor clase de demografía aplicada a la política. A la mala política, a la que se orienta sólo a la obtención de votos. Votos que otorgan poder.
Y en ese momento entendí. Entendí que lo que tanto había criticado —a veces exasperado, frustrado por no lograr un cambio—, obedecía a una pauta simple y concreta.
Y, en silencio, le agradecí a Toribio por tan reveladora confesión.

La cuerda cortada

En reiteradas ocasiones me pregunto qué es lo que hace diferente a un escritor. No sólo porque escribir sea un profundo deseo mío, sino porque también disfruto enormemente de leer. Y en esto pensaba cuando recibí la recomendación sobre el cuento “Matar a un niño” de Stig Dagerman (http://lamaquinadeltiempo.com/prosas/dagerman.htm). El autor, nacido cerca de Estocolmo en 1923, escribe entre los 21 y 26 años la mayor parte de sus obras: cuatro novelas, cuatro piezas de teatro, algunas nouvelles y una gran cantidad de artículos, crónicas y reportajes. Un hombre con una lucidez notable, pero que parece no haber encontrado respuestas a todas sus angustias, pues en 1954 se suicida con apenas 31 años y siendo plenamente reconocido. Entiendo que si Dagerman eligió ponerle fin a sus días, esto no es un dato menor: nadie que pudiera tolerar las dificultades en las que la vida nos pone a prueba, tomaría semejante decisión. Releo el cuento, entonces, con otra mirada. Y, por momentos, tengo la sensación de descifrar alguno de los misterios del ser humano y su forma de vivir. Porque tal vez no se necesiten hojas y hojas ni extrañas palabras para explicar algo tan terrible, tan tormentoso, como la muerte de un niño.

“¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad?”, se pregunta el narrador en un pasaje del cuento. Y yo me pregunto cómo puede ser esta vida tan fría y atroz y transformarse, en un instante, en una pesadilla sin vuelta atrás. Entonces, ¿cómo es que no logramos valorar nuestros afectos con la intensidad que se merecen, y cuando ya no están lloramos por ellos?

Inmersos en un mundo plagado de sueños efímeros, vivimos a un ritmo acelerado, siempre insatisfechos, corriendo tras objetivos impuestos, seducidos constantemente por modelos de vidas que reparan sólo en cosas materiales. Cuando lo cierto es que, alcanzados por dramas como el de este relato, todo ese mundo artificial se desmorona abruptamente. Y nos deja inmersos en el vacío más absoluto.
Como dice Dagerman, “no es verdad que el tiempo cure todas las heridas”. Y ya lo creo que no es verdad: la muerte de un hijo no es una herida que pueda cerrar jamás, aún cuando el ser humano se adapte a vivir con tal descomunal dolor. La vida, por lo tanto, ya no es un camino de búsqueda y satisfacciones, sino un sobrevivir doloroso y cruel. Y en este perdurar el único anhelo será, según las creencias de cada uno, reencontrarse en algún lugar con ese hijo perdido.
En el cuento que mencionamos no hay malas personas, ni asesinos, ni degenerados: sólo gente común, con una vida común, atravesando un domingo común. Pero que termina en tragedia.
Y es esto, quizá, lo que me perturba tanto de Dagerman. Después de leer otro de sus brillantes escritos, el ensayo titulado Nuestra necesidad de consuelo es insaciable (1952), descubro a un hombre sin fe, desprovisto de toda creencia religiosa. Un ser muy sensible, en la búsqueda constante. Un autor que no sólo me conmueve hasta lo más profundo, sino que también me ayuda a pensar que está en uno la capacidad de darle el valor apropiado a la vida que haya construido.
Vivimos en un mundo en donde los grandes ideales están olvidados, como dice Discépolo en su visionario tango “Cambalache” (1935): “Hoy resulta que es lo mismo/ ser derecho que traidor,/ ignorante, sabio o chorro,/ generoso o estafador./ ¡Todo es igual!/ ¡Nada es mejor!”
Pese a todo esto, entiendo que no todo es igual y que sí hay algo mejor. Un camino en el que la vida tiene un valor en general, y la esencia del ser humano, un valor particular.
Pues la vida es una, y de nosotros depende cómo la vivamos y el valor que le demos. Pero es importante saber que estamos expuestos a cualquier tragedia como la de este cuento, sobre todo en la desalmada realidad que nos está tocando vivir.
Comprendo así la frase de Bertolt Brecht: “La cuerda cortada puede volver a anudarse, vuelve a aguantar, pero está cortada”.
Y por fin descubro qué es lo que hace diferente a un escritor. Es diferente aquel que, al menos por un rato y desde su escritura, logra “cortar la cuerda” con un golpe seco y certero. Un golpe seco y certero a las emociones de quienes lo estén leyendo.

Fotograma del cortometraje de los hermanos Esteban Alenda, inspirado en el cuento de Dagerman

Y es esto lo que provoca Stig Dagerman con “Matar a un niño”.

En al ADN del género

Jugar duro, Elmore Leonard


 

 

 

 

Me hice fanático de Elmore Leonard hace ya tiempo. La insondable Internet aún conserva aquí un artículo que escribí hace muchos años, y que así lo atestigua (¡gracias, elaleph.com!). Lamentablemente, Leonard es un autor difícil de encontrar en español. Algún librero de otras latitudes podrá ampliar este punto y tal vez desmentirlo, pero un recorrido por las librerías de Buenos Aires me terminará dando la razón de manera rotunda: no hay libros de Leonard.
Por ese motivo, y enfocado como estoy —a veces demasiado enfocado— en las novedades, hacía rato que no leía una novela del gran Elmore. Pero claro, siempre existen las librerías de saldos y usados en las que encontrar un viejo ejemplar de la colección Crimen & Cía, de Versal como este que conseguí de Jugar duro. Lo tuve en mi pila de pendientes durante unos meses, hasta que le tocó el turno. Me intrigaba un poco el impacto que podría producirme volver luego de tan larga abstinencia.
El efecto no pudo ser mejor.
Vamos primero a la historia. Ernest “Stick” Stickley salió hace poco de la cárcel. Es un tipo curtido, pero no tiene intenciones de volver al ruedo, más bien planea buscarse un trabajo tranquilo, volver a ver a su hija, en fin: encaminarse. Se encuentra en Miami con su amigo Rainy que le pide que lo acompañe a hacer un trabajo encargado por un tal Chucky. Hay que entregar un maletín y te pagan 5000 dólares. Necesitado de “llevarse algo a la boca”, ¿cómo rechazar semejante oferta? Por supuesto, la entrega es una trampa, se va todo al diablo y hay un asesinato. Stick se escapa pero, como testigo, se convierte en un hombre buscado. Claro que, como buen personaje de Leonard, el tipo quiere que le paguen los 5000 verdes y decide volver a reclamarlos. En el camino termina trabajando como chofer para el millonario Barry, gurú de Wall Street —a no olvidarlo: estamos en los tempranos años ochenta— y amigo de Chucky. De modo que Stick está trabajando para el amigo del tipo cuyos matones lo buscan para matarlo: ¡pure Leonard! Como chofer intima con la atractiva Kyle, verdadero cerebro detrás de la fortuna de Barry. También conoce a Cornell Lewis, el mayordomo negro que es amante de la voluptuosa mujer de Barry, a quien llama “amo”. Más tarde aparece un ridículo productor cinematográfico —otro tópico habitual de Leonard: el cine—, y a través de él, Stick encuentra la forma de cobrarse los u$s 5000 y algo más…
Leonard tiene ese inmenso talento de hacer que quieras a sus personajes casi inmediatamente. Y que les creas cualquier cosa. Por ejemplo, ¿cómo es

posible que un perdedor duro y violento como Stick sea tan inteligente y sensible, con tanto sentido del humor, tan seductor con las chicas, habiendo sido, poco tiempo atrás, un delincuente convicto de oscuro pasado? ¿Se volvió cool de repente? Bueno, a nadie le importa, la verdad. Lo único que uno quiere es ver cómo se comportan este y otros personajes por el estilo en las escenas que, saliendo de la pluma de cualquier otro autor, resultarían artificiales, pretenciosas, exageradas. Ejemplo: casi al final del libro, Stick, muy violentamente, desarma a un matón y lo obliga a que lo conduzca frente a su jefe, alguien que se supone que quiere matarlo. No sólo acaban tomando algo de forma amigable, las armas descansando sobre la mesa, sino que Stick termina asesorándolo en cuestiones de bolsa…¡hablando de acciones de McDonald’s!

Jugar duro es una novela del año 83. Casi 30 años. Toda una vida. Sin embargo, es una novela actual. Aún cuando, hablando de empresas y acciones, alguien dice “Veo que la alta tecnología va a estar presente en mi futuro. Ordenadores. Parece ser que ahí es donde reside la clave.”, aún con ese tipo de “anclajes” a una época, la novela es una novela moderna. Desde mi humilde parecer, arriesgo una simple explicación: la forma de escribir de Leonard se introdujo en el ADN de muchos de los escritores de novela negra que leemos hoy en día, y en el de varios de los guionistas y directores de cine que han explotado de los 90′ para acá. Esto incluye, desde luego, a Tarantino y a los Coen. Claro que muy pocos se acercan a su altura.
Insisto en que ningún amante del género debería dejar pasar la primera oportunidad de meterse en cualquier novela de este autor enorme. Más aún, me permito sugerirlo también para muchos de los nuevos escritores: ¡hay tanto para aprender de Elmore Leonard!

Y si les gustó esta reseña, queridos lectores, no dejen entonces de visitar mi blog dedicado al policial La forma en que algunos mueren. Hasta pronto.

 

 

Un par de buenos muchachos

“Nadie está siempre en la cima”, anunciaba la frase promocional de la película Casino, allá por 1995. Extraña paradoja: el ganador del Oscar al mejor actor por Toro salvaje, y el galardonado como mejor director (BAFTA) por Buenos muchachos, han permanecido por décadas en la cumbre del buen cine.
Hoy, a treinta y nueve años de su primer film juntos (Mean Streets), se rumorea que la dupla Scorsese – De Niro ataca de nuevo. ¿Otro éxito? Dudo que este film quede librado a su suerte. El azar sólo le pertenece a las fichas que caen por los tragamonedas del Tangiers.

Brian De Palma, amigo en común de Martin Scorsese y Robert De Niro, los presentó y dio pie a una estrecha amistad, a una de las relaciones más fructíferas de la gran pantalla: Scorsese – De Niro. Ellos plasmaron ocho obras que se encuentran en la lista de las películas mejor reconocidas. Aunque alguna haya fracasado comercialmente, aunque solo una haya recibido el político Oscar, el arte de las obras nos emociona: Calles peligrosas (1973); Taxi Driver (1976); New York, New York (1977); Toro Salvaje (1980); El rey de la comedia (1983); Buenos muchachos (1990); Cabo de miedo (1991); Casino (1995).
Pesos pesados de la cinematografía, De Niro improvisa, Scorsese lo deja. Y después, el film resulta siempre brillante.
Borges decía que él se veía mejor representado por los libros que había leído que por los que había escrito. Porque en la obra propia, uno apenas puede transmitir parte de lo que ha asimilado, parte de lo que es. Cuando escribimos, pintamos, componemos una obra musical o cinematográfica, no hacemos otra cosa que configurar en ella nuestras vivencias, el sello personal que nos identifica.
Martin Scorsese (Queens, 1942) y Robert De Niro (Greenwich Village, 1943) asimilaron en el sur de Manhattan la vida de la Pequeña Italia —Little Italy—, un barrio de Nueva York llamado así por la gran cantidad de inmigrantes italianos (ítaloamericanos). Los dos, hijos de italianos, vivían a unas manzanas de distancia. El barrio incluía una zona al norte de la calle Canal, y lindaba con Chinatown. La Fiesta de San Genaro, típica de la Pequeña Italia durante once días de septiembre, alimentaba las experiencias de Martin y Robert. Así vivieron rodeados de psicópatas, de perdedores y perdidos, de familias sin valores. Personas que, por mucho que lo intentaran, no terminaban de encajar en la sociedad.
Martin se pasaba horas detrás de la ventana contemplando su barrio. Por esa ventana pasaba su realidad, su película cuadro a cuadro. Lo imagino a Scorsese mirando y grabando cada “frame”: una pareja saliendo del restaurante de pizza o pasta, un hombre de camisa con cuellos doblados en las puntas entrando a la panadería, un vendedor parado frente a su carro y un chico robándole una rosquilla, su padre cruzando la calle y llevando la ropa que debía planchar en su negocio. ¿A cuántos taxistas habrá visto Martin antes de filmar Taxi driver? Pienso que esa ventana y la sala de cine fueron su diversión favorita.
De Niro dejó a los trece años la High School of Music —un intento de su madre para sacarlo de la calle—, y se unió a una banda callejera. A él lo imagino como a Calogero, aquel niño del barrio italiano de la película actuada y dirigida por el propio De Niro: Una historia del Bronx. Amor, amistad, aprendizaje y familia en el violento y contradictorio mundo de la mafia. Su padre, Lorenzo (De Niro) conduce un autobús y se esfuerza para que su hijo se convierta en un ciudadano honrado. Un día, Calogero presencia una riña donde el mafioso local Sonny (Chazz Palminteri) asesina a su oponente. El muchacho crece bajo la protección de los dos hombres, dividido entre su honestidad natural y su fascinación por Sonny: lujosos coches, dinero fácil y respeto ganado a fuerza de miedo.
Podría aplicarse el siguiente carácter recíproco, certero como toda fórmula matemática: mira cómo vivieron Scorsese y De Niro, y verás sus películas; mira sus películas, y sabrás cómo vivieron.
Entonces, con esta historia de vida: ¿quién mejor que ellos para retratar a las bandas callejeras y a la mafia italiana? Sus obras abordan los temas de la vida ítaloamericana, los conceptos de culpa y redención, el machismo y la violencia endémica en la sociedad estadounidense.
La obsesión de Scorsese por su pasado italiano y la creencia católica en la que lo educaron tuvieron un cruce perfecto con la innata forma de actuar de De Niro. Martin vio en Robert a su perfecto complemento: actor de método, compartía con él su pasión por la improvisación. A los dos les interesaban los personajes que descubrieran el lado más oscuro de las personas. Habitantes aparentemente normales luchando para acoplarse a la difícil Nueva York, pero con otra personalidad oculta y latiendo bien profundo, como en las semillas. Habitantes sensibles al primer estímulo de las circunstancias o el entorno: un proxeneta, una gentileza para la esposa, dinero fácil, una bella prostituta. Con estos estímulos las semillas germinan, brotan los rasgos más sombríos y explotan en un crescendo de violencia inusitada.
Así surgió el taxista ex combatiente y mentalmente inestable de Taxi driver, que se incorpora a la turbia vida nocturna de Nueva York. Al ver la injusticia en su ciudad natal revive sus peores pesadillas de guerra. Un ser de la peor calaña que se transforma en héroe. Una magistral y demoledora radiografía de un ciudadano violento, asqueado de un sistema podrido.
O la historia de Buenos muchachos, que narra tres décadas en la vida de un trío de gángsters (De Niro, Pesci y Liotta), y propone una irónica versión del sueño americano cumplido con métodos mafiosos. O Casino, otra brillante historia de gángsters sobre los casinos controlados por la mafia de Las Vegas. O Toro salvaje, basado en la biografía del boxeador Jake la Motta, que muestra la autodestrucción, el ascenso y caída de un gran deportista incapaz de controlar sus celos y la violencia extrema fuera del ring.
Es probable que Martin Scorsese y Robert de Niro vuelvan a encontrarse para un proyecto en común. Se habla de que podría tratarse de The Irishman, basado en el libro de Charles Brandt I heard you paint houses (He oído que pintas casas), expresión de los bajos fondos que hace referencia a la sangre salpicando los muros durante un asesinato. Otra vez el tema que siempre los ha unido: en este caso, muestra la supuesta ejecución y descuartizamiento del sindicalista Hoffa a manos de Frank “The Irishman” Sheeran, un sicario con veinticinco muertes en sus espaldas.De concretarse, seguro que veremos otra genialidad de estos dos monstruos del cine.

 

EL UNIVERSO DE LAS CITAS ME INCITA

Algo que caracterizó el estilo de la literatura, el cine y el arte en general durante el siglo XX en adelante es el dominio que poseen los autores de citar eventos de la cultura popular: aquellos pasajes de otros libros, películas o canciones que los inspiraron y los formaron durante su carrera.


Quizá de este modo el autor logra plantar sus raíces en la obra que ejecuta y así le revela a su lector o a su audiencia quiénes fueron sus mentores artísticos, y consigue rendirles homenaje.
Es así como Stephen King cita a diversas bandas de rock, como Los Ramones en Cementerio de Animales o Marvin Berry en It; en los primeros discos de Led Zeppelin y Bob Dylan predominaron covers o versiones alteradas de cantantes de blues que ellos consideraban excelentes; o el director Brian De Palma creaba en esa misma época una interpretación moderna del cine de Alfred Hitchcock.

Y entrando en el campo cinematográfico, básicamente toda la filmografía de Quentin Tarantino, Steven Spielberg o George Lucas nos ofrecen una revalorización de los géneros. Estos tuvieron un papel importante en la niñez de las personalidades nombradas y, en consecuencia, los directores les realizan un homenaje mediante alusiones constantes a sus convenciones y personajes.

Victoria entre las sombras es un caso que no se queda atrás. Revestida de citas y homenajes, la novela de Marcelo di Marco no solamente resulta una historia intrigante para el lector común, sino que también plantea un mundo de cultura popular encubierto entre los nombres de sus personajes. Una tarotista llamada Tamiroff dispara un rompecabezas cultural en el que se mezclan autores como Franz Kafka y Orson Welles, mientras que un taxista llamado Martín Travis nos remonta a los años ’70, con aquel personaje encarnado por Robert DeNiro en la película de Martin Scorsese.
El mundo de las citas se extiende en toda la novela, y no sólo en los personajes, sino también en los espacios que estos recorren. Una de mis citas favoritas es la del barrio de la Batería, un espacio cuyo nombre goza de un doble homenaje. Por un lado, uno directo a la película Streets of Fire (Calles de fuego, 1984) de Walter Hill, quien a su vez está rememorando el barrio de “Hombre de la esquina rosada”, de Jorge Luis Borges.
Es este uso de las citas el que crea una nueva capa dentro de la historia. Un mensaje oculto que le da al texto una riqueza cultural mayor, ya sea que esté escrito en papel, musicalizado o llevado a la pantalla grande. Es fascinante, y recomiendo a cualquier persona que le dé una lectura nueva a sus obras preferidas de cualquier ámbito artístico considerando este punto de vista. Es muy probable que así descubran cómo el autor, a veces subliminalmente, rinde tributo a los incontables trabajos que se esconden entre los párrafos, nombres, lugares o diálogos de sus historias.

La Señorita Enriqueta era una tremenda fascista

Cuando yo era chico, cuando el mundo estaba por cambiar para siempre gracias a la aparición de Los Beatles, el jipismo y el Concilio Vaticano Segundo, a la hora de la lectura la maestra pretendía enseñarnos cómo disponer las manos para sujetar un libro. Cómo respetar la puntuación de lo que en él estaba escrito. Cómo manejar la respiración, incluso. Qué represora retrógrada. Aquello era lo más parecido a un ritual, en el sentido más horrorosamente religioso de la palabra. Y —¡horror de horrores!— también nos sometía a la humillación de hacernos pasar al frente, a leer en voz alta delante de todos los compañeros —por supuesto, nos obligaba a leer lo que ella quería que leyéramos—. Después, en el colmo de la osadía, esa temible reaccionaria nos señalaba en qué nos habíamos equivocado. Y entonces, ya instalado definitivamente su aparato represivo, pasaba a mostrarnos cómo perfeccionar la lectura. Claro está, quienes mejor leían obtenían un premio. Y los que no… bueno, el sentido del decoro me impide narrar con cuánta crueldad eran castigados. Y con esos métodos siniestros no sólo aprendíamos a leer y perdíamos la vergüenza de presentarnos ante la gente, sino que también se nos adiestraba a competir entre nosotros sobre la base de la justa remuneración. ¡Mi Dios! Como consecuencia, en mi caso personal, eso me sirvió para seguir sometiéndome a la lectura en voz alta. A veces tengo que soportar semejante humillación públicamente, ante auditorios de trescientas personas. Y todos los días les leo en voz alta a los diferentes grupos que vienen a casa a trabajar, a cuyos integrantes los estimula escuchar sus propios textos dichos por los labios de otro. Debo de ser una especie de masoquista de las letras…, y hasta podría pensarse que acaso los métodos nazifascistas de la Señorita Enriqueta marcaron mi vocación de escritor.
Pero pronto las cosas cambiaron, y los retrógrados debieron apartarse ante el empuje de los progresistas. Después de aquellos nefandos tiempos que he descripto vinieron los Grandes Pedagogos y les enseñaron al docente y a la docenta —ya no a la maestra, ahora ex “segunda mamá”— a terminar con esa práctica altamente discriminatoria de la lectura en voz alta y frente al aula. Y la libertad ahora es cada vez mayor, ya que no sólo no se pasa al frente a leer, sino que tampoco se lee un corno en la privacidad. ¡Lo estamos logrando, y encima democráticamente! ¡Un país de mansas ovejitas tinellizadas y macdonalizadas, enchufadas a los jueguitos de sus celus y aptas para el empome total!
A resistirse, mis amigos.

La guarida de la nena mala, de Dolores Pereira Duarte

El pasado martes 13 de diciembre a las 19.00 horas, en el microcine del Centro Cultural Recoleta, Dolores Pereira Duarte, junto a los escritores Claudia Cortalezzi y Marcelo di Marco, presentó en Buenos Aires su primer libro. La novela lleva por título La guarida de la nena mala, y se inscribe dentro de una tradición inoxidable: la de las mansiones poseídas por espectros. Aclaro que el acontecimiento transcurrió en Buenos Aires porque la primera presentación ya había sucedido el jueves 6 de octubre de 2011 en el espacio Apacheta de Arte Nativo, Córdoba, provincia de la cual Dolores es oriunda, y en la que además transcurre la novela —en el Barrio General Paz, exactamente—. En aquel entonces, la escritora Sonia Ravinovich estuvo a cargo de la presentación.
Repasemos la tarde del martes 13 en el Centro Cultural Recoleta. Martes 13 —repito—, un auditorio repleto y a media luz, tres escritores presentando una novela de terror, en fin: el escenario posible para que un asesino serial haga de las suyas. Pero, a Dios gracias, ningún psicópata desató su furia; quizá conmovido ya desde el vamos por las fotografías —editadas a modo de video— que dieron apertura al encuentro: las de la presentación “a la cordobesa”, en las cuales se la veía a Dolores rodeada de su círculo íntimo y demás afectos, muchos de los cuales la vieron hacer sus primeros contactos con la literatura. Finalizado el video, acto seguido, la imagen que ocupó la pared fue otra, bien distinta. Esta ya no conmovía, sino que más bien perturbaba: la genial tapa de La guarida… —diseñada por Valeria La Maestra— se proyectaba como una presencia fantasmagórica. Entonces Di Marco, en su rol de presentador, habló.
Citando sus propias palabras escritas en la contratapa del libro —“… Dolores Pereira Duarte logra una auténtica estilización del género gótico”—, Di Marco fue planteando ciertas bases de dicho momento especial de la literatura. Así comenzó a generar un contexto propicio para reconocer determinadas características del estilo de Dolores. A saber (y siguiendo a César FuentesRodríguez):
- En cuanto género literario, el gótico nace con El Castillo de Otranto, novela escrita por el londinense Horace Walpole a mediados del siglo XVIII.
- Monasterios y catedrales, básicamente, son los escenarios en los cuales en aquel entonces se narraban los acontecimientos. En el caso de Dolores, será en una antigua casona.
- El autor crea atmósferas de misterio y suspenso que, fundamentadas en un orden sobrenatural que invade lo real, son capaces de horrorizar al lector.
- Entra en juego algún tipo de maldición que pesa sobre la propiedad o sus habitantes, y que trastoca la existencia de estos últimos.
- Los personajes son arrastrados por el desenfreno de sus pasiones. Sus estados de ánimo sufren alteraciones enfermizas (angustia, celos, paranoia).
- Se perciben conflictos amorosos y oscuros impulsos sentimentales. Cuanta mayor sea la pureza de los personajes, mayores tormentos y tentaciones a ser corrompidos tendrán que atravesar —en el gótico clásico es muy frecuente el paradigma de la doncella en apuros.
- En el gótico clásico abundan también las escenas de apariciones espectrales. Los personajes sufren constantes desmayos, llantos y ataques de nervios. Por lo general —y en desmedro de la trama para un lector de la actualidad— se hace demasiado hincapié en esos acontecimientos.

- El gótico “moderno”, por llamarlo de alguna manera, nace con E. A Poe. Es él quien lo libera de ese lastre tímidamente barroco, estilizándolo hacia la efectividad de un relato más dinámico. Alcanza con nombrar cuentos tales como “Ligeia” o “La caída de la casa Usher”.
- Quien estiliza, impone su estilo. Eso, precisamente, es lo que hace Dolores Pereira Duarte. Sus personajes son verosímiles porque son actuales, porque toman mate con criollitos, porque viven en Córdoba. Se los reconoce cotidianos, y además, tensionados por las contradicciones.
- Un tema fundamental y de gran actualidad se vislumbra con la lectura de la novela: la decadencia de la familia.
Claudia Cortalezzi, por su parte, se dedicó a contar su experiencia como lectora de los primeros manuscritos del texto, cuando La guarida… aún era un proyecto. En el libro, ella figura entre los agradecimientos. “A Claudia Cortalezzi —escribe Dolores—, por ayudarme a hacer de una novela un culebrón”. Cortalezzi destacó el color local que ya teñía la historia desde las primeras versiones, y cómo lo fantástico se iba entreverando en ese particular costumbrismo.
Ambos presentadores confesaron haberse asustado como pocas veces con la lectura de La guarida… Coincidían en que, con el avance de las páginas, lo pesadillesco parecía volverse una presencia real, acechante. Tal es la intensidad con que está escrita la novela.
Las palabras finales las dio Dolores. Inevitablemente emocionada, agradeció. Y después del brindis, en fila y libro en mano, varios de los presentes aguardaron su turno para recibir la dedicatoria.

Arañas en la literatura

 


Podría impregnar esta página de una extensa lista de monstruos con los que me he deleitado en las lecturas. Monstruos de carne y hueso y hasta monstruosidades invisibles. Pero, de todos ellos, quiero hoy dedicarme a esa clase de artrópodos de pequeño esqueleto invertebrado, extendido en articulados apéndices. Porque, aunque nos encontramos fuera de su cadena alimenticia, despiertan en nosotros el instinto de huir, de ponernos a salvo de sus glándulas inoculadoras de veneno. Sabemos que también utilizan su ponzoña para defenderse; y, muchas veces, sus picaduras pueden causar la muerte.

Ellas nos llenan de espanto, sí, pero también nos atraen.

Confieso que más de una vez he permanecido admirando los movimientos delicados y perfectos de sus patas, de sus palpos. Me fascinaba su técnica de caza, cuando una de ellas se abocaba a capturar y envolver a su víctima. Inmóvil, yo trataba de estudiar su meticulosa y paciente labor, como si con sólo observar me fuera posible captar su esencia, descubrir dónde termina el instinto de supervivencia, dónde comienza el goce —si es que existe— por la muerte lenta de su presa.

No siempre se dejan ver, pero sabemos que están ahí, cerca, acechando.

¿Cómo advertir si alguna de ellas, con sus mudos y sigilosos movimientos, ha irrumpido en nuestra vida cotidiana y convive laboriosa en algún rincón, sin que lo imaginemos siquiera?

Del mismo modo taciturno que se desplazan por nuestra casa, se han ido introduciendo en la literatura. Así, hurgando en sus confines, encontramos que las historias de arañas se remontan al antiguo Egipto, hasta la diosa Neith, una hiladora que tejía destinos, más conocida como diosa de la guerra, de la que los faraones se autoproclamaron hijos. Neith era adorada también como patrona de la familia, del arte textil  —se la representaba con un huso en la mano— y por su misión de velar los despojos mortuorios, tras fusionarse con Isis.

Ovidio —poeta romano, 43 a.C.-17 d.C.— narra en su obra Las metamorfosis la historia de la princesa Aracné. Dice que la muchacha tenía una gran habilidad para el tejido y el bordado. Un día decidió retar a Palas Atenea a una competencia en la que cada una debía tejer un tapiz. Atenea representó a los dioses del Olimpo y los castigos que infligían a los mortales que los desafiaban. Aracné respondió con una representación de los amores escandalosos de los dioses. Así se lee en el texto de Ovidio:

Ni Palas ni la Envidia podrían reprochar aquella obra. La rubia y varonil doncella se dolió del éxito y rasgó la bordada tela, en donde aparecían las faltas de los dioses; y como aún tenía en sus manos la lanzadera, llegada del monte Citoro, por tres o cuatro veces golpeó la frente de Aracné, hija de Idmón. La infeliz no soportó aquello y con decisión se ahorcó.

Compadeciéndose Palas, suavizó el cruel destino de la que estaba colgada y le dijo: “Vive, miserable, pero siempre suspendida, y esa misma ley de castigo te impongo, para que no te veas segura en el futuro, alcance a toda tu raza, hasta tus últimos nietos.”

Entonces Palas Atenea la roció con los jugos de Hécate y así cayeron sus cabellos, nariz y boca. Su cabeza se redujo y también su cuerpo. Se le adhirieron dedos a los costados y todo lo demás se convirtió en vientre. De ahí sacaba un hilo y, ya convertida en araña, se dedica a tejer sus telas.

Siguiendo con los ejemplos del verdadero pavor que pueden provocar las arañas, no puedo pasar por alto a las más famosas de la literatura.

No olvidemos a Peter Parker —personaje creado para una historieta de Amazin Fantasy por el guionista  Stan Lee y el dibujante Steve Ditko—,  estudiante de física y fotógrafo del Daily Bugle, que se convirtió el superhéroe Spider-Man tras ser picado por una araña genéticamente modificada.

Después de haber leído El señor de los anillos, del escritor británico J.R.R. Tolkien —Sudáfrica, (1892-1973)—, será muy difícil olvidar esta escena, cuando Frodo y Sam deben enfrentarse con Ella-Laraña:

Jamás una mosca había escapado de las redes de Ella-Laraña, y jamás ésta había estado tan furiosa y tan hambrienta. […] En cuanto el cuerpo fofo y las patas replegadas pasaron estrujándose por la abertura superior de la guarida, Ella-Laraña avanzó con una rapidez espantosa.

Pero ya en el primer libro de esta historia, El hobbit, Bilbo Bolsón —tío de Frodo— debió enfrentarse con un ejército de arañas gigantes.

Las arañas vieron la espada, aunque no creo que supieran lo que era, y todas se pusieron a correr persiguiendo al hobbit, por el suelo y por las ramas, agitando las piernas peludas, chasqueando las pinzas, los ojos desorbitados, rabiosas, echando espuma. Lo siguieron bosque adentro, hasta que Bilbo no se atrevió a moverse más.

 

 Juan José Hernández —argentino, nacido en Tucumán, 1932-2007—, por ejemplo, en su cuento “Anita” (en el libro Así es mamá, Seix Barral, 1996), nos muestra una araña pollito que se convierte en compañera de dos adolescentes:

Al poco tiempo descubrimos que el hombre del turbante era un impostor. La cariñosa Anita resultó una araña malhumorada que se negaba a saludar y permanecía encogida en el fondo de la caja.

El conocido escritor mexicano Juan José Arreola — (1918-2001) transforma, en sólo dos páginas, la vida del personaje cuando aparece la protagonista de “La migala”(en Confabulario, Buenos Aires, FCE, 1966):

Ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña…

Erckman-Chatrian —nombre conjunto adoptado por los novelistas franceses Emile Erckmann (1822-1899) y Alexandre Chatrian  (1826-1890)— nos acompaña a la gruta donde se encuentra el monstruo que da título al cuento “La araña cangrejo”.

Me  subí al peñasco que domina la caverna; miré a derecha e izquierda… ¡Nadie! Llamé… ¡Ninguna respuesta! El ruido de mi voz, repetida por los ecos, me daba miedo… La noche caía lentamente… Una indefinible angustia me oprimía… De pronto recordé la historia de la joven desaparecida; empecé a descender corriendo, mas cuando llegué ante la caverna, me detuvo un terror inexpresable: al mirar hacia la negra sombra de la fuente, acababa de descubrir dos puntos rojos inmóviles… (En la antología Antes y después de Drácula. Buenos Aires, Rodolfo Alonso Editor, 1972.)

 J. K. Rowling —nacida en el Reino Unido en 1965— también introduce el horror que causan las arañas en Harry Potter y la Cámara Secreta. Se trata de una araña gigante, mascota de Hagrid: Aragog. Tom Riddle —Lord Voldemort en el pasado— le dice a Harry que dicha araña es el monstruo de la Cámara Secreta —un dato falso-. Hagrid manda a los chicos a seguir a las arañas para descubrir lo que pasa en el castillo, ellos se internan en el bosque y se encuentran con Aragog y toda su familia, que tratan de devorarlos. Ron, Harry y el perro de Hagrid logran escapar por poco. La peor pesadilla para Ron, que siente una fobia descomunal hacia a las arañas. Hay una descripción espeluznante cuando el mismo Harry Potter ve salir algo que lo hace proferir un grito:

Un cuerpo grande, peludo, casi al ras de suelo, y una maraña de patas negras, resplandores de varios ojos y unas pinzas afiladas como navajas…

En El hombre menguante, Richard Matheson —escritor y guionista estadounidense, nacido en 1926— despliega un espanto tan enorme como lo es su araña, en comparación con el insignificante tamaño de Scott:

Durante un segundo, se sintió invadido por una sensación de inmensa alegría. ¡Quizá se hubiese matado de alguna manera!

Su excitación desapareció casi inmediatamente. No podía creer que estuviera muerta. Aquella araña era inmortal. Era algo más que una araña. Era el conjunto de todos los horrores desconocidos del mundo fusionados en un terror indescriptible. Era el conjunto de todas las ansiedades, inseguridades y temores de su vida en la forma de un cuerpo repugnante y negro como la noche.

Hasta el maestro del terror, Stephen King —nacido en Portland, Maine, Estados Unidos, en 1947—, casi en el final de una de sus mejores novelas, It, dedica un episodio a una araña. Y lo dice de esta manera:

La Araña contraatacó con las patas. Bill sintió que una de ellas le desgarraba la camisa por el costado, abriéndole la piel. El aguijón bombeaba inútilmente contra el suelo.

Y, como remate, me he reservado el cuento ”La araña” de Hans Heinz Ewers  —escritor alemán, (1871-1943)—, que figura en el libro Historias temibles (Cara Oculta, 1991). En este relato, un estudiante de Medicina decide instalarse en la habitación de un hotel donde se han ahorcado tres personas en tres viernes consecutivos, quizá debido a una vecina a la que ve desde su ventana:

“Nuestro juego ha cambiado desde la sesión de ayer. Ella hace un gesto cualquiera y yo me resisto tanto tiempo como puedo hasta que me rindo y lo repito. Mi rendición, el abandono absoluto a su voluntad, constituye un placer extraordinario.”

Las “arañas literarias”, con su encanto propio, nos enredan en su tela de seda, nos cautivan y —aunque sepan que han logrado adentrarnos en la desesperación, matarnos de miedo— no nos sueltan.

Estos autores —y seguramente muchos más— han dedicado al menos un cuento o un capítulo de una novela, a veces el más intenso, a estas criaturas. Verdaderos ejemplos del pavor que consiguen provocar.

 

De talleres y talentos

Quizá les suene a autobombo, pero no lo es: simplemente quiero describir una realidad. Porque voy a hablar del hombre que amo.

Ustedes dirán: ¿qué tienen que ver tus cuestiones personales y sentimentales con la cultura, con la literatura —que es de lo que se ocupa este periódico—? Y les responderé: tienen mucho que ver. Porque el hombre al que me refiero es Marcelo di Marco.

Marcelo di Marco, cofundador de este periódico junto con Diego Ruiz, nuestro webmaster. Marcelo di Marco, autor del célebre Taller de corte y corrección. Guía para la creación literaria, que Sudamericana lanzó en 1997, y ya en su quinta edición lleva vendidos varios miles de ejemplares. Marcelo di Marco (mi marido, y excelente padre de mis mellizas, para más datos), que el jueves pasado presidió el vigésimocuarto asado del Taller literario que coordina desde hace muchos años.

Y ese día, mientras Marcelo presentaba el libro de poemas La rosa líquida, de Javier Rodríguez, yo lo miraba (les juro que con la mayor objetividad posible), y miraba a las casi setenta personas que compartían con nosotros sus alegrías y sus logros (publicaciones, concursos, premios…), y pensaba. Pensaba cuántos años llevaba Marcelo construyendo tesoneramente este TCyC que hoy tiene tantos integrantes, en el país y en el exterior. Pensaba con cuánto ahínco, seriedad, rigor y calidez trabaja Marcelo los textos de todos esos escritores, cuánto empuje les brinda para dar a conocer sus obras, con qué dedicación los ayuda (aun en cuestiones extraliterarias, desde conseguir dadores de sangre a regalar gatitos). Y pensaba cómo se nota eso en el cariño que todos le tienen y en los agradecimientos que manifiestan, y también en cómo se aprecian entre sí estas personas que quizá sólo se ven un par de veces al año, precisamente en estos asados. Pensaba que talleres literarios hay muchos, pero no sé cuántos son tan pujantes, tan vitales, tan emprendedores, con tanta gente que publica, concursa y gana premios.

Y por eso pensaba también que el TCyC ya no es solamente un taller literario: es una comunidad. Es decir, un “conjunto de personas vinculadas por características o intereses comunes”, como reza la definición del DRAE. El primer vínculo de esta comunidad (comunidad de escritores) es la pasión por la literatura, por la buena escritura, por aprender cada día. Y el eslabón que los une a todos es un coordinador que ha logrado esto gracias a su perseverancia, a su empeño, a su laboriosidad (¡qué palabras y qué virtudes tan lamentablemente fuera de moda!). Un coordinador que se ofrece como punto de encuentro para tantas individualidades y estilos diversos y que, respetando a cada uno de ellos, no olvida el bien común. Un coordinador que, como pide Cristo, enseña a no esconder los talentos sino que los hace fulgurar a la luz del sol para que iluminen la tierra. Es decir, en todo el alcance que tiene el término, un verdadero maestro.

Citizen Jackson: De Neverland a Xanadú en trineo

Los fans de Michael Jackson festejan el veredicto en contra de Conrad Murray —médico personal del cantante—, quien fue declarado culpable de homicidio involuntario. Este mes, el “Rey del Pop” hubiera celebrado el vigésimo aniversario del lanzamiento de Dangerous, su octavo álbum.
Y, a setenta años de Citizen Kane, el éxito del film se sigue replicando, acaso como se replica Charles Foster Kane —su protagonista— en los espejos de su palacio.
En un año de aniversarios, dos grandes nos saludan desde El país de Nunca Jamás.

Lo que interviene en la relación de amor,
lo que se pide como signo de amor,
es siempre algo que sólo vale como signo
y como ninguna otra cosa.
[…] lo que establece la relación de amor
es que el don se da, digámoslo así, por nada.
El principio del intercambio es nada por nada.


(Lacan, El Seminario, Libro IV)

 

Do it like Michael, do it like Michael![1]
Con esas palabras instaba el padre de Michael a que los otros cuatro Jacksons corrigieran sus pasos de baile.
Posiblemente esta fue la única sanción positiva que Michael recibiera de su padre. Y fue a lo que se aferró para subir a la gloria y llevar el dominio de sus movimientos más allá de lo posible: llegó al extremo de inclinarse a cuarenta y cinco grados sin caer, retornar a la posición vertical, repetirlo y convertirlo en un cuadro de alguna de sus increíbles coreografías.
Menoscabado hasta el hartazgo acerca de su fisonomía por un padre tirano y una madre cómplice, Michael trató de lucir como otro hombre completamente diferente: su cara llegó a tener facciones que no eran siquiera una semblanza de sus rasgos naturales. Hasta quedó negada en ella su masculinidad. Su piel terminó siendo muy distinta de la que había heredado. Su voz nunca sonó como la de un hombre, sino como la de un niño. Pero uno genialmente creativo.
No fueron ni esa particular voz ni sus letras lo que enloqueció a sus fans, sino el siempre sorprendente despliegue visual que derrochaba en sus presentaciones. Consolidó su fama afirmado en lo único que su padre había aprobado: moverse como si su esqueleto flotara.
Do it like Michael, do it like Michael!
Construyó una mansión de cuentos en la que quiso ser el rey niño que todo adulto sufriente sueña ser: uno que comparte dadivosamente su riqueza con otros que no gozan de su fortuna. Un lugar que fuera sólo abundancia despampanante, ilimitada; cuya imponencia convirtiera en bebé a cualquier gigante que pudiera habitarlo. Una isla donde sólo imperara la ley del deseo, la infantil tiranía de un adulto a quien la niñez le fue arrebatada.
Rosebud!
Sesenta y ocho años antes del espectacular entierro en Neverland, Orson Welles trazaba como nadie el preciso mapa de lo que ocurre con un niño al que se le quiere canjear su niñez por algún objeto adulto de veneración: generalmente, gloria y riqueza material.

Dos gigantes —uno ficticio y otro que parecía irreal— sólo intentaban asir, a través de la seducción de multitudes devotas, el  único tesoro que un niño necesita: amor incondicional.
Bajo el brillo de la fama y de la posesión incalculable de bienes, ambos se procuraron el aspecto concreto de lo buscado: la aclamación masiva y un infinito confort físico. Todo esto, en compensación del cariño real —también físico— jamás experimentado, y que insistentemente retornará exigiendo satisfacción.
Rosebud!

 


[1] - ¡Háganlo como Michael, háganlo como Michael!