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Diez libros para iniciarse como un buen lector

Por Luis Fernando Lezama *

 

Hace unas semanas, en la comunidad de Facebook del Taller de Corte y Corrección, Lucas López escribió pidiéndonos ayuda para recomendarle un libro a su cuñado. Hasta ahí, todo normal. Sin embargo, Lucas señalaba que su cuñado no leía literatura; por lo que él, responsable, no quería darle cualquier libro. Así que Lucas nos pidió que sugiriéramos libros que fueran una puerta segura para que su cuñado entrase en el mundo de la ficción.

¿Cuántas veces no nos pasa? Alguien que nos reconoce como buenos lectores nos pide que le recomendemos un libro. Yo debo admitir que odio cuando me hacen esa pregunta. No porque no quiera recomendarles alguno, sino porque siento que puedo ser el culpable de que alguien no vuelva a leer nunca más. Temo que no le guste lo que le recomiende y no vuelva a leer por mi culpa. Temo que yo sea quien impida el futuro tal vez maravilloso de esa persona. Puede ser un poco exagerado de mi parte pensar así, pero sólo quien está tan enamorado como yo de la literatura entendería mi preocupación. Yo les debo todo lo que soy —cómo pienso, cómo me relaciono con otras personas, con qué ánimo me levanto— a los libros. Les debo hasta el hecho de poder escribir en este bello espacio que es el periódico Fin, ¡imagínense! Sin los libros que he leído, les aseguro que no estarían leyendo esta nota. Y para mí, eso sería más que una tragedia, aunque pudiera estar en cualquier otro lugar del mundo. Si a mí alguien me hubiera recomendado un mal libro para comenzar y yo no hubiera descubierto esta magia portátil —como la llama Stephen King—, quién sabe dónde estaría, o si estaría siquiera. Tal vez sería un zombie más que va en el colectivo refrescando una y otra vez su página de Facebook. En cambio, yo cuando voy en el colectivo tengo la suerte de ir —a la vez que me acerco a mi destino— descendiendo por un calabozo junto al peor de mis enemigos, Fortunato, para vengarme de él de la forma más espantosa que se me pudo ocurrir (“El barril de amontillado”); o puedo ir maravillándome con los inventos que un gitano que ha recorrido el mundo trae a mi pequeña aldea, que está junto un río de aguas diáfanas que se precipitan por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos (Cien años de soledad).

Hace unos días, una amiga doctora me compartía un discurso pronunciado por Federico García Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo natal. En el discurso, el poeta granadino decía lo siguiente:

“Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro”.

¿Por qué don Federico García Lorca, uno de los poetas más grandes de nuestra lengua, decía eso? Parecería una locura pedir medio pan y un libro siendo un mendigo. Pero decía el autor de Bodas de sangre que “Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano, porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social”.

Además, García Lorca relata que el magnífico Dostoievski, cuando estuvo preso en Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, al momento de pedir socorro mediante una carta a su lejana familia, sólo decía: “¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!”

Tenía frío —dice García Lorca— y no pedía fuego; tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón.

No nos queda mucho más que agregar: García Lorca y Dostoievski expresan mejor que cualquiera lo que pensamos y sentimos por los libros en Fin.

Sólo nos queda agradecer a Lucas López por haber lanzado esa pregunta en el grupo, pues gracias a ella Marcelo di Marco nos propuso a todos los que quisiéramos que mandáramos una lista de diez libros que toda persona debe leer para iniciarse como un buen lector. A partir de ella, hemos elaborado una sola lista con los diez más repetidos en las más de quince listas que nos llegaron. Fue una bonita forma de intercambiar lecturas entre todos. Debo reconocer que aún me queda una lectura de los diez libros finales. ¡Pero qué tonteras escribo! La verdad, sería insano pensar que sólo me queda una: me deben quedar miles, afortunadamente.

Algo que me encanta de la lista final es que en ella conviven escritores de culto como Jorge Luis Borges y bestsellers como Stephen King. Esto se debe a que no le pedimos a nadie que se limitara a enviar sólo narrativa, o mucho menos quisimos que sólo se enviase ficción literaria y se dejara a un lado la ficción de género. No, de ninguna manera: en el Taller y en Fin sabemos que cuando se trata de ficción, lo bueno siempre es bueno.

Como extra, hemos incluido la primera lista que se envió: la de nuestro maestro y amigo Marcelo di Marco.

A leer, entonces, para que nuestras almas no mueran, para subir a la cumbre del espíritu y del corazón.

 

Lista final:

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.

El Principito, Antoine de Saint-Exupéry.

Narraciones extraordinarias, de Edgar Allan Poe.

Relatos de lo inesperado, de Roald Dahl.

Ficciones, de Jorge Luis Borges.

Cuentos de amor de locura y de muerte, de Horacio Quiroga.

El umbral de la noche, de Stephen King.

El perfume, de Patrick Süskind.

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

El sabueso de los Baskerville, de sir Arthur Conan Doyle.

 

Lista de Marcelo di Marco:

Historias extraordinarias, de Edgar Allan Poe.

El hombre ilustrado, de Ray Bradbury.

Los mejores cuentos de Jack London, de Jack London.

Cuentos de amor de locura y de muerte, de Horacio Quiroga.

Relatos de lo inesperado, de Roald Dahl.

Matilda, de Roal Dahl.

Juventud, de Joseph Conrad.

El fantasma de la Ópera, de Gastón Leroux.

El umbral de la noche, de Stephen King.

El cuchillo, de Patricia Highsmith.

 

* Luis Fernando Lezama Bárcenas (1995, Tegucigalpa, Honduras). Publicó su primer poemario El Mar no deja olvidar en 2013, apoyado por el escritor hondureño Julio César Anariba (Q.D.E.P.) y el colegio de donde se graduó, Dowal School. Ha presentado su obra en instituciones de Educación Media y Superior, destacando la  UPNFM, prestigiosa universidad de Honduras, a la que fue invitado por Juan Medina Durón (Q.D.E.P.), reconocido literato hondureño y corresponsal de la Real Academia Española. En 2015 integró la I Antología Argonautas, de Editorial Argonautas (España), que fue difundida en formato físico y digital. Fue seleccionado para conformar la Antología Pluma, Tinta y Papel en el IV Concurso de Microrrelatos, editorial Diversidad Literaria (España). Obtuvo la medalla al mérito “Gabriel García Márquez” en el XI Concurso Internacional de Cuento 2016 “Ciudad de Pupiales”, organizado por la Fundación Gabriel García Márquez, con su relato “Bañar al bebé” (publicado en FIN http://fin.elaleph.com/articulos/banar-al-bebe-el-cuento-de-luis-lezama-que-gano-un-concurso-internacional.) Actualmente estudia Comunicación en la Universidad de Buenos Aires, y asiste a la prestigiosa escuela de escritores Taller de Corte y Corrección.

Quién es quién en el Taller de Corte y Corrección

 

Hoy responde…

José Antonio Parisi

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?

 Los primeros libros que me deslumbraron allá por la escuela primaria fueron El Lazarillo de Tormes y varios de la querida colección Robin Hood. Por ejemplo, Buffalo Bill de W. F. Cody me maravilló, y Corazón, obra que apenó el mío de nueve años, en aquel momento. Si bien la pluma de D´Amicis es destacada, recuerdo el libro impregnado de una tristeza profunda difícil de asimilar para un niño.

Después llegaron Quiroga, Maupassant, Poe, Chéjov, Kafka, Jack London, O´Henry. Contemporáneos: Stephen King (¿el más grande?), Michel Houellebecq, Haruki Murakami, John Kennedy Toole (La conjura de los necios, una obra excepcional).

De los nuestros: Mujica Láinez (Misteriosa Buenos Aires me parece una obra excelsa), Borges, Cortazar, Arlt.

En música pertenezco a la primera hora de Los Beatles. Y el tango me gusta: es el folclore de Buenos Aires. Reconozco como ilustres los apellidos Discépolo, Manzi, Expósito, Contursi, Castillo, Blázquez. También Novarro y Castaña tienen temas sensibles.

En cine destaco a Martínez Suárez –conocido también como el hermano varón de Mirta Lergrand–. Su obra me impresionó de joven y resultó ser adelantada para la época. Por ejemplo, su película El Crack (1960), ya en aquel momento, trata acerca de las características sucias que envuelven al negocio del fútbol profesional.

Favio, un capítulo aparte: un maestro en todo lo que hizo.

En 1974 vi El Padrino y quedé maravillado hasta el día de hoy. Te lo agradezco mucho, Coppola.

Me gustan también Spielberg, Scorsese, Hitchcock, Tarantino, Fellini, Eastwood, De Sica, Chabrol.

 

 ¿Qué libro/s estás leyendo en este momento?

Tokio Blues, de Murakami. Jesús. Aproximación histórica, de José Antonio Pagola. Y estoy releyendo Misery, de King.

 

 ¿Qué cinco títulos creés necesarios para la formación del escritor?

 El primero que leí fue Atreverse a corregir, de Marcelo di Marco y Nomi Pendzik. Obviamente, Taller de Corte y Corrección, de di Marco. Desde ya, que me parece esencial la lectura de autores como los que cité más arriba.

 

 ¿Qué publicaste ya en medios electrónicos y/o en papel?

En Editorial Andrómeda, publiqué El Testigo Bueno (2011), libro de cuentos.

También aparecieron cuentos míos en antologías: “Dudosa naturaleza” (2008), publicado en Los cuentos finalistas del V Concurso Victoria Ocampo; “Estigma”, en Todo el país en un libro (Ediciones Desde La Gente, 2014); “Crema” en Sucedió Bajo la Luna (Editorial Dunken, 2016).

 

 ¿En qué te está ayudando más tu participación en el Taller de Corte y Corrección?

 El TCyC es fundamental en mi definición como escritor. Hace años me acerqué y se cubrieron mis expectativas. Marcelo di Marco me ha ayudado mucho en mi camino en las letras. Ya estamos trabajando en los finales de mi primera novela, la que se titulará Miércoles Mondongo.

 

 

marcelo-e1424202390451  ¡Muchas gracias, José Antonio!

 

 

 

 

 

 

 

Recomendado de hoy: “Utopía (y otros encierros oscuros)”, por Luis Fernando Lezama

bara3Recién terminé “Utopía (y otros encierros oscuros)”, de Alejandro Baravalle. Y quería dar una reseña más académica, pero uno de mis compañeros de departamento –que terminó el libro antes porque yo estaba con otra lectura– dio la mejor reseña posible:
–¿Te terminaste el libro de tu amigo? –me preguntó.
–Sí –le dije–. Me encanta. Es lo que esperaba de él. Y a vos, ¿qué te pareció?
–Pues yo… –Hizo una pausa como para no titubear–. Yo tuve hasta pesadillas.

 

Para leer la entrevista que FIN le hizo a Alejandro Baravalle: http://fin.elaleph.com/articulos/uno-escribe-para-otros-entrevista-a-alejandro-baravalle

 

Nuestro saludo pascual

Vaya el deseo del Taller de Corte y Corrección, del Canal TCyC y de la revista FIN para todos los lectores, audiencia, amigos y fans, en esta Pascua 2017: que Cristo Resucitado, quien hace nuevas todas las cosas, promueva por el Santo Espíritu nuestra inspiración, y nos infunda fe, disciplina y perseverancia en la formación literaria y en la creación de nuestras obras. Te pedimos humildemente, Señor, que hagas fructificar el talento que nos diste. Amén.
¡Un gran abrazo para todos!

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Clic acá:
https://www.youtube.com/watch?v=GC9Vo24wPZU

La más terrible

Por Octavio Fernández *

 

Se encontraba de nuevo frente al espejo que siempre lo había aterrorizado de chico. Ahora, en la casa de sus viejos, ya difuntos, todos los recuerdos resonaban como ecos. Esta había sido la casa de su felicidad.

Salvo por el espejo. 17759989_10155071834748418_3455458477955648130_n

Se sentía raro pensando en cuando él era feliz. Más le parecía que estuviese visualizando a otro, en lugar de recordarse a sí mismo de chico.

Porque eran dos personas diferentes.

Él antes, de pibe: los juguetes, las carreras por el patio, los juegos con mamá, las historias de lobos que acechan. Un nene contento.

Y él ahora, de adulto: un vago sin laburo, un enganchado a la cocaína y a las putas y a las borracheras y a las piñas a la salida del boliche.

Un tipo que ayer se gastó la guita que le quedaba. En la Bersa 380, ahora guardada en el bolsillo del sobretodo, la había gastado.

Lo derrotaba esa imagen suya de bazofia reflejada en el espejo.

En este espejo, ya el último mueble de la casa: el de las pesadillas. Este espejo antiguo. Este espejo que deformaba ―y deforma― la figura, como los de los tenebrosos parques de diversiones. De chico siempre había querido que lo tiraran, pero nunca tuvo el valor para decírselo a sus padres: oscuramente, temía que el espejo se vengase.

Este era el espejo en el que algo, una silueta, se movía por las noches. ¿Sería una ilusión generada por la oscuridad? ¿Demasiadas películas de terror? Acaso sólo era su propia imagen que se deformaba, o el viento que hacía temblar al espejo en la pared, oscilante en sus ganchos.

Sin embargo, en la quietud de las tardes era peor. Siempre que se lo cruzaba no podía evitar mirarlo. Y se quedaba ahí, hipnotizado y aterrado, como esperando que en algún momento su reflejo cometiese alguna acción autónoma. De ser así, hiciera lo que hiciese el otro, él sabía que sería algo atroz. Algo que lo haría enloquecer. Rogaba a Dios porque nunca pasara nada.

Ahora creía que morir frente a este espejo sería lo mejor, lo más lógico. Y esa muerte consolidaría el terror de la infancia con su presente decadencia.

Por eso sacó la pistola del bolsillo, ya lista, y se la llevó a la sien.

Se miró una vez más en el espejo. ¿Acaso sonreía? ¿Podría ser que la única felicidad que ahora encontraba era la de morir?

Pero él no sintió que sus labios se contrajeran.

Se dijo que debía de ser la deformidad del espejo lo que le hacía parecer que sonreía.

Qué importa, pensó, y apretó el gatillo.

El cuerpo del hombre se derrumbó, desarticulado. El reflejo dejó caer su pistola. Sonrió: se había tomado su tiempo, pero al fin logró mostrarle al otro su pesadilla más terrible.

 

 

 

Foto para FIN *  Octavio Fernández nació el 11 de septiembre de 1995, en Corrientes Capital, Argentina. En 2005 se mudó con su familia a Ciudad del Este, Paraguay.

A finales de 2011, a los dieciséis años, se inició con la lectura, y descubrió que quería ser escritor. En 2013 volvió a Corrientes, y en 2015 se mudó finalmente a la Ciudad de Buenos Aires, donde comenzó a estudiar cine en el Cievyc; en marzo de ese mismo año, pasó a formar parte del Taller de Corte y Corrección.

 

 

La versión de este cuento por Marcelo di Marco, en un TCYC PESADILLA: https://www.youtube.com/watch?v=-pEKwkI5z-c

“Uno escribe para otros”: ENTREVISTA A ALEJANDRO BARAVALLE

15965870_10211762207827698_1875153482692996811_n La intención: reunirnos para hablar de Utopía (y otros encierros oscuros), su primer libro de cuentos publicado. Pero la charla se convirtió en una clase sublime del pensamiento actual de la literatura.

Con ustedes: Alejandro Baravalle.

 

 

FIN: Sos profesor de literatura.

Alejandro Baravalle: Soy profesor de literatura de secundaria. Ahora estoy en un impasse. Probablemente cambie de oficio.

Y como profesor, ¿cómo ves a los pibes con la literatura? ¿Se copan o no le dan pelota?

La respuesta es previsible: No.

Ah, bueno…

Algunos pocos, sí. Y uno se consuela con eso, con ese interés mínimo de algunos. Siempre está esa sensación de que uno predica para conversos; y de que su influencia es, en general, irrelevante. Es una manera muy pesimista de empezar, pero todo eso de La Sociedad de los Poetas Muertos y demás… Bueno, es como creerse que el amor es una comedia de Meg Ryan. No hay interés. Tampoco se suscita. Y tampoco interesa que haya interés.

Te lo pregunto porque uno, como escritor, está buscando al lector. Y si los pibes —la nueva generación— no se calientan por leer, estamos en el horno.

Si uno se pone a pensar en la posibilidad que tiene de ser leído, en cuanto a cifras… Digo: de ser leídos por personas que no son familia, amigos y demás, directamente no escribe.

Es cierto lo que decís vos: uno escribe para otros. Eso de que aunque uno estuviera en una isla desierta escribiría… Bueno, quizá sí escribiría. Pero escribiría para no volverme loco. No escribiría muy motivado que digamos, sabiendo que jamás nadie me leería.

Volviendo a lo anterior, es desalentador lo poco que se consume literatura, y también el tipo de literatura que consumen los que leen esporádicamente. Y ahora que lo pienso, el aula vendría a ser un mundo en miniatura: pasa exactamente lo mismo.

Uno suele tener poquísimos lectores, salvo que después, con el tiempo, vaya tomando renombre, gane algún premio o alguna cosa así. Pero, en general, los lectores que tienen los escritores argentinos son pocos si los comparamos con los espectadores que tiene un programa de televisión masivo. Y eso pasa en el aula: si son algunos, por lo menos uno puede…, no sé. Yo aprendí a conformarme con eso, porque te imaginarás que si yo tuviera la expectativa de dejar una “marca” en todos mis alumnos y que todos salgan lectores…

… el sueño de todo maestro…

… me hubiese suicidado hace tiempo.

Menos mal que todavía te tenemos entre nosotros.

Pero al mismo tiempo, cuando uno ve que surge un interés más allá de la clase, más allá del programa educativo, que venga el pibe y te diga —y me ha pasado también en clases con adultos—: “Me gustaría leer tal cosa, tal género. ¿Qué me recomendás?”

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A eso quería llegar. ¿Qué les lees?

Lo que me ha funcionado es Poe. Poe tiene esa cuestión universal. Lo he leído en escuelas comedor con pibes a los que hasta ya es algo redundante leerles algo de terror. Pero bueno: a veces el terror sobrenatural nos consuela del terror cotidiano. Y con Poe suelen engancharse. En términos relativos: de una nula respuesta, pasás a levantar un poco la vista mientras lees en voz alta y ves que alguno te está devolviendo la mirada.

El terror, tan desvalorizado: “Ay, esas cosas que escribís”. Y es algo que siempre llama la atención. Porque si les lees algo sobre la famosa “realidad social”, los pibes se te van a la mierda.

Son panfletos aburridos, redundantes. Porque todavía ahora se sigue haciendo literatura contando lo malos que eran los militares. “¡Qué descubrimiento! ¿Así que los militares eran malos? Mirá de lo que me vengo a enterar. Qué suerte que está este hombre que ganó este premio y me abrió los ojos”. Y esto dicho sin meterme con ninguno que haya ganado premios. Que les vaya bárbaro. No quiero para nada andar odiando los premios.

Aunque sigan premiando “realidades” y dejen el terror de lado.

Clive Baker, un escritor inglés, decía, refiriéndose al mercado norteamericano —que sabemos que es más abierto en ese sentido: de hecho, ellos tienen, sin ningún pudor, la división entre literatura artística y literatura popular—, que vos sabías que, si escribías fantástico o terror, nunca te iban a reconocer de la misma manera que si escribieras sobre cuestiones sociales. En realidad, cuando dicen “cuestiones sociales”, dicen escribir desde la izquierda. Eso es “cuestiones sociales”: ser de izquierda, y escribir sobre “niños que piden en el subte y que me conmueven, y qué terrible que es este mundo”. Un tango de Discépolo, pero en narrativa. En general se refieren a eso. O al costumbrismo en el peor de los sentidos. La Nona es una obra del grotesco, y como tal tiene mucho del costumbrismo y me encanta. Pero porque no critica directamente, con un “mensaje” burdo.

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Pero la vieja sería un simbolismo también.

Sí, pero no hay una relación directa. La diferencia entre la literatura y el panfleto, entre otras cosas, es ese eslabón que está en el medio y que no deja que la crítica sea directa. Lo que Borges llamaba “trasmutar en símbolos”. Eso debe hacerse con los miedos individuales o sociales.

 Es que la época también ayudaba. Había que decir las cosas muy entrelíneas. Lo que pasa es que sobre eso, cualquier cosa era tomada como “Ahh, acá quiso decir tal cosa o tal otra”. Y capaz el autor no había querido decir una mierda.

Eso se veía mucho en el rock. Cuando no podían decir las cosas muy directamente, se inspiraban para decirlo de otra manera.

La letra de Charly García en Canción de Alicia en el país.

Claro, una alegoría de la época. Igual yo creo que la literatura es polivalente, tiene varios significados. Creo, modestamente —y más que creerlo lo he escuchado decirlo a la mayoría de los novelistas—, que uno no tiene que  andar juzgando o dando lecciones morales. Eso estaba bien en El conde Lucanor. Y, de hecho, si uno sigue leyendo El conde Lucanor hoy, ya no es por las moralejas, sino porque lo puede entretener por las circunstancias que se relatan. Pero no es deber de uno andar bajando línea, como se suele decir.

Parece como si fuera necesario para escribir literatura.

Yo creo que, en muchos casos, sí. A veces parece que leyéramos versiones un poco más sofisticadas, más disimuladas, de aquellas novelas de la Unión Soviética donde siempre eran obreros tomando fábricas. Y si escribías un cuento fantástico eras un degenerado, un burgués, un “no comprometido”.

Leí por ahí, ahora no me acuerdo dónde, que ahora no se escribe para la perpetuidad como antes, que era una literatura que duraba para toda la vida. Ahora es algo ínfimo, que dura lo que nada y se olvida.

Es que no hay un ansia de trascendencia. Palabra que hoy, incluso, hasta suena mal.

Pero es que parece que divertirse con la literatura está mal visto. Por ejemplo, con el terror.

Yo no creo que esté mal divertirse.

Es como el cine: está el cine serio para pensar y recontra pensar, y está el cine pochoclero en que uno va a divertirse y nada más.

Uno siempre vuelve a la frase de Oscar Wilde: “No hay libros morales o inmorales, sino libros bien o mal escritos”.

Tiburón quizás fue la primera película pochoclera. Ahora, si alguien viene y me dice que Tiburón de Spielberg es lo mismo que Transformers… Me parece que perdió la brújula. Y después hay mucho de lo otro: bodrios europeos que son ensalzados como la maravilla. Es como con el arte moderno, que te ponen cualquier cosa y tenés que tomar un curso para entender que ese tacho de basura con un cuarto de pollo al spiedo habla de la decadencia del Occidente y blablablá. Pura sanata.

Mi posición no es ni de hacer una defensa del intelectualismo, de que la literatura tenga que ser algo hermético para que unos muchachos de la universidad se hagan felaciones mutuas, y que se escriba en los suplementos que ellos publican lo buenas que son las obras de ellos.

Es una chupada de culo, una atrás de la otra.

Claaaro. Eso me parece repulsivo. No la chupada de culo, sino que se alaben entre ellos.

Pero después tenemos lo otro, de hacer una literatura accesible en el peor de los sentidos, tratando de parecernos a una telenovela de Adrián Suar. Y que quede claro que no tengo nada contra las telenovelas de Adrián Suar. Pero creo que en los mejores casos se consiguen las dos cosas: una obra que sea entretenida pero también “profunda”, por usar esa palabra que suele usar la gente frívola.

También está la cuestión de “que me entretenga”. Pero lo que a uno lo entretiene también depende de la formación de cada cual. Porque hay gente que se entretiene mucho con la ópera, y por ahí a los que somos —porque me incluyo— bastante ignorantes en cuanto a música, nos puede costar un poco más. Podemos perder la concentración porque quizás no estamos del todo adecuados a ese lenguaje operístico.

william-shakespeare-194895-1-402Entonces, me parece que la cuestión va por ahí. Las obras de Shakespeare y del teatro Isabelino eran populares y se daban en tabernas: la gente tomaba cerveza, se ponía en pedo y se cagaba a trompadas mientras veía una obra de Shakespeare. Y ahora lo consideramos de alta cultura. Hay que pensar qué pasó en el medio. ¿El nivel intelectual de la época de Shakespeare era superior que el de ahora? No: ahora tenemos más información, más entretenimientos. Y, por ende, una menor capacidad de concentración. Pero Shakespeare fue y sigue siendo entretenido, más allá de que ahora está la cuestión del lenguaje, y uno tiene que pasar un poco esa barrera. Que es lo que pasa con las obras que tienen varios siglos, sobre todo para el que no está acostumbrado. Pero sacando eso: una obra de Shakespeare es… no sé… como una obra de Tarantino de hoy.

Lo loco es que, en ese tiempo, Shakespeare era un escritor del pueblo. Y la mayoría no sabía ni leer ni escribir.

Es que el tipo escribía en dos registros. Escribía muertes, sangre e intrigas para el populacho, y discursos intelectuales y profundos para la Corte, la nobleza.

A mí me encantaría poder escribir cuentos o novelas absolutamente entretenidos, pero a la vez pueda suscitar en el lector muchos pensamientos, reflexiones, emociones. Porque la profundidad, a fin de cuentas, se la pone el lector.

Capaz que vos no quisiste meterle ningún mensaje, y el lector encuentra cosas por todos lados.

Lo peor que puede hacer uno es plantearse ser profundo. Porque ahí es cuando termina siendo un bodrio, escribiendo cosas que el autor considera brillantes, pero aburren al resto. Con esto no quiero decir que no se pueda poner una reflexión en boca de un personaje. Yo trato de ser lo más modesto posible. Además, no tengo con qué ser inmodesto, así que no me queda otra. No gané el Nobel ni nada de eso, así que estoy obligado a ser modesto, como los pobres.

bara3Pero ganaste un tercer premio en España, con la editorial Letras Cascabeleras. Y que es tu primer libro publicado.

Soy como las vedettes, que triunfan en España. Y sí: es mi primer libro. Participé en alguna que otra antología: estuve en Pelos de Punta, voy a estar en Carfax. Me di el gusto de publicar en Axxon. Pero este es mi primer libro individual.

¿Y en Axxon qué hacés?

Evalúo cuentos. Selecciono. No soy yo solo, somos varios. Mi opinión vale un voto. Y después se va viendo.

El libro, Utopía (y otros encierros oscuros), está dividido en tres cuentos.

Tres cuentos. Uno relativamente extenso (“Utopía”), y dos breves (“El visitante” y “Memoria oscura”).

 Al principio, creí que era una nouvelle dividida en tres capítulos.

Siempre es un poco espinoso lo de nouvelle, novela, cuento. Lo que pasa es que no tenía muchos cuentos que yo considerara que se podían mandar. Y los que terminé mandando estaban corregidos por Marcelo di Marco, así que tenía esa confianza de que no había error posible en cuanto a correcciones.

¿Son cuentos nuevos o ya tenían sus años?

“Utopía” debe tener cuatro, cinco años. Obviamente, hablo de las primeras versiones. Después lo cambié un montón. Pero el borrador de ese cuento es de hace cuatro o cinco años. Y los otros dos son más recientes. Ya venía al Taller de Corte y Corrección. Igual me pasa que ahora los veo publicados y pienso que alguna que otra cosita les cambiaría.

Como hace Abelardo Castillo, que continuamente retoca los cuentos.

Como esa famosa frase que dice Borges que decía Alfonso Reyes, de que uno termina los libros para librarse de ellos, para no estar corrigiendo toda la vida. Imaginate que si Borges se libraba de los libros, yo tengo que prenderles fuego. Pero uno comete la imprudencia de publicar, y acá estamos.

Pero bueno, está el orgullo de ser publicado.

Sí. Es lindo porque… qué sé yo… Uno quiere ver su libro publicado. Hay bastante de vanidad. Es más: yo antes no quería escribir porque me parecía un acto insolente. Porque hay tanta gente que escribe bien, hay tantos libros en el mundo, y venir a meter un libro mío acá, a molestar a algún lector que termina eligiendo un libro mío… Pobre tipo, capaz se podría haberse llevado algo mejor. Y uno después descubre que no puede evitar escribir. Y me empecé a quedar más tranquilo cuando fui más modesto con mis pretensiones y dije: “Yo quiero escribir algo, y que por lo menos nadie bostece mientras lo lee”.

¿Cuándo se te dio por empezar a escribir?

Desde siempre. Obviamente, escribía con la inocencia con la que escribe un chico. Incluso hacía mis propias historietas, las dibujaba y todo. Y en algún momento tuve una máquina de escribir. Creo que mi viejo se la llevó del trabajo porque estaban cambiando esas máquinas viejas por las nuevas, las eléctricas. Yo con el dedito chico no tenía fuerza para apretar, no sé cómo hacía la gente en esa época.

Yo, hasta el día de hoy, escribo con dos dedos…

No, yo también. Pero a veces trataba de hacer el experimento de escribir con todos, y no podía. Eran duras esas máquinas. En fin, lo cierto es que siempre me gustó leer y escribir. Aunque pueda sonar pedante, no me acuerdo de una época en que no supiera leer, aunque obviamente la hubo. Tampoco recuerdo haber leído balbuceando. Tengo la imagen  —sin duda, falseada por mi memoria— de haber leído bien desde el principio. Así como para las matemáticas siempre fui un desastre.

Hablando de historietas, yo fui tres años al Fernando Fader, un colegio de dibujantes, hasta que me di cuenta de que lo mío era la parte de guión.

Podés hacer guiones historietas. A Alan Moore mal no le fue…

No, a Neil Gaiman tampoco. ¿Escribís sólo terror o también otros géneros?

Siempre me gustó el terror, aunque ocasionalmente podía escribir otra cosa.

¿Y leías especialmente terror también o eras más amplio?

socorro-3Cuando era chico-chico empecé leyendo terror, y fantástico en general. Un libro que me marcó fue Socorro, de Elsa Bornemann…

Socorro, quinto año

No, Granatto: eso era un programa de televisión.

¿En serio?

Por favor.

La culpa la tiene la Nomi, que nos trajo cerveza. Ya me patina el cerebro.

Socorro es el de la tapa con el monstruo de Frankenstein. Si releo esos cuentos hoy, encuentro un lenguaje bastante infantil, y algunos clichés. Pero con ese libro aprendí la estructura clásica: introducción, nudo y el final. Y el final siempre era impactante, con cierta sorpresa.

Es que Bornemann escribe para chicos, pero no los toma por tarados.

Había cosas muy siniestras en esos cuentos, cosas terribles. Y a mí me encantaba.

Yo no sé si R.L. Stine, de Escalofríos, no le robó…

De R.L. Stine también leí algunas cosas, ya más de púber. Pero fue antes, con Socorro, que empecé a percibir que había, por así decirlo, algo de “relojería” en la literatura. Aunque mis propios cuentos eran horribles: pretenciosos, ampulosos.

Es que uno, cuando arranca…

No tiene la menor idea del oficio. No digo que ahora yo sepa mucho, pero al menos sé un poco más que en aquel momento. Y viste que uno empieza y suele estar influido por una visión romántica del arte. El culto a La Inspiración y demás.

Que no hace falta corregir, y esos mitos.

Exacto. Y después te das cuenta de que sí, que hay días de inspiración, como los puede tener el plomero que te pica dos veces la pared y te encuentra la fuga (RISAS). Pero generalmente hay que picar bastante. Hay en esa concepción juvenil (la de la inspiración pura) mucho de pose y de ingenuidad. Pero  con mis primeras lecturas yo adquirí esa consciencia de la estructura. En ese sentido, no cambié desde esos años.

La estructura la tenías. Te faltaba el lenguaje.

Sí, tenía la estructura, y después empecé a “rellenarla” un poco mejor, a emplear algún recurso más sofisticado.

¿Y qué te llevó a ir a un taller literario?

Yo descreía de los talleres hasta que conocí el de Marcelo di Marco (aunque dicho así parezca una publicidad de “Llame ya”). Y me di cuenta de la importancia de que te lea una persona experta. No tu tía o tu mamá, que te van a decir “Qué lindo lo que hiciste”, sino una persona que sepa y sea capaz de decirte la verdad cruda. Porque es muy difícil mantener la objetividad leyéndose a uno mismo. Con la práctica te vas dando cuenta de muchas de las macanas que hacés, pero generalmente algún muertito en el placard te queda, y el experto tiene que pasar un plumero y hacer limpieza. A mí me hubiese gustado conocer antes el taller.

A mí me pasa lo mismo. En mis cuentos, sacando la parte del lenguaje, a veces no había “historia” tampoco. En el taller te dicen: esto no se entiende, no hay historia, no hay cuento. Yo eso lo aprendí acá.

Sí, advertí que a mucha gente le pasaba eso. A mí me podía pasar de todo, pero eso no: escribía espantosamente, con un lenguaje pretencioso, de chico hasta con faltas de ortografía. Pero eran cuentos. Quizás los peores del mundo, pero cuentos al fin. Eso, lo básico, lo aprendí con aquellos libros de terror que leí de chico. Después empecé a leer de todo. Incluso clásicos, aunque algunos me resultaran un bodrio. Porque, si bien el criterio varía según personas o incluso países, hay clásicos de museo y otros que siguen vigentes.

Aparte, dependen de cómo estén escritos. A mí a veces me aburren el léxico, las formas…

A veces se hace cuesta arriba, sí. Pero queda mal decirlo porque se supone que todos leímos todo.

A mí, por ejemplo, Borges no me gusta.

En eso no puedo coincidir.jorge-luis-borges

Pero sí me gusta, pongamos, Cortázar. Quizá sea que a Borges me lo impusieron en séptimo grado.

Yo no lo daría jamás en séptimo grado…

Y no leí nunca más, me pudrió.

A mí Borges me puede sacar las ganas de escribir. Pienso: “Si este tipo escribió, ¿yo que hago?” Después uno se da cuenta… Quiero decir: cualquier pibe que patea una pelota quiere ser Maradona o Messi. Y lo más probable es que no lo sea, porque esa genialidad es como ganarse el Loto: puede pasar, pero mejor no vivir la vida confiando en que te pase. Uno termina siendo quien puede.

Acá a Borges lo hemos corregido. El tipo es falible.

Falible era, desde ya. De hecho, modestamente, a veces me pasa, leyéndolo, que pienso que un párrafo es muy pesado o una puntación no me gusta. Pero no creo que su genio pase simplemente por ahí. Pasa por que Borges cambió la forma de escribir en español, y su forma personal de ver el mundo nos contaminó a todos. El mundo es cada vez más borgiano. No me acuerdo si fue Cesar Aira quien dijo que Borges fue casi demasiado para la literatura argentina. Porque es un milagro que haya nacido acá. Como que te digan “Kafka es argentino”. Es lo mismo. Borges tiene esa importancia. Vos, como cualquiera, tenés todo el derecho a que no te guste. Pero los más importantes del siglo XX son Borges, Kafka, Joyce y Proust. Después, a cada cuál le gustan o no. Proust tiene partes aburridísimas; habrá gente a la que Kafka le parezca denso; y Joyce suele resultar inextricable, para usar una palabra borgiana.

 Y, actualmente, ¿qué escritores argentinos lees?

Leo lo que puedo. Podría nombrar gente muy buena del taller, pero no quiero volverme sospechoso de esa actitud de cofradía que mencionábamos antes, ni nombrar a unos y olvidarme de otros. Más allá de eso, me cuesta nombrar autores contemporáneos, y me falta leer a la mayoría.

Es que hay pocas figuras. Está Sacheri, por ejemplo.

No lo leí, la verdad, salvo por algún cuento suelto.

Siempre se vuelve a Abelardo Castillo.

Sí, pero él ya es de otra generación.

Claro, por eso digo. Después está Mariana Enríquez. O Samanta Schweblin, que tiene un libro de cuentos muy bueno.

Aypk9C9GLeí cosas sueltas de las dos. Tengo ganas de leer más de Schweblin: leí un muy buen cuento de ella, un cuento kafkiano ambientado en una estación de tren. Lo que pasa es que hay tantos que uno quiere conocer: de antes, de hoy, de afuera, de acá…

Parece, de todos modos, no haber tantos referentes hoy.

Sí, pero con eso hay una cuestión: uno dice “Hoy no hay referentes”. Está bien, te acepto que la época de Borges, Cortázar, Bioy, parece difícil de repetir. Pero también ocurre que a esa época nosotros la vemos desde nuestra época, en que esos tipos ya son semidioses o ídolos o cómo quieras llamarlos. Pero a Borges en su momento le daban con un caño, y muchos a Cortázar también.

No eran queridos.

No estaban canonizados. No del todo, al menos.

Eso vino después.

Ese es el tema: ahora miramos atrás, y pensamos “Qué increíble tener vivos a esos escritores”, pero eran figuras discutidas por sus contemporáneos. De hecho, a Borges lo empiezan a canonizar afuera, cuando gana el premio Formentor, o cuando Focault lo nombra en Las palabras y las cosas. Y yo creo que la progresía vernácula lo reconoció y lo sigue reconociendo, porque no le queda otra.

Es lo que, en un ámbito muy distinto, pasa con Messi.

Salvo que a Borges no le podían decir “Acá no ganaste nada”.

Pero está ese orgullo de “Acá tenemos un escritor universal”, aunque no lo haya leído nadie. Creo que la mayoría de los que se pusieron orgullosos no lo leyeron jamás.

6b37f5664643de9463155f8f8931c7d3c412e970Claro, termina siendo una cuestión deportiva. Alan Pauls dice en El factor Borges, un ensayo buenísimo, que todo escritor termina reducido a dos o tres símbolos: la boca fruncida y los lentes de Sábato; el aire adolescente y la erre afrancesada de Cortázar; el Borges viejo, ciego y con el bastón. Uno recuerda dos o tres íconos, en el sentido estricto de la palabra, el de los íconos de Windows. El común de la gente termina recordando a los escritores al estilo de los que llevan al Che Guevara en una remera y no tiene la menor idea de quién fue. Son rostros reconocibles, pero a los que, como dijiste vos, no se los lee o se los lee muy poco. Y no me parecería mal si no fuera por mucha gente tilinga que dice haberlos leído, o que se enorgullece de eso que desconoce… Bueno, quizás todos hacemos un poco eso. Como cuando festejamos que Fulano ganó la medalla olímpica de judo, pero no vimos ni veremos una competencia de judo en la vida. Sí, quizás todos llevamos un tilingo adentro. Y la fama de un escritor es precisamente eso: la fama del escritor, no de la obra.

Ahora, incluso Stephen King es más su nombre que otra cosa. En su momento fue diferente.

King vendió una barbaridad. Fue muy leído.

Pero actualmente, y lo digo como fanático de King, creo que cayó demasiado.

Tenía prejuicios sobre King, pero después lo empecé a leer porque Marcelo lo elogiaba siempre. Hacía mucho, yo había empezado La hora del vampiro.

El mismo King dice que es una copia de Drácula.

Yo diría que una extrapolación. Pero sí, copia la estructura. Yo había empezado a leer esa novela, aunque claro: era muy chico, leía más cuentos que novelas, y después de doscientas páginas con mucho sobre el pueblo y esto que lo otro pero sin vampiros por ningún lado, me aburrí. Yo quería que apareciesen los monstruos y se pudriese todo. Pero mucho después, como te dije, lo volví a agarrar. Me compré El resplandor. Me gustó, aunque tiene algunas páginas de más (el viaje de Halloran y todo eso se lo podría haber ahorrado). Después me animé con It, que hacía mucho la quería leer, pero…

…es un socotroco, aunque una obra cumbre de él.

Sí, le pegás con ese libro a alguien y le rompés la cabeza. Al final lo compré, y me lo devoré.

Es la mejor obra que tiene.

Es extraordinario. Y también leí Cementerio de animales, y para mí ahí demuestra que es un escritor con todas las letras. No porque no lo demuestre en otras obras, pero en esta prueba que no es “solamente” —entre comillas, porque no es poco— un narrador que te atrapa, te entretiene y te inquieta: acá va más profundo. Si me preguntás por la novela de King que más me atrapó y emocionó, quizás yo también me quede con It. Pero, de las que leí, la más profunda es Cementerio de animales.

cementerio-de-animales-stephen-king-digital-D_NQ_NP_615601-MLA20357029998_072015-FÉl, en su momento, no la quiso publicar porque le parecía demasiado terrible, y se relacionaba con experiencias personales y con sus propios miedos respecto a su hijo.

Sí, la publica para cumplir con un compromiso editorial. Y eso demuestra los prejuicios de los editores sobre lo que compra o no el público. Es cierto que King ya vendía con el nombre, pero hablamos de una novela con una escena en la que el padre se pregunta cómo acomodar el cadáver del hijo para que entre bien en el auto. Más allá de que sea un libro “accesible” en cuanto a la prosa, la temática no me parece muy “comercial”. O quizá los editores no saben tanto como ellos y nosotros creemos.

Durante la película, cuando atropellan al nene, mucha gente se levantó del cine.

¿Sí? Hace poco volví a ver algunas partes en Youtube. Es un poco barato todo… Viste que uno vuelve a ver esas películas que vio fascinado de chico, y que son en general de los ochenta o primeros noventa, y dice “Yo me copaba con esto, y es una truchada”.

Pasa con El Exorcista, que en su momento era la gran cosa y ahora…

the-exorcist-posterEl Exorcista sigue siendo perfecta: una obra maestra.

Pero hoy los pibes se ríen, no le encuentran sentido.

Pero yo creo que se ríen, en parte, porque es una risa nerviosa, y en parte porque son ignorantes. Hay que saber tener miedo.

Pasa que antes había películas realmente de terror, y ahora ese terror se convirtió en comedia. Le meten la risa, y no sé por qué no hacen una verdadera película de terror.

Es que hay miedo al terror, pero en el sentido de que hay miedo a lo que el terror implica. Me explico: el género de terror es conservador. ¿En qué sentido? Por ejemplo, muchas organizaciones religiosas se quejaron de El exorcista como si fuese blasfema, cuando en realidad es la película más católica que se pueda imaginar. Si existe el diablo, existe Dios. Y, a final, Dios gana. Es una película muy conservadora. Y que conste que para mí esa palabra no tiene connotaciones negativas, sino lo contrario. Es maravilloso, en muchos sentidos, ser conservador.

Y fue la única película que provocó esa polémica. No pasó ni con La profecía, ni con El bebé de Rosemary.

Y eso que las dos terminan con un triunfo demoníaco, aunque la saga de La profecía termine diferente, pero ahora hablamos sólo de la primera.

En El exorcista me parece que fue porque había curas implicados en la trama.

Y además —si bien las otras también tuvieron gran éxito—, El exorcista fue un fenómeno extraordinario. Creo que las nerviosas risas adolescentes tienen que ver (y acá le robaré bastante a Angel Faretta) con que el género fantástico nos conecta con lo sagrado. Y, como dice Mircea Eliade, la nuestra es la primera civilización completamente desacralizada. Pensamos que este es el único mundo que hay: el mundo tangible, material. El género fantástico es tan despreciado, y sigue siendo tan subversivo como lo era en el siglo XIX, porque nos viene a decir que hay otro mundo dentro del mundo: que no todo puede ser abarcado por la razón capitalista. Contradice aquella frase de Hegel: “Todo lo real es racional, y todo lo racional es real”. Que vendría a ser la burguesía diciendo: “Ya gané. Más allá de mi visión del mundo como costo y beneficio, el universo en forma de planilla de Excel, no hay nada. Y todos vivimos con una calculadora en el pecho”. Lo fantástico viene a negar eso, y por eso no ha podido ser asimilado por la academia. Contrariamente al policial, que es un género racionalista  —especialmente el policial clásico o de enigma (Holmes, Dupin); pero también el policial negro, que  critica a la sociedad desde otro lugar, pero no se aleja del realismo—. Esto, sumado al aval de escritores “serios”, hace que, a regañadientes o no, el policial sea aceptado en las aulas. Pero el fantástico, digamos, “puro” —Borges o Kafka son otra cosa, un género en sí mismos—, sigue siendo provocador.

Sobre este punto podríamos aclarar las cosas, porque hay gente que cree que El señor de los anillos es fantástico.

Según Todorov, en su ya clásico estudio sobre el tema, la obra de Tolkien pertenecería al género maravilloso. Son mundos con sus propias reglas, donde lo sobrenatural es normal. El fantástico, en cambio, narra la irrupción de un elemento sobrenatural en un mundo que sigue las leyes del nuestro; dicho de otro modo: un único elemento sobrenatural invade un contexto realista. Y ahí pasa lo que decía Freud: lo reprimido vuelve, pero en una forma perversa.

Claro. Vuelve peor.

Vuelve en forma de monstruo. No es casualidad que la literatura fantástica aparezca con la Ilustración, en el XIX. Yo tengo en casa una colección de cuentos fantásticos chinos. Cuentos milenarios. Pero, en realidad, eso no era fantástico para los chinos de esa época, porque ellos ya tenían una concepción sobrenatural del mundo. Los fantasmas y ese tipo de cosas formaban parte del verosímil de la época, como las brujas de Macbeth en tiempos de Shakespeare.

El verosímil de los chinos era increíble.

Sí, pero somos nosotros quienes, ahora, percibimos todo eso como fantástico. Para ellos, eso era tan normal como para nosotros esta visión materialista del mundo.

Cambiamos de tema: ¿hace cuánto venís al taller?

Unos tres años, quizá un poco más. Con alguna intermitencia.

Ah, más o menos como yo. Antes dijiste que escribías mal: ¿cuándo empezaste a pulir tu escritura?

Creo que, un poco antes de entrar al taller, ya había mejorado bastante. Pero con el taller aprendí mucho más.

¿Y ya empezaste a concursar?

No, de entrada no. De hecho, hasta ahora habré participado apenas en tres o cuatro concursos. A Marcelo, el primer cuento que traje le gustó: no hubo tanto que corregir, aunque él lo enriqueció mucho. El segundo fue “Utopía”. Hubo varias correcciones de estilo, y algunos apuntes respecto a la verosimilitud. Todavía tenía –y sigo teniendo– muchas cosas que mejorar. Pero acá aprendí y aprendo muchísimo.

Tus cuentos son bastante largos. Te tomás tu tiempo para narrar.

Sí, tengo algunos cortos también. Antes escribía más breve, pero se ve que no tengo capacidad de síntesis.

A mí me pasa lo mismo.

Es que depende de lo que uno quiera contar. Cuando me sale un cuento corto, es porque la historia se me ocurrió así, y cierra bien en pocas palabras. Pero si se me ocurre una historia que no cierra tan rápido…, bueno, deberá ser más larga. Creo que los cuentos breves deben partir de una idea muy buena, y desembocar en un final muy contundente.

El que la pega con eso es Cristian Acevedo. Tiene esa mano para cerrarlos a la perfección.

Lo hace muy bien, sí. Y es que sin un cierre así, como una trompada, es difícil escribir un buen cuento corto. Pero un cuento más largo puede sostenerse sin la necesidad de “pegar” de esa manera. Yo escribo un cuento breve si se me ocurre un final que me entusiasma mucho. Y eso me pasa sólo de tanto en tanto.

¿Cómo te “vienen” los cuentos? ¿Primero te aparece el final?

No puedo escribir sin un final, aunque después lo termine cambiando. Y eso que lo intenté, pero pocas veces me salió. A mí me gusta pensar que sé más o menos de dónde voy a partir, que no sé muy bien qué va en el medio, y que tengo un final provisorio: un final que acaso no es del todo contundente, pero me va a servir de guía para encontrar uno mejor. O, mejor dicho, para descubrir el final verdadero.

Fin recomienda…

 

Acevedo y Laborde para FIN

Bilis, de Pablo Laborde, y Matilde debe morir, de Cristian Acevedo. Dos lecturas para soportar mejor la semana.

 

 

In memoriam Zoltán Kodály

Por Germán Masserdotti *

La figura de Zoltán Kodály (1882-1967), junto con la de Béla Bartók (1881-1945) y otros compositores húngaros, representa “un ejemplo de convicción del sentir patriótico”, afirma Sylvia Leidemann, presidente y directora artística de Ars Hungárica. Tanto Kodály como Bartók recopilaron a comienzos del siglo XX la música folklórica húngara desde sus orígenes. “El análisis que realizaron de ella fue tan valioso que sirvió de fundamento a la musicología húngara hasta el presente”. Ellos “a través de sus obras, jerarquizaron la música folklórica húngara trabajándola de tal manera que, sin perder su esencia, pueda ser aplicada en las más variadas formas de la música erudita. Así lograron su objetivo de dar a conocer la riqueza de la música húngara al mundo”. Como observa Pola Suárez Urtubey en “Hungría eterna”: en su música, “tradición y creación se dan allí de la mano”. Kodaly foto

A propósito 135º aniversario del nacimiento de Kodály, Ars Hungárica (institución que difunde la cultura húngara y, en colaboración con la Embajada de Hungría, articula sus actividades con la tradición de otros pueblos en el ámbito de las artes) realizará durante 2017 una serie de conciertos y conferencias en memoria del compositor nacido el 16 de diciembre de 1882 en Kecskemét.

Kodály fue el mejor alumno bachiller de su promoción en el liceo jesuítico de Nagyszombat (Trnava), ciudad a la que sus padres se habían mudado cuando Zoltán contaba con 10 años. De esta manera lo beneficiaron con una beca para ingresar en la Universidad de Budapest. Allí estudió Filosofía y Letras y obtuvo el título de profesor de idioma húngaro, alemán y griego. Simultáneamente, había cursado en la Academia de Música, fundada en 1875 por su compatriota Franz Liszt. Su biógrafo Ladislao Kurucz observa un dato curioso: Kodály y Bartók “frecuentaron la misma Academia de Música al mismo tiempo… sin encontrarse jamás”. Lo nombraron profesor titular de composición a los 25 años y, a lo largo de su carrera, cosechó “la admiración de sus alumnos y los celos e intrigas de sus colegas profesores, que no cesaron casi nunca a lo largo de más de 20 años excepto, por supuesto, Bartók y Dohnányi”. Este último fue otro de los músicos húngaros destacados durante la primera parte del siglo XX.

Kodály se asocia a Bartók en la tarea de investigar los orígenes de música popular. El primero se ocupa preferentemente de la música húngara; el segundo más bien se aplica a encontrar las “fuentes puras” en los otros pueblos y las interrelaciones en Europa oriental.

“Hay algo común entre los dos –dice Kurucz–: un amor puro hacia la música auténticamente popular, y la absoluta convicción de que únicamente ésta puede ser la base de una alta cultura musical de Hungría”.

Pintura del rostro de KodálySu primera gran obra data de 1923: el Psalmus Hungaricus. Fue compuesto en ocasión del 50° aniversario de la unificación de Buda, Pest y Obuda: ellas formaron la actual capital de Hungría, Budapest. Gracias a su composición forjó una amistad perdurable con Arturo Toscanini, que la dirigió numerosas veces.

Otra de sus obras notables es el Háry Janos, una comedia musical de carácter bufo compuesta en 1925. En 1936, a propósito de 250° aniversario de la recuperación de Budapest en manos del Imperio otomano, Kodaly estrena el Te Deum de Budavár. En las Variaciones Pavo Real de 1939 recupera un motivo musical que tiene 1500 años de vida. Durante la Segunda Guerra termina la Missa brevis in tempore belli en los sótanos de Ópera de Budapest.

Kodály está convencido de algo: “Hay que extender las bendiciones de la música a todas las clases sociales”; además, el estudio de la música no es un deber más sino “un verdadero placer”. En uno de sus artículos sostiene que “no es importante quién es el director de la ópera porque, si es malo, cae solo; es mucho más importante quién es el profesor de música en una pequeña ciudad, porque, si es malo, durante décadas, generaciones enteras van a tener un gusto musical mediocre o decididamente malo”.

Bajo esta convicción e inspirado en su acendrado patriotismo es que formula y aplica el famoso Método Kodály para el aprendizaje de la música. El ideal propuesto a los músicos y compositores es “un hombre que sea no solamente un simple virtuoso de su instrumento –observa Kurucz– sino que conozca de la manera más profunda todos los dominios de la música”. Kodály caracterizaba al buen músico como aquél que tenía un oído bien formado, intelecto bien formado, corazón bien cultivado y manos bien ejercitadas.. El instrumento musical privilegiado es la voz humana. Las canciones utilizadas para el aprendizaje siguen un orden: en primer lugar, las del folklore nacional; en segundo lugar, las de los pueblos vecinos y, por último, las clásicas del cancionero universal. “Cada nación –afirma Kodály– tiene una gran cantidad de canciones que son especialmente adecuadas para enseñar . Si las seleccionamos correctamente, las canciones folklóricas y tradicionales serán el material más apropiado a través del cual podemos presentar y hacer conscientes nuevos elementos musicales”.

Estampilla con la figura de Zoltán Kodály

Dice Kurucz: “Si hoy Hungría puede enorgullecerse como el segundo país en el mundo por sus numerosas escuelas musicales (el primero es otro país pequeño, Austria), es consecuencia de su tenacidad, sin claudicaciones, la lucha de un hombre combatido pero respetado, infatigable, como un verdadero artista”.

Kodály fue “un luchador tranquilo pero tenaz, optimista y profundamente creyente”. Sus días en esta tierra iban llegando a su fin: murió el 6 de marzo de 1967. “Fiel a sus convicciones –dice Kurucz– comulga antes de morir en un ambiente poco proclive a manifestaciones religiosas, y en su entierro, realizado con gran pompa eclesiástica, la nación llora a su anciano pero querido hijo, cuando suenan los graves acordes del Requiem: “…De profundis… Domine…”.

 

Masserdotti* Germán Masserdotti. En dos palabras: un impresentable. Nació en Buenos Aires el 5 de enero de 1975. El resto son habladurías. Le piden un currículum vitae y entrega un prontuario. Es un tomista estricto: le pega al tinto en toda la línea (aunque prefiere el merlot por cuestiones gastrointestinales) y se formó en la escuela de Tomás de Aquino, el Doctor Común de la Iglesia. Es profesor y licenciado en Filosofía. Estudia Periodismo. Mantiene un blog: El Águila y el León. En Fin publicó “Amores burgueses y súplicas de redención” (http://fin.elaleph.com/scriptorium/amores-burgueses-y-suplicas-de-redencion).

 

Jornada de pesca

Por Juan Esteban Bassagaisteguy *

 

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Rodríguez respiraba agitado. La noche le pesaba sobre los hombros, calurosa y oscura. Cielo sin luna, cubierto de nubes. Sentado en el suelo, junto al arroyo, descansaba su espalda contra el tronco de un sauce. Y la herida en su vientre no paraba de sangrar.

¿De dónde había sacado las fuerzas para llegar hasta allí? No lo sabía. Pero, con seguridad, no había sido gracias a las seis cervezas que se había tomado. ¿Del pánico? Probablemente. Molina y Silvera estaban muertos. Lagrimeó al recordarlos, y rememoró el momento en que la jornada de pesca junto al arroyo Los Huesos se transformó en su peor pesadilla.

Los tres dormían —abatidos por el alcohol—, cada uno en su carpa iglú. Y fueron unos alaridos agudos, intensos, los que despertaron a Rodríguez. Encendió la linterna, salió de la pequeña carpa, y dirigió el haz de luz hacia el agua.

Las tres líneas de pesca seguían inmóviles.

Oyó un nuevo grito, y alumbró los iglús de sus compadres. Grandes manchas rojas ensuciaban el color azul de la lona de las carpas.

Algo reptaba entre los pajonales.

Algo grande.

Algo muuuy grande, y con la velocidad de una yarará.

Temblando, alumbró el suelo. Lo último que alcanzó a ver, antes de que la linterna se le cayera, fue una cabeza sin ojos y con una enorme y anómala dentadura. Al instante, la cosa se despegó del suelo y saltó hacia él.

Sintió el impacto en el estómago y, enseguida, el roer de los dientes ahí abajo. Aulló de dolor y golpeó con sus manos a la cosa; sus dedos se hundieron en algo gelatinoso, espeso, y que olía como la bosta bovina acumulada en un feed lot. La cosa gruñó, dejó de masticar y se despegó de su cuerpo. Rodríguez huyó, a ciegas y sin mirar atrás.

Sólo se detuvo cuando sus piernas no pudieron más. Y allí estaba ahora, apoyado contra el sauce. Le dolía mucho la herida. Intentaba no imaginar el desastre que aquello —que parecía medir varios metros— había causado a sus tripas. Pero no podía dejar de hacerlo.

Cavilaba sobre eso cuando, de buenas a primeras, el olor a bosta acumulada atravesó como una daga su nariz. Y no hubo tiempo para más.

 

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*Motivado por sus ganas de contar historias y de tranquilizar los fantasmas que habitan en su interior, Juan Esteban Bassagaisteguy (1973) comenzó a escribir cuentos durante sus años de vida universitaria.
Ha participado en concursos y selecciones literarias nacionales e internacionales, obteniendo diversos galardones.
Publicó el e-book Historias en la azotea (2013), y participó con sus relatos en los e-books Historias en La Azotea. Edición especial. Tetralogía (2015) y Los papeles perdidos de Stephen King (2015), todos editados por James Crawford Publishing. Historias suyas han aparecido también en revistas literarias de Argentina, Colombia y España.
Posee su propio sitio web, “The Juanito’s Blog”, donde pueden leerse sus cuentos y microcuentos (www.thejuanitosblog.blogspot.com.ar).
Es coadministrador del blog y página de Facebook “El Edén De Los Novelistas Brutos”, sitio web destinado a la divulgación de relatos de escritores noveles.
Actualmente se encuentra trabajando en la edición y corrección de trece de sus relatos, con el objetivo de que, en formato de antología, sean publicados a la brevedad.
Contador público egresado en 1997 de la UNICEN, casado y con tres hijos, reside en Rauch, provincia de Buenos Aires, donde desarrolla su actividad profesional en el ámbito independiente.

 

Series que marcaron época, segunda parte. Rompiendo moldes: “Twin Peaks”

Por Adrián Granatto *

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El 8 de abril de 1990 dio comienzo uno de los programas que daría un giro importante a lo que era la televisión hasta ese entonces. La serie fue Twin Peaks, creada por David Lynch y Mark Frost. Lynch ya había dado muestras de su arte en la pantalla grande con El hombre elefante y Terciopelo azul. Entre medio filmó Dune, sobre la obra de Frank Herbert, que fue un tremendo fracaso. Twin Peaks fue su primera incursión en la televisión, a la que retornaría años después con Hotel Room por HBO.

 

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La primera temporada de Twin Peaks constó de ocho episodios en los que se narraba el descubrimiento del cuerpo de Laura Palmer y la posterior investigación por parte del FBI. Como detalle de color, Lynch interpretó a Gordon Cole, un agente sordo del FBI.

 

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La segunda temporada tuvo una debacle catastrófica, ya que la ABC obligó a Lynch a desvelar quién era el asesino de Laura Palmer en los primeros episodios. Eso, sumado a que Lynch se encontraba en plena promoción de una nueva película, Corazón Salvaje, hizo que la serie perdiera el rumbo. Los nuevos argumentos no conformaron a los seguidores y la serie perdió audiencia. Ante esto, Lynch volvió para los últimos dos episodios e hizo lo mejor posible para mejorar el entuerto, cosa que no logró totalmente, dejando varios cabos sueltos, y a la vez abriendo la puerta a una tercera temporada que nunca llegó. Así y todo, la serie se volvió de culto, y los fans siempre le siguen rogando a Lynch que la continúe, a lo que que él se niega cordialmente. Pero… 2017 nos traerá una tercera temporada de 18 capítulos. La trama –por lo que se filtró– arranca veinticinco años después de la investigación sobre el asesinato de Laura Palmer, cuando el FBI encuentra un archivo desconocido.

La serie ha dado lugar a tres libros basado en su universo: The autobiography of F.B.I. Special agent Dale Cooper: My life, My tapes, The secret diary of Laura Palmer (escrito por la misma hija de Lynch: Jennifer Lynch), y Twin Peaks: An access guide to the town, de tinte humorístico.

 

Próxima entrega: La verdad está ahí afuera.

 

Adrián Granatto* Adrián Granatto es un escritor amateur argentino. Nació el 21 de octubre de 1966. No publicó en ningún concurso importante y, sacando a su mamá, no lo conoce nadie. Escribió para varios blogs cooperativos, y fue director de la revista digital Piso Trece (2012-2013), ya desaparecida en el éter.
Comenzó a tomar clases de escritura en el Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco en septiembre de 2014… y todavía no se avivaron de echarlo.

Y, para colmo, ahora es el secretario de Redacción de FIN.