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Entrevista a Cristian Acevedo

Entrevista a Cristian Acevedo *

  14996347_10210888084738879_351965327_nCristian Acevedo es una de las nuevas plumas de la literatura argentina. En sólo tres años ha publicado tres libros de cuentos –muchos de ellos premiados, lo que deja entrever la calidad de sus escritos–. Y próximamente verá la luz su primera novela, Matilde debe morir, por editorial Bärenhaus.

 

 

FIN: Supongo que vos escribís desde chico, pero ¿cuándo dijiste “Ah, esto lo vamos a agarrar más en serio”?

 Yo escribí siempre. Pero era escribir y tirar. Porque era basura lo que escribía. Y a los treinta, empecé a leer con la intención de aprender. Me acuerdo en su momento, seguía mucho a Dolina. Dolina era bastante pedagógico en la radio, iba explicando un montón de cosas, y entonces me servía como punto de partida para empezar a buscar. Siempre leí un montón, obviamente, pero empecé a leer más como escritor para ver qué podía imitar y aplicar. Y esto fue hace siete años, en la crisis de los treinta, cuando me dije “Tengo que hacer lo que me gusta”. Porque justamente la crisis de los treinta es eso: “Qué hago de acá para adelante”. O: “Qué hice de acá para atrás”.

¿Y de qué laburabas en ese momento?

De lo mismo que ahora: administrativo. Un laburo tranquilo, pero… Si me preguntabas de chiquito  qué quería ser cuando sea grande, no te iba a responder “administrativo”.

Y no. Uno de chico quiere ser bombero, policía.

Yo quería ser escritor. Entonces intenté buscarle la vuelta. Y fue en ese momento cuando caí en el taller de Marcelo di Marco.

Fue el primer taller al que vos entraste.

Fue el primer y único taller al que entré. Porque lo primero que hice fue googlear “Taller literario”. Y, por alguna razón, me apareció Analía Pinto.

A mí me pasó exactamente lo mismo.

Entonces, hablé con ella. Y me dice: “Estoy en La Plata”. Me quedaba muy lejos. Pero Analía me recomienda el taller de Marcelo. Y pasó un tiempo. Qué sé yo, no estaba muy seguro de querer ir. Estaba más frustrado que otra cosa. Lo que escribía en ese momento no iba ni para atrás ni para adelante. Eran anécdotas cortitas que no… Eran como esos juegos que hace Cortázar —y que los tienen permitidos porque los hace Cortázar—, pero mal escritos, sin fundamentos, sin… nada. Pero que yo sentía que podía hacer algo así.

Y pasó un mes, y quedamos con Marcelo para un martes. Y me rebotó el primer borrador, el segundo y el tercero de un cuento con el que yo le insistía y le insistía. De eso hace ya seis años.

Y así hasta el 2014, que publicaste Canibalísmico. Pero en ese lapso también publicaste en revistas.

El primer cuento que cerré fue para una antología, Marañas, que era “Fortaleza alemana”, que apareció cuando yo ya estaba al límite entre decir “Esto no es para mí. Y corto, porque sigo insistiendo y no tiene sentido, o…” Justo llegó este cuento que me terminó de confirmar que tenía que meterle por ese lado. Ahí fue cuando aprendí por qué ese cuento era un cuento, y por qué los otros no.

¿Y los otros ya quedaron en el olvido o los volviste a retocar?

No, ya no. Quedaron por ahí. Puede ser que haya algún parrafito que me haya servido para alguna otra cosa.

Y digamos que de ahí arrancaste de cero.

Arranqué de cero, tal cual. Busqué para atrás para ver si había algo que pudiera servir, pero no: no eran cuentos. Entonces ya era forzar: intentar llegar a un cuento, cuando en realidad llegaba a ser, con suerte, una anécdota. Podría llegar a mejorar el estilo, pero la historia en sí no contaba nada.

Creo que eso les pasa a todos alguna vez. A la primera bajada de caña mandan todo a la mierda. Se meten en un concurso, no ganan, y chau. No son persistentes.

Sí, es difícil. Me acuerdo que en el taller intentamos forzar un relato que yo había llevado. Y lo llevé una vez, y otra vez. Intenté buscarle la historia, que no la había, y la última vez Marcelo me dice “No, ya está. Esto dejalo”. Y yo estaba esperando eso: que él me dijera “dejalo”. Hacía tres o cuatro clases que estaba yendo, y pensé que tenía que forzar la historia. Y ese día estuve a punto de no volver. Pero antes de que me fuera, Marcelo me dice “Tranquilo, Cristian, que si yo tuviera un peso por cada vez que me dijeron que esto no va, tendría un montón de guita”. Porque encima era esperar una semana para ver si en la próxima le encontrábamos la vuelta.

Y bueno, escribí “Fortaleza alemana”, y a partir de ahí no paré más. Y aprendí: cuando me volvía a decir “Che, a ver: buscale la vuelta por acá”, yo lo dejaba. Porque me conozco, sé que no me sale.

Y al tiempo publicaste Canibalísmico. ¿Cómo salió eso?

Eso fue cuando ya reuní once cuentos. La idea era probar. Porque los únicos lectores que tenía eran mis conocidos y la gente del taller. Entonces, yo necesitaba probarme a ver qué pasaba.

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Surgió la posibilidad con Expreso Nova, que es una editorial pequeña, con la que hicimos una edición de 200 copias. Eso fue una autoedición. Y se llamó Canibalísmico —un nombre raro, uno de los tantos posibles—, y por ahí ni siquiera tendría que haber sido. A la mayoría hasta le cuesta pronunciarlo. Me parece que ahí erré. Si fuera ahora, le hubiera puesto otro nombre.

Pero me gustaba la idea. Originalmente eran dieciséis cuentos; y laburamos mucho con los editores para ver cuál entraba, cuál no. Yo no tenía una línea definida de los cuentos, y en un momento surgió que era algo así caníbal, que cada cuento iba comiéndose al otro, y me gustó la idea de Canibalísmico.

No había una idea general que los uniera: eran todos diferentes.

Tal cual. Y ahí aprendí el laburo del editor. Porque, aunque eran una editorial chiquita, laburaban muy bien. Se comprometieron con el libro, para encontrar los mejores cuentos y que de cada cuento quede la mejor versión. Hubo un ida y vuelta interesante. Y quedaron once cuentos. Creo que quedó bastante parejo. Por ser el primer libro, quedó bastante parejo.

Canibalísmico es increíble, Cristian. Los cuentos cierran perfecto, el clima es tremendo. Un libro del que podés sentirte orgulloso.

Pero al poco tiempo concursaste en España con la editorial Letras Cascabeleras. Y aunque no ganaste, tus cuentos llamaron la atención y te propusieron publicarlos.

 El premio era para publicar en 2014. Me escribieron: “No ganaste, pero nos gustaría publicarte en el primer trimestre del 2015”. Y lo publicaron, y se llamó Indignatarios. Una edición menor que Canibalísmico: cien ejemplares.

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Indignatarios es una mezcla entre algunos de los cuentos de Canibalísmico, y otros inéditos.

Eso pasó porque, como el concurso en que yo participé justo cayó con la época en la que estaba a punto de publicar Canibalísmico, algunos coincidieron. Son cuatro que están en Canibalísmico, y cinco inéditos.

Y publicaste también en La abadía de Carfax —antología que sólo incluye a gente del TCyC—, La balandra digital, Revista Qu, Maten al mensajero.

Publiqué bastante.

Y después llegó el tercer libro de cuentos: Sommelier de infiernos, que ahora, dentro de poquito —19 de noviembre del 2016— presentás en el Bar La Poesía –Chile 502, San Telmo–. Y en una doble presentación, porque lo hacés junto a otra autora de la editorial: Paula Irupé Salmoiraghi, con el libro El cajón de las manzanas podridas.

¿Cuánto tiempo te llevó escribir Sommelier de infiernos?

Un año, un año y algo…

Todos cuentos inéditos.

Todos inéditos, menos dos: uno, que está en Canibalísmico: “Matagemelos”.  Y el otro cuento —que yo no lo mandé para participar, pero que la editora quiso meterlo igual—: “Intrusos”, que fue publicado en digital. Cuando le mandé el archivo, le dije: “Fijate, porque te agregué uno, a ver si te gusta”. Y le gustó.

Corregidos por…

La mayoría corregidos por Marcelo di Marco.publi-tapas-sommelier-de-infiernos

Y con la novela te mandaste vos solo.

Me mandé yo solo, sí.

Marcelo lo único que hizo fue leerla cuando la terminaste, pero no te hizo ninguna corrección.

Marcelo me dio la confirmación de que, lo mismo que me había pasado a  mí cuando la escribía, le podía pasar a otro cuando la iba leyendo. Yo me sentaba a escribir, y me ponía a reír de cada ocurrencia que surgía, que me sorprendía a mí, como lector, de lo que iba escribiendo. Pero tenía esa duda: no sabía si le iba a interesar a alguien más ponerse en ese papel.

Claro, porque la novela arranca con una advertencia increíble. Y si no entrás  en el juego, te la perdés. Y tiene mucho humor, algo que me sorprendió.

Es una novela breve y con humor porque es el tipo de novela que yo, hoy por hoy, me siento seguro de poder escribir. Pero, además, es el tipo de novela que leo.

Me gusta la novela con acción: empieza, y arranca la acción. No sé, como La metamorfosis, que pasan cosas constantemente desde que empieza hasta que termina, y que tiene muy pocas reflexiones o recuerdos. Es acción pura.

Escribir algo más extenso no puedo. No puedo ni siquiera leerlo. Me cuesta mucho, me aburro enseguida. Cuando hay algún capítulo puesto de relleno para conectar uno con otro, me aburro y lo abandono.

Y con esta novela pensé que, si iba a haber algo que conectara un capítulo con otro, estaría bien que fuera un cuento.

Aparte de que está bien justificado que haya un cuento entre capítulos.

Hay una escritora que los escribe, y están los otros personajes que la escuchan mientras ella los lee. O sea, tiene sentido. Me gustaba esa idea de conectar todo con cuentos, aunque pudieras leerlos independientemente de la novela.

Stephen King lo hizo con “El cuerpo”.15032388_10210901719239733_1443231843_n

Tal cual, aunque hay miles de otros ejemplos.

¿Y cómo se te ocurrió usar la segunda persona para narrarla?

Hacía tiempo había leído Sin embargo Juan vivía, de Alberto Vanasco. Una novela muy cortita, muy poco conocida, que está escrita en futuro y en segunda persona.

Pero tenía un defecto: te enganchaba al principio, y en un momento te aburría: nada tenía sentido. También era esa la intención: era surrealismo puro. Además de un problema con el tiempo, había un problema con el espacio: los personajes estaban de golpe en un plano, y de golpe pasaban a otro. La idea era confundir, inclusive. Más vanguardista que otra cosa. Me dije: qué pena que pudiéndolo haber aprovechado —porque yo me había enganchado con la novela—, termine decepcionando de esa manera. Porque lo que empezaba como un policial, también con una muerte, y otros personajes interesantes, después terminó en…, en la nada.

 Y me gustó la idea de escribir algo que te enganche desde el principio y mantener la tensión. Para eso tuve que sacar unos cuantos capítulos. Porque, con el afán —a medida que la escribía— de agregar páginas, de darle volumen, había partes que sobraban y que no tenían sentido.

Porque está la idea loca de que una novela tiene que ser un zocotroco de trecientas o quinientas páginas. Y no es tan así.

Claro. Y después pasa que tienen mucho relleno. Y que inclusive uno, cuando lee esas novelas, ya las lee asumiendo que va a haber capítulos que son pura y exclusivamente relleno. Y uno se deja, y los lee, sabiendo que podrían no estar.

Son capítulos que no suman ni restan. Y que, aparte, te sacan de la historia.

Yo quería ciento cincuenta páginas, doscientas, doscientas cincuenta, no sé. Y escribí capítulos donde los personajes salían, entraban, volvían. Y después los terminé sacando. La novela tiene que tener la extensión que tiene que tener. Que te pide tener: cincuenta páginas, ochenta, cien.

Es que uno en el momento de creación se deja llevar. Y después se empieza a hilar más fino en la corrección.

Claro. Y después empecé a sacar.

Eso es lo que vos tenés de bueno, y que yo siempre te envidié: de agarrar el texto y decir “Esto vuela, esto también”. A mí me cuesta ho-rro-res.

Sí, trato de no apegarme mucho. Pero es algo automático y sin pensarlo. Porque el problema es cuando lo empezás a pensar. Cuando te ponés a pensar, no querés sacar nada. Porque estuviste una semana entera para escribir esas cuatro páginas, y en diez segundos volarlas. Entonces trato de no pensarlo y listo. Lo saco, lo borro, y me olvido que existió, que es la mejor forma.

 ¿Y eso lo hacés enseguida o dejás pasar un tiempo?

No, no, lo hago enseguida. Igual, siempre tengo varias versiones, por si quiero volver a ver algo que había escrito. No soy tan kamikaze como para borrarlo y perderlo. Soy bastante obsesivo con eso: guardo copias constantemente.

Estaba viendo cuándo fue que empecé a escribir Matilde debe morir, y es de junio de 2015. La escribí casi de corrido, porque no la sufrí, como me pasa algunas veces con los cuentos.

¿Y le diste derecho a la novela, o la mechaste escribiendo algunos cuentos también?

Hice cuentos, también. Porque la novela la escribí para mí. Tardé un montón de tiempo en mostrársela a alguien. A mí me había gustado tanto escribirla, que iba a ser muy frustrante que alguien me dijera “No, esto…”

Por eso, cuando se la llevé a Marce, le dije: “Esto tiene que funcionar. Como sea, tiene que funcionar”. No hubiera aceptado otra cosa. No por el tiempo que me llevó, sino porque yo sentía que era la novela que había querido escribir.

Porque ya había escrito una novelita, y quedó ahí. Pero esta necesitaba que sí, que funcionara.

Y esto ya es el empujón. Ya sabés que si querés, podés. En cualquier momento empezás a arrancar otra.

Estoy en eso. Lo que pasa es que esta me gustaba como desafío porque era en segunda persona, en futuro, la idea de que los personajes no fueran del todo los personajes, que se entrelazaran cuentos.

Entonces la próxima no puedo caer de vuelta en la misma. Estoy recién empezando, voy por las treinta páginas.

Un montón. Vos que estás acostumbrado a escribir cuentos de dos o tres páginas…

Sí, es un montón. Lo que me tiene ahora frenado es que sé lo que va a pasar en los siguientes capítulos. Ya lo tengo. Entonces es como que no necesito escribirlo por ahora, porque no tengo la urgencia. Y además, la corrección de Sommelier de infiernos y de Matilde debe morir me frenó un poco.

Para terminar: ¿alguna nota al pie de Marcelo durante la lectura?

Supe que funcionaba a medida que Marce iba leyendo. Él trataba de anticiparse, y lo sorprendía. Porque hay que sorprenderlo a Marcelo. No es un lector que lee y nada más: es un tipo especializado.

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Y ahora, damas y caballeros, tenemos el honor de entregarles el primer capítulo de

Matilde debe morir

 

Pero no se da vida en vano a un personaje.
Criaturas de mi ingenio, aquellas seis vivían una vida
que era la suya propia y ya no me pertenecía,
una vida que ya no estaba en mi poder negarles.
Luigi Pirandello,

Seis personajes en busca de un autor

 

 

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capítulo 1

La novela transcurrirá en un bar. Del bar bastará decir, por si llegara a interesarle, que existe y que está ubicado en la esquina de Charcas y Armenia. Sí: es un típico bar de Palermo. Uno de los tantos que se desparraman por la cuidad. En él, apenas usted pase al siguiente capítulo, verá que hay tres personas. Y enseguida llegará una cuarta. En realidad habrá más personas entrando y saliendo, por supuesto: se trata de un bar. Pero, las personas que podrían considerarse el motor de esta historia, aquellas que califican como personajes, serán apenas cuatro.

Uno será Valentín, el mozo. Otro, el bigotudo de la mesa 2. Y el personaje principal será la mujer que muy pronto entrará en el bar y se sentará a la mesa que da a la ventana de la calle Charcas. Más atrás, a un lado de la barra, siguiendo el pasillo que da a los baños, habrá otro personaje. Ahí es donde usted se ubicará. Caminará hasta esa mesa y se ubicará en ese personaje. No a un costado, no frente a él. Sino en él. Usted será ese que ahora se mantiene estático, aquel que sostiene un pequeño libro y que ni parpadea. Desde allí, desde aquel insulso hombre, usted atestiguará los sucesos que justificarán —o no— el desarrollo de esta novela. Pero cuidado: usted no será un mero testigo, usted participará de los acontecimientos.

De momento, aquel hombre que usted ocupará no se mueve, pero sólo de momento: sigue esperando a que usted de vuelta la hoja.

Aunque, antes de voltear la hoja (o de cerrar este libro maldito y dárselo a alguien a quien usted odie), debo advertirlo: si usted decide ubicarse en el lugar de aquel hombre, deberá asumir las consecuencias. Este y no otro es el momento de decidirlo. Si avanza una línea más, no habrá posibilidad de arrepentimientos.

La acción comenzará con un futuro apremiante y estremecedor; y si quiere enterarse de más, la responsabilidad será toda suya.

Aunque lo parezca, esto no es un juego.

Hablamos de la vida de una persona.

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* Cristian Acevedo nació en Buenos Aires en 1980. Parte de su obra literaria ha sido premiada en diversos certámenes: Segundo premio en el Concurso de Cuentos de la Fundación Victoria Ocampo, “Nelly Arrieta de Blaquier”, 2014. Primer premio en el Gonzalo Rojas Pizarro de Cuento 2013.

En 2014 publicó Canibalísmico, bajo el sello Expreso Nova Ediciones. En 2015, la editorial Letras Cascabeleras (España) publicó su segundo libro de cuentos, Indignatarios. Recientemente, tras haber resultado ganador de la Convocatoria de Narrativa 2016 de Baltasara Editora, ha presentado Sommelier de infiernos.

Además, han incluido sus relatos en diversas antologías y revistas culturales de habla hispana: La Balandra, Colectivo Cultural Manuzio, Vanity Press Magazine, Revista Almiar. A la fecha, su novela Omar Weiler merece morir permanece inédita.

Los años felices de Miguel Sardegna

Desde hace unos días, FIN y toda la comunidad TCyC estamos de fiesta: un jurado de lujo acaba de consagrar a Miguel Sardegna con la Primera Mención de Honor del Premio Clarín 2016, por su novela Los años tristes de Kawabata. ¡FELICITACIONES, QUERIDO MIGUELO!
Como anticipo de una inminente entrevista que estamos preparando con este autor, nos pareció muy pertinente reproducir aquí una hermosa nota que él publicó en 2008 en la mítica revista Axolotl. No se pierdan estas palabras tan afectuosas y precisas sobre un libro y un maestro que marcaron su carrera.

 

Taller de corte & corrección, guía para la creación literaria

De las propiedades de los clásicos

Tomamos contacto por primera vez con el libro y no podemos evitar una sonrisa: nos han sorprendido en nuestras dudas y certezas a la hora de atacar la página en blanco… o la pantalla vacía de byts. De inmediato nos asalta la sospecha de que acabamos de conocer a un amigo entrañable que lleva tiempo esperándonos. Como cuando leemos cualquier clásico, sentimos que las palabras han sido pronunciadas exclusivamente para nosotros, aunque el libro se haya colado alguna vez en la lista de best sellers, lleve tres ediciones y más de diez años desde su publicación original. Se trata de consejos, prácticas y ejemplos para escribir y pulir nuestro estilo, para exorcizar nuestros fantasmas como Dios manda.

Sin acartonamientos, sin imposturas de saco y corbata, sin la prédica de los mercaderes de feria que erigen a la literatura en un territorio sacrosanto sobre el que solo interviene la inspiración mágica, Marcelo di Marco sentencia: “escribir es corregir”, “el qué es el cómo”, y nos enseña a arremangarnos y a no tenerle miedo a que la tinta nos salpique la cara. Es posible encontrar verdaderos knock-outs entre sus páginas, como una frase de nuestro Oliverio Girondo que hace patente algo que uno siempre sospechó: “¡El Arte es el peor enemigo del arte…! Un fetiche ante el que ofician, arrodillados, quienes no son artistas”, o la sentencia del edificante Rilke: “Si piensa que puede vivir sin escribir, no escriba”. Y, desde luego, más consejos, más prácticas, más corrección, traspiración y compromiso para el 10% de inspiración.

En Taller de corte & corrección hay lugar para los guiños cómplices al lector y para la crítica, para una aventura de camaradería que no rehúye decir las cosas cómo son. Di Marco se permite ser duro, entiende que sería una falta de respeto pegar largos rodeos para decir lo que piensa, y así, por ejemplo, tras pedirnos que escribamos el título y el nombre del autor del libro que estamos leyendo –“además del que tenemos ahora en nuestras manos”— nos amonesta: “Si el espacio sigue vacío… lo siento, amigos: hay algo que no está funcionando del todo bien”. Leer y escribir, de eso se trata. “Ni un solo día sin una línea”, insiste.

Un clásico, decía, es un libro llamado a perdurar, pero también es aquel que se adelanta a su tiempo. La primera edición de Taller… se publicó en 1997, recién unos años más tarde Stephen King decía: “Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho” (Mientras escribo, 2000).

Para mí esta celebración de literatura y amistad no se agotó con el Taller de corte & corrección en su versión de papel y tinta: tengo la suerte de repetir mi alegría cada sábado, en vivo y en directo, desde hace cuatro años. Una inspirada tarde de taller, en la calle Borges, aprendí que el corte y la corrección no son meros juegos retóricos sino una verdad empírica: recuerdo bien el primer cuento que llevé, recuerdo bien cómo Marcelo sacó su fiel Victorinox y cortó la primera hoja en varias tiras de papel. Con cuidado de artesano apoyó las tiras sobre su mesa de trabajo y, en silencio, como si se tratara de uno de esos rompecabezas que requieren la mayor concentración, fue acomodando las piezas en el lugar que correspondía. En algunos instantes Marcelo había disuelto el caos y mostraba cristalino el cuento que yo había querido contar, pero ya libre del ripio y el engolado. Esa tarde en la que varias tiras de papel fueron a dar derecho al cesto de papeles, me fue revelado que escribir es corregir, y que la literatura es una de las formas de la felicidad.

 

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“Bañar al bebé” –el cuento de Luis Lezama que ganó un concurso internacional

Hoy es un honor para FIN felicitar a un TCyC de marca mayor: el hondureño Luis Lezama, merecidísimo ganador  de la medalla al mérito “Gabriel García Márquez” en el XI Concurso Internacional de Cuento 2016 “Ciudad de Pupiales”, organizado por la Fundación Gabriel García Márquez, con su cuento “Bañar al bebé”.
Y si esto no deja ya en claro que en el TCyC nos tomamos la literatura muy en serio, no sé qué otra cosa decirles. veredicto-fundacion-gabo-copia
Tuve la oportunidad de ver parte de la corrección del cuento, y ya desde el borrador se veía increíble. Luis tiene un maravilloso futuro en esto de darle a la teclita.
Y sin más, les dejamos el cuento ganador para que lo disfruten.

 

 

 

 

 

Bañar al bebé

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Por Luis Lezama *

 

―Amor ―le había dicho su mujer del otro lado de la puerta del baño, antes de tocar dos veces―: no te demorés en la ducha, que quiero bañar al bebé.

Llorando desnudo dentro de la bañera y rodeándose con los brazos las rodillas pegadas al pecho, Adrián debió sufrir por tercera vez esas aterradoras palabras.

Bañar al bebé. Imposible.

Sintió que no podía más, pero siguió conteniéndose: no podía salir sin antes saber cómo proceder. Y, como quien busca en el pasado una respuesta para el presente, recordó el comienzo de aquella pesadilla. Repasó el día en que conoció a esa mujer, la anestésica felicidad del primer beso, la primera vez que hicieron el amor y cuando se decidieron a vivir juntos.

Maldita sea. Todo lo había dejado por ella. Su familia, sus amigos. De todos se alejó desde que apareció Mariela. Ya no recordaba la última vez que se encontró con Maxi, su mejor amigo, y ni siquiera recordaba si había visto a sus padres desde el inicio de la relación. Mariela le había consumido la vida. Se había apoderado de su mente como el tiempo y el musgo se apoderan sin tregua de las paredes. Y ahora esa misma mujer ―aunque él se resistía a pensar que era la misma mujer― lo tenía llorando de miedo en el baño, tocándole insistentemente la puerta para bañar a un bebé que no existía.

 

El terror se había desatado con la inocente frase que toda mujer dice, tarde o temprano, en una relación:

―Amor, quiero tener un bebé.

A Adrián no le pareció extraño cuando ella se lo deslizó una noche en medio de una cena, dejándolo frío y sin respuesta. Tomó su copa de vino y pensó, mientras demoraba el sorbo, que aunque llevaban poco y que ni siquiera se la había presentado a su familia y a sus amigos, Mariela encarnaba, en una sola mujer, todos sus gustos. Soltó una risita y le mintió:

―Me parece bien, dulce.

Dos semanas después de aquella petición, vio cómo su mujer empezó a obsesionarse con las revistas de maternidad. No podían ir al centro comercial o al supermercado sin que volviera con una nueva. Planificación familiar, decoración para el cuarto del bebé, métodos para acrecentar la fertilidad en la pareja… En suma, las tenía todas. Después, cuando agotó sus posibilidades más cercanas, comenzó a comprarlas por internet. Cuando se hizo con los ejemplares de cada revista nacional, se volcó a las internacionales. Y así el departamento se fue llenando de revistas. A las pocas semanas, no se podía andar por ninguna habitación sin tropezar con algún pilón desparramado.

Claro que Adrián se preocupó, y claro que intentó embarazarla. Pero pasaban los meses, y nada sucedía. Vinieron entonces más compras: las primorosas “cositas para el bebé”: sábanas, ropa, juguetes. Y Adrián, aunque seguro de que ella lo hacía con las mejores intenciones, consideró alarmante el hecho de que su mujer comprara cosas para un bebé que era, técnicamente, más una posibilidad biológica que un bebé.

Una no-posibilidad, mejor dicho, como estaban las cosas.

Con cada día, el hastío crecía en Mariela. Y una punzante palabra empezó a sobrevolar el pensamiento de Adrián. Y esa palabra, la palabra “infértil”, lo llevó hasta una clínica en busca de una respuesta.

 

Todavía hecho un ovillo dentro de la bañera, Adrián debía esforzarse para ignorar a Mariela insistiéndole:

–Adri, por favor. Dejame entrar, y bañamos juntos al bebé.

Sentía los golpes a la puerta retumbar como si Mariela estuviera dándolos directamente con el cráneo y no con los nudillos.

Y también debía esforzarse para no llorar como un marica. Cerró los ojos. Y recordó la clínica del doctor Vallejo.

Los golpes de ese ariete desaparecían como tragados por una densa niebla.

 

―¿Adrián Rojas García? ―preguntó el entrecano y grueso internista no bien le abrió la puerta del consultorio. Acababa de entrar en la habitación donde Adrián esperaba, sentado en una camilla, los resultados de sus exámenes.

―Hola, sí, soy yo.

―Mucho gusto, Adrián. Yo soy el doctor Vallejo. Vengo a hablarte de tus exámenes.

El doctor se puso el estetoscopio, le pidió que se abriera la camisa, lo auscultó, le tomó la presión. Y le habló a Adrián sobre su espermograma.

―¿Así que todo bien, doc? ―preguntó él, que no estaba seguro de lo que se le dijo.

―Vos tranquilo: tenés buenos nadadores. Lo único es que te veo algo estresado y confundido, pero ya te prescribí algo que te hará sentirte de diez. Acaso el estrés tenga algo que ver con eso de que vos y tu esposa no puedan concebir. ―Adrián se levantó. El doctor lo encaminó hacia la puerta para despedirlo. Antes de que él saliera, le dio un último consejo―: Para estar seguros, te recomendaría traer a tu esposa a ver a un ginecólogo. Yo te puedo recomendar uno muy bueno.

 

Cuando Adrián se lo propuso a Mariela, ella agarró de la pila de revistas más cercana decenas de ejemplares y se los lanzó rabiosa. Terminó con las revistas, y siguió lanzándole adornos. Él se le acercó, y ella aprovechó y logró abofetearlo.

Dos semanas sin hablarse.

Adrián salía al trabajo, volvía, se iba a la cama. Y ella seguía en la sala frente al televisor. En piyamas andaba siempre. Sin decirle una sola palabra. Sin siquiera voltear a verlo.

Él lo soportó todo. Hasta que un día, al volver de trabajar, había notado algo raro.

Fue cuando pasó por la sala y vio de reojo a Mariela. Estaba sentada en el sofá, frente al televisor.

Y estaba con el televisor apagado.

Se miraba el regazo, los brazos entrelazados en señal de cargar con algo. De… ¿acunar?

Pero no cargaba nada ni acunaba a nadie.

Y tenía un pecho fuera del corpiño.

Adrián tragó despacio antes de preguntarle qué sucedía, aunque ya conocía la respuesta.

Ella desvió la mirada de esos brazos vacíos. Y le contestó, sonriendo con escalofriante naturalidad:

―Aquí, con el bebé. No ves que estoy dándole la teta, infeliz.

 

Todavía duchándose, luego de recordar cómo comenzó aquella locura, Adrián pensaba y pensaba. ¿Bajo qué estúpida ilusión se esperanzaba especulando con que todo aquello no era más que una broma, y de pésimo gusto? Las revistas, los juguetes, las sábanas, y ahora la lactancia ficticia.

Cómo pudimos llegar a esto, se preguntaba, con el agua cayéndole sobre la nuca.

Entonces, oyó sus pasos.

―¿Te seguís bañando vos? ―decía Mariela, del otro lado de la puerta―. Apurate, que se hace tarde y necesito bañar al bebé.

Adrián se llevó las manos a las sienes ante el siniestro y alegre tono con que su mujer le habló. Entonces confirmó lo que venía imaginando: no había vuelta atrás, su mujer ya no vivía en este mundo. Y lloró como un chico, tirado en la bañera, hasta que se quedó dormido.

A la mañana siguiente se sorprendió ―se alegró― de no ver a su mujer en la casa.

 

Cuando Adrián volvió del trabajo ―era de noche―, la casa seguía vacía.

Yendo a la cocina para prepararse algo, sintió un olor muy fuerte ―¿pintura fresca?― que le secó la garganta.

Guiándose por el olor, llegó hasta el cuarto de visitas.

El cuarto, que hasta entonces había sido uno muy normal ―cama, mesita, lámpara y escritorio―, se le apareció todo pintado de azul. Con estrellas amarillas colgando de hilos desde el techo. Con una pila de peluches en una esquina. Con cortinas nuevas de avioncitos estampados.

Y en medio de todo, bajo el ventilador y el mosquitero, Adrián vio una cuna de madera barnizada.

Se acercó a la cuna.

Estampados en las sábanas, miles de ositos polares lo miraban a los ojos.

Oyó abrirse la puerta del frente y se escabulló del cuarto.

Su mujer venía entrando en el departamento. Llevaba un vestido flamante. Empujaba un cochecito rojo.

Un cochecito aterradoramente vacío.

―Hola, Adri, vengo de hacer compras con el bebé. ¿Qué decís, amor, nos vamos los tres a dar una vuelta?

Paralizado, él asintió mudo.

Antes de salir, le pidió a Mariela que esperase. No podría soportar más el estrés y el miedo, así que se tragó un par de pastillas de las recetadas.

Con eso tal vez soportaría el “paseo”, y trataría de pensar qué hacer con Mariela.

 

Yendo por la calle, ella sonreía, y a cada cuadra se detenía a “arreglarle algo al bebé”. Incluso le tomó un par de fotos al coche ―vacío― “con el papi”.

No ves que estoy dándole la teta, infeliz.

Quiero bañar al bebé.

¡Sonreí, Adri, no ves que es la primera foto con tu hijo!

Estaba a punto de detenerse, de cortar con aquella locura, cuando vio aparecerse en la otra esquina a su mejor amigo.

¿Desde cuándo no veía a Maxi?

Recordó que Maxi no conocía a Mariela, así que avanzó rápido a su encuentro dejando atrás a su mujer. No quería que Maxi, de quien se había alejado por esa loca de mierda, viera la escena. Sería mucha la vergüenza, el castigo.

―Maxi, hermano ―le dijo alzando los brazos.

Después de abrazarlo, se dio vuelta. Su mujer se acercaba, con una sonrisa. Adrián pensó lo peor: le tocaría presentarla, y le tocaría explicar lo del coche.

Maxi, te presento a mi mujer. Y este es mi hijo. Sí, ya sé que no existe. Pero qué va, Maxi: yo no le veo nada de malo. La pluralidad, Maxi. No seas anacrónico: los hijos imaginarios son el futuro.

Cuando la sintió detenerse a su lado, se dio cuenta de que Maxi había advertido ya algo insólito:

―¿Qué pasa, Adrián?

Él se supo vencido, y entonces decidió decir lo que nunca le dijo a nadie:

―Amigo: esta mujer que está a mi lado es Mariela, mi novia.

Maxi rio. Adrián se relajó un poco al ver que su amigo no notaba la condición de Mariela.

¿En qué momento me preguntará por el maldito coche?, se torturaba Adrián.

Entonces notó que Maxi lo miraba extrañado, sin saludar a aquella.

Vio cómo su mejor amigo ―a quien no veía desde que comenzó su relación con esa demente― arrugaba el ceño antes de preguntarle, confundido y con toda seriedad:

―¿Qué mujer, Adri?

 

 

 

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Luis F. Lezama Bárcenas (1 de noviembre de 1995). Hondureño, poeta y cuentista. Escribe desde los catorce años, influenciado por su padre que le mostró desde muy niño la música de Rubén Blades y quien le pagaba para que leyera. A los diecisiete, motivado por el escritor hondureño Julio César Anariba, publicó su primer poemario: El mar no deja olvidar. En 2015 fue seleccionado para integrar la I Antología Argonautas, para Editorial Argonautas (Madrid, España). Ha presentado su obra en instituciones de educación media y superior; destacando su presentación en la UPNFM, donde fue invitado por Juan Antonio Medina, reconocido literato hondureño, entonces corresponsal de la Real Academia. Es miembro desde hace dos años del Taller de Corte y Corrección. Estudia Ciencias de la Comunicación en la UBA y forma parte del taller de cine “Línea Sur”.

 

 

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Series que marcaron época (primera parte)

Hablar de series de televisión es un tanto engorroso. ¿Qué  línea habría que seguir para abarcar a aquellas que rompieron los moldes, y ayudaron a que otras vieran la luz? ¿Bajo qué conceptos podríamos preguntarnos qué series conjugan esos términos específicos? Los desacuerdos estarían a la orden del día, y sería complicado llegar a un punto que satisfaga a todos. Por eso, llegué a una decisión salomónica: lo haría desde mi  propia visión y gustos particulares.

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Para empezar por algún lado, se me vienen a la cabeza títulos como Bonanza (1959 – 1973), Star Trek (1966 – actualidad), Kung-fu (1972 – 1975) y La familia Ingalls (1974 – 1983), a estas alturas series de culto. Y no nos olvidemos de El agente de C.I.P.O.L (1964 -1968), Misión Imposible (1966 – 1973); y a la vez, a la que ironizó con todas las series de espías: Superagente 86 (1965 – 1970).
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El final de los ‘70 traería consigo un nuevo estilo de serie que se mantendría por varios años, y haría las delicias de los pequeños y de los grandes también. En ellas predominaban las persecuciones en autos, colisiones varias y chicas hermosas. La que dio el pie a esta nueva moda fue Los Dukes de Hazzard (1979 – 1985).

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Glen A. Larson —quien en su historial cuenta con títulos como El hombre nuclear (1973 – 1978), Battlestar Galactica (1978 – 1980), Magnun, PI (1980 – 1988) — aprovechó el momento y lanzó BJ and the Bear (1979 – 1981) y Las desventuras del Sheriff Lobo (1979 – 1981) con la misma tónica. Esta línea continuaría, y llegaría a su fin, con Brigada A (1983 – 1987), creada por Stephen J. Cannell y Frank Lupo.

Los ’80 llegaron con nuevos aires. Pero la que sobresalió por encima de todas fue Miami Vice (1984 – 1990). La creación de Michael Mann (quien luego destacaría en el séptimo arte con El último Mohicano, Heat y Colateral —y hasta con una versión para la gran pantalla de Miami Vice que pasó sin pena ni gloria—) abrevó en la cultura new wave de la época, y resultó ser una de las más influyentes de la televisión gracias a su mezcla de música (llegaron a gastar 10.000 dólares por episodio para conseguir las grabaciones originales), vestuario (que influenció de manera llamativa en la moda masculina) y autos (Don Johnson condujo un Ferrari Daytona Testarrosa, mientras que Phillip Michael Thomas manejaba un Cadillac Coupe de Ville), por lo que podemos decir que fue la primera serie en marcar el camino para lo que vendría después.

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Porque después llegaría el reinado de David Lynch con Twin Peaks. Pero de eso hablaremos en la próxima entrega.

No se la pierdan.

Breve historia de un regalo de papel

Por Nomi Pendzik

 

Decía Horacio Quiroga que no es conveniente escribir bajo el imperio de la emoción, que la literatura exige decantar los sentimientos para poder expresarlos. Pero, al escribir esto, no puedo hacerlo. Tampoco quiero hacerlo. Por eso les pido que me permitan acá algunas efusiones muy personales.

La mañana del 6 de octubre de 1989 –la mañana del día en que Marcelo di Marco y yo íbamos a casarnos–, cuando bajé de la cama encontré sobre mis pantuflas un sobre tamaño A4, con un corazón dibujado en él. Era un regalo. Pero no de los Reyes, no. Era el regalo de bodas que Marcelo me hizo ese día, y para toda la vida: el manuscrito de un libro de poemas que él venía componiendo paciente y ardorosamente durante el último mes. Cármina marina. Cantos del mar. Poemas de amor. Recibir ese libro fue –es– una de esas emociones contundentes que sacuden y que desarman. Y que a la vez alientan a avanzar, a vivir, a amar.

Después, los caminos de la literatura llevaron a Di Marco hacia otros rumbos, y el libro permaneció guardado, secreto. Solamente unos pocos poemas se publicaron sueltos en Internet o en algunas antologías mías: siempre les tuve fe a esas treinta y tres canciones marítimas, plenas de luz y fervor.

El 23 de junio, como muchos saben, cumplí sesenta años. Apenas empezó el día, a la medianoche del 22, y con muchos besos y abrazos, Flor y Marcelo me dieron sus regalos. Unos regalos preciosos. Esa misma noche, partíamos con Marcelo hacia nuestro refugio a orillas del mar. Pero antes fuimos con Flor, Maru, Pablo y Magda, a cenar afuera –a Guido´s, más precisamente, un bodegón italiano zarpado y acogedor, atrás del Zoo–: festejo íntimo para las dos familias. Cuando ya estábamos sentados a la mesa, aparece el mozo con una caja fucsia adornada con un inmenso moño blanco. Se la da a Marcelo, y él me la entrega a mí. Después de la grandiosa Biblia de Straubinger y del inminente fin de semana en Las Gaviotas, yo ya no esperaba otro regalo de mi esposo. Es decir: no tenía ni la menor idea de lo que podía haber en esa caja. Pesaba bastante, eso sí. En Guido's, abriendo caja

Al abrirla, casi no pude mantenerme parada. Fue encontrarme con un sueño que ya había dejado de soñar, pero hecho papel: decenas de primorosos ejemplares de Cármina marina. En la tapa habían impreso un ramo de edelweiss –hay quienes la llaman “la flor del amor eterno”: purísima, casi inalcanzable–. En la solapa y contratapa –que apenas logré leer, por las lágrimas–, una declaración de amor tan manifiesta que todavía no puedo recordarla sin emocionarme. Adentro, los amados poemas. Y, según me enteré después, corregidos y remozados. Ahora maduros, definitivos; Dios sabía lo que hacía al permitir que mi manuscrito de Cármina marina juntara polvo durante casi treinta años.

Portada de Cármina marinaTambién supe después que hacía varios meses, pensando en qué regalarme, Marcelo consideró el poemario, la situación que le había dado origen –cómo se parecen, según él, el mar y mi mirada­– y el cariño que yo les tenía a esos textos. Y encontró el regalo. Se contactó con Diego Ruiz –¡bravísimo por elaleph.com!­– y, entre nuestro querido webmaster, su esposa Victoria Monti y él, en absoluto secreto –no lo sabían ni nuestras mellis–, trabajaron amorosa, minuciosa y sigilosamente durante dos meses para lograr que este sueño se cristalizara.

Decirle a Marcelo di Marco “¡Muchas gracias, mi amor!”, por más énfasis que le ponga, suena tibio, incompleto. Se supone que ya ha pasado algún tiempo de mi cumpleaños, y sin embargo, gracias a Cármina marina, todavía sigo sintiéndome bajo ese glorioso dominio de lo inefable. Y sé que será para siempre.

Con marcelo y libros

 

Pero todo esto hay que celebrarlo con amigos. Así que los esperamos el martes 9 de agosto de 2016, a las 19:00, en el Museo del Libro y de la Lengua –Av. Gral. Las Heras 2555, pegadito a la Biblioteca Nacional–. Ese mismo día, Di Marco presenta Cármina marina conjuntamente con su nuevo libro de cuentos La mayor astucia del demonio (Buenos Aires, Zona Borde, 2016).

 

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Mientras tanto, los dejo con las palabras que Analía Pinto escribió sobre el libro, en su blog Fauna Abisal: http://abisalfauna.blogspot.com.ar/2016/07/regreso-con-poesia.html.

También el poeta Javier Rodríguez publicó una nota sobre Cármina marina en El barco ebrio: http://thebarcoebrio.blogspot.com.ar/2016/07/el-naufragio-de-una-voz.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una novia para el vampiro

Por Fernanda Valienti *

Ilustraciones de Cynthia Ferrer **

 

Encontrar novia puede ser un problema para muchos. Pero para el calamar vampiro es un problemón. Y claro: no resulta nada fácil conquistar a una chica si uno vive espantando a todo el mundo.

Por eso Draculamar se ha vuelto solitario. No está acostumbrado a relacionarse con las mujeres, así que actúa con mucha torpeza y más de una vez se gana una cachetada.

—Cómo me gustaría hundir mis colmillos en ese cuellito rechoncho —le dice a la ballena.

Y la ballena, furiosa, responde:

—A mí nadie me llama gorda, ¡desubicado!   Draculamar

Pero el calamar no se da por vencido y empieza a seguir a una morsa.

—Cómo me gustaría que esos bigotes fuesen las cuerdas de mi guitarra, para tocarte una serenata, bombón —le susurra.

La morsa se enfurece:

—Más bigotuda será tu abuela, ¡atrevido! —y le da un aletazo en la cabeza.

Draculamar se peina el jopo, pone ojitos románticos y hace un nuevo intento:

—Hola, pequeña belleza —le dice a la anchoíta—. Cómo me gustaría ponerte de adorno sobre mi sarcófago.

La anchoa, horrorizada, se escapa a toda velocidad, no sin antes contestarle:

—No le voy a permitir que me diga petisa, ¡sinvergüenza!

 

Cabizbajo, el calamar regresa a su castillo. Se pasea por el cementerio, desplegando su lánguida capa entre la bruma. Después, se sienta sobre la tumba de su abuelito, el conde de Transilmares, y toma su guitarra.

—Oh, triste destino —canta, entre pucheros—. Parece que nací para ser solterón…

Su lamento es interrumpido por una visita inesperada.

—Disculpe, caballero —le pregunta una coqueta pez murciélago de labios rojos—, ¿sabe cómo puedo llegar a “El Averno Bailable”? Dicen que allí hay peces muy guapos…

ESCENA VAMPIRODraculamar se queda mirándola, boquiabierto.

—¿Qué le pasa? —lo increpa ella—. ¿Lo asusté?

—No, bueno… Es que… —se pone nervioso él.

—No se preocupe: estoy acostumbrada a que me tengan miedo.

—Yo también —dice el vampiro—. ¿A usted no le da pánico mi aspecto terrorífico?

—¿Terrorífico? —se ríe ella—. Por favor, hombre, no exagere —y agrega, con los cachetes colorados de vergüenza—. Si usted es todavía más buenmozo que el pez lobo…

—Y usted no se queda atrás, eh —dice con voz grave Draculamar, como un verdadero galán de telenovela—. Esa boca roja, esos ojos saltones…

 

Y así, piropo va, piropo viene, doña Murcia y Draculamar deciden compartir una deliciosa cena de camarón podrido y ensalada de larvas en la torre del castillo.

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Los desconocidos charlan toda la noche. Y terminan conociéndose. Hablan de su niñez, intercambian recetas de platos repugnantes, traman un plan para darle un susto al tiburón y hasta cuentan chistes de monstruitos.

Y así, risa va, risa viene, el calamar vampiro se olvida de lo que tanto buscaba: un amor.

Y como ya no lo busca, lo encuentra.

 

 

* Fer 2Fernanda Valienti (Buenos Aires, 1971) es Licenciada en Comunicación Social y traductora de portugués e inglés. Desde 2007 dirige Lexical, estudio dedicado a la producción multilingüe de contenidos.

Ha recibido varios premios (SADE, “Contextos” de relato breve, “Barracas al Sud”, “Luz y Fuerza”), coordinó los talleres literarios del Instituto de Letras de Avellaneda durante más de diez años, y fue jurado de dos concursos de relatos (EDEA, Secretaría de Cultura de Avellaneda).

Sus trabajos literarios y periodísticos han sido publicados en diferentes medios de prensa y antologías. También ha escrito guiones y monólogos para espectáculos teatrales y de stand up, y letras de rock. En los últimos años ha trabajado en la producción de cuentos infantiles y relatos humorísticos, de la mano de Nomi Pendzik y Marcelo di Marco.

 

* * Cynthia Ferrer  nació en Buenos Aires. Es traductora de inglés, y se formó en Artes Visuales y en talleres de ilustración. Dibuja y pinta a mano la mayoría de sus trabajos, pero también combina las nuevas herramientas digitales con técnicas pictóricas. Se especializa en ilustraciones infantiles para el ámbito editorial y para marcas de indumentaria. Su blog: http://cynthia-ilustrando.blogspot.com.ar.

 

¿A qué juega tu hijo?

Por Marto Guagnini *

 

Los que somos apasionados de los videojuegos sabemos que muchos de ellos son verdaderas obras de arte. The Last Of Us, GTA V, Spec Ops: The Line, Catherine, Portal son solo algunos ejemplos. Quizá no te guste el estilo o la mecánica de juego, o pueden tener alguna que otra falla técnica; pero se nota cuando están bien hechos.

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En los juegos de deportes, la calidad se define por lo bien lograda que está la esencia. También ahí hay obras de arte: los últimos FIFA son excelentes. Existen juegos para celulares que son una maravilla: si la idea es buena y la realización también, la limitación técnica no resulta un problema. Pero donde más se aprecia el arte es en los juegos de PC o consola que cuentan una historia. Ahí se deben seguir las reglas de toda buena película ―o cuento, o novela―. Los personajes deben ser convincentes y atractivos, y tener motivaciones. Por lo general, siguen el camino del héroe, con la complejidad del agregado interactivo. Algunos juegos logran combinar todo esto de gran manera; estamos hablando de títulos inolvidables (BioShock, GoldenEye, Metal Gear Solid).

A la gente que no juega es muy difícil explicarle por qué un juego es bueno y otro es malo. Y, más llamativamente, es duro explicarle por qué un juego es “sólo para adultos”. Convivo con muchas personas que no juegan ―o sólo juegan al de “fútbol” o a “los de carreras”―. El otro día tuve la siguiente conversación con la madre de un preadolescente:

Ella: A mi hijo le encanta el Call of Duty.

Yo: El Call of Duty no es para chicos.

Ella: (Risas) ¿Cómo no va a ser para chicos? ¿Qué va a ser, para grandes? Si son jueguitos.

Me quedé mirándola por unos segundos. Después traté de explicarle las calificaciones de los juegos: E (Everyone: para todos), T (Teens: adolescentes), M (Mature: +18), etcétera.

Le dije que era como con las películas; si al hijo no lo dejaba ver porno, por qué sí lo dejaba jugar juegos para adultos. En fin, no logré mucho con mi perorata, porque a los pocos días me dijo que le había comprado el último God Of War.

 

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Podría ser un caso aislado, pero otro padre me dijo que le había comprado el GTA al hijo de 9, a quien después de jugar tenía que calmar porque quedaba muy exaltado. Le dije que en ese juego consumían drogas y lo hacían ver como algo divertido, y que podías matar a golpes a una prostituta para no pagarle sus servicios; y repetí mi discurso de las edades. Nadie parece comprender la verdadera dimensión del problema.

Juegos 4No siempre estoy de acuerdo con las calificaciones de las películas o de los juegos. De hecho, yo tenía once años cuando vi a un tipo bañado en ácido explotando al ser atropellado por un patrullero (Robocop), y no salí a matar gente por eso. Pero si todavía me acuerdo de la escena es porque esa imagen era fuerte para alguien tan chico, y quizás me hubiera convenido verla cuando fuera un poco mayor.

Lo que realmente me preocupa es que la gente siga creyendo que los juegos son un entretenimiento exclusivamente para niños. Los chicos siempre quieren ver películas para adultos; pero, a pesar de que el límite se ha estirado de más, ahí sí los padres suelen fijarse que los chicos no estén viendo programas inadecuados en la tele ―si mínimamente se preocupan por sus hijos, claro―. Pero con los juegos es diferente: dejan a sus hijos/nietos elegir sin censura. Y el tipo de la tienda/puestito sólo se preocupa por vender. No cumple el rol de acomodador del cine Gran Rivadavia, ese que te pedía documentos si tenías cara de 15 e ibas con un amigo a ver una sólo apta para mayores de 16.

Hay desinformación, una idea preconcebida. Los videojuegos eran para chicos en los ‘80, cuando se inventaron, porque eran algo nuevo y difícil de adoptar para un adulto. Pero los que crecimos con ellos no los abandonamos al cumplir 18. Algunos juegos no solo no son apropiados para menores por su contenido sexual o violento, sino que alcanzan niveles de complejidad que un chico no podría superar fácilmente, y eso lo frustraría. Los puzles de Catherine, por ejemplo, pueden parecer sencillos, pero a medida que avanza el juego se van tornando imposibles; eso, sin tener en cuenta la historia adulta que enmarca el juego.

El caso de “las chicas sexys” es un tema aparte: los gráficos, cada vez más realistas, pueden crear en una mente en formación un falso ideal de belleza. Y eso conllevará problemas para relacionarse con chicas reales en la vida real.

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“Pero a él le gusta” es la respuesta de esos padres; y ante eso, yo renuncio a la discusión. Está a la vista de todos en cualquier restorán, en parques y plazas, y en la calle: ponerle límites a los niños es represor y está mal. Los niños deben sentirse libres y hacer lo que tengan ganas. Aunque eso complique sus propias vidas a futuro, y también las del resto de los mortales. Si a él le gusta saltarte alrededor, hay que dejarlo. Si quiere rodar por el piso y gritar, pobrecitoesunnene.

Aunque parezca un tema menor, no lo es; debemos crear conciencia al respecto. Que los padres, más allá de su propio interés en los videojuegos, sepan que no todos son inocentes divertimentos para toda la familia. Porque la desinformación hará que después sean ellos los primeros en pedir la prohibición de ciertos títulos que “ofenden la moral”. Y eso sí que nos afecta a todos.

En conclusión, ese pensamiento de juegos = niños es algo paradójico. Cuando uno viaja en bondi o en subte, la mayoría de los pasajeros va revisando Facebook o… jugando al Candy Crush. ¡Adultos jugando! ¡Horror!

Juegos 7Aunque, pensándolo bien, no es tan paradójico: el máximo contacto de estos adultos con el bello mundo del gaming es ese: el “Candy”, un juego repetitivo y pésimo, pero altamente adictivo. Y es lógico que gente desacostumbrada a jugar se posesione con algo tan básico; en el mejor de los casos, puede servir de entrada a este universo. Pero si llevás años de experiencia, sabés perfectamente que el Candy Crush y sus imitaciones son el reggaetón de los videojuegos: sirven para recaudar toneladas de dinero, pero no son ARTE.

 

 

Marto Guagnini * Marto Guagnini nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1980. Recién se inicia en esto de escribir.
Le gustan los policiales, la ciencia ficción, el terror; y ahora también la fantasía.  Además es fanático de Stephen King.
Desde 2014 forma parte del Taller de Corte y Corrección.

 

 

 

Épica

Por Rafael Gutiérrez *

 

El artillero

A José María Paz,

en la Batalla de Salta

 

El rostro aún imberbe

y el uniforme prolijo,

los ojos adiestrados

en el cálculo

del alza y la deriva,

todavía ambas manos

guían la boca

rugiente hacia el campo

 

Mientras ordena

la recarga se vuelve

y ve la bandera

y a su mentor.

 

Sabe que están

escribiendo la historia

 

Aún no sabe

que él deberá seguirla

y hacer los trazos

con sus cálculos

matemáticos de precisión,

pero la certeza de los números

no le asegurarán

cuál es la causa justa

de la Patria.

 

No sabe que él es sólo

una cifra en la trama

de los siglos en los que será

tan necesario y contingente

como todos en la historia.

 

 

 

 

Hombres de honor

 

Hombres de honor

 

A Carl Brashear

Su Almirante
lo está mirando
y por su mirada
sabe qué está
viendo en esa sala.

No ve el color
de su piel
sino al hombre
que la lleva

No ve su mutilación
sino el cuerpo
que la soporta
y al espíritu que lo mueve

Ve a un soldado
más que a un hombre
y sabe que
si tuviera dos como ellos
ganaría una batalla
y si tuviera cien
derrotaría a diez mil

Sabe que si contara
con más hombres
como ese cojo
no libraría más guerras.

 

 

Rafael Gutiérrez* Rafael Fabián Gutiérrez nació en Salta, Argentina, el 20 de diciembre de 1965. Se recibió de Profesor y Licenciado en Letras en la Universidad Nacional de Salta y de Especialista en Lingüística en la Universidad Católica de Salta. Trabaja como docente en las cátedras de Literatura argentina y de Problemáticas de la literatura argentina e hispanoamericana en dicha institución. Es creador y conductor del ciclo radial “Al otro lado de la pluma”, que se emitió por F.M. 93.9 de la Universidad Nacional de Salta.
Ha publicado “Las imágenes de héroe argentino en dos versiones de El Eternauta”;  “La pasión de Eva según Posse. Una lectura”; “Rosismo y peronismo en la historieta”, en Gutiérrez, Lotufo y Vergara,  Abordajes y perspectivas (Salta, Secretaría de Cultura, 2000); Por la tierra de Manuel. Homenaje a Manuel J. Castilla, en colaboración con Valeria Graboski (Salta,  Edición de los autores, 2005); A doscientos años de la Batalla de Salta, con Felipe Mendoza (Editorial Hanne, 2015).

Regalo de Pascua

En estos días fuertes, anímense a vencer a la muerte junto con Cristo, y sigan ayudándonos a resucitar la cultura.

Todos los que hacemos FIN les mandamos un amoroso saludo en esta nueva Pascua del Señor. ¡Muchas felicidades, queridos lectores!

 

Quién es quién en el Taller de Corte y Corrección

Hoy responde…

unnamed Rosiña Iglesias

 

 

 

 

 

¿Cuáles son tus autores preferidos en literatura, cine y música?
Leí y leo cuanto me cae en la mano. A los diez años me deslumbró El Quijote, y decidí ser escritora. De adolescente, iba del Mío Cid y el Discurso del método a Mark Twain, Salgari, Dumas, Víctor Hugo y Galdós. Después me maravillaron los intelectuales del Siglo de Oro: Quevedo y Góngora, la perfecta imbricación visual, sonora y significativa de Garcilaso de la Vega y Fray Luis de León. Los esperpentos de Valle Inclán (el protagonista de El otoño del patriarca me recordó a Tirano Banderas) y cómo usa argots y lenguajes populares. Las “nivolas” de Unamuno. Dostoievski, García Márquez, Jack London, Quiroga, Cortázar, Felisberto Hernández, Borges, Kafka, Poe, Maupassant, Chejov, Mansfield, Rulfo, Cela, Delibes, Tolkien, Saramago, Almudena Grandes, los relatos cortos de Arlt, Hemingway, Dino Buzzati, Mujica Láinez y Manuel Rivas. No pude con La montaña mágica ni con el Ulyses.
Prefiero el cine italiano.
Soy hipoacúsica severa. Cuando todavía podía oír, me encantaba Vivaldi.

¿Qué libro estás leyendo en este momento?
Siempre leo varios al mismo tiempo: La sombra del águila, de Pérez Reverte (una joyita lamentablemente agotada) y La república de los sueños, de Nélida Piñon. Y, en forma desordenada, textos sobre migraciones y cuestiones de género.

¿Qué cinco libros creés necesarios para la formación del escritor?
Pedro Páramo, El lazarillo de Tormes, San Manuel Bueno mártir, Colmillo Blanco, La metamorfosis. Y los de Marcelo di Marco: Taller de corte & corrección, Atreverse a corregir y Hacer el verso.

¿Qué publicaste ya en medios electrónicos y/o en papel?
Me publicaron cuatro o cinco relatos (uno de ellos acá, en FIN: http://fin.elaleph.com/los-fabuladores/la-tristeza). Soy muy haragana para buscar dónde hacerlo. Y un ensayo, “Con las raíces al aire: la experiencia de las emigrantes gallegas a través de nueve protagonistas”, en el libro Buenos Aires Gallega. Inmigración, pasado y presente, publicado por la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. (Está agotado pero se puede bajar de internet.)

¿En qué te está ayudando tu participación en el Taller de Corte y Corrección?
Me enseñó a estructurar el relato y a articular todas sus partes para darle solidez y coherencia. A recortar. A no temerles a la sencillez ni a las palabras del idioma corriente (“agarrar” y “cara”, en lugar de “tomar” y “rostro”). A mejorar la sintaxis.

 

marcelo  ¡Muchas gracias, Rosiña!